No le gustaba para nada el arreglo floral con calas blancas.
Todos decían que las calas eran para los muertos, y era verdad. También era verdad que, a fin de cuentas, su esposa lo estaba, pero como tantas otras veces desde hacía un año, Diego trataba de evadir ese detalle.
El problema fue que el señor Tellinger, el de la floristería, no llegó a pasar el pedido a tiempo y Diego se quedó sin sus rosas blancas, las que ella tanto amaba.
Sus dos hijas corrían afuera en el jardín. Podía oír sus risas y también el ladrido de Bandida; seguro estaban jugando al escondite, les encantaba hacerlo desde que su madre se los había enseñado.
Acomodó las calas y se miró en el enorme espejo que colgaba del salón. Había perdido ya diez kilos desde que murió Patricia. Sus ojeras eran dos caminos negros que comenzaban en sus lagrimales, esos que nunca estuvieron desprovistos de lágrimas desde aquel dos de abril, el día en que ella no volvió de trabajar.
Afuera, Laura le gritaba a su hermana que dejara en paz a la perra y un universo de risas, ladridos y alegría se abrió paso en los oídos de Diego por tan solo un segundo; era eso lo que duraba su felicidad desde que Patricia no estaba.
Se acercó a la ventana y observó; el sol estaba radiante y sus dos hijas, vestidas de blanco, todavía más radiantes que el sol. Bandida, la cachorra que él mismo les había traído para paliar un poco el dolor de las niñas, era tan blanca como sus vestidos y corría con las orejas al viento como aquel perro de La historia interminable. Unas motas de algodón provenientes del antiguo árbol del jardín trasero le daban a la escena el toque final: un verdadero cuento de hadas. Al que le faltaba un personaje principal.
«Que familia perfecta éramos», pensó con rabia. «¿Por qué tuviste que dejarnos?».
A veces le sucedía, a veces llegaba al punto de echarle la culpa incluso a ella por estar muerta. ¡Y es que tenía sentido! ¿Por qué amaba tanto su trabajo? ¿Por qué no pudo tan solo disfrutar de su esposo y de sus hijas? ¿Disfrutar de su casa que tanto esfuerzo y horas extras le había costado conseguir? ¿Qué más necesitaba?
El jardín trasero era algo que Patricia anhelaba y también lo habían logrado, incluso bañado de rosas blancas como tanto le gustaban. Entonces, ¿por qué se había embarcado en esa estúpida misión policial para terminar asesinada por un vulgar ladrón?
Laura llamó a su padre poniendo las manos alrededor de su boca para que este la oyese mejor:
—¡Papá! ¿Ya podemos entrar? ¡Estamos esperando!
Bandida ladró, como secundando la idea.
—¡En un segundo! —contestó él.
Volvió a mirar el florero. No estaba satisfecho. Era una pena que esa primavera las rosas de su mujer no hubiesen nacido. Tal vez se debía al precario cuidado que él les proporcionaba, o tal vez se debía a que Patricia ya no estaba, y hasta las flores preferían morir junto con ella. Como él.
Por esa razón, para conmemorar el primer año de la muerte de su esposa, tuvo que salir a comprar las benditas rosas. ¡Y ni siquiera eso le había salido bien!
«No me hacen falta», dijo la voz de su esposa en su interior. Sí, así era ella, aunque ahora entendía que no era realmente su voz la que escuchaba casi a diario en su cabeza. El psiquiatra le había explicado que era su propia mente la que creaba esos mensajes basándose en la esencia de Patricia, en lo que ella solía pensar y decir.
A fin de cuentas, pensaba Diego, entonces sí que era ella, porque habían vivido juntos más de veinticinco años, habían tenido dos hijas y una vida entera para saber exactamente qué era lo que Patricia diría en cada situación. Ellos eran uno.
A veces, cuando lloraba tardes enteras en su cama, ahora ocupada solo del lado izquierdo, se sentía culpable. Sobre todo cuando sus familiares le decían que tenía que salir adelante, que sus hijas deberían ser su motor. ¿Cómo no sentirse culpable? Tenía motivos para estar feliz y no lo estaba. Las niñas se merecían algo mejor…
Fue justamente por esa razón por la que había preparado la reunión de hoy. Había tenido todo el tiempo del mundo para hacerlo porque, desde hacía un año, se encontraba de licencia psiquiátrica. La muerte de tu mujer no es algo que puedas superar de la noche a la mañana.
Adela pegó un grito de júbilo que lo sobresaltó y lo hizo salir de sus cavilaciones, a punto estuvo de tirar el jarrón de calas al suelo.
—¡Niñas! ¡Con cuidado! —les gritó a través de la ventana.
—¡Papá! ¿Ya podemos entrar? —demandó Laura.
—Aún no —contestó él—, dadme cinco minutos.
Volvió a mirarse en el espejo y se ajustó la corbata.
Todo estaba en orden.
Se acercó a la mesa y acomodó los cubiertos junto a los platos. El vino ya estaba en la frapera y el zumo de las niñas en sus vasos.
De la cocina ya salía el aroma del pollo asado que tanto le gustaba a toda la familia.
Entonces se apresuró, arrimó las sillas de las pequeñas, puso el veneno en sus vasos y se sentó en la cabecera, su lugar habitual.
Antes de llamar a las chicas, tomó la mano de su esposa que al fin volvía a estar a su lado, como debería haber sido siempre. No le importaba su aspecto, eso era algo que él le había repetido hasta el cansancio cuando ella se quejaba de sus arrugas o de esos kilitos de más. ¿Qué más da el aspecto cuando uno ama de verdad?
Diego sonrió por primera vez desde hacía un año. Las huellas de barro aún se veían en el suelo y tal vez las niñas preguntasen por eso al entrar, pero todas esas pequeñeces se borrarían de sus cabecitas cuando vieran a su madre otra vez allí, junto a ellos. Por fin serían una gran familia de nuevo y, entonces, esta vez sí, ni siquiera la muerte los separaría, pues, de hecho, era justamente ella la que en unos instantes los volvería a juntar.