1
Estaba hecho polvo, me subí en San Juan de Luz, estuve a punto de perderlo, me llevó la tira de tiempo encontrar mi vagón y cuando por fin, a costa de un lento y difícil ascenso por pasillos escarpados, conseguí llegar hasta mi asiento (ya estábamos en Biarritz más o menos) me di cuenta de que iba a tener que viajar apretujado durante más de cinco horas en un puñetero asiento de cuatro, de esos que están enfrentados dos a dos, y que ni siquiera iba en el sentido de la marcha.
Me cagüen todo.
Me agarré a un reposacabezas durante un buen rato.
Me agarré para contenerme, para no echar la pota, para acurrucarme, para pensar y sopesar los pros y los contras de tamaña desgracia.
(Con la cogorza que llevaba, en un asiento de cuatro, hay que joderse. Un asiento familiar como los llaman. Y encima del lado de la ventanilla y lejos del bar. Como para pegarse un tiro. Una celda de aislamiento. El trullo.)
Ay, madre. Ay de mí.
¿Por dónde iba? Ah, sí, estaba acurrucado sobre la moqueta, cuando alguien intentó pasar por encima de mí con una maleta de ruedas.
Ayyy.
Estaba ahí como una cuba, hecho polvo y dolorido, así es que solté un gemido y fui a repantingarme dos asientos más allá.
Una vieja coñazo me echó de allí cagando leches.
Me arrastré entonces hasta el de delante, y en la estación siguiente (Bayona o quizá Dax), una voz aún no identificada me preguntó algo confusa si no me había equivocado de asiento. Por casualidad.
Qué mala suerte la mía. Llevaba tres días sin pegar ojo, había estado de juerga, había hecho surf, había nadado, había celebrado la despedida de soltero de un amigo, lo había casado con una ex mía, había cantado, bailado, reído, bebido, fumado, me había pitorreado, me había colocado, había flipado, me había dado el subidón, había tocado las nubes y viajado por la Vía Láctea, me había liado un porro de pimientos de Espelette, se me habían caído los piños, había pasado el bajón, había pescado o más bien vegetado en el espigón, me había tomado una última copa con mi prima en el bar de la estación, le había tocado el coño sin querer al levantarme, me había disculpado, había subido al primer vagón que había pillado, menudo desfase, estaba mamado, necesitaba dormir la mona, estaba hecho polvo, incubando algo, una mixomatosis, me contaba los dientes y trataba desesperadamente de recordar dónde me había dejado el colmillo, el pelo, el cinturón, las llaves de la moto, el reloj y la dignidad. Estaba en call conference con mi gemelo maléfico para que me sacara de esa situación, pero la calidad de la comunicación dejaba bastante que desear, y no tenía NI PIZCA de ganas de que me sacaran de mi coma etílico por tercera vez. De modo que volví al trullo, perdón, al asiento de cuatro, sin decir ni mu.
Molesté a los otros tres pasajeros pisándolos y medio cayéndome encima de ellos, y por fin alcancé mi asiento.
Me acurruqué en el reposabrazos y apoyé la frente sobre una mullida ventanilla.
Mmm.
Qué gusto.
A mimir y a soñar con los angelitos, como decía mi abuela.
Acababa de despertarme una extraña criatura procedente de Bayona (o de Dax), cerré los ojos, pero no volví a dormirme enseguida.
Dormitaba. Pensaba. Intentaba quedarme sobado otra vez pero sin obsesionarme, sin ponerme a contar ovejas. Estaba a gusto, ronroneaba y daba cabezadas, arrullado por el shuin-shuin de los raíles.
Llevaba tres días seguidos poniéndome ciego y ahora tocaba dormir la mona, traqueteando en sordina, en el tren chuchú.
Y a lo lejos, en otro planeta, llegaba hasta mí, desfasado y poco nítido, el ruido de verdad de la vida de verdad de la gente de verdad.
En mi loca juventud había sido DJ, y ahora me estaba componiendo una nana en maxmix. Sampleando todos los sonidos del coche 12, me mezclé un hilo musical de lo más zen y relajadito, al compás del paracetamol y el citrato de betaína.
Train’s lounge.
2
Tan a gustito en mi asiento, abrazado a mí mismo, rebobinaba los mejores momentos del fin de semana.
Me había entregado a fondo esos tres días porque ya no era ningún chaval, ya no tenía edad para esas cosas, y varias veces me había dado la sensación de que al despedir la soltería de mi amigo despedía a la vez mi propia juventud… (Estaba demasiado fofo ya para mi viejo mono de surf, pesaba demasiado para mi vieja tabla, estaba demasiado oxidado para esas olas tan grandes, era demasiado torpe para esos porrazos, demasiado joven para morir, demasiado viejo para seguir gustando a las chavalitas del concurso de bikinis, estaba demasiado cansado para aguantar el alcohol, demasiado borracho para aguantar el tipo, demasiado gordo para hacer un estriptis, era demasiado insustancial para que el padre de la novia me añorara y demasiado lento para la pelota vasca, estaba demasiado dolido para hacerle la pelota a nadie, demasiado cansado para disfrutar, demasiado tristón para reírme de ello, demasiado nada, demasiado todo, demasiado nada de todo); sí, había tenido a menudo la impresión de que al chavalín se le había acabado la cuerda. De que me había hecho viejo.
Viejo, gris, triste y contaminado.
De que París me había domado.
Tenía treinta y tres años, a esa edad un tío con más barba y más pelo que yo lo petaba mucho más, y ya iba siendo hora, por Dios bendito, de tomar las riendas de mi destino y de hacer unos cuantos milagros, porque si no, a ese paso, tendría que despedirme de mi vida entera y no solo de mi juventud.
Retomando lo que os decía, soñaba despierto y sonreía al recordar los tráileres.
… El viaje de ida en el coche de Nathan… Los dos tíos de BlaBlaCar a los que nos habíamos tenido que tragar para pagar la gasolina. Un tal Patrice (Patoche), recogido en la Puerta de Orleans, y un tal Momo (Mohammed) recogido en Poitiers. (Sorry, Carlos Martel, sorry man.)
A Patoche le pusimos un «Perfecto» en el apartado de Banda Sonora (tenía buena música en el móvil, Motown a todo volumen), un «Muy bien» en Conversación (no conversaba), un «Bien» en Cordialidad (nos invitó al café), un «Decepcionante» en Conducción (le habían quitado todos los puntos) y un «Mal» en Aspecto (llevaba pantalones pirata de esos con cremallera para convertirlos en cortos cuando hace calor); y a Momo le pusimos un «Perfecto» en todo (se durmió como un tronco desde que lo recogimos hasta que lo soltamos) pero un «Decepcionante» en Coros (sus ronquidos jodían a las Supremes).
Their heart can’t take it no more.
… La despedida de soltero de Arthur… Nos pusimos guapos para ir a cenar al Grand Hôtel de Biarritz. Íbamos todos de punta en blanco, luego dimos una vuelta por el paseo marítimo y después nos fuimos a cogernos un buen ciego al club Pandora, donde una señorita ligerita de ropa y de cascos nos quitó las corbatas para terminar y nos ató a su manera…
Me reía soñando despierto.
… La llegada de Camille…, de mi Camille, de la Camille a la que tanto había querido, del brazo de su papá a la iglesia del pueblo donde habíamos pasado nuestras primeras vacaciones de novios, todavía recuerdo la habitación que su madre nos preparó, con unas sábanas muy gruesas que olían a lavanda y un ramo de rosas en la mesilla de noche. Mi guapísima Camille. Mi preciosa Camille. Mi arrebatadora Camille avanzando al son del órgano.
Mi Camille, que se casaba de blanco, la muy pilla, pese a no ser ya virgen. Yo lo sabía, y creo que su madre también lo había adivinado. Nunca se atrevía a hablarle en el desayuno.
… La bonita sonrisa que me dedicó por encima del hombro de su casi marido al llegar al altar.
Tierna. Radiante. Cruel.
El baile que me concedió al final y las sonrisas que le dediqué entonces a su reciente marido desde las horquillas de su moño…, un poco suelto ya. Un poco deshecho.
Tiernas. Radiantes. Crueles.
… Los días en la playa… El sol, las olas, los amigos. Algunos desde muy niños, desde el cubito y la pala y los castillos de arena.
Nuestros baños, nuestros cachondeos, nuestras conversaciones sin fin, nuestras barbacoas, nuestros brindis por el jamón y el queso de la región, por el rosado, por el amor, por los novios, por los cuernos y por la vida.
Cuando salíamos al asalto de las olas, más o menos en el eje, y cuando volvíamos, como perros mojados. Vencidos, hechos polvo, avergonzados. Con la polla encogida y la parte de arriba del mono colgando floja entre las piernas.
… La última vez que pescamos en el espigón de nuestra infancia y nuestro último concurso de saltos desde esas rocas que ponían histéricas a nuestras madres.
… Nuestras madres, que ya no estaban allí para echarnos la bronca por nuestras hazañas cuando volvíamos junto a ellas, tiritando de alegría y de espanto. Nuestras madres, que nos hacían entrar en calor a base de tirones de orejas. La de Arthur se volvió a la finca alquilada para la boda porque estaba mosqueada con los del cáterin (por no sé qué historia de unas cajas de champán que al final no habían entregado…, ejem ejem…), y la mía, que esa tarde no vino a regañarnos porque en invierno un cangrejo malvado se la había llevado a otros mares y otros horizontes.
… Mi madre que era maestra y sin la cual el novio —y volvió a decirlo en el momento de cortar la tarta, haciéndonos llorar a todos, el muy burro— nunca habría sido capaz de escribir un discurso tan largo y tan bonito.
… El último gofre que me comí con Arthur y su compañero de piso antes de irme, nos chupamos los dedos muy despacio y a conciencia mientras mirábamos de reojo un banco de alegres sardinas españolas.
Los dedos nos sabían a nata y a sal marina.
… Nuestros…
De Momo y las Supremes, nada, creo que lo que me despertó fueron mis propios ronquidos.
No me dejaban oír mis sueños.
Abrí los párpados con dificultad, me pasé la mano por la cara para despejarme y noté, por la humedad en la palma, que encima debía de haber babeado de lo lindo entre dos ronquidos y tres gruñidos de borracho.
Guau, eso sí que es tener clase.
Abrí los ojos y volví a cerrarlos enseguida.
Qué vergüenza.
Enfrente tenía a dos chicas. Una fea que bajó la cabeza al instante, riéndose, y una cañón que me torpedeó con la mirada antes de volver a ponerse los cascos con un suspiro irritado.
Qué vergüenza.
La fea me la sudaba, pero en cambio la guapa me mataba.
Rebañé un poco más de sueño, a ver si así me recomponía un careto potable para aspirar siquiera a comerme una rosca, y volví a la partida con un as en la manga.
Me incorporé, me alisé la ropa, me metí la camisa dentro del pantalón, me puse bien el cuello, me peiné (gomina de baba de zombi, sujeción garantizada), me atusé las cejas, me humedecí los labios resecos por el alcohol y la brisa marina, y volví a salir de caza.
Me aparto el pelo de la cara con una pizca de desdén en la expresión y le sostengo la mirada, dedicándole una sonrisa seductora.
Me refiero al pibón, claro. La otra ya se había parapetado detrás de un libro.
El problema era que me moría de sed y tenía muchas ganas de mear, pero ya no me atrevía a dar el cante con mis secreciones.
Así que la miraba con todas mis ganas pero sin ganas. Ganas, las que tenía de ir al baño.
No estaba muy concentrado, el chaval. Pero que nada concentrado. O sí, pero la cosa pintaba mal: la fea me era indiferente, y la guapa no me hacía ni caso.
Bueno, pintaba mal, qué le vamos a hacer. Son cosas que pasan.
Pero no era solo eso. Había algo más que me incomodaba…
Como he dicho más arriba cuando lo de la tarta, mi madre era maestra.
Maestra con mayúscula, toda su vida fue una ferviente e indefectible defensora de la educación, la inteligencia y la imaginación.
En nuestra casa los libros eran importantes. Pero que muy importantes. Y, aún hoy, en la mía lo siguen siendo.
En la mísera choza, en la pobre alma inmadura y andrajosa que me sirve de morada, todos los días y desde siempre los libros y la cultura desescombran, apuntalan y erigen muros de carga.
Pero ahí había algo que se me atragantaba: la guapa (piel de ensueño, tez bronceada, ojos de ágata, nariz perfecta, boca para adorar, cabello para acariciar, pechos para perderse, mejillas para besar, labios para besar, cuello para besar, muñecas para besar, manos para besar, brazos para besar, vientre para…, ay…, adorar) leía una birria de libro (os dejo imaginar lo peor…, no, no, peor que eso todavía: en plan pseudonovela de pseudogurú para el desarrollo personal de la niña tonta que sufre en ti), y la fea (plana, paliducha, demacrada, mal vestida, pelo verdoso, labios cortados, manos estropeadas, uñas de luto, piercings en ceja y nariz, muñecas tatuadas, orejas llenas de clavos y cuerpo para potar) leía el Diario de Delacroix.
¡Ah, Cupido! ¡Ah, bribón!
Qué travieso eres, gordinflón.
Qué travieso eres y cómo juegas con los nervios de tus pobres víctimas indefensas…
La guapa se desarrollaba personalmente consultando la pantalla de su móvil en cada punto y aparte, y la fea se mordisqueaba la uña (negra) del pulgar derecho, levitando entre las páginas de su libro, ajena a lo que ocurría en el exterior.
Al ennegrecérsele también los labios, deduje que no era mugre lo que tenía bajo las uñas, sino tinta. Tinta china, probablemente. Sí, eso es. Un gran bloc de espiral le servía de mesilla, y tenía un estuche muy sucio abierto junto a la ventanilla, a juego con su falta de armonía. Esta, al menos, había encontrado gurú a su gusto.
Bueno.
Pipí.
Molesté a todo el mundo y fui a aliviarme.
Al salir de mis abluciones, con el pantalón y las manos mojados por igual (ese cuchitril es tan exiguo y está tan sucio…), hete aquí que le doy un golpe sin querer con la puerta en la cadera a mi buenorra preferida.
Guau, eso sí que es tener clase.
Me disculpo, me ignora; se dirige a la cafetería, le piso los talones.
3
Leía basura, sí, pero estaba como un tren, así que desplegué todos mis encantos.
Y con un despliegue de encantos tal, viniendo de un chico majo como yo, moldeado por una madre femenina y un padre feminista, que sabía reconocer un perfume de Dior, sus propios defectos y el acento de Niza y que volvía de pasar tres días a la orilla del mar, el triunfo estaba asegurado en un pispás.
Bueno, en un pispás no. Reconozcámoslo. Me costó lo mío, en pasta (quienes saben lo que cuesta una consumición a bordo del tren de alta velocidad se compadecerán de mí), y en dedicación (que me sigan compadeciendo). Sí, que sigan, porque fue un trofeo duro de roer. Tuve que estar ahí venga a echarle piropos, venga a hablarle de su birria de libro, venga a tragarme sus confidencias sobre el dolor del niño que hay en ti y al que hay que empezar por consolar si no quieres convertirte en la presa ideal de manipuladores y peenes, y venga a…
—¿Peenes?
—Perversos narcisistas.
—Ah, vale…
… Y venga, y te invito a otra consumición, y mira por dónde la niña tonta que hay en ti elige siempre las galletas más caras, y yo que no me atrevo a sacar mis tickets-restaurante para no pasar por un paleto, y venga a echarte más piropos, y venga a hacerte reír, y venga a hacerte sonreír, y venga a hacerte soltar la lagrimita (sí, mi madre se murió en Navidad, y he venido a llevar flores a su tumba…, sí, es triste…, sí, un ramo de lilas…, le gustaban mucho…, sí, se marchitan enseguida, pero la intención es lo que cuenta…, y sí, eres tonta de remate pero qué buena estás, y sí, yo soy estúpido pero buen chaval), y ahora voy y te toco el brazo, y ahora voy y te coloco un mechón detrás de la oreja, y ahora voy y finjo caer rendido a tu embrujo, y ahora voy y hasta tartamudeo, sí, hasta tartamudeo de emoción, ¿te das cuenta? Pero…, pero ¿eres tú la manipuladora o qué? Oye, que me estás embrujando por completo… Tendrás que prestarme tu libro para ayudarme a salir de esta, ¿eh? Anda… Porfa. Si nos casamos algún día, lo pones en tu ajuar, ¿vale? Qué guapa eres… ¿Cómo has dicho que te llamabas? ¿Justine? ¿Como la del marqués de Sade? No. Nada, olvídalo. Qué guapa eres, Justine. ¿Te vienes? ¿Nos vamos? No, a mi casa no, todavía no, a nuestros asientos.
¿Por qué te paras aquí?
Ah, ¿que tienes que hacer una llamada? ¿A quién? ¿A Pronovias? No, a tu novio.
¿Cómo?
A tu novio.
Ah, vale. Bueno, pues nada, yo ya me voy entonces. ¿Aun así me das tu teléfono, princesa? Podríamos… Podríamos quedar como amigos.
Me cagüen todo.
Vuelvo a mi asiento como ayer en la playa: calado, aturdido, zarandeado por las olas; con mi vejez bajo el brazo y el rabo entre las patas.
Joder… Con lo buena que estaba.
Y lo necesitado de cariño que estaba yo…
Sobre todo esta noche…
Al fin y al cabo, había casado a mi novia con otro, joder.
Mi pietà de Delacroix se había dormido a su vez.
Volví a sentarme delante de ella y la observé a contraluz.
Me recordaba a Lisbeth Salander, la protagonista de Millennium.
Se las había apañado ella solita para afearse con todos esos clavos y ese atuendo de artista gótico-punk, pero dormida parecía una niña.
Una muñequita dormida. El sueño de un peene.
Intentaba retocarla con el pensamiento, lavándole la cara, quitándole los clavos y los piercings, destiñéndola, cortándole el pelo, desvistiéndola y vistiéndola de nuevo, borrándole los tatuajes e hidratándole las manos.
Reparándole el chasis, extendí bien el lienzo y humedecí las cerdas del pincel antes de mojarlas en un vasito.
Retocaba su retrato.
Joooodeeeer… Las tonterías que puedo llegar a decir.
Y cuánto tardaba en volver la otra petarda. ¿Le estaría hablando a su novio de mí?
¡Tacháaaan! Había llegado la hora de mi revancha.
¿Sabes, cariño?, acabo de conocer a alguien, tenemos que hablar de esto sin falta porque la pequeña Justine que hay en mí tiene mucho mucho miedito de perder el chupete…
O si no igual le estaba hablando de mí a una de sus amigas de Niza… Que sí, tía, te lo juro… Tal cual, en la cafetería del tren… Sí, sí, justo donde el desfibrilador de la pared… Sí, sí, como te lo cuento, tía… Un parisino superguapo… Visa Premier, camisa blanca, superbronceado… Y encima huérfano, tía, qué fuerte. El tío estaba que se le caía la baba conmigo… Lo tengo en el bote, jijijí… ¿El qué? ¿Que si le he dado mi número? Pero, tía, ¿tú estás loca?… Con los parisinos hay que tener mucho cuidado… Jijijí.
Jijijí. Acunado por la resaca infinita de mi estupidez, volví a quedarme dormido.
4
—¡Eh, eh! ¡Marchar ya! ¡Bajar de tren ya! Si no, ¡a cocheras, a cocheras!
Un limpiador negro (huy, no, perdón: un empleado de color, un técnico de limpieza, no sé cómo llamarlo sin que me tomen por un blanquito racista, un primo de la linda Lilí, oriunda del pueblo somalí, digamos, que tampoco es que sea muy políticamente correcto, pero al menos me permite hacer alusión a una canción de Pierre Perret que le gustaba mucho a mi madre y que se encargó de transmitir a generaciones y generaciones de niños, a una edad en la que la maestra siempre tiene la razón y todo se aprende de memoria y sin prejuicios).
Bueno, rectifico:
—Oiga, oiga…, despierte. Ha llegado a París.
Ay, qué mal me encontraba. Ay, qué frío tenía. Ay, qué oscuro estaba todo. Y, ay, qué solo en el mundo me sentía en ese vagón fantasma.
El ruido de las aspiradoras me perforaba los tímpanos, hice una mueca, suspiré, me froté las mejillas, ásperas como papel de lija, me desperecé y, cuando me disponía a salir de ese maldito asiento de cuatro, reparé en una hoja de papel que había sobre la mesa.
Era una hoja arrancada de un bloc. Era un dibujo. Era yo.
Era yo sonriendo dormido.
Era yo dando las gracias a Nathan, a Patoche, a Momo, a Arthur, a Camille y a todos mis amigos por estar vivos.
Por seguir vivos.
Y qué guapo salía… Perdón, qué bonito era el retrato. Era tan bonito que apenas me atrevía a reconocerme.
Pero sí. Era yo. Un yo feliz. Un yo al que no veía desde hacía siglos. Un yo que no era tan viejo en realidad. Ni tan estúpido. Ni estaba tan vapuleado. Un yo auténtico. Un yo bello. Un yo a mano alzada. Un yo que le había gustado, breve pero intensamente, el tiempo de esbozarme, al autor del retrato.
Y, debajo de esa aguada de tinta china, con una letra muy bonita, elegante y armoniosa, esta leyenda:
Vivimos una vida, soñamos otra, pero la verdadera es la soñada.
No sé por qué pero se me quitó el pedo de golpe. Se me desplomó encima una losa de tristeza. No sé por qué. Quizá de verme tan tonto en ese espejo…
Cogí mi regalo y me fui.
5
Era un tren doble, el andén se extendía sin fin ante mí, había anochecido, añoraba ya mi tierra y nadie me esperaba en ningún lugar.
Caminé largo rato hacia la luz mortecina de la estación de Montparnasse, palpándome todos los bolsillos en busca de las puñeteras llaves.
Al borde de las lágrimas.
La resaca, seguramente.
La resaca. El cansancio.
Me picaban los ojos, esos ojos que no veían nunca nada, esos ojos que lo perdían siempre todo, esos ojos de lisiado.
Tragué saliva.
Siempre lo hago.
La famosa técnica del submarinista resfriado.
6
—¿No serán tuyas, por casualidad?
Al final del andén, ya cerca del vestíbulo, una de las chicas del asiento de cuatro extendió el brazo, haciendo tintinear un manojo de llaves.
¿Cuál de las dos?
Pues ¡la que vosotros queráis, amigos míos!