País Relato - Autores

anna gavalda

el soldado de infantería

¿Dónde está, Louis?
¿Dónde está y qué han hecho con usted?
¿Lo han incinerado? ¿Lo han enterrado? ¿Aún puede recibir visitas?
Si puede, ¿dónde? ¿Dónde está?
¿En París? ¿En provincias?
¿Dónde está y cómo he de imaginármelo ya?
¿Bajo una losa? ¿En el fondo de un panteón? ¿En una urna?
¿Vestido, tumbado, maquillado y pronto descompuesto, o reducido a cenizas?
O diseminado, dispersado, esparcido,
perdido.
Louis.
Era usted tan apuesto…
¿Qué han hecho con usted?
¿Qué han hecho con usted, y quiénes son, de hecho? ¿Quién es esa gente de la que nunca hablaba?
¿Tenía usted familia?
Sí. Claro. Recorro cada día un bulevar que lleva su nombre. He olvidado qué lazo de parentesco lo unía a ese victorioso mariscal del imperio, pero tenía usted familia, obviamente.
¿Cuál?
¿Quiénes son? ¿Qué significan para usted?
¿Los quería? ¿Lo querían ellos a usted? ¿Respetaron sus últimas voluntades?
¿Cuáles eran sus últimas voluntades, Louis?
Joder, Louis,
joder,
me cago en tu madre.
Seúl, diez de la noche; estoy encerrado en una habitación de hotel, en la planta cuarenta y uno de una torre recién edificada. Creo que soy su primer ocupante. Los que pusieron la moqueta se han dejado el cúter, y las paredes de la ducha conservan todavía su plástico protector.
Acabo de llegar de Toronto, donde he empalmado una cita tras otra durante tres días, después de una visita relámpago a dos estudios de producción, uno en Varsovia y el otro en la periferia de Vilna. He acumulado tantas horas de desfase horario que mi reloj biológico ya no tiene punto de referencia alguno sobre realidad alguna. Aguanto el tirón como puedo.
Al buscar unos apuntes para un comercial de la Tao Tanglin con quien desayunaré mañana, he dado con este fichero, Sin título 1, en las entrañas de mi ordenador. No recuerdo haber escrito estas palabras y hasta me cuesta creer que sean mías.
Acababa de abrir su regalo. Estaba triste. Había bebido.
Sin mesura.
Louis.
Heme aquí de nuevo.
Han transcurrido varios meses, y hoy estoy más tranquilo y menos vulgar, pero sigo haciéndome las mismas preguntas, ¿sabe?…
Sigo haciéndome las mismas preguntas y siempre llego a la misma conclusión: lo echo en falta, amigo mío.
Lo echo muchísimo en falta.
¿Cómo habría podido imaginar que lo echaría tanto en falta? No es una forma de hablar, no digo «lo echo en falta» como si me quejara con usted de falta de sueño, de sol, de valentía o de tiempo, se lo digo como si me faltara una parte de mí mismo. La mejor quizá. La única pacífica y la más benévola. La mejor.
Vela hoy por mí como lo hizo hace dos años.
Dos años, Louis, dos años.
¿Cómo es posible?
Cómo es posible haber puesto tanta vida en tan pocos días…
«Miembro fantasma, alucinación, PATOL., n. f.: Percepción ilusoria y a veces dolorosa de un miembro amputado. Dolor que reavivan el estrés, la ansiedad y los cambios meteorológicos.»
Esto es lo que me repito cuando pienso en usted. Es ridículo, ¿verdad?
Es ridículo. Además de ser mi brújula, resulta que se ha convertido usted en mi barómetro.
A la menor contrariedad, a la menor oscilación, me palpo y busco en mí la prueba de su ausencia.
No dejo de buscarle, Louis. Su muerte es como una cuña que me hubieran clavado en el cráneo, y, a la más mínima duda, ras, se me desgaja un pedazo de hueso.
Ras.
Acabaré partido en dos.
Escribo tonterías.
Escribo tonterías por temor a decir tonterías.
Dos años.
Apenas.
Qué poco tiempo.
Qué poco tiempo y cómo lamento esos años perdidos.
Podríamos habernos conocido mucho antes, pero éramos ambos tan reservados…
Tan reservados, tan distantes y estábamos tan ocupados.
Tan preocupados.
En resumidas cuentas, un par de idiotas.
Tengo mil problemas más urgentes que resolver, pero siento el deseo de estar con usted.
Siento el deseo de hablarle, de volver a verle, de escucharle.
De recuperar el aplomo.
Es el momento idóneo. Como le decía, estoy tan poco vivo como se puede estar.
Louis…
No se mueva.
Voy a servirme una copa y vuelvo enseguida.
Era usted abogado, yo dirigía una empresa —y lo sigo haciendo—, éramos vecinos de rellano y nos cruzábamos a veces en el ascensor o en el portal de ese edificio elegante del distrito XVI cuya última planta nos repartíamos.
Nos cruzábamos pero apenas intercambiábamos un gesto de saludo distraído y cansado, borricos como éramos, mulas, habíamos puesto todo nuestro empeño en convertirnos en bestias de tiro, doblándonos cada cual bajo el peso de nuestra importancia y de la ingente carga de trabajo con la que no deberíamos haber contaminado a nuestro círculo más íntimo.
(Iba a escribir «que no deberíamos habernos traído al hogar», pero no lo he hecho. ¿Tenía yo hogar? ¿Lo tenía usted? Lo he sustituido por «nuestro círculo más íntimo», pero es más grotesco todavía. Nuestro círculo más íntimo. Qué bobada. ¿Por qué no el del Racing o del Interallié, ya puestos?)
Usted y yo no hemos tenido nunca ni intimidad ni carné de miembro de círculo privado alguno, por muy selectivo que fuera. No por falta de oportunidad, sino de tiempo, santo Dios. No teníamos tiempo. Ni para la caza, ni para el golf, ni para el poder y menos aún para la intimidad.
Intimidad…
Parece el nombre de una revista femenina, ¿verdad?
En cuanto al término domicilio, en lo que a mí respecta era ante todo fiscal y servía para calcular la cuantía de mi impuesto sobre la renta, y en lo que a usted respecta…
En lo que a usted respecta, viviendo solo como vivía, no lo sé.
Para usted evocaba la idea de morada fija, de echar raíces, supongo…
Pero usted salía mucho y… No. No supongo nada. Lo ignoro.
Era usted tan reservado…
Muchas veces, cuando viajaba y tenía que coger un vuelo muy tempranero me cruzaba con usted cuando aún no había amanecido. Lo veía entonces fugazmente, mientras mi chófer se apresuraba a abrirme la portezuela de un coche con la calefacción a tope, y esa visión de usted, tan apuesto, tan pálido, con las manos en los bolsillos, el cuello del abrigo levantado, el rostro borroso por la noche y la nariz semihundida en sus fulares, me hacía compañía largo rato.
Los trayectos hasta el aeropuerto, las horas de espera, los planes de batalla, las tropas que reunir, los inversores que tranquilizar, mis desalientos, los suyos, mis dudas, las suyas, mi reputación, mi dureza, mi cansancio, mis migrañas, mis dolores de estómago, mis habitaciones de hotel siempre vacías, los mensajes de mi familia en el buzón de voz, mi desfase horario perenne, mi botiquín de viaje, mi insomnio…, toda esa vida de soldado de infantería del capitalismo, toda esa vida de pulsos, de lucha y de pasión que yo mismo elegí, por la que peleé, que respeto incluso, sí, que respeto, pero que me agota, y cada vez más desde su desaparición, esas veces toda esa vida cabía solo en el recuerdo de su elegante silueta.
De su silueta. De usted. De su libertad.
De lo que yo tomaba por libertad.
Una mujer culta a la que precisamente acababa de contar (más tarde le diré en qué circunstancias) esas mañanas en las que nos cruzábamos, precisándole de qué extraña manera me reconfortaban, me replicó, burlona:
—Me recuerda a la oda de Paul Morand a Proust…
No contesté. Prefería pasar por pedante antes que por tonto.
Ella no se dejó engañar. Me miró a los ojos un largo instante, el tiempo suficiente para darme a entender que era —sí, sí, por desgracia lo era, y prueba de ello eran esos largos segundos— un pedante de la peor especie, a saber: un pedante tonto. Cuando hubo dejado esto claro, acercó su rostro al mío y añadió con su hermosa voz grave:
—«Proust…, ¿qué fiestas nocturnas frecuenta para volver con ojos tan cansados y tan lúcidos? ¿Y qué espanto a nosotros vedado ha conocido para volver tan indulgente y tan bondadoso?».
Silencio.
Ella: Era un poco eso, ¿no?
Yo:…
Ella: No dice usted nada.
No decía nada porque…
Ras.
Su bondad, Louis.
Su bondad.
Ha anochecido. La contaminación y las luces de la ciudad permanecen ajenas, pero yo que estoy tan cerca de usted, en mi habitación fantasma a casi doscientos metros del suelo, no se imagina lo feliz que me hace la idea de pasar esta velada en su compañía.
Como en tiempos.
Es casi medianoche. Acabo de releer lo que he escrito. 1253 palabras. Dos horas bregando y un minibar entero para parir 1253 palabras.
Menuda hazaña.
Y 1253 palabras que no quieren decir nada, encima. Que no entienden nada, que no expresan nada, que solo repiten: cierra el pico, Cailley-Ponthieu, cierra el pico y vete a la cama. No vas al grano, metes paja, te haces el interesante. No sabes escribir. No sabes expresarte. Eres incapaz de expresar el más mínimo sentimiento, totalmente incapaz. Nunca has sabido. No te interesa.
Qué arduo es esto. Qué arduo y qué pretencioso.
«Una cuña que me hubieran clavado en el cráneo», ¿y por qué no un poco de Proust, ya que estamos? Vamos, vamos. Entra en vereda, por favor.
Tómate tus somníferos, quédate KO y duerme.
Una cuña que te hubieran clavado en el cráneo…
Pero si a ti en esa cabezota no te entra nada, desgraciado. Nada. Y en las tripas aún menos. Y, mira, hasta dices tripas por no decir corazón, de tanto como te indispone esa palabra. Corazón, Cailley, corazón. Ya sabes, esa…, esa víscera que late dentro de ti. Esa bomba. Ese motor.
Apaga el ordenador y vete a la cama. Recupera fuerzas.
Ve a recuperar fuerzas para poder seguir tirando del carro mañana por la mañana.
Silencio ahí arriba, silencio. He bebido, estoy bebiendo, todo se va a arreglar. Tiene que arreglarse. Tiene que salir. Es como una sangría. Tengo que acabar con usted. Tengo que enterrarle yo también. Tengo que enterrarle o dispersarle, poco importa, como usted prefiera, como lo haya preferido, pero de verdad tengo que acabar con este duelo del que su discreción me privó.
Tengo que hacerle revivir por última vez para poder despedirme por fin de usted.
Despedirme de usted, dejarle descansar en paz y ser capaz de nuevo de abrir su regalo sin llorar a moco tendido.
Decía más arriba que ambos éramos reservados y que solo nos dirigíamos un cortés saludo cuando nos cruzábamos en las zonas comunes de nuestro edificio, pero no es del todo cierto. Nuestros zapatos, Louis, nuestros zapatos eran más abiertos que nosotros, y fueron ellos, ¿se acuerda?, los que dieron el primer paso.
Usted y yo compartíamos esa reprobable debilidad: los zapatos, y no era solo un saludo lo que nos dirigíamos, sino también una mirada a hurtadillas. No nos mirábamos de frente, aprovechábamos nuestra discreción para comprobar que al menos una cosa, en este mundo absurdo, seguía vigente: nevara, tronara o cayeran chuzos de punta, el vecino de enfrente llevaba siempre unos zapatos cortados y cosidos en un taller de firma e impecablemente lustrados.
Cuán reconfortante, ¿verdad? Sí. Cuán reconfortante… Algo imposible de concebir siquiera para quien no conoce el placer del talón que se desliza sobre un calzador por la mañana temprano, de la lazada perfecta que te sujeta el alma tanto como la pierna, de una puntera picada que aporta un toque de fantasía al bajo de trajes que no toleran ninguna, de un cosido noruego duradero a la par que elegante, de una pátina que dice más de nosotros mismos y de nuestra vida pasada que lo que jamás sabríamos expresar, o de la madera de las hormas que es imposible no acariciar antes de introducirlas en un zapato fatigado, borrando al instante los surcos de un empeine y de un día tan maltrechos el uno como el otro.
Usted y yo sabíamos eso y nos estábamos mutuamente agradecidos de saberlo. Por fugaces que fueran, nuestras ojeadas no mostraban menos gratitud. La ojeada experta del experto, del connoisseur only, que reconoce a sus pares por su calzado, y del hombre reservado que expresa torpemente su gratitud. La sonrisa ínfima oculta en el ínfimo gesto de saludo y que viene a decir: «Gracias, mi querido correligionario, gracias. Bendito sea».
Un tipo corriente que calzara zapatillas de deporte pensaría seguramente que exagero, pero usted y unos pocos más me escuchan sin rechistar. Un hermoso zapato, Louis, un bonito calzado, un hermoso derby, un bello mocasín, una bonita hebilla, unos bucks inmaculados, un bonito bicolor de cuero y box-calf, una horma de madera de olmo, el muaré de una piel vuelta, un cordobán que cruje al doblarse, un charol tan bello como la laca japonesa, una crema de cera de carnauba… Ah, Dios mío. Qué hermosura.
Obligado a respetar el código vestimentario de su profesión, nunca se cruzó conmigo sino calzado con richelieus negros de puntera lisa o recta o, como mucho, como muchísimo, un viernes, un viernes sin incidentes anunciados, de puntera recta picada (qué osadía), pero cuántas emociones me suscitó usted, sobre todo cuando le fui conociendo mejor. Cuántas emociones. Cuántas conversaciones. Cuántos animados intercambios. Sobre un modelo antes que otro, una falta de gusto antes que otra, un botinero húngaro mejor que vienés, y vienés mejor que neoyorquino, un presupuesto, un dispendio, una renuncia, un artesano afincado en el quinto pino, la suavidad al tacto de un viejo trapo o el largo de las cerdas de un cepillo lustrador. Pero ¿cuántas horas nos ocuparon todas esas cuestiones existenciales? ¿Cuántas? Me parece que nunca hablamos sino de eso, de zapatos, de nuestros maravillosos zapatos —que lustrar, con los que fantasear o que llevar a poner medias suelas— y que, al hacerlo, nos desvelamos mucho el uno al otro.
En la vida están los amigos del colegio, los de la universidad, los del servicio militar, los compañeros de trabajo, los camaradas, los viejos amigos, los Montaigne y los La Boétie, y luego están las amistades como la nuestra. Tanto más inesperadas cuanto que no se asientan en nada, en ningún pasado común, y que, precisamente por no tener nada en común, con el pretexto de algo muy distinto (en este caso, los zapatos de caballero), dan pie a la mayor confianza.
Todo se entiende sin necesidad de palabras.
Es el botín invisible de las amistades de contrabando.
Pero estoy quemando etapas, estoy quemando etapas…
Henos aquí, en el portal o en la escalera, mirándonos las punteras de reojo, pero nuestro primer encuentro de verdad ocurrió en nuestro rellano, y esa noche me hallaba, o debería decir me tambaleaba, en mangas de camisa y descalzo delante de usted.
Fue hace algo más de dos años, hacia finales de diciembre, cuando los días son tan cortos, y la falta de luz, además del agobio de los balances generales, las auditorías y las celebraciones familiares, nos vuelve a todos tan vulnerables.
Siempre he trabajado como un perro, pero en ese periodo más todavía. Era en plena crisis del petróleo, y me sentía como un personaje de dibujos animados de Tex Avery, yendo de un lado a otro con la lengua fuera para tapar goteras, corriendo como un loco de un desastre a otro sin conseguir arreglar nada.
En lugar de parches, sopletes y tapones de corcho, me enfrentaba a mis goteras armado con continuos viajes, reuniones interminables y tensas partidas de trile con banqueros sin talento. No entro en detalles pues usted ya los conoce, Louis. Ya le he contado todo esto. Se lo conté mucho más tarde, cuando ya había pasado lo peor del temporal, y usted me hizo revivirlo con palabras, sin obligarme nunca a nada, para ayudarme a entender.
Entender lo que me había ocurrido, entender lo que había perdido y, sobre todo, de nuevo según usted, entender lo que había ganado.
(Para serle sincero, esto nunca me quedó muy claro. Me parece que, exceptuando nuestra amistad, no he ganado gran cosa en esta penosa historia, pero, bueno, tanto da. En esos casos, usted siempre me replicaba: «Paciencia. Tenga paciencia». Pues deje que le diga que ahora está usted muerto, yo ya no tengo vida familiar y trabajo mucho más que antes, de modo que, decididamente, paciencia tengo de sobra.)
Ese día debía coger un vuelo a Hamburgo, me había levantado muy temprano, y Ariane entró en el cuarto de baño cuando me estaba afeitando.
Se sentó detrás de mí, en el borde de la bañera.
Porque llevaba un camisón claro, porque las mangas de la chaqueta que me había robado le estaban demasiado largas y le tapaban las manos, porque no se la había abrochado sino que solo se la había cruzado sobre el pecho y porque había cruzado también los brazos y se balanceaba suavemente de delante hacia atrás, con la cabeza gacha y el pelo suelto, tuve la espantosa visión de enfrentarme al reflejo de una loca. De una enajenada con camisa de fuerza. Pero no, esa postura era para encorsetarse, para estar segura de mantenerse bien erguida cuando por fin levantara la cabeza, y ese ligero balanceo no tenía nada de neurótico, era todo lo contrario incluso: lo hacía para tomar impulso.
(Pienso mucho en este malentendido mío, Louis, es como si…, como si el desastre de mi vida estuviera por entero en ese espejo empañado: hago daño a las personas que quiero haciéndolas parecer siempre más débiles que yo. Ariane no tenía ni un pelo de loca esa mañana, simplemente hacía acopio de fuerzas en silencio para infundirse valor. Nunca entiendo nada. La todopoderosa era ella, no yo.)
Le pregunté si la había despertado, me contestó que no había pegado ojo en toda la noche, y al ver que yo no reaccionaba (¿la había escuchado siquiera?), añadió bajito que se marchaba, que se iba con las niñas, que se mudaba a un apartamento a dos manzanas de allí, que podría seguir viéndolas cuando quisiera, «Bueno…, cuando puedas», se corrigió con un rictus de amargura, y que, en fin, era el final del viaje. Que ya no podía más, que yo nunca estaba allí, que había conocido a alguien, un hombre atento que se ocupaba de sus hijos, cuya custodia disfrutaba en semanas alternas, que no estaba segura de estar muy enamorada, pero que tenía ganas de probar esa vida. Para ver si era más dulce, más ligera, más sencilla. Que había tomado esa decisión por las niñas tanto como por ella misma. Que la vida en casa se había vuelto demasiado difícil. Que yo nunca estaba ahí. Incluso cuando sí estaba. Sobre todo cuando sí estaba. Que mi estrés las había contaminado a las tres, y que quería otra infancia para Laure y Lucie. Que el marido de la portera vendría a recoger sus cosas por la tarde, que no se llevaría nada más que su ropa, la de las niñas, algunos libros, algunos juguetes y la llave de la casa de Calvi que le había regalado por su cuarenta cumpleaños, que por ahora no era un divorcio, que se iba con Mako, nuestra asistenta-niñera, pero que esta a primera hora trabajaría en mi piso, por lo que yo estaría como en un hotel, ya que me gustaba tanto eso, con alguien que te hace la cama y te limpia el baño cada mañana. Que seguiría utilizando nuestra cuenta común pero solo para los gastos de las niñas, que tenía dinero y que no quería que la mantuviera, que siempre me lo pondría fácil con ellas, que podría llevármelas a casa cuando quisiera y todo el tiempo que quisiera, pero que para esas vacaciones —que, como seguramente ignoraba, empezaban esa misma tarde—, ya estaba todo decidido: se iban con ella quince días a la playa.
Cogí una toalla, me enjugué la cara y, cuando por fin me volví, me dijo:
—¿Sabes por qué te dejo, Paul? Te dejo porque ni siquiera te has cortado al afeitarte. Te dejo porque eres la clase de hombre a quien se le puede anunciar todo esto y sale ileso, sin el menor rasguño.
—…
—Eres un monstruo, Paul Cailley-Ponthieu. Un monstruo amable, pero un monstruo.
No contesté. Era una cuchilla vieja, y ya iba con retraso.
Me las arreglé para colgarme del teléfono hasta la puerta de embarque, pero cuando me di cuenta de que el vuelo se retrasaría cincuenta minutos por lo menos (por falta de visibilidad), lo apagué todo y me hundí en mí mismo.
Un desconocido me sacó de mi letargo.
—¿Se encuentra bien?
Me disculpé, reuní mis pedazos y me fui a Hamburgo.
Mi chófer volvió a dejarme en la puerta de casa esa misma tarde hacia las ocho.
El rellano estaba lleno de cajas de cartón: ZAPATOS MÍOS, ROPA VERANO NIÑAS, PELUCHES LUCIE, ROPA INTERIOR ARIANE. En fin.
Me quité la bufanda, el abrigo, la chaqueta, la corbata, el reloj, los gemelos, los zapatos y los calcetines, hojeé el correo, me serví una copa y estaba dejando correr el agua para prepararme un baño, cuando sonó el timbre del portero automático. Era Julio. El del tinte.
Lo ayudé, naturalmente. No me apetecía, pero tampoco podía quedarme mirando mientras el pobre chico cargaba con toda la ropa sucia de la familia sin echarle una mano. De hecho, mi mujer se lo confirmaría a usted: soy un monstruo, pero amable. Amable.
Como Julio y yo monopolizábamos el ascensor, al final se decidió a subir a pie los seis pisos, a su ritmo.
Llegó sin aliento. Ya no tenía veinte años e iba muy cargado: dos gruesas carpetas bajo el brazo izquierdo y una cesta de mimbre llena de provisiones en la mano derecha. Una cesta de la que asomaban ramas de apio y hojas de puerro. Lo recuerdo porque no me lo esperaba en absoluto. Nunca me lo habría imaginado en un papel doméstico. No sé por qué. Sencillamente no imaginaba que un hombre con derbys de hebilla pudiera cocinar. Es una tontería, pero torcí el gesto al ver los puerros, lo reconozco.
(En mi defensa diré que yo por aquel entonces era muy básico. Muy simple.)
Lo dicho, que nos encontramos cara a cara en mi marasmo. Yo iba descalzo, usted, calzado por Aubercy, y nos saludamos tan distraídamente como de costumbre. No lanzó una sola ojeada al ascensor ni a mi piso, se limitó a pasar rápidamente entre dos cajas de cartón, entró en su casa y cerró la puerta.
Haciendo gala de su eficacia acostumbrada, Julio no tardó en sacar de ahí las cajas, y, para mi vergüenza, no pude evitar darle propina. Ni siquiera me paré a pensarlo. Es algo instintivo para mí. Siempre doy las gracias por todo, y siempre lo hago con dinero. Oigo desde aquí las protestas de los bienpensantes. Llevo oyéndolas toda mi vida, toda mi vida. Pero, y si no que se lo pregunten a Julio, yo considero que un discreto «gracias» acompañado de un billete de cincuenta euros le habrá hecho tanta ilusión como un efusivo «gracias» sin ningún acompañamiento. Y su moral no pinta nada aquí.
Ni la mía, de hecho.
Toda mi vida la gente ha querido hacerme sentir culpable por ganar dinero. Por ganarlo y por utilizarlo para tomar atajos con las cosas como con las personas. Por querer comprarlo todo, especialmente el cariño. Nunca he sabido defenderme. De verdad no sé qué decir. Sé fabricar dinero como otros saben gastarlo, y lo doy fácilmente porque sé cuán útil resulta, es así de sencillo. Debido al precio de nuestros zapatos, con frecuencia tratamos por encima ese tema (no abordábamos nada de lleno, pero sí tratábamos por encima casi cualquier tema), y usted siempre sostenía que, a fin de cuentas, esos biempensantes estaban mucho más obsesionados por el dinero que yo mismo. «Está usted libre de toda sospecha, mi querido Paul. Para usted —insistía—, el dinero no tiene ningún valor pues lo posee desde la cuna. La gente es obtusa. No haga ni caso. A la plebe no hay que hacerle ni caso. Ni caso», y cuando eso no bastaba para consolarme de ser tan incomprendido, siempre terminaba por citar a Alphonse Allais para despejar mis nubarrones:
«No nos tomemos la vida tan en serio, no habrá supervivientes».
(Discúlpeme, querido Louis, pero aprovecho esta última velada con usted para explayarme un poco más que de costumbre.) (La altitud, probablemente.)
Como iba diciendo, Julio despejó el rellano, y yo cerré mi puerta como había cerrado usted la suya unos minutos antes.
Aquí ya me cuesta seguir contando. Para decir las cosas con corrección, habría que emplear palabras que yo no sé manejar. No me las han enseñado. O nunca he querido aprenderlas. Demasiado cobardes. Demasiado corrompibles. Demasiado poco fiables. Demasiado manipulables. Y precisamente por ser ese…, ese preso, ese reo en mi fuero interno, ese cretino redomado, estaba en esa situación en ese momento de mi vida.
Tenía cincuenta y cuatro años, dirigía una sociedad fundada por mi bisabuelo, era hijo único, mi padre se había matado a los mandos de su avión cuando yo tenía diez años, mi madre, la regente, había abdicado por fin y se abandonaba al alzhéimer con deleite, mi primera mujer se había ido con nuestro hijo mayor a Estados Unidos, la segunda, con nuestras dos hijas a casa de un hombre «atento» (y la distancia me parecía más aterradora todavía), y se me estaba enfriando el agua del baño. Y punto. Nada más.
No tenía nada más que decir.
No sé cuánto tiempo llevaba postrado ante…, no lo recuerdo, estaba a oscuras cuando llamaron a la puerta.
Me fabriqué deprisa y corriendo una máscara en forma de rostro más o menos presentable, pero con las prisas debí de ponérmela al revés, pues lo vi a usted descomponerse medio segundo antes de recuperarse, es decir, antes de recobrar su semblante impasible para anunciarme:
—Potaje de la casa. Mission Haut-Brion 2009. Humphrey Bogart y Audrey Hepburn.
Y como me quedé sin habla:
—La cena estará servida dentro de diez minutos. Dejo la puerta entornada. Hasta ahora mismo.
Y se fue.
Oh, gracias, Louis. Gracias.
Gracias, pues su tono era tan tranquilo y tan perentorio que enseguida me sentí en la piel de un niño pequeño al que mandan a lavarse las manos.
Qué sencillo se volvía todo de repente.
A la mesa…
Me llamaban para sentarme a la mesa.
Me dirigí, pues, al cuarto de baño, empecé por echarme agua fría en la cara y me… Con qué renuencia digo ciertas cosas. Cuánto me cuesta. Y me… Y se derritió. La máscara se derritió. Algo se derritió entre mis manos. Alguien se… Bueno. Dejémoslo. Cuánta agua, cuánta agua, como diría el mariscal de Mac Mahon.
Me quité la camisa y me froté los brazos, el pecho, el cuello, los hombros y la tripa, me incorporé por fin y…, y lo reconocí. Reconocí al pequeño heredero Cailley que tenía prohibido llorar en público. Basta, Paul, basta. Recuerda que has tenido mucha suerte en la vida.
Lo reconocí bajo su costra, su corteza, en carne viva por completo, en el mismo espejo que había visto a su mujer empezar a desollarlo unas horas antes.
Sí. Gracias, Louis. Gracias por haberme permitido despojarme por fin.
Su piso estaba sumido en la penumbra. Recorrí un pasillo siguiendo la luz de unas velas que había dispuesto en una mesa baja de la leonera de estanterías, libros, carpetas, papeles desperdigados y montones de periódicos viejos que debía de ser su salón.
Delante de un profundo sofá había una mesa puesta para dos. Un bonito mantel, dos platos hondos sobre dos llanos, dos cucharas soperas de plata, dos copas de vino, una botella a temperatura ambiente, una cuña de queso sobre una pequeña tabla de madera y un cestito con pan.
Oí su voz a lo lejos que me invitaba a sentarme, y apareció usted, ataviado con un delantal, sujetando una sopera humeante.
Me sirvió una copiosa ración con un cacillo antiguo, molió un poco de pimienta sobre mi plato y llenó mi copa.
Después se quitó el delantal y se acomodó en el sofá a mi lado. Soltando un suspiro de gusto, se llevó la copa a la nariz y la olió; sonrió, cogió el mando y me preguntó si necesitaba subtítulos. Le indiqué con un gesto que no, asintió, puso Sabrina y me deseó buen provecho.
Festejamos, pues, con la encantadora Audrey, quien, qué oportuna, justo volvía de la mejor escuela de cocina de París.
Delicioso. Deliciosa.
Terminados el beaufort, el vino, los violines y el romance, me acompañó en silencio a la puerta y me dio las buenas noches antes de citarme para el día siguiente a la misma hora.
Estaba tan aturdido que apenas le di las gracias.
Y, contra todo pronóstico, esa noche dormí bien. Dormí bien de verdad.
(Ya puestos, puedo confesarle este placer solitario: me dormí pensando en sus bonitas zapatillas.) (Shipton & Heneage, Grecian slippers, me confesaría usted a su vez unas semanas más tarde.)
Gracias, Louis. Gracias.
Gracias.
No sé cuántas veces más voy a repetirme así, al final tendré que contarlas. Y serán tantos agradecimientos como puñados de tierra sean necesarios.
La noche siguiente hubo crema de calabaza en el menú. Y la noche siguiente comprendí por qué estaba ahí. Tras el mismo ritual que la víspera, se volvió hacia mí con el mando en la mano y me preguntó con una expresión algo preocupada:
—Había pensado en El apartamento, pero no querría incurrir en una falta de tacto. Tal vez sea demasiado pronto, ¿verdad?
Qué bonita sonrisa.
—No, es perfecto —le contesté maravillado—. Es perfecto.
Louis. Nadie nunca me había cuidado así. Nadie.
¿Me acordé de darle las gracias?
(Una vez, una sola vez en mi vida, me alimentaron así, con la misma tosquedad y la misma ternura absolutas, una vez. Fue Emilia, Yaya, la asistenta alsaciana que trabajaba en casa de mi abuela en La Huchaude, el siniestro caserón del Nivernais en el que pasé un verano entero abandonado a mí mismo tras la muerte de mi padre. Cuando estaba solo en la «propiedad», como decía ella, me dejaba cenar en la cocina con ella y me preparaba torrijas, mojando en no sé qué mezcla hecha de leche, azúcar y canela gruesas rebanadas duras de una hogaza de cuatro libras.
Nunca olvidaré el sabor de esas torrijas. Jamás. Era el sabor de la bondad, la sencillez y la entrega desinteresada. Manjares que no caté con frecuencia después.
Yaya… Yaya que no me dejaba hablar a la hora de su serial radiofónico y a quien debí de leer decenas de veces el párrafo de la novela de Julio Verne en la que se condena a Miguel Strogoff a «no ver más las cosas de este mundo», cegándolo con un sable al rojo vivo. Me esforzaba en hacer más guturales las erres del malvado Ogareff para que su voz sonara más crrruel y mucho más aterrrradora. Le encantaba. Unos meses más tarde y de pura casualidad me enteré de que la habían despedido, y cuando por fin me atreví a preguntarle a mi abuela por qué —y para ello tuve que hacer gala de la misma valentía que el correo del zar—, se limitó a contestarme que «no siempre olía demasiado bien».)
(¿Louis? ¿Estoy abusando? ¿Estoy abusando de su eternidad con mis pueriles gimoteos? Si la respuesta es sí, la culpa es solo suya, amigo mío, yo ya ni siquiera sabía que aún recordaba a Yaya, y sin usted probablemente nunca la habría rescatado del olvido.)
Ese rito —sopas, grandes vinos y clásicos de Hollywood— duró hasta el principio del otro año. Cada noche me citaba para el día siguiente, y cada noche volvía yo a disfrutar de nuestras cenas de solterones con un alivio inefable. (Inefable, adj.: Que no se puede decir o explicar con palabras por su carácter intenso, extraño, extraordinario.)
Ni usted ni yo hicimos la más mínima alusión a la Navidad ni a Año Nuevo.
Como tenía la amabilidad de renovar su invitación de un día para otro, y yo no estaba como para negarme, vivimos como si no pasara nada. Mejor dicho, pasaba todo, y aun así yo viví. Como estaba previsto, mi hijo se fue a esquiar a Colorado con su madre y el guaperas de su padrastro, mientras Ariane y las niñas retozaban en bañador detrás de una barrera de coral (no quise saber si el hombre atento las acompañaba o no, siendo esa aparente indiferencia, así lo había decidido yo, el amable presente que me hacía a mí mismo), y usted, sin saberlo, se convirtió en mi única familia y mi único sitio adonde ir.
En lo que a usted respecta, no lo sé. Me cuidé mucho de preguntarle si de verdad no tenía nada mejor que llevarse a la boca en esos días de fiesta que un vecino cornudo. No, no corrí ese riesgo. Y, hoy, después de todo lo que ha pasado, ya no sé si lamento mi falta de tacto o si al contrario me felicito por ella. Naturalmente, no me apetecía lo más mínimo que me echara, pero no se trata solo de eso, Louis, no se trata solo de eso. Respetaba sus silencios.
E incluso esta noche, si me permito tanto impudor, es solo porque le escribo desde la otra punta del mundo y en un estado más próximo al sonambulismo que al simple insomnio.
Para Nochebuena había programado usted Qué bello es vivir, de Frank Capra.
—No es muy original, y la habrá visto mil veces, pero no se cansa uno de verla. Y este amable Clos-Vougeot hará el resto…
No me atreví a contradecirle (no la había visto nunca) y le agradecí mucho que nos dejara a oscuras unos minutos más después de las últimas palabras del ángel. El destino de ese tal George Bailey fue para mí como un puñetazo en el plexo solar, y al llegar la hora de volver a mi casa estaba medio noqueado. Tanto es así que volví a llamar a su puerta unos minutos más tarde.
—¿Se le ha olvidado algo?
—No, pero… Yo también, ¿sabe usted?, heredé el negocio de mi padre a su muerte y…
Y, como yo no sabía qué más decir, bueno, sí, lo sabía perfectamente pero no sabía cómo hacerlo, puso usted fin a mis rodeos barriéndolos con una risa franca.
—¡Ya lo sé, hombre! ¡Lo sabe todo el mundo! ¡Su empresa es uno de los buques insignia de la industria francesa! Venga… Vámonos a dormir. Todas estas emociones nos tienen agotados.
De nuevo en mi casa, sentado en la cocina de mi gran piso vacío y tras la segunda copa del delicioso whisky que uno de mis colaboradores me había regalado esa misma mañana, por fin pude terminar la frase.
Nadie la oyó, pero venía a decir más o menos esto:
… Yo también heredé el negocio de mi padre a su muerte y yo también conozco esa soledad. Esa soledad y esa angustia terrible de hacer el ridículo. Mi enemigo no es el odioso Potter, sino el fin de un mundo, de mi mundo, del mundo que yo represento. Mi enemigo es la globalización, es Asia, donde me estoy perdiendo en este instante, es la deslocalización. Mi enemigo ya me ha derrotado. «Buque insignia de la industria francesa.» Pero, mi querido Louis…, hace ya tiempo que no hay industria francesa. Ya no desarrollo mi empresa, me limito a evitar perderla. Salvo las joyas de la familia. O, al contrario, las malvendo. Los pies del coloso son de barro y…
Y unos tragos más tarde:
… Y estoy solo. Mucho más solo de lo que jamás lo estuvo ese George Bailey, pues yo nunca he hecho el bien a mis allegados…, ni siquiera por casualidad, y nunca he sabido hacerme querer como él porque yo mismo tampoco he sabido nunca querer a nadie. Por cínico que pueda parecer, nunca me lo he podido permitir. He oído decir con frecuencia que nací de pie. Qué estupidez. Más bien nací lastrado. Y, cuando toca hacer balance, mi mujer no solo no se presenta para salvarme, sino que encima se va no sé dónde a disfrutar del solecito, privándome de mis hijas el día de Navidad. En cuanto a los amigos, hablemos de ellos. ¿Qué amigos? ¿Qué es eso? No sé ni cómo se manufactura un amigo. ¿Se diseña? ¿Se crea? ¿Se comprueba? ¿Se copia a menor coste? ¿Se patenta?
Bueno. Estaba borracho.
Y porque estaba borracho, por fin pude terminar la frase:
… no, no he tenido tiempo de nada. Y estoy solo en el mundo. Pero de nuevo esta noche está usted aquí, vecino desconocido que no habla, que no pide nada, ante quien me presento siempre con las manos vacías, algo que nunca me había pasado en la vida, ante quien me sigo presentando con las manos vacías porque yo mismo estoy tan vacío, tan vacío, tan desalentado y tan carente de todo que ya no tengo ni una pizca de cortesía que ofrecer y…
Joder. Un trago más,
… y…, y no fue mi entorno quien me agarró del cuello cuando me asomaba al precipicio una noche de desesperación, sino usted. Me salvó usted.
Lloro, Louis. Lloro por mí.
Esto ya es el colmo. ¡El muy sinvergüenza pretende robarle su oración fúnebre! Menos mal que de hacer el ridículo no se muere nadie…
Sus sopas me han dado hambre.
No cuelgue, lo pongo en espera mientras llamo al servicio de habitaciones.
Van a ser las tres, me he tomado un cuenco de bibimbap (arroz, verduras salteadas, huevo frito y pasta de pimiento rojo) de pie delante de la ventana.
Más de diez millones de habitantes y nadie parece dormir. Las oficinas, los edificios, las pantallas publicitarias, la Seoul Tower, el tráfico, las avenidas, las carreteras, los puentes, todo centellea. No, perdón, todo brilla. No hay luna, ni la más mínima estrella. Desde tan alto como estoy y hasta donde alcanza mi mirada, no veo nada que no sea artificial. Todo brilla. Todo parpadea.
(Me he fijado en que las habitaciones de hotel de estas ciudades enormes, del continente que sea, siempre me hacen las veces de sismógrafo interior. Cuando me siento bien, admiro la mano del hombre y podría pasarme horas estudiando su maestría, y cuando me siento menos boyante, como esta noche, me aniquila, y le vuelvo la espalda tambaleándome.
¿Qué hemos hecho? ¿Hacia dónde vamos? ¿Cómo acabará todo esto?)
Bueno, filósofo de tres al cuarto, devuélvenos a Louis o vete al cuerno.
Billy Wilder, Ernst Lubitsch, Frank Capra, Stanley Donen, Vincente Minnelli, pasamos, pues, la semana de Navidad en la mejor fábrica de sueños de la historia del cine, y poco a poco, cada noche, a fuerza de encontrarnos como viejos habituales del mismo pequeño cine de barrio, empezamos a pegar la hebra.
En un primer momento nos las dimos de cinéfilos. Comentábamos la puesta en escena, el guion, los productores, las anécdotas del rodaje, los actores, las actrices (le volvía loco el cuello de Audrey, las demás solo le divertían), y de película en película, una cosa llevó a la otra, y acabamos hablando de nosotros. Bueno, de nosotros…, de nosotros como hablan los hombres. Es decir, de cosas que poco tenían que ver con nosotros mismos. Más bien de temas tan distintos y variados como: nuestro trabajo, nuestra carrera, nuestra profesión, nuestro oficio, nuestro sector, nuestro terreno, en resumen, nuestra razón social.
Una razón social que, a la vista de la birria de veladas de fin de año que estábamos pasando, tenía toda la pinta de ser también la razón de vivir, pero bueno…, estábamos demasiado ocupados tirándonos confeti a la cara y contoneándonos al son de la música para tener el aplomo de llamarnos mutuamente la atención sobre este hecho.
(La verdad es que usted y yo estábamos en la retaguardia y observábamos la línea del frente desde los intersticios que dejaban Audrey, Shirley, Ginger, Marlene, Lauren, Jane, Cyd, Leslie, Debbie, Rita, Greta, Gloria, Barbara, Katharine y Marilyn.
Reconozca que, en cuestión de sacos de arena, los hay peores…)
Sí, empezamos a volvernos hacia nuestro vecino de butaca cuando las luces se encendían de nuevo, y velada tras velada, con la ayuda del vino, al irse agrietando las corazas y soltándose las lenguas, nos proyectamos nuestras propias películas.
Nuestra La tentación vive arriba, nuestros Caminos de gloria, nuestras Sonrisas y lágrimas, nuestro Tener o no tener, nuestro Crepúsculo de los dioses, nuestra Perdición, nuestro Sueño eterno y nuestro Gran carnaval.
Cuanto más manteníamos lo íntimo a distancia, más nos desnudábamos, pues nuestras razones de vivir, por desoladoras que pudieran parecer, a fin de cuentas decían mucho de nosotros. Lo decían todo de nosotros.
Su toga, su especialidad, sus expedientes, sus casos, mi toga, mi herencia, mis expedientes, mis preocupaciones; ¿qué quería que añadiéramos a todo eso?
Nada.
Nuestra vida. Ahí estaba nuestra vida.
Eh, Cailley-Pompón, ¿te oyes hablar? ¿Con tu tono pomposo, tu pedantería, tus puntos y comas y todo lo demás? ¿No puedes rajar como todo quisque, macho?
Bueno…, bueno, pues…, mi colega Louis y yo estábamos ahí dale que te pego, cogiéndonos una buena cogorza, total que, claro, empezamos a bajarnos la bragueta. Y cuanto más nos enseñábamos el pito, más veíamos que ninguno de los dos meaba muy lejos y que tampoco hacía falta que nos contáramos nuestra vida y milagros si estábamos ahí en plena magia de la Navidad cenando solos como dos pringados mientras veíamos películas que nos sabíamos de memoria y…
Eh…
¿Ves este dedo? Pues monta y pedalea.
No sé usted, Louis, no puedo hablar por usted, pero, para mí, se lo digo tal cual, fue la mejor tregua de mi vida.
E incluso. Incluso. Si me atreviera. Si de verdad estuviera seguro de que está usted muerto para siempre. Entonces quizá. Entonces quizá le dijera que fue la tregua de mi vida.
Las Navidades nunca son muy divertidas si se es hijo único, no digamos ya si encima se queda uno huérfano, pero si a eso se le añade un primer divorcio traumatlántico, una separación a palo seco, unas hijas supuestamente contaminadas por tu estrés y un amante atento, entonces… ¿Cómo expresarlo? La alegre flauta del pastorcito del belén y los buenos propósitos de Año Nuevo los soportaba mejor en su casa.
Allí eran menos falsos.
He sido un mal hijo, un mal marido y un mal padre, lo sé. Es un hecho. Es fáctico. Pero… No. Nada de peros. No le escribo esta noche para justificarme. Nada de peros, pues. Pero pese a todo. Y. Sin embargo. Da la casualidad de que.
Da la casualidad de que me criaron sin amor. Me criaron sin amor, y no puede saber lo que supone haber crecido solo, no haber tenido suficientes…, no sé…, suficientes abrazos: se te queda para siempre un toque de dureza y de torpeza.
He sido, soy, un hombre duro y torpe.
Pero da la casualidad también de que me han educado, no, perdón, adiestrado para asegurar la perennidad de una empresa que yo no fundé pero que proporciona techo y comida (¿y quizá también, quién sabe, cuidados, educación, tranquilidad, cierta tranquilidad, digamos, una tranquilidad material relativa?) a miles de personas.
Eso también es un hecho. Mal marido, mal hijo y mal padre, sí, pero todo el mundo tiene para vivir. Todo el mundo.
Si me hubiera subido a ese avión como estaba planeado, si hubiera sacado mejor nota en el examen de historia, si hubiera sabido quién era Pipino el Breve, lo que fundó y quién era su hijo, si mi padre no me hubiera castigado privándome de ese viaje con él, yo también habría muerto. Estaría enterrado a su lado en un mausoleo ridículo, y quizá esas personas de las que hablaba antes ni lo habrían notado, pero, las cosas como son, fui yo quien sacó adelante la empresa, fui yo. Y nadie me pidió mi opinión.
Y todo el mundo tiene para vivir.
Lo demás no supe hacerlo. No supe compaginar la vida profesional con la vida privada. Sabía que estaba mejor equipado, equipado solo, para la primera, y fue, de manera más o menos consciente, según si la vida parecía distraerme de ella o no, mi prioridad.
Son detalles de los que no me enorgullezco, detalles que solo yo conozco, pero lo sé, sé que convertí en mi prioridad lo que se me antojaba más fácil, más cómodo; no, no lo más cómodo, no es eso lo que nos caracteriza en mi familia, lo más factible.
Di prioridad a la dureza y a la torpeza para transformar en bazas esos puntos débiles. Di prioridad a lo que me desfavorecía menos. Y… Y en eso estaba, eso rumiaba esas noches tras despedirme de usted, dando rienda suelta a mis cavilaciones.
Me daba cuenta de que en su casa, aunque viviera usted solo, había vida, la vida se sentía querida. En la mía ya no la había.
Sigo sin saber por qué me tendió usted la mano, Louis, nunca me lo dijo, pero lo que sí sé es que nuestra tregua invernal me hizo mucho bien. «Cómete la sopa, es buena para crecer», dicen las madres de verdad y… Gracias por sus sopas, vecino. Gracias por sus sopas, sus potajes, sus cremas y sus brebajes de bruja. Ya era demasiado viejo para crecer, por desgracia, pero gracias a usted me enderecé, erguí la columna vertebral, el pelele recuperó el aplomo y ganó… un centímetro por lo menos.
Un centímetro por lo menos y las ganas, la necesidad más bien, de prolongar ese alto el fuego conmigo mismo.
Pipino el Breve era el rey de los francos, fundó la dinastía de los carolingios y era el padre de Carlomagno. Bueno, y ahora que lo recordaba ya podía olvidarlo, ¿no?
Francamente, qué diantre me importaba a mí Pipino el Breve…
Nuestra Nochevieja fue perfecta.
No había ido a su casa el día anterior, y esa noche llegué tarde porque me había tocado ir de comedor en comedor para dar las gracias a todos los empleados de la empresa y de las sedes francesas por el año que acababa de terminar. (No me gustan los buenos deseos. Demasiado piadosos, demasiado mundanos.) Vaya, vaya, mal padre pero buen jefe paternalista, dirán las malas lenguas. Sí. Es verdad. Buen jefe paternalista. Entrar en los despachos, distraer a la gente, visitar los talleres, alterar las cadencias, entrar en las garitas, mirar rostros, estrechar manos, buscar miradas, entender cosas, apuntar otras en un rincón de mi cabeza para no olvidarlas, no olvidarme de nadie, bajar a los aparcamientos y saludar también a aquellos a los que no se ve nunca, no exagerar, hacer las cosas como si nada. Pasaba por aquí, nada más. He pasado. Soy el cretino empático del jefe, estamos de acuerdo, pero, las cosas como son: he pasado por aquí. Me acuerdo de que existís, eso es todo. Eso es todo lo que tenía que deciros: me acuerdo.
Llegué tarde, decía, y ni siquiera me había molestado en cambiarme de camisa, mientras que usted se había puesto el delantal de las ocasiones especiales y se presentó ante la balsa que nos servía de sofá precedido por una gran bandeja.
Bandeja sobre la que había dos cuencos blancos coronados por una bóveda de hojaldre.
Carraspeó y anunció muy serio, con una mano a la espalda:
—Esta noche, sopa de trufa. Plato creado en 1975 por el maestro Paul Bocuse el día en que recibió la Legión de Honor, con ocasión de un almuerzo organizado en el Elíseo por el señor Valéry Giscard d’Estaing, entonces presidente de la República, y su esposa, la risueña Anne-Aymone.
Y entonces me reí. Me reí porque su delantal lo dotaba en trampantojo con el busto de una criatura de sublime vulgaridad semidesnuda (unos pocos flecos nada más, unos pocos flecos, unas turquesas y unas plumas de águila), sentada con las piernas muy abiertas a horcajadas sobre una Harley Davidson.
Me reí, y usted me sonrió.
Y ese fue nuestro muérdago.
Estaba usted muy animado esa noche, había elegido Cantando bajo la lluvia, creo que había bebido un poco mientras me esperaba y, terminada la película, murmuró:
—He de confesarle algo…
El tono de su voz me resultó odioso. No tenía la menor gana de confesiones. Odiaba las confesiones. Me aterraban. Todo había ido muy bien hasta entonces sin necesidad de caer en sensiblerías, de modo que ¿por qué estropearlo todo?
—Le escucho —dije, poniéndome rígido.
—Pues mire usted por dónde, a este carcamal… Sí, a este mismo… A este viejales larguirucho apoltronado a su lado lo designaron mejor bailarín de claqué del Fred & Ginger’s Club de Harvard, allá por el verano de mil novecientos… Bueno, en sus años mozos, vaya…
—¿De verdad? —me relajé.
—No se mueva.
Se incorporó.
—Me gustaría que supiera, Paul… —estaba un poco entrado en carnes—, que…, que…, que supiera…, que no ha sido usted el único en promover las exportaciones francesas. ¡En absoluto! ¡Yo también participé en el plan patrio, mi querido amigo! ¡Yo también lucí nuestros colores! No se mueva, en breve verá cómo baila un francés.
Volvió calzado con un viejo par de zapatos tricolores.
—And now… —Hizo tintinear la cucharilla sobre el cráneo de bronce de su abuelo—. Ladies and gentlemen… Oh, no, damn, and now, gentleman only, just ante sus atónitos ojos, ¡the very famous French Louisse en su aún más very famous número de tap-dancing!
Y entonces…
El bailarín loco.
Fred Astaire y Gene Kelly para mí solito. Un poco anquilosados y un poco borrachos, desde luego, pero para mí solito. Repiqueteo de suelas metálicas sobre el parqué del barón Haussmann.
Repiqueteo, tintineo, canción, melodía incluso, sí, melodía metálica sobre el parqué del viejo barón, mientras a lo lejos se oía el petardeo ahogado de algunos fuegos artificiales lanzados desde no se sabe dónde.
De lejos (y es que yo de verdad estaba sentado en el otro extremo del sofá) parecía un poco Un americano en París.
Después me enseñó las técnicas de baile con un sonido, con dos, con tres, con… Bueno, no, las otras combinaciones no pudo enseñármelas, volvió a repantingarse junto a su atónito anonadado.
Ah, Louis… Qué bien terminó ese annus horribilis… Qué bien terminó…
Y desde luego terminó pues, al despedirnos unos instantes más tarde, nos dimos a entender el uno al otro, sin necesidad de palabras, que ya, now, gentleman and gentleman, el show había terminado.
Ya estaban rebobinadas las películas y cerrados los paraguas.
Le estreché la mano por primera vez y, por primera vez, me acompañó hasta mi puerta.
Le dije, con demasiada solemnidad, creo:
—Le doy las gracias, Louis. Le doy las gracias.
Barrió con un gesto de la mano ese exceso de solemnidad y me contestó, mirándome a los ojos:
—Saldrá adelante. Ya lo verá: saldrá adelante.
Asentí con la cabeza, exactamente como lo habría hecho el pequeño Paul de las manitas sucias de la primera velada, y usted se marchó con un delicioso —tap tap tic toc— entrechat hollywoodiense made in France.
Al día siguiente por la tarde, día de Año Nuevo, fui a visitar a mi madre a su elegante moridero medicalizado.
No me reconoció, por supuesto. Ni ese día ni todas las veces anteriores.
Miraba fijamente al desconocido que se había instalado a los pies de su cama, y jugamos a mirar juntos la nada largo rato hasta que… hasta que terminé por romper el silencio:
—¿Sabe, madre?, tengo un amigo…
No reaccionó.
No reaccionó, pero no tenía ninguna importancia, el bien estaba hecho. Al menos una vez en la vida habré logrado establecer una suerte de complicidad con ella.
Así es que proseguí.
—Se llama Louis, es muy simpático y baila claqué.
Oír mi propia voz pronunciar esas palabras tan tontas, tan simples, tan infantiles, un día festivo y ante esa mujer que había esperado a tener el cerebro hecho trizas para humanizarse por fin y devolverme la imagen de una madre más o menos legible me dio ganas de reír y de llorar a la vez.
No sabía qué hacer ni qué pensar…
No sabía. Estaba perdido.
Tan perdido que me quedé con ella mucho más tiempo del habitual. Me sentía bien, a gusto, me recuperaba tranquilo. La miraba. Miraba su rostro, su cuello, sus largos brazos inútiles, sus manos, me decía: «Mírala bien porque no vas a volver. No volverás a poner los pies en esta habitación. No te ha conocido, ya no te reconoce, y hoy es como lo de los carolingios, hoy es demasiado tarde, ya no te sirve de nada recordarlo».
«Mírala por última vez y haz como te ha enseñado Louis. Desliza, cepilla, pega y golpea el hierro con todas tus fuerzas. Resuena, Paul, resuena. Mírala por última vez y deja atrás lo que ya no pesa.»
Después se reanudaron las hostilidades, pero ya no era igual. Aunque nos vimos muy poco las semanas y los meses sucesivos, sabía que estaba usted ahí, que la bondad estaba ahí. Puede parecer un pábilo irrisorio en una vida tan árida como la mía, pero sé lo que me digo. Era lo mismo que en esa antecámara terrible en la que aguardaba mi madre: el bien estaba hecho, me habían hecho ese bien. Lo demás, de pronto, pesaba menos bajo el arnés. Lo demás ya llegaría. Eso lo había cambiado todo. Audrey había pasado.
Ariane, en cambio, nunca volvió, pero nuestra relación llegó a ser más cordial. El pretexto, naturalmente, eran las niñas, las niñas y su logística, y era un bonito pretexto. Había sido incapaz de darles una vida familiar feliz y seguía siendo igual de torpe, pero eso ellas lo sabían de siempre. Lo sabían y se habían resignado a ello. Y entonces empezaron a ocuparse del tontorrón de su padre. Se lo llevaban dos fines de semana al mes, algunos miércoles por la tarde, cuando salía pronto de trabajar, y durante sus semanas de vacaciones. Lo vestían, lo sacaban a pasear, se lo llevaban al Jardin d’Acclimatation o al zoo de Vincennes. Le enseñaban a mandar globos, fuegos artificiales o confeti por WhatsApp, a descifrar las sutilezas del lenguaje de los emoticonos, a ver tutoriales de maquillaje, a jugar al Harvest Moon DS, a encontrar duendes, a comprar la piedra de teletransporte, a construir un gallinero, a salvar a la diosa de la cosecha, a cambiar su foto de perfil, a bloquear a los falsos amigos, a likear a youtubers divertidas, a dejar de ir siempre a comer fuera y a cortar en porciones idénticas conglomerados de macarrones demasiado cocidos.
Sobre todo le enseñaron un camino distinto al del sentimiento de culpa. Otro camino, un rodeo, un atajo. Una amnistía. Vale, no había estado a la altura, y algunas faltas eran irreparables para siempre, pero, las cosas como son, el guante milagroso del casino de los duendes se lo había llevado él.
No, ya apenas nos veíamos usted y yo, y, de pronto, una noche reanudó su costumbre. Se cruzó con nosotros en el rellano y nos invitó al cine a su casa.
O tempora, o mores, el sushi había sustituido a la trufa, y Julia no vestía de Givenchy, pero a usted le encantaba Pretty Woman, y a las niñas les encantó tanto como a usted.
Había nacido un nuevo cineclub: en sábados alternos, por la noche, si Louis estaba, íbamos a su casa. Les presentó a Paul Grimault, y ellas a cambio le dieron a Hayao Miyazaki. Les dio a Buster Keaton, y ellas le prestaron a Buzz Lightyear. Les regaló todo Demy, y a cambio le dieron todo Ghibli. Les gustaba mucho ir a su casa. Les gustaban su leonera, sus bastones, sus Daumier, sus abrecartas y sus pisapapeles de cristal. Le decían: «Pero ¿por qué tienes el suelo lleno de periódicos viejos?», y usted contestaba, bajando la voz: «Pues porque debajo viven un montón de ratoncitos…», y luego les costaba tanto concentrarse en la película… Tanto, tanto… Mientras lloraban a E. T., de reojo acechaban el más mínimo estremecimiento en la capa de viejos Le Monde olvidados.
Pero todo ello seguía siendo muy tenue, muy comedido. Éramos huraños uno y otro, habíamos recibido poco más o menos esa misma buena educación que inculca la parálisis tanto como la cortesía y siempre temíamos molestar.
Yo, sobre todo, me mantenía a distancia. Era usted un hombre muy entregado a su profesión, sabía que trabajaba mucho en su casa, y era muy escrupuloso con eso. (¡El trabajo! ¡El dios Trabajo!) Y luego estaban sus ausencias. Sus fiestas nocturnas, como diría Morand. Sus noches inenarrables. Tenía una vida complicada, ¿verdad, Louis? Bueno, complicada no sé, pero contrastada, digamos, contrastada sí.
Debido a todo ello: sus expedientes, su soledad, sus elipsis, podría haberme quedado en eso, en nuestra tregua pasada, por la que ya me consideraba afortunado, pero de nuevo nuestros zapatos pisotearon nuestros buenos modales.
No recuerdo a quién de los dos, ni cuándo ni cómo se le ocurrió, pero, además de nuestras sesiones de sushi y cine con las niñas, se convirtió en nuestro nuevo ritual de solterones. Los domingos por la noche, cuando yo estaba solo y usted «ayunaba» (el término es suyo), lustrábamos juntos nuestros zapatos.
Como esos trayectos en coche en que parece que está uno a solas con la carretera, como esas rutas escarpadas en las que hay que vigilar dónde pone uno los pies en los tramos difíciles, o como la tarea de pelar judías, que obliga a tirar de una hebra entre dos gestos bruscos, como toda actividad manual realizada conjuntamente con alguien y al lado de ese alguien, lustrar los zapatos fue una manera maravillosa de conocernos mutuamente como quien no quiere la cosa.
Desatábamos, limpiábamos, aplicábamos, extendíamos, impregnábamos, nutríamos, encerábamos, frotábamos, cepillábamos, lustrábamos, barnizábamos y atábamos y, tangencial y fortuitamente, en el transcurso de esas distintas operaciones que nos protegían, pues monopolizaban toda nuestra atención, tangencialmente, decía, tangencialmente charlábamos.
Al principio empezábamos siempre hablando de mercancía (nuestros zapatos, presentes y futuros), después de trabajo (nuestras jornadas laborales pasadas, presentes y futuras) y, por fin, de rendimiento (Dios, la Vida, la Soledad, la Muerte; pasado, presente y futuro).
Nutríamos el cuero tanto como el alma y, lustra que te lustra, a menudo acabábamos muy lejos de tierra firme.
Zapato tras zapato, botín tras botín, aprendimos a entender bien la mecánica del otro y su funcionamiento, pero como también éramos muy reservados, descuidamos, no…, no descuidamos, ni tampoco eludimos, respetamos, observamos más bien, sí, eso es, observamos, como se observa una norma, un rito, un minuto de silencio o el ayuno, por desgracia también observamos sus mandamientos y nunca llegamos a abrir del todo el capó.
Conocíamos el motor que teníamos enfrente, pero no sabíamos nada de su combustión, de su carburante ni de su desgaste, y hoy lo lamento amargamente.
Lo lamento porque la noticia de su muerte ha sido un golpe terrible.
No sabía que estaba usted enfermo, Louis. No sabía que llevaba años luchando contra la enfermedad. Yo estaba ahí, vivía en la casa de al lado, le debía tanto, habría hecho cualquier cosa por usted y no sabía nada.
Era usted mi amigo de soledad, mi amigo tardío, mi amigo otoñal, mi amigo de fogata, mi amigo de acampada, mi amigo imaginario tal vez, pero mi amigo. El amigo al que no tuve tiempo de conocer.
(Había escrito «al que no tuve tiempo de querer» pero me he contenido una vez más.) (Qué imbécil…)
El amigo al que no tuve tiempo de apreciar. (Qué imbécil otra vez.)
Por supuesto dos años es poco tiempo, y no nos veíamos tanto. Quitando las películas, quitando a las niñas, quitando el ir y venir de los cepillos y quitando las fórmulas de cortesía, nuestras horas de presencia no fueron tan numerosas a fin de cuentas y…
Y la noticia de su muerte fue un golpe terrible.
Desaparecía usted con frecuencia. A veces mucho tiempo. Se marchaba al campo, les decía a las niñas. Sacaba a pasear a sus ratoncitos. Y un día no volvió.
Un día no volvió más, y otro día Lucie, mi hija menor, que se había enterado por Laure, su hermana, que a su vez se había enterado por Ariane, su madre, que a su vez se había enterado por Mako, la niñera, que a su vez se había enterado por Fernanda, la portera, me dijo que era inútil seguir esperándole para volver a ver La tumba de las luciérnagas, que usted también estaba en el cielo, que no volvería nunca más, que…, pero ¿qué iba a ser de los ratoncitos?
Me enteré de su muerte por toda una cadena de mujeres.
Era su amigo y me enteré de su muerte por la portera.
Para ser un privilegiado, menuda bofetada me llevé.
Menuda bofetada para el dominante, el repartidor de aguinaldos, el señor de las propinas.
Menudo bofetón en plena jeta.
Como ve, perfeccionó usted mi educación hasta el final…
Después corrió el rumor de que se había…, que había puesto fin a sus días usted mismo. No me interesó. No presté ninguna atención a esas habladurías. Le estoy agradecido y lo respeto aún más por ello. El suicidio también es mi amigo imaginario. Simplemente volví a perder el centímetro que había ganado, y lo perdí porque me aplastó el peso de los remordimientos.
Me entristecía la idea de que quizá hubiera puesto fin a su sufrimiento infligiéndose otro adicional. Habría podido, habría debido, me habría gustado ayudarlo. De la manera que fuera. De todas las maneras.
Habría podido enterarme de los detalles de su salida de escena, pero no quise conocerlos. Quería irse y se fue, era lo único que importaba. Que me importaba a mí. Que me consolaba.
Louis:
Un día se fue al campo con sus ratones, otro día una niña me anunció llorando que había muerto, y otro día, mucho más tarde, vino gente a vaciar su casa, y esa misma tarde un chico gordo que olía a sudor llamó a mi puerta y me entregó una caja de cartón en la que ponía, de su puño y letra: «Para entregar al vecino de al lado», en cuyo interior había una caja de madera de una bodega.
Una caja de Château-Haut-Brion en recuerdo de su primera misión.
Dentro no había botellas pues nos las habíamos bebido juntos, pero sí dos cepillos para aplicar betún con cerdas de crin de caballo (uno para betunes claros y otro para betunes oscuros), dos cepillos para lustrar con cerdas de pelo de cerdo, dos pequeños cepillos semejantes a cepillos de dientes de cerdas de jabalí para las viras o los recovecos difíciles, cuatro tarros de crema, cuatro cajas de pasta a juego con las cremas, una leche nutritiva, una goma para el ante, un cepillo de crep, tierra de Sommières y un trapo suave proveniente de una vieja camisa suya que reconocía. Que le había visto puesta. Puede incluso que no fuera tan vieja, de hecho. Pero era suave, eso seguro. Era suave y sustituía la nota de despedida que no pudo o no quiso escribir.
Era tan suave que me soné la nariz en ella.
Viví muy mal su partida a hurtadillas, Louis, muy mal. Una vez más no sé quién lo pasó peor, si mi orgullo o mis tripas (mi corazón, estúpido, mi corazón), pero me quedé mucho tiempo sumido en el estado que le describía al principio de esta carta. ¿Qué era lo que dije? Una cuña. Ah, sí, eso, una cuña. Una cuña que me hubieran clavado en el cráneo, arriba del todo, en el centro, donde se cierra la fontanela.
Siempre he padecido terribles migrañas —esto lo sabía, pues una noche me vio fulminado por una; me vio tenderme en su parqué sujetándome la cabeza con las manos, me vio caer sobre su lecho de periódicos, desplomándome como un gran saco de dolor, me oyó suplicarle que lo parara todo, que callara, que todo callara, que lo silenciara todo, que lo apagara todo, que la oscuridad fuera total, que no se moviera, que no moviera nada, que mojara una servilleta en agua helada y me la aplicara sobre la cara, y, más tarde, una vez pasada la crisis, me escuchó explicarle que era como una enucleación, que un espíritu maligno armado con una cucharita muy profunda y muy afilada se me metía detrás de la órbita y hacía palanca con todo su peso, girando el mango de su puñetera herramienta hacia un lado y hacia otro, lenta y concienzudamente, para sacar el ojo de su cavidad; y que esas crisis eran tan repentinas, tan implacables y tan feroces que podría haberme levantado la tapa de los sesos diez veces, cien veces ya—, sí, siempre he sufrido atroces migrañas y, ahora, como si eso no fuera suficiente, tengo su muerte metida en el cráneo y…
Voy a darme una ducha, enseguida vuelvo.
chorro hirviendo
largo, largo, largo rato
derretido
drenado
disuelto
decapado
licuado
liquidado
liquidado el pelele. Liquidado.
Me encuentro mejor.
Está amaneciendo. Tengo que darme prisa.
Si hace un rato evocaba mis crisis de descenso a los infiernos no lo hacía para mover a compasión, Louis, sino para recuperar el aplomo.
Ya no tengo tiempo de elegir bien las palabras. Tengo que irme dentro de menos de dos horas y todavía ni me he vestido.
Ya no tengo tiempo de nada, solo de recuperar el aplomo antes de arrojar cenizas en las brasas y marcharme.
El aplomo, acuérdese, es —corta y pega— la «mujer inteligente a la que precisamente acababa de contar (más tarde le diré en qué circunstancias) esas mañanas en las que nos cruzábamos, precisándole de qué extraña manera me reconfortaban».
Sí. Ella. La que aborda a Marcel en la calle preguntándole si viene de casa de la duquesa de Guermantes o de un meadero.
Por ella hemos pasado esta noche juntos usted y yo.
Por ella o gracias a ella, no lo sé, pero lo que es seguro es que sin ella, sin su ironía, sin su clarividencia, sin su talento, sin Proust y sin Morand no lo habría hecho.
No habría ido a llamar a la puerta de los muertos. Me habría quedado en mi Sin título 1 y en mi «me cago en tu madre» y nunca habría vuelto a dirigirle la palabra. O lo menos posible.
No tengo claro que usted haya ganado mucho con el cambio, pero esta vez no me despediré con una grosería.
No me cago en su madre, Louis. No me cago en su madre en absoluto.
Las circunstancias, pues.
Hablemos de las circunstancias.
Estaba en un aeropuerto. Qué remedio… Es mi sino. Estaba en Heathrow, Londres, en un vestíbulo gigantesco, y sufrí una crisis.
Ruido, sonidos, jaleo, luz por todas partes, fluorescentes, llamadas, música, gente, olores, motores, máquinas, arcos, pitidos, colores, movimiento, ondas, sirenas, cafeteras, calefacción, aire acondicionado, queroseno, tintineos, teléfonos, gritos, risas, niños, pensé que iba a morirme de dolor.
Estaba de pie detrás de una columna, con la frente apoyada encima, dispuesto a retroceder y a reventarme la cabeza por fin. Como un huevo, como una nuez, como una calabaza podrida, como un coco que hubiera habido que partir por fin de un golpe seco.
Me ahogaba, sudaba, estaba empapado en sudor, me estremecía, me desvestía, tiritaba…
Recuperé el conocimiento en una habitación de hospital.
Le ahorro los detalles, pero fue una larga carrera de obstáculos nada gloriosa (nunca he sido un gran atleta), al cabo de la cual ciertos bancos y aseguradoras me instaron a someterme a terapia. A desnudarme. A pasar por la casilla cacheo. A presentarme ante la ciencia. A someterme a mí mismo a una auditoría interna, por así decirlo.
Y, de consulta en consulta, acabé sentado frente a una mujer.
Frente a esa mujer.
No tenía nada que decirle.
No le dije nada durante dos sesiones.
Al principio de la tercera —que habíamos convenido ambos que sería la última, dada mi evidente falta de voluntad para cooperar— me soltó:
—Mire, si el prefijo psi lo compromete, pues así lo parece, no tiene más que considerarme como mis pacientes más impermeables a toda forma de compromiso, aquellos a los que llamamos locos, chalados, chiflados, majaras, napoleones, lo que sea. ¿Sabe cómo me llaman ellos?
La encontraba tan pomposa en su manera de tocarme las pelotas que me dieron ganas de contestar «Josefina», pero no me atreví.
—Me llaman la doctora de la cabeza —prosiguió sonriendo—. Recuérdeme qué lo trae por aquí… —Gafas, ojeada distraída a mi historial—. Ah, sí…, la rodilla izquierda…
Jajajá. Qué graciosa. La señora ha psicoanalizado a un payaso.
No contesté.
Ella suspiró, cerró mi historial, se quitó sus bonitas gafas, buscó mi mirada y la fulminó.
—Escúcheme, Paul Cailley-Ponthieu, escúcheme bien. Me está haciendo perder el tiempo. De modo que vamos a concluir aquí esta sesión. No se preocupe, le firmaré los papeles y las altas que necesita para volver al frente. Sí, le voy a hacer ese favor: le voy a devolver a primera línea puesto que eso es lo que quiere, pero como mi conciencia profesional es tan rigurosa como la suya, tenga…
Volvió a ponerse las gafas, tecleó al ordenador, se inclinó, cogió la receta que surgía de una impresora y me la alargó.
—Aquí tiene. Apto para el servicio. Al salir de aquí encontrará una farmacia a mano izquierda. Para pagar, pase por secretaría. Adiós.
Se levantó mientras yo leía su receta:
«Rodillera rotuliana Silistab Genu × 1».
Estaba de pie. Mirándome.
Yo estaba sentado. Mirándome las rodillas.
Empezaba a dolerme la cabeza.
Tenía ganas de llorar.
Tenía sed.
Tenía calor.
Empecé a hablarle solo por no llorar.
Prefería abrir ese dique antes que otros.
Prefería incluso palmarla como un perro antes que derramar una sola lágrima delante de esa desconocida.
Abrí, pues, la boca y pronuncié su nombre.
Y luego… Y luego nada.
Ella tampoco decía nada. Por respeto, creo. Me veía tambalearme indeciso sobre el trampolín y se contenía para no darme un empujón. Qué amable.
Al cabo de dos o tres largos minutos sí que me dio una palmadita de ánimo:
—¿Sufre de acúfenos? ¿Tiene problemas de audición?
—No —reí, ahogándome en lágrimas—, no. Louis. Mi amigo Louis.
Lloraba a borbotones. El diluvio.
—No se mueva.
Salió de su despacho y volvió con un rollo de papel de cocina.
—Lo siento, es lo único que tengo.
—Gracias.
Se sentó en la butaca a mi lado, mientras yo me secaba la cara.
Silencio.
Después me habló como tenía que hablarme. No me dijo: «Sí… Claro… Louis, entonces… Louis… Su amigo, decía usted… Qué interesante… Y qué más… Y cómo… Pero blablablá y qué me dice de usted».
No.
Me miró a los ojos y me anunció con voz tranquila:
—Mi próximo paciente llega dentro de cuarenta y cinco minutos. ¿Qué hacemos?
Me habló de procedimiento, agenda, eficacia. Me devolvió a terreno conocido.
De modo que le hablé de usted durante cuarenta y cinco minutos.
Ya no recuerdo qué dije exactamente, pero debí de contarle la manera que tenía usted de ser a la vez tan denso y tan volátil, de estar aquí por completo y a la vez siempre un poco en otra parte, de ser a un tiempo tan generoso y tan rácano. Debí de contarle todo lo que hizo por mí y la violencia con la que se me murió. Esa despedida que me había sido arrebatada. Su falta de confianza. En mí, en usted, en nuestra amistad. Esa desagradable impresión que me atormentaba, en la que no dejaba de pensar, de no haber sabido entenderle. De no haber sabido conocerle. De haberle traicionado. De haberme traicionado a mí mismo. De haber sido un inútil.
De ser un inútil.
Y también le conté que era hijo único. Que probablemente había proyectado en usted la imagen de un hermano ideal. Que lo había soñado, inventado, fabricado. Que no le lloraba a usted sino a mi bonito holograma. Que lloraba un montón de muertes, en realidad. La suya, la de nuestra amistad, la de mi padre, la del tío tan simpático en que se había convertido usted para mis hijas, la de mi paternidad, la de mi filiación, la de mi infancia, mi juventud y mi propia vida, de las que a fin de cuentas también me habían privado y… Y le hablé también de sus misterios, sus ausencias y sus silencios, y de lo que me inspiraba esa imagen de usted por las mañanas, cuando volvía probablemente de un mundo de libertad / libertinaje, mientras que yo, en cambio, iba a encerrarme en un coche largo y negro como un coche fúnebre que me llevaba a servir a un mundo ultraliberal y liberticida al que defendía lo mejor que podía pese a que estaba arruinando en unos pocos años los esfuerzos aunados de cuatro generaciones de hombres y mujeres de buena voluntad, gerentes incluidos.
—Sí —le repetía—, me obsesiona esa imagen. Esa imagen de él, al amanecer… De él tan apuesto pero carcomido por la noche, por la enfermedad, por la soledad, por… No sé.
—Esto me recuerda a la oda de Paul Morand a Proust…
No contesté. Prefería pasar por pedante antes que por tonto.
Ella no se dejó engañar. Me miró a los ojos un largo instante, el tiempo suficiente para darme a entender que era —sí, sí, por desgracia lo era, y prueba de ello eran esos largos segundos— un pedante de la peor especie, a saber: un pedante tonto. Cuando hubo dejado esto claro, acercó su rostro al mío y añadió con su hermosa voz grave:
—«Proust…, ¿qué fiestas nocturnas frecuenta para volver con ojos tan cansados y tan lúcidos? ¿Y qué espanto a nosotros vedado ha conocido para volver tan indulgente y tan bondadoso?».
Silencio.
Ella: Era un poco eso, ¿no?
Yo:…
Ella: No dice usted nada.
No decía nada.
Siguió mirándome un momento, se levantó, me indicó con un gesto que la imitara y me acompañó hasta la puerta.
—Pase por secretaría para ver si quiere concertar otra cita o no, pero mientras tanto deje que le diga algo importante.
Ya no la escuchaba.
—¿Me escucha? —prosiguió ella.
—Perdón. Sí.
—La gente vive, la gente vivió y la gente muere, es así, ¿sigue…, sigue escuchándome?
—Sí.
—La gente vive, y lo único que recordamos tras su muerte, lo único importante, lo único que queda es su bondad.
—…
—¿No está de acuerdo conmigo?
—…
—En lugar de obsesionarse con lo que ese hombre no le dio, cuente usted su bondad.
—¿A quién? ¿A usted?
—A mí si vuelve a mi consulta, a él si no vuelve más por aquí.
—Pero si está muerto.
—¿Está muerto?
—…
—No. Claro que no. Si estuviera muerto, ya lo habría enterrado.
—Él ya conocía su bondad.
—¿La conocía? ¿Está usted seguro?
Silencio.
—No sé escribir.
—No le he dicho que escriba, le he dicho que cuente. Haga exactamente como ha hecho conmigo hace un momento, pero dirigiéndose a él. Como si estuviera sentado delante de usted. No se complique: háblele a él.
—…
—Háblele y dígale adiós.
—…
—No suelo mostrarme tan autoritaria, pero sé que es la última vez que nos vemos, y no quiero devolverlo al enemigo, es decir a usted mismo, sin un salvoconducto en el bolsillo.
—…
—Dígale todo lo que se le ha quedado dentro y déjele marchar.
—Todo esto me parece muy esotérico —me defendí, queriendo sonreír pero sin conseguirlo—, ¿de verdad es usted médica?
—No, pero —ella sí consiguió sonreír— me guardará el secreto, ¿verdad? Digamos que me adapto, y a usted, querido historial número 1714, no se le ha perdido nada en una consulta psiquiátrica, solo necesita expresarse.
—…
—Se complica usted la vida, Paul. Se complica la vida usted solito. Deje de hacerlo. No se complique. Diga las cosas. Bueno, le dejo. Tengo trabajo.
Nunca volví a su consulta.
Acaban de avisarme de que me espera un chófer en la calle. Tengo que vestirme. Tengo que irme.
Louis:
¿Ha visto? He recuperado el aplomo.
Me enteré de que había muerto. Me pidieron que le enterrara. Yo mismo dije hace un rato que iba a arrojar cenizas sobre las brasas antes de marcharme y…
Y no. No voy a marcharme. No deseo en absoluto enterrarle. En absoluto.
No me atrevo a escribir «Un beso». No me atrevo a escribir «Un abrazo». No…
Bueno. Ya me voy.