La encontré en un bar de Móstoles, detrás de un whisky on the rocks. Me enamoré de ella al instante. Antes de saber que acabaríamos en su casa. Antes de aspirar su aroma de champú de huevo y desinfectante. Sus pechos eran grandes y cálidos. Sus caderas anchas y confortables. Trabajaba en un viejo hotel de carretera. Limpiando. Le gustaba limpiar. Y atesorar aquellas cosas que la gente dejaba en las habitaciones. Como quien deja atrás media vida. Solía hablarme de esos objetos olvidados. Un vestido de novia hecho jirones, una medalla militar, una Beretta 92, una pierna ortopédica, un fonendo… Jugábamos a inventar historias sobre los dueños de esas cosas. Sobre las razones por las que nunca volvían a buscarlas.
Porque nunca volvían. Nunca.
No he podido olvidarla. A veces, marco su número. Luego recuerdo que fue ella quien me dejó y cuelgo antes de que conteste.
Me gusta imaginarla en la soledad de su sala de estar, enfundada en aquel vestido de novia. Quizá se beba un whisky a mi salud. La estoy viendo, acariciando esa pierna ortopédica. Intentando decidir en qué parte de su vitrina coloca los restos del corazón que me dejé olvidado entre sus sábanas.