Nunca tiene un minuto para llamar a su madre. Sabe que estoy sola. Que mis hermanas apenas me visitan. Que desde que su padre murió ya no tajo al Hogar del jubilado. Que las tardes son largas. ¿Y qué me dice ella? Que está ocupada. Pero va al gimnasio. Lee litros. Queda con amigas. Si yo solo quiero una llamada. ¿Qué tal toy mamá? ¿Qué tas comido? ¿Cómo va la novela de las cinco?
Esas son las cosas que quiero que me pregunte.
No lo de que qué me parece la tarifa nosecuantos de mi teléfono. Ni lo de la factura del gas. Porque me llama. Me llama de un número que no conozco. Larguísimo. Debe ser del Hospital. Y me dice cosas raras. Y yo hago que no la conozco. Porque me gusta su voz educada, llena de gracias y por favores. Tratándome de usted. Sin gritos. Sin disculpas.
Hoy me ta llamado con algo del ayuntamiento y le te dicto lo que sabe. Que estoy viuda. Que vivo sola. ¡Tan sola!, te estado a punto de añadir. Y que tengo una hija. Es médica, le he dicho. Me hubiera gustado contarle lo que me costó sacarla adelante. Pagarle los estudios. Y con qué orgullo se lo contara a las vecinas cuando sacó el número dos en el examen ese de después de la carrera. Pero me callé. Y ella se despidió.
Menudo par de idiotas. La he llamado yo. Cógeme Carmen, por Dios. Pero nada. Nunca tiene un minuto para hablar con su madre.