—Vaya hechizo del tres al cuarto el que has empleado —dijo el demonio—, si sólo te sirve para invocar a tipos como yo.
Desde luego, Bell Hitchens tuvo que admitir que no valía gran cosa. Su figura no dejaba de ser impresionante. Tenía una cabellera de serpientes, unos colmillos curvos, un rabo puntiagudo y todos los atributos necesarios, pero su estatura no era superior a un centímetro.
Bill había entonado la letanía y encendido los polvos mágicos animado por las mayores esperanzas. Incluso después del débil chispazo y el apagado silbido que se produjeron en lugar del rayo y el horrísono estampido que eran de rigor, no perdió sus esperanzas. Se quedó mirando al espacio que había sobre el pentáculo, esperando ver una espantosa aparición, hasta que oyó aquella quejumbrosa vocecita que le llamaba diciendo:
—Aquí estoy.
Y el diablillo prosiguió:
—Hacía años que nadie perdía tiempo ni polvos en una birria como yo. ¿De dónde has sacado ese ensalmo?
—Es una formulita que me inventé yo —dijo Bill modestamente.
El diablillo murmuró entre dientes algo acerca de los aficionados que se consideran magos.
—Yo no soy un mago —le explicó Bill—, sino un bioquímico.
El diablillo se estremeció.
—Siempre me tocan los casos peores —gimió—. Como si no hubiese sido suficiente trabajar para aquel psiquiatra, ahora me cae en suerte un bioquímico. ¿Qué demonios es eso?
Bill no pudo reprimir su curiosidad.
—¿Y qué hacías para ese psiquiatra?
—Me enseñaba a clientes suyos que se creían perseguidos por hombrecillos y me ordenaba que los ahuyentase. —El diablillo se puso a hacer movimientos muy expresivos, como si espantase a alguien—. Todo el día así…, ahuyentando cosas que no existían.
—¿Y eso dio resultado?
—Ya lo creo. Pero los pacientes decidieron que preferían tener a sus hombrecillos antes que a mí. O sea que en realidad, más bien fracasamos. Tú también fracasarás —agregó tristemente—. Estas cosas siempre terminan muy mal.
Bill se sentó y se puso a llenar su pipa, pensando que al fin y al cabo, invocar demonios no era una cosa tan terrible. Más bien resultaba algo simpático y casero.
—En mi caso, no —dijo—. Mi fórmula es a prueba de fracasos.
—Eso es lo que todos creen. Ay, los hombres… —El pequeño demonio contempló melancólicamente la cerilla, mientras Bill encendía la pipa—. Bueno, terminemos cuanto antes. ¿En qué puedo servirte?
—Quiero un laboratorio para mis experimentos sobre la embolia. Si el método que he ideado da resultado, significará que los médicos podrán detectar la presencia de un trombo en el torrente sanguíneo mucho antes de que pueda representar un peligro, y eliminarlo con las mínimas molestias para el paciente. Mi antiguo jefe, aquel viejo ocultista medio loco llamado Reuben Choatsby, opinaba que no era práctico —con eso quería decir que no podía darle una fortuna— y me despidió. Todos creen también que he perdido la chaveta, y nadie quiere ayudarme. Y lo único que necesito son diez mil dólares.
—¡Ahí lo tienes! —exclamó el diablillo, con un suspiro de satisfacción—. Ya te dije que no te daría resultado. Yo no puedo hacer eso. Sólo pueden proporcionar dinero los diablos tres grados superiores a mí. Ya te lo dije.
—Pero no te das cuenta de toda mi diabólica sutileza —repuso Bill—. Vamos a ver…, ¿cómo te llamas?
El demonio titubeó.
—¿No tienes otra de esas cosas?
—¿Qué cosas?
—Cerillas.
—Claro que sí.
—¿Me enciendes una?
Bill tiró la cerilla encendida al centro del pantáculo. El diablillo salió con presteza de las cenizas ya frías de los polvos y se zambulló en la llama, frotándose con la energía de un hombre bajo una ducha.
—¡Viva! —exclamó gozoso—. Así uno ya se encuentra mejor.
—¿Y ahora, me dirás cómo te llamas?
El diablillo puso de nuevo cara compungida.
—¿De veras te interesa saber cómo me llamo?
—Hombre, para hablar contigo tengo que darte un nombre.
—Oh, no, nada de eso. Me vuelvo a casa. No quiero meterme en líos de dinero.
—Espera a que te explique lo que tienes que hacer. Vamos, ¿cómo te llamas?
—Snulbug.
La vocecita del pequeño demonio era casi inaudible de tan baja.
—¿Snulbug?
Bill se echó a reír.
—Eso mismo. Tengo un colmillo careado, se me caen las serpientes y, por si aún no fuesen bastantes desgracias, tengo que llamarme Snulbug.
—Muy bien. Ahora escúchame, Snulbug: ¿puedes viajar al futuro?
—Un poco. Pero no me gusta mucho. Después me pica la memoria.
—Escucha, mi querido amigo cabellos de serpiente. Aquí no se trata de lo que te gusta o no te gusta. ¿Te gustaría, por ejemplo, que te dejase en este pantáculo sin que nadie te echase cerillas? —Snulbug se estremeció—. Ya me lo suponía. Ahora, dime si puedes viajar al futuro.
—Ya te dije que un poco.
—Y ahora dime. —Bill se inclinó hacia adelante y dio una chupada a su pipa al hacer la pregunta vital—: ¿Puedes traer objetos materiales del futuro?
Si la contestación era negativa, todos los febriles preparativos de su ensalmo serían inútiles. Y en tal caso, sólo Dios sabía si el diagnóstico de Hitchens para la embolia pasaría alguna vez a las páginas de la historia, salvando de paso unos cuantos miles de vidas todos los años.
A Snulbug parecían interesarle más las cálidas nubes de humo de tabaco que la pregunta.
—Por supuesto —repuso—. Dentro de límites razonables yo puedo… —Se interrumpió y le miró compungido—. Oye, no querrás que… Déjate de bromas, por favor.
—Escucha, amiguito: tú haz lo que te digo y deja las preocupaciones para mí. ¿Puedes traer objetos materiales, sí o no?
—Sí. Pero te prevengo que…
Bill lo atajó sin contemplaciones.
—Entonces, así que te suelte del pantáculo, me traerás el periódico de mañana.
Snulbug se sentó en la cerilla quemada y se golpeó apenado la frente con el extremo de su rabo.
—Ya lo sabía —gimió—. Ya lo sabía. Es la tercera vez que me pasa esto. Como tengo poderes limitados, soy una birria y mi nombre da risa, siempre me mandan a recados absurdos.
—¿Recados absurdos? —Bill se levantó y empezó a medir el ático desamueblado con sus pasos—. Snulbug, o como te llames, esas alusiones me molestan. He dedicado varias semanas a esta idea. Piensa en el poder que tendría quien conociese el futuro. Un poder ilimitado, que le permitiría cambiar el curso de los imperios, dominar la humanidad. Lo único que quiero es aprovecharme de este poder ilimitado para encauzarlo en ayuda de la humanidad y obtener de paso diez mil dólares. ¡Y tú llamas a eso un recado absurdo!
—Me acuerdo de un español —gimió Snulbug—, que también era un tipo simpático, aunque, como tú, su ensalmo era una chapuza. Pero al menos tenía un hermoso brasero donde uno podía calentarse. Era un tipo estupendo. Y también me pidió que fuese a ver el periódico del día siguiente… te prevengo que…
—No te preocupes —repuso Bill—. He pasado revista a todos los posibles errores. Y por esto te impongo tres condiciones para salir de ese pantáculo. No pienso caer en ninguna trampa.
—Bueno —dijo Snulbug, con un tono de resignación casi total—. Vamos a oírlas. Aunque de nada han de servir.
—Primera: el periódico en cuestión no debe contener la noticia de mi propia muerte o de cualquier otra desgracia que pudiese frustrar lo que yo pienso hacer con él.
—Pero, hombre de Belcebú —protestó Snulbug—. ¿No comprendes que eso no puedo garantizártelo? Si estás predestinado a morir entre este momento y mañana, ¿qué puedo hacer yo para impedirlo? Y sentiría tener que darte ese disgusto, porque, aunque seas un chapucero, eres simpático.
—Cortesía, Snulbug. Trata con cortesía a tu amo. Pero ahora escúchame. Si cuando vayas al futuro, descubres que tengo que morir, vuelve y trazaremos otros planes. Entonces haríamos otra cosa.
—¡Qué manera de complicarse la vida tienen los hombres! —observó Snulbug—. En fin, prosigue.
—Segunda condición: el periódico tiene que ser de esta ciudad y en inglés. No me cuesta nada imaginarme a ti y a tus amiguitos presentando a algún incauto el Daily Vuskutsukt, de Omsk y Tomsk.
—Sí, como si no tuviéramos otra cosa que hacer —dijo Snulbug con sorna.
—Y tercera —prosiguió Bill sin hacerle caso—: el periódico debe pertenecer a este continuo de espacio-tiempo, a esta espiral de los universos en serie, a ésta rueda de probabilidades. Dilo como te guste más. Debe ser un periódico del mañana que yo mismo viviré, no de otro mañana, para mí hipotético.
—Anda, salao, échame otra cerillita —le pidió Snulbug.
—Creo que con esas tres condiciones bastará. Con ellas no dejo ningún cabo suelto, y el Laboratorio Hitchens está garantizado.
Snulbug lanzó un gruñidito.
—Eso ya se verá.
Bill tomó una afilada navaja y, tal como prescriben las reglas, cortó uno de los lados del pentáculo con una hoja de frío acero. Pero Snulbug se dedicaba a zambullirse en la llama de la segunda cerilla, retorciendo alegremente su cola, sin que pareciese importarle un comino el hecho de que el camino hacia la libertad se hallase expedito.
—¡Vamos! —dijo Bill con impaciencia—. ¡O te quito la cerilla!
Snulbug se acercó al corte y se detuvo, vacilante.
—Veinticuatro horas son muchas horas.
—Pero ¿puedes ir o no?
—No lo sé. Mira. —Movió enérgicamente la cabeza, y una microscópica serpiente muerta cayó al suelo—. No estoy muy en forma. Últimamente, estoy hecho cisco. Golpéame el rabo.
—¿Qué dices?
—Lo que oyes. Golpéalo con la uña en el lugar donde se une al cuerpo.
Con una sonrisa, Bill le obedeció.
—No pasa nada.
—¿Lo ves? No tengo ni reflejos. No sé cómo podré irme veinticuatro horas al futuro. —Frunció el ceño, pensativo, y sus serpientes se apiñaron, formando un moño—. Oye. Lo único que tú quieres es el diario de mañana, ¿no? Sólo el de mañana, no la edición que estará a la venta dentro de veinticuatro horas exactamente. ¿No es eso?
—Ahora es mediodía —reflexionó Bill—. Sí, creo que con el periódico de mañana por la mañana podré arreglarme.
—Muy bien. ¿Qué fecha es hoy?
—21 de agosto.
—Estupendo. Te traeré un periódico del 22 de agosto. Aunque te advierto que de nada te servirá. Ahora, adiós. Hola, ¿qué tal? Ya he vuelto. Aquí tienes.
Snulbug sujetaba un cordel con su callosa manecita, y atado al extremo del cordel estaba un periódico.
—¡Pero oye, muchacho! —protestó Bill—. Si no te has movido de aquí.
—A veces los hombres sois un poco estupidillos —dijo Snulbug, paciente—. ¿Por qué se tiene que consumir tiempo del presente para ir al futuro? He dejado este punto, y he vuelto a este punto. He pasado dos horas buscando este condenado periódico, pero esas dos horas no cuentan en el tiempo de este presente. Qué gente, qué gente… —rezongó.
Bill se rascó la cabeza.
—Es posible que sea como tú dices. Vamos a ver el periódico. Ya sé: no me servirá de nada. —Buscó inmediatamente la página necrológica: no había la esquela de ningún Hitchens—. ¿Y yo no había muerto en ese futuro que has visitado?
—No —admitió Snulbug—. Muerto, no —agregó, con las más pesimistas insinuaciones posibles.
—Entonces, ¿qué? ¿Cómo me has encontrado…?
—Yo tengo sangre de salamanquesa —dijo Snulbug, con tono de queja—. Cuando nací, creyeron que era una ondina como mi madre y me metieron en la incubadora de agua fría, como se hace con todas las salamanquesas. El resultado es que ahora soy un ser contrahecho, una verdadera birria de diablo, que únicamente sirve para llevar recados. ¡Y ahora tú quieres que haga profecías! Anda, lee el periódico y a ver lo que sacas en claro de él.
Bill dejó la pipa y saltó de la sección necrológica a la primera página. No esperaba encontrar allí nada útil —¿qué ventajas le podría reportar saber quién ganaría la batalla naval de mañana o qué ciudades serían bombardeadas?—, pero siempre actuaba con método científico. Y esta vez el método tuvo su recompensa. En lo alto de la primera página leyó en grandes titulares:
EL ALCALDE ASESINADO
El apóstol muerto por un quintacolumnista.
Bill hizo chasquear sus dedos. Ahí lo tenía. Aquella era su gran ocasión. Volvió a meterse la pipa en la boca, se puso apresuradamente la chaqueta, se guardó el valiosísimo periódico en un bolsillo y abandonó el ático. Pero antes de cerrar la puerta se detuvo y miró al interior. Se había olvidado de Snulbug. ¿No debería despedirlo oficialmente?
El pequeño y contrahecho demonio no se veía por parte alguna. No estaba en el pentáculo ni fuera de él. Parecía habérselo tragado la tierra. Bill arrugó el entrecejo. Aquello no tenía nada de metódico, desde luego. Encendió una cerilla y la acercó a la cazoleta de su pipa.
Un suspiro de placer salió de su interior.
Bill se quitó la pipa de la boca y la miró fijamente.
—¿De modo que es ahí donde te has metido?
—Ya te dije que en mí domina la sangre de la salamanquesa —dijo Snulbug, asomándose por el borde de la cazoleta—. Quiero ir contigo, para ver la cantidad de estupideces que eres capaz de hacer.
Acto seguido se acurrucó entre la ceniza caliente, mascullando algo sobre periódicos, hechizos y lo idiotas que son los hombres.
El alcalde de Granton, apóstol de la legalidad, era una figura nacional de espléndidas proporciones. Sin histerismo, violencias ni intimidaciones, había iniciado una verdadera cruzada contra los elementos subversivos, que, gracias a sus dotes de organización, no tardó en convertir a Granton en la ciudad más amante del orden del país, y la que hacía gala de un mayor espíritu patriótico. Se hizo famoso también por su energía en propugnar el apoyo nacional del Estado y del municipio para las ciencias y las artes…, lo que le convertía en el hombre ideal para conceder una donación para los Laboratorios Hitchens. Pero se hallaba rodeado por elementos excesivamente desconfiados, y esto le había impedido a Bill exponerle su programa.
He aquí lo que se proponía hacer: salvarlo del atentado contra su vida en el último momento —acto que en sí mismo ya era propio de demonios—, y luego, cuando él le preguntase: «¿Y ahora, señor Hitchens, qué puedo hacer para agradecérselo?», plantearle su plan de investigaciones. No podía fallar.
Aunque de la cazoleta de su pipa no salió sonido alguno, Bill oyó resonar claramente en su cerebro las palabras: «¿Y si falla?».
Frenó bruscamente, deteniendo el automóvil en la zona azul próxima al ayuntamiento, saltó del vehículo sin molestarse siquiera en cerrar la puerta, y subió por la escalinata de mármol con tal rapidez y decisión, que llevado por su propio impulso continuó subiendo tres pisos y atravesando cuatro series de oficinas antes de que alguien tuviese el valor de detenerlo y preguntarle adonde iba.
El hombre que tuvo este valor fue un corpulento policía de paisano, de cuello de toro, cuyo corpachón hizo pensar a Bill que su tamaño respecto a Snulbug era relativo.
—¿Qué pasa? ¿Dónde es el incendio?
—No es un incendio, sino un asesinato —repuso Bill—. Pero creo que aún podremos impedirlo.
Esta respuesta no se la esperaba el del cuello de toro. Su desconcierto permitió a Bill que lo empujase hacia la puerta sobre la que se leía: «Alcalde-Particular». Pero aunque el cerebro de aquel gorila debía de funcionar con lentitud, sus músculos compensaron el retraso. Cuando Bill empujó la puerta, una manaza lo agarró por el cogote y lo sacudió, tirándolo después cuan largo era.
Bill salió a rastras de debajo de una mesa, esquivó la izquierda del guardaespaldas, llegó hasta la puerta, volvió a volar por los aires, salió nuevamente de debajo de la mesa, esquivó un derechazo, regresó a la puerta, voló en posición invertida y descendió ágilmente de la araña, donde había quedado colgado.
El hombretón se apostó frente a la puerta, asentándose sólidamente sobre sus piernas separadas, y desenfundó una pistola automática.
—Aquí tú no entras —dijo, para que no quedase lugar a dudas.
Bill escupió por el hueco de una muela, se secó la sangre de la nariz, recogió los fragmentos de su pipa destrozada y dijo:
—Oiga. Ahora son las doce y treinta. A las doce y treinta y dos, un jorobado pelirrojo se asomará por ese balcón del otro lado de la calle y apuntará con un rifle provisto de mira telescópica a la ventana abierta del despacho del alcalde. A las doce y treinta y tres minutos, éste caerá muerto sobre su mesa…, a menos que usted me ayude a apartarlo del campo de tiro.
—¿Ah, sí? —rugió el corpulento policía—. ¿Y eso quién lo dice?
—Lo dice aquí. Mire. En el periódico.
El policía lanzó un resoplido.
—¿Cómo puede decir un periódico algo que todavía no ha ocurrido? Estás loco, amigo, si es que no eres algo peor. Ahora vete. Largo de aquí, tú y tu periódico.
—¡Mire! —gritó—. Si no quiere creerme, mire por esa ventana. ¿No lo ve, en aquel balcón? ¿Al jorobado pelirrojo? Tal como le dije. ¡Pronto! Tenemos que…
El policía miró a pesar suyo. Vio al pelirrojo atisbando la ventana del despacho. Vio también brillar el cañón del rifle en manos del pelirrojo.
—Amigo —dijo a Bill—, luego me ocuparé de ti.
El jorobado se estaba echando el rifle a la cara cuando la automática del policía disparó y Bill frenó bruscamente, deteniendo su automóvil en la zona azul, saltó del vehículo, y atravesó cuatro series de oficinas antes de que nadie tuviese el valor de detenerlo.
El hombre que tuvo este valor fue un corpulento policía de paisano, de cuello de toro, quien preguntó:
—¿Dónde es el incendio?
—No es un incendio, sino un asesinato —dijo Bill, aprovechando la confusión del policía para plantarse ante la puerta sobre la que se leía: «Alcalde-Particular». Pero cuando Bill empujó la puerta, una manaza lo agarró por el cogote y lo sacudió como a un gato, tirándolo después cuan largo era.
Cuando Bill se descolgó de la araña después de su tercer intento, el hombretón se apostó frente a la puerta, con las piernas separadas y empuñando una pistola.
—Aquí tú no entras —dijo para que no quedase lugar a dudas.
Bill escupió por el hueco de una muela y le expuso brevemente la situación, para terminar diciendo:
—… a las doce y treinta y tres minutos, el alcalde caerá muerto sobre su mesa…, a menos que usted me ayude a apartarlo del campo de tiro. Mire. Aquí lo dice. En el periódico.
—¿Cómo puede decirlo? Largo de aquí tú y tu periódico.
—¡Mire! —gritó—. Si no quiere creerme, mire por esa ventana. ¿No lo ve, en aquel balcón? ¿Al jorobado pelirrojo? Tal como le dije. ¡Pronto! Tenemos que…
El policía miró. Vio brillar el cañón del rifle.
—Amigo —dijo—, luego me ocuparé de ti.
El jorobado se estaba echando el rifle a la cara cuando la automática del policía disparó y Bill frenó bruscamente, deteniendo su coche en la zona azul, saltó del vehículo y atravesó cuatro series de oficinas antes de que nadie lo detuviese.
El hombre que lo hizo era un policía de paisano, de cuello de toro, quien dijo:
—¿No te parece —observó Snulbug— que ya tienes bastante con eso?
Bill asintió mentalmente, sentado al volante de su coche frente al Ayuntamiento. Su traje estaba inmaculado, no tenía sangre en la nariz ni le faltaba un solo diente, y la pipa aún estaba intacta.
—Pero ¿qué ha pasado? —preguntó, mirando a la cazoleta de su pipa.
Snulbug asomó su cabecita coronada de serpientes.
—Vuelve a encender la pipa, por favor. Me estoy quedando helado. Gracias.
—Pero ¿qué ha pasado? —insistió Bill.
—¡Ay, los hombres! —gimió Snulbug—. No tenéis juicio. Pero ¿es que no lo entiendes? Mientras ese periódico perteneció al futuro, fue una mera posibilidad. Si tú hubieses barruntado, por ejemplo, que el alcalde se hallaba en peligro, tal vez pudieras haberlo salvado. Pero cuando lo traje al presente, se convirtió en un hecho. Y un hecho es imposible alterarlo.
—Pero entonces, ¿dónde queda mi libre albedrío? ¿Así, no puedo hacer lo que me venga en gana?
—No faltaba más. Fue tu precioso libre albedrío el que trajo el periódico al presente. No puedes cambiar tu propia voluntad. Y tu albedrío sigue siendo libre. Eres libre de verte tirado a esa lámpara del techo tantas veces como quieras. Sin duda te gusta. Puedes hacer lo que te plazca, pero no hasta el punto de cambiar lo que está escrito en ese periódico. Y si te empeñas, tendrás que repetirlo una y otra vez hasta que por fin escarmientes.
—Pero eso… —Bill trató de encontrar palabras—, eso es tan malo como el… como el hado o la predestinación. Si mi alma desea una cosa…
—Los periódicos no le bastan. La teoría sobre el tiempo tampoco. ¡Ahora quiere que le hable de su alma! ¡Oh, qué gente…!
Y Snulbug, indignado, desapareció en el interior de la cazoleta.
Bill dirigió una mirada melancólica al Ayuntamiento y terminó por encogerse de hombros con resignación. Después abrió el periódico por la página deportiva y se puso a estudiarla con atención.
Snulbug volvió a asomar la cabeza cuando se detuvieron en la enorme zona de aparcamiento.
—¿Dónde estamos ahora? —preguntó—. No es que me importe.
—En el hipódromo.
—¡Ah…! —gruñó Snulbug—. Ya podía habérmelo figurado. Todos sois iguales. No tenéis dos dedos de frente. Supongo que ya sabrás cuál es el caballo ganador, ¿no?
—Vaya si lo sé. Alhazred, en la cuarta carrera. Las apuestas por él están a veinte contra uno. Tengo quinientos dólares, el único dinero que me queda en este mundo. Los apostaré todos por Alhazred, y así tendremos los diez mil del ala.
Snulbug lanzó otro gruñidito.
—Primero tengo que escuchar tu estúpido ensalmo, después te veo meterte en un tiovivo de acontecimientos, pero no, con eso no te basta: ahora tienes que apostar a las carreras.
—Pero esto no puede fallar, hombre. No trato de alterar el futuro; simplemente me aprovecho de él. Alhazred ganará esta carrera apueste o no apueste por él. Quinientos hermosos boletos de las apuestas mutuas, y ahí lo tienes: ¡los Laboratorios Hitchens! —Bill saltó ágilmente fuera del coche y echó a correr alegremente. De pronto se detuvo y preguntó a la pipa—: ¡Eh! ¿Por qué estoy tan contento?
Snulbug dejó escapar un suspiro tristísimo.
—¿Y yo qué sé? ¿Por qué está contenta la gente? ¡Tonterías!
—No, pero escúchame: ese peso pesado del Ayuntamiento me dio un palizón, y no me duele absolutamente nada.
—Naturalmente. Hablas de algo que nunca ocurrió.
—Pero yo bien que sentí los golpes.
—No lo dudo. En un futuro que nunca será. Cambiaste de idea, ¿no? Decidiste no volver allí, ¿no es cierto?
—Sí, pero eso después de recibir dos palizas.
—¡Bah! —dijo Snulbug, desdeñoso—. Todo eso es posterior.
Y volvió a retirarse al interior de la pipa.
Por el aire se esparcían los sones de una orquesta lejana y la voz ronca del anunciador. La gente hacía cola frente a las ventanillas de las apuestas de dos dólares, y en las de cinco también había bastante concurrencia. Pero en la ventanilla de cien dólares, donde descansaban las cinco hermosas hojas de parra que servirían para fundar un laboratorio destinado a estudiar la embolia, estaba casi desierta.
Bill detuvo a un desconocido de nariz violácea.
—¿Cuál es la próxima carrera?
—La segunda, muchacho.
Estupendo, pensó Bill. Tenía tiempo más que suficiente. Y de ahora en adelante… Corrió a la ventanilla de cien dólares e introdujo por ella los cinco billetes que había retirado del banco aquella misma mañana.
—Van por Alhazred —dijo.
El empleado le miró sorprendido, pero recogió el dinero y se volvió para sacar los boletos.
Bill detuvo a un desconocido de nariz violácea.
—¿Cuál es la próxima carrera?
—La segunda, muchacho.
Estupendo, pensó Bill. Y después gritó:
—¡Eh!
El desconocido de nariz violácea se detuvo y preguntó:
—¿Qué te pasa, muchacho?
—Nada —gruñó Bill—. No es nada.
El desconocido pareció vacilar.
—¿No nos hemos visto antes?
—No —se apresuró a contestar Bill—. Usted iba a verme, pero no me ha visto. He cambiado de idea.
El desconocido se alejó moviendo la cabeza y murmurando hasta qué punto se podía perder la chaveta por los caballos.
Cuando Bill estuvo de nuevo en su coche, se quitó la pipa de la boca y la miró furioso.
—¡Bueno! —gritó—. ¿Qué he hecho mal esta vez? ¿Por qué he vuelto a meterme en un tiovivo? No me proponía cambiar el futuro.
Snulbug asomó la cabeza y bostezó, exhibiendo sus diminutos colmillos.
—Te lo advierto, te lo explico, vuelvo a advertírtelo, y ahora tendré que explicártelo todo otra vez desde el principio.
—Pero ¿yo, qué hice?
—¡Ahora me pregunta qué hizo! Alteraste las probabilidades, pedazo de idiota. Al apostar tanto dinero en una carrera de las apuestas mutuas, alterabas la balanza de las probabilidades. Las apuestas ya no hubieran dado unas ganancias de veinte por uno, como dice el periódico.
—Paparruchas —masculló Bill—. Y supongo que eso se aplicará a todo. Si estudio el mercado de valores de este periódico y trato de jugar a la bolsa de acuerdo con las cotizaciones de mañana…
—Pasaría lo mismo. Las cotizaciones ya serían otras si tú compras valores. Ya te lo advertí. El problema no tiene solución —dijo Snulbug—. Te has metido en un callejón sin salida.
Se lo dijo en tono casi risueño.
—¿Ah, sí? —musitó Bill—. Ahora escúchame, Snulbug. Yo creo en el Hombre. En todo el universo no hay un problema que el Hombre no pueda resolver tarde o temprano. Y yo no soy más idiota que el promedio de mis semejantes.
—Esto es decir mucho —observó Snulbug, zumbón—. ¡Qué gente…!
—Ahora tengo una responsabilidad. No se trata ya de mis diez mil dólares: tengo que salvar el honor del Hombre. Tú afirmas que este problema es insoluble. Y yo te digo que los problemas insolubles no existen.
—Hay que ver cómo hablas.
La mente de Bill se debatía furiosamente, tratando de resolver el problema. ¿Cómo puede un hombre aprovecharse del futuro, sin alterarlo en lo más mínimo? Tenía que haber una solución para aquello, y el descubridor del diagnóstico de Hitchens para la embolia tenía que hallar la solución para aquella bagatela. Era una cuestión de amor propio.
Absorto en sus pensamientos, se sacó del bolsillo la bolsa del tabaco y vació la pipa, golpeándola en la suela de su zapato. Se escuchó un microscópico batacazo cuando Snulbug cayó sobre la alfombrilla del coche.
Bill le miró sin poder contener una sonrisa. El diablillo agitaba la cola furioso, y todas las serpientes de su cabeza se le habían puesto de punta.
—¡Esto ya es demasiado! —chilló el diablillo—. No bastan las payasadas, no bastan los insultos…, se me tiene que tirar por el suelo como a un alma en pena. Esto ya es el colmo. ¡Quiero irme ahora mismo! ¡Presento la dimisión!
Bill hizo chasquear los dedos con alegría.
—¡La dimisión! —gritó—. Ya lo tengo, Snulbugito. Todo está arreglado.
Snulbug le miró estupefacto, y poco a poco sus serpientes se fueron apaciguando.
—Es igual; también la pifiarás —dijo moviendo con expresión sibilina su cabeza cubierta de serpientes.
Bill irrumpió en los Laboratorios Choatsby, donde había estado empleado recientemente, y los atravesó como una tromba, para detenerse finalmente en la antesala del viejo R. C.
Pero si bien se puede luchar con un corpulento cancerbero, nada se puede hacer contra la eficiencia y la amabilidad de la señorita que dice:
—Voy a ver si Mister Choatsby puede recibirlo.
En ese caso, no hay más remedio que esperar.
—¿Se puede saber qué idea luminosa se te ha ocurrido esta vez? —le preguntó Snulbug, que sin duda se temía lo peor.
—R. C. está chalado —dijo Bill—. Es astrólogo, piramidólogo e israelita británico —de la rama americana reformada—, y Dios sabe qué más. Hasta… hasta cree en ti.
—Pues entonces, va más lejos que yo —comentó Snulbug—. ¡Qué pérdida de energía!
—Comprará este periódico. Pagará lo que le pida por él. Nada le gusta más que chapucear en lo oculto. Será incapaz de resistir una sólida tajada de futuro, aderezada con delirios de fortuna y grandeza.
—Pues más valdrá que te des prisa.
—¿Por qué? Ahora no son más que las dos y media. Nos sobra tiempo. Y mientras esperamos que vuelva esa chica, ¿qué otra cosa podemos hacer?
—Por lo menos podrías calentar la cazoleta de tu pipa —dijo Snulbug.
La recepcionista regresó por fin y dijo:
—Pase. Mister Choatsby le recibirá.
Reuben Choatsby desbordaba de la enorme butaca colocada ante su mesa. Su carita, propia de un bebé, que se balanceaba sobre un enorme cuello, miró a Bill con expresión radiante.
—Ha cambiado de idea, ¿eh? —Sus palabras surgían como súbitas burbujas blandas, produciendo un borboteo como el del jarabe al caer en un vaso—. Muy bien. Le necesitamos en K-39. El laboratorio no es el mismo desde que usted se fue.
Bill buscó las palabras exactas.
—No se trata de eso, R. C. Ahora soy independiente y me va muy bien.
La carita aniñada se entristeció.
—¡Qué rostro! Se ha vuelto un competidor nuestro, ¿eh? ¿Qué quiere pues? ¿Hacerme perder el tiempo?
—Nada de eso. —Mostrando una confianza que estaba muy lejos de sentir, Bill se apoyó con ambas manos en la mesa—. R. C. —dijo, hablando lentamente para impresionarle—. ¿Qué daría usted por tener un atisbo del futuro?
Mister Choatsby profirió sones inarticulados antes de decir:
—¿Se burla de mí? ¡Salga de aquí en seguida! Haré que le echen… ¡Espere! ¿No era usted… quien solía leer libros raros? Una vez me trajo un libro cabalístico. —Su rostro aniñado asumió una expresión seria—. ¿De qué está hablando?
—Lo que le he dicho, R. C. ¿Qué daría usted por tener un atisbo del futuro?
Mister Choatsby le miraba, vacilante.
—¿Cómo? ¿Viajes por el tiempo? ¿Las pirámides? ¿Ha descubierto el secreto de la cámara real?
—Es mucho más sencillo que todo eso. Tengo aquí —y lo sacó del bolsillo, doblándolo de manera que sólo se viesen título y fecha— el periódico de mañana.
—Déjemelo ver.
—Un momento. No tenga prisa. Lo verá cuando hayamos hablado de las condiciones. Pero aquí está.
—Es un truco. Lo ha encargado a un impresor amigo suyo. Es un fraude. No lo creo.
—Muy bien. Nunca hubiese supuesto que usted, R. C., demostrase un escepticismo tan impropio de su inteligencia. Pero si ésta es toda la fe que posee…
Bill volvió a meterse el periódico en el bolsillo e hizo ademán de dirigirse a la puerta.
—¡Espere! —dijo Mister Choatsby, bajando la voz—. ¿Cómo lo consiguió? ¿Vendiendo su alma al diablo?
—No ha sido necesario.
—¿Pues cómo? ¿Con hechizos? ¿Ensalmos? ¿Sortilegios? Demuéstremelo. Convénzame de que es real. Entonces hablaremos de condiciones.
Bill se acercó tranquilamente a la mesa y vació su pipa en el cenicero.
—Soy subdesarrollado. Me mandan a recados. Me llamo Snulbug. Pero todo esto aún no es bastante… ¡Ahora tengo que prestar testimonio!
Mister Choatsby contempló arrobado al furioso diablillo que se debatía en su cenicero. Observó con expresión reverente a Bill mientras éste tendía la pipa llena de tabaco al diminuto ser, y la encendía. Después escuchó con temor los grititos de deleite que lanzaba Snulbug al revolcarse entre las llamas.
—No le hago más preguntas —dijo—. ¿Cuáles son sus condiciones?
—Quince mil dólares —repuso Bill, dispuesto a rebajar.
—No pidas tanto —le advirtió Snulbug—. Y date prisa.
Pero Mister Choatsby había sacado su talonario de cheques y escribía en él apresuradamente. Oprimió un papel secante contra el cheque y se lo tendió a Bill.
—Trato hecho. —Y se apoderó ávidamente del periódico—. Es usted un estúpido, joven. ¡Quince mil! ¡Bah! —Lo había abierto por la página financiera—. ¿Qué son quince mil, al lado de lo que voy a ganar hoy en el mercado de valores? Una fruslería.
—Vamos, apresúrate —le insistía Snulbug.
—Adiós, señor —dijo Bill cortésmente—, y muchas gracias…
Pero Reuben Choatsby ni siquiera le escuchaba.
—Pero ¿a qué viene tanta prisa? —preguntó Bill cuando llegó al ascensor.
—¡Qué gente! —suspiró Snulbug—. Ahora eso no importa. Lo que tienes que hacer es irte al banco e ingresar ese cheque cuanto antes.
Así fue cómo Bill, aguijoneado incesantemente por Snulbug, se fue como una tromba al banco, en una exhibición que podía compararse con las que había hecho en el Ayuntamiento y en los Laboratorios Choatsby. Consiguió llegar una fracción de segundo antes de que cerrasen, a las tres en punto.
Ingresó el cheque en su cuenta, vio cómo los ojos del cajero le saltaban de las órbitas al leer la cifra, y se entretuvo el tiempo suficiente para disfrutar del placer incomparable de cambiar el titular de la cuenta, poniéndola a nombre de Laboratorios de Investigación Hitchens en vez de William Hitchens.
Después regresó al coche, donde podía hablar con su pipa en paz.
—Vamos a ver —le preguntó, mientras regresaba a su casa—. ¿Puede saberse ahora a qué venían tantas prisas?
—Ordenará que ese cheque no se haga efectivo.
—¿Cuándo descubra lo del tiovivo, quieres decir? Pero yo no le prometí nada. Sólo me limité a venderle el periódico de mañana. No le aseguré que le serviría para hacer una fortuna.
—De acuerdo, pero…
—Sí, ya sé, tú me lo advertiste. Pero no veo por qué debemos preocuparnos. R. C. es un bandido, pero un bandido honrado. Dejará que se abone ese cheque.
—¿Tú crees?
El coche se había detenido ante un semáforo. Pasó un vendedor de periódicos gritando: «¡Edición extraordinaria!». Bill miró distraídamente los titulares, dio un salto en el asiento e instantáneamente tendió una moneda al muchacho y compró el periódico.
Se metió por una calle lateral, detuvo el coche y desplegó el periódico. En primera página leyó: El alcalde asesinado. En la página deportiva: Alhazred da veinte por uno. En la sección necrológica: las mismas esquelas que había leído al mediodía. Buscó la fecha: 22 de agosto. El día siguiente:
—Ya te lo advertí —le explicó Snulbug—. Ya te dije que no tengo suficiente poder para ir muy lejos en el futuro. Soy un demonio medianillo. Y ese picor de la memoria es muy molesto. Me limité a traerte un periódico con la fecha de mañana. Y hay que ser muy estúpido para no saber que los diarios del martes salen el lunes por la tarde.
Bill quedó momentáneamente aturdido. Su periódico mágico, su periódico que valía quince mil dólares, estaba siendo pregonado por los vendedores en todas las esquinas. ¡Naturalmente que R. C. hubiera dado orden de no pagar! Y entonces vio el otro aspecto de la cuestión. Le hizo tanta gracia, que empezó a reír sin poder contenerse.
—¡Cuidado! —chilló Snulbug—. ¡Me tirarás de la pipa! Pero ¿qué te pasa, hombre? ¿De qué te ríes?
Bill se secó las lágrimas de los ojos.
—Yo tenía razón. ¿Te das cuenta, Snulbug? El Hombre es invencible. Aunque mi magia era de tres al cuarto y lo único que pude invocar fue a un mequetrefe como tú, y tú me diste gato por liebre y después yo me vi metido en el tiovivo del tiempo tratando de aprovecharlo, a pesar de todo, fíjate en el resultado. Sí, tú tenías razón; esa magia no podía surtir ningún efecto. Pero sin ella, apelando únicamente a la psicología humana, jugando con las debilidades de un hombre, he conseguido que un viejo buitre de voz untuosa subvencione la investigación que él mismo había vetado y haga más bien a la humanidad que todo cuanto haya hecho y pueda hacer en el resto de su vida. Yo tenía razón, Snulbug. El Hombre es invencible.
Las serpientes de Snulbug se debatían, formando desdeñosos nudos.
—¡Bah, los hombres! —rezongó—. Ya te darás cuenta.
Y movió la cabeza con triste satisfacción.