País Relato - Autores

anna gavalda

la clandestina

1
Me mudé con los niños a un minúsculo apartamento detrás del Panteón.
Un quinto sin ascensor, mal distribuido, irregular y destartalado, que le subarrendaba a la hermana de mi antiguo director de tesis, una mujer a la que nunca había visto y a la que había sido incapaz de precisar al teléfono cuánto tiempo pensaba quedarme. Solución provisional, situación provisional, apaño provisional, no se había quitado esa palabra de la boca, y yo me había cuidado mucho de llevarle la contraria. Por supuesto. Por supuesto. Todo era provisional. Había captado el mensaje.
Desde el tragaluz de mi despacho veía la salida de socorro del santuario de los Hombres Ilustres, y me gustaba esa puertecita. Me gustaba la idea de trabajar, dormir, cocinar, apretar los dientes, criar a mis hijos y volver a empezar a la sombra de los fantasmas de Dumas, Voltaire, Hugo o Pierre y Marie Curie. Es ridículo, ya lo sé, pero os prometo que es verdad. Me lo creía. Esa gente me ayudaba. Había tenido que apretujar lo más voluminoso de nuestra antigua vida en un guardamuebles, y no teníamos derecho a poner nuestro nombre en el buzón. Es un detalle, pero el diablo está en los detalles, y en esas circunstancias debía de estar radiante porque, aunque viviéramos empadronados en casa de un tío mío, sin buzón, en un piso muy alto, mal alojados y respaldados solo por osamentas más vivas que nosotros, no estábamos verdaderamente allí. Ni allí ni en ningún otro sitio y, al no estar allí verdaderamente, Raphaël, cinco años, Alice, tres años y medio, y yo, treinta y cuatro por aquel entonces, nos aislamos insidiosamente del resto del mundo.
Su padre se había matado en un accidente de coche el año anterior. Era un hombre depresivo, elegante y concienzudo que me había dejado llena de dudas sobre el carácter fortuito de su colisión contra un calvario en una carretera desierta de Finisterre, pero al amparo por completo en lo económico, pues me legaba, además de dos huérfanos y un Jaguar en muy mal estado, el «capital por fallecimiento» de un seguro de vida que nos resguardaba de toda necesidad durante unos años más. Cuántos, de eso no tenía ni idea.
Era mucho mayor que yo, se sabía enfermo, no soportaba la idea de imponernos su declive y no dejaba de repetirme que tenía que encontrarme un amor más joven y sano, que tenía que hacerlo por mí, por los niños y por el descanso de su alma. Sobre todo por el descanso de mi alma, amor mío… Ya sabes lo egoísta que soy… Lo acallé todo el tiempo que pude a base de besos, de protestas, de rechazos, de bravuconadas, de risas y de lágrimas, pero al final se salió con la suya de todos modos.
Le guardé rencor por ello. Durante mucho tiempo pensé que, lejos de ahorrarnos su declive, nos lo imponía para siempre. No invité a sus hijos a su entierro, ni a sus padres, lo acompañé sola al crematorio del Père-Lachaise y tomé el metro en sentido contrario ocultando bajo el jersey una urna todavía tibia. Esa misma noche me emborraché a muerte con Lorenz W., su socio, y le supliqué que se acostara conmigo. Era muy sentimental entonces, pero las jóvenes viudas suelen serlo. Viví con la cabeza encajada en un calvario durante unos meses, y después decidí mudarme, y ese pequeño apartamento nos salvó.
Sin muebles, sin recuerdos, sin vecinos, sin carnicero, sin panadera, sin quiosquero, sin camarero, sin bodeguero ni empleado de tintorería que lo hubiera conocido y por lo general apreciado, pues era un hombre deliciosamente amable, sin compañeros de colegio tan ingenuos como hirientes, sin maestras compasivas y demasiado dulces para ser sinceras, sin puntos de referencia, sin costumbres, sin buzón, sin timbre, sin ascensor, sin red, sin nada, por fin pudimos encajar mejor el dolor.
Nuestra vida cabía ya en un pañuelo de bolsillo cuyas cuatro esquinas se desplegaban como sigue: el súper de al lado de casa, la escuela infantil de la rue Cujas, los paseos del Jardin du Luxembourg y, last but not least, el pub The Bombardier, acurrucado justo delante de la iglesia Saint-Étienne-du-Mont, en cuya explanada nos parábamos cada tarde, y donde Raphaël y Alice se tomaban una limonada pasando revista a sus buenas notas, sus heridas, sus canicas, sus cartas de Pokémon y qué sé yo qué más, mientras su mamá se emborrachaba sin prisa pero sin pausa.
Cuando los niños dormían, solía volver a bajar al Bombardier para mezclarme, pinta en mano, con los grupos de estudiantes del Barrio Latino, sin hablar jamás con ellos.
Sí, lo hacía. Sí, encerraba a mis niños por la noche y los abandonaba a su suerte. ¿Tuvieron pesadillas? ¿Sintieron miedo? ¿Se despertaron? ¿Me llamaron alguna vez?
No lo creo.
Los niños son tan buenos…
Cuando el amor de mi vida pensaba en su calvario próximo, bebía, y yo lo acompañaba a menudo, al fin y al cabo estábamos en el mismo barco, y cuando él se fue, yo proseguí el viaje sin él. Tenía un problema con el alcohol, no lo niego. Bueno, sí, lo sigo negando. No tenía un problema con el alcohol: era alcohólica. (Es terrible, al releer lo escrito tropiezo con esta palabra, me choco con ella más bien, me pregunto si no exagero y si no era más que la joven viuda sentimental de la que hablaba antes, así que voy a consultar la definición del término alcohólico en un diccionario: «Que bebe demasiado alcohol».) Vale. Bebía demasiado alcohol. No me apetece extenderme sobre esta cuestión, los que saben, saben, y no necesitan que se les cuente con qué inteligencia se pone el cerebro al servicio del codo, y los que no saben no pueden entenderlo. Llega un momento en que se toma conciencia de que el alcohol (y todos los pensamientos que de él se derivan, es decir: luchar, resistir, mercadear, ceder, negar, ganar terreno, pelear, negociar, pavonearse, capitular, sentirse culpable, avanzar, retroceder, tropezar, caer, perder) es la ocupación más importante del día. Perdón: es la única ocupación del día. Quienes una o varias veces, pero siempre en vano, hayan tratado de dejar de fumar tendrán una pálida idea de la miseria moral en la que te sume la inanidad de una relación tal entre uno y sí mismo, con la diferencia, y menuda diferencia, de que fumar no es un acto vergonzoso a los ojos del mundo. Ya está dicho. Pasemos a otra cosa.
Despertaba a los niños, los vestía, les preparaba las tostadas, les servía el chocolate caliente, los llevaba al colegio, me tomaba un café en la rue Soufflot hojeando el periódico, hacía la compra, limpiaba nuestra casita, les preparaba la comida, los recogía del colegio, les daba de comer, llevaba otra vez a Raphaël al colegio, volvía directamente con Alice apretando el paso para que no le diera tiempo a dormirse en el carrito, la acostaba, leía novelas policiacas que compraba a cincuenta céntimos o un euro cada una en las cajas de saldo de las librerías Gibert o Boulinier, o en los puestos de lance del Sena, despertaba a Alice, íbamos a recoger a su hermano al colegio (balbuceo de la pequeña que ha descansado bien y sonrisa del niño liberado por fin: el mejor momento del día), los llevaba al Jardin du Luxembourg, los miraba jugar, los duchaba, les daba de cenar, les leía cuentos, les daba un beso de buenas noches y los arropaba en la cama.
Y, mientras tanto, la tenaza del alcohol no se aflojaba nunca.
Nunca, y con mayor o menor insistencia en función de si estaba la luna en mi vientre y me chupaba toda la energía o si el amor de mi vida venía a hablarme al oído sin avisar. Cuando se limitaba a pasar para asegurarse de que todo marchaba, yo estaba bien, pero cuando él también pesaba sobre mi vientre, cuando volvía de noche y reclamaba su parte de la cama, su parte de vida, su parte de nosotros, me levantaba llorando e iba a bombardearme.
Nuestra vida, como decía, cabía en un pañuelo.
Hasta que, una mañana, me fijé en ti.
2
Me fijé en ti porque eras guapa.
Yo estaba apoyada en la barra, me recuperaba de mis noches demasiado cortas leyendo las noticias del día o escuchando las conversaciones de mis vecinos de azucarero, y te veía en el espejo que había encima del mostrador. Siempre estabas sentada al fondo del todo, en el mismo sitio.
Admiraba tu aire, tu porte, tu distinción, tus manos, me gustaba tu alegría, tus sonrisas, esa manera de estar ahí y en otra parte por completo, como si acabaras de abandonar los brazos de un ser amado o te dispusieras a volver a ellos. Eras sexy, y se te adivinaba inteligente, eras perfecta y sin embargo siempre tenías un toque de desaliño, un mechón, un cuello, una arruga, una correa de reloj demasiado suelta, un bolso viejo, un cinturón fuera de lugar, una comisura, unas ojeras, que te hacían… Iba a escribir «irresistible», pero es demasiado banal. Irrevocable.
Sí, irrevocable. Desde que París existe, mucho se ha fantaseado, filosofado y hablado sobre la mujer parisina, y cuando te miraba, me decía: ahí está, es ella. Es ella; inapelable.
Era tanto más sensible a tu belleza cuanto que el espejo me devolvía también mi triste imagen, y me ponía a remover el café en cuanto la veía. Era la sombra de mí misma, tenía mala cara, estaba flacucha, alternaba los dos mismos vaqueros desde hacía meses, llevaba las camisas de mi muerto, los jerséis de cachemir de mi muerto, los pañuelos de mi muerto, las bufandas de mi muerto y también sus chaquetas, me había cortado el pelo muy corto para no tener ni que peinarme, ya no me maquillaba, ya no me perfumaba, ya no corría pero no me quitaba las deportivas, tenía una caries, quizá dos, que ya no me preocupaba de cuidar, bebía demasiado, estaba deshidratada, tenía las manos ásperas, la piel seca, el cuerpo seco, y todo en mí tenía mal aliento.
Me confesaste después que tú también me observabas y que envidiabas mi clase y mi desenfado. Para partirse de risa.
Te habías fijado en mis vaqueros raídos a la altura de los bolsillos, en lo suaves que se veían mis cárdigans demasiado largos cuyos puños me servían de mitones, en la calidad del tweed y de los tejidos bajo los que me sepultaba.
Te parecía todo tan chic, decías, tan chic…
Tomabas siempre un café con leche y una tostada a la que le quitabas el exceso de mantequilla con la cucharita, y te pasabas la mayor parte del tiempo mandando mensajes. Te inclinabas sobre la pantalla del móvil y sonreías. No era difícil adivinar que estabas enamorada y que empezabas el día charlando con un hombre (¿o una mujer?) que te hacía feliz. A veces tus sonrisas eran más húmedas, y tus hoyuelos, más pícaros. ¿Qué palabra hay para cuando se sonríe al mensajearse sobre sexo? ¿Se empieza el día haciendo sexting? Sí, cada mañana le hincabas el diente a una rebanada de pan tierno mojado en café con leche, repasando tu vida con alguien a quien querías, era evidente.
Otras veces no sacabas el móvil del bolso o lo dejabas silencioso junto a la taza. Seguías igual de guapa pero parecías un poco perdida, desubicada. Esos días mirabas a veces a tu alrededor, y creo que nos dirigíamos mutuamente una sonrisita cómplice. No una sonrisa de amistad en realidad, sino de simple cortesía entre parroquianas del mismo café. Todo el mundo habla de lo antipáticos que son los parisinos, pero nadie dice nunca nada de esas complicidades que solo ellos conocen. Empezamos así a trabar relación, pero quizá nunca nos habríamos dirigido la palabra si no se hubiera puesto enferma la profesora de Raphaël y si yo no hubiera vuelto una mañana al Café de la Sorbonne con mis dos churumbeles a cuestas.
Nos instalamos en una mesa a tu lado, aposta, lo confieso, y todavía no nos habíamos sentado cuando ya te comías a mi niña con los ojos. Alice, a quien la vida todavía no le había enseñado que no era una princesa de verdad, respondió a tu avidez exhibiendo todos sus encantos, y yo te veía derretirte mientras te enseñaba su peluche, y luego el de su hermano, su calcomanía, y luego la de su hermano, sus canicas, y luego las de su hermano, cruzando y descruzando las piernas regordetas y ajustándose sin cesar la minúscula horquillita con purpurina que le hacía las veces de diadema.
Habría que saber describir la venustidad de las niñas pequeñas.
Los niños monopolizaron tu atención, y ese día apenas nos hablamos tú y yo. Me enteré de que te llamabas Mathilde porque Raphaël te lo preguntó, pero yo no dije nada. Callaba porque casi no había dormido, callaba porque iba a tener que reabastecerme delante de los niños y eso me contrariaba (eso es el alcoholismo: acercarte a una chica con la que sueñas desde hace semanas gracias a la luminosa presencia de dos niños que, además de ser exquisitos, tienen el buen gusto de ser tus hijos, compartir con los tres un desayuno prohibitivo en el café de una ciudad con la que sueña el mundo entero, y pensar en una única cosa, peor aún, obsesionarse con una única idea: ¿debajo de qué artículo —y piensas en tamaño, en volumen, un paquete de cereales, por ejemplo— voy a esconder una botella de Johnnie Walker en la birria de cesta de plástico de la birria de súper del barrio?), callaba porque no tenía nada que decir, callaba porque el jaleo en mi cabeza era demasiado ensordecedor, callaba porque había perdido la costumbre de hablar, callaba porque había perdido.
No viniste al Café de la Sorbonne los días siguientes. Después llegaron las vacaciones escolares, las de Carnaval, creo, y una mañana, cuando ya había perdido la costumbre de buscarte con la mirada, viniste a agarrarte a la barra a mi lado. Me saludaste, pediste un café largo y nos quedamos calladas. Mientras me contoneaba para sacarme unas monedas del fondo del bolsillo, me pusiste la mano en el brazo y dijiste: «Deje, yo la invito», y solo entonces, en ese momento, cuando volví la cabeza para darte las gracias, vi tu rostro devastado. Llevé la mano a la tuya, y te echaste a llorar. Perdón, reías, te disculpabas, te afligías, perdón, perdón. Dejé la mano donde estaba y dejé también de mirarte.
No sé cuánto tiempo nos quedamos así, sin movernos, tú confiándome tu pena y yo cubriéndola con la mía. En un momento dado murmuraste: «Sus hijos…, qué lindos son», y yo me vine abajo.
El encargado se acercó a regañarnos sin acritud. ¿Qué pasa, señoritas? ¿Qué pasa? ¿Es que en mi café no se está a gusto? ¡Me van a espantar la clientela! ¿Qué les pongo para animarlas? ¿Una copita de Calvados?
Y vaya si me animé.
Apuramos la copa de un trago. Tú te atragantaste, yo volví a respirar y, bajo el efecto liberador de esos pocos centilitros de helio en las venas, te propuse venir a cenar a mi casa esa misma noche.
Me sonreíste, te pregunté si tenías un boli y escribí en el dorso de un posavasos la dirección de mi cuchitril y, por culpa del portero automático, el nombre de otra gente que no éramos nosotros.
3
Llegaste cargada: flores, una tarta, champán, regalos para los niños… Qué felices estaban.
Qué felices… No por los regalos, sino por tu presencia. Era la primera vez que el mundo exterior entraba en nuestra casa, la primera vez que alguien subía a vernos, volvía la vida.
Tú entonces no lo sabías y pensabas que era tu muñeca Corolle, tu arco, tus flechas, tus pegatinas, tu biberón mágico y tus lápices de colores lo que los tenía así de contentos, pero acuérdate de que una vez abiertos todos tus regalos, estaban impacientes por cogerte de la mano para enseñarte su habitación, sus juguetes, su mundo, la escalera de sus literas, que no dejaba de ser una novedad para ellos, sus fotos de clase, la de su papá, la de Toby, el perro de su antigua niñera, y todos sus maravillosos trastos. La felicidad que les trajiste no era material, y tú les seguiste tan bien el juego…
Y fue entonces, al verte tan conmovida, tan curiosa, tan atenta, escuchando y aprendiéndote de memoria los nombres de todos sus peluches, de todos sus muñecos, de todos sus amiguitos del colegio y de todos sus Pikachus, Jigglypuffs, Wigglytuffs y demás Pokémons a cual más raro, cuando comprendí que te morías de ganas de tener hijos como yo me moría de sed.
Los miramos cenar, después Alice insistió en que le pusieras tú el camisón, le deshicieras las trenzas y le cepillaras el pelo mucho rato, lo cual hiciste, sin dejar de asombrarte de lo sedoso que era, de sus rizos, de lo rubio que era, de su olor… Fuiste también tú quien les leyó un cuento, y luego otro, y otro más, hasta que intervine para liberarte de ellos y de tu dolor.
Mientras charlábamos, haciendo honor a un riquísimo risotto y a tu botella de champán, hablaste de mi «elegancia», y yo levanté los ojos al cielo, bueno, al techo, a las vigas, y pasamos al salón, es decir, fuimos a sentarnos dos metros más allá.
(Abro un paréntesis, pues me parece importante hablar de nuestro salón precisamente. Sí, creo que la continuación de este relato tiene que ver con el talento de mi sofá y con el hecho de que sin él no nos habríamos hecho amigas esa noche. Más adelante quizá, más adelante sin duda, más adelante seguro, pero no esa noche. Porque me conozco: cuando quiero a alguien es para siempre, pero no abro mi corazón así como así. Y mucho menos en esa época de cerrazón total por motivos de seguridad total. No era el momento de dejar que nada se introdujera en mi escafandra. Ni aunque fuera amor. Sobre todo si era amor. De ninguna manera. Era una esponja totalmente impermeable.
Vivíamos en un apartamento amueblado, con toda la tristeza que encierra esa expresión: platos demasiado pesados, cubiertos demasiado ligeros, colchones demasiado blandos, cortinas demasiado sintéticas, objetos demasiado absurdos —en la repisa de la chimenea, los niños también se acuerdan, había una piraña disecada colocada sobre un pedestal—, sillas demasiado altas y un sofá demasiado feo. Poco a poco lo fui sustituyendo todo —el tiempo que invertía deambulando por los pasillos de los grandes almacenes no acababa ahogado en el fondo de una copa—, pero para los colchones y el sofá me faltaban las fuerzas. Había que prever una entrega a domicilio, y por lo tanto fijar una fecha, y por lo tanto proyectarse hacia el futuro, y por lo tanto no. Era pedirme demasiado. Aunque la semana anterior habíamos ido los tres al mercado Saint-Pierre a comprar tela para el Carnaval del colegio. Cumplir con el futuro, de ninguna manera, pero maquillar el presente, emperifollarlo, negarlo, eludirlo cosiendo disfraces, eso sí, encantada. Como era de esperar, Alice quería un vestido de princesa, y nos envolvimos en nubes de tul, de gasa, de muselina, de rasete y de bordados, mientras que Raphaël, como era de esperar, quería disfrazarse de Pokémon. Gracias a su falta de imaginación fuimos a parar a una tiendecita de la rue d’Orsel donde tenían una mina de pieles sintéticas. Visón, zorro, comadreja, chinchilla, conejo, Pikachu, chihuahua, no sabíamos ya dónde mirar ni tocar, y tuve que llamar a un taxi para cargar hasta casa todas esas caricias metidas en bolsas de plástico.
Esa misma noche transformé nuestro espantoso sofá en la tripa de Oum-Popotte. Esa genialidad no es mía sino de Raphaël. O más bien del autor e ilustrador Claude Ponti, un genio de los pelajes más suaves. En sus libros siempre hay un momento en el que un pequeño protagonista de vida áspera y reseca —pues hasta ahora me he complacido mucho en mi propia tristeza, pero no he hablado de la de mis hijos, que habían perdido a un papá tan divertido y cariñoso como era mi marido— encuentra cobijo en unos brazos de infinita dulzura. Me es imposible describirlo, hay que leer sus libros para entender lo que nuestro nuevo sofá representaba para Alice y Raphaël. La tripa de Oum-Popotte, la de los padres de Oups, de Foulbazar, del pequeño Pouf. Ya no era un sofá, era un animal grande y plácido que se los tragaba cuando volvían del colegio o cuando se sentían demasiado desheredados, y que los sepultaba bajo interminables mimos. Tiernos mimos porque les hice grandes cojines para que pudieran abrazar esa suavidad ellos también. Pese a los ácaros, esos metros de pieles fueron, de lejos, la compra más sensata de toda nuestra convalecencia.)
Pasamos al salón, decía, y enseguida mandaste por los aires tus bailarinas para acurrucarte en la panza de nuestro amigo, con las piernas dobladas, atrincherándote detrás de un montón de cojines.
Yo estaba sentada como a mí me gusta, es decir, en el suelo, y te miraba dejarte tragar por Oum-Popotte con la sonrisa tranquila y la expresión contenta de una niña tras un día de colegio demasiado largo.
Nos miramos.
Te ofrecí una infusión (los alcohólicos nunca toman infusiones) (y por ese mismo detalle se los reconoce), y tú me preguntaste si no tenía mejor un licor fuerte (vaya, vaya), no, pero, ah, qué oportuno, me parecía que tenía una botella de whisky en alguna parte. Qué casualidad, oye. Nos serví a cada una un vaso bien grande (era un apartamento amueblado, no tenía vasos más pequeños) y, bien agarradas a nuestro poleo, volvimos a instalarnos, tú en tu panza, y yo en mi pared.
Bebimos.
Los niños dormían, nos arrullaban las risas y las voces de los juerguistas en la calle, las velas tamizaban la luz, la radio ponía la banda sonora, y nos mirábamos.
No sabíamos nada la una de la otra salvo que ambas éramos de esa clase de personas que echan una lagrimita sobre la barra de un bar una mañana de invierno en París.
Nos mirábamos, nos calibrábamos, nos estimábamos.
Tú saboreabas tu whisky a sorbitos, y yo me esforzaba por hacer lo mismo. Me costaba. Estaba noqueada. Me agarraba al alcohol como a las cuerdas de un ring. Te repantingaste, te pusiste un cojín en la tripa y me preguntaste:
—¿Dónde está su padre?
4
Me escuchaste sin decir nada, me serví otro whisky, y comprendiste, no me dijiste nada pero se veía que te habías dado cuenta de que me bebía la turba como si fuera agua, y después me tocó a mí. A ti.
—¿Y tú? —te pregunté.
—¿Yo qué?
—¿Por qué estás aquí?
Escaqueo. Sonrisa. Suspiro.
—¿Cuánto tiempo tienes?
—Toda la noche —te contesté—, toda la noche.
5
Bajaste la cabeza y farfullaste:
—Pues yo…
Te miraba, se veía que no tratabas de escaquearte sino que, al contrario, le dabas vueltas y vueltas al ovillo en tu cabeza buscando una hebra lo bastante sólida de la que tirar para deshacerlo.
Teníamos toda la noche, y yo estaba acostumbrada a acostarme tarde y a sentarme ahí, vacía, con una copa en la mano. No tenía prisa. Te miraba, seguía encontrándote muy guapa y me habría gustado que el amor de mi vida hubiera estado ahí para verte él también. Me habría gustado presentártelo. Le gustaban mucho las chicas guapas de mirada tierna y ojos maliciosos como los tuyos. Nos habría dejado solas, naturalmente, pero nos habría hecho reír antes de irse. Lo que más le gustaba en el mundo era hacer reír a las mujeres inteligentes. Era su manera, decía, de humanizarnos y de darnos las gracias por existir y por tolerarlo entre nosotras. Nos hacía reír como tontas para querernos mejor.
Pensar en él me empañó la mirada, y verme zozobrar así te dio a ti el valor de tirarte a la piscina.
—Espera —dijiste enseguida, levantando la mano—, no llores. Voy a distraerte.
Pero era demasiado tarde, ya estaba llorando. Como decían los niños, estaba harta de que se hubiera ido, estaba harta.
—¿Has estado alguna vez en un internado? —me preguntaste.
—No.
—Yo sí.
Te incorporaste y dejaste el vaso. Ya tenías la hebra.
6
—Ocho cursos. Sexto, séptimo, séptimo otra vez, octavo, primero, segundo, tercero y último de bachillerato. Ocho años son muchos años. Parte de la infancia y toda la adolescencia. Toda la adolescencia contando los días. Bonita forma de empezar la vida, ¿no? Vengo de una familia de militares. Ejército de tierra. 1.º RHP: Regimiento de húsares paracaidistas. Un antepasado caído en Valmy, otro en Sebastopol, un tío abuelo en Verdún y dos abuelos en las Ardenas en mayo del 40. Mejor palmarés, imposible. Omnia si perdas, famam servare memento. «Si lo has perdido todo, recuerda que queda el honor.» Es su divisa. ¿Qué te parece? Impone, ¿verdad? Me llamo Mathilde, pero mi madre no tuvo fácil que quisieran ponerme ese nombre porque santa Mathilde era boche. Menos mal que el cura de entonces dio su visto bueno, porque, si no, no me habría librado de llamarme Thérèse o Bernadette. Me mandaron interna a los diez años. Era una alumna aplicada, iba un año adelantada y, de repente, a los diez, hala, fuera. Mis dos hermanos, Georges y Michel… Se llaman todos así en mi familia porque son los dos santos patronos del regimiento. Georges es el blindado que derriba al dragón con armadura, y Michel es el paraca que los fulmina a todos cayendo del cielo y…, mmm… ¿Por dónde iba? Ah, sí, me mandaron interna porque a mis dos hermanos los habían mandado antes que a mí y, como me recordó mi padre para que dejara de lloriquear, no se habían muerto por ello. ¿Qué podía contestar a eso una pobre niñita? La idea es que una familia militar va siempre de un lado a otro, mientras que un internado es algo estable. Estable, ¿entiendes? Te da equilibrio. Te inculca una buena base. Te estructura. Te meten ahí, y creces dentro del molde, cogiendo exactamente la forma del molde, sin rebaba, y así luego tienes el tamaño justo y el calibre adecuado para entrar en el cañón. Para casarte, vamos. Para pillarte un suboficial guapo y darle a Francia un buen puñado de retoños paracaidistas. En fin, tampoco es que todo fuera malo. Es un mundo y, como en todos los mundos, hay imbéciles y hay gente buena. Y no me duelen prendas en reconocer que en ese mundo he conocido a mucha gente que valía la pena, que valía mucho la pena, gente sincera, buenas personas. Pero ¿sabes?, el otro día estaba escuchando a la filósofa Élisabeth de Fontenay en la radio, era un debate sobre las corridas de toros, y lo que dijo para condenarlas me marcó tanto que volví a escuchar el programa en podcast para poder apuntar sus palabras. Espera, no te muevas.
Te levantaste, cogiste una libreta de tu bolso y volviste a sentarte, esta vez sin doblar las piernas. Leíste en voz alta:
—«La moral aristocrática, el honor militar, el honor del apellido… La filosofía me hizo romper con todo eso. Tal cual. Por eso no puedo aceptar vuestro inmenso sistema de justificaciones éticas vinculadas a esos valores que, insisto, están obsoletos. No digo que no haya que tener sentido del honor, yo intento tenerlo, sino que hay que entender que ese modelo de virilidad, de valentía y de dominio ya no es válido, y no lo es precisamente por los crímenes del siglo XX.» Gracias, Élisabeth. Gracias, gentil dama. Con eso está todo dicho. Yo he estado inmersa en eso toda mi infancia. En ese modelo, en esos valores pasados de moda. Me mandaron interna por mi bien, y a mi madre no te creas que le dio mucha pena porque aún le quedaban cuatro hijos más a los que destetar después de mí más otro en camino, así que tenía trabajo de sobra. Y además decía que conservaba muy buen recuerdo de su internado de monjas, que había hecho amistades para toda la vida y que…, bueno, lo que sea, me trae sin cuidado. A mí, en cambio, no me gustaba nada. Los primeros años volvía a casa todos los fines de semana, después mi familia se trasladó a Pau, y ya solo volvía a casa durante las vacaciones escolares, más adelante se fueron a Nueva Caledonia, y entonces ya solo volvía por Navidad. Pero ahí ya te diré que era demasiado tarde. El mal estaba hecho, ya no me dolía. ¿Por qué te cuento todo esto? Porque… Anda, ponme un poco más de poción mágica… Porque el estar interna condicionó por completo mi relación con el tiempo que pasa. Con el tiempo a secas. Para mí, el tiempo, me refiero al tiempo temporal, el del reloj de arena, es el enemigo. Es el enemigo, el tedio, la regresión. He tratado de librarme de ese dolor, pero…, no, espera, estoy quemando etapas… ¿Te acuerdas de esa cancioncilla infantil que decía «El lunes por la mañana el emperador, su mujer y el principito vinieron a mi casa» y blablablá, todos los días lo mismo hasta el domingo, la conoces? Pues yo la odio, me pongo histérica en cuanto la oigo. Para mí, y me imagino que les ocurre igual a muchos de los que han pasado por la casilla internado cuando no tenían madera para eso, la semana viene a ser esto: el lunes estás triste pero como aún conservas un poco de calor de hogar, vives de esas reservas; pero ya el martes empieza a faltarte el aire porque…, porque la semana acaba de empezar… El miércoles es una mierda, para los demás, en cambio, para los civiles, el miércoles es un día guay: solo hay cole por la mañana, por la tarde ven dibujos animados, hacen extraescolares, ballet, equitación, música, quedan con las amigas, qué sé yo. El miércoles está genial. Es un buen día. Y te corta un poco la semana. Cuando estás interna, las tardes de los miércoles huelen a moho. A humedad. A pies. Estás metido de lleno en tu vida en comunidad, y la vida en comunidad es lo que más odio. El miércoles se hace todo apiñados, incluso aburrirse, sobre todo aburrirse, y es tan deprimente. Te debilita. Los militares tienen este dicho: «En los cuarteles no se hace nada, pero esa nada se hace muy temprano y todos juntos»; pues sí, es exactamente eso. Los miércoles y los fines de semana, cuando te dejan olvidada en la consigna, no haces nada, pero ves en la mirada de la que tienes al lado cómo esa nada te vuelve blanducha, resignada, fea… Estás ahí y no sirves para nada. Y la vida no sirve para nada. La vida está en otra parte. La vida transcurre en otra parte. La moda, la música, las historias de amor, las intrigas, los cuchicheos en plan «me ha dicho Fulanita que te diga que le preguntes a Menganito si quiere salir con ella», las risas, los besos, los cuernos, las compras, las tardes de patinaje, los recuerdos… Todo eso pasa sin los que estamos internos. Para empezar, nada de eso es compatible con las ideas de tus padres, y además estás en chirona, así que nada. Bueno, claro, si te quieres divertir tienes las actividades de la catequesis. Si quieres, para matar el rato puedes hacer buenas obras. Puedes ir a cantar a los asilos de ancianos, puedes ir a ayudar a las monjas viejas a sacar brillo a los reclinatorios de su convento, puedes ir a distraer a los enfermos o, mejor aún, más divertido todavía, puedes ir a distraer a las monjas moribundas. Eso es el no va más. Con las monjas moribundas te ganas el cielo. Cuando llega la Navidad, te dan un paquete con muchas cosas dentro. Solo tienes que añadirle un empacho de misas aburridas y de bombones, y ya tienes tu calendario de Adviento. Pero ¿por dónde iba?
—Por los miércoles.
—Ah, sí, gracias. Total, que los miércoles en el trullo toca pelar patatas. Los jueves…, los jueves son lo peor… El día más largo de la semana. Los jueves si no tienes un buen libro para leer cuando apagan las luces puedes cortarte las venas directamente. Puedes ir a comulgar. Los viernes empiezas a levantar cabeza. Durante el recreo te quedas mirando los pájaros a lo lejos, esperando ver algo de vegetación. Los viernes empiezas a oler a tierra firme. Los sábados por la mañana… ¡Eh! —exclamaste triunfal—, ¡te he visto sonreír! ¡Es genial! Me encanta hacerte sonreír. Estoy contenta.
—¿Los sábados por la mañana, qué?
Y sonreía. Eso era una novedad. Y sentaba bien. Hacía mucho tiempo que no sonreía así. Sonreía y me eché a llorar a moco tendido. Gracias a que por fin sonreía podía llorar por fin. No lagrimitas amargas como un ratito antes o como en el café esa misma mañana, sino buenos lagrimones bien grandes, redondos y cálidos. El cuerpo se relaja por fin. La dureza se ablanda. La tristeza se funde. Era la primera vez que lloraba delante de alguien. La primera vez desde hacía un año, dos meses y cinco días. Porque el amor de mi vida se había matado él solo, me tenía prohibido llorarlo en público. Nunca me vine abajo delante de nadie, jamás. No sé por qué. Por lealtad, creo. Para darle la razón. Para darme la razón a mí. Para persuadirme de que lo había entendido y de que lo había perdonado. Tenía derecho a maldecirlo y a insultarlo, pero solo en la intimidad. Entonces sí. Cuando estaba frente a él y me derrumbaba, le cantaba las cuarenta, pero esa noche, contigo, contigo que me contabas cosas tan raras, tan inauditas, tan exóticas, a mí, hija única de unos padres intelectuales, liberales, dulces, pacíficos…, sí, cosas tan exóticas…, podía permitirme llorar delante de ti, no tenía nada que temer. No habíamos vivido en el mismo planeta, no nos habían educado igual, no habíamos mamado de los mismos santos y éramos tan cínicas la una como la otra. Y tan reservadas. Y tan tiernas. Y además no lo habías conocido, y… Y lloraba. Evacuaba el exceso. Soltaba lastre. Hacía saltar los diques. Me daba permiso.
Qué bien sentaba.
—Oye —protestaste—, que solo voy por el preámbulo. Es después cuando la cosa se pone triste. Guarda algunas lágrimas para luego, que, si no, no me vas a compadecer como es debido, y me llevaré un buen chasco.
—Vale —le dije, limpiándome la nariz en la manga—, vale. Entonces…, ¿los sábados?
—Mejor así… ¡No todo el mundo tiene la suerte de ser viuda, joder! Pues eso, los sábados por la mañana coges el tren con tu bolsón de ropa sucia y llegas a una casa ruidosa y animada, pero bastante indiferente en realidad. No es que no te quieran… Enseguida estamos con las palabras grandilocuentes. No es que no te sientas bien recibida, pero es como lo que te decía de los miércoles: la vida ha transcurrido sin ti. La vida no te ha esperado y ahora no sabe muy bien qué hacer contigo. No, no te han olvidado, pero alguien, una sobrina, una prima, la mujer de un coronel ha dormido en tu cama durante tu ausencia, y a nadie le ha parecido necesario cambiar las sábanas, o han puesto cajas de cartón en tu cuarto, y hay una máquina de coser sobre tu mesa, iban a quitarla de ahí pero al final no les dio tiempo, quítala tú misma y ponla en el cuarto de tu hermano. Bueno, nada de eso es tan grave en realidad, qué va, es mucho peor: ya no tienes intimidad en ninguna parte en este mundo. Y encima los sábados por la tarde te suelen encasquetar a una hermanita o a dos hermanitos para que los cuides, no es que te lo digan así tal cual, pero a fin de cuentas eso es lo que te…, lo que acaba contigo. La noche de los sábados suele ser un buen momento. Al César lo que es del César, reconozcamos a las familias numerosas lo que tienen de bueno: las mesas llenas de gente a comer y a cenar, la calidez, las risas, las broncas, los reencuentros, la buena cocina, las tartas, las mesas extensibles que se extienden sin parar porque donde comen diez comen doce, y donde comen doce comen veinte. Sí, veinte personas de media sentadas a la mesa los fines de semana. Entre los vecinos, las vecinas, los primos, las primas, los amigos, la familia, los scouts, las monitoras, los amigos de mis hermanos, los boinas rojas, los boinas verdes, los seminaristas, las solteronas, los indigentes, las santurronas, los que están solos en el mundo, los leprosos y toda la patulea, las comidas, en mi casa, ya fueran los sábados o los domingos, siempre eran un gran momento. Era como el internado solo que sin ir de uniforme, como el internado solo que la comida era mejor y la gente hablaba más alto. Pero…, en cuanto recoges la mesa, ya es domingo… Los domingos por la mañana toca ir a misa, y por la tarde ya estás haciendo otra vez la maleta, pensando en todos los deberes que no has hecho y que tendrás que hacer en el tren. Y después vuelta a empezar. Todo igual. Ocho días. Eso era mi juventud, eso era. Y cuando ya no tenía nido familiar al que volver, agrandaba el círculo reduciendo aún más mi intimidad. Me iba a casa de mis abuelos, a casa de algún tío, de alguna tía, a la habitación de invitados de algún amigo, etc. Durante ocho años me limité a contar los días, viviendo a caballo entre dos sitios. Durante ocho años me limité a esperar una vida más estable, más dulce, más… Sí, más dulce. Más egoísta. Una vida mía. Una vida a la que hubiera podido abrazar y decir: esto es mío, esta es mi casa, no entréis. Y, si os dejo entrar, adaptaos a mi ritmo y no me preguntéis nunca más a qué día estamos. ¿Entiendes? ¿Entiendes lo que quiero decir? No te cuento toda esta mierda para que me compadezcas, ¿eh? Te lo cuento para que comprendas lo desgraciada que soy.
Silencio.
—¿Te estoy aburriendo? —te inquietaste.
—No. Para nada.
—Entonces ayúdame. Porque ya no estoy tan segura de querer seguir hablando…
—¿Quieres o no quieres?
Silencio.
—Quiero. Y también quiero fumar. ¿No tienes algo de picar?
—Puedes fumar si quieres.
—No. Estoy intentando dejarlo. ¿No tienes nueces que cascar? ¿O almendras? ¿O pipas de girasol, o algo que sea un coñazo pelar?
—Pues… no. Tengo cereales, si quieres. Miel Pops y Chocapics.
—Perfecto. Tráete unos Chocapics.
«Sin leche, ¿eh?», precisaste cuando ya estaba en nuestra cocinita preguntándome si me atrevería a volver con otra botella.
No me atreví.
Bueno. Dos cuencos de Chocapics sin leche. Dieta seca para los heridos de guerra del Panteón. A las damas ilustres, con el agradecimiento de la psiquiatría.
Volví a sentarme enfrente de ti, picamos en silencio, y te eché un cable.
—Venga. Dime por qué eres desgraciada.
7
—A ver, a ver… ¿Por qué soy desgraciada? Veamos…
Y, como seguías sin hablar, puse agua a hervir y dejé una taza de infusión a los pies, a las patas de Oum-Popotte.
—Gracias.
Y como parecías tener tantos motivos para sentirte desgraciada que no sabías ni por dónde empezar, tiré de otra hebra por ti.
—Mandas muchos mensajitos durante el desayuno, ¿no?
—Ahí estamos —me sonreíste—, ahí estamos.
—¿Estás enamorada?
—Sí. No. Sí. ¿Por qué sonríes?
—¡Porque empezamos bien!
—Oye… ¿no tendrás un cigarrillo?
—Sí. No fumo, pero tengo. Los encontré aquí cuando me mudé, igual no están muy decentes.
—No importa. Me valen.
Te pasé el viejo paquete de Marlboro que se resecaba debajo de la piraña disecada.
—Fantástico. Gracias.
—¿Te importa que me eche este culín de whisky en la infusión?
—Qué me va a importar. Estás en tu casa.
—Gracias.
—Aaaaah… —Te maravillaste, exhalando una larga calada de nicotina rancia, mientras yo cambiaba una bebida caliente por otra—. ¡Ves que cuando uno pone empeño, las cosas marchan!
Y entonces me reí. Y supe que nos estábamos haciendo amigas. Porque sonreír era una cosa, pero reír… Reír era un verbo tan inesperado en esa época de mi vida. Tan inesperado.
—Te voy a contar… Soy desgraciada porque soy débil, y soy débil porque soy…, no sé…, aparte de idiota no sé qué decir… Esa juventud sin honor, esos años de…, de guarnición, de cuartel, de guardia de mierda, sí, todos esos años vacíos, no solo no consigo superarlos, sino que encima he vuelto a las andadas. Peor aún incluso, te diré: ahora vivo estos años vacíos de la manera más insustancial. Menuda mierda, menuda birria, es tan… deshonroso… Sí, eso es, deshonroso. Acabo de encontrar la palabra adecuada: deshonroso. Joder, qué horror darme cuenta de esto… Lo he perdido todo y ya ni siquiera me queda el honor. Me pregunto cómo he podido lograr semejante hazaña…
Silencio.
—Te lo pregunto a ti.
Silencio.
—No lo sé. Soy un mal soldado.
—¿Está casado?
—Ah, vaya —dijiste con una mueca—, además de deshonroso, banal. Es banal, trillado, vulgar. Menuda derrota. En desbandada. Los santos patronos del ejército no deben de estar muy orgullosos de su recluta, te lo digo yo… Bueno, tú lo has dicho: está casado. ¿Qué más se puede añadir a eso? Nada. ¿No tienes una baraja o un juego de mesa para que sigamos esta agradable velada tranquilitas? ¿No tienes el Monopoly o el Trivial?
—Tengo el Uno.
—Huy, no. Muy difícil. Eso no es para mí.
Sonrisas.
—¿Sabes? —reanudé—, te encuentro muy guapa. Bueno, no, no es que te encuentre muy guapa, es que lo eres. No pareces en absoluto una mujer deshonrada. Cuando te miro charlar con él por las mañanas, veo a una mujer amada, es algo que salta a la vista.
—Gracias. Muy amable. Es muy amable por tu parte, y es cierto. Bueno, creo que lo es. Y eso es lo malo precisamente. A falta de honor, me queda el amor. Bueno… El amor… Un poco de amor. El amor que queda, vaya. A trancas y barrancas, todo en el aire, nada sólido, mensajitos robados. Antes esperaba con impaciencia el fin de semana, y ahora me pasa al revés. Ahora lo temo. Lo odio incluso. Es como una extinción, una pequeña muerte. Muero y resucito cada cinco días. Es agotador. Es agotador y sobre todo banal. Como te he dicho, vivo lo negativo de lo negativo: antes empezaba a respirar el viernes por la tarde, y ahora empiezo a apagarme ya desde el jueves por la noche. Y duermo lo más posible los fines de semana para que se pasen más deprisa. Es cruel, ¿no crees? Sí, es cruel. Es malvado. Oigo a Dios reírse con desprecio y decirme: ¿no te portaste bien con las monjas? ¿No les rezaste el rosario a las moribundas? ¿No te comiste los bombones de lecitina de soja? Pues, hala, toma. Expía. Hala, venga, llora. Llora de la mañana a la noche todos los días que Dios nos da y pásate el resto de la vida en el locutorio, hija mía. Así aprenderás.
No vivo con un hombre, vivo con mi teléfono. Toda mi vida gira en torno a este trozo de plástico. Una especie de lámpara de Aladino caprichosa y sádica que rige tu humor según si la frotas y cumple tus deseos o si la respetas y te abandona. Una lámpara de Aladino fabricada en China con un genio bueno, no, uno malo, una birria de genio, un genio en plan funcionario que solo trabaja de ocho a tres y para el que ni siquiera existes bajo tu verdadera identidad. Mis «te quiero» los pronuncia…, ni siquiera sé con qué nombre inventado funciono últimamente…, cambian tan a menudo…, y mis «te quiero» ni siquiera se escriben así porque tenemos códigos para todo. Te quiero es «expediente confirmado», pienso en ti es «expediente pendiente» y te deseo es «expediente urgente». Vaya mierda, ¿eh?
»Sí, vaya mierda. No vivo una historia de amor, clasifico expedientes. No sé ni para qué me molesté en estudiar tantos años…
—¿Qué estudiaste?
—Urbanismo. Graduada por la Escuela Nacional Superior de París, con nota, y total ¿para qué? Para entregarme a un hombre que no es edificable y con el que nunca podré construir nada. Reconoce que no soy una chica muy lista…
—¿Por qué eres tan categórica? Igual él…, yo qué sé…, igual cambia de vida.
—No. ¿Tú conoces a muchos hombres que se divorcien para irse con su amante? ¿Teniendo niños pequeños? ¿Y una hipoteca? ¿Y un Audi? ¿Y un perro? ¿Y un conejo enano? ¿Y sentimiento de culpa? ¿Y una casa familiar en Bretaña? No, claro que no. No soy lista, pero sí realista. Y además él nunca me ha prometido nada. Por ese lado no tengo nada que reprocharle. De hecho, no le reprocho nada, lo conocí casado y cuando me lie con él sabía lo que había. Nunca me ha prometido nada pero tampoco me ha ocultado nunca nada. Es un tío honrado, eso vaya por delante. Pero de ahí a dejar a su mujer, no, no lo creo. Ya no lo creo. Son las mujeres quienes tienen el valor de dar ese paso, los hombres nunca. ¿Por qué? No lo sé. Quizá porque ellas tienen más imaginación… O porque son más atrevidas… O porque se llevan mejor con la vida… Seguramente hago mal en decir estas banalidades, pero es lo que veo a mi alrededor. No somos en absoluto iguales frente a la vida. O más bien frente a la muerte. Las mujeres le tienen menos miedo a la muerte. ¿Será porque dan la vida, precisamente? No lo sé. Todo lo que digo suena horriblemente manido, pero no veo otra explicación. Hagan lo que hagan, decidan lo que decidan, sea lo que sea lo que destruyan y con lo que acaben, tengo la impresión de que la vida sigue estando de su lado. Como una especie de gran animal doméstico que se queda siempre del lado de la mano que le da de comer, aunque esa mano sea la más violenta y la menos cariñosa. Es como esos viejos soldados del emperador, esos gruñones que lo siguieron hasta el final del invierno y de su locura, sin cuestionar jamás la más mínima orden que emanara de él. Memorias del sargento Bourgogne, ¿lo has leído? Mi padrino me lo regaló cuando cumplí los quince. Buenísimo… Sí, es injusto para los hombres pero es así. Y mi amor no es más…, iba a decir valiente, pero no es eso, es valiente a su manera, no es más lanzado que los demás porque no quiera…, porque no quiera contrariar a la vida, ponérsela en contra, disgustarla, que le priven de ella y palmarla él solo una noche con la boca abierta. Y lo malo de esto es que, a la edad que tengo, si no renuncio a él corro el riesgo de no ser madre nunca. Sería una pena, ¿no? Aunque suela negarlo, tengo ganas de tener hijos. Sí, tengo ganas. A veces se me olvida, pero cuando vi a los tuyos en el café el mes pasado se me puso el corazón patas arriba. De hecho, no sé si te fijaste, pero no volví los días siguientes. No quería volver a veros, no quería volver a verte a ti, te tenía demasiada envidia. Sí, eso es: te tenía envidia. Y la envidia es un lujo que no puedo permitirme si quiero seguir levantándome cada mañana. ¿Ves?, soy desgraciada porque todo lo que vivo hoy me recuerda a mi juventud, mi impotencia y…
Callaste, levantaste la cabeza y me preguntaste, mirándome a los ojos:
—¿Puedo seguir?
—Puedes seguir.
—Me siento como si abusara. Como si te estuviera utilizando. Como si hubiera venido aquí a tumbarme en tu diván para echarte encima mi montón de mierda.
—¿Te sientes como en un diván?
—…
—Vamos, Mathilde…, sabes muy bien que no es un diván, es la tripa de Oum-Popotte.
—¿Cómo?
—Oum-Popotte, el amigo del perro invisible. Los niños te lo presentarán una noche, ya verás…
Sonrisas.
—Además, no me estás echando nada encima, solo me estás contando. Te estás aligerando. Estás soltando lastre. Eso es mucho más bonito.
—Gracias.
—De nada. A mí me sienta bien, ¿sabes? Es la primera vez desde hace meses que paso la velada con alguien que no sea yo misma, y no te imaginas lo mucho que lo necesitaba. Sigue. Sigue contando, como dicen los niños, sigue contando.
—No sé qué más decir.
—¿Cuánto hace que os conocéis?
—Casi cuatro años.
—¿Y no tienes ninguna esperanza de que la situación…, esto…, evolucione?
—¿Quieres ayudarme a matar a su mujer?
—No —le dije sonriendo—, no. Antes no tenía opinión, pero ahora estoy en contra de la muerte. Me parece decepcionante y banal. De verdad banal. Pero…
—Pero ¿qué?
—Pues que dejemos de hablar de él y volvamos a ti. A mí él me trae sin cuidado. No me cae bien. No le tengo aprecio. No me apetece que me hables de él. No me interesa. Lo vulgar no es vuestra situación sino él. No me gustan los mentirosos. No me gustan los hombres que hacen desgraciadas a las mujeres. No me gustan los hombres que engañan a sus mujeres. Ojo, no hablo de sexo, ¿eh? El sexo es harina de otro costal. Estoy a favor de los placeres del cuerpo y en contra de la frustración, pero aquí se trata de otra cosa. Aquí ya son cuatro años, y cuatro años es una relación adúltera en toda regla. Y la sola expresión relación adúltera me parece espantosa. Es como lo de tener una querida, es feo. Antes decías que la vida es más leal con las mujeres. La vida quizá, pero la sociedad no. La sociedad lo ha connotado todo bien, la muy bruja. Y desde hace siglos. Por un lado tienes al amante de Duras, un chino guapísimo que folla de vicio, y por otro, la vieja querida de Barbey d’Aurevilly, la vieja que te deja hecho polvo para siempre. Qué guay, oye. Gracias, Ronsard, gracias. Trágate tu rosa. Un amante suena muy bien, es una palabra encantadora. Mi amante, mi apuesto amante, como en la canción de Bruel. Un amante siempre es sexy, pero una querida… La sola palabra ya suena casposa y rancia. Una querida caduca y enseguida se convierte en un estorbo. Es tan injusto… No, el problema no es él, eres tú. ¿Por qué aceptas eso? ¿Por qué te conformas? ¿Y por qué todo ese preámbulo (es la palabra que has utilizado) para llegar hasta él? Es perturbador. ¿Por qué has sentido la necesidad de contarme tus años de internado para hablarme de…, de tu…, del conejo enano de su hijo?
—Para establecer un paralelismo.
—¿Tú crees? Pero siendo como eres tan responsable tú como él de esta situación, y más incluso seguramente, supongo que ya habrás intentado dejarlo, ¿no?
—Mil veces.
—Y has vuelto con él mil veces.
—Sí.
—¿Ves?, eres tú quien lleva la voz cantante, eres tú. No es un paralelismo, es un círculo. Tú misma lo has dicho, has vuelto «a las andadas», y eso es lo interesante de todo esto. Olvida el Audi y la casa en la playa, nos trae al pairo. Tú vales muchísimo más que eso. Eres guapísima, divertida, tierna, sensible, inteligente, sabes distinguir entre Jigglypuff y Wigglytuff, ya casi no fumas, eres una de las mujeres más seductoras que he conocido en mi vida y sabes muy bien que no te costará nada seducir al primero en el que te fijes, así es que ¿por qué este…, esta vida de «hacer guardia», por volver a citar tus palabras? Será que en definitiva te conviene, ¿no? Una vida así está llena de ventajas. No hace falta pensar, ni tomar ninguna iniciativa, solo obedecer, es una vida pasiva… Estás metida en un esquema tan repetitivo y restrictivo que no queda espacio para la duda, para la angustia, y me refiero a la angustia con mayúscula, a la angustia existencial, lo cual obviamente es muy cómodo, pero a la vez tampoco deja espacio a la aventura, a conocer a otra gente, para los desbarajustes, para el destino, en una palabra… Para los caprichos y la malicia del destino. Es un escondite de lo más práctico. De lo más acogedor. El soldado de guardia está tranquilito en su garita, no cuestiona nada, no se hace ninguna pregunta y le suele traer sin cuidado aquello que vigila. Sí, se la trae floja. Se limita a estar ahí, congelándose las pelotas, mientras espera el relevo. Bueno, ¿por qué no? Pero entonces no me digas que las mujeres se llevan mejor con la vida porque, de verdad, Mathilde, ahí te…, te estás fallando a ti misma…
—¿Qué pasa contigo, eres psicóloga o qué?
Tu voz se volvió más agresiva.
—No, en absoluto. Solo intento comprender. Si no hubieras empezado hablándome de tu infancia, supongo que no te diría lo que te estoy diciendo, pero reconoce que es perturbador, ¿no? El que hayas vivido esos años de…, de aislamiento no quiere decir que eso te determine o tenga que determinarte, sino el hecho de que hayas necesitado narrármelos con tanta precisión. Cuando te escucho hablar, la impresión que me da es que tú misma te has elegido a conciencia una vida en forma de miércoles por la tarde, y me gustaría entender por qué. No es que te juzgue, ¿eh?, solo quiero entenderlo.
—¿Te refieres a algo así como un síndrome de Estocolmo o algo chungo por el estilo?
—No lo sé, tus años de internado no pueden compararse con un secuestro, pero reconoce que es una explicación tentadora. Me dices que no viviste durante ocho años, y ahora que eres mayor, libre y emancipada, te metes otros cuatro más. Reconoce que te gusta eso de contar los días, ¿eh? Si no, ¿cómo lo explicas?
—…
—Te he ofendido. Perdón. Te lo veo en la cara, veo que te he hecho daño. Perdóname. No tengo ningún dere…
—No, no. No me haces nada de daño, al contrario, me desinfectas. Lo que me ves en la cara no es reticencia sino escozor. Esto que me has dado duele. Seguro que cura mucho, pero duele.
—¿De verdad que no quieres jugar al Uno?
Sonrisas.
—No, quiero seguir. Quiero que sigas examinando esta herida conmigo. ¿Quieres?
—Te escucho.
—No, te escucho yo a ti.
—Huy, pero si yo no tengo nada que decirte…
—Sí, claro que tienes. Tienes que decirme que lo deje de una vez por todas.
—Huy, pero eso no hace falta que te lo diga, ¡eso ya lo sabes tú! Me lo has presentado así. Has empezado a contarlo así. Tu narración no es un relato, es un mapa estratégico. Ese teléfono del que dependes como una adicta, esa realidad tuya negada, toda esa ternura que solo te dan bajo cuerda, todas esas historias de expedientes que clasificar, de cimientos tambaleantes, de licencias de construcción que nunca obtendrás, son tus propias palabras. Es tu propia visión. Tus propias conclusiones. En ningún momento has hablado de lo bien que te hace sentirte ese tío, ¿verdad?
Silencio. Escozor.
—Te hace sentirte bien —proseguí en voz más suave—, sé que lo hace. Acabo de decirte que se te veía guapa por las mañanas cuando podíais hablar, pero eso no basta, Mathilde, eso no basta. Es demasiado corto. Es demasiado poco. Demasiado mezquino. Todo el mundo sabe que la felicidad no existe y que pese a ello hay que apañárselas para ser feliz, pero esto… Esto que estás viviendo tú es una emboscada total. Querer a un hombre durante cuatro años, y al cabo de todos esos años seguir teniendo que escribir «Expediente confirmado» en lugar de «Te quiero» es… Sí. Tienes razón. Es deshonroso.
Silencio.
Te serví la última gota de whisky en tu taza fría.
—Gracias —murmuraste con la cabeza gacha.
—No puedes seguir aceptando este apaño, ¿o sí?
—Soy incapaz de dejarlo. Cada vez que lo he intentado, me he sentido muy desgraciada. Puede que mi vida con él sea mezquina, pero sin él sería aún peor.
—¿La vida? Pero ¿qué vida? Cuatro años de clandestinidad. Cuatro años escondida. Cuatro años de tristeza por un hombre que solo puede abrazarte a costa de una mentira y que se contenta con darte un puñado de mensajes de vez en cuando. Pero recuerda: no eres una gallina, Mathilde, no eres una gallina. Sé que sufres. Lo sé. Pero lo más chungo de todo es que cuatro años a la sombra de un hombre casado son un montón de falsas alegrías, de falsas despedidas, de falsos reencuentros, de falsa intimidad, de decepciones, de humillaciones y de amargura, y que a fuerza de sufrir todo esto, te has perdido de vista a ti misma por el camino. Ni siquiera recuerdas que vales mil veces más que lo que ese hombre te ofrece vivir. Perdón, que lo que te ofrece no vivir.
—No. No digas eso. No es verdad. Él es mejor que eso. No lo conoces, pero es mejor de lo que tú dices. Si no lo fuera, a estas alturas yo no estaría donde estoy.
—¿Sabe que quieres tener un hijo?
—Se lo imagina.
—¿Te dará ese hijo?
—No.
—Si te quisiera de verdad, te dejaría marchar. Cuando se ama a una mujer que quiere tener hijos, se le dan esos hijos o se la deja marchar.
—Se le dan esos hijos. Qué machista es eso. Hablas como un soldado raso de mierda.
—Hablo como una madre. Pero es machista, lo reconozco. Se quiere tener hijos con ella o se la deja marchar.
—Y ahora hablas como un cura.
—Hablo como la viuda de un hombre que le sacaba veinte años, que no quería hijos, que se veía demasiado viejo para ser padre, que por consiguiente la dejó, y que volvió al cabo de un año a recogerla a la salida del trabajo, empujando un magnífico cochecito de bebé. Un cochecito inglés, que no es cualquier cosa… Pero durante un año no dio la más mínima señal de vida. Jamás. No me envió un solo mensaje, ni una flor, ni una carta, nada. Durante un año fui libre.
Silencio.
—Me da miedo dejarlo. Me da miedo la soledad. Me da miedo arrepentirme, me da miedo echarlo de menos. Me da miedo no volver a vivir jamás una relación tan intensa. Me da miedo aburrirme y no superarlo nunca. Aunque me proteja, estoy segura de que en lo más hondo de mí hay un bichejo asqueroso escondido, una especie de termita, que aún cree que terminará por dejar a su mujer, y eso que acaban de comprarse una casa. En realidad, me quedo a su lado por los motivos equivocados. Me quedo porque obedezco a ese bichejo. Obedezco a la peor parte de mí misma. A la más mitómana, la más cobarde y la más miedosa.
—Obedecer órdenes que deshonran, ese es el drama de los militares, ¿no? ¿Por qué seguir imponiéndote esa clase de dilema? ¿Por qué? Haz como esa ilustre Élisabeth de la que me hablabas antes, Mathilde: rompe con esos valores pasados de moda. Deserta. Huye. Quítate el uniforme y entrega las armas. Lárgate. Escapa. Te mereces algo mejor que esa vida. Mira, nunca me atrevería a hablarte en este tono si no te hubiera visto con mis hijos. Si no te hubiera visto oler sus peluches o acariciarle los rizos a Alice. ¿Por qué arriesgarte a privarte de todo eso, eh? ¿Por qué? ¿Por quién? ¿Por qué relación? Y como tener un hijo con alguien sin decírselo es tan desesperante como engañar a tu mujer, entonces tienes que hacer el esfuerzo de irte si quieres tener una vida mejor algún día. No te queda otra. De verdad tienes que hacer el esfuerzo de salir de ahí. Y, a la vez que te digo esto, me doy cuenta de lo limitado de mi discurso porque… Porque yo lo había encontrado, había encontrado el amante eterno y el padre de ensueño para mis hijos, lo había encontrado. Y luego mira… Al final los estoy criando yo sola de todas maneras, así que… Así que más me valdría callarme.
Risas. Gritos. Jaleo.
Voces y ruido de cristales rotos en la calle.
—Mira —proseguí, incorporándome—, te voy a decir mi verdad. Te voy a decir mi verdad, que no es la tuya y que tampoco es la realidad. Mi verdad es que hago mal en soltarte todo un discurso grandilocuente. Hago mal porque, en verdad, y esta es otra verdad más, no tengo ni idea de nada. Nunca he sabido gran cosa y, desde que mi amor me dejó, estoy hecha polvo por completo, así que de mis consejos toma los que quieras y deja los demás. Sobre todo déjalos. Sí, pasa de ellos, en este momento soy incapaz de dar lecciones sobre la vida. No solo estoy hecha polvo, sino que estoy en un estado mucho más turbio. Soy falible en todo, créeme. No hay nada sólido en mí en este momento, nada. Pero lo que puedo añadir, para…, para seguir, digamos, con mi papel de anestesista, es que cuando lo conocí la que estaba casada era yo, bueno, no civilmente, pero como si lo estuviera. Sí. Era yo la que hacía daño. Él era tan inteligente que nunca me presionó, claro. Nunca me presionó lo más mínimo, y nunca se habría atrevido a hablarme con arrogancia como acabo de hacer yo ahora. Le habría horrorizado escucharme soltarte este sermón. Horrorizado y decepcionado. Él me creía más sutil. Para conseguir que yo abandonara mi cabañita, tan aburrida como cómoda, dejó que le hablara largo rato de mi vida con mi ex, con mi concubino, como le gustaba decir con un susurro, estirando la primera sílaba hasta la punta de mis hoyuelos, me dejó hablar mucho rato, como tú esta noche, escuchándome con mucha atención, como yo esta noche, y al final…
Silencio. Yo sonreía.
—Al final ¿qué?
—Al final bostezó. Bostezó, y eso me hizo reír.
—¿Y después?
—Y después nada. Después dejé a un hombre con el que me aburría por uno que me hacía reír.
—Mmm —gruñiste, acurrucándote en los michelines de nuestro confesionario—, cómo me habría gustado conocerlo… Háblame de él. Háblame más de él.
—No. Otro día. Otra noche. Ahora hay que irse ya a la cama, que mañana hay cole.
—Anda, sí. Dime algo. Por favor. Dime alguna otra cosa bonita que te sirva a ti de argumento y que a mí me infunda valor.
—En otra ocasión, te lo prometo.
Silencio.
—¿Te importa que duerma aquí unas horas?
—No, claro que no. Espera, voy por una manta.
Volví a levantarme, tiré a la basura la última botella vacía, dejé las tazas y los cuencos en el fregadero, fui a coger un edredón de mi cama, volví, cerré las persianas, corrí las cortinas, subí la calefacción y te arropé.
Apagué la lámpara y añadí:
—Si hubiera sabido que lo quería tanto, lo habría querido aún más.
Ese algo, ese argumento, esas últimas palabras murmuradas en la oscuridad ¿te infundieron valor?
No lo sé. Por la mañana ya te habías marchado, y no volví a verte nunca más.