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Libros de bernard malamud

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bernard malamud

el caballo parlante

P. ¿Soy un hombre dentro de un caballo o un caballo que habla como un hombre? Supongamos que hicieran una radiografía, ¿qué verían, el luminoso esqueleto de un hombre postrado dentro de un caballo, o simplemente un caballo con una complicada caja de voz? Si lo primero, entonces a Jonás le fue mejor dentro de la ballena, más espacio en que desenvolverse; además, él sabía quién era y cómo había llegado ahí. Sobre mí mismo sólo puedo hacer conjeturas. Sea como sea, después de tres días y tres noches el gigantesco pez se detuvo en Nínive y Jonás cogió su maleta y se bajó. Pero no Abramowitz, que sigue a bordo, al cabo de siete años; no es ningún profeta. Por el contrario, trabaja en una función de poca monta llena de engendros, aunque últimamente, a insistencia de Goldberg, ha progresado hasta la pista central dentro de la gran carpa en un número con su amo sordomudo, el mismísimo Goldberg, que el Todopoderoso se apiade de él. Yo sólo sé que llevo aquí años y todavía no comprendo la naturaleza de mi sino; en suma, si es que soy Abramowitz, un caballo; o un caballo que incluye a Abramowitz. El motivo, vete tú a saber. La comprensión llega hasta este punto y no más lejos, sobre todo si Goldberg cierra el paso. Puede que sea por algo que dije, o pensé, o hice, o no hice en mi vida. Cometer errores es fácil y es fácil no saber quién los ha cometido. Yo tengo mis teorías, barruntos, suposiciones, pero no puedo probar nada.
Cuando Abramowitz está en su cuadra, sus cascos golpeando nerviosamente los maltrechos tablones mientras masca avena dura y amarilla dentro de su saco, a veces tiene pensamientos, recuerdos lejanos, parecen ser, de caballos jóvenes galopando, retozando en verdes praderas, mordiscándose los flancos mutuamente; y otras descorazonadoras imágenes que podrían ser recuerdos; así, ¿quién sabe cuál es la verdad realmente?
He intentado preguntárselo a Goldberg pero ahórrate la molestia. Las preguntas le ponen negro, le hacen perder los estribos. Yo ya me hago cargo, es sordomudo desde hace no sé cuánto tiempo; no le gusta que interrumpan sus pensamientos, o se metan con sus proyectos o con la manera que vive, ni las sorpresas, excepto aquellas que él se inventa. En otras palabras, las preguntas le fastidian. Le haces una pregunta y se desorienta. A mí sólo me habla cuando le parece, lo que no es muy a menudo, se le agota la poca paciencia que tiene. Últimamente está de un humor terrible, recurre con demasiada frecuencia a su bastón de bambú, ¡zas sobre el lomo! Por lo general suele haber avena abundante y paja y agua, y de vez en cuando incluso alguna broma para que me relaje si me siento tenso, pero fuera de esto es una amenaza tras otra, seguido de una punzada de dolor si no hago bien alguna u otra cosa, o digo algo que le ataca los nervios. No es sólo ese bastón que azota como un látigo; sus amenazas tienen el mismo efecto, como el zigzag de una descarga eléctrica en la carne; en realidad el mamporro duele menos que la amenaza; el mamporro es momentáneo, la amenaza te deja preocupado. Pero el dolor auténtico, al menos para mí, es el no saber lo que uno debe saber.
Lo que no quiere decir que no nos comuniquemos el uno con el otro. Goldberg me golpea mensajes en Morse sobre la cabeza con su nudillo grande, crac crac crac; yo siento las vibraciones recorrerme los huesos hasta la punta de la cola, cuando me ordena lo que debo hacer o me amenaza con los azotes que recibiré por mi último desplante. Su primer mensaje, lo recuerdo, fue NO HAGAS PREGUNTAS, ¿ENTENDIDO? Yo sacudí la cabeza sí y sonó una campanita sujeta a una correa debajo de mi copete. Fue la primera noticia que tuve de que la llevaba ahí.
HABLA, me golpeó sobre la cabeza después de contarme lo del número. «Eres un caballo parlante».
«Sí, amo». ¿Qué iba a decir?
Mi voz me dejó atónito al brotar por el túnel del cuello de un caballo. La ocasión exacta no la recuerdo, cualquiera recuerda cosas del principio. Con mi memoria tengo que pelearme para sacarle un recuerdo lejano. No me pregunten por qué como no fuera que me caí y me hice daño en la cabeza o me averiara de algún otro modo. Goldberg es mi amo sordomudo; me lee los labios. Un día que estaba borracho y andaba buscando un poco de compañía me golpeó comunicándome que en los viejos tiempos, antes de unirnos al circo, yo solía transportar sobre mis lomos mercancías a las ferias y los mercados.
Pues yo creía que había nacido aquí.
«Una noche de lluvia, de nieve y asquerosa», me golpeó Goldberg en Morse sobre la cabeza.
«¿Qué pasó después?».
Él dejó de hablar en seco. Yo ya debería estar advertido, pero siempre meto la pata.
Entonces trato de recordar de qué noche estamos hablando y se me ocurren ciertos pensamientos un tanto vagos, lo cual podría ser algún cuento que me invento cuando no tengo otra cosa que hacer que masticar avena. Es más fácil que ponerse a recordar. El que se me ocurre con más frecuencia se refiere a dos hombres, o caballos, o unos hombres a caballo, aunque cuál era yo no sé decirlo. El caso es que los dos extraños se encuentran, uno hace al otro una pregunta y se enzarzan en una batalla, o bien zurrándose con unas espadas en la cabeza, o relinchando como locos mientras se arrancan la carne con los dientes; o ambas cosas al mismo tiempo. Sean jinetes o caballos, el uno es delgado y como poético, el otro un extraño gordo que lleva una enorme corona negra. Se encuentran en una pedrera una noche que está lloviendo, nevando, asquerosa, el uno luciendo en la cabeza su tronada corona de metal que pesa como una tonelada y hace que sus movimientos sean pausados aunque no menos seguros, y el otro en la cabeza lleva una raída gorra de colorines; toda la noche la pasan peleando en la resbaladiza pedrera iluminada por una luz fantástica.
P. «¿Qué ha de hacerse?».
R. «No me vengas con estas condenadas preguntas».
A la mañana siguiente uno de nosotros se despierta con un dolor espantoso que parece brotar de una herida en el cuello pero que también parece una jaqueca. Él recuerda un golpe aunque no lo juraría y un extraño diálogo en que primero vienen las respuestas y luego siguen las preguntas.
Bajé por una escalera.
¿Cómo llegaste aquí?
La que sube y baja.
¿Qué escalera?
Abramowitz, en su cuento soñado, sospecha que Goldberg le pegó en la cabeza y lo metió dentro de su caballo porque necesitaba un caballo parlante para su número y no existía tal cosa.
Ojalá estuviera seguro.
NO TE ATREVAS A PREGUNTAR.
Ésa es su manera de ser; es un mamarracho aunque no sin cierta consideración cuando se siente deprimido y está echando unos tragos. Entonces me golpea en Morse un par de anécdotas graciosas. No tiene amigos visibles. Sobre la familia no hablamos ninguno. Cuando ríe, llora.
Debe de ser muy fastidioso para el dueño saber decir en voz alta sólo palabras de cuatro letras como geee, gooo, gaaa, gaau; y el director del circo, que hace las veces de jefe de pista, cuando entra a por un trago, le da tanta vergüenza que clava la vista en el suelo. A aquellos que no conocen el sistema Morse, Goldberg les hace muecas, les mira furibundo y rechina los dientes. Tiene sus misterios. Colgando de la pared, sobre la cabeza disecada de un caballito, conserva una enmohecida lanza de tres púas. A veces baja al sótano con una vela vieja y sube con una nueva a pesar de que tenemos corriente eléctrica. Aunque no le gusta quejarse de su vida, se preocupa y hace crujir los nudillos. Quizá sea viudo, ¿quién sabe? Las mujeres no parece que le interesen, pero se ocupa de que Abramowitz aproveche su oportunidad con una yegua en celo, si es que la hay disponible. Abramowitz se entrega a ello para satisfacer su naturaleza física, un hecho es un hecho, aparte de eso tampoco hay para tanto; la yegua no está interesada en mantener un noviazgo hablado. Cuando Abramowitz la monta, Goldberg se pone a aplaudir, lo que es humillante.
Y cuando están en su domicilio de invierno el dueño se pone de punta en blanco una vez por semana o así y sale a divertirse. Cuando se pone su traje de paño fino, su alfiler de brillantes, y sus guantes amarillos, se coloca ante un espejo de cuerpo entero y se mira embelesado. Luego hace ver que esgrime un sable, atacando con su bastón de bambú a la figura reflejada, haciéndolo girar con un solo dedo. A Abramowitz no le informa de dónde va o cuándo piensa ir. Pero de regreso suele estar melancólico, a veces angustiado, no parece haberse divertido mucho; y en ese estado de ánimo igual le da por propinarle unos cariñosos azotes con aquel condenado bastón. O peor, amenazarlo. Nada serio pero, ¿quién lo necesita? Por lo general prefiere quedarse en casa viendo la televisión. La astronomía le tiene encandilado, y cuando dan esos programas por el canal educativo él se queda ahí sentado noche tras noche, mirando imágenes de estrellas, quasares, el espacio infinito. También le gusta leer el Daily News, que después rompe cuando ha terminado con él. A veces lee ese libro que tiene escondido en un estante del armario debajo de unos sombreros viejos. Si el libro no le hace reír abiertamente le hace llorar. Cuando se excita por algo que lee en ese mamotreto pone los ojos en blanco, la boca se le humedece, y hace torpes esfuerzos por hablar, aunque lo único que oye Abramowitz es geee, gooo, gaaa, gaau. Siempre esas palabras, sea el que sea su significado, y a veces gool goon geek gonk, en diversas combinaciones, generalmente gool con gonk, que a Abramowitz le parece que significa Goldberg. Y en tal estado más de una vez le ha dado una patada en la barriga a Abramowitz con su pesada bota. Uf.
Cuando se ríe suena como un caballo, o puede que yo le oiga así con estas orejas. Y aunque se ríe de vez en cuando, eso no me hace la vida más fácil, debido a mi condición. Quiero decir que yo pienso: heme aquí dentro de este caballo. Ésta es mi teoría aunque tengo mis dudas. Fuera de eso, Goldberg es una figura pequeña y corpulenta con el cuello grueso, unas cejas tupidas y negras, cada una parecida a un pequeño bigote, y unos pies grandes que se le hinchan dentro de sus deformadas botas. Se lava los pies en la pila de la cocina y tiende a secar sus amarillentos calcetines blancos en las paredes encaladas de mi cuadra. Puf.
Le gusta hacer juegos de cartas.
En invierno viven en el sur, en una casita sucia y de una sola planta con una cuadra anexa a la que Goldberg tienen acceso, luego de bajar unos escalones, desde la cocina de la casa. Para meter a Abramowitz en la cuadra es conducido por una rampa de madera desde el exterior y la puerta se cierra en su trasero. Para evitar que se pasee por toda la casa se ha instalado una valla que le llega justo debajo de la cabeza. Además la cuadra está junto al lavabo, y el depósito del agua, que está descompuesto, pierde durante toda la noche. Excepto cuando Goldberg modifica un poco el número, es aburrido el vivir con un sordomudo. Abramowitz se divierte cuando ensayan un número nuevo, aunque Goldberg casi nunca modifica el guión, sólo el orden de las respuestas y preguntas. Más vale eso que nada. A veces, cuando Abramowitz se cansa de hablarse a sí mismo, haciendo preguntas sin respuesta, se queja y grita e insulta al dueño. Respinga, rebuzna, relincha con todas sus fuerzas. Fastidiado, se encabrita, va dando bandazos, galopa por su cuadra; pero ¿de qué sirve galopar cuando uno no tiene adónde ir, y Goldberg no puede, o no quiere, atender quejas, protestas, ruegos?
P. «Respóndeme a esto: si es una sentencia lo que estoy cumpliendo, ¿para cuánto me queda?».
R.
De vez en cuando Goldberg parece presentir las necesidades que tiene otro y se muestra momentáneamente considerado con Abramowitz, le peina y le almohaza, hasta frota su tupida cabeza contra la del caballo. También demuestra interesarse por su dieta y si va de vientre de manera regular y satisfactoria; pero si Abramowitz se distrae llevado de su sentimentalismo, cuando el dueño ronda cerca, y hace una pregunta que éste puede leer en sus labios, Goldberg le da un puñetazo en el morro. O amenaza con hacerlo. No le duele menos.
Yo sólo sé que en los viejos tiempos él era un acróbata y cómico de vodevil. Actuaba en solitario contando chistes con la ayuda de un ayudante ciego antes de que le diera la tristeza. Eso es todo lo que me ha golpeado en Morse sobre sí mismo. Cuando yo iba y metía la pata preguntándole qué pasó luego, él me daba un puñetazo en el morro.
Solamente una vez, estando él medio borracho y mientras me daba mi cubo de agua, pude colar una pregunta rápida que él contestó sin darse cuenta.
«¿Dónde me consiguió, amo? ¿Me compró a otra persona? ¿En una subasta, quizá?».
TE ENCONTRÉ EN UN BERZAL.
Una vez me golpeó en la cabeza: «En el principio fue la palabra».
«¿Qué palabra?».
Puñetazo en el morro.
BASTA DE PREGUNTAS.
«Ojo con la herida de mi cabeza o lo que sea».
«Cierra la boca o te quedarás sin dientes».
Goldberg debería leer el cuento que escuché un día por su radio de transistores, me dije. Es sobre un pobre taxista que conduce su trineo por las nieves de Rusia. Su hijo, un chico excelente que promete mucho, enfermó de pulmonía y murió, y el pobre taxista no encuentra a nadie con quien hablar y mitigar su dolor. Nadie quiere escuchar sus cuitas, porque así es el mundo. Cada vez que abre la boca para decir algo, los clientes lo insultan. Conque por fin le cuenta la historia a su escuálido penco, en la cuadra, y el caballo, comiendo avena, escucha al viejo contarle sobre su chico que acaba de enterrar.
Algo parecido podría ocurrirte a ti, Goldberg, y serías mucho más amable con quienquiera que sea yo.
«¿Me soltará alguna vez de aquí, amo?».
TE DESOLLARÉ VIVO, MALDITO CABALLO.
Tenemos este número que hacemos los dos. Goldberg lo titula «Hazme otra pregunta», un título irónico donde los haya, en lo que a mí respecta.
En los días de las funciones secundarias, la gente iba donde la mujer barbuda, el hombre gordo, Joey el chico de la serpiente, y demás fenómenos, para partirse de risa oyendo hablar a Abramowitz. Él recuerda a un hombre que le miró dentro de la boca para ver quién había escondido. ¿Homunculus? Otros sugerían que era un número de ventrílocuo aunque el caballo les dijo que Goldberg era sordomudo. Pero en la carpa grande su número cosechaba atronadores aplausos. Los periodistas suplicaban permiso para entrevistar a Abramowitz y él tenía pensado soltarlo todo, pero Goldberg no le dejó. «Se le hincharía la cabeza», hizo que el caballo parlante les dijera. «No podría ponerse el sombrero de paja que usó el verano pasado».
Para la actuación el dueño se viste con un traje de payaso a topos rojos y blancos y un cucurucho de payaso y el látigo que pide prestado al jefe de pista, un artículo sobre el que Abramowitz tiene sus aprensiones aunque Goldberg dice que no debe preocuparse, que no es más que un objeto decorativo en un número circense. No hay número con animales que no tenga uno. A la gente le gusta oírlo restallar. También sujeta un plumero boca abajo en la cabeza de Abramowitz que le hace parecer un unicornio mustio. La banda del circo, compuesta de cinco elementos, finaliza su «Obertura de Guillermo Tell»; suenan las trompetas, y Goldberg hace restallar el látigo mientras Abramowitz, con su plumero boca abajo, trota una vez alrededor de la iluminada pista y se cuadra frente al payaso Goldberg, su pata delantera izquierda escarbando la tierra cubierta de serrín. Luego inician su número; el colorado rostro de Goldberg, cuando abre la pintarrajeada boca para expresarse, se vuelve morado, y sus melancólicos ojos bajo negras cejas parecen salírsele de las órbitas mientras él articula penosamente los abominables sonidos, su única elocuencia:
«¿Geee gooo gaaa gaau?».
La resonante y oportuna respuesta de Abramowitz es:
R. «Para llegar al otro lado».
Hay un murmullo de parte de los espectadores, un murmullo, quizá de perplejidad, y un momento de intenso y expectante silencio. Luego un redoble de tambores al que Goldberg hace restallar el látigo y Abramowitz traduce las idioteces del dueño en algo que tiene sentido y que de alguna manera colma la expectación; aunque en verdad no es más que una pregunta que sigue a una respuesta ya dada.
P. «¿Por qué un pollo cruza la calle?».
Entonces es cuando ríen. ¡Y cómo ríen! Los espectadores se dan codazos unos a otros de puro regocijo. Uno creería que esa estúpida adivinanza, esta triste disculpa para un chiste, es la primera que escuchan en su vida. Y de lo que se ríen es de la pregunta traducida, por supuesto, no de la respuesta, que es como Goldberg lo tiene montado. Ésa es su manera de ser. Es la única forma que trabaja.
Abramowitz solía hundirse en la más tremenda depresión, después de eso, consciente de que lo que realmente divierte a todo el mundo no es el anticuado y sobado acertijo, sino el hecho de ser formulado por un caballo parlante.
«Es una preguntita imbécil».
«No las hay mejores», decía Goldberg.
«Podría probar a dejarme hacer una o dos preguntas ideadas por mí».
¿TÚ SABES LO QUE ES UN CABALLO CAPÓN?
No le contesté. A ese juego pueden jugar dos.
Después del primer aplauso saludan ambos artistas. Abramowitz gira alrededor de la pista trotando, la cabeza empenachada erguida. Y cuando Goldberg hace restallar nuevamente su grueso látigo, el otro se traslada nervioso al centro de la pista y hacen el número de las otras preguntas y respuestas infantiles en el mismo orden invertido. Después de cada pregunta, Abramowitz da una vuelta a la pista en medio de los vítores de los espectadores.
R. «Para sostenerse los pantalones».
P. «¿Por qué un bombero lleva tirantes rojos?».
R. «Colón».
P. «¿Cuál fue el primer autobús que cruzó el Atlántico?».
R. «Un periódico».
P. «¿Qué es lo que es blanco y negro y todo rojo?».
Hicimos una docena como ésas, y cuando terminamos, Goldberg restalló su necio látigo, yo galopé otro par de veces en torno a la pista e hicimos nuestra última reverencia.
Goldberg me da unas palmadas en los sudorosos flancos y abandonamos la pista entre el oceánico rugido de todos los que están en la carpa aplaudiendo y gritando bravo, bajando corriendo por la rampa hacia nuestro domicilio, el carromato personal de Goldberg y establo anexo; después de eso, somos ciudadanos particulares hasta la función de mañana. Había muchos clientes que acudían noche tras noche para contemplar la actuación, y se reían de los acertijos como si se los supieran desde la infancia. Así transcurre la temporada, sin grandes cambios excepto que Goldberg, recientemente, debido a las quejas del gerente, ha añadido un par de estúpidos acertijos de elefantes para modernizar el número.
R. «De jugar a las canicas».
P. «¿Por qué los elefantes tienen las rodillas arrugadas?».
R. «Para guardar su ropa sucia».
P. «¿Por qué los elefantes tienen una trompa larga?».
Ni a Goldberg ni a mí nos parecen gran cosa esos nuevos chistes, pero es lo último que ha salido. Yo pienso que el número podríamos hacerlo sin chistes. Lo único que se necesita es un caballo parlante.
A Abramowitz se le ocurrió un día inventarse una pregunta-respuesta de cosecha propia, no es tan difícil de hacer. Así que aquella noche, al término del número, coló su nuevo acertijo.
R. «Para saludar a su amigo el pollo».
P. «¿Por qué un pato amarillo cruza la calle?».
Tras un minuto de pasmado silencio todo el mundo rompió a reír; se golpearon con los puños hasta caerse de la silla, los canotiers volaban por los aires; pero Goldberg, en incrédulo asombro, miraba furibundo al caballo. Su rubincundo rostro se tornó negro. Cuando hizo restallar su látigo éste sonó como un río de hielo resquebrajándose. Comprendiendo, asustado, que se había pasado de la raya, Abramowitz, enseñando los dientes, se encabritó y dio unos pasos adelante sin proponérselo. Pero los espectadores, pensando que aquello era la traca final del número, aplaudieron enloquecidos. La ira de Goldberg se aplacó en apariencia, y bajando el látigo hizo como que se reía. Entre continuos aplausos miró tiernamente a Abramowitz como si fuera su único hijo y todo lo que hiciese estuviera bien, aunque Abramowitz, en el fondo de su corazón, sabía que el dueño estaba que trinaba.
«No olvides QUIÉN ES QUIÉN, caballo insensato», golpeó Goldberg en Morse, de espaldas al público, sobre el morro de Abramowitz.
Le hizo galopar otra vez en torno a la pista, montó sobre sus desnudos lomos de un acrobático salto, y le condujo a toda marcha hacia la salida.
Más tarde golpeó en Morse con su duro nudillo sobre la huesuda cabeza del caballo que si volvía a salir con una cosa parecida él mismo se encargaría de llevarlo a la fábrica de cola.
DONDE TE REBAJARÁN LOS HUMOS. «Lo que quede irá a parar a los botes de alimento para perros».
«Ha sido una broma, amo», explicó Abramowitz.
«Lo de decir la respuesta pase, pero no lo de hacerte tú mismo la pregunta».
De la acumulada amargura del caballo parlante brotó la siguiente contestación:
«Lo hice porque me hizo sentirme libre».
Al oírlo, Goldberg le atizó en el cuello con su temible bastón. Abramowitz, ahogándose, dio un traspiés pero no sangró.
«Amo, no —dijo sin aliento—, no me pegue sobre mi vieja herida».
Goldberg frenó, aunque el bastón lo seguía agitando.
«Vuelve a intentarlo, so fresco, y me haré un abrigo de caballo con cuello de piel, gool, goon, geek, gonk». De las comisuras de su boca se escapaban unos hilillos de baba.
Entendido.
A veces me parece que soy una idea, pero heme aquí en este asqueroso establo, mis cascos hundidos en mis pelotas de porquería amarilla. Me siento viejo, disgustado conmigo mismo, oliendo el hedor de mi mal aliento mientras mis dientes trituran dentro del morral la dura avena hasta hacerla una masa espumajosa, en tanto que Goldberg se fuma tranquilamente un puro y mira la televisión. No me alimenta mal, si lo que te gusta es la avena, pero lleva una semana sin limpiarme el establo. Es fácil vengarse de un caballo si ésa es la especie de individuo que eres.
Así se desarrolla nuestra actuación cada tarde y noche, manteniendo a Goldberg de buen humor y a miles desternillándose, pero Abramowitz tenía sueños en que se veía al aire libre. Eran unos sueños extraños, suponiendo que fuesen sueños; él no está seguro que lo sean ni de dónde salen, pensamientos ocultos, quizá, de libertad, ¿o sería una especie de autoburla? ¿Te permites concebir lo que no puede ser? Además, ¿cuándo se ha visto que un caballo parlante tenga sueños? Goldberg no ha dicho estar al corriente de lo que pasa, pero Abramowitz sospecha que él comprende más de lo que finge, porque cuando el caballo, tendido en sus excrementos y paja sucia, se despierta de un peligroso ensueño, oye al dueño mascullando dormido en lenguaje de sordomudo.
Abramowitz sueña, o hace algo parecido, sobre otras vidas que pudo vivir, supongamos que la de un caballo que no sabe hablar, que no concibe tal cosa; que está perfectamente satisfecho de ser un caballo corriente sin problemas de habla. Se ve a sí mismo, por ejemplo, arrastrando una carreta de manzanas amarillas por un camino rural. A ambos lados del mismo crecen hayas frondosas y más allá verdes praderas llenas de flores silvestres. De ser ese tipo de caballo, puede que se retirara a pastar en estas praderas.
Más osadamente, se ve como un caballo de carreras con anteojeras, cubriendo a galope tendido el último tramo de la embarrada pista, colándose a través de un pelotón de caballos galopantes para ganar por media cabeza; y el jinete definitivamente no es Goldberg. No hay jinete; se ha caído durante la carrera.
O si no un caballo de carreras, mirándolo desde un punto de vista práctico, Abramowitz continúa siendo un caballo parlante pero que ya no trabaja en el circo; y cada noche recita poesía desde las tablas. El teatro está abarrotado y la gente está maravillada de las cosas tan bellas que dice el caballo.
A veces se imagina a sí mismo como un «hombre» totalmente libre, alguien de aspecto y características indeterminadas, el cual, si ha recibido una educación debida, a lo mejor es médico o un abogado que ayuda a los pobres. No está mal como existencia útil.
Pero aunque yo esté soñando o lo que sea, escucho a Goldberg hablar en mis sueños. Habla parecido a como lo hago yo:
En cuanto a lo primero, tú eres por encima de todo un caballo parlante, no un penco ordinario que no sabe hablar; y créeme que no tengo nada en contra tuya porque sepas hablar, Abramowitz, sino por lo que dices cuando abres la boca y rompes las reglas.
En cuanto a ser un caballo de carreras, si te fijas bien en tu lamentable estampa, gordo, con un barrigón y un pelo castaño oscuro que crece como le da la gana y no hay manera de que brille por mucho que yo te cepille o te peine, y cuatro patas peludas, gruesas y torcidas, aparte de un par de ojos levemente bizcos, dejarías de aspirar a ser un caballo de carreras antes de hacer el gran ridículo.
En cuanto a lo de recitar poesía, ¿quién quiere escuchar a un caballo recitando poesía? Eso cuéntaselo a los chinos.
En cuanto a lo del último sueño, o lo que sea que te está picando, de que puedes ser médico o abogado, olvídalo, no es esa clase de mundo. Un caballo es un caballo aunque sea un caballo parlante; no te confundas con los seres humanos, si es que me comprendes. Si eres un caballo parlante, ése es tu destino. Te lo advierto, no quieras hacerte el listo, Abramowitz. No quieras saberlo todo, porque igual acabas chiflado. Nadie puede saberlo todo; el mundo no es así. Sigue las reglas del juego. No líes las cosas. No intentes tomarme el pelo; yo sé más que tú. Tenemos que ser lo que somos, por duro que sea. Pero ésta es la lógica de la situación. Se ajusta a ciertas leyes aunque esta proposición sea difícil de comprender para algunos. La ley es la ley, no puedes cambiar el orden. Así están montadas las cosas. Nosotros estamos mutuamente relacionados, Abramowitz, y eso es todo. Para que te sirva de consuelo, te diré que yo no puedo vivir sin ti y no dejaré que tú vivas sin mí. Tengo que ganarme la vida y tú eres mi caballo parlante que utilizo en mi número para ganarme la vida, aparte de que así puedo hacerme cargo de tus necesidades. La verdadera libertad, como te vengo diciendo siempre, aunque tú no me quieres creer, es comprender esto y resignarse para no malgastar energías resistiéndote a las reglas; si lo haces, es malgastar tu vida. Tú no eres más que un caballo que habla, y créeme, hay muy pocos caballos que sepan hacerlo; así que si eres listo, Abramowitz, eso debería ponerte contento en vez de estarte quejando siempre. Si sabes lo que te conviene, no se te ocurra desbaratarme el número.
En cuanto a esas pelotas amarillas de porquería tuya, si te comportas como un caballero y vigilas lo que dices, mañana haré venir a los paleadores y yo mismo te ducharé con agua caliente. Créeme, no hay nada como la limpieza.
Así me atormenta en mis sueños aunque yo tengo mis dudas sobre lo que llego a dormir estos días.
En los desplazamientos cortos entre poblaciones y ciudades pequeñas, el circo se traslada en carromatos. Los otros caballos tiran de ellos, pero Goldberg no me lo permite, lo que también despierta en mi mente ideas inquietantes. Para los viajes más largos, de una gran ciudad a otra, nos trasladamos en trenes de circo pintados con listas rojas y blancas. Yo tengo un establo en un vagón de mercancías que comparto con caballos no parlantes con las crines artísticamente trenzadas y colas esculpidas pertenecientes al número de los jinetes que montan a pelo. Ninguno estamos demasiado interesado en los demás. Ellos piensan, si es que piensan, que un caballo parlante es un engreído. Ellos no hacen otra cosa que beber, orinar y cagar todo el día. No se cruzan ni una sola palabra. Nadie tiene una idea ni buena ni mala.
Los viajes largos por tren suelen proporcionarnos un día libre, y Goldberg se deprime y se pone de mal humor cuando no trabajamos en una función de tarde o noche. En los viajes largos por tren, él empieza ya de buena mañana a hacerle el amor a su botella y a golpearme en Morse observaciones desagradables y amenazas.
«Abramowitz, piensas demasiado, ¿por qué te preocupas? En primer lugar tus pensamientos se desprenden de ti y tú no es que sepas mucho, así que tus pensamientos tampoco. En otras palabras déjate de ambiciones desmesuradas. Por ejemplo, ¿qué estás pensando ahora, quieres decírmelo?».
«Preguntas y respuestas, amo, algunas nuevas para modernizar el número».
«Bah, no necesitamos ninguna nueva; el número resulta ya demasiado largo».
Él debería de saber las preguntas que me estoy haciendo realmente, aunque más vale así.
Una vez que te pones a hacer preguntas una lleva a otra y al final es el cuento de nunca acabar. ¿Y si luego resulta que siempre me hago las mismas preguntas empleando palabras diferentes? Yo sigo queriendo saber por qué no puedo hacerle a ese patán una simple pregunta de lo que sea. He llegado a la conclusión de que Goldberg teme a las preguntas porque una pregunta podría demostrar que teme que la gente descubra quién es él. Alguien que lo único que hace es repetir su destino. Sea como sea, el caso es que Goldberg tiene un pasado que teme contarme, aunque a veces insinúa algo. Y cuando yo menciono mi pasado él me dice que lo olvide. Concéntrate en el futuro. ¿Cuál futuro? Por otra parte, ¿qué se piensa que puede ocultarle a Abramowitz, un estudioso por naturaleza, que se pasa casi todo el día haciéndose preguntas que Goldberg no le permite hacer, atando cabos, y llegando por fin a la conclusión, prodigioso pensamiento, de que él sabe más que lo que un caballo debería saber? Así que, dadas las sólidas pruebas, está clarísimo que no es un caballo. Por lo menos no en origen.
En vista de lo cual llego por enésima vez a la determinación que soy un hombre dentro de un caballo y no un simple caballo parlante. Esto yo ya lo había decidido mentalmente; luego me dije, no, no puede ser. Corporalmente me siento más como un caballo; por otra parte, hablo, pienso, deseo hacer preguntas. Así que yo soy lo que soy, o sea un hombre dentro de un caballo, no un caballo parlante. Algo me dice a mí que no existe tal cosa, aunque Goldberg, señalándome con un dedo gordo, diga lo contrario. Él vive de sus mentiras, es su manera de ser.
Después de largos días de viajes, una noche en que estaban instalados en su nueva residencia, hallando abierta la puerta de su establo —⁠Goldberg se descuidaba cuando estaba deprimido⁠—, actuando de acuerdo con sus creencias aparte de seguir un impulso natural, Abramowitz salió sigilosamente de espaldas. Evitando pasar frente a la parte delantera del carromato de Goldberg, cruzó trotando los terrenos de la feria donde el circo estaba emplazado. Dos empleados que le vieron pasar, quizá porque Abramowitz les saludó, «Hola, chicos, qué noche tan maravillosa», no trataron de detenerle. Fuera del recinto, aunque exultante de hallarse al aire libre, Abramowitz empezó a preguntarse si no estaría haciendo una tontería. Había confiado encontrar un sitio arbolado donde esconderse de momento, rodeado por prados donde él pudiera pastar tranquilamente; pero esto era el límite industrial de la ciudad, y aunque fue de una calle a otra, no había ningún bosque cercano, ni siquiera un pequeño parque.
¿Dónde puede ir solo alguien con pinta de caballo?
Abramowitz trató de ocultarse en el establo de un viejo picadero y una iracunda mujer le obligó a irse. Por fin lo pescaron en el andén de una estación donde estaba esperando un tren. Una estupidez, él lo sabía. El conductor no quiso dejarle subir aunque Abramowitz le contó su predicamento. El jefe de estación salió entonces corriendo y le apuntó a la cabeza con una pistola. Ahí retuvo al caballo, sordo a sus zalamerías, hasta que llegó Goldberg con su bastón de bambú. El dueño amenazó a Abramowitz con azotarle hasta arrancarle la piel, y su descripción de los efectos fue tan dolorosamente vivida, que a Abramowitz se le antojó haber sido azotado hasta quedarse hecho una sangrienta papilla. Media hora más tarde se encontró de nuevo en su establo con la puerta cerrada con llave, su dolorida cabeza incrustada con sangre seca de caballo. Goldberg no paraba de hablar en su lengua de sordomudo, pero Abramowitz, que con la cabeza gacha fingía arrepentimiento, en realidad no lo sentía. Para huir de Goldberg lo primero que tenía que hacer era salirse del caballo en el que estaba metido.
Pero no es tan fácil salirse como hombre de un caballo. Abramowitz decidió proceder despacio y apelar a la opinión pública. Pudiera llevarle meses, posiblemente años, hacer lo que debía. ¡Protestar! ¡Sabotaje, si fuera necesario! ¡Rebelarse! Una noche, después de haber saludado y mientras los aplausos se apagaban, Abramowitz, levantando la cabeza como para agradecer con un relincho los aplausos, gritó a todos los congregados en la carpa circense. «¡Socorro! ¡Que alguien me saque de aquí! ¡Estoy preso dentro de este caballo! ¡Libertad a un semejante!».
Tras un silencio que se elevó como un monte tupido, Goldberg, que estaba de pie a un lado, ignorante de la apasionada súplica de Abramowitz —⁠más tarde el jefe de pista le dio la noticia⁠—, notó en seguida por la expresión de asombro y perplejidad de todos los presentes, por no hablar de la abierta expresión de triunfo de Abramowitz, que algo muy serio había pasado. El dueño rompió a reír inmediatamente, como si lo que estuviera sucediendo formara parte del número, un bis personal del caballo. Los espectadores rieron también, y volvieron a aplaudir calurosamente.
«No va a servirte de nada», golpeó en Morse el dueño sobre Abramowitz más tarde. «Porque nadie te creerá».
«Entonces hágase el favor de dejarme salir de aquí por su propia voluntad, amo. Tenga compasión».
«Sobre ese asunto —golpeó Goldberg severamente⁠— ya me he pronunciado. Nuestras existencias y medio de vida dependen lo uno de lo otro. Tú no tienes ninguna queja de peso, Abramowitz. Te estoy cuidando mejor de lo que tú puedes cuidarte a ti mismo».
«Puede que así sea, señor Goldberg, pero ¿de qué me sirve eso si en mi corazón yo soy un hombre y no un caballo, ni siquiera uno que habla?».
El rostro rubicundo de Goldberg palideció en tanto que soltaba en Morse el acostumbrado NO HAGAS PREGUNTAS.
«No le estoy preguntando, estoy tratando de decirle algo muy serio».
«Vigila tu arrogancia, Abramowitz».
Aquella noche el dueño salió de juerga, volvió completamente borracho, como si hubiera estado tendido debajo de una espita manando coñac; y amenazó a Abramowitz con la lanza tridente que guardaba en el baúl cuando viajaban. Este tormento es nuevo.
En fin, el caso es que el número continúa aunque definitivamente alterado, no como antes. Abramowitz, pese a múltiples advertencias y otras dolorosas amenazas, cada día desbarata el número. Luego que Goldberg ha soltado sus imbéciles ruidos, sus gooo gaaa gaau, Abramowitz enreda adrede las respuestas a los ridículos acertijos de costumbre.
R. «Para llegar al otro lado».
P. «¿Por qué un bombero lleva tirantes rojos?».
R. «De jugar a las canicas».
P. «¿Por qué los elefantes tienen una trompa larga?».
Y añade peligrosas R y P sin permiso pese a la inevitabilidad del castigo.
R. «Un caballo parlante».
P. «¿Qué es lo que tiene cuatro patas y desea ser libre?».
De eso no se rió nadie.
También aprovechó que Goldberg no le estuviera leyendo los labios para burlarse de él; le llamó «sordomudo», «oídos necios», «boca cerrada»; y siempre que le era posible se dirigía al público, reclamando, insistiendo, suplicando ayuda.
«¡Gevalt! ¡Sacadme de aquí! ¡Soy uno de vosotros! ¡Esto es esclavitud! ¡Deseo ser Ubre!».
De vez en cuando, mientras Goldberg estaba de espaldas, o cuando el letargo provocado por su melancolía le impedía prestar atención, Abramowitz hacía el payaso y ridiculizaba a su dueño. Se reía de su apariencia, relinchaba ante su «habla», su estupidez, su arrogancia. A veces se inventaba pequeñas canciones de libertad al tiempo que danzaba sobre sus patas traseras, exhibiendo sus partes. Y en ocasiones, Goldberg, para burlarse del burlador, danzaba con él sin gracia, un payaso con una sonrisa de displicencia pintada, bailando un vals con un caballo. Aquellos que la temporada pasada habían visto la actuación estaban pasmados, sorprendidos del cambio, incómodos, como si el futuro estuviera amenazado.
«¡Socorro! ¡Socorro, que alguien acuda a socorrerme!», imploraba Abramowitz, pero nadie se movía.
Percatándose de la tensión que había dentro y en torno a la pista, el público a veces pitaba a los actuantes, causando a Goldberg, con su traje de topos rojos y blancos y su gorro blanco de payaso, gran turbación, aunque generalmente conservaba su sangre fría durante la actuación y nunca empleaba el látigo del jefe de pista. Es más, cuando le insultaban sonreía, tanto si lo «oía» como si no. Él oía lo que veía. En su cara había fija una sonrisa astuta y sus labios se movían nerviosamente. Y aunque sus carnosas orejas ardían como antorchas ante las burlas y bromas de que era objeto, Goldberg reía casi hasta saltársele las lágrimas ante las salidas y gracias de Abramowitz; muchos de los presentes en la carpa grande reían con él. Abramowitz estaba furioso.
Más tarde, Goldberg, una vez que se había despojado de su traje de payaso, le amenazaba casi hasta sufrir un colapso, o le azotaba brutalmente con su bastón; y al día siguiente le alimentaba a base de pastillas estimulantes y le pintaba el trasero de negro antes de la actuación para que la gente no viese las heridas.
«Maldito caballo, nos llevarás a la ruina».
«Deseo ser libre».
«Para ser libre debes saber cuándo eres libre. Teniendo en cuenta el tipo que eres, Abramowitz, serás libre en la fábrica de cola».
Una noche en que Goldberg, después de una jornada de profunda depresión, actuaba de forma distraída y como aletargada, sin arrancarle ni un triste estallido al látigo, Abramowitz, pensando que en lo que a su futuro respectaba, tanto la fábrica de cola como su presente situación venía a ser lo mismo, decidió escapar a ambas suertes; y ofreció un solo en pro de su libertad, el mejor de su carrera. Aunque sentíase desesperado, entretuvo mucho al público, inventándose unos acertijos muy ingeniosos: R. «Saltando por la ventana». P. «¿Cómo poner fin al sufrimiento?»; recitó poemas que había escuchado por la radio de Goldberg, que a veces permanecía encendida toda la noche después que el dueño se hubiera quedado dormido; contó también unas historias y dio fin a la velada con un emotivo discurso.
Contó historias tristes sobre el sino de los caballos, uno, por ejemplo, al que su amo había azotado hasta matarlo, zurrándole los sesos con un leño porque estaba demasiado débil a causa del hambre para tirar de un carro de leña. Otra se refería a un caballo de carreras de fabulosa velocidad, un seguro vencedor en el Kentucky Derby, de no haber sido drogado por su avaricioso amo en la primera carrera, quien había apostado una fortuna sobre el siguiente caballo. Una tercera trataba de un fabuloso caballo volador muerto de un tiro por un cazador que no daba crédito a lo que estaba viendo. Y entonces Abramowitz contó la historia de un joven que prometía mucho, que un día de primavera, paseando, se tropezó con una diosa bañándose desnuda en el río. Mientras él contemplaba con asombro y deseo la belleza de la diosa, ésta elevó un penetrante grito al cielo. El joven arrancó a galope tendido, dándose cuenta por los bufidos y el sonido de sus cascos, que ya no era un joven que prometía mucho sino un caballo que corría.
Abramowitz gritó entonces a los rostros que le rodeaban: «Yo también soy un hombre dentro de un caballo. ¿Hay algún médico en la sala?».
Silencio sepulcral.
«¿O un mago, puede?».
No hubo respuesta, salvo unas risas nerviosas.
Entonces largó un apasionado discurso sobre la libertad para todos. Abramowitz habló hasta quedarse ronco, terminando con una nueva súplica personal. «Ayudadme a recuperar mi forma primitiva. No es lo que soy sino lo que deseo ser. Deseo ser lo que soy realmente y que es un hombre».
Al término de la actuación muchos de los asistentes en la carpa estaban puestos en pie con los ojos humedecidos y la banda tocó «The Star-Spangled Banner».
Goldberg, que había estado dormitando sobre un montón de serrín durante buena parte del solo de Abramowitz, se despertó a tiempo de unirse al caballo para saludar. Más tarde, siguiendo el entusiasmado consejo del director, cambió el título de «Hazme otra pregunta» por «Goldberg y sus variedades». Y sollozó por motivos desconocidos.
De regreso al establo después del fracaso de sus más apasionadas e inspiradas súplicas de ayuda, Abramowitz, rabioso, se dio con la cabeza contra la puerta del establo hasta que su hocico sangró dentro del morral. Creyó que iba a ahogarse en sangre y le tenía sin cuidado. Goldberg lo encontró tendido en el suelo, sobre la sucia paja, medio inconsciente, y le reanimó con amoníaco. Le vendó el hocico y le habló en tono paternal.
«Te ha salido el tiro por la culata —⁠golpeó en Morse con la punta chata de un dedo⁠—, pero las cosas podían estar peor. Hazme caso y resígnate a ser un caballo parlante, lo que no deja de ser distinguido».
«Haga de mí un hombre o un caballo —⁠imploró Abramowitz⁠—. Usted si quiere puede hacerlo, Goldberg».
«Te has equivocado de persona, amigo mío».
«¿Por qué está siempre mintiendo?».
«¿Por qué andas siempre haciendo preguntas que no debes?».
«Pregunto porque soy, porque deseo ser libre».
«¿Y quién es libre, me lo quieres decir?», se burló Goldberg.
«Siendo así —dijo Abramowtiz— ¿qué puede hacerse?».
NO PREGUNTES, TE LO HE ADVERTIDO.
Le advirtió que le daría un puñetazo en la nariz; volvió a sangrar.
Abramowitz, más tarde, inició una huelga de hambre que mantuvo a lo largo de casi toda la semana; pero Goldberg le amenazó con insertarle gruesos tubos de goma en las narices para alimentarlo por la fuerza, y aquello puso punto final al asunto. Abramowitz casi se ahoga al pensar en ello. El número continuó como antes, y el dueño volvió a titularlo «Hazme otra pregunta». Terminada la temporada, el circo enfiló hacia el sur, Abramowitz trotando junto al resto de los caballos en una nube de polvo.
«A mí nadie me quita mis pensamientos».
Un hermoso otoño, después de un largo y duro estío, Goldberg se lavó sus enormes pies en la pila de la cocina y tendió a secar sus pestilentes calcetines blancos en la puerta del establo de Abramowitz antes de sentarse a ver un programa de astronomía por la televisión. Luego colocó una vela sobre su aparato de color para ver mejor la imagen. Pero, distraídamente, se había dejado la puerta del establo abierta, y Abramowitz salvó los tres escalones y atravesó trotando la desordenada cocina, sus ojos lanzando chispas. Encarándose con Goldberg, que contemplaba embobado el universo reflejado en la pantalla, se encabritó con un relincho de ira, dispuesto a machacar con sus cascos la cabeza de su dueño. Goldberg, viéndole por el rabillo del ojo, se levantó para protegerse. Subiéndose a su silla de un salto, lanzó un gruñido y agarró a Abramowitz por sus grandes orejas como queriendo levantarle por ellas, y la cabeza y cuello del animal, a la altura de una vieja herida, se le quedaron en las manos. Por el agujero del caballo, entre el hedor a sangre y entrañas, asomó la pálida cabeza de un hombre. Tenía cuarenta y pocos años, con unos anteojos empañados, unos ojos oscuros e intensos y un bigote negro. Sacando los brazos, se aferró desesperadamente al grueso cuello de Goldberg con ambos brazos desnudos. Mientras tiraban y luchaban, Abramowitz, haciendo un esfuerzo casi demencial, fue saliendo lentamente del caballo, hasta el ombligo. En aquel instante Goldberg le soltó y, aunque la lección de astronomía seguía su curso en un resplandor de luz, desapareció. Más tarde Abramowitz hizo discretas averiguaciones, pero nadie supo decirle dónde podía estar.
Abandonando los terrenos del circo galopó, a través de una mullida pradera, hacia un bosque sombrío un centauro libre.