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arantza portabales

sábado carnívoro

No hay merluza. Debí darme cuenta de que era lunes. La pescadera me señala el enorme congelador al fondo del local. No se nota la diferencia, dice. Pero sí que se nota. Y aun así le digo que vale, que me la corte en rodajas. Aunque sé que es un error. Notarán que no es fresca. Incluso puede que piensen que lo he hecho a propósito. Pero Javier dice que a ella no le gusta la carne. De hecho es casi lo único que me atreví a preguntarle. Si come de todo. Carne no, me dijo. Bueno, hay mucha gente que no come carne. No nosotros, claro. A nosotros nos encanta. Antes incluso teníamos citas fijas en un par de asadores. Dos días al mes. El sábado carnívoro, decía Javier. Toda la carne que quieras por 19,90. Toda.
Y me dan ganas de gritar. De rabia. Porque es lunes. Porque a Inés no le gusta la carne. Porque no me apetece. Es importante para mí, había dicho Javier. Porque aún eres mi mujer. Aún. La palabra me resuena en la cabeza. Ahora solo me importa encontrar la receta. Desde que no vive aquí nunca encuentro nada. Y esto no tiene sentido, porque el desordenado era él. Como si al irse me hubiera puesto la casa patas arriba.
Poner la mesa me lleva una eternidad. Aunque esto no es nada nuevo. Todo me cuesta. La vida se sucede a dos velocidades distintas. La mía y la otra. Y media tarde se me va viendo al pescado sumergirse en una salsa viscosa. Así que corro a arreglarme. Como si algo pudiera arreglar este desaguisado. Esta palidez crónica. Estas ojeras tatuadas. Me da igual. Si hace tiempo que me da igual. Me conformo con cambiarme de ropa, de peluca, de perfume. De rictus.
Llegan juntos. Es muy menuda. Eso sí que no lo esperaba. No me llega a la barbilla. Casi se pone de puntillas cuando me da dos besos. Y entonces nos quedamos en silencio. No sé si incómodo o no. Pero como que no hay nada que decir. Casi me temo que empiecen a hablar del tiempo. De política. De tele. Pero entonces ella me pregunta que qué tal estoy. Esa jodida manía de preguntar. Así que respiro y busco la respuesta adecuada. Que qué frío hace. Que a ver si cambia. Que se pasa la merluza. Que eso, que cenemos.
Les pregunto que cómo se conocieron. Y la oigo hablar. Pero no la escucho. Yo solo quería saber cómo conoció a mi marido. Porque, de ella, yo solo sabía que existía. Y lo de la carne. Y también lo otro. Lo de que están juntos. O que lo estarán. No sé en qué punto exacto está su relación. Más bien en el punto en el que conoces a la difunta esposa no difunta. Y mientras mordisquea su lechuga observo que todavía no ha probado la merluza. Así que cambio de tema, y le pregunto si tiene hijos y se echa a reír. Tiene una risa fresca y espontánea. Y por primera vez en toda la noche siento celos, porque yo hace mucho tiempo que no soy capaz de reírme así. ¿Hijos? Si solo tiene veinticinco años, dice. Joder. Veinticinco. Pero quiere críos. Claro que quiere. Y yo. Y Javier. ¿Javier quiere niños? Él siempre ha dicho que no, pero ahora resulta que Inés tiene veinticinco años. Y el sábado carnívoro está a punto de convertirse en sábado vegano.
Me levanto a hacer el café pero Javier se ofrece a hacerlo él y nos quedamos las dos solas. Es una chica agradable Inés. Hace falta tener muchos huevos para venir aquí. Tiene los ojos grises y una nube de pecas en la punta de la nariz. Lleva el pelo corto y es tan negro que parece una peluca. Y con esta reflexión la que casi se ríe ahora soy yo. Y solo por eso merece la pena. Me entran ganas de decirle lo contenta que estoy de haberla conocido. Y mira que últimamente no me pongo contenta con nada. Pero como que no me atrevo. Y cuando Javier vuelve estamos instaladas en un maravilloso y cómodo silencio, que él se ve obligado a romper. Para qué sacarlo de su error y explicarle que es un silencio sabroso. Casi masticable.
Al rato se despiden y yo ya no los acompaño a la puerta, porque estoy agotada. Lo digo sin pudor. Ella asiente y me agradece el esfuerzo que he hecho. Y me repite lo mucho que le ha gustado la cena. Javier hace amago de recoger la mesa pero les pido que se vayan. Si mañana el día es muy largo. Otro más. Otro menos.
Y se van.
Javier lo sabe. Sabe que me quedaré media hora viendo la salsa cuajada en los platos y que luego me llamará, como cada noche, para ver si necesito algo. Aunque esta noche me preguntará que qué me ha parecido. Qué fácil hubiera sido haberle plantado en la mesa un maldito entrecot. Pero hay que joderse. Me gusta Inés. Se lo repito. Sí. De verdad me gusta. Y nos callamos, oyéndonos respirar en silencio. Claro que sí. Buenas noches. Luego marco de nuevo. No, no se notó que era congelada. Y lloro. Que no, tonta. Sí es de alivio, le digo. Y vuelvo al colgar.
Duele. No la mierda de siempre. Duele lo demás. Lo que falta. El sábado carnívoro. La casa ordenada. La vida a la velocidad correcta. Otra vida. No sé por qué me da por pensar esto, justo ahora. Si encima ya sé que Javier no se queda solo. Si todo va a estar bien.
Va a estar bien, me repito. Muy bien.