País Relato - Autores

déborah f. muñoz

amante prohibido

Desde que ese ídolo adolescente de pacotilla había manifestado en público que estaba locamente enamorado de ella, la vida de Lara se había convertido en un culebrón de esos que detestaba tanto. Por desgracia, al contrario que lo que ocurría en la tele, no podía cambiar de canal.
El cantante/actor en cuestión, de nombre Cameron, ni siquiera le gustaba. No es que fuera feo, de hecho era la clase de tipo que conseguía enloquecer sus hormonas cuando era adolescente. Sin embargo, ahora, con esa etapa de su vida superada, lo único que podía pensar de él era que, a pesar de ser de su edad, tenía pinta de yogurín.
Lo de yogurín, por otra parte, no se limitaba a su rostro. Era uno de esos tíos que, por más que lo intenten y se maten a hacer pesas, no pueden calificarse de otra forma que de escuchimizados. Sí, ni un gramo de grasa, pero los músculos brillaban por su ausencia. Lara no era de esas mujeres que se pirran por los chulitos de gimnasio, eso era pasarse, pero ¡donde estuviera una tableta de chocolate bien marcada, que se quitara el palillo ese!
Además, si a la cara de niño y el cuerpo enclenque le sumabas su indumentaria, propia de los chiquillos que le seguían, y su incapacidad de hablar con nadie sin meter una muletilla cutre e intentar encaminar la conversación a los dos únicos temas de conversación que dominaba, es decir, él mismo y sus propiedades, era comprensible que Lara se planteara con seriedad la posibilidad de tirarle cualquier objeto contundente que hubiera a mano cada vez que se le acercaba.
Desde su famosa declaración, en medio de un concierto televisado mundialmente, pensaba que eso era quedarse corta: incluso el apuñalamiento era una muerte demasiado piadosa para ese zoquete.
Había acudido ese día solo porque, en un momento de poca lucidez, le había regalado las entradas con el pase al backstage (que a su vez le habían sido regaladas por su jefe, el representante de Cameron) a su sobrina y a la mejor amiga de esta.
En ningún momento pensó que a su hermana no le daría la gana ir y le tocaría acompañar a las dos mocosas al «día más alucinante de su vida». Y alucinaron en colores cuando su ídolo hizo subir a su aburrida acompañante al escenario para declararle su amor con la que sin duda era la canción más pastelosa de la historia de la música.
Lo único que impidió que le rompiera su nariz de niño en medio del escenario fue que la sorpresa la había mantenido en estado de shock. Solo se liberó de la estupefacción cuando tanto el propio cantante como sus fans pretendieron que le diera una respuesta ahí mismo. En ese momento, sus mecanismos de supervivencia discotequeros, algo oxidados, se pusieron en marcha y dijo:
—Lo siento, pero tengo novio.
Por supuesto, si hubiera estado más espabilada hubiera puesto otra excusa, como que era lesbiana. Tanto el idiota del cantante como los medios de comunicación consideraron que ningún novio estaba a la altura del famoso del momento y que solo se había negado por deferencia al pobre infeliz, para romper con él de forma oficial en la intimidad antes de empezar el idilio con el hombre con quien «toda chica sueña».
Desde ese día, su vida se había convertido en un circo. Al acoso del famoso memo y de los medios de comunicación se había sumado una oleada de llamadas de conocidos de los que apenas se acordaba y con los que nunca mantuvo el contacto. Por supuesto, su sobrina la odiaba por quitarle sus esperanzas con el cantante, pero eso no quitaba que intentara por todos los medios pasar más tiempo con Lara con la esperanza de coincidir con él. Por si eso fuera poco, la mitad de los hombres que conocía habían pasado de ignorarla a asediarla, y había sido atacada un par de veces por fans histéricas. Y todo el mundo preguntaba una y otra vez por el misterioso novio, que por supuesto no existía más que en su imaginación.
Para colmo, su jefe, que estaba al tanto de lo poco que le gustaba Cameron, había insinuado de forma velada que cualquier manifestación pública de su disgusto provocaría su despido. Sin embargo, y era lo único bueno de todo el asunto, su sueldo había aumentado de forma sustancial, y la habían hecho por fin indefinida. Claro que era un chantaje para que no acudiera a los medios con su versión de la historia, pero no se iba a quejar de eso. Alguna compensación merecía aunque, por supuesto, cuando le ofrecieron ese jugoso incentivo no mencionó que prefería morirse antes que caer tan bajo e ir a la prensa rosa para airear sus asuntos. Ya les odiaba antes de que todo estallara, pero ahora le daban escalofríos cada vez que pensaba en ellos. Y cuando aparecían mejor ni hablar.
En cualquier caso, de esa situación tan absurda, lo que más rabia le daba era que sus esperanzas de enrollarse con el hombre que realmente le gustaba se habían quedado en nada. Porque ese hombre, el sexy mánager de Cameron, no iba a arriesgar su carrera por un calentón. De modo que todas sus fantasías de tener una noche de sexo apasionado con ese semental se habían ido al garete. Meses de coqueteo tirados a la basura.
Sabía que le había tenido en el bote (su erección no dejaba lugar a dudas) cuando se puso su minifalda y comenzó a provocarle junto a la máquina de café el día que se pasó por la oficina para negociar algunos puntos con su jefe. Por desgracia, solo unas horas después empezó el infierno y, desde entonces, por más que intentaba captar su atención, él fingía no darse cuenta de sus provocaciones y la rehuía.
Frustrada tras su última intentona, se repantingó en su silla y lanzó por la ventana el nuevo ramo de flores que se encontró en su mesa, sin siquiera mirar la tarjeta. Poco importaba que fuera del cantantucho o de otro de los imbéciles: las flores no le gustaban y, para colmo, le daban alergia. Pero claro, los chalados obsesivos no se molestan en comprobar esos detalles.
—¿Acabas de lanzar el ramo por la ventana? Era el más caro, no sé por qué no te gusta —dijo entonces el origen de su pesadilla.
Lara se encogió de rabia, pero al instante se dio cuenta de que era la oportunidad de poner al bobo en su sitio. No era un secreto en el trabajo que no le soportaba, y no estaban los medios cerca para hacer público su desplante.
—A ver, anormal. ¿Cuándo te va a entrar en la cabeza que ni todos los regalos ridículos del mundo van a conseguir que me interese por ti?
—Ah, sabía que dirías eso. —El ídolo se colocó con la misma pose estudiada que ponía en las portadas de sus discos y sacó su guitarra—. Por eso he venido preparado.
—¡Ni se te ocurra! Tu mierda de música lo único que hará será empeorarlo. ¡Si yo soy de rock duro, por el amor de Dios! —le detuvo, cada vez más cabreada. Notó que le había hecho vacilar, así que continuó con su ataque—: Mi novio te da mil vueltas en todo, ¿cómo te lo hago entender? Ni aunque fueras el último hombre sobre la faz de la Tierra me gustarías. ¡Y tus putas flores me dan alergia, joder, no paro de moquear desde que dijiste esa gilipollez en el concierto porque me asedian con plantas a cada sitio que voy! —exclamó. Se había pasado un poco y le había salido ese deje barriobajero que tanto se había esforzado en eliminar, así que inspiró hondo y finalizó—. Déjame en paz de una santa vez, que tengo trabajo.
—Escucha, Cameron —dijo entonces su mánager. Era gracioso, pero ni siquiera sabía su nombre. Tenía mucho más morbo así. Lara se sintió excitada solo con su voz grave y se giró para apreciar mejor a ese dios entre los hombres. Para cualquier otra mujer puede que no fuera más que un hombre del montón, pero a ella le encantaba su rudeza apenas contenida y su nariz algo torcida. Sí, sin duda uno de los mayores motivos para odiar al cantantucho era que la hubiera privado de las mieles de saborear ese cuerpo de arriba a abajo—. ¿Por qué no te vas a casa mientras yo cierro los acuerdos? —Luego añadió, bajando la voz, pero no lo suficiente para que Lara no lo escuchara—: A veces, con las mujeres lo mejor es replantearse la estrategia, antes que insistir en lo mismo.
—Cierto... Dime ¿crees que le gustarán los bombones? —replicó el joven divo, de nuevo animado.
—No si los mandas tú —le desilusionó Lara—. Y déjame en paz de una maldita vez.
Por suerte, el cansino tuvo el sentido común de marcharse y se quedó frente a frente con el mánager cañón.
—Sería más fácil si estuvieras loca por él. Se cansaría de ti en seguida, como siempre —dijo él, siempre tan práctico.
—Pero no le aguanto. Así que más te vale encontrar otra forma de que me deje tranquila —le advirtió Lara.
—¿Crees que me voy a arriesgar a ponerme a malas con mi cliente solo porque no le aguantas? —El mánager le dedicó una media sonrisa de lo más sensual—. Lo siento, querida.
—No creo que tengas elección —se enfadó ella, y decidió tirarse un farol—. Hoy mismo recibirá una notificación amistosa de mi abogado , donde se le pide con amabilidad que me deje tranquila. Con notarios de por medio y todo. Si no para, no me quedará más remedio que ponerle una demanda. Menuda imagen para el dulce y encantador ídolo adolescente, obligar a la mujer de la que dice estar enamorado a recurrir a esos extremos.
—No serás capaz. Tu jefe no tardaría en despedirte —se puso tenso él.
—¿En serio? ¿Justo después de interponer una demanda contra uno de sus clientes, que seguro que gano porque todas las pruebas están a mi favor, y al poco de hacerme fija? Quedaría como un proxeneta —replicó Lara, y se dio cuenta de que su amenaza no era tan descabellada. Al contrario, podía sacarla de ese atolladero.
—Veo que lo tienes todo calculado —dijo el mánager, con tono amenazador.
—No podréis decir, ninguno de vosotros, que no lo he hecho por las buenas antes de recurrir a medidas más extremas. No te haces una idea de lo infernal que es mi vida desde lo del concierto —comentó ella, sin amedrentarse.
—Veré qué puedo hacer.
—No has llegado a tu posición viendo qué puedes hacer. Hazlo —le ordenó.
Él soltó una carcajada y entró en el despacho de su jefe, que llevaba esperando ya un rato. Lara sonrió: había ganado esa batalla.
Una semana después, su situación había mejorado un poco, ya que, aunque no se podía hacer nada con los medios de comunicación, las fans, los cotillas y los interesados, al menos no tenía que soportar al causante de todos sus males. No obstante, el hecho de que alguien como él, incapaz de ir al retrete sin tuitearlo, no hubiera publicado en ningún sitio que iba a desistir en sus intentos de conquistarla era preocupante.
Sus sospechas se vieron confirmadas cuando, acabada la jornada laboral, el mánager la interceptó antes de que entrara en el ascensor.
—Te parecerá bonito —dijo simplemente.
—Como no me des más detalles... te aseguro que no tengo ni idea de qué me parecerá bonito —replicó ella, coqueta. No podía evitarlo, era verle y salirle la vena ligona.
—Cameron, el ídolo pop juvenil, se ha pasado la última semana intentando componer rock duro para complacerte —explicó él, con resignación.
Lara no pudo evitar reírse a carcajadas al imaginarlo.
—Apuesto a que es mil veces peor que cuando compone esas ñoñerías. ¿Te lo imaginas intentando rocanrrolear en el escenario, con su carita de niño bueno?
—Sí, me lo imagino perfectamente. Y no me gusta en lo más mínimo. —Frunció el ceño—. Escucha, acepta una cita con él. Inventaremos una historia o alguna cosa para que no tengas ni que besarle y para predisponerle en tu contra. Te aseguro que, en cuanto vea que muestras interés, se echará para atrás.
—No —se negó con rotundidad.
—Puedo hablar con tu novio. Te aseguro que llegaré a un acuerdo con él para que no se sienta avergonzado si los medios os graban juntos —intentó tentarla.
—En primer lugar, no tengo novio y, en segundo lugar, aunque lo tuviera no tendría que pedirle permiso para salir con quien me diera la gana —le respondió, y añadió, con firmeza—: La cuestión es que no me da la gana.
—¿Que no tienes novio? —preguntó él pausadamente, en un tono difícil de interpretar.
—¿Algún problema con eso? —Él rodeó su cintura de repente y la atrajo hacia sí para besarla. Atónita, Lara no pudo sino reaccionar devolviéndole el beso, y aprovechó para recorrer su cuerpo y comprobar que era tan duro como parecía—. ¿Y eso a qué ha venido?
—He pasado las últimas semanas huyendo de ti porque pensaba que tenías pareja y que me habías tomado el pelo con tu coqueteo —explicó el mánager—. Recupero el tiempo perdido.
—¿Y tu cliente? —preguntó ella.
—A la mierda con él —dijo él con despreocupación, una copia exacta de lo que hubiera dicho en cualquiera de sus fantasías eróticas recurrentes.
Ella volvió a besarle con pasión y luego, algo preocupada por si les veían, echó un vistazo alrededor. Por suerte, el cuartito de mantenimiento estaba cerca y, casi automáticamente, ambos comenzaron a moverse hasta entrar en él y encerrarse, momento en que empezaron a quitarse ropa de encima.
Él fue trazando un reguero de besos desde su mandíbula hasta su clavícula, mientras Lara le provocaba con sus manos...
—Sí, Carmelita, como te digo, mi nuera ha decidido redecorar toda la casa —se escuchó entonces. Ambos se miraron y reaccionaron justo a tiempo para evitar que la mujer de la limpieza pudiera abrir la puerta bloqueándola con sus cuerpos semidesnudos—. Espera niña, ahora te llamo, la puerta del cuartito no se abre y tengo que avisar al de mantenimiento.
Lara cogió su móvil a toda prisa y llamó al hombre. Luego, cuando lo cogió, sopló para que solo escuchara interferencias. Se escuchó entonces a la señora refunfuñar sobre que el de mantenimiento siempre comunicaba y sus pasos se alejaron.
Cuando consideraron que no había peligro, ambos salieron algo apurados y se metieron en uno de los despachos para vestirse de forma conveniente. Poco después de que la mujer de la limpieza volviera, acompañada del conserje, ambos salieron del despacho con total respetabilidad. No es que hiciera falta, porque el cuarto de mantenimiento era de nuevo sede de escarceos amorosos clandestinos, y ni la limpiadora ni el conserje se dieron cuenta de que se metían en el ascensor.
Al llegar abajo, salieron al exterior y Lara comenzó a proferir maldiciones contra el paparazi que había en la acera de enfrente.
—No creas que te vas a librar tan fácilmente —dijo él, cuando estuvo seguro de que con el ángulo en el que estaba girado hacía imposible leerle los labios.
—¿Deduzco que no quieres que nadie se entere? —respondió ella girándose también. Al ver la mueca de su futuro amante, soltó una carcajada—. ¡Es coña! Además el secretismo le da más morbo.
—No lo dudo. Tendrás noticias mías... pronto —prometió él con voz seductora. Lara sintió un poco de tembleque en las rodillas pero siguió con el juego:
—Eso espero, tío sexy. Aunque es posible que, si no te das prisa, satisfaga mi calentón en otra parte...
—No te vayas a dormir muy pronto —se apresuró él a responder—. Esta misma noche pasaré por tu casa.
Con una carcajada, ella se giró con sensualidad y se alejó contoneándose, a sabiendas de que iba a pasar una noche memorable.