¡No hay ni un minuto para llamar a tu madre!, me grita. Todas nuestras conversaciones comienzan así. Yo intento explicarle que ya la estoy llamando. Que ando muy liada. Y además, nunca me cuenta nada. Solo quejas. No. No. No. No me llamas. No me visitas. No te preocupas por mí. Y aun después de colgar, su voz como el acero afilado se queda flotando en la salita.
Ahora he cogido la costumbre de llamarla desde el teléfono fijo del hospital. Y finjo que soy una operadora de Vodafone. O que llamo de la compañía del gas. Me gusta escuchar su voz así. Libre de reproches.
Hoy he fingido hacerle una encuesta para el padrón municipal. Me ha dicho que es viuda. Que vive sola. Que tiene una hija médica. ¿La quiere? ¿Está orgullosa de ella? ¿Alguna vez le dice que la necesita? Se me han agolpado mil preguntas en la garganta, pero me he callado y me he limitado a desearle un buen día.
Camino del quirófano, me ha sonado el móvil. No se lo he cogido. Sería una lástima. En el oído todavía me resuena el eco de las gracias que me dio antes de colgar.