parpadeos
Perdí los nervios. Tras el bofetón, sus dientes volaron. Rodaron como canicas y desaparecieron bajo el mueble del comedor. Y allí siguen, después de treinta años. No me ha perdonado. Lo sé porque nunca sonríe. Tampoco me dirige la palabra. Se comunica conmigo a través de un complicado código de parpadeos que hemos perfeccionado durante décadas. Cada noche en la cena lo intento. «Me perdonas» son tres guiños cortos y dos largos. Ella responde cerrando los dos ojos a la vez. Yo replico (corto, largo, corto). Ella contesta (largo, largo, corto). Y así seguimos, basta que los ojos nos lagrimean de tanto hablar.