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charles perrault

la ratita presumida

Érase una vez una ratita tan presumida que se pasaba los días contemplándose al espejo y peinando su cabeza y su colita traviesa. Pero no sólo era aseada consigo misma, sino que tenía su casita limpia como un espejo.
La Ratita dijo: “¡Uy! aquí hay una motita de polvo. Hay que barrer otra vez. Si pudiera comprarme a plazos un aspirador ratonil tendría la casita más limpia, pero no gano para esos gastos”.
Desde que se levantaba hasta que se acostaba la Ratita barría su casa. A veces discutía con sus vecinas: “¡Eh! ¡Señora Rata Gorda! No riegue tanto sus plantitas del balcón que el agua salpica mi ventana. ¡Más que regar ahoga las plantas con agua! Ya podría tener más cuidado. ¡Uy, qué barbaridad!”
Una mañana, después de comer su ración de queso, se puso a barrer la escalera y se encontró con una moneda de oro. Al principio no supo lo que era aquello.
- ¡Uy! ¡Un redondel dorado!. ¿Qué debe de ser esto?
La Ratita lo cogió con sus patitas y lo acercó a la luz que entraba por el ventanal para examinarlo de cerca.
- Parece una moneda. ¡Es una moneda! ¡Y de oro! ¡Soy rica! Cuidado, si alguien me oye podría venir un ratón ladrón y llevársela. Si la guardo debajo de una baldosa puede extraviarse y no hay cajas de ahorro para ratitas ahorrativas…Mmmmmmmmm…. Tengo que gastarla como sea. Veamos en qué puedo gastármela….
La Ratita mordisqueó la punta de su rabito mientras pensaba…
- Podría ir al supermercado ratonil y comprar cositas... ¡Queso en conserva! Mmmmmm…. me iba a poner de queso… ¡No¡ ¡no!, tanto queso se me indigestaría y luego tendría que llamar a la rata doctora para que me recetara una purga. No, no, nada de queso. Desquesada. También podría comprar una bolsita de avellanas. Con lo que me gustan a mí las avellanas. Si, pero… ¿y los dientecitos qué?, desdentada y hablando como una ratita anciana. No, no, nada de avellanas.
La Ratita estaba muy preocupada. No sabía qué hacer con su monedita de oro.
- La de preocupaciones que trae el tener dinero – pensó -. Vamos a ver…
Pero como era muy presumida se miró al espejo y se dijo:
- ¡Uy! ¡Hay que ver que bien me sentó la cura de adelgazamiento que seguí! Estoy de moda. Soy un Ratita modernísima. Parezco una maniquí. Podría gastarme ese dinerín con ropas para vestir. Vamos a la casa de modas. Madame Ratón tiene unos modelitos preciosos. La locura para las ratitas presumidas como yo.
Así, la Ratita fue a visitar a Madame Ratón y empezó a probarse muchas cosas, pero ninguna le gustaba. Un vestido le apretaba de la sisa. El otro le parecía de colores muy chillones. El de más allá poco extremado. Hasta que sus ojillos vivarachos tropezaron con un lazo de colores con lunares.
- ¡Ooh! ¡Esto es lo que voy a comprarme! Un lacito para mi rabito que está muy descuidado.
Madame Ratón le hizo el lazo y se lo probó. La Ratita se miró varias veces en el espejo y se sintió satisfecha por la adquisición.
- Me lo llevaré puesto - dijo.
En efecto, levantando la colita para que el lazo no tocara el suelo y se manchara, la Ratita salió de la tienda.
Al llegar a su casa se lo contó a todas las vecinas y por si alguna no se había enterado que tenia un lacito nuevo se paso la mañana en el balcón moviendo su rabito para que todos los que pasaran por allí pudieran verlo. Y en esto pasó un sapo y dijo:
- Croac, croac. ¡Vaya ratita más simpática!. Croac. Me gustaría casarme con ella. ¡Eh, ratita!. Croac. ¿Quieres casarte conmigo?
La Ratita le contestó: - No se, depende. ¿Me vas a tratar bien? ¿Qué me contarás?
- Croac. Muchas cosas. Croac, croac, croac, croac...
- ¡Uy! ¡qué ruido! - dijo la Ratita. - No podría dormir con tanto croac, croac... Además serías capaz de hacerme dormir en el baño y acabaría reumática. No, no, no me interesas como marido.
- Croac, ¡presumida! Croac, croac…
El Sapo se fue croando en voz baja muy enfadado y casi tropezó con un Buey que se acercaba paciendo.
El Buey dijo: - Muuuuuuuuu, muuuuuuuuuuu…. Caramba, caramba, caramba… vaya Ratita más guapa y precisamente acabo de enviudar…muuuuuuuuu ¡eh, Ratita! ... ¿cómo estás? ¿Te gustaría casarte conmigo?
Y la Ratita le contestó: - No se. Hay que hablarlo. Eres muy grandote, pero… ¿me tratarías bien? ¿Qué cosas me contarías?
Y el buey dijo: Muuuuuuuuuu, te contaría muuuuuuuuuuuchas cosas, muuuuuuuuuchos cuentos. Muuuuuuuuuuuuu, muuuuuuuuuuuuu…
- ¡Uy, qué ruido! – dijo la Ratita. - ¿Quién iba a poder dormir con tanto muuuuuuu? No, no, no me interesas como marido.
- Muuuuuuuuuchas calabazas, muuuuuuuuuuuuuu muuuuuuuuuuuuuuu
Y el Buey con el rabo entre piernas, disgustado y furioso se alejó hacia su corral.
A la mañana siguiente la Ratita volvió a asomarse al balcón para seguir exhibiendo el lacito de su rabito, que no se lo quitaba ni para ir a la cama. Y así estaba barriendo el balcón, porque no había abandonado su costumbre de tenerlo todo limpio, cuando acertó a pasar por la calle un pajarito.
- Pio, pio, pio… Como me gustaría poder hablar con esta ratita tan presumida. ¡Ehh ratita!… Hola.
- Hola.
- Se que estás muy sola ¿te sirvo como marido? Todos los días te traería mosquitos que comer. Son riquísimos.
- No se, no se. Me harías muchas cosquillas con las alas ¿qué cosas me contarías?
- Muchas. Te daría unos conciertos de pio, pio, estupendos… Escucha, escucha…
Y el Pajarito empezó a silbar.
- ¡Uy! con tanto pio pio se me llenaría la casa de amigotes tuyos y quedaría toda llena de plumitas y el trabajo que tendría luego para limpiarlo todo. No, no me interesas como marido.
El pájaro se alejó con las alas caídas muy mustio y se puso a picotear a un gusanito que asomaba la cabeza por un agujero del suelo.
Poco después pasó por allí un cordero que al ver a la Ratita sintió deseos de casarse con ella.
- Beeee beeeeee beeeeeeee. Hola ¿quieres casarte conmigo? Beeeeeeee
- Bueno, todo depende. Eres muy grandote, pero en invierno a tu lado no pasaré frió si aprovecho tu lana ¿Qué me vas a contar?
- Beeeeeeee. He recorrido los campos y se muchas historias y muchos cuentos Beeee. Te contaré alguna. Érase una veeeeeeeez beeeeeeeeeee beeeeeeeeeee beeeeeeeee…
- ¡Madre mía!, - dijo la Ratita. - No me entero de nada de lo que dice. No, no, no me interesas como marido.
Y la Ratita cerró la ventana en las mismas narices del Cordero.
- ¡Estaría bueno que me casara con un Cordero!.
Pero ya hacia el atardecer del día, cuando el sol se había ido a descansar y la luna estaba lavándose la cara para asomarse por entre las nubes, paso por debajo de la ventana de la casa de la Ratita, un gato simpático y vivales que al verla se sintió atraído por ella.
El Gato dijo: - ¡Ooh!, ¡ooh! ¡Eso si que es una ratita simpática! Hola, miauuuu
-¡Uy! ¡Qué gato más elegante! – contestó la Ratita. - ¡Qué piel más suave! Parece que vaya vestido de etiqueta. Buenas noches, gato
- Buenas Noches. Me han hablado mucho de tu lacito.
- ¡Uy! todo el mundo habla de mi hoy. Estoy de moda.
- Bueno, ¿quieres casarte conmigo? Miauuuu
- Bueno, no se ¿Qué me contarás esta noche?
Y el Gato dijio: - Te cantaré canciones muy divertidas. Así… miauuuuuuuuuuu miauuuuuuuuu.
- ¡Oohh! ¡qué voz tan suave!, dijo la Ratita
Y el Gato seguía: - Miauuuuuuu miauuuuuuuuu
- ¡Cómo canta este gatito!, pensó la Ratita.
Y és seguía: - Miauuuuuuuuuuuu Miauuuuuuuuuuuuuuuuu
La Ratita exclamó: - ¡Sí, sí, contigo sí quiero casarme!
Aquella misma noche la Ratita se vistió de novia y el Gato se puso un chaqué para ir a su boda. Y después de despedir a los invitados, cuando los dos quedaron solos, la Ratita le dijo:
- Bueno, ahora me cantarás como prometiste.
Y el Gato contestó: - Claro que te cantaré. Acércate. Pienso cantarte al oído.
Y cuando la Ratita se acercó el Gato le dio un mordisco y como le gustó, en dos mordiscos más se la comió. Y cuentan las historias que a partir de aquel día, a los gatos, que jamás habían comido ratitas, les gustó tanto que empezaron a perseguirlas y de ahí que las ratitas, en cuanto ven un gato, salgan huyendo.