1
—Déjalo, tía. No insistas.
No me apetecía nada ir. Estaba agotada, me veía fea y, además, no me había depilado. En esos casos no me siento nada segura y, como sé que no voy a comerme un rosco, siempre acabo con un ciego de espanto.
Ya lo sé, soy demasiado tiquismiquis, pero es que no puedo con estas cosas: si no estoy perfecta, ingles incluidas, paso de abrirme a nadie.
Y encima me había rayado con el imbécil de mi jefe mientras terminaba de limpiar las jaulas, y eso me había dejado de muy mala leche.
Era por la nueva gama de CaninaPro, la Puppy Sensitive.
—No pienso vender eso —le repetía yo—, no pienso vender eso. Es una tomadura de pelo. «Contribuye al desarrollo del cerebro y de la vista» —releí, devolviéndole su puñetera bolsa de comida para perros a veintisiete euros los tres kilos. Al desarrollo del cerebro, menuda chorrada; si fuera verdad, se la tendrían que comer ellos, los muy gilipollas.
Mi jefe se había alejado mascullando: que si su informe, que si mi conducta, que si mis modales, que si mi contrato indefinido, que no lo voy a conseguir en la vida, y blablablá, pero me traía al pairo. No puede echarme, lo sabe tan bien como yo. Desde que trabajo ahí, los beneficios se han duplicado, y me he traído a toda mi clientela anterior, así que…
Que fiche tu madre.
No sé por qué se pone así con este proveedor. Me imagino que el comercial le prometerá un montón de cosas. Que si fundas de móvil en forma de hueso, pasta de dientes para su caniche o fines de semana en la playa… O, mejor aún, un fin de semana en la playa disfrazado de cursillo de ventas, para echar una cana al aire lejos de la parienta.
Es su estilo…
Estaba en casa de mi amiga Samia, comiéndome los dulces que prepara su madre mientras la miraba alisarse el pelo mechón a mechón a mechón. Se tiraba horas. Comparado con eso, llevar velo parece un acto de liberación de la mujer. Me lamía los dedos llenos de miel y admiraba su paciencia.
—Pero… ¿es que ahora vendéis cosas para padres? —me preguntó.
—¿Cómo que para padres?
—Eso que has dicho de la comida para perros…
—No, hombre. Puppy, no papi. Puppy quiere decir cachorro en inglés.
—Aaaah, vaaale —se reía—. Bueno, ¿y? ¿Qué problema tienes con eso? ¿Es que no te gusta el sabor o qué?
—…
—Venga, tía, no te rayes. Solo era una broma. Y vente conmigo esta noche. Andaaaa… Porfaaaa… Venga, Lulu… Por una vez no me dejes colgada.
—¿En casa de quién es?
—Del antiguo compañero de piso de mi hermano.
—Si ni siquiera lo conozco.
—Ni yo, pero ¡qué más da! ¡Echamos un ojo al material, elegimos, nos los rifamos y luego nos lo contamos!
—Conociendo a tu hermano, seguro que solo van pijos…
—¿Y qué? ¡Los pijos molan! ¡Carne de primera, señorita! No hace falta invitar a ciento y la madre para encontrar uno solo que merezca la pena, y luego por la mañana los hay que hasta te traen el desayuno a la cama.
No me apetecía un pimiento. No me atrevía a decírselo, pero tenía un montón de episodios atrasados de Sexy Nicky por ver y estaba hasta el gorro de esos planes de muertas de hambre.
Me deprimía tener que volver a coger el tren de cercanías, tenía frío y estaba hambrienta, apestaba a caca de conejo y solo quería acurrucarme en mi cama yo solita a ver mi serie preferida.
Dejó la plancha para el pelo y se arrodilló delante de mí, juntando las manos en un gesto de súplica y poniendo morritos.
Vaaaale.
Me fui hacia su armario suspirando.
La amistad.
Lo único que contribuye al desarrollo de mi cerebro.
—¡Ponte mi top de Jennyfer! —me gritó desde el cuarto de baño—. ¡Seguro que te queda de muerte!
—Mmm… ¿Cuál, el de putingui?
—Qué dices, si es precioso. Además, delante tiene un animalito de lentejuelas. ¡Te va a quedar genial, ya lo verás!
Bueeeeno.
Le cogí prestada su maquinilla para afeitarme las ingles, me di una ducha y embutí mi delantera como pude en su camiseta de la talla XXS con gatito de lentejuelas.
Al llegar al portal, donde los buzones, me volví a mirarme al espejo para comprobar que me asomara del pantalón la barbita de Mumú.
Anda, pues no asomaba… Tuve que bajarme un poco la cintura del vaquero.
Me encantaba ese tatuaje. Era Muchu (creo que en realidad se escribe Mushu) (el dragón de Mulan) (esa peli la habré visto por lo menos mil veces, sin coñas, y siempre lloro. Sobre todo cuando se entrena y consigue trepar a lo alto del poste).
El tío que me lo tatuó me juró que era uno de verdad, de la época Ming, y yo me lo creo porque él también es chino.
—Guaaaauuuu… Estás tremenda.
Como era mi mejor amiga, no di mucho crédito a su cumplido, pero cuando vi la cara del tío que salía del ascensor, comprendí que sí, que Sami no exageraba.
El tío estaba que le iba a dar algo.
Sami le señaló la pared:
—Eh, oiga… Ahí tiene el extintor…
Para cuando por fin pilló la broma, ya estábamos en la calle, corriendo hacia la estación, muertas de risa, cogidas de la mano con fuerza porque con los taconazos que llevábamos parecíamos Bambi y Tambor en Holiday on Ice.
Pillamos el tren Zeus de las 19.42 y nos aseguramos de que, si nos cogíamos un buen ciego, pudiéramos volver en el de las 00.56. Luego Samia sacó sus sudokus, y nos enfrascamos en ellos en plan «paso de todo, ni me mires», porque si no es que no nos dejan en paz en todo el viaje.
2
Un plan de pijos, y tanto. Tuvimos que teclear por lo menos cuatro códigos en cuatro puertas antes de poder acceder a las patatas fritas.
¡Cuatro!
En comparación con esa casa, la comisaría de Bobigny era la granja de Playmobil.
En un momento dado hasta pensé que íbamos a tener que pasar la noche detrás del cubo de basura amarillo. Estaba que me subía por las paredes. El típico plan birria de Sami.
Menos mal que salió un tío para sacar a mear a su schnauzer enano, que, si no, aún seguiríamos ahí.
Nos abalanzamos sobre él. Menudo susto se llevó el pobre. Pero si yo no aplastaría jamás a un animal. Y eso que reconozco que los schnauzer no me molan mucho que digamos. Nunca me han gustado los perros de pelo duro. Tener que acicalarles la barba, los bigotes, el pelo de la tripa, las patas y tal me parece un coñazo de espanto.
Después de que armáramos jaleo en cada telefonillo, acabaron por dejarnos entrar, y una vez dentro, al calorcito, no tardamos nada en ponernos a tono.
Mientras me tomaba una copa de ponche tibio bastante asqueroso barrí la habitación con la mirada para calibrar la mercancía que se me ofrecía.
Bah. Echaba de menos mi serie. No había más que niños de mamá. Para nada mi estilo.
Era un rollo de artistas o algo así. La exposición de fotos de una tía que se había pirado a la India o no sé dónde. No me fijé mucho. Para una vez que estaba en un barrio con clase no tenía ganas de seguir viendo pobres.
Para pobres tenía de sobra con los de mi barrio.
Sami ya se estaba trabajando a una especie de gótico con tupé que le había robado el rímel a su mamá (aunque yo, francamente, no le veía muchas posibilidades de éxito con ese tío que parecía sacado de un carnaval), cuando me fijé en que su Draculita con clavos tenía al lado a un colega vestido de Gucci.
Y ese sí que valía la pena.
Porque me conozco yo a menda lerenda: solo de pensar que, por primera vez en su vida, iba a poder codearse con un cinturón de Gucci auténtico… Estaba claro que se lo iba a poner en bandeja.
Era un polvo cantado.
Para no parecer que estaba más sola que la una, fui a echarle un vistazo a la casa.
Bah.
No había más que libros.
Me compadecía de la asistenta…
Me incliné para ver la foto de un gato. Era un sagrado de Birmania. Se veía por los piececitos blancos. Me gustan mucho, pero son frágiles. Y cuestan un ojo de la cara… Por el precio de un sagrado tienes dos siameses, te salen carillos esos piececitos tan monos. Eso me recordó que todavía tenía sin desembalar los arañadores y los árboles de cuerda. Pfff… No me queda sitio en esa sección. Tendré que esperar a que dejen de estar en promoción los…
—Te presento a Arsène.
Joder, qué susto me dio el muy imbécil.
No lo había visto. Era el tío sentado en el sillón justo detrás de mí. Estaba oculto en la oscuridad, solo se le veía la pierna. Bueno…, ni siquiera, solo unos calcetines de vieja y unos botines negros. Y una mano en el reposabrazos. Una mano grande que jugueteaba con una cajita de cerillas.
—Mi gato. El de mi padre, para ser más exactos. Arsène, te presento a…
—Mmm…, Lulu.
—¿Lulu?
—Sí.
—Lulu… Lulu… —repitió con un tono en plan misterioso—, Lulu puede ser Luce o Lucie. Lucille quizá… O incluso Ludivine… A no ser que sea…, ¿Lucienne?
—Ludmila.
—¡Ludmila! ¡Qué suerte la mía! ¡Una heroína de Pushkin! ¿Y qué hay de su Ruslán, querida? ¿Sigue buscándola con ese pillo de Rogdai?
Socorro.
Joder, siempre me tocan a mí los más raros.
Tú lo has dicho, chaval. Qué suerte la mía.
—¿Cómo? —dije yo.
Se levantó, y entonces vi que de tipo no era para nada como me esperaba después de verle los pies. Era monísimo incluso. Pero, joder, mejor que hubiera sido feo.
Me preguntó si quería tomar algo, y cuando volvió, con dos vasos que no eran de plástico sino de cristal de su cocina, salimos a fumar al balcón.
Le pregunté si lo de Arsène era por Arsène Lupin y sus guantes blancos, para que se diera cuenta enseguida de que no era tan tonta como parecía, y vi como una sombra de decepción empañarle la mirada. Me felicitó, exagerando un montón, pero saltaba a la vista que estaba pensando: «Mierda, tirarme a esta tonta no me va a ser tan fácil como creía».
Pues sí. No hay que fiarse de las apariencias. Soy vulgar, sí, pero es mi uniforme de camuflaje. Como los geckos en los troncos de árbol, o los zorros del Ártico, que cambian de color en invierno, mi lado llamativo no es mi yo verdadero.
Hay unas gallinas, no me acuerdo de cómo se llaman, que tienen plumas detrás de las patas para borrar sus huellas conforme avanzan; pues a mí me pasa lo mismo, solo que en sentido contrario: lo borro todo antes incluso de establecer contacto con alguien.
¿Por qué? Porque mi cuerpo siempre falsea mi naturaleza.
(Y más todavía cuando me pongo las camisetas ceñidas de mi amiga Samia, las cosas como son.)
Así es que empezamos hablando de su gato, y luego de los gatos en general, y de ahí pasamos a los perros, y blablablá, que si son menos nobles pero mucho más cariñosos, y de ahí, horror, llegamos a mi trabajo.
Le flipó saber que era la responsable de todos los animalitos del Animaland de Bel-Ébois.
—¿¿¿De todos???
—Pues sí… Los cebos de pesca, los perros, los conejillos de Indias, los gerbillos, las carpas, las cotorras, los canarios, los hámsteres y… los… los conejos…, los conejos enanos, carnero, angora… ¡Y un montón más que se me olvidan ahora por culpa del ron!
(En realidad no soy la responsable de verdad pero, como él vivía enfrente de Notre-Dame y yo detrás del Estadio de Francia, me sentí obligada a equilibrar un poco las cosas.)
—Es fantástico.
—¿El qué?
—Quiero decir que es pintoresco, vaya. Es novelesco.
«¿Tú crees?», pensé. Acarrear, etiquetar, levantar, apilar sacos de comida casi tan pesados como yo, aguantar a los clientes, a los criadores estúpidos que siempre se creen que saben más que nadie, a los adiestradores de perros que te dan la tabarra con sus tarifas, a las viejas que te dan la brasa durante horas con sus historias de gatas abandonadas, y a los que te piden que les cambies el hámster muerto de sus críos suspirando irritados porque no es del mismo tamaño. Aguantar a los jefes, descubrir cómo te cambian los horarios de trabajo por culpa del lameculos de turno, pelear por tener derecho a un descanso, dar de comer a todos los animales, comprobar los abrevaderos, separar a los dominantes, rematar a los moribundos, deshacerme de los muertos y cambiar más de setenta lechos al día, todo eso de verdad era —¿cómo había dicho?— ¿pintoresco?
Pues debía de serlo, porque me hizo un millón de preguntas.
Que si qué era eso de las nuevas mascotas, y si era verdad que la gente criaba pitones y cobras en sus apartamentos, y si de verdad funcionaba lo de los caramelos de menta para los perros, porque el labrador de su abuelo apestaba que no veas (no decía «mi abuelo» cuando hablaba de él, sino «mi abuelito», como pone en las etiquetas de los tarros de mermelada para pijos; quedaba de lo más mono), y si me gustaban las ratas, y si era verdad que la película Ratatouille había suscitado una auténtica fiebre por las ratas, y si ya me habían mordido alguna vez, y si estaba vacunada contra la rabia, y si había cogido una serpiente, y qué razas se vendían mejor, y…
¿Y qué pasaba con los que no conseguíamos vender?
¿Qué hacíamos con los cachorritos cuando crecían?
¿Los matábamos?
¿Y los ratones? ¿Se los dábamos a los laboratorios cuando teníamos demasiados?
Y si era verdad que la gente tiraba las tortugas por el váter, que si los punks con perro eran tan malos como los pintaban, que si a los conejos les gustaban las plantas de cannabis, que si se paseaban cocodrilos por las alcantarillas de París y…, y…
Y yo estaba medio pedo. Pero en plan bien.
Contentilla, vamos.
Y, como me encanta mi trabajo, pues no me importó volver a ponerme la bata blanca. Incluso en un piso de ricachones y mucho después de la hora de cierre.
Le hablaba de todas mis secciones, desde el serrín del suelo hasta el techo, y él me escuchaba con mucha atención, repitiendo: «Grandioso, grandioso».
Grandioso.
—¿Y los peces también?
—Los peces también —asentí.
—Vamos. Descríbeme el artículo.
Era extraño. Me lo estaba pasando genial, y eso que ni siquiera estaba borracha.
Era…, ¿qué era lo que había dicho?
Pintoresco.
—Pues mire, caballero, antes de nada tiene que elegir entre agua de mar o agua dulce, porque la cosa cambia. Pero para un acuario medio decente le recomiendo el precioso pez ángel, que se desplaza majestuosamente con sus largas y elegantes aletas, y el pez disco, en forma de disco, como su propio nombre indica, que es verdaderamente magnífico… Y el danio, el barbo, el rasbora, el tetra neón, que son auténticas joyas con reflejos fluorescentes, como luciérnagas pero acuáticas… Sin olvidar los otocinclus, esos grandes limpiadores, comedores de algas, y los hypostomus, que limpian las paredes, y…, esto…, a mí también me gusta el botia, con su cuerpo rayado con tres franjas negras, muy elegante, pero este es más bien un pez de fondo de acuario. No suele dejarse ver. Y los guppys… Y los guramis. Pero hay que tener cuidado con ellos, porque dan problemas. Tienen tendencia a zamparse a los neón, precisamente. De todas maneras, le aconsejo que los críe todos juntos y que los compre cuando son pequeños. Naturalmente, también le ofrecemos una gran selección de acuarios: Aquatlantis, Nano, Eheim, Superfish, más todos los accesorios disponibles en el mercado, así como una amplia selección de importaciones exclusivas. Gravilla, cantos rodados, algas, plantas, decorados, sistemas de filtrado, calentadores de agua, bombas de aire y kits de pH. Como ve, tenemos de todo…
Era la primera vez que me topaba con alguien tan interesado, fascinado incluso, por mi día a día.
Mi reserva al fondo de la tienda, mis kilómetros a pie, mi cansancio, mis preocupaciones de higiene, mis problemas de sarna, de tiña, de gripe felina y todo lo demás. Además, creo que su interés era sincero. Que no fingía. Si no, nos habríamos dado cuenta antes de que estábamos pelándonos de frío, charlando así en el balcón, con vistas a los tejados de París en pleno invierno.
No digo que no me mirara disimuladamente, pero era…, cómo decirlo… Sus miraditas eran como él mismo: amables. Y eso también me tenía descolocada. Mi delantera y yo no estábamos acostumbradas a tan buenos modales.
Como estaba tiritando, me propuso que entráramos, y volvimos a la música y al humo.
No le había dado ni tiempo a cerrar la cristalera, cuando una tía superflaca se dirigió a él, preguntándole entre gemidos y medio histérica que dónde se había metido, que qué estaba haciendo, que por qué la música era tan ma…, y entonces se interrumpió porque acababa de fijarse en mí.
A la muy pájara se le quitó el pedo de golpe.
—Ah, perdón —dijo con una mueca—, no sabía que estabas en…, mmm…, en tan buena compañía…
(Sí, sí. No me engañaban mis oídos. De verdad recalcó lo de «buena», la muy zorra.)
Y él contestó con una sonrisa felina:
—No. No lo sabías.
Ella me miró, estirando su bocaza para dedicarme una sonrisa amable que venía a decir: «Hormonas en acción, territorio marcado, así que la gorda esta se larga ahora mismo o le parto la cara», y luego se agarró de su brazo para remolcarlo hasta donde estaban los demás.
Aproveché para buscar a Sami, pero sin éxito.
Igual iba ya rumbo a Italia vía Triángulo de las Bermudas…
Ya no quedaba nada de comer, la música de verdad daba asco, en plan ruidosa pero sin molestar a los vecinos, eso sí que no, y los invitados se habían aglomerado en grupitos supercerrados.
Me saqué un jersey del bolso, me lo puse para que mi Muchu no se enfriara la punta de la naricita y, antes de ir a buscar mi anorak, recorrí la casa con la mirada por última vez para despedirme de la única persona que me había dirigido la palabra en toda la noche.
Imposible encontrarlo. Con lo fascinado que estaba hacía dos minutos, pasó de mí por completo en cuanto esa estúpida lo pilló por banda.
Bah… Son cosas que pasan. Bueno, al menos me pasan a mí. Con frecuencia incluso. En cuanto un tío se interesa por algo que no sea mi delantera, en general ese interés no dura demasiado.
Una de dos, o me meten mano enseguida o se libran de mí. Es mi sino.
Antes le estaba contando todos los marrones de mi trabajo, pero el caso es que jamás uno solo de mis animalitos me habría tratado así. Jamás.
Cuando les dedico tiempo, cuando me porto bien con ellos y me ocupo de su bienestar, lo recuerdan.
Y sea cual sea el momento del día, cada vez que paso por delante de sus jaulas, tienen todos su propia manera de demostrarme su cariño.
Paran de comer, levantan la cabeza, los hay que pían, los hay que trinan, que gorjean, que dan saltitos, que silban o que cantan incluso, y en cuanto me alejo, hala, se ponen otra vez a comer.
De hecho, cada vez que alguno se me va, me pongo triste. Aunque no sea más que un ratoncito blanco o una cotorra de nada y aunque los clientes parezcan majos.
Me enfurruño y no digo ni mu durante horas.
Samia dice que es porque mis padres están lejos y acumulo falta de cariño. No lo sé. Yo sobre todo pienso que soy boba y ya está.
Uuuuh. Qué frío hacía. Dentro. Fuera. En mi cabeza y en la calle. Tenía los dedos helados y el ánimo tres cuartos de lo mismo.
Exactamente la clase de momento en que es una pésima idea hacer balance de tu vida, y exactamente la clase de momento en que no puedes evitarlo.
Estaba sin pareja. Vivía en un estudio de mierda. Aún más pequeño que mi cuchitril de descanso en el trabajo. Todos los domingos iba a casa de mi hermana y jugaba con sus críos para que ella pudiera ayudar a su marido a terminar de reformar su chalé, y en vacaciones no me iba nunca a ningún lado porque me quedaba con las mascotas de mis mejores clientes y de algunos vecinos de mi edificio. Y con Shirley, la perrita york de la portera. Era la excusa perfecta para no ir a ver a mis tíos, y me daba para pagar el alquiler.
Y el resto del tiempo me lo pasaba currando.
A veces salía con amigas y acababa embarcándome en relaciones a cual más chunga. Bueno, eso de «relaciones» es mucho decir, pero, bueno, nos entendemos.
Tengo una compañera de trabajo que me da la tabarra para que busque el amor en internet, pero yo paso.
Cada vez que he comprado cosas por internet fiándome de las fotos, me he llevado un chasco. La gente se vuelve loca con los ordenadores. Se lo cree a tope, cuando no es más que mercancía en venta en un escaparate luminoso.
Nadie se imagina que soy así. Que llego a conclusiones, que sé distinguir unas palabras de otras y que hasta tengo opiniones sobre internet.
De todas formas, nadie sabe nunca nada, así que…
Yo hace unas horas ni siquiera sabía que había dos islas en mitad de París. Acababa de darme cuenta en el balcón mientras charlaba. A los veintitrés años… Patético.
Corría hacia Châtelet porque tenía miedo de perder el tren y de verdad no podía permitirme coger un taxi, cuando oí:
—¡Princesa! ¡Princesa! ¡No corras tanto! ¡Vas a perder el zapato!
No…
No me lo podía creer…
Otra vez el agente Mulder…
¿Igual se le había quedado alguna pregunta en el tintero? ¿El precio de un canario o de un juguete de perro?
Estaba doblado en dos y trataba de recuperar el aliento:
—¿Po… por qué te has i… ido tan deprisa? ¿No…, ffff…, quieres tomarte una…, fff…, última copa?
Le expliqué que no quería perder mi Zeus, y eso le hizo gracia; después se ofreció a acompañarme al Olimpo, y a mí eso me puso triste.
La historia se las traía, y yo sabía muy bien que mis cartas no eran buenas. Que iba a tener que acostarme con él si quería seguir jugando. Sí, sabía que, aparte de mi zoo, no tenía mucho que ofrecerle y que mis otras bazas eran mucho más corrientes.
No le contesté.
Corrimos juntos escaleras abajo, y, como él no tenía billete, le hice un gesto para que se pegara a mí para colarse.
Jeje… Yo también me permití una sonrisa felina.
La estación estaba desierta, y el ambiente era bastante chungo: un camello que acababa de instalar el tenderete a la entrada del túnel, unos cuantos juerguistas como una cuba y empleados de limpieza muertos de cansancio.
Nos sentamos en el último banco libre al fondo del todo del andén a esperar a que llegara el tren.
Silencio denso.
No hablaba, ya no me hacía preguntas, y yo tenía demasiado miedo de que se me notara que había ido a una birria de colegio y que no había sido capaz de sacarme ni el título de formación profesional, así que me puse a hacer el gecko: me quedé muy quieta, mimetizándome con el entorno.
Leía los anuncios, me miraba los pies y los trozos de periódico tirados por el suelo, trataba de adivinar las palabras que faltaban y me preguntaba si de verdad iba a seguirme hasta mi casa. Eso me agobiaba a saco. Estaba dispuesta a llegar hasta Eurodisney pasando por Orly para impedir que se formara la más mínima idea de mi vida y de mi casa.
Él observaba a la gente, y se notaba que se moría de ganas de hacerle tantas preguntas como a mí.
¿Cuánto cuesta el gramo? ¿Y de dónde viene? ¿Y qué margen se lleva usted? ¿Y qué hace si hay jaleo? ¿Se escapa por el túnel? ¿Y ustedes? ¿Qué están celebrando? ¿Un cumpleaños? ¿Un partido de fútbol? ¿Y ahora adónde van? ¿Y quién va a limpiar esa vomitona, su madre? ¿Y usted, señora? ¿Eran oficinas o una tienda? ¿Ha sido duro? ¿Les dan aspiradoras potentes al menos? ¿De qué país viene usted? ¿Y por qué tuvo que abandonarlo? ¿Cuánto tuvo que pagar para poder cruzar las fronteras? ¿Siente nostalgia? ¿Sí? ¿No? ¿Un poco? ¿Y tiene niños? ¿Quién se ocupa de ellos mientras espera el tren pasada la medianoche y tan lejos de Malí?
Pero al cabo de un rato, para hacer como que restablecía el contacto, me lancé:
—Veo que te interesa todo el mundo.
—Sí —murmuró—, así es. Todo el mundo… De verdad…
—¿Eres policía?
—No.
—¿A qué te dedicas?
—Soy poeta.
Joder, debí de parecerle tonta. Ni siquiera sabía que todavía existía esa profesión.
Supongo que se dio cuenta porque se volvió a mirarme:
—¿No me crees?
—Sí, sí, pero…, o sea… No es un trabajo de verdad, vamos…
—¿En serio?
Y, de pronto, se puso supertriste. Estaba pálido, con unos ojos como de cocker abandonado. Se acabó la fiesta, y yo estaba deseando que llegara ya mi calabaza para volver a casa.
—Quizá tengas razón —dijo bajito—, quizá no sea un trabajo. Pero entonces ¿qué es? ¿Una ilusión, un favor, un honor? ¿Una impostura? ¿Una fatalidad? ¿O una ocupación útil para engatusar a una chica guapa en un lugar siniestro mientras viene el dios del rayo?
Mierda. Vuelta a la cuarta dimensión.
Eso es lo que pasa cuando apuntas demasiado alto: pierdes el equilibrio al menor soplo de aire.
Y mi tren que no llegaba nunca, el muy lentorro…
Después de un silencio mucho más pesado que el de antes, visto que ya no miraba a su alrededor sino en su interior, y que lo que descubría parecía mucho menos «pintoresco» y «novelesco» que dos drogatas, tres borrachos y una limpiadora hecha polvo, añadió sin levantar la cabeza de sus pensamientos:
—Y, sin embargo… Tú, Ludmila, por ejemplo. Tú. Tú eres la prueba de que los poetas tienen una razón de ser. Tú eres…
No reaccioné ni un milímetro porque me moría por saber lo que era yo.
—Un blasón de ensueño.
—¿Cómo?
Y se hizo la luz. Aquí estaba de vuelta:
—En el siglo dieciséis —volvió a perorar, de nuevo alegre y seguro de sí mismo—, todos los poetas, poetastros, versificadores y demás soñadores se atuvieron, se enfrentaron debería decir, a esos divinos encantos que a veces las mujeres se dignan brindarnos. Imaginar un blasón era venerar del modo más sencillo y delicado posible las distintas partes del cuerpo femenino, y tú, hermosa Lulia, tú, cuando la…
Se acercó para poder tocarme la cabeza y dijo bajito:
Luengo cabello, hermoso y fino,
que mi corazón asió con tino…
Después su mano rozó mis piercings y mis anillos:
Oreja que en el corazón deja impresa
la flor que la boca expresa.
Oreja a la que ha de hablar
quien a la mejilla quiere llegar…
Y me hizo bizquear:
Ceja que la niebla disipa o provoca
a razón de cómo su arco sustenta…
Después, como en una cancioncilla infantil, siguió recorriendo mi rostro con el dedo:
Naricita bonita, fina y bien dibujada,
ni corta ni larga, bien proporcionada…
Yo sonreía. Entonces tamborileó sobre mis piños:
Oh, hermosos dientes, blancos y relucientes,
vuestra perfección es para mí deleite.
Pero ¡ay de ellos si de sustento se ven carentes!
Y ahí ya me reí.
Y, al reírme, supe que estaba perdida. Bueno, que podía estarlo. Que de repente tenía todas las papeletas.
«El tren va a efectuar su entrada en la estación», parpadeaba el rótulo luminoso. Me levanté.
Él me siguió.
Estábamos solos en el horizonte y nos sentamos uno enfrente del otro.
De nuevo, denso silencio raro, perdido entre el ruido de los raíles. Al cabo de unos minutos, añadió como si nada:
—Por supuesto, hay muchos más… Más blasones, me refiero. Como bien te imaginarás, entre tu cabello y los dedos de tus pies hay, bueno, habría muchas otras fuentes de inspiración…
—¿Ah, sí? —dije yo, conteniendo una sonrisa.
—El más conocido, por ejemplo. El blasón de la hermosa tetilla del gran Clément Marot.
—Me hago una idea…
Me esforzaba por contar las lámparas del túnel para conservar la seriedad.
—O el ombligo, por ejemplo. «Ese nudito, perfección sublime que yo conociera, de divinas manos fue obra postrera.» —Me miraba sonriendo—. «Vericueto de anhelo que travieso placer alberga…»
—¿¿¿El ombligo también??? —me asombré, con el tono de la empollona que muestra un interés excesivo en las chorradas que suelta el profesor.
—Sí, sí… Como lo oyes… El ombligo y sus vecinos de abajo…
Vaya nochecita. Vaya ligue raro. No tenía ni pies ni cabeza. Si me hubieran dicho que un día cogería el Zeus de medianoche con Victor Hugo en persona y que encima me lo pasaría pipa, no me lo habría creído.
Entonces le pregunté, en plan mosquita muerta:
—¿Y bien? ¿Esos no los recuerdas?
—Sí, pero…
—Pero ¿qué?
—Pues que no quisiera ofender a nadie. Estamos en un sitio público, al fin y al cabo —susurró, señalándome con los ojos el vagón vacío por completo.
Entonces, en ese momento de mi vida, justo antes de llegar a la Gare du Nord, me dije a mí misma tres cosas:
La primera: me apetecía acostarme con ese chico. Me apetecía porque me divertía con él y, bien pensado, no hay nada más agradable en el mundo que divertirse en la cama con un chico majo.
La segunda: voy a sufrir. Voy a sufrir otra vez. Se ve a la legua que esto va a acabar mal. En plan guerra de los mundos, choque de culturas, lucha de clases y toda la pesca. Así que no pienso dar nada. Me desnudo, sacio los pedazos de mí que tienen hambre, disfruto y me largo. Nada de llamarlo, nada de mandarle un mensajito al día siguiente, nada de besitos en el cuello, nada de mimos, nada de sonrisas, nada de nada.
Nada tierno. Nada que pueda crear recuerdos. El blasón, vale, pero nada de blablablá, porque, si no, me veo otra vez llorando a moco tendido el lunes por la mañana abrazada a mis conejitos.
Porque todo ese montón de poemitas táctiles eran muy bonitos, sí, pero también eran el típico truco para ligar, y se veía que lo tenía bien ensayado. Si se los sabía todos de memoria era porque debía de haberlos recitado mil veces.
Además, yo ni siquiera tengo el pelo largo.
Así es que, calma, recapitulemos antes de atacar. La hoja de ruta es muy sencilla:
Buenos días, caballero; bienvenido, caballero; adiós, caballero.
Ha sido un placer.
Y la tercera: en mi casa no. Allí no.
—¿En qué estás pensando? —preguntó, preocupado.
—En una habitación de hotel.
—Oh, Señor —gimió, en plan escandalizado—, las heroínas de Pushkin… Debería habérmelo imaginado.
¿Quién puede resistirse a un poeta contento?
Me reía.
—«Oh, risa, tú que me abres tu divina morada…»
No sabría expresarlo mejor.
3
Tras el desarrollo de los acontecimientos, tras el huequito bien colmado por un botón bermellón o por un rubí que no puede ser mejor colofón, y tras el trasero redondo y orondo, inexpugnable, asentado sobre roca entre dos montes que enemigo no toca, después de horas de cosas buenas y de labia en román poco paladino, mientras descansábamos abrazados, le pregunté:
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—Todo eso lo has leído en los libros, pero ¿me harías uno? ¿Solo para mí?
—¿Un qué? ¿Un hijo? —fingió horrorizarse.
—No, tonto. Un poema.
Se quedó callado tanto tiempo que pensé que se había dormido; de hecho, me disponía a hacer otro tanto cuando me levantó un mechón de pelo.
Mientras jugueteaba en mi trasero con la barbita de mi Muchu, me murmuró al oído:
Pequeño san Jorge de una noche,
para gloria mía mi único derroche
habrán sido mis versos de salón
para medirme con este dragón.
Sonreí en la oscuridad y después esperé a que fuera la hora.
No quería dormir. Habría sido demasiada confianza, demasiado abandono.
Seguramente ya sufría a mi pesar, seguramente. Cuando alguien te hace reír, por mucho que quieras negarlo, ya te ha jodido el corazón.
4
Al final cogí el IVON de las 6.06.
Estaba más o menos con la misma gente que en Châtelet unas horas antes, salvo las plantillas de empleados de la limpieza, que eran otras.
Todo el mundo vegetaba.
Con la frente contra el frío del cristal mascaba un chicle imaginario para que el nudo en la garganta no me estrangulara.
Tenía muchas ganas de llorar. Me agarraba a tonterías. Al cansancio, al frío, a la noche… Me repetía: es porque has dormido poco, pero luego, después de una buena ducha, ya verás como te encuentras mejor. Y subía el volumen al máximo para ahogarlo todo una vez más.
Escuchaba a Adele con los cascos. Me encantaba su voz. Era la mía. Siempre a punto de desgarrarse. Y, claro, no aguanté hasta el final de la canción.
Bueno, así al menos ya me había desmaquillado.
Follar, joder, meter, mojar, echar un polvo, echar un quiqui… Siempre recurrimos a otros términos para decir «hacer el amor» cuando sabemos muy bien que no hay amor y que nunca lo habrá. Pero para mí —y nunca se lo he dicho a nadie y menos aún a Samia—, para mí, cuando… Para mí siempre lo hay. Mi cuerpo es… Mi cuerpo soy yo. Soy también yo. Soy yo la que vive dentro de él y…
Por eso siempre salgo trasquilada.
Siempre salgo malparada.
Cada vez.
Yo nunca he traicionado a nadie.
Jamás.
Siempre me he entregado por completo.
Anda, mira… Aquí están de nuevo las torres, las pintadas, las comisarías, las capuchas y los escupitajos.
Aquí está de nuevo mi hogar, dulce hogar.
Al dejar a IVON (el otro, el poeta, ni siquiera sabía cómo se llamaba) respiré hondo y me fui corriendo a la cama.
Me echaba vaho en los dedos, me sonreía, me daba ánimos. Vamos, me decía, vamos, vamos… Esta vez es distinto, esta vez te han compuesto un poema.
Toma ya.
Eso tiene más clase, al fin y al cabo.