Un día ya no pudo subirse solo al camión. Ni siquiera hizo ademán de intentarlo. Se sentó delante del estribo y esperó a que yo me acercara. Eh, le dije, mueve el culo, caradura. Pero me miró de una manera que me hizo bajar la cabeza. Lo llevé en brazos hasta su sitio, y él se tumbó como si nada, pero a mí ese día se me caló al arrancar.
Solo estamos nosotros en la sala de espera. Empieza a dolerme el hombro de tenerlo abrazado sin apretar demasiado. Me acerco a la ventana para que vea la calle, e incluso ahora está claro que le interesa.
El muy cotilla…
Le acaricio la cabeza con la barbilla y le digo bajito:
—¿Qué voy a hacer yo sin ti, eh? ¿Qué voy a hacer yo sin ti?
Cierra los ojos.
Antes de venir he llamado por teléfono a mi jefe. Le he dicho que llegaría tarde para mi turno, pero que ya recuperaría el tiempo. Que siempre lo hago. Que lo sabe de siempre.
—¿Qué es lo que pasa?
—Un contratiempo, señor Ricaut.
—¿No será mecánico, no?
—No, no, se trata de mi perro.
—¿Qué le pasa ahora a ese chucho? ¿Se ha quedado atascado en el culo de una gallina esta vez?
—No, no es eso, es que… Tengo que llevarlo al veterinario porque ya es el final.
—¿El final de qué?
—De su vida. Y como no abren antes de las nueve, hasta que lo hagan y tal, llegaré tarde a la cochera. Por eso le llamo.
—Vaya, joder. Cuánto lo siento, Jeannot. Con lo que queríamos a tu perro… ¿Qué le ha pasado?
—Nada. No le ha pasado nada. Ya está viejo.
—Pues vaya. Va a ser otro golpe para ti. ¿Cuánto hace que tenías a ese perro?
—La tira de tiempo.
—¿Y qué debías hacer esta mañana?
—Garonor.
—¿Y qué era, mercancía de Deret?
—Sí.
—Mira, Jeannot, ¿sabes lo que te digo? Que te tomes el día libre. Ya nos apañaremos.
—Sin mí no podéis. El chaval está de vacaciones, y Gérard tiene el cursillo de los puntos.
—Anda, pues sí… Es verdad… Bueno, pero aun así nos vamos a apañar. Tu turno lo voy a hacer yo. Así me espabilo un poco. Hace tanto tiempo que no conduzco, ¡que no sé ni si me llegarán ya los brazos al volante!
—¿Está seguro?
—Que sí, hombre, no te preocupes. Tómate el día libre, te digo.
En septiembre del año pasado, cuando los piquetes, cuando las huelgas eran tan duras, me insultaron porque no quería unirme a los demás. Me preguntaron si me gustaba chupársela al jefe. Me acuerdo muy bien, eso lo dijo Waldek, y todavía hoy sigo pensando a menudo en esa frase. Pero no quería ir. No quería que mi mujer se quedara sola toda la noche, y la verdad es que ya no creía en ello. Se había acabado. Era demasiado tarde. Se lo decía a los compañeros, que el viejo Ricaut estaba a la cuarta pregunta, igual que nosotros, y que no quería ir a hacer el indio en los peajes mientras los de Geodis o los de Mory se quedaban con nuestros clientes. Además, y lo digo como lo pienso, siempre he tenido buena opinión de este hombre. Siempre ha sido un jefe como es debido. Y hoy también, con esto de que mi perro se va a morir, se está portando como es debido.
Digo «mi perro» porque no tiene nombre, si no, claro que diría otra cosa. Lo hice para quererlo menos, pero con eso, como con todo lo demás, quise ir de listo y al final acabé como un tonto.
Lo recogí una noche, en pleno mes de agosto, volviendo de Orleans. Fue en la nacional 20, un poco antes de llegar a Étampes.
Yo ya no tenía ganas de vivir.
Ludovic nos había dejado unos meses antes, y si yo aún estaba en este mundo, transportando material y piezas de recambio, es porque había calculado que necesitaba trabajar ocho años más para que mi mujer cobrara una pensión más o menos decente.
En esa época mi cabina era mi cárcel. Hasta me había comprado un pequeño calendario de esos que vas quitando una hoja tras otra, para tenerlo bien claro en la cabeza: ocho años, me repetía, ocho años.
Dos mil novecientos veinte días, y adiós muy buenas.
Ya no escuchaba la radio, ya no llevaba a nadie, ya no me gustaba charlar, y cuando volvía a casa era para encender la tele. Mi mujer ya estaba acostada. También es que en aquella época tomaba muchas pastillas.
Yo fumaba.
Me fumaba dos paquetes de Gauloises al día y pensaba en mi hijo muerto.
Apenas dormía, nunca me terminaba la cena, tiraba la comida y…, y quería que todo acabara. O que todo volviera atrás. Para hacer las cosas de otra manera. Para que su madre sufriera menos. Para que dejara por fin sus puñeteras escobas. Quería volver a un momento en el que aún hubiera sido posible que se largara de casa. Apretaba tanto las mandíbulas que una noche me partí un diente.
El médico del trabajo al que la empresa me obligó a ver para que me recetara antidepresivos (a Ricaut le daba miedo que hiciera una tontería al volante de uno de sus camiones) me dijo mientras me vestía:
—Mire, no sé exactamente qué lo matará. No sé si será la tristeza, el tabaco o el hecho de que no se alimente bien desde hace meses, pero lo que está claro es que si sigue como hasta ahora, pierda cuidado, señor Monati, pierda cuidado: no le queda mucho de vida.
No contesté. Necesitaba esa receta para Dany, la secretaria, así que le dejé hablar y luego me fui. Compré las pastillas para que todo estuviera en orden con la Seguridad Social y los seguros, y luego las tiré a la basura.
Yo no las quería, y me daba miedo que mi mujer se rematara con ellas.
De todas formas no había nada que hacer. Y estaba harto de médicos. Ya no podía ni verlos.
Se abre la puerta. Nos toca ya. Digo que he venido a que le pongan la inyección a mi perro. El veterinario me pregunta si quiero quedarme. Le contesto que sí, y se va a otra habitación. Vuelve con una jeringuilla llena de un líquido rosa. Me explica que el animal no va a sufrir, que para él será como quedarse dormido y… Déjalo, macho, me dan ganas de decirle, déjalo. Mi chaval también se fue antes que yo, así que déjalo.
Yo me puse a fumar como un carretero, y mi mujer no paraba de limpiar. El día entero y los siete días de la semana, no tenía otra cosa en la cabeza: limpiar la casa.
Todo empezó al volver del cementerio. Teníamos familia en casa, unos primos suyos que habían venido desde Poitou y, nada más terminar de comer, los echó a todos. Yo pensaba que era para estar tranquila por fin, pero no, cogió el delantal y se lo anudó.
Y desde ese día ya no se lo quitó.
Al principio, pensaba: «Es normal, así se distrae. Yo hablo poco, y así se entretiene. Cada cual lidia como puede con la tristeza. Ya se le pasará».
Pero me equivoqué. No se le pasó.
Hoy en nuestra casa se puede lamer el suelo si uno quiere. El suelo, las paredes, el felpudo, los escalones y hasta los sanitarios. No hay nada que temer, todo está empapado en lejía. Todavía no he terminado de rebañar el plato, y ya lo está enjuagando, y si se me ocurre dejar el cuchillo sobre el mantel, veo que le cuesta un esfuerzo no reñirme por eso. Me descalzo siempre antes de entrar en casa, y hasta la oigo golpear las zapatillas una contra otra en cuanto me doy la vuelta.
Una noche que me la encontré otra vez a gatas frotando las juntas de las baldosas, me irrité:
—¡Para ya de limpiar, maldita sea! ¡Para ya, Nadine! ¡Para! ¡Me vas a volver loco!
Me miró sin contestar y siguió frotando.
Le arranqué el estropajo de las manos y lo arrojé a la otra punta de la habitación.
—Te he dicho que pares.
Casi tenía ganas de matarla.
Se levantó, fue a buscar el estropajo y siguió limpiando.
A partir de ese día me fui a dormir al sótano, y cuando traje el perro a casa, decreté, sin dejarle tiempo para reaccionar:
—Vivirá abajo. No subirá. No lo verás nunca. Me lo llevaré conmigo en el camión.
A menudo, miles de veces incluso, quise coger y abrazarla o zarandearla como a una muñeca y suplicarle que parara. Suplicarle. Decirle que yo también estaba ahí y que era tan desgraciado como ella. Pero nunca pude: siempre había un aspirador o un cesto de ropa sucia entre nosotros.
A veces no tenía ganas de irme a la cama yo solo. A veces volvía tarde a casa, bebía y me quedaba dormido delante de la tele.
Esperaba que viniera a buscarme.
Pero nunca vino. Y acabé resignándome. Volvía a colocar los cojines y bajaba al sótano tambaleándome por la escalera.
Cuando todo estuvo tan limpio que ya no había ni una mota de polvo en ningún lado, fue a comprarse un Kärcher y se puso a limpiar las paredes y toda la mampostería de fuera. Por más que el vecino, que trabaja en la construcción, le diga que se va a cargar el enlucido, ella sigue y sigue.
Los domingos deja la casa en paz. Los domingos coge sus bayetas y todos sus bártulos y se va al cementerio.
No ha sido siempre así. Yo me enamoré de ella porque me ponía de buen humor. Mi padre me decía siempre: «Oh Nanni, tua moglie è un usignolo». Tu mujer es un pajarito cantarín.
Al principio, cuando estábamos juntos, os aseguro que las tareas del hogar le importaban bien poco. Bien poco.
Conducía demasiado rápido cuando vi a mi perro por primera vez. También es que los chivatos no eran tan precisos como ahora. Y había menos radares. Y todo me daba igual… Conducía un Scania 360. Uno de los últimos que tuvimos, me acuerdo. Debían de ser las dos de la madrugada, y estaba tan cansado que dejé la radio a todo meter para mantenerme despierto.
Al principio solo le vi los ojos. Dos puntos amarillos iluminados por los faros. Estaba cruzando la carretera, y di un buen bandazo para esquivarlo.
Estaba enfadado. Con él por el susto que me había dado, y conmigo mismo por conducir como un gilipollas. Primero, no tenía que correr tanto, y segundo, era un milagro que la cuneta estuviera a ras de carretera, porque si no me lo habría llevado todo por delante. Me avergonzaba de mí mismo. Seguí machacándome así durante varios centenares de metros, y luego me pregunté qué coño hacía ahí ese perro, a las dos de la madrugada en una nacional en pleno mes de agosto.
Otro más que se quedaba sin ver el mar…
Perros tristes había visto a punta pala desde que era camionero. Perros heridos, muertos, atados, locos, perdidos, cojos, perros que corrían detrás de los coches, pero nunca me había parado, claro. ¿Entonces? ¿Por qué con este sí?
No lo sé.
Para cuando me decidí, ya estaba lejos. Seguí conduciendo un rato en busca de un sitio donde dar la vuelta, pero como era demasiado estrecho, hice la maniobra más gilipollas de toda mi carrera: dejé el camión ahí, en plena calzada. Puse las luces de emergencia y me fui en busca del animal.
La muerte no puede ganar siempre.
Era la primera vez que tenía una idea en la cabeza desde que se me había ido el chaval. La primera vez que tomaba una decisión que me afectaba a mí personalmente. Aunque tampoco es que tuviera mucha fe en ella.
Caminé largo tiempo a oscuras, al otro lado del quitamiedos cuando lo había, entre las malas hierbas y todas esas porquerías que la gente tira al campo, latas, cajetillas de tabaco, envases de plástico y las botellas con meados de mis colegas demasiado vagos o con demasiada prisa para parar cinco minutos. Miraba la luna detrás de las nubes y a lo lejos oía cantar a las lechuzas o a no sé qué pájaro. Iba en manga corta y empezaba a notar el frío. Me decía: si sigue ahí, me lo llevo, pero si no lo veo desde la carretera, paso. No estaba bien haberme dejado el camión en mitad de la calzada con los faros encendidos. Y cuando llegué a la curva que por poco nos desgracia a los dos, lo vi.
Estaba sentado en la cuneta, mirando hacia mí.
—Bueno —le dije—, ¿te vienes?
Respira mal. Se ve que sufre. Le digo cosas bonitas, acariciándole la línea blanca entre los ojos. Antes incluso de que saquen la aguja, siento el peso de su cabeza sobre mi brazo y su hocico seco caer sobre la palma de mi mano. El veterinario me pregunta si prefiero que lo incineren o que se lo lleven para descuartizarlo. Me lo llevo yo, le contesto.
—Ojo, hay normas que respetar, ¿sabe que…?
Levanto la mano. No dice más.
Me costó un montón rellenar el cheque. Las líneas bailaban, y ya no recordaba a qué día estábamos.
Lo envolví en mi cazadora y lo dejé sobre su manta, en su sitio de siempre.
Mi mujer y yo queríamos otro hijo para que el niño no estuviera solo, pero no supimos traerlo al mundo.
Por más que nos esforzamos, por más que intentamos no tomárnoslo a pecho, ir a cenar fuera, a tomar una copa, por más que contamos los días, que inventamos juegos y todo eso, todos los meses le dolía la tripa y todos los meses la veía perder un poco más la confianza en nosotros. Su hermana le decía que fuera al médico a que le pusiera un tratamiento, pero yo no estaba de acuerdo. Le recordaba lo que ella ya sabía, que al niño lo habíamos traído al mundo sin necesidad de nada, y que no tenía que arruinarse la salud con hormonas e inyecciones sin fin.
Ahora, con todo lo que se oye por ahí, que si las catástrofes nucleares, los transgénicos, las vacas locas y todas esas porquerías que nos hacen comer, me arrepiento de haberle dicho eso, sí, me arrepiento. El tratamiento no le habría arruinado la salud más que lo otro.
De todas maneras, entre que nos decidíamos y tal, Ludovic tuvo sus primeros ataques, y, desde ese día, no volvimos a pensar en tener otro crío.
A partir de ese día dejamos de hacer planes.
Cuando aún no había cumplido los dos años, empezó a toser. Tosía de día, de noche, de pie, sentado, comiendo, en la cama o viendo los dibujos animados. Tosía y se ahogaba.
Su madre se volvió silenciosa: estaba al acecho. Como un animal, no hacía más que aguzar el oído, vigilar su respiración y enseñar los dientes.
Iba de consulta en consulta con el crío a cuestas. Se cogía días de baja. Se iba a París. Se perdía en el metro. Se gastaba los ahorros en taxis y consultaba a un montón de especialistas que la hacían esperar cada vez más tiempo y le cobraban cada vez más caro.
Y lo peor es que seguía arreglándose para cada consulta. Por si daba por fin con el médico que le salvara a su niño.
Fue un chaval que faltó mucho al colegio. Y ella también salió malparada. Tenía un buen puesto, la apreciaban en su trabajo y se entendía bien con sus compañeros, pero al cabo de un tiempo la convocaron.
La llamaron para que firmara una salida como Dios manda de la empresa.
Decía que era un alivio para ella, pero esa noche no pudo probar bocado. Era injusto, repetía, todo eso era injusto.
Buscó causas de alergia. Cambió la moqueta, la ropa de cama, las cortinas, no le dejaba tener peluches, ni ir al parque, ni subirse al tobogán, ni jugar con sus amigos, ni acariciar a los animales, ni beber leche, ni comer avellanas, no le dejaba hacer nada. Nada de todas esas cosas que más les gustan a los críos.
No hacía más que darle la tabarra. Darle la tabarra para salvarlo. De día velaba por él, y de noche escuchaba su respiración.
El asma.
Recuerdo una noche en el cuarto de baño…
Me estaba lavando los dientes mientras ella se desmaquillaba.
—Mira cuántas arrugas tengo —gemía—, y cuántas canas. Cada día estoy más vieja. Cada noche envejezco más deprisa que las demás chicas de mi edad. Estoy cansada. Tan tan cansada…
No contesté nada por culpa de la pasta de dientes. Me limité a encogerme de hombros, como diciendo qué tonterías dices. Tonterías de tía. Eres guapa. Pero tenía razón. Había adelgazado. Le había cambiado la cara. Todo en ella era menos dulce.
Hacíamos menos el amor y siempre con la puerta abierta.
Conduzco y conduzco. No sé dónde ir a enterrar a mi perro.
Este chucho ratero y ladrador. Este amigo que me dio razones para vivir durante tanto tiempo y que tan buena compañía me hizo. Le gustaba la voz de Dalida, le daban miedo las tormentas, encontraba un conejo a más de cien metros y dormía siempre con la cabeza apoyada en mi muslo. Sí, aún no sé dónde voy a meter a este bribón…
Gracias a él casi dejé de fumar. Y es que él también se puso a estornudar, el muy cabroncete. Sé que se burlaba de mí, porque no siempre esperaba a que encendiera el pitillo para hacerme el numerito, pero, bueno, me traía demasiados malos recuerdos. Entonces esperaba a los descansos para fumar.
Ya no me ponía nervioso porque me cerraran el estanco, porque tuviera que aparcar, por lo caro que se había puesto el tabaco, por llevar suelto y todo eso. Engordé y notaba más cuándo me olían las manos a gasoil o cuándo pasábamos delante de los campos de colza, pero eso de fumar menos me hizo mucho bien. Mucho mucho bien. Me dio la prueba de repente de que todavía tenía la posibilidad de ser un poco más libre de lo que creía ser.
Fue algo inesperado.
Gracias a él volví a cogerle gusto a hablar, conocí gente. Nunca habría imaginado que tantos de mis compañeros tuvieran también un chucho. Aprendí palabras nuevas y razas que no conocía, chapurreé un montón de tonterías y compartí paquetes de comida para perros en Pamplona o en La Haya. Simpaticé con tíos a los que apenas comprendía cuando me hablaban, a los que solo situaba en función de sus matrículas pero que eran como yo, que estaban menos solos de lo que parecía.
Los otros tienen su camión, su carga, sus turnos y su estrés. Nosotros tenemos todo eso y además un perro.
Él también tuvo su propia vida social. Hasta guardo una foto de uno de sus cachorros en la guantera. Está en Moldavia. El dueño y yo nos juramos que nos reconoceríamos si algún día los llevábamos a mear al mismo sitio, pero al final nunca ocurrió. Pero no importa.
Gracias a él conocí a Bernard, que perdió a un hijo de la misma edad que el nuestro. A él para colmo también lo dejó su mujer. Intentó matarse dos veces, y al final se volvió a casar. Como él dice, viene a ser casi lo mismo solo que es más incordio.
Cuando coincidimos de noche nos hablamos por radio. Bueno, sobre todo él, habla por los codos. Sabe mezclar las bromas con las cosas serias. Además es de Bearne, tiene un acento muy bonito. Hablamos, y después todo lo que me dice me da qué pensar durante mucho tiempo.
Nanar64.
Un amigo.
Gracias a mi perro, dejó de bloqueárseme la mandíbula y le volví a coger gusto a la carretera. Como tenía que parar a la fuerza para que hiciera pis, hasta descubrí rincones aquí y allá donde no me habría importado vivir.
Gracias a él, al que habían abandonado y que me había esperado tan tranquilo la primera noche, seguro de que iba a volver a buscarlo y de que ahora contaba conmigo para llevar una mejor vida, salí del hoyo. No digo que fuera feliz, pero salí del hoyo.
Algo o alguien así es lo que le faltó a mi mujer.
Sigo conduciendo. Tengo que encontrarle un buen sitio.
Soleado. Y con un bonito paisaje.
No sé si es un recuerdo bueno o malo… Ludovic tendría unos once o doce años, estaba delgaducho, pálido como una sábana, siempre pegado a las faldas de su madre, lloriqueaba al más mínimo esfuerzo, faltaba al colegio, estaba dispensado de hacer deporte, se pasaba el día con sus tebeos y sus videojuegos. Vamos, que no era un niño como los otros…
Una noche que ya no podía más, se me cruzaron los cables.
Cogí a mi mujer de la muñeca y la obligué a volverse hacia su niñito delicado:
—¡Esto no puede ser, Nadine! Esto no puede ser —grité—. No va a quedarse sentado ahí hasta que la palmemos, ¿no? ¡Tiene que hacerse un hombre, maldita sea! ¡No le pido que corra un maratón, pero al menos algo! ¡No puede pasarse el resto de su vida leyendo tonterías y apilando ladrillos en una pantalla de televisión, joder!
Mi mujer se angustió, y el niño se incorporó y dejó el mando.
—Ludo, cariño, no lo digo para fastidiarte, pero a tu edad tienes que salir de casa un poco. ¡Tienes que hacernos enfadar! ¡Tienes que trastear con una moto y fijarte en las chicas! Yo qué sé, algo…, pero nada de lo que hay aquí te enseñará lo que es la vida. ¡Tienes que apagar la tele, chaval! Tienes que desenchufar todo eso.
—Pero si yo me fijo en las chicas —me contestó sonriendo.
—¡Pero no basta con mirarlas, caramba! ¡También tienes que hablar con ellas!
—Cálmate, Jean —me suplicaba mi mujer—, cálmate.
—¡Estoy calmado!
—No, no lo estás. Para ya, ahora mismo, que si no le va a dar un ataque.
—¿Un ataque? ¿Qué chorradas estás diciendo? ¿Qué pasa, es que yo suelto pelo acaso?
—Basta. Es el estrés, lo sabes perfectamente…
—¿El estrés? ¡Venga ya! ¡Y si es así la culpa es tuya por sobreprotegerlo! ¡No le dejas crecer, quieres que siga siendo tu bebé para siempre!
Su madre se echó a llorar.
Lloraba por cualquier cosa.
Esa noche, Ludovic tosió e hiperventiló cuatro veces. Yo duermo del lado de la pared, podría no haber oído nada.
Al día siguiente era domingo. Mi mujer salió al cobertizo a hablar conmigo:
—El miércoles tiene cita en Necker para su revisión. Este mes lo vas a llevar tú. Así le preguntas a Robestier cuándo podrá volver a entrenar e irse de bares, ¿de acuerdo?
—El miércoles tengo que ir a trabajar.
—No —me contestó—, no vas a ir a trabajar porque tu hijo tiene consulta en el hospital y vas a acompañarlo.
Me miró de tal manera que no protesté. Además, ese miércoles no trabajaba. Empezaba la temporada de pesca, y sabía que ella también lo sabía.
Anda, ese sitio no está nada mal… Esa colina de ahí…
Mi perro no era un perro, era una maruja. Siempre se sentaba muy tieso, con las patas delanteras apoyadas en el salpicadero, y miraba la carretera. A veces se ponía a ladrar sin que nadie supiera por qué. Había algo a lo lejos que no le gustaba y te lo hacía saber desde su puesto de vigilancia.
La de veces que me habrá dado la matraca con sus ladridos, ahora que lo pienso…
La gente me preguntaba: ¿tienes un coyote para los radares? Y tanto que sí, contestaba yo, uno bien bueno. Fijado con ventosas. Así es que una colina… Qué menos.
Por supuesto, no me atreví a decir ni mu. Me impresionaron demasiado los demás críos de la sala de espera, y luego todas las pruebas que le hicieron a mi pobre Ludo. En un momento dado hasta tuve ganas de decirles: «Bueno, ya basta, ¿no? Ya ven que no aguanta más. ¿Es que quieren humillarlo o qué?». Al final lo metieron en una especie de cabina de cristal y le dijeron que soplara por unos tubos retorcidos hasta ponerse bizco. Era para leer su respiración en una curva en la pantalla del ordenador.
Como hacen con los latidos del corazón.
Yo estaba sentado en un taburete, guardándole el abrigo.
Una enfermera le hacía gestos de ánimo mientras cambiaba los tubos. No era una competición exactamente, pero, bueno, aun así era muy valiente…
Después vuelta a soplar, y yo miraba todas esas pantallas a ver si me enteraba de algo.
Buscaba la explicación a aquello en lo que se había convertido nuestra vida. ¿Por qué tantas noches en vela? ¿Por qué esa angustia? ¿Por qué mi hijo era siempre el más bajito de la clase y por qué su madre ya no me quería como antes? ¿Eh? ¿Por qué? ¿Por qué nosotros? Pero por supuesto no entendía nada de todos esos números repartidos por la pantalla.
Me enteré de que Nadine había hablado con el médico antes de la consulta porque, en un momento dado, se volvió hacia mí y me dijo con una sonrisita como de cura:
—Entonces, señor Monati… Parece que está usted un poco… —Fingió que buscaba la palabra adecuada—. Un poco contrariado por el comportamiento de su hijo en su vida diaria, ¿me equivoco?
Yo farfullé.
—¿Lo encuentra demasiado blandengue?
—¿Perdón?
—¿Abúlico? ¿Indolente? ¿Apático?
Tenía calor. No entendía nada de lo que me decía.
—La madre del niño ha hablado con usted, ¿no? Mire, doctor, no sé qué le habrá dicho ella exactamente, pero yo lo único que quiero es que el crío lleve una vida normal. Una vida normal, ¿me entiende? No me parece que sea bueno para él que lo sobreproteja siempre de esa manera. Ya sé que no tiene buena salud, pero me pregunto si dejarlo encerrado así en casa, como en una incubadora, por decirlo de alguna manera, me pregunto si no será eso lo que lo mantiene en ese estado de debilidad.
—Entiendo, señor Monati, entiendo… Entiendo muy bien lo que le preocupa y, por desgracia, me temo que no puedo tranquilizarlo a ese respecto; sin embargo, le propongo que se preste usted también a una especie de prueba. ¿Accedería?
Peor que un cura, un arzobispo.
Ludovic me estaba mirando.
—Claro —contesté yo.
Me pidió que me quitara la chaqueta. Se levantó, fue a buscar unas tijeras detrás de los ordenadores, cortó un buen trozo de esparadrapo y me lo puso en la boca. Eso no me gustó. Menos mal que ese día no estaba resfriado. Después salió de la habitación y estuvo fuera un buen rato, y Ludo y yo nos quedamos solos como dos tontos.
—Mmm… Mmm… —decía yo, andando como un pingüino.
Él se reía. Cuando entornaba así los párpados, me recordaba a su madre. A Nadine de más joven. La misma carita preciosa. El mismo hociquito puntiagudo.
El médico volvió con una pajita de plástico amarilla. Una pajita de crío para beber refrescos. Con la hoja de un bisturí hizo un agujerito enano en el esparadrapo por el que metió la pajita y me preguntó si podía respirar. Yo asentí con la cabeza.
Después, con la aguja de una jeringuilla le hizo varios agujeros a la pajita en distintos sitios. Me lanzó una ojeada. Estaba bien, podía seguir con su estúpido jueguecito.
Después me puso una pinza en la nariz, y ahí ya la cosa se puso fea.
Empecé a agobiarme.
Se volvió hacia el niño:
—¿Cómo se llama tu padre?
—Jean. Pero todo el mundo lo llama Jeannot.
—Bien… —Luego, volviéndose hacia mí, me dijo—: ¿Está preparado, Jeannot? ¿Me sigue? Por supuesto, queda terminantemente prohibido tocar mi dispositivo. Puedo contar con usted, ¿verdad?
Aparqué, abrí el maletero, cogí la pala y me metí el perro muerto dentro de la cazadora.
Hacía bueno, me subí la cremallera, y allá que nos fuimos los dos.
Lo seguimos por el pasillo, y nos dijo que esperásemos un momento. El niño y yo nos miramos, moviendo la cabeza: ¿pero este tío estaba chalado o qué? Bueno, él movía la cabeza, pero yo no. Yo no podía. Me limité a poner los ojos en blanco, y solo eso me requirió más aire de lo que habría imaginado. Después ya no me moví ni un milímetro.
Volvió Robestier. Se había quitado la bata y daba saltitos como un crío, pegando patadas a un viejo balón de fútbol.
Entonces me dijo:
—¡Venga, Jeannot, venga! ¡Pásamelo!
Ni por un segundo me vi capaz de tocar el puñetero balón. Ni por un segundo.
Me balanceaba un poco, pero me inclinaba lo menos posible. La pajita tenía que seguir bien horizontal. No podía mover la cabeza demasiado rápido, y sobre todo no de un lado a otro ni de arriba abajo porque si no me faltaba el aire.
Aun así lo intentaba.
—¿Qué, Jeannot? ¡Eh! ¿Qué haces, macho?
No lo reconocía. Él, que tan arrogante estaba antes sentado a su mesa, ahora me tuteaba, dando saltitos como un conejo.
—No te pido que marques un gol, pero ¡joder, tío! ¡Al menos un pasecito de nada!
Entre la pajita que me negaba a escupir, la falta de aire, más los nervios por no conseguir tocar el maldito balón, me estaba volviendo loco. Intenté calmarme, pero sentía que iba a reventar.
—¡NO, SEÑOR MONATI! ¡NO!
Y todo lo que se me ocurrió para no arrancarme el puñetero esparadrapo o, mejor dicho, para no quedar como un mierda delante del crío, fue tirarme al suelo, acurrucarme y quedarme quieto el mayor tiempo posible con la frente contra las rodillas, rodeándome la cabeza con los brazos para protegerme del mundo.
Que nadie me mirara. Que nadie me hablara. Que me dejaran hacerme el muerto lo más posible para poder volver a vivir.
Robestier me tendió la mano y me aupó del suelo, mientras yo me arrancaba el puñetero dispositivo.
—¿Ve, Jean?, lo que acaba de vivir es precisamente eso.
Me señalaba la máquina. Esa pantallita luminosa en la que lo más que había podido darles Ludovic soplando con todas sus fuerzas aparecía en forma de minúsculos garabatos diseminados en un gráfico que se les quedaba enorme.
No me había dado cuenta de que la cuesta era tan empinada. Utilizo la pala como bastón y me repito ciertas palabras en voz alta: «¿Qué, Jeannot, y ese pase? ¡No, señor Monati! ¡No!».
Esa noche fui al cuarto de mi hijo a hablar con él. Estaba en la cama, leyendo una revista. Cogí la silla que estaba debajo de su escritorio.
—¿Qué tal?
—Bien.
—¿Qué estás leyendo?
Me enseñó la portada.
—¿Está bien?
—Sí.
—Bueno…
Saltaba a la vista que no tenía muchas ganas de charla. Que estaba cansado y que lo que le apetecía sobre todo era estarse tranquilito leyendo su revista sobre los diez enigmas del sistema solar.
—¿Has tomado el Ventolín?
—Sí.
—Bueno, entonces todo bien, ¿no?
—Sí.
—Te…, te estoy molestando, ¿no? No te dejo leer, ¿es eso?
Me miró a los ojos.
—Sí —me dijo con una gran sonrisa—, me molestas un poco.
Ah… Cuando lo pienso… Qué bueno era ese niño… Pero qué bueno era…
Cuando ya me iba no pude evitar preguntarle:
—¿Tú cómo lo haces?
—¿Cómo hago el qué?
—Respirar.
Dejó la revista en su regazo y reflexionó para darme la única respuesta posible:
—Me concentro.
Le di las buenas noches y, justo cuando cerraba la puerta, lo oí decir en tono burlón:
—Buenas noches, Ronaldo.
Y solo por reírse así, un poquitín de nada y bajito, solo por burlarse del viejales de su padre, estuvo a punto de ahogarse.
Era un lugar perfecto. Una especie de pequeño promontorio con orientación sur suroeste. Ahí podría cotillear a sus anchas…
Cavé.
Le dejé mi cazadora. Desmenucé dos azucarillos que me había llevado de un área de servicio y los metí en el bolsillo interior.
Para el camino.
No tardé nada en tapar el agujero. No era un perro grande.
Me senté a su lado y, de pronto, me sentí solo en el mundo.
Me fumé un cigarrillo, y luego otro, y otro más.
Después recurrí a la pala para levantarme.
Todos los médicos nos repetían que teníamos que llevar a Ludovic a respirar aire puro. Que tenía que seguir sus estudios en la montaña, lejos de nosotros. Nos costó decidirnos. Sobre todo a mi mujer.
Al final lo matriculamos en una especie de colegio-sanatorio en los Pirineos. No tuvimos ningún problema. Nadine decía que era por su expediente escolar. Yo creo que sobre todo era por su expediente médico, pero, bueno, tanto da, él estaba contento de irse.
Tenía quince años recién cumplidos, le quedaban tres de bachillerato y era un chaval encantador. No lo digo porque fuera mi hijo, sino porque es la verdad. ¿Era su carácter o se había vuelto así por su enfermedad? No tengo ni idea, pero lo repito una última vez: era un chaval encantador.
Bajito para su edad, pero todo un hombre ya…
Ocurrió antes de las vacaciones de Semana Santa. Esperábamos su vuelta con impaciencia. Su madre estaba como un león enjaulado, y yo me había cogido unos días libres. Teníamos planeado llevarlo a Futuroscope antes de irnos a Parthenay a ver a sus primos. Estaba en casa cuando sonó el teléfono.
El director del sanatorio nos anunció que nuestro hijo Ludovic Monati había sufrido una crisis durante el recreo, que la administración había llamado inmediatamente a una ambulancia, pero que el joven había fallecido durante el traslado al hospital más cercano.
Lo más duro fue vaciar su habitación del sanatorio. Tuvimos que llevárnoslo todo, lo metimos en bolsas de basura: su ropa limpia y su ropa sucia, sus juegos, sus libros, los pósteres que había pegado alrededor de su cama, sus cuadernos, sus secretos y todas sus cajas de medicinas.
Nadine no decía ni mu. Lo único que me exigió fue no ver al director. En ese «triste asunto», como él decía, había detalles que era incapaz de soportar.
Un chico de quince años no se moría así como así en el patio del recreo.
Se volvió hacia mí en la puerta del sanatorio:
—No te quedes ahí estorbando. Ve a esperarme en el coche. Prefiero estar sola.
Nunca tuvo que repetírmelo, pero desde ese día siempre he tenido la sensación de ser un estorbo para ella.
Hay mucho tráfico. No había previsto los atascos. No tengo costumbre de conducir a estas horas. No tengo costumbre de quedarme atrapado en el tráfico. La gente toca el claxon, y echo de menos a mi perro.
Mañana volveré a subirme a la cabina y notaré su olor.
Me llevará tiempo hacerme a la idea.
¿Cuánto tiempo?
¿Cuánto tiempo más todavía?
¿Cuánto tiempo tendrá que pasar antes de que deje de mirar hacia él, de preguntarle si está bien y de alargar la mano hacia el asiento del copiloto, eh?
¿Cuánto tiempo?
Dije soy yo, y fui a la cocina a tomarme una cerveza. Me disponía a bajar al sótano cuando ella me llamó. Estaba sentada en el salón.
No llevaba puesto el delantal y tenía el abrigo en el regazo.
—Estaba preocupada, así que he llamado a tu trabajo, y Ricaut me ha dicho lo de tu perro.
—¿Ah, sí?
Yo ya había dado media vuelta, cuando añadió:
—¿No quieres que vayamos a dar un paseo?
—…
—Sí, ven… Vuelve a ponerte los zapatos y ven. Te espero.
Salimos, y cerré la puerta de casa. Anochecía ya, y nos cogimos de la mano.