Esa mañana poco antes de las diez me vibró el móvil contra el pecho. Noté el zumbido, pero no hice caso porque estaba agachado delante de un muro, examinando la evolución de una fisura.
Con la rodilla apoyada en el casco de obra, intentaba comprender por qué en un edificio de vivienda colectiva (EVC) totalmente nuevo no viviría nunca nadie.
La aseguradora del estudio de arquitectura que lo había diseñado me había designado como perito, y estaba esperando a que mi asistente terminara de leer los resultados de las sondas que habíamos puesto en esa misma grieta hacía cuatro meses.
No voy a entrar en detalles ahora mismo porque sería demasiado técnico, pero la situación era delicada. Nuestra empresa llevaba más de dos años volcada en ese tema, y había en juego una cantidad muy importante de dinero. Una cantidad muy importante, la reputación de tres arquitectos, dos aparejadores, un promotor inmobiliario, un experto en excavación, un constructor, un capataz de obra, dos ingenieros consultores y un diputado-alcalde.
Había que determinar la «tendencia del desastre», como decimos nosotros eufemísticamente en nuestra jerga, y, en función del término que decidiera hacer constar en mi futuro informe, a elegir entre desplazamiento, corrimiento o inclinación (y todos sus corolarios), se fijaría por fin no el importe —una sutileza esta que no era de mi competencia—, sino los nombres del emisor y el receptor de la factura pendiente.
Lo cual viene a decir que no estaba solo esa mañana ante un edificio recién levantado y ya moribundo, por lo que mi teléfono ya podía vibrar y vibrar.
Y de hecho volvió a hacerlo. Tembló de nuevo dos minutos más tarde. Irritado, me llevé la mano a la chaqueta. Nada más amordazarlo, el de François, mi asistente, tomó el relevo. Los timbrazos sonaron un buen rato, unos seis o siete, dos veces seguidas, pero François estaba ocupado en una plataforma suspendida a diez metros del suelo, y el pesado que buscaba contactar con él acabó por colgar.
Yo reflexionaba, suspiraba, pasaba la mano por esa maldita fisura, la tercera que había aparecido en la fachada desde el inicio de nuestras investigaciones, la rozaba con las yemas de los dedos como si se hubiera tratado de una herida humana. Con el mismo sentimiento de impotencia y el mismo delirio vagamente cristológico.
«Muro, ciérrate.»
Odiaba la situación que estaba viviendo. Sentía que ese encargo era demasiado para mí, para nosotros, mi socio y yo, demasiado pesado, demasiado difícil y sobre todo demasiado arriesgado. Fuera cual fuera el contenido de mi informe, y aunque el desenlace de este asunto dependiera, en definitiva, de un intenso manejo entre abogados, en el que las fisuras, las armazones y los cimientos más alarmantes terminan siempre por cifrarse de manera extrajudicial, yo sabía que el mero hecho de emitir mi dictamen, nuestro dictamen, nos granjearía la enemistad de toda una parte de nuestro sector de actividad.
Si se salvaba la reputación de los arquitectos, perderíamos la clientela del promotor y del constructor incriminados, y si se consideraba responsables a los arquitectos, tardarían meses (o años) en pagarnos y perderíamos algo más valioso todavía que el desahogo económico: la confianza.
La confianza en ellos, en nosotros mismos y, de rebote, en nuestra profesión. Pues si se verificaba su culpabilidad, sería la prueba de que nos habían mentido desde el principio.
Dudamos mucho antes de aceptar ese encargo, y si lo hicimos fue porque apreciábamos a esa gente. A esa gente y su trabajo. Nos embarcamos, con todos los riesgos que ello implicaba para nosotros (tuvimos que invertir en máquinas extremadamente costosas), porque siempre creímos en su buena fe.
La prueba de que hicimos mal sería también, para mi socio y para mí al menos, un terrible desastre.
Y resulta que esa mañana, y por primera vez desde el inicio de ese trabajo de peritaje, empezaba a tener dudas. Es inútil explicar ahora por qué, sería, repito, demasiado técnico, pero estaba anormalmente nervioso. Había dos o tres detalles que me irritaban, y una pequeña idea insidiosa empezaba su labor de zapa en mi mente. Exactamente como esas termitas o esos escarabajos longicornios a los que perseguíamos en nuestros peritajes, una pequeña idea xilófaga.
Por primera vez desde el inicio de nuestra investigación y de los cientos de horas que había dedicado a esa cuestión, sentía que algo maligno empezaba a roerme por dentro: ¿de verdad nos habían contado toda la verdad los arquitectos?
(Este preámbulo es muy largo, pero lo considero importante a la vista de lo que me dispongo a relatar. Todo está en los cimientos. Me lo ha enseñado mi profesión.)
Estaba dándole vueltas a esa idea, cuando uno de los arquitectos precisamente se acercó a mí alargándome su teléfono.
—Su mujer.
Antes incluso de oír su voz supe que era ella quien intentaba dar conmigo desde hacía un rato, y antes incluso de oír lo que tenía que decirme ya me puse en lo peor.
Es increíble la velocidad asombrosa a la que giran, piñonean, se desencadenan y se alarman los engranajes del cerebro. Antes incluso de pronunciar esas dos pequeñas sílabas, [di] [ga], dio tiempo a que desfilara ante mis ojos una sucesión de imágenes mentales a cual más morbosa, y no me cupo duda, en el momento en que cogí el teléfono, de que había ocurrido algo grave.
Horribles milésimas de segundo. Horribles sacudidas sísmicas. Fisura, falla, brecha, grieta, lo que sea, pero en ese instante el corazón se resiente para siempre.
—El colegio —me dijo con un hilo de voz—, el colegio de Valentin. Me han llamado. Hay un problema. Tienes que ir.
—¿Qué problema?
—No lo sé. No han querido decírmelo por teléfono. Quieren que vayamos.
—Pero ¿le ha pasado algo al niño?
—No, ha hecho algo.
—¿Algo grave?
Mientras le hacía esta pregunta sentí que mi corazón volvía a latir. No le había pasado nada al niño, lo demás ya no podía tener importancia. Lo demás ya no existía, y volví a examinar mi muro.
(Y no es hasta esta noche, cuando escribo estas palabras: «y volví a examinar mi muro», cuando me doy cuenta de hasta qué punto este peritaje me ha hecho perder la cabeza.)
—Seguramente. Si no, no nos convocarían así. Pierre, tienes que ir…
—¿Ahora? No. No puedo. Estoy ocupado con la obra Pasteur y no puedo irme ahora. Estamos esperando unos resul…
—Mira —me cortó ella—, llevas dos años amargándonos la vida con esa obra, sé que es difícil, y nunca te he echado nada en cara, pero yo ahora te necesito. Estoy hasta arriba de consultas, no puedo anular las citas, y además tú estás más cerca. Tienes que ir.
Bueno. No voy a entrar en los detalles del problema porque esto también sería demasiado técnico, pero conocía a mi mujer lo bastante como para saber que cuando emplea ese tono, hay que responder:
—Vale. Voy.
—Luego me cuentas, ¿eh?
Parecía de verdad preocupada.
Parecía tan preocupada que me contagió su inquietud, y me limité a decir a los presentes que mi hijo pequeño tenía un problema y que volvería lo antes posible. Sentí una corriente hostil de incomprensión. Pero nadie se atrevió a decir nada. Incluso para esos tiburones, un hijo seguía siendo un poquito más importante que un saco de cemento.
Desde lo alto de su plataforma, François me hizo un gesto de calma. Un gesto que venía a decir: No te preocupes. Yo me encargo. Un gesto magnífico en tales circunstancias. Magnífico.
La directora en persona se había desplazado hasta la puerta de la escuela primaria Victor-Hugo, en la que han cursado o cursan sus estudios nuestros tres hijos. No me saludó, no me sonrió ni me estrechó la mano. No dijo más que: «Sígame».
La conocía. Siempre cambiábamos algunas palabras en las celebraciones escolares, las reuniones de profesores o las excursiones pedagógicas, y hasta trabajé gratis para ella hacía unos años cuando ampliaron el comedor del colegio. (El «restaurante escolar», había que llamarlo ahora.) No habíamos tenido ningún percance, y yo pensaba que nos llevábamos bien.
Cuando bordeábamos el nuevo edificio, le pregunté si todo seguía bien a ese respecto, pero no me contestó. O no me oyó. Su rostro no mostraba cordialidad ninguna, andaba deprisa y tenía los puños cerrados.
Notarla tan hostil me hizo retroceder casi cuarenta años. Volví a sentirme como el niño avergonzado que sigue a la directora en silencio preguntándose cuál será su castigo y si avisarán a sus padres. Una sensación de lo más desagradable, podéis creerme.
Muy desagradable y muy curiosa.
Muy desagradable en lo que me concernía pues, más que una sensación, era una reminiscencia —había sido un alumno revoltoso, y fui ese niño al que arrastran de la oreja y cruza el patio del recreo como quien va al matadero—, pero muy curiosa en el caso de mi hijo Valentin, pues él, por el contrario, era un niño de lo más dócil y tranquilo.
¿Qué habría hecho entonces?
Por segunda vez esa misma mañana me hallaba ante un misterio que me superaba. ¿En qué había fallado mi hijo de seis años para que su pequeño mundo, el del colegio en todo caso, presentara de este modo signos precoces de desplazamiento, corrimiento o inclinación?
Nada me habría extrañado viniendo de sus hermanos, pero ¿de él? ¿Castigado él, que siempre ha venerado a sus profesoras, cuyos cuadernos siempre están impecables, que regala gustoso sus juguetes y que cuando va de vacaciones a casa de mis suegros prefiere corretear el día entero por el borde de la piscina para salvar a los insectos que se ahogan antes que bañarse él?
Mi regalo de hijo, como suelo llamarlo, porque lo es, literalmente. Sus dos hermanos ya eran mayores, Thomas tenía ocho años, y Gabriel, seis, y cuando Juliette, su madre, me preguntó qué quería de regalo de Navidad, le contesté: un bebé. No llegó en Navidad por poco, y como nació a mediados de febrero, lo llamamos Valentin.
Lo llamamos Valentin, y fue una maravilla de bebé.
¿Cómo había podido mi regalo de hijo, con apenas seis años, poner así a la directora del colegio? Estaba de lo más perplejo.
Su despacho se encontraba en la primera planta del edificio principal. Me precedió y me indicó con un gesto que la siguiera, sin dignarse mirarme.
Entré.
—Cierre la puerta —me ordenó.
Si hubiera tenido un medidor de tensión a mano, creo que me habría electrocutado. No era una reunión, era un campo electromagnético.
Había allí un hombre de semblante sombrío que contestó a mi saludo con un ínfimo gesto de la cabeza, una mujer tan atacada que le faltaba el aire para devolverme el saludo, un niño en silla de ruedas, su hijo probablemente, que no levantó los ojos hacia mí, ocupado como estaba en rasparse una mancha imaginaria de la rodilla del pantalón y, frente a todos ellos, solo, de pie delante de la ventana, mi Valentin.
Estaba a contraluz y se miraba los pies.
—Valentin va a explicarle por qué lo he convocado urgentemente esta mañana junto con los padres de Maxime —anunció la directora, dirigiéndose a mi hijo.
Silencio.
—Valentin —repitió—, ten al menos el valor de decirle a tu padre lo que has hecho.
El padre de Maxime miraba a mi hijo con expresión severa, la madre de Maxime movía la cabeza, indignada, triturando las llaves del coche, Maxime miraba por la ventana, y Valentin seguía mirándose los pies.
—Valentin —le dije con dulzura—, dime lo que has hecho.
Silencio.
—Valentin, mírame.
Mi hijo obedeció, y entonces descubrí un niño al que nunca había visto. Ya no era un niño, era un muro. Su rostro era un muro, y ese muro era mucho más sólido que los que me ocupaban el pensamiento media hora antes. Una muralla que horadaban dos grandes ojos claros. Un contrafuerte.
No dejé traslucir nada, naturalmente, pero en mi fuero interno sonreía. Estaba muy lindo con su carita de joven soldado arrastrado ante un tribunal militar. No, no estaba lindo, estaba bello.
Tan bello, tan tranquilo, tan pálido… Un busto. Un busto de mármol blanco.
—Valentin —repitió la directora—, no me obligues a decirlo yo, por favor.
La madre de Maxime dejó escapar un hipido, y ese hipido me irritó. ¿Qué pasaba ahí? Que yo supiera, su hijo estaba vivo, ¡y no creía yo que fuera el mío quien lo había condenado a esa silla de ruedas! Me disponía a intervenir, a manifestar mi irritación, cuando mi niño, decidido a confesar —nunca se lo agradeceré lo suficiente—, me salvó del ridículo ante esa asamblea llena de furia y tristeza.
—Le he pinchado a Maxime una rueda de la silla… —soltó en un susurro.
—¡Exactamente! —replicó la directora con aire satisfecho—. Le has pinchado una rueda de la silla a tu compañero de clase con la punta del compás. Eso es exactamente lo que has hecho. ¿Estás orgulloso?
Silencio.
El silencio de un niño de seis años conocido hasta entonces por su bondad viene a ser una confirmación, y si asumía así su gesto, lo mínimo que cabía hacer era llevar a cabo una pequeña investigación.
Ojo, no digo que estuviera dispuesto, ya entonces, a tapar o a perdonar las faltas de mis hijos, pero mi profesión consiste en investigar para determinar las responsabilidades de unos y otros en el seno de un litigio, y para mí era importante ese peritaje preliminar antes de averiguar las causas del siniestro.
No estaba protegiendo a mi hijo, sino aplicando la ley. Estaba aplicando la ley y me comportaba de manera tanto más escrupulosa a ese respecto cuanto que, esa mañana, tenía con la verdad una relación extremadamente minuciosa.
Llevaba meses estresado, hacía meses que me maltrataba, que me vapuleaba una gente que jugaba al ratón y al gato con la realidad, y tenía una gran necesidad, en lo que a mí mismo atañía, de la mayor claridad.
—¿Estás orgulloso? —volvió a preguntarle la directora.
Silencio.
La directora se volvió hacia los padres de Maxime, alzando los brazos al cielo en un gesto de exasperación.
Aliviados por la confesión de Valentin así como reconfortados por el respaldo indefectible de la Autoridad, el padre de Maxime se incorporó, y su madre guardó las llaves del coche.
La tensión disminuyó en varios miles de voltios, y todos sentimos que ya era hora de pasar a cuestiones más serias, a saber: la sanción. ¿Qué pena sería lo bastante dura para tan cobarde gesto? Pues convendremos todos, damas y caballeros del jurado, que no hay nada peor en el mundo que arremeter contra un pobre niño inválido e indefenso, ¿verdad?
Sí, sentía que el ambiente se distendía, y no me gustaba la naturaleza de esa distensión. No me gustaba porque colmaba las grietas con excesiva rapidez. Conocía a mi hijo, conocía sus cimientos y sabía de qué pasta estaba hecho, no tenía motivo alguno para cometer un gesto así sin razón.
—¿Por qué lo has hecho? —le pregunté, dirigiéndole una sonrisa invisible oculta en las cejas de unos ojos aparentemente severos.
Silencio.
Estaba desconcertado. Sabía que mi hijo había reconocido mi expresión auténtica de falso papá enfadado, entonces ¿por qué no se quitaba esa malvada máscara? ¿Por qué no confiaba en mí?
—¿No quieres decirlo?
Negó con la cabeza.
—¿Por qué no quieres decirlo?
Silencio.
—¡No quiere decirlo porque está avergonzado! —afirmó la madre de Maxime.
—¿Estás avergonzado? —repetí con dulzura, sin dejar de sostenerle la mirada.
Silencio.
—Bueno, miren… —suspiró la directora—, no voy a robarles más tiempo con un asunto tan lamentable. Los hechos están ahí, y son inexcusables. Si Valentin no quiere hablar, peor para él. Será castigado, así tendrá tiempo de reflexionar sobre su comportamiento.
Suspiros de regocijo en la sala.
No aparté los ojos de mi hijo. Quería comprender.
—Vuelve a tu clase —le ordenó la directora.
Cuando se dirigía a la puerta, lo llamé:
—Valentin, ¿no quieres decirlo o no puedes?
Se quedó inmóvil. Silencio.
—¿No puedes decirlo?
Silencio.
—¿No puedes decirlo porque es un secreto?
Y, entonces, al asentir por primera vez, el movimiento de su nuca permitió que los dos lagrimones atrapados entre sus pestañas se liberaran por fin y resbalaran por sus mejillas.
Oh… Me derretía de ternura. Cuánto me habría gustado en ese momento arrodillarme delante de él y abrazarlo con fuerza. Abrazarlo con fuerza y murmurarle al oído: «Está bien, mi vida, está bien. Tienes un secreto que guardar y lo estás haciendo, incluso bajo amenaza. Estoy orgulloso de ti, ¿sabes? No sé por qué has hecho esto pero sé que tienes tus razones, y con eso me basta. Sé quién eres. Confío en ti».
No me moví, naturalmente. No por temor a disgustar a la directora ni por respeto al pudor de mi hijo, sino por respeto a los padres de Maxime. Por respeto a un dolor que nada tenía que ver con esa estúpida historia de la rueda pinchada. Por respeto a esas personas a las que tanto les habría gustado también arrodillarse a los pies de su niño y abrazarlo.
No me moví, pero volvió a imponerse mi deformación profesional. Se me antojó, en ese preciso instante, que para ellos, para mí, para Valentin, para Maxime y para la institución escolar en sí, representada aquí por la directora, era hora de proceder a un enésimo informe de peritaje.
Sí, era mi deber «definir las medidas conservadoras necesarias para garantizar la seguridad de la obra o para evitar una agravación de los daños», por lo que le puse la mano en el hombro a mi hijo para impedir que saliera del despacho y, reteniéndolo así contra mis piernas, me volví para colocarnos ambos frente a los padres de Maxime.
Los miré y les dije:
—Miren, no voy a defender a mi hijo. Lo que ha hecho no es muy inteligente. De hecho, me va a ayudar a arreglar la travesura, porque tengo un kit de parches en el maletero del coche y voy a aprovechar para enseñarle, para enseñarles a ambos —dije, dirigiéndome a Maxime—, cómo reparar un neumático. Siempre es bueno saberlo y podrá serles muy útil en la vida. Así que olvidemos esto. Esta historia de rueda pinchada no tiene ningún interés. Lo que sí es muy importante, en cambio, y sé que lo que me dispongo a decirles puede resultarles chocante, pero lo creo de veras, es que esta mañana Valentin se ha portado bien con su hijo. Se ha portado bien porque no ha hecho ninguna diferencia entre ellos dos. ¿Y saben por qué? Pues supongo que porque él no ve ninguna. Para Valentin, Maxime no es ni débil ni vulnerable. Es un niño como los demás exactamente, y por ende tiene que someterse a la misma dura ley del patio de recreo que los demás. No ha hecho ninguna discriminación, ni siquiera ninguna discriminación positiva, como decimos nosotros los adultos, que siempre buscamos discriminarlo todo. No, lo ha tratado como a un igual. Por razones que desconocemos, y está bien así porque los secretos de los niños son sagrados, Valentin ha tenido que portarse así con su hijo. Si hubiera podido, lo habría zarandeado, le habría puesto la zancadilla, le habría dado un golpe en el hombro, qué sé yo, pero como no podía, la ha tomado con su silla de ruedas. Ha sido hábil por su parte, y legítimo. Más aún: es sano. Nuestros hijos se tratan en pie de igualdad, y hacemos mal nosotros —y ahí me volví hacia la directora— en otorgar tanta importancia a un hecho tan banal. Si Valentin se hubiera peleado con otro niño en el patio, ¿habría convocado usted a los padres, simulando una especie de estado de urgencia? —la interrogué—. No. Por supuesto que no. El adulto que los vigilaba en el patio los habría separado, y ya está. Pues esto es lo mismo. Era una simple zancadilla, ni más ni menos.
Y, volviéndome de nuevo hacia los padres de Maxime:
—… Se lo repito, no disculpo a mi hijo, no lo disculpo, yo también quiero que reciba un castigo por esto, pero sostengo que, lejos de humillar al suyo, al pincharle la rueda le ha mostrado respeto.
Porque tenía mucha prisa por volver al trabajo y porque me irritaban todos, esos viejos que nunca entienden a los niños porque han olvidado completamente su infancia, no esperé a que comentaran mi larga parrafada y proseguí con mi labor de apuntalamiento.
—Díganos dónde encontrar un barreño con agua —le dije a la directora—, y tú, Valentin, empuja despacio esa silla sin aire y sígueme hasta el aparcamiento.
Mientras unos y otros se despabilaban, todavía algo aturdidos por mi diagnóstico sobre el terreno, cogí al pequeño Maxime por las axilas para llevarlo hasta mi lección práctica.
Apenas pesaba, lo levanté como si nada, y fui yo, en ese preciso instante, sí, fui yo, y de lejos, de los cuatro adultos presentes en ese despacho, el que se quedó más aturdido.
Tuve entonces un momento de vértigo como nunca antes en mi vida. Casi me tambaleé.
No, perdón, no bajemos la guardia, vértigo no es el término apropiado. Al levantar a ese niño de seis años no tuve un momento de vértigo, sentí una tristeza tan grande que la fuerza de esa tristeza me desequilibró.
¿Por qué ese corrimiento cuando hacía apenas un minuto me mantenía tan erguido en mis zapatos como en mis convicciones y sermoneaba a mi audiencia con tan arrogante oratoria?
Porque…
Porque tengo tres hijos. Porque en estos últimos quince años habré levantado a un niño en brazos cientos de veces. Cientos y cientos de veces.
Porque, y todos los adultos que han hecho a menudo ese mismo gesto me entenderán, si hay algo dulce, tranquilizador, que da seguridad, sí, eso es, que da seguridad —y sabe Dios que ese es mi terreno, las estrategias de securización y de refuerzo de los muros de carga— tanto al alma como al cuerpo cuando se coge a un niño en brazos es desde luego el reflejo «koala».
Supongo que, como todos los jóvenes mamíferos, en cuanto se los coge en brazos los niños suben las piernas para rodearnos la cintura con ellas. Lo hacen sin pensar. Siempre. Es un reflejo. En cuanto les alargamos los brazos, de inmediato su inteligencia de vida les permite arrimarse a nosotros para así, de paso, resultarnos mucho más ligeros.
Maravillosa naturaleza.
Maravillosa naturaleza, sí, pero tan incoherente que permite a unos lo que a otros les niega: el pequeño Maxime y sus piernas muertas pesaron más que yo.
No me lo esperaba.
En ese instante dejé de ser el perito imbécil que todo lo sabe y que elucubra a diestro y siniestro, me rodeé el centro de gravedad con las piernas de ese niño cogiéndolas por abajo, me despedí de la directora y propuse humildemente a sus padres que me siguieran hasta el aparcamiento.
Si había que poner un parche, mejor hacerlo juntos, sería más divertido.
Y lo fue. El padre de Maxime se llamaba Arnaud, y su madre, Sandrine. No estaban contrariados sino cansados.
Como ya no quería privarme del calor del abrazo de su hijo —por el deseo inconsciente, supongo, de expiar mi irritación y mi sermón de antes, así como la presencia en el mundo de mis tres hijos sanos—, fue Sandrine quien encontró un recipiente con agua, y Arnaud quien desmontó la rueda. Él también se encargó de enseñar a los niños cómo localizar un agujero en una cámara de aire acechando la aparición de las burbujas y lo importante que era limar y limpiar bien la goma antes de pegar el parche.
Mientras tanto yo servía a la vez de grúa, de gancho, de carretilla elevadora y de plataforma articulada a un niño devorado por la curiosidad.
Me encantó mi papel. Hacía tiempo que no me sentía tan útil en el tajo.
Por falta de tiempo no pude aceptar el café al que Arnaud y Sandrine quisieron invitarme después, pues me esperaban mi fisura y mis sondas, pero nos despedimos sin rencores y más contentos, mientras Maxime y Valentin volvían a clase.
Maxime impulsaba él mismo las ruedas de su silla, y Valentin caminaba a su lado.
Estuve a punto de gritarle: «¡Pero empújalo tú, hombre!», pero me contuve.
Un poco de lógica, señor perito, un poco de lógica.
—183 milímetros en la G1, 79 en la G2, 51 en la universal y 12 en el eje —me anunció François cuando recién acababa de poner fin a la llamada y aún no me había guardado el teléfono (y, con él, toda la angustia de Juliette) en el fondo del bolsillo.
Al ver que me quedaba callado, añadió:
—¿Te sorprende?
Tenía abierto el portón trasero de su furgoneta y, cómodamente sentado sobre un bidón, tecleaba en su portátil, colocado en el maletero delante de él.
—¿No te sorprende? —se asombró, mientras yo volvía a mirar la fachada norte del residencial Los Olmos.
Ese magnífico proyecto inmobiliario de cincuenta y nueve apartamentos vacíos para su entrega «llave en mano» —se leía en el cartel de cuatro metros por tres que tenía justo enfrente— en julio del año anterior.
—Me… —murmuré.
—¿Qué has dicho?
Me indicó con un gesto que el casco no le dejaba oír bien.
—¿Cuánto te queda?
—Ya casi he terminado.
—Pues lo terminas luego. Vamos a comer. Ya no tenemos tanta prisa.
A decir verdad, nunca habría tratado de enterarme del secreto de Valentin, y probablemente nunca lo habría llegado a saber de no ser porque Léo, el mejor amigo de mi hijo Thomas, tenía también una hermanita de seis años.
Esta hermanita se llamaba Amélie y hablaba por los codos.
Le había contado a su hermano la «tremenda travesura» de Valentin: una travesura de la que se había enterado el colegio entero, que había sido el único tema de conversación de todos los alumnos y los adultos presentes ese día y que, huelga decir, permanecería en los anales de ese pequeño patio de recreo por los siglos de los siglos. Amélie hablaba mucho, y esa misma noche, cuando estábamos cenando, Juliette y yo oímos lo siguiente:
Gabriel: Oye, Vava…
Valentin: ¿Qué?
Gabriel: ¿Es verdad que hoy le has pinchado la rueda de la silla a un chaval de tu clase?
Valentin: Sí.
Risotadas de sus hermanos mayores.
Thomas: ¿Qué pasa, te has creído que estabas jugando al Mil Kilómetros o qué?
Risotadas otra vez.
Gabriel: ¿Con qué se la has pinchado? ¿Con una chincheta?
Valentin: No.
Thomas: ¿Con un clavo?
Valentin: No.
Gabriel: ¿Con qué entonces?
Valentin: Con mi compás.
Sonoras carcajadas.
Thomas: ¿Por qué? ¿Qué te había hecho?
(Y ahí reconocí la sabiduría de los niños: primero, las sillas de ruedas no eran dignas de respeto per se, y segundo, en el patio de recreo las jugarretas siempre ocurren por una razón.)
Silencio.
Gabriel: ¿No quieres contárnoslo?
Silencio.
Thomas: ¿Te había insultado?
Silencio.
Gabriel: ¿Te había quitado el estuche ese imbécil?
Valentin (ofendido): No es ningún imbécil. Además, tiene todos los Ariol y todos los Kid Paddle.
Gabriel: ¿Ah, sí? Pues entonces dinos qué te había hecho…
Silencio, y nuestro pequeño Valentin de nuevo a punto de llorar.
Los hermanos mayores adoraban al menor. Para ellos también era un regalo, y verlo así, tan triste y al borde del llanto, los conmovió profundamente.
Gabriel: Vava, dinos ya lo que te había hecho; si no, iremos nosotros a preguntárselo mañana mismo.
Valentin (a quien semejante amenaza terminó por fisurar de pies a cabeza): No… No puedo… decíroslo —sollozó— porque ma… má me va a regañar.
Juliette (divertida y conmovida) (pero sobre todo conmovida): No, venga. Puedes decirlo. Te prometo que no te voy a regañar.
Gabriel (triunfante): ¡Ah, ya está! ¡Ya lo tengo! ¡Es algo que tiene que ver con las cartas de Pokémon!
Valentin (devastado): Sí…
Esa historia de las cartas de Pokémon se había convertido en un tema muy delicado en casa, pues a Valentin (inoculado, formado, catequizado, convertido, adoctrinado e influido por sus hermanos) lo volvían loco, y ya lo habían castigado varias veces por culpa de ellas. Su madre le había prohibido estrictamente llevárselas al colegio, donde, de hecho, también estaban estrictamente prohibidas. (Y de pronto comprendí por qué se había mantenido estoico delante de la directora, prefiriendo ser castigado por cobardía antes que por desobediencia.)
Ante tamaña pena y tamaña rectitud moral, me permití por fin lo que me había prohibido esa misma mañana: me levanté de la mesa y fui hasta mi hijo para abrazarlo.
Estaba en mis brazos con su olor a tiza, a inocencia, a cansancio, a champú de camomila y a desesperación de niño. Estaba en mis brazos con su boquita húmeda y sus patas de koala rodeándome la cintura y, desde lo alto de su papá, les dijo a sus hermanos entre hipidos:
—Me…, me…, me min… mintió… Me cam… cambió u… una carta su… superespecial por u… una p… porra de carta…, haciéndome creer que… que era u… una le…, una legendaria…
—¿Cuál te cambió? —preguntó Gabriel imperturbable.
—Mi Heracross EX de 220 p. v.
—Pero ¡estás loco! —exclamó Thomas—, ¡esa no se puede cambiar nunca, hombre!
—¿Cuál te dio él a cambio? —prosiguió Gabriel.
—Jigglypuff.
Silencio. Los dos mayores se quedaron noqueados. Tras unos segundos de estupefacción total, Thomas repitió, incrédulo:
—¿Jigglypuff? ¿¿¿El canijo Jigglypuff birrioso de 90 p. v.???
—Sí… —sollozó Valentin con más fuerza que antes.
—Pero… Pero… —se medio ahogaba Gabriel de pura indignación—, no hay más que ver a Jigglypuff para darse cuenta de que es una birria. Es rosa y cursi. Parece un peluche de niña.
—Sí, pero…, pero me dijo que…, que era un Po…, Po…, Pokémon legendario.
Thomas y Gabriel estaban anonadados. Cambiar un Heracross EX por un Jigglypuff era ya vergonzoso en sí, pero hacer tamaña fechoría asegurando que se trataba de un Pokémon legendario era decididamente la más ruin, la más abyecta de todas las infamias toleradas en un patio de recreo. Yo miraba la cara de primos que se les había quedado y me reía con ganas. Dos mafiosillos timados por un Joe Pesci de seis años y medio.
Tras un minuto de silencio sepulcral durante el que no se oyó más que el ruido de los cubiertos, Thomas soltó, como una advertencia:
—Has sido demasiado bueno, Valentin. Te has pasado de bueno. Ese mentiroso se merecía que le pincharas las dos ruedas…
Un poco después, tras arroparlo en la cama, le pregunté:
—Dime una cosa, ¿qué es eso de p. v.?
—Puntos de vida.
—Ah…, vale…
—Cuantos más p. v. tiene tu Pokémon —añadió, sacando una carta de debajo del colchón y enseñándome el número indicado arriba a la derecha—, más fuerte es, ¿entiendes?
Sabía que no era en absoluto el mejor momento, pero no pude resistirme a preguntarle:
—¿Sigues teniendo la carta de Jigglypuff?
Su semblante se ensombreció al instante.
—Sí —gimió—, pero es una birria…
—¿Me la cambias? —le pregunté, apagando su lamparita.
—Oh, no…, no te la cambio, te la doy. Es demasiado mala. Pero ¿para qué la quieres?
—Me gustaría quedármela como recuerdo.
—¿Como recuerdo de qué? —me preguntó con un bostezo.
Valentin se quedó dormido antes de conocer mi respuesta, y menos mal porque no habría sabido qué decirle.
¿Qué habría podido responderle?
Como recuerdo de ti. Como recuerdo de mí. Como recuerdo de tus hermanos y de vuestra madre. Como recuerdo de este día.
Cuando conozco las respuestas, redacto informes.
Me paso las horas redactando informes, así es como me gano la vida.
Ahora son casi las tres de la madrugada, toda la casa duerme, sigo sentado a la mesa de la cocina y acabo de terminar mi primer informe de peritaje sin conclusión.
Solo quería dejar constancia de lo que he vivido hoy.
Mi familia, mi trabajo, mis preocupaciones, lo que aún me asombra y lo que ya no lo hace, mi ingenuidad, mis privilegios, mi suerte…
Mis cimientos.
Mis puntos de vida.