País Relato - Autores

anna gavalda

happy meal

Quiero a esta señorita. Me apetece complacerla. Me apetece invitarla a comer. En un buen restaurante parisino con espejos y manteles de hilo. Sentarme a su lado, mirar su perfil, mirar a la gente a nuestro alrededor y dejar que la comida se enfríe. Quiero a esta chica.
—Vale —me dice—, pero vamos a un McDonald’s.
No me deja tiempo para disgustarme.
—Hace tanto desde la última vez —añade, dejando el libro—, tanto…
Exagera. Fue hace menos de dos meses, sé contar. Sé contar, pero me resigno. A esta señorita le gustan los nuggets y la salsa barbacoa, qué le vamos a hacer.
Si seguimos juntos el tiempo suficiente, le enseñaré otras cosas.
Le enseñaré la salsa grand veneur, los vinos de Pomerol y los creps suzette, por ejemplo. Si seguimos juntos el tiempo suficiente le enseñaré que los camareros de los restaurantes elegantes no pueden tocar nuestras servilletas y que las hacen resbalar sobre la mesa levantando ligeramente la de presentación. Se asombrará mucho. Hay tantas cosas que quisiera enseñarle… Tantas, tantas cosas… Pero no digo nada y la miro abrocharse su precioso abrigo.
Sé cómo son las chicas con el futuro: hacen promesas a la ligera. Prefiero llevarla a esa porquería de comida basura y hacerla feliz un día tras otro. Los creps suzette pueden esperar.
En la calle le digo que lleva unos zapatos muy bonitos. Se ofende por ello:
—No me digas que no te habías fijado hasta ahora, ¡si los tengo desde Navidad!
Balbuceo, ella me sonríe, y entonces le digo que lleva unos calcetines muy bonitos, a lo que me responde que soy tonto. Eso ya lo sabía yo de sobra.
Me da una arcada nada más abrir la puerta. De una vez para otra se me olvida lo mucho que odio el McDonald’s. Ese olor… Ese olor a fritanga, a fealdad, a crueldad animal y a vulgaridad mezcladas. ¿Por qué se dejan afear las camareras de esa manera? ¿Por qué llevan esa visera absurda? ¿Por qué hace cola la gente tan obedientemente? ¿Por qué esa música ambiental? ¿Qué ambiente es ese? Me agito, impaciente. Los clientes que nos preceden son unos maleducados. Las chicas son bastas, y los chicos tienen todos la mirada vacía. Ya me cuesta de por sí tolerar a la humanidad, no debería venir a esta clase de sitios.
Me mantengo erguido y miro fijamente un punto lejano, lo más lejos posible: las variedades de McFlurrys y los productos para hacerte un My Combo, detrás del mostrador. «McFlurry y My Combo.» ¿Cómo se pueden ridiculizar las palabras de esa manera? Me pongo triste. Ella lo nota, ella nota esas cosas. Me coge la mano y me la aprieta suavemente. No me mira. Ya me siento mejor. Con el meñique me acaricia la palma, y mi línea de la suerte se solapa con la del amor.
Cambia de idea varias veces. De postre duda entre un batido y un sundae de caramelo. Frunce su preciosa naricita y se enrosca un mechón de pelo en el dedo. La camarera está cansada, y yo, conmovido. Llevo las dos bandejas. Ella se vuelve hacia mí:
—Prefieres sentarte al fondo del todo, ¿verdad?
Me encojo de hombros.
—Sí. Lo prefieres. Lo sé.
Me abre el camino. Los que están mal sentados arrastran la silla a su paso. Algunos rostros se vuelven. Ella no los ve. Impalpable desdén de quien se sabe hermosa. Busca un rinconcito donde piensa que estaremos bien juntos. Ya lo ha encontrado, vuelve a sonreírme, y cierro los ojos en señal de aprobación. Dejo nuestra pitanza sobre una mesa manchada de perdigones de kétchup y de regueros de grasa. Se quita despacio la bufanda y balancea tres veces la cabeza antes de mostrar su grácil cuello. Me quedo de pie como un bobo.
—¿A qué estás esperando? —me pregunta.
—Te miro.
—Pues ya me mirarás más tarde. Se te va a enfriar.
—Tienes razón.
—Yo siempre tengo razón.
—No, mi amor. No siempre.
Muequita.
Estiro las piernas en el pasillo. No sé por qué empezar. Si por mí fuera me marcharía ya mismo. No me gusta nada de todas esas porquerías envasadas. Un chico con un aro clavado debajo de la nariz se sienta a nuestro lado, y al poco lo siguen otros dos vocingleros. Doblo las piernas para dejar pasar a ese extraño rebaño.
Tengo un momento de duda. ¿Qué hago aquí, con mi amor inmenso y mi americana de tweed? Tengo el reflejo estúpido de buscar el tenedor y el cuchillo.
Ella se preocupa:
—¿Te pasa algo?
—No, no. No me pasa nada.
—¡Entonces come!
Obedezco. Abre con cuidado su caja de nuggets como si se tratara de un cofre de joyas. Le miro las uñas. Esmalte azulado. Esmalte alas de libélula. Me lo invento, no tengo ni idea de colores de esmalte, pero da la casualidad de que también tiene dos pequeñas libélulas en el pelo. Unas minúsculas horquillitas que sujetan apenas unos pocos mechones rubios. Estoy conmovido. Ya lo sé, me repito, pero no puedo evitar pensar: «¿Se habrá pintado por mí las uñas esta mañana, pensando en este almuerzo?».
Me la imagino concentrada en el cuarto de baño, soñando ya con su sundae de caramelo. Y pensando en mí de paso. Claro. En mí. Inevitablemente.
Moja los trozos de pollo descongelado en la salsa de plástico.
Lo disfruta.
—¿De verdad te gusta eso?
—Me encanta.
—Pero ¿por qué?
Sonrisa triunfante.
—¡Porque está rico!
Me da a entender que soy un antiguo y un aguafiestas, se lo veo en la mirada. Pero al menos me lo dice con ternura.
Ojalá dure esa ternura. Ojalá dure.
La acompaño. Mastico y trago a su ritmo. No me habla mucho. Estoy acostumbrado. Nunca me habla mucho cuando la llevo a comer. Está demasiado ocupada observando las mesas de alrededor. Le fascina la gente. Incluso ese energúmeno de la mesa de al lado que se limpia la boca y se suena la nariz con la misma servilleta la atrae más que yo.
Y mientras los observa, aprovecho para mirarla tranquilamente.
¿Qué es lo que más me gusta de ella?
Lo que más me gusta diría que son las cejas. Tiene unas cejas muy bonitas. Muy bien dibujadas. El Gran Arquitecto debía de estar inspirado ese día. Seguramente utilizó un pincel de pelo de marta y no le tembló la mano. En segundo lugar, sus lóbulos. Son perfectos. No están perforados. Espero que nunca se le ocurra esa idea descabellada. Se lo impediré. En tercer lugar, algo muy difícil de describir. En tercer lugar, me gusta su nariz o, más exactamente, las aletas de su nariz. Los suaves lomos de esas dos conchitas. Esas conchas rosa pálido, casi blancas, semejantes a las que buscamos cada verano desde que nos conocimos y que los niños de la playa llaman porcelanas. En cuarto lugar…
Pero ya se ha roto el hechizo: se ha dado cuenta de que la estaba mirando y hace un mohín, mordisqueando la pajita. Aparto la mirada. Me busco el teléfono palpándome los bolsillos.
—Lo has guardado en mi bolso.
—Gracias.
—¿Qué harías tú sin mí, eh?
—Nada.
Le sonrío y cojo un puñado de patatas frías.
—No haría nada —prosigo—, pero no tendría que ir los sábados a comer al McDonald’s.
No me ha oído. Ataca el sundae. Con la punta de la cucharita empieza por comerse los trocitos de cacahuete y luego recorre concienzudamente cada surco de caramelo.
Después aparta la bandeja.
—¿No te lo acabas?
—No. En realidad no me gustan los sundaes. Lo único que me gusta son los trozos de cacahuete y el caramelo. El helado me empalaga.
—¿Quieres que les pida que te pongan más?
—¿Más qué?
—Más cacahuetes y caramelo…
—No van a querer.
—¿Por qué?
—Porque lo sé. No quieren.
—Tú déjame a mí.
Me levanto, cojo su vasito de helado y me dirijo a las cajas. Le guiño un ojo. Me mira divertida. Me siento inseguro. Soy un caballero andante que lleva los colores de su princesa a parajes hostiles.
A escondidas, le pido a la camarera un nuevo sundae. Es más sencillo. Soy un caballero andante experimentado.
Vuelve a empezar su tarea de hormiguita. Me gusta que sea golosa. Me gustan sus modales.
Tan elegantes…
¿Cómo es posible?
Pienso en lo que vamos a hacer luego. ¿Dónde voy a llevarla? ¿Qué voy a hacer con ella? ¿Me dará la mano cuando estemos de nuevo en la calle? ¿Retomará su encantador gorjeo allí donde lo dejó al entrar? ¿Dónde se ha quedado, de hecho? Creo que me estaba hablando del fin de semana de Pascua. ¿Dónde iremos en Pascua? Dios mío, cariño, si no lo sé ni yo. Puedo intentar que seas feliz día tras día, pero preguntarme qué haremos dentro de dos meses es demasiado. Así que, además de decidir dónde llevarla de paseo, tengo que encontrar otro tema de conversación.
Un caballero andante experimentado e inspirado.
Los puestos de libros del Sena, quizá… No son sino un pretexto para pasear a la orilla del río. Suspirará. «¿Otra vez? ¿Otra vez a ver libros viejos?» No, no suspirará. A ella también le gusta complacerme. Y me dará la mano, lo sé. Siempre lo ha hecho.
Dobla la servilleta antes de limpiarse la boca. Se alisa la falda al levantarse y se baja las mangas del jersey. Coge su bolso y me señala con la mirada dónde tengo que dejar las bandejas.
Le abro la puerta. El frío nos sorprende. Vuelve a ponerse la bufanda y con gesto seguro se saca el cabello de debajo del cuello del abrigo. Se vuelve hacia mí y me da las gracias:
—Ha sido delicioso.
Ha sido delicioso.
Bajamos la rue Dauphine, sopla viento, le rodeo los hombros con el brazo y la estrecho contra mí.
Quiero a esta señorita. Es mi hija. Se llama Adèle y aún no ha cumplido los seis.