En la habitación comunitaria del orfanato donde me crie había treinta camas dispuestas en dos hileras idénticas. En cada cama, dormía un niño. Debajo de cada una, su correspondiente monstruo. Cuando nos dormíamos, los monstruos asomaban con la intención de colarse en nuestros sueños y provocarnos pesadillas. Luego, cuando veían nuestras espaldas magulladas y el hambre pintado en nuestros rostros, retrocedían lentamente.
Yo, que siempre fingía estar dormido, recuerdo verlos marchar cabizbajos. Noche tras noche. Año tras año.
Ningún monstruo debería tener una infancia tan traumática.