La encontramos en la dehesa. Llevaba muerta dos días, o al menos eso fue lo que dijo Vicente, tras examinarla. La arrastramos hasta casa y la escondimos en el cobertizo. Yo quería avisar a alguien, pero él no me dejó. Tenía una mirada febril que daba miedo. Cuando cogió el cuchillo de la matanza me estremecí, pero no hice nada para detenerlo. Supuse que sabía lo que se bacía, tras dos años en la Facultad de Medicina.
Sin temblarle el pulso, realizó una incisión entre sus senos. En cuanto sus vísceras quedaron expuestas ambos echamos una ojeada inquisitiva. Un silencio súbito nos envolvió. Percibí un intenso aroma a flores putrefactas. Una mosca asomó por su boca, emitiendo un zumbido monocorde. Me asaltó una náusea, aunque no podía apartar la vista de su pecho. Vicente, sin embargo, no parecía sorprendido.
—No sé de qué te extrañas —murmuró—. Las guapas nunca tienen corazón.