Juan encontró el cadáver tendido boca abajo sobre la nieve. Parecía una mancha de barro. Lo primero que pensó, con cierta inquietud, fue que aquel tipo llevaba unos pantalones de pana marrones y deshilachados iguales que los suyos.
El invierno se cebaba con el pequeño pueblo de montaña y el temporal más largo del que se tenía memoria parecía empeñado en borrarlo del mapa. Juan había salido, desafiando la ventisca, porque no podía soportar por más tiempo estar encerrado en casa respirando el olor del tabaco de su padre. Pensó que debía comprobar si el cadáver aún tenía pulso, como hacían los polis de la tele, de modo que se acercó muy despacio y, con menos aprensión de la que hubiera esperado, trató de darle la vuelta. Pesaba como un bloque de madera y tuvo que apretar los dientes para lograr ponerlo boca arriba.
El hombre tenía la cara cubierta de nieve, pero aún así se distinguía una piel muy pálida bajo una sombra de barba. Los ojos estaban cerrados. No hacía falta tomarle el pulso para saber que aquel hombre era el Hombre Muerto. Su piel estaba tan fría como un témpano de hielo y su cuerpo tan rígido como cabía esperar de un cadáver. Sin dejar de mirarlo, Juan se preguntó qué podía hacer a continuación.
Lo lógico sería avisar a la Guardia Civil, pensó Juan, pero la lógica no funcionaba desde hacía días en aquel pueblo perdido. El temporal los había dejado incomunicados. Primero se cortó la carretera. Después algo se fundió en la centralita telefónica y, hacía dos días, el transformador eléctrico había desaparecido en medio de una humareda. Los pocos habitantes que resistían en el pueblo se limitaron a pertrecharse tras los gruesos muros de sus casas y a sobrevivir esperando que alguien hiciera algo, que algún operario viniera a reparar el transformador o a retirar la nieve de la carretera, recurriendo entre tanto a las despensas que, debido a la distancia hasta la ciudad, siempre procuraban tener bien aprovisionadas.
Juan se preguntó cuánto tiempo llevaría allí el Hombre Muerto. Juraría que había pasado por la plaza el día anterior y no había visto nada. ¿O había sido anteayer? Los días se sucedían y se emborronaban cuando no había nada más que hacer excepto dejar transcurrir las horas mansas en la penumbra de la habitación.
Le pareció que debía avisar a algún adulto. Pero no a su padre. Al menos, no de momento. Era demasiado temprano y estaría de mal humor. Avisaría a Ponce, el del bar, que tenía una escopeta de cazador y sabía manejarla. Eso, a ojos de Juan, lo convertía en una especie de autoridad oficiosa.
Había tanta nieve que le costó un buen rato recorrer los cien metros que lo separaban de la casa de Ponce. Tocó con los nudillos. Luego, sin esperar respuesta, empujó la puerta metálica que se atascaba en el piso cuando estaba a medio abrir.
—¿Ponce? —preguntó—. Soy Juan, ¿estás aquí?
Un hombre viejo, como todos los hombres del lugar, salió de entre las sombras.
—¿Juan? —dijo el hombre—. ¿Eres tú? ¿Qué pasa?
—Nada —Juan descubrió que no sabía cómo explicar lo que había visto—. Quiero decir que hay algo en la plaza.
—¿Algo en la plaza?
—Sí. Un hombre. Creo que está muerto.
—¿Un hombre muerto? ¿Estás bien, Juan? ¿Dónde está tu padre?
Ponce se acercó a él y le puso las manos en los hombros. El olor a aguardiente le golpeó como una toalla empapada en agua sucia. Juan se preguntó cuántos carajillos habría tomado Ponce aquella mañana para entrar en calor.
—Mi padre está bien. Está en casa. Yo salí a dar un paseo y entonces me lo encontré allí, en la plaza. Es un forastero.
Como si eso lo explicase todo, Ponce se irguió y cogió su abrigo del perchero.
—Conque dando un paseo, ¿eh? Solo a ti se te podía ocurrir dar un paseo con este tiempo de mierda. Anda, vamos, enséñame eso que dices que has visto en la plaza.
Salieron dejando atrás el aire insalubre pero templado de la casa a oscuras. Ponce se sacudía y maldecía bajo las ropas. Cuando se acercaron a la plaza, Juan temió que el cuerpo hubiera desaparecido, que todo hubiera sido una alucinación o, peor aún, que el Hombre Muerto hubiera abierto sus ojos blancos y se hubiera puesto en pie, como en las películas de zombies.
Pero el Hombre Muerto seguía allí, mirando al cielo de acero a través de los párpados congelados. Ponce se detuvo un momento delante del cuerpo, sopesando la situación, y luego se agachó y repitió el gesto de tomarle el pulso.
—Pues sí que está muerto —dictaminó—. ¿Cuándo dices que lo has encontrado, chico?
Una voz estridente, de persiana metálica, los sorprendió:
—¿Qué está pasando ahí?
La Úrsula, con su aspecto de urraca sepultada bajo cien kilos de mantas, se había asomado al balcón de su casa y miraba el espectáculo.
—Nada, Úrsula —respondió Ponce, y mirando a Juan con expresión maliciosa añadió—. Solo el cadáver de un forastero en mitad de la plaza. No se lo habrá cargado usted, ¿verdad?
La Úrsula se retiró sin contestar al interior de su cueva mientras Ponce mascaba entre dientes algo como «vieja bruja». Al poco se oyó una puerta abrirse y Ponce dijo:
—Ahí viene. Prepárate, chico.
La Úrsula arrastró sus avejentados huesos, y el caparazón de mantas, hasta donde estaba el Hombre Muerto. Lo miró un instante y luego profirió un grito agudo como el chillido de un ratón.
—¡Virgen santísima! ¿Pero qué es esto, Ponce? ¿Qué es esto? —y sin esperar respuesta empezó a santiguarse febrilmente y a repetir una y otra vez «¡Virgen santísima! ¡Virgen santísima!»
Pronto acudieron otros vecinos atraídos por los gritos. A Juan le pareció que estaban esperando una excusa cualquiera para salir un rato de sus casas. Se arremolinaron en torno al Hombre Muerto. Bernardo, el del colmado que cerró al jubilarse, preguntó:
—¿Cuánto tiempo lleva aquí?
—No lo sabemos —dijo Ponce—. Lo ha encontrado Juan esta mañana.
—¿Juan? ¿Y tú qué hacías afuera esta mañana, con el frío que hace?
—Salí a dar un paseo.
—¿Un paseo? ¿Con este tiempo? —Bernardo negaba con la cabeza—. ¿Y dónde está tu padre?
—En casa, supongo.
—Hay que avisar a la benemérita —dijo la vocecilla de la Paca, a la que todos llamaban Señora Paca porque era la más anciana del pueblo, y que, aunque analfabeta, hablaba utilizando palabras como benemérita y congratularse.
—¿Cómo vamos a avisarles, señora Paca? —dijo Ponce—. No hay luz ni teléfono desde hace días. Y la carretera sigue cortada.
—Pero no podemos dejarlo ahí —dijo la Feli.
—Bueno, el sótano de la Úrsula es bastante fresco.
—Es usted un demonio, Ponce —dijo la Úrsula.
—No podemos dejarlo ahí —dijo la señora Paca con determinación—. Es un alma de Dios, tenemos que enterrarlo o algo.
—Eso sí que iba a hacerles gracia a los forenses, cuando consigan llegar hasta aquí.
—No te entiendo, Ponce.
—No le haga caso, señora Paca.
—A lo mejor quiere usted ponerse a cavar, Úrsula.
—Es usted un demonio.
—Lo mismo se le apretaban un poco las carnes.
—Y un borracho.
—Si al menos el cura se hubiera quedado atrapado en el pueblo, como el año pasado, podríamos decirle una misa.
Juan contemplaba la escena sin abrir la boca. Casi nunca lo hacía. Casi nunca había nada que decir. Todavía aparecieron dos o tres vecinos más arrastrando los pies sobre los surcos trazados por los otros en la nieve. Miraron el cadáver con expresión consternada o curiosa y expresaron sus opiniones más o menos razonables solo por el gusto de escuchar su propia voz. Al cabo de un rato se aburrieron y se marcharon a sus guaridas meneando la cabeza. La última en irse fue Úrsula, que no dejaba de repetir «Virgen santísima» y «Ponce, es usted un demonio» alternativamente.
Al fin se quedaron solos Ponce y Juan junto al Hombre Muerto.
—¿Dónde está tu padre? —preguntó Ponce, y Juan tuvo la sensación de que se lo habían preguntado ya un millón de veces aquella mañana.
—En casa —dijo.
—Pues anda, vete a casa. Aquí no podemos hacer nada. Cuando funcione el teléfono, avisaremos a la Guardia Civil.
Luego dio media vuelta y se marchó con aspecto derrotado. Aquí no podemos hacer nada. Después de tanta palabrería, por lo visto nadie podía hacer nada en aquel lugar.
Juan no se marchó aún. Se sentó sobre la nieve, al lado del Hombre Muerto, y suspiró. Sentía el frío calándole las entrañas, pero no quería irse a casa. Todavía no. No quería ver a su padre fumando cabizbajo y responderle que todo iba bien cuando le preguntase qué tal, hijo con desgana, si es que lo hacía. Se quedaría allí un momento más.
Un viento helado bajó entonces cabalgando desde las cumbres y levantó remolinos de polvo blanco, cegándolo por un momento. Cuando volvió a abrir los ojos, el Hombre Muerto lo miraba. Lo miraba directo a la cara con unas pupilas oscuras y brillantes. Sus labios se movieron y el Hombre Muerto dijo:
—¡Creí que no se iban a largar nunca!
Juan intentó tragar saliva, pero un nudo se había formado en su garganta.
—No les hagas caso —dijo el Hombre Muerto en un susurro, como si temiera que alguien más pudiera oírle—. No vuelvas a tu casa. Tienes que irte del pueblo.
—No puedo marcharme —se sorprendió diciendo Juan.
—¿Ah, no? —dijo el Hombre Muerto —¿Y por qué no, si puede saberse?
—Porque hay una ventisca.
—Tonterías. Abrígate bien.
—Y porque mi padre me necesita.
—No me hagas reír. Tu padre está casi tan muerto como yo.
—Porque...
El Hombre Muerto lo miró y sus ojos relampaguearon. Dijo:
—Escúchame, Juan. Te morirás con este pueblo. Sabes que ocurrirá. Un día te descubrirás fumando un cigarro tras otro mientras miras por la ventana esperando a que el invierno termine. Pero no terminará. Esta tierra está maldita. Márchate, pronto, hoy mismo. No te despidas. Solo haz la maleta y huye.
De pronto, la voz chirriante de la Úrsula lo sobresaltó gritando desde su balcón:
—¡Niño! ¿Qué haces todavía ahí? ¡Vamos, vete a casa de una vez o se lo diré a tu padre!
Cuando Juan volvió a mirar al Hombre Muerto, sus párpados azulados estaban cerrados de nuevo, como si nunca se hubieran abierto. Juan pensó que tal vez el frío lo estaba volviendo loco. Se levantó muy despacio, tambaleándose.
Encontró su casa silenciosa y en penumbra, tal y como la había dejado al salir por la mañana. Olía a tabaco y a medicinas. Su padre dormitaba en la butaca junto a la chimenea, aunque no se había molestado en encenderla. El cenicero rebosaba en la mesilla, al lado de un frasco de pastillas y el resto pegajoso de un café soluble servido en un vaso de tubo.
Juan pasó a su espalda en silencio para no despertarlo. Las ausencias asomaban entre los muebles polvorientos y en cada hueco del pasillo, un pasillo largo y oscuro que aún le daba miedo por las noches, un pasillo como solo pueden tener las casas antiguas. Fue directo a su habitación, se quitó el abrigo y las botas y se tumbó sobre la cama. Intentó dormirse pero no pudo, porque nada más cerrar los ojos se acordó de Antonia sentada junto a él en aquella misma habitación, mirando el libro de sociales. Estaban estudiando, o algo parecido. Podía rozar de vez en cuando su mano o sus muslos por encima de los pantalones vaqueros. Juan intentó asir la imagen que cada día se le emborronaba un poco más en la bruma de la memoria, intentó recordar la tibieza que emanaba de aquellos muslos a pesar del grosor de la tela, el olor a almendras que se extendía por la habitación cada vez que Antonia movía la cabeza y su pelo, cortado muy corto, como el de un chico, se le alborotaba, y la risa, aquella risa, resonaba en el pasillo tenebroso iluminándolo por un momento.
Miguel se les unía a veces. Los tres habían sido una piña desde muy niños. Iban al río a pescar cangrejos o al huerto de la Feli para encaramarse a la higuera y comerse el pan con chocolate que llevaban en la mochila para la merienda. Ahora Juan no podía comer chocolate porque el sabor le hacía un nudo en la garganta y era incapaz de tragarlo.
Cerró los ojos con más fuerza y trató de conjurar una imagen en su cabeza. Antonia y él miraban el libro de sociales y hacían como que estudiaban. Antonia tomaba notas en su cuaderno y Juan fingía que hacía lo mismo en el suyo, pero estaba tan nervioso que no distinguía si lo que tenía delante era un mapa de América o de la República Checa. Antonia dijo, mira qué foto tan chula, cómo me gustaría vivir en un sitio así, y Juan miró la imagen de un velero deslizándose sobre las aguas tranquilas y anaranjadas del mar al atardecer, y en la cubierta del barco se adivinaban unas figuras diminutas que debían de ser los afortunados propietarios, y Juan imaginó, con una punzada sobre el vientre, que esas figuras diminutas podrían ser él y Antonia y que tal vez de mayores vivirían juntos cerca del mar en un pueblecito cálido donde los inviernos pasaran casi inadvertidos y tendrían un barco velero atracado en el puerto para salir a pescar cuando les apeteciera.
Eso fue el verano anterior, cuando las tardes olían a resina de pino y a grasa de bicicleta. Luego Antonia y Miguel se habían marchado a vivir a la ciudad, como todos los demás, como Manuel, Bernardo, Sole y hasta la pequeña Ana, que solo tenía seis meses; como su madre cuando él aún era tan chiquito que no lograba recordar cómo eran sus manos ni a qué olía por las mañanas. Juan había repetido curso. Los libros se le atragantaban. Se preguntaba para qué necesitaba conocer los afluentes del Duero si él lo único que quería era vivir en un pueblecito costero y surcar el mar con Antonia.
Sacó el libro de sociales del cajón del escritorio y miró la fotografía del velero con sus figuras diminutas en la cubierta, que podían ser ellos aunque probablemente fueran otros. Supo de pronto que el Hombre Muerto tenía razón. Su padre nunca lo sacaría de aquel lugar. Su padre se limitaría a languidecer fumándose su pensión y lamentándose de lo injusta que era la vida. Cuando él ya no estuviera, sería demasiado tarde para Juan. Para entonces se habría congelado del todo. Tenía que irse ya, hoy mismo, esta tarde.
Su padre y él comieron en silencio una lata de judías precocinadas. Juan apenas probó bocado, pero su padre, replegado como casi siempre en un silencio hosco, no reparó en ello. Luego Juan recogió los platos y los fregó con parsimonia en la cocina. Después fue a su habitación. Su padre seguía a la mesa, en apariencia ajeno a que ya no tenía la comida delante, y miraba por la ventana los copos de nieve que caían de nuevo con la fuerza de una maldición.
Juan cogió una muda de ropa, un cepillo de dientes y su navaja suiza. Luego fue a la despensa y buscó unas conservas y una botella de agua. No olvidó una tableta de chocolate, para cuando el nudo de la garganta por fin se le deshiciera. Lo metió todo en su vieja mochila y salió a la calle sin hacer ruido ni despedirse.
En la plaza, el cadáver estaba ya medio cubierto por la nieve fresca. Las ventanas de las casas, de las habitadas y de las desiertas, estaban cerradas y oscuras, como si los presentes y los ausentes se hubieran replegado al interior en espera de tiempos mejores. Parecía que no hubiera nadie más en el mundo cuando se agachó junto a cuerpo y esperó a que abriera los ojos.
—No puedo verte —dijo el Hombre Muerto—. Quítame la nieve de encima, por el amor de Dios.
—Disculpa —dijo Juan, y apartó de un manotazo la nieve que se acumulaba sobre el rostro lívido del muerto. Sus ojos volvieron a mirarle con esa intensidad que traspasaba los pensamientos.
—Veo que me has hecho caso —dijo el Hombre Muerto al ver su mochila—. Me alegro.
—No sé bien a dónde ir.
—Claro que lo sabes.
—Quería preguntarte algo antes de irme.
—Tú dirás.
—¿Qué... qué te pasó? Para estar muerto, quiero decir.
El Hombre Muerto sonrió, o algo parecido. Luego dijo:
—Qué importa. Sólo soy un hombre muerto. Pero tú aún estás vivo. Tienes una oportunidad. Puede que no te salga bien, pero al menos lo habrás intentado, ¿no te parece?
—Sí.
—Pues no esperes. Márchate de una vez antes de que alguien te vea y te haga creer que esto es una simple travesura.
Juan se levantó y miró el cuerpo tendido en la plaza. La nieve iba desdibujando sus contornos y sepultándolo poco a poco, como si aquel pueblo se lo estuviera comiendo. Después dio media vuelta y salió de allí sin mirar atrás, enfilando al principio la carretera, y luego acortando por pistas forestales blanqueadas por la nieve. Iba en dirección al mar, siempre hacia el mar.
Anduvo durante muchos días. Bebió agua de arroyos congelados, rompiendo la capa de hielo a pedradas y sumergiendo su botella. Se alimentó de sus provisiones y de los animales que cazaba desprevenidos en su madriguera. Durmió como pudo al abrigo de las rocas, encendiendo un fuego que se deshacía en volutas de humo antes del amanecer.
Al llegar a la cima de cada montaña blanca, otra montaña idéntica aparecía en el horizonte. Y luego otra. Pero Juan no desfallecía porque sabía que, en algún lugar, los valles eran verdes y los ríos tempestuosos regaban las riberas alimentados por las aguas del deshielo, y más allá se derramaban en el mar cálido e infinito en donde navegan los barcos de vela como el de la foto de su libro de sociales.
Una mañana, mucho tiempo después, se despertó y se sintió débil y enfermo. Lo asaltó un horror súbito al pensar que podía haberse desorientado, que podía estar caminando en círculos sin fin en torno al mismo lugar. Trató de reconocer algo, algún árbol, alguna roca, el perfil de un risco o de un camino, para desmentir su sospecha. No pudo hacerlo. Intentó calmarse, pero al llegar a la cima de la montaña vio allí abajo, entre la nieve, los tejados de pizarra de un pueblo serrano. A pesar de la distancia, distinguió el trazado familiar de las calles en torno a la plaza, la silueta oscura de la torre de la iglesia, la sombra de la casa de su padre.
No podía pensar con claridad. Sentía los brazos y las piernas como trozos de madera y la fiebre abrasarle el cerebro. Creyó que si bajaba al pueblo nunca volvería a salir de allí, que tenía que seguir caminando, pasar de largo antes de que alguien lo viese, porque al otro lado de la siguiente montaña, o tal vez de la otra, debía de estar el mar.
Pero necesitaba descansar, y quizá dormir en una cama caliente. Supo entonces que el invierno lo había vencido y que lo que iba a ocurrir a continuación era inevitable. Siempre lo había sido. A partir de ahí, ya nada le importó. Acortó por la barranca deslizándose sobre la nieve. Cayó rodando varias veces y a punto estuvo de no poder detenerse. Llegó a las primeras casas del pueblo, encaramadas en la ladera como garras oscuras, y descendió a trompicones hacia el centro. No pudo reconocer nada. En la plaza, levantó la cabeza en un último gesto de íntimo orgullo, y entonces una flor negra se abrió ante sus ojos y se desplomó sobre el suelo nevado.
Ninguna puerta se abrió. Ningunos ojos curiosos se asomaron a la ventana. El cuerpo quedó tendido boca abajo. Llevaba unos pantalones de algodón marrones y deshilachados. Desde lejos, parecía una mancha de barro.