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arantza portabales

el bumerán

Apareció por Navidad. El año en que cumplí diez. El mismo en el que había alcanzado la madurez suficiente para saber por qué llevaba solo el apellido de mi madre. Un día llamó al timbre y me dijo «Hola Andrés», mientras me sacudía el pelo. Recuerdo que me quedé callado y que cuando mamá se acercó a él y se abrazaron con fuerza, comprendí quién era. Y que si deseas algo mucho, sucede.
En los días siguientes descubrí que tener padre era lo más. Venía cargado de historias de viajes y de su mochila extraía todo tipo de objetos fascinantes: un bumerán, un látigo, una máscara de faraón… No me cansaba de escucharle.
Cada detalle de las siguientes dos semanas está clavado en mi memoria: la sopa de tapioca de Nochebuena, el vestido que estrenó mamá en Navidad, a Michael Jackson vestido de zombi en fin de año y la cabalgata de reyes. Pero sobre todo recuerdo la sonrisa de mamá. Y lo feliz que estaba.
Pero cuando desperté el día seis, mamá tenía los ojos rojos y su sonrisa se había borrado. Desayunamos en silencio. Solos. Bajo el árbol encontré el bumerán. Me asomé al balcón y lo tiré con rabia. Inexplicablemente, tampoco volvió.