Aquella tarde me la pasé tras la cámara de fotos. Por eso, todos mis recuerdos de ese día son sombras distorsionadas a través de una lente. Su imagen entraba y salía del encuadre, haciéndome bailar a su antojo.
Está todo en la cámara. Sus carreras contra el viento. Su pelo enmarañado. Su bufanda morada. Porque bacía frío. Un frío de carallo, como decía ella. Ca-ra-llo, silabeaba. Los madrileños no sabéis decirlo, solía bromear. Se dedicó a hacer muecas. A sacarme la lengua. A lucir bíceps como un Popeye imaginario. Yo disparaba ráfagas como un loco. No pongas caras, preciosa. Mójate los pies Ramón, no está fría. Loca, cómo que no. Deja la cámara. El horizonte dibujaba acero gris. Va llover, le dije. Quedémonos un día más. Solo uno. Siempre igual. Llévame a Galicia. Llévame a casa, Ramón. Esa jodida morriña que les tatúan a los gallegos en las entrañas. Otro día más, Ramón. Y me arrancó la cámara de las manos. Solo uno. Se colgó de mi cuello. Quita, quita, que me la vas a romper. El cielo comenzó a deshacerse en un orvallo fino y cansado. La arrastré basta el coche. Otro día más, Ramón. Solo uno.
Se quedó dormida en el asiento del copiloto, envuelta en una manta marrón de cuadros. En la radio, una de Pearl Jam. Creo. Ya no recuerdo nada más.
Las he revelado en sepia.
Ahora, el tiempo permanece congelado en esa tarde en Langosteira. En mi favorita, Silvia extiende las manos. Como un mimo que tantea una pared invisible. De nuevo, es uno de noviembre. Otra vez su plumífero gris y sus vaqueros. Y su bufanda morada. Otro día más atrapada en esa playa de su Galicia.
Después, guardo el álbum en el armario.
Y como siempre, al poco tiempo, se oye un leve chirrido. Las puertas oscilan suavemente. Si cierro los ojos y aspiro hondo, puedo oler a salitre. Oigo el graznido de las gaviotas. Luego las puertas se acaban abriendo de par en par, abatidas por esa brisa fría, tan típica de los atardeceres en Finisterre.