la carta
Teddy está junto a la verja sosteniendo su carta.
Los domingos por la tarde Newman se sentaba con su padre en un asiento blanco de la sala abierta. El hijo había traído una tarta de piña pero el viejo no quería comérsela.
En dos ocasiones, durante las dos horas y media que estuvo con su padre, Newman preguntó:
—¿Quieres que vuelva a venir el domingo que viene o no? ¿Quieres un respiro el domingo que viene?
El viejo no decía nada. Nada que significase sí o significase no. Si se le insistía para que se decidiera por una cosa u otra, rompía a llorar.
—Está bien, te veré el domingo que viene. Pero cuando quieras un respiro, me lo dices. A mí no me vendrá mal un domingo de descanso.
Su padre no dijo nada. Luego movió la boca y al rato dijo:
—Tu madre no me hablaba así. No le gustaba dejar pollos muertos en la bañera. ¿Cuándo va a venir a verme?
—Padre, murió antes de que tú enfermaras y quisieras suicidarte. Procura retenerlo en la memoria.
—No me pidas que me crea eso —dijo su padre, y Newman se levantó para ir a la estación donde tomaría el tren de Long Island para Nueva York.
Dijo: «Que te mejores, padre», al irse, y su padre contestó: «No me vengas con eso. Ya estoy mejorado».
Los domingos, después de dejar a su padre en la Sala 12 del Edificio B y atravesar el recinto del hospital, aquella primavera y aquel seco verano, al llegar a la verja con barras de hierro en forma de arco entre unos postes de ladrillo debajo de una gigantesca encina que ensombrecía el tosco muro de ladrillo rojo, se encontraba a Teddy ahí de pie sosteniendo su carta en la mano. Newman podía haber salido por la puerta principal del Edificio B del complejo hospitalario, pero desde aquí el camino hasta la estación era más corto. La verja se abría a los visitantes sólo los domingos.
Teddy era un hombre corpulento vestido con las ropas flojas y grises de la institución y calzado con zapatillas de lona. Tenía cincuenta años o más y puede que también su carta. La sostenía como la sostenía siempre, como si la sostuviera desde siempre, un sobre grueso y sucio, más bien cuadrado, sin cerrar. Dentro había cuatro pliegos de papel color crema sin nada escrito. Después de mirar el papel por primera vez, Newman había devuelto a Teddy el sobre, y el guarda de uniforme verde le había abierto la verja para dejarlo salir. A veces había otros pacientes junto a la verja que querían marcharse con Newman, pero el guarda decía que no podían.
—¿Me echas la carta al correo? —preguntaba Teddy todos los domingos.
Entregaba el sobre lleno de marcas de dedos a Newman. Era más sencillo tomarlo y luego devolverlo, que negarse a tomarlo.
El buzón colgaba de un pequeño poste de cemento al otro lado de la calle, frente a la verja de hierro, a pocos pasos de la encina. Teddy lanzaba de vez en cuando un derechazo hacia el buzón como si quisiera alcanzarlo a través de la verja. Antes había estado pintado de rojo y ahora era azul. También había un buzón en cada sala, en el despacho del médico, pero Teddy decía que no quería que el médico leyese su carta.
—La llevas al despacho y te la leen.
—Ésa es su obligación —respondió Newman.
—Pues a mí no me da la gana —dijo Teddy—. ¿Por qué no la echas al correo? No va a servirte de nada el no hacerlo.
—No hay nada que echar al correo.
—Eso dices tú.
Su pesada cabeza se sostenía sobre un cuello corto y moreno, el pelo áspero e hirsuto recortado a una pulgada del cráneo. Tenía un ojo gris pulposo y el otro afectado por glaucoma. Cuando hablaba con Newman clavaba la vista más allá de éste, a veces mirando a través de su hombro. Y Newman había notado que nunca miraba el sobre azul cuando no lo sostenía, cuando era Newman quien lo sostenía momentáneamente. De vez en cuando señalaba algo con un dedo corto pero no decía nada. Cuando no decía nada se alzaba levemente de puntillas. El guarda no se entrometía cuando Teddy le entregaba a Newman la carta cada domingo.
Newman la devolvió.
—Peor para ti —dijo Teddy. Luego añadió—: Tengo derecho a pasearme. Estoy casi cuerdo. Luché en Guadalcanal.
Newman dijo que lo sabía.
—¿Dónde has luchado tú?
—En ningún sitio todavía.
—¿Por qué no echas mi carta al correo?
—Es por tu bien que el médico la lee.
—Ésa sí que es buena. —Teddy contempló el buzón a través del hombro de Newman.
—La carta no va dirigida a nadie y no lleva sello.
—Pues ponle uno. A mí no me dejan que compre uno de tres ni tres de uno.
—Ahora cuesta ocho centavos. Yo le pongo el sello si tú escribes la dirección.
—Ni hablar —dijo Teddy.
Newman ya no preguntaba por qué.
—No es esa clase de carta.
Le preguntó de qué clase era.
—Azul con un papel blanco dentro.
—¿Qué pone?
—Que si no te da vergüenza.
Newman se fue en el tren de las cuatro. El viaje de vuelta no era tan malo como el de ida, aunque los domingos era tremendo.
Teddy sostiene su carta.
—¿No hay suerte?
—No hay suerte.
—Tú estás mal del coco.
De todas formas le entregó el sobre a Newman y pasado un rato Newman se lo devolvió.
Teddy fijó la vista en su hombro.
Ralph sostiene el sobre lleno de marcas de dedos.
El domingo, un anciano alto, enjuto, hosco y bien afeitado, de mirada apagada, luciendo una raída gorra de combatiente de la Primera Guerra Mundial sobre su amarillenta cabeza blanca, estaba con Teddy junto a la verja. Aparentaba ochenta años.
El guarda con el uniforme verde le dijo que se apartara de la puerta porque estaba estorbando.
—Apártate, Ralph, estás estorbando.
—¿Por qué no la echas al buzón cuando salgas? —preguntó Ralph con voz áspera de viejo, alargando la carta a Newman.
Newman no quiso cogerla.
—¿Quién es usted?
Teddy y Ralph no dijeron nada.
—Es su padre —dijo el guarda junto a la verja.
—¿De quién?
—De Teddy.
—Jesús —dijo Newman—. ¿Pero están los dos aquí?
—Eso es —dijo el guarda.
—¿Acaba de ingresar o ya lleva tiempo…?
—Acaban de devolverle el derecho a pasearse. Se lo revocaron hace cosa de un año.
—Me lo devolvieron después de cinco años —dijo Ralph.
—Un año.
—Cinco.
—De todos modos, es increíble —dijo Newman—. No se parecen nada.
—¿A quién te pareces tú? —preguntó Ralph.
Newman no sabía decirlo.
—¿En qué guerra has estado? —preguntó Ralph.
—En ninguna.
—De ésa te has librado. ¿Por qué no echas mi carta al correo?
Teddy estaba junto a ellos, malhumorado. Se puso de puntillas y lanzó un derechazo y un izquierdazo hacia el buzón.
—Yo creía que la carta era de Teddy.
—Me ha pedido que se la eche al correo. Ha luchado en Iwo Jima. Hemos luchado en dos guerras. Yo luché en el Mame y en el bosque de Argonne. Me llenaron los pulmones de gas tóxico. El viento cambió y entonces fueron los hunos los que recibieron el gas. No fueron los únicos.
—Mala pata —dijo Teddy.
—Échasela al pobre chico al correo —dijo Ralph. Su alta figura temblaba. Era un hombre anguloso con ojos hundidos y tirando a azules y unas facciones rudas que parecían talladas en un árbol.
—Le dije a su hijo que lo haría cuando él escribiera algo en el papel —dijo Newman.
—¿Qué quieres que ponga?
—Lo que quiera. ¿No hay nadie con quien comunicarse? Si no quiere escribir, que me diga lo que he de poner y lo haré yo.
—Mala pata.
—Quiere comunicarse conmigo —dijo Ralph.
—No es mala idea —dijo Newman—. ¿Por qué no le escribe unas líneas a usted? ¿O usted a él?
—Un hurra del Bronx para ti.
—La carta es mía —dijo Teddy.
—Me da igual quien la escriba —dijo Newman—. Yo podría escribir un mensaje en su nombre deseándole suerte. Puedo poner que espero que salga pronto de aquí.
—Otro hurra del Bronx.
—No será en mi carta —dijo Teddy.
—Ni en la mía —dijo Ralph, hosco—. ¿Por qué no la echas al correo tal como está? Apuesto a que tienes miedo.
—No tengo miedo.
—Apuesto a que sí.
—No.
—Mi apuesta sigue en pie.
—No hay nada que echar al correo. La carta no pone nada. Está en blanco.
—¿Qué te hace pensar eso? —preguntó Ralph—. Dentro hay una carta entera. Llena de noticias.
—Debo irme —dijo Newman—, o perderé el tren.
El guarda abrió la verja para dejarlo salir. Luego volvió a cerrarla.
Teddy se giró y miró el sol estival por encima de la encina con su ojo gris y el otro afectado por glaucoma.
Ralph estaba temblando junto a la verja.
—¿A quién vienes a ver aquí los domingos? —preguntó a Newman.
—A mi padre.
—¿En qué guerra ha estado?
—En la guerra de su cabeza.
—¿Tiene derecho a pasearse?
—No, no se lo quieren dar.
—Me refiero a si está loco.
—Eso es —dijo Newman, alejándose.
—Tú también —dijo Ralph—. ¿Por qué no vuelves y te quedas por aquí con el resto de nosotros?