PAIS RELATO

Libros de august derleth

Autores

august derleth

los pasos

El señor William Larkins se ajustó el monóculo con un gesto de determinación. Luego quitó un hilo imaginario de la solapa de su chaqueta, levantó las cejas ligeramente y se volvió hacia el agente vendedor de casas, que aún hablaba con vehemencia.
—Son escritores como yo los que comienzan a esparcir estos rumores —dijo fríamente el señor Larkins—. Esta es, por mucho, la mejor de las casas que me han mostrado. Y estoy dispuesto a alquilarla por todo el invierno, al precio que usted mencionó.
—Ustedes los escritores son personas raras —respondió el vendedor, un poco secamente—. Pero nosotros no aceptamos responsabilidades, sobre todo si ocurre algo fuera de lo común mientras usted sea el inquilino del edificio.
El señor Larkins contempló al agente durante un momento, se quitó el monóculo, lo limpió y volvió a colocárselo en el ojo.
El vendedor, nervioso, cambió de postura.
—Yo creo que un moderno hombre de negocios tiene muchas cosas en que pensar antes que en historias acerca de casas “encantadas”.
El señor Collins se volvió todo excusas.
—No es que nosotros creamos en esas cosas, señor Larkins —protestó, y al decirlo, extendió las manos e hizo un ademán despectivo—, pero las quejas que hemos recibido de las otras personas que han alquilado la casa no pueden pasarse por alto. Ahí tiene usted, por ejemplo, ese cuarto cerrado. Muchas personas se quejaban de que no se abría. Un individuo lo abrió y... bueno, murió a los pocos días.
El señor Collins tosió.
—No necesitaré usar el segundo piso —indicó el señor Larkins—. Así es que no se preocupe por el cuarto cerrado. Mientras no me moleste, no me ocuparé de él.
—¡Claro! —dijo Collins—. ¡Claro!
Y hubiera seguido hablando si el señor Larkins no lo hubiese interrumpido:
—¿Puedo preguntarle... en qué se basan esos rumores?
—Solamente en ciertos ruidos; según dicen, parece que alguien caminara por la casa.
El agente hizo un gesto y señaló todo el segundo piso.
—Comprendo —dijo el señor Larkins.
—Por supuesto, todas estas historias provienen del tiempo en que John Brent vivió allí —añadió el agente.
—¿Se refiere usted al científico Brent, el hombre que murió loco? —preguntó el señor Larkins, golpeando distraídamente la pared con su bastón.
—Sí, a él me refiero. Probablemente usted lo conoció, señor Larkins.
—Creo que no, señor Collins. No es mi costumbre hacer amistad con desequilibrados mentales. Puedo decir, sin embargo, que lo recuerdo; las teorías ridículas de ese hombre atrajeron la atención de todo el mundo.
—Murió aquí, en esta casa.
—¡Caramba! —exclamó el señor Larkins, mostrando interés por vez primera—. ¿Y es su espíritu el que ronda por la casa?
—No; no, señor Larkins. Es una historia muy distinta. Ninguno de nosotros la comprende completamente, pero se supone que ese tipo Brent tiene que ver con lo que sucede en la casa.
—¿Ese algo tiene que ver con alguna de sus teorías?
—Sí, eso es. No estoy muy seguro de lo que se trata, señor Larkins, pero puedo averiguarlo, si usted quiere.
—¡Oh, no! No vaya usted a tomarse esa molestia. El asunto no me preocupa en lo más mínimo, señor Collins. Era solamente un interés momentáneo. De verdad; no se moleste.
—Según lo que yo sé —continuó el señor Collins—, se trata de cierta teoría acerca de atraer espíritus del éter, o algo por el estilo.
—Creo haber oído algo de eso —interrumpió el señor Larkins—; tengo entendido que no consiguió nada.
—No sé nada de eso, señor Larkins. No podría decirle nada al respecto.
—No —dijo el señor Larkins secamente—. No pensé que pudiera usted decirme nada. Pero, como le dije antes, el asunto no me interesa y creo que más nos valdrá olvidarnos de él, ¿no cree usted?
—¡Oh, sí, señor Larkins! Sí, señor, por supuesto.
—Bueno —insistió Larkins. Y estaba a punto de seguir hablando, cuando el agente lo interrumpió para preguntarle:
—Entonces, ¿está usted decidido a vivir en la casa?
—Completamente —contestó el señor Larkins con voz fría, en la que había un acento de reproche—. Y cuanto más pronto, mejor. Es más, le propongo que hagamos los trámites enseguida.
—Como usted diga, señor Larkins.
—Muy bien. Vámonos entonces.
La especialidad del señor William Larkins era la novela romántica y acababa de obtener cierta celebridad entre los críticos literarios del continente. Cuando apareció su primer libro, solo lo habían considerado “un escritor más”, lo que irritó tanto al señor Larkins que, a continuación, produjo su obra maestra: “Ysola”, la cual había provocado la admiración de hombres tan brillantes como Alonso Comson, del Mirror, para no hablar de Carlo Jenkins, del Times.
El señor Larkins estaba dedicado a escribir su tercera novela, “Los Dioses de la Isla”, cuando había sentido la necesidad de pasar el invierno en un lugar pequeño y retirado. Por ello había partido rápidamente hacia Saint John’s Wood, un barrio de Londres por el que sentía cierta atracción. No había transcurrido aún una semana cuando el señor Larkins descendía de un coche frente al número 21, con su equipaje, y pacíficamente tomaba posesión de la casa.
El señor Larkins había olvidado ya todos los rumores concernientes a los “espantos” de la casa número 21, cuando ocurrió algo irritante, que le hizo recordar el asunto.
Habían pasado seis días desde que ocupara la casa, y el señor Larkins estaba embebido en su nueva novela. De hecho, acababa de depositar a su héroe en una isla desierta, sin tener idea alguna de cómo iba a sacarlo de allí, cuando comenzó a oír en el segundo piso un ruido desagradable. Olvidó por un momento el señor Larkins dónde se encontraba, y comenzó a maldecir a los inquilinos del piso superior. Repentinamente, se acordó de que el segundo piso estaba desocupado. Todavía tardó unos momentos en recordar la historia que le había referido el agente.
El señor Larkins siempre se había negado resueltamente a creer en hechos sobrenaturales. Durante un corto lapso permaneció sentado en silencio, escuchando atentamente.
El ruido era el de un hombre que se paseara en un espacio reducido. El señor Larkins tenía una idea de cómo sería aquel cuarto cerrado. Las idas y venidas no eran muy regulares. A intervalos eran interrumpidas por unos furiosos sonidos, que le parecieron golpes contra la puerta o las paredes.
Generalmente, después de uno de esos intervalos, se oían unos extraños ruidos, como si quien se encontraba allí, en vez de caminar, corriera en círculos.
Después, volvió a oír el monótono ir y venir de los misteriosos pasos.
Otro de los atributos del señor Larkins era un valor nunca desmentido.
Molesto por la imposibilidad de escribir con tan molesto ruido encima de su cabeza, decidió investigar de qué se trataba, dejando a su héroe languidecer por unas cuantas horas en la isla.
Se armó con un revólver y una linterna sorda. Avanzó sigilosamente por el pasillo y subió la escalera. La primera puerta a su derecha era la del cuarto cerrado.
Ante la puerta se detuvo, escuchando. Sin duda alguna, el ruido provenía del interior de esa habitación.
Ahora era más débil, pero aún reconocible.
El señor Larkins vaciló: ¿debía entrar o no? Decidió, como medida de precaución, inspeccionar previamente las otras habitaciones.
No había nada en ellas, y cuando por fin terminó su recorrido, notó que los pasos habían cesado. Por consiguiente, el señor Larkins decidió diferir sus investigaciones sobre el “cuarto cerrado” hasta que hubiera compilado mayores datos sobre el difunto Brent y sus teorías.
El señor Larkins no se permitía pensar siquiera en la posibilidad de que existiera algo sobrenatural. Y estaba convencido aún de que la causa de todo aquello era perfectamente natural. De cualquier modo, pensó que no le vendría mal conocer la casa un poco mejor. Tal vez impresionado por el ambiente y el momento, pensó en el hombre que había muerto al abrir el “cuarto cerrado”.
De acuerdo con la decisión acabada de tomar, descendió el señor Larkins a su piso y se dirigió a la máquina de escribir, de donde sacó sin consideraciones a su héroe. Después, se sentó y escribió una carta al señor Jonathan Roberts, compañero de trabajo del difunto Brent.
Al día siguiente, se dirigió el señor Larkins “casualmente” a la oficina del Times, donde permaneció una buena parte de la tarde. Cuando por fin salió de allí, llevaba bajo el brazo un número considerable de periódicos. Cuando llegó al número 21, quedó agradablemente sorprendido al encontrar la respuesta del señor Jonathan Roberts a su carta. Roberts había contestado inmediatamente y había enviado su respuesta con un mensajero especial.
La carta en sí era un documento tan voluminoso que al punto llamó la atención del señor Larkins. Lo más interesante resultó ser la segunda parte:
“... Esas son algunas de sus teorías, las cuales he considerado tan ridículas como lo ha hecho la prensa. Creo que la teoría a la que usted se refiere en particular es aquella que habla de la predestinación de las almas. Esta teoría absorbía por completo su atención en la época que yo pasé en Liverpool al lado de mi madre enferma, pero diré a usted lo poco que pude saber acerca de ella.
“Tenía Brent la idea de que lugares como el cielo y el infierno no existen. Con esto no quería decir que el bien y el mal no existieran para las almas después de la muerte.
“Por el contrario, toda su teoría se basaba en este punto: creía él que todas las almas, buenas y malas, en el momento de la muerte eran proyectadas al éter, donde pasarían errantes el resto de su existencia, la cual, según él, no tenía fin. Para las almas buenas la felicidad era completa; para las malas, solo había sufrimientos.
“Brent desarrolló esta teoría al proponer una segunda: que, desde el momento en que estas almas vagaban errantes por el éter, sería relativamente fácil hacerlas regresar si se contaba con un cuerpo donde meterlas. La última vez que lo vi, precisamente la víspera de mi partida hacia Liverpool, había encontrado Brent quien se prestara al experimento de extraer de su cuerpo el alma para reemplazarla por otra, traída del éter.
“Brent admitía que el principal argumento contra su nueva teoría era que, al atraer un alma del éter, no podría estar en condiciones de distinguir entre un alma buena y una mala.
“Tampoco podría decir hasta qué punto dominaba el bien o el mal esa alma. Creía, como muchos de nosotros, que el mal engendra al mal, y admitía tener solo una oportunidad entre cien de atraer del éter un alma de una «maldad cósmica». En mi presencia, un día hizo vagas referencias a los antiguos dioses del mal. Francamente, le confieso que no entendí todo lo que dijo.
“¿Cómo resultó ese experimento? No puedo decirlo. Fue lo último que hizo, pues cuando regresé de Liverpool, Brent había muerto. Los periódicos no hicieron mención alguna del asunto; él mismo, en las escasas cartas que me escribió, bastante incoherentes por cierto, era muy parco en información sobre sus experimentos.
“Sin embargo, tengo entendido que resultó un éxito, o antes bien, que él lo creyó así infundadamente, pues admitir que de hecho lo hubiese tenido, sería aceptar abiertamente su descabellada teoría. Más allá de esto, no puedo decir nada. No recuerdo que me dijera cómo se llamaba el joven que se había prestado al experimento, pues seguramente hubiera yo ido a verlo. Estaba yo convencido de que el sujeto en cuestión era un delincuente o una persona cuyos parientes no se ocupaban mucho de él, pues de otro modo hubieran armado un tremendo escándalo en caso de que algo le ocurriera.
“Tengo la impresión de que Brent llevó un diario en sus últimos días, pero no pude encontrar nada cuando, después de su muerte, registré la casa número 21. Sin embargo, recuerdo que lo hice deprisa. Si usted vuelve a buscar, posiblemente encuentre algo interesante.
Atentamente,
Jonathan Roberts”
P.D. Si me necesita usted, estoy a sus órdenes en Piccadilly 49-A.
El último párrafo de la carta se apoderó de la atención del señor Larkins, quien resolvió investigar el asunto, comenzando al otro día a primera hora y lamentando que hubiera oscurecido tan temprano. La mención que se hacía de un diario también estimuló su interés; mentalmente anotó que también debía ocuparse de ese asunto al siguiente día.
Luego se ocupó de los periódicos, revisándolos uno por uno, y desechándolos luego. Del último recortó un párrafo que contenía un resumen del caso.
Colocó el recorte junto a la carta y procedió a leerlo por segunda vez.
“Londres, agosto 7. —La muerte del señor Holman Davitt, en el número 21 de Saint John Wood, fue debida a un fallo cardiaco causado por un grave shock, según declararon anoche los médicos encargados de la investigación, que estaban a las órdenes del honorable Seymour Lawlor.
“El señor Holman Davitt fue hallado muerto en sus habitaciones, el 1 de agosto.
“Se le encontró al pie de la escalera, en circunstancias que despertaron inmediatas sospechas y provocaron que al punto se iniciara una acuciosa investigación.
“Sin embargo, no se descubrió nada, y por los golpes que tenía en todo el cuerpo, se pensó que el señor Davitt había caído desde la parte superior de la escalera.
“No tenía huesos rotos. Los médicos se mostraban renuentes a declarar que la causa de la muerte fuera un fallo cardiaco, porque el médico de cabecera del señor Davitt, doctor Sax Borden, declaró que su cliente se había encontrado en perfectas condiciones poco antes de su muerte.
“En opinión del doctor Lawlor, según expresó anoche al final de la investigación, el señor Davitt murió de terror. El doctor Borden declaró que, según le constaba, el señor Davitt en varias ocasiones había demostrado valor y serenidad. La extraña rigidez y excesiva frialdad del cuerpo del occiso han intrigado a los médicos.
“El cadáver está aún en las mismas condiciones en que se le halló.
“Hacemos notar que el número 21 es la casa que ocupara el también finado señor John Brent, que fuera encontrado muerto en circunstancias muy similares”.
El señor Larkins pensó por un momento en lo que acababa de leer.
Luego releyó la carta. Con sorpresa, advirtió que ni en el periódico ni en la carta hacían mención del “cuarto cerrado”.
¿Había parecido el asunto demasiado trivial a los respectivos escritores? ¿O, simplemente, no habían reparado en él? El “cuarto cerrado” comenzó a perder importancia ante los ojos del señor Larkins.
Pero no pudo pasar por alto el hecho de que el cuerpo del señor Davitt hubiese sido hallado al pie de la escalera, donde evidentemente había caído. Y el doctor Lawlor había dicho “terror”. Según el señor Collins, el agente, el inquilino había muerto poco después de abrir la puerta del “cuarto cerrado”. Era muy posible que Collins lo hubiera engañado. El señor Larkins pensó que el señor Davitt podía haber muerto la misma noche en que abriera esa puerta. ¿No sería posible, entonces, que algo en ese cuarto lo hubiese aterrorizado al punto de provocarle un fallo del corazón? El señor Larkins lo consideró probable. Se sentía inclinado a aceptar aquella explicación. Había sido solo natural que nadie hubiese mencionado ese hecho.
El reloj de la chimenea dio diez campanadas. El señor Larkins miró su alcoba con ojos brillantes. Se levantó, estiró los brazos y bostezó. Colocó la carta y el recorte bajo un pisapapeles sobre su mesa, donde no pudiera dejar de verlos en cuanto despertara. Cuando apagó la luz, pensó sonriendo levemente, que su héroe de “Los Dioses de la Isla” estaba languideciendo en una isla desierta.
El señor Larkins despertó a la mañana siguiente mucho más temprano que de costumbre; como era domingo, lo primero que hizo fue asistir a misa. Al volver, se dirigió inmediatamente al jardín de la parte posterior de la casa. Al final del caminillo empedrado encontró el macizo de lilas, y debajo de él, aquel punto al que se refiriera Roberts en su carta. El señor Larkins se detuvo y frunció el ceño. No vio más que una superficie no muy grande, de forma irregular, sobre la cual crecía el césped muy escasamente, en grupos de briznas mustias, que en un principio daban la impresión de estar va secas; sin embargo, observándolas bien, se notaba en ellas un extraño color, que el señor Larkins no pudo identificar a la primera ojeada. Solo vio allí un espacio en el que raleaba el césped, como suelen encontrarse muchos en los lugares a los que no llega el sol.
El señor Larkins limpió cuidadosamente su monóculo y volvió a colocárselo en el ojo. Después levantó la mirada y examinó las ramas del macizo de lilas. Fue entonces cuando se dio cuenta de que el punto de que hablaba Roberts no estaba precisamente bajo las lilas. Por lo menos, no estaba siempre bajo su sombra. El señor Larkins hincó una rodilla en tierra para inspeccionar el lugar más cuidadosamente.
En ningún lugar bajo el arbusto era el césped excepcionalmente tupido. Lo más extraño era que donde más escaso era el césped, era en el extremo exterior, y seguramente ese era el punto al que se refiriera Roberts en su carta. El señor Larkins echó una mirada al cielo; en menos de una hora, brillaría el sol directamente sobre ese punto. Lanzando una exclamación, volvió a inclinarse para examinar aquello de más cerca.
Entonces, a pesar de la manera desigual en que crecía el césped, notó algo, como la sugestión de una forma definida en aquel lugar: algo más definido de lo que en un principio hubiese él supuesto. Era una forma inexplicablemente sugestiva de algo que él conocía, de algo que él debía poder reconocer.
Repentinamente, se levantó. El monóculo cayó de su ojo, y se balanceó, sujeto a una cinta. Larkins volvió a inclinarse. Sí, ciertamente: parecía que un cuerno humano estuviera allí, encogido, de costado, con las rodillas contra el pecho. Por un momento contempló el señor Larkins atentamente aquella forma. ¿Habría querido Roberts insinuar que aquella era una tumba? El señor Larkins se encogió de hombros y levantó la cara al cielo para recibir el calor del sol.
Una vez de vuelta al interior de la casa, comenzó el señor Larkins la búsqueda del diario del científico. Buscó cuidadosamente en cada cuarto, sin olvidar siquiera el abandonado sótano, pero no encontró nada. De regreso a su estudio, reflexionó sobre si debería por fin abrir el “cuarto cerrado”, pero el recorte del periódico, que tenía frente a él, no le ayudó a resolverse en pro de ello.
Fue en ese momento cuando vio la chimenea, que había sido condenada con tablas. Solo un instante vaciló. Luego, empezó a quitar las tablas, una a una. Y su búsqueda no fue vana, aun cuando lo que encontró habría podido considerarse insignificante: casi cubiertos por ceniza había allí dos pedazos de papel parcialmente quemados, los cuales, sin duda, habían formado parte del diario de Brent. Larkins los llevó cuidadosamente hasta la mesa y los colocó al lado del recorte de periódico y de la carta de Roberts.
Sintió cierta desilusión al notar que la escritura era casi ilegible y el contenido semiincoherente. Las fechas de los dos escritos tenían solo una semana de diferencia. Hasta donde pudo descifrarlo el señor Larkins, el primero decía:
“Mayo 10. —Hoy lo hice. No pude evitarlo. ¿Quién lo hubiera creído? ¡Era una oportunidad entre mil! Lo que me fastidia es que he tenido éxito y no puedo anunciarlo al mundo... Lo enterré allá atrás... ¿Me habrán visto los vecinos? Nunca olvidaré ese rostro... Ese aspecto de júbilo, de triunfo diabólico... Sus primeros esfuerzos por seguir viviendo, y su expresión... ¡Qué cósmico...!”
El resto del papel se había quemado. El señor Larkins hubiera deseado saber qué palabra seguía a “cósmico”. Dedicó luego su atención al segundo escrito.
“Mayo 17. —¡Sé que está muerto! Lo maté con mis propias manos. Y, sin embargo, sigue caminando. Uno, dos, tres, cuatro, y así continuamente. ¡Y ese infernal golpeteo! ¡Dios mío! ¿No acabará nunca? Está volviéndome loco. La gente, en la calle, me lanza miradas de curiosidad.
“¿Qué pasaría si no hubiera yo cerrado con llave su cuarto? ¿Estaré a salvo aquí? No puede venir acá. ¿Cómo podría hacerlo? Desafiaría todas las leyes que la humanidad ha descubierto. Pero, ¿no he probado yo mismo la falsedad de esas leyes? ¿Seré yo un genio? ¡Oh! ¿Qué estoy escribiendo? ¡Como si la atmósfera de esta vieja casona pudiera hacerme algún daño! Todo se debe a mi imaginación. Pero no... Ahí está de nuevo; golpeando y caminando... ¡caminando! Buscando substancias para un nuevo cuerpo, para otro ente material: necesitará tres, sí, tres cuerpos vivos. ¿Qué he hecho? No hay que abrir ese cuarto. Sería una especie de eslabón, un contacto con esa cosa que está adentro. Lo atraería cada vez más cerca... más cerca... ¡Dios mío! Esos pasos infernales...
“¡Siempre! ¡Siembre! ¡Siempre! ¡Siempre! ¿Qué sucedería si llegara a salir de allí?”
El señor Larkins quedó aterrado. Sus ideas conservadoras le indicaban que debía tomar esos manuscritos como una prueba de la locura de Brent, pero algo dentro de él lo inclinaba a no conformarse con esa explicación. Fue el segundo escrito el que despertó en la memoria del señor Larkins el recuerdo de algo que creía haber olvidado hacía muchos años. Era algo que había leído, no recordaba ya cuándo, pero que llamaba con insistencia a su consciente. No podía recordar el título de aquello, pero le parecía que era un viejo artículo de periódico, acerca de algunos ritos de la antigua magia de los pueblos bárbaros, así como de los cultos chinos de los adoradores de los muertos. Vagamente recordó que había en el artículo ciertas insinuaciones, ciertos comentarios enigmáticos que ahora le parecía que podían aplicarse a cierta frase del segundo fragmento del diario de Brent:
“Buscando substancias para un nuevo cuerpo, para otro ente material. Necesitará tres, sí, tres cuerpos vivos”.
Existían, en tiempos remotos, dioses del mal, genios más antiguos que aquellos de “Las Mil y Una Noches” que habitaban los espacios inferiores del cosmos. Y el señor Larkins había leído acerca de extraños y horribles ritos para invocar la materialización de aquellos antiguos demonios. Ahora recordaba que se hacía mención del sacrificio de tres seres, de los cuales se extraía hasta la última partícula de vida, dejándolos rígidos y helados como témpanos de hielo.
El señor Larkins quedó atónito ante la magnitud de lo que empezaba a entrever. Su atención estaba fija solo en una cosa: ¿sería posible que los lúgubres experimentos de Brent hubieran llegado más allá de lo que él se había propuesto...? ¿Habrían llegado las consecuencias del experimento a los más remotos ámbitos del cosmos y habrían roto el equilibrio de...? El señor Larkins apartó de su mente aquel pensamiento, y colocó los escritos junto a la carta de Roberts y al recorte del periódico bajo el pisapapeles. Se levantó, tomó un abrigo y su bastón, y se fue a pasar el resto de la tarde a Hyde Park.
Faltaba poco para que oscureciera completamente cuando llegó al número 21. Había olvidado todo lo que se refería al cuarto cerrado y se concentró en su novela, queriendo rescatar cuanto antes a su héroe de la isla desierta.
El héroe se había internado en el mar unos cuantos kilómetros, cuando “los pasos” comenzaron inmediatamente. El señor Larkins interrumpió su trabajo. Echó una mirada furtiva a su linterna eléctrica y a su revólver, que estaban aún en el lugar donde los dejara dos noches antes. Como no creía en lo sobrenatural, sintió el impulso de subir a investigar, pero, otra vez, algo le ordenó huir, abandonar la casa.
Su escepticismo en lo referente a buscar explicaciones sobrenaturales se impuso. El señor Larkins tomó su linterna eléctrica y su revólver, y subió la escalera cautelosamente. A la mitad se detuvo a escuchar. El ruido era igual al del día anterior. Entonces, apretando con fuerza el arma, subió resueltamente.
Era natural que se detuviera por un momento a escuchar ante la puerta, antes de sacar la llave de aquella habitación. Durante un breve intervalo, no oyó nada; luego, el monótono ruido de los pasos volvió a sonar. El señor Larkins abrió la puerta y paseó el rayo de luz de su linterna por el interior del cuarto.
No había nada en el cuarto... ¡pero los pasos continuaban!
De pronto, incomprensiblemente, Larkins sintió un terror invencible. No lo hubiese espantado encontrarse frente a algún ser vivo, frente a algo a lo que pudiese hacer frente. ¡Pero aquella nada, aquel inexplicable ruido de pasos...!
Entonces, repentinamente, se apagó la linterna. El señor Larkins se quedó atónito. Se dio cuenta entonces de que en la pared opuesta del cuarto había una ventana, y de que dicha ventana daba al jardín, precisamente al macizo de lilas. Sobre el suelo escasamente cubierto por el césped, flotaba una sombra que contrastaba con la claridad que expandía uno de los faroles de la calle. Ningún árbol producía aquella sombra.
El señor Larkins la contempló, fascinado. La sombra ascendió como una nube, quedó suspendida un momento en los aires y luego, suavemente, se elevó hasta la ventana.
El señor Larkins se volvió para huir, pero en el mismo instante vio proyectada frente a la ventana una cosa extraña, horrible.
Corrió por el pasillo y bajó las escaleras de cuatro en cuatro. Cuando llegó a la puerta de la biblioteca, echó por encima del hombro una temerosa mirada hacia atrás. Abrió la puerta y entró tropezando en la habitación. Cerró de un portazo y apoyó la espalda contra la madera, respirando dificultosamente. Inmóvil, escuchó. Del piso superior llegaba un ruido de algo pesado, torpe, que iba y venía con pasos monótonos. Casi inmediatamente después se oyó un fatídico crujido de las duelas del piso del vestíbulo...
El teléfono colocado sobre la mesa atrajo de pronto la atención del señor Larkins. Y junto a él estaba la carta de Roberts. A toda velocidad, leyó la posdata. Esta decía: Sí me necesita usted, llámeme a Piccadilly 49-A.
Al siguiente segundo, se hallaba repitiendo frenéticamente el número al operador. Luego, a través del alambre, le llegó una voz.
—¡Roberts! ¡Habla Larkins! Escuche: ¡he abierto el cuarto cerrado y algo ha salido! Está bajando las escaleras, una cosa horrible... de ese lugar...; la tumba bajo las lilas... Puedo oírle acercarse...; es algo enorme, horrible. ¿Qué ser infernal está enterrado allí? Parece un vampiro, pero con un rostro humano... Es un rostro humano que brilla de una manera espantosa... Un brillo que ilumina todo lo que le rodea.
“Es el mal, el mal cósmico, y produce un frío terrible. Hay antiguos dioses... Todo está claro ahora...: la carta de usted, el diario de Brent. Pero «eso» está en la escalera. Viene bajando... bajando... ¡Me sucede algo extraño! No puedo moverme. Es como si estuviera encadenado. ¡Pero dispararé! ¡Dispararé sobre esta cosa! Ahora llega al pasillo. La perilla está dando vuelta. ¡Oh! ¡Dios mío!
El teléfono cayó sobre la mesa con un ruido sordo; inmediatamente después, un disparo resonó con estrépito por toda la casa.
Fue el disparo lo que atrajo al policía que descubrió el cadáver del escritor. Este policía declaró que el cuerpo estaba rígido y helado como si de él se hubiera extraído todo lo que es vida y calor; sin embargo, insistió en afirmar que él había entrado en la casa inmediatamente después de sonar el disparo. Eso, naturalmente, no puede ser cierto. También declaró que había alguien más en la casa, porque sintió un horrible calosfrío, una repentina corriente de aire, como si alguien hubiera abierto una puerta de la casa. Oyó, además, unos pasos monótonos, precisos, que se alejaban de allí lentamente.