País Relato - Autores

alfredo moreno vozmediano

más allá de la niebla

Soberano era un hombre alto, flaco y con un rostro de esos tan llenos de arrugas que parecen esculpidos con un martillo y un cincel. Además, era muy viejo. Todos los que lo conocieron en sus últimos años, antes de que desapareciera, estaban de acuerdo en que era el tipo más viejo con el que se habían topado nunca.
Soberano tenía otra peculiaridad: era huérfano. Vivía en ese orfanato que había a la salida de la ciudad, por la carretera de la sierra. Tal vez hayáis oído hablar de él. En su lugar han construido ahora un gimnasio ultramoderno con restaurante y pistas de pádel. Hace años, el orfanato aún funcionaba y estaba lleno de chicos y chicas que esperaban a una familia que pudiera acogerlos o a cumplir los dieciocho años. Pues bien, a Soberano nunca le sucedió ninguna de esas dos cosas: ni fue adoptado, ni abandonó el orfanato a los dieciocho. Su caso era diferente. No trabajaba en el orfanato, pero tampoco era un interno cualquiera, ya que, como os he dicho, se trataba un hombre muy viejo. Era como el jefe de aquel lugar, como el rey. Tal vez por eso lo llamaban Soberano.
¿Que cómo es posible que alguien pase toda su vida en un orfanato sin familia y, lo que es peor, sin que nadie recuerde cómo llegó allí? Buena pregunta. Ni siquiera podría responderla el director del orfanato, Luis el Tocinos, el hijo de Marga. En realidad, Luis dirigió aquel lugar durante muy poco tiempo, cuando Marga ya no pudo ocuparse. A Luis no le gustaban los niños y decidió cerrarlo. Con Marga era otra cosa. Marga era una de esas personas que adoran a las personas y, entre todas las personas, sentía auténtica devoción por los niños. Compró un viejo hospital en desuso con una herencia familiar y montó allí el orfanato con sus propias manos, en una época en la que los gobiernos no se preocupaban de esas cosas y las dejaban en mano de las órdenes religiosas. Marga desconfiaba de todas las religiones, y dedicó su vida a tratar de ayudar, a su modo un poco brusco, a los más pequeños y menos afortunados.
Hay quien dice que solo ella conocía la historia de cómo Soberano había llegado allí. Desgraciadamente, hace mucho que Marga se marchó y ya no podemos preguntárselo, así que nos quedaremos con la duda. Lo que sí sabemos es que, como Soberano no tenía familia, todos cuidaban de él y, cuando se hizo mayor, él cuidó de todos. Bueno, esto últimamente Soberano lo hacía un poco menos porque le costaba mucho trabajo moverse. Es que Soberano era muy, muy viejo, aunque me parece que eso os lo había contado ya.
Había alguien más que conocía la razón por la que Soberano no tenía familia: el propio Soberano. Como le sucede a alguna gente muy mayor, a veces olvidaba cosas que acababan de ocurrir, pero podía recordar con una exactitud sorprendente cosas que habían tenido lugar hacía muchísimo tiempo, cuando el mundo era más joven y las tribus vivían libres y salvajes en las praderas inabarcables. Por eso podría relataros con pelos y señales su historia.
Aunque para eso tendríamos que encontrarlo. Llevo años indagando por toda la ciudad y nadie sabe qué ha sido de él, de modo que solo podemos usar la imaginación. Podemos imaginar, en realidad, toda su vida: por qué no tenía familia, cómo llegó al orfanato, y qué pasó después, cuando la institución fue clausurada y él ya era el hombre más viejo del mundo.
1. Lo que Soberano podría contaros
Nací hace mucho tiempo. No puedo deciros cuándo, porque por aquel entonces yo desconocía la forma de contar el tiempo. Los años, meses, días y todo eso. Pero debió ser hace más de ciento cincuenta años. Esos son muchos años. Hace ciento cincuenta años no existía la tele, ni los ordenadores, ni los teléfonos móviles... Bueno, ni los fijos. No había luz eléctrica en las casas, ni agua corriente. No había coches en las calles, ni medicinas como las de hoy. En fin, no había muchas cosas, y sí que había algunas otras que ahora no existen porque han desaparecido: ciento cincuenta años no son nada en la historia de la Tierra, pero son muchos en la historia de un hombre.
Yo era un niño. Inquieto, como todos los niños. Sentía curiosidad por todo, como todos los niños. Vivía en las afueras de una gran ciudad, en una granja con una valla pintada de blanco y un gran álamo en la puerta, lo recuerdo perfectamente, pero no puedo deciros dónde está esa casa, si es que sigue existiendo, porque no lo sé. Yo solo era un niño pequeño en aquel entonces, y mi geografía del mundo era muy rudimentaria.
Era una granja grande, de eso sí estoy seguro, casi una mansión de cuento. Mis padres debían de tener bastante dinero, porque en la casa había sirvientes, cocineros, muchachas que te planchaban y doblaban la ropa y te ayudaban a vestirte por las mañanas, cocheros que se llevaban a mi padre cada amanecer en un carruaje brillante y lo traían de regreso cuando caía el sol.
Yo apenas había aprendido a hablar y caminar cuando me sacaron por primera vez al campo. Era una mañana cálida de principios de primavera. Iba con mi madre, una mujer alta y preciosa que me parecía tan majestuosa como las montañas, y con mi padre, un señor muy risueño con un gran bigote negro que le caía por los lados de la boca y que se le subía hasta la nariz cuando se reía. Aquello me pareció para mí era una gran aventura. Al principio iba un poco asustado porque no sabía qué podía haber más allá de la valla blanca de la granja, pero enseguida la curiosidad pudo más que el temor, y empecé a corretear de aquí para allá olisqueándolo todo, dando saltos, revolcándome por la hierba. En fin, las cosas que hacen los niños.
Mis padres me dejaban divertirme siempre que no me alejase demasiado. Pero entonces llegó una niebla repentina, una nube blanca y densa que bajó de las montañas empujada por el viento y que se detuvo en el valle donde nos encontrábamos. Yo estaba persiguiendo una mariposa blanca y azul, fijaos si recuerdo bien ese día que hasta puedo deciros de qué color era la mariposa, cuando la niebla cayó sobre nosotros. La mariposa se me escapó (tampoco pretendía hacerle ningún daño, ¿eh? Solo acariciarle las alas con la yema de los dedos), y cuando quise volver con mis padres solo vi volutas de humo a mi alrededor.
Me asusté mucho, como os podéis imaginar, y me puse a correr como un loco en todas direcciones mientras los llamaba a voces. Ahora sonrío al pensar en lo estúpido que fui. Tal vez si me hubiera quedado quietecito donde estaba y hubiera esperado a que ellos viniesen hasta mí, todo lo que pasó después no habría sucedido. Pero de nada sirve lamentarse. Lo que pasó, pasó, y no puede cambiarse.
Debí de alejarme mucho, porque ni yo volví a verlos a ellos, ni ellos volvieron a verme a mí. Seguro que me buscaron mucho rato, hasta que se hizo de noche y el frío arreció en el valle. Se marcharían a la granja desolados, y debieron regresar al día siguiente, y al otro, y al otro, y así hasta que por fin aceptaron que yo no iba a volver y dejaron de salir a buscarme y, poco a poco, la vida volvió a la normalidad, aunque quedase para siempre una mancha oscura en el recuerdo.
¿Y conmigo? ¿Qué pasó conmigo? Ahora os lo voy a contar. Después de correr sin rumbo durante media hora me detuve a recobrar el aliento. Bebí un poco de agua fresca de un arroyo y me senté en la hierba de la ribera. Mientras descansaba, traté de tener alguna idea inteligente y, pensando, pensando, decidí que trataría de regresar a la granja por mis propios medios.
De modo que me incorporé muy resuelto. La niebla se había aclarado un poco y podía ver bastante bien el valle. Habíamos venido por un camino de grava que bajaba desde una colina redondeada como la barriga de un hombre gordo. Debía de ser la que había enfrente de mí. O tal vez la de al lado. Comencé a caminar hacia una de ellas, la que me pareció más acogedora, y anduve durante un buen rato. Cada vez había más vegetación a mi alrededor, y aquello me parecía muy bonito, pero no bonito como cuando hacéis un dibujo y vuestra madre o vuestro padre os dice, hala, qué bonito. No era bonito de ese modo, sino que allí, en aquel lugar, rodeado de árboles, con mis pies hundiéndose en el suelo ligeramente húmedo, con el olor de la hierba y las flores y las plantas aromáticas inundándolo todo, la humedad de la niebla golpeándome la cara, sentí que, de algún modo, pertenecía a aquel lugar. Como si ya hubiera estado allí antes, pero no de visita o de excursión, sino como si hubiera pasado allí toda una vida, o varias vidas. En aquel lugar u otro parecido.
Un aroma muy dulce inundó mi nariz y descubrí que estaba hambriento. Por allí crecían un montón de hierbas y frutos silvestres. A los humanos del futuro os parece que las plantas del bosque son solo eso, plantas, pero antiguamente éramos especialistas en la materia y podíamos distinguir solo con la vista más de doscientos tipos de plantas comestibles. Bueno, yo entonces era muy joven, y nadie me había enseñado aún a distinguirlas, pero podía olerlas y probarlas. Algunas sabían bien, otras regular y otras daban asco. Las que dan asco no se te ocurre comértelas, pero las que saben bien... hum... Os aseguro que no hay nada tan delicioso como una zarzamora en su punto recién arrancada de la mata o un brote de borraja bien tierno, que todavía retenga la humedad del suelo mojado por una lluvia de primavera.
Así que allí estaba yo, en mitad de ninguna parte, masticando aquellas plantas como si llevase toda mi vida sin comer, cuando, de pronto, apareció él.
2. Alguien aparece de improviso
Lo delató un crujido entre la maleza. Los humanos en plena naturaleza somos gente asustadiza. No podemos evitar estar en guardia. Nos pasa a muchos animales que no estamos en lo alto de la cadena alimentaria, o que no deberíamos estar por nuestra constitución biológica. Por eso me puse alerta sin pensarlo, la cabeza en alto, los ojos bien abiertos, los músculos tensos por si había que huir a toda prisa.
Entre los matorrales asomó un rostro bronceado, con el cabello muy largo recogido en una coleta. Lo siguió un cuerpo de piel oscura prácticamente desnudo. No podía creer la suerte que había tenido cuando comprobé que se trataba de un niño un poco mayor que yo. Se acercó despacio, como con timidez, y me dijo:
—No te había visto nunca por aquí.
Esto lo dijo en un tono raro. No puedo explicaros en qué sentido fue raro, pero me imagino que debió de ser como si pudierais viajar muchos años hacia el futuro o hacia el pasado y escuchar cómo habla entonces la gente que vivirá o que vivió en el mismo lugar que vosotros ahora. El caso es que, aunque sonaba raro, lo entendí y pude responderle:
—Me he perdido.
—Ah —dijo él, y luego añadió: —Si quieres, puedes venir conmigo.
—¿A tu granja?
—¿Granja? ¿Qué es granja?
—Pues eso, una granja. Donde viven las personas.
—Ah, eso —dijo el caballo—. Entonces sí, puedes venir conmigo a mi granja.
De modo que lo seguí, cruzando entre los matorrales de tomillo y mejorana, que yo entonces aún no sabía que se llamaban así, vadeando arroyos y sorteando peñascos. Por el camino, el chico del cabello largo me dijo que se llamaba Pecas y que había nacido hacía cuatro estaciones, y yo le dije que me llamaba Soberano y que me había perdido cuando paseaba con mis padres.
—¿Padres? —preguntó—. ¿Qué es padres?
Yo pensé que ese niño era un poco rarito, porque desconocía el significado de muchas palabras sencillas, pero no se lo dije, claro, porque me estaba llevando hasta una granja donde tal vez conocieran a mis padres y me pudieran llevar de regreso a casa, y no quería molestarlo y que se enfadase conmigo.
Al cabo de un rato llegamos a una pradera verde tan inmensa que la vista no podía abarcarla toda. La nariz se te saturaba de olores deliciosos y el sol refulgía en el borde de los pétalos de la flores. Al fondo, un grupo de quince o veinte personas, todas adultas, disfrutaba tranquilamente de un asado preparado en una hoguera, charlando unos con otros, bromeando y riendo con el viento arremolinándose en sus largas cabelleras.
Un hombre alto, oscuro y brillante como una noche de lluvia levantó la cabeza y vino hacia nosotros. Nunca había visto un hombre como aquel. Caminaba con el cuello muy erguido, a largos zancos acompasados, con una seriedad orgullosa que me hizo imaginar a los grandes reyes del pasado, y eso a pesar de que, en aquel entonces, yo no sabía nada de los grandes reyes del pasado. Llegó hasta nosotros y dijo con una voz que retumbaba en los árboles:
—¿Qué es lo que traes aquí, Pecas?
—Un niño perdido —dijo Pecas—. Lo encontré cerca del valle.
—Te he dicho muchas veces que no debes alejarte tanto —dijo el hombre—. Hoy has encontrado un niño perdido, pero mañana podrías encontrar un lobo, o una víbora. O algo peor.
Pecas agachó la cabeza avergonzado. El gran hombre negro me miró y me dijo:
—¿Cómo te llamas, chico?
—Soberano —respondí.
—¿Dices que te has perdido?
—Sí, señor. Estaba paseando con mis padres cuando vino la niebla y me perdí.
—Entiendo. Supongo que no sabes regresar a tu casa, ¿no es así?
—No, señor. Lo intenté, pero creo que al intentarlo me perdí todavía más.
El hombre negro sonrió con los ojos, que es una sonrisa más leve pero igual de cálida. Yo me sentí reconfortado al ver aquella sonrisa en los ojos de un hombre tan serio.
—No te preocupes —dijo—, encontrarás la forma de volver, de un modo u otro. Mientras tanto, puedes quedarte aquí. Nosotros te cuidaremos.
—Gracias, señor, pero... ¿dónde está la granja?
—Aquí mismo —dijo el hombre, señalando la pradera con la cabeza.
—¿Aquí? ¿En la pradera?
—En efecto. Esta es nuestra granja.
—Pero, señor, ¿dónde están vuestros sirvientes?
—No tenemos sirvientes.
—¿Que no tenéis sirvientes? Pero, señor, ¿quién cuida de vosotros?
—Nos cuidamos unos a otros.
—Pero, señor, ¿quién os prepara la comida? ¿Quién va a buscar el agua al pozo? ¿Quién os limpia la ropa cuando está manchada?
—La pradera nos da de comer y de beber. Y nos limpiamos a nosotros mismos, abajo, en el río.
—Pero, señor...
—Basta de peros por ahora, chico. Y deja de llamarme señor. Mi nombre es Sombra. Ven, te presentaré a los demás.
De este modo fue como conocí a Sombra, el Rey de la última tribu de hombres salvajes que quedaba en las montañas, más allá de los valles acaparados por los campesinos, más allá de los bosques frecuentados por los cazadores, más allá del tiempo y de la memoria, en un lugar tan lejano que la tierra aún parecía joven y las montañas recién hechas. Allí, entre el sueño y la leyenda, viví y crecí libre como mis antepasados.
3. Peñasco
No sé cuánto tiempo pasé en las montañas. En mi memoria conservo muchos detalles, pero no si estuve unos días, unos meses o unos años. Recuerdo despertar todas las mañanas tumbado en la hierba fresca, acariciado por la brisa y el sol. Recuerdo bajar con Pecas hasta el río para beber el agua más deliciosa que había probado nunca y para asustar a las truchas. Recuerdo haber corrido detrás del viento por el suelo alfombrado de hierba de la pradera hasta que mis piernas no podían sostenerme y me caía al suelo agotado y feliz.
La tribu me acogió como si fuera uno más. Todos cuidábamos de todos, como decía Sombra. Pecas y yo nos hicimos muy amigos, como si fuéramos hermanos, y, aunque en ocasiones echaba de menos a mis padres y a mi granja acogedora y cálida, pronto esos recuerdos se me fueron volviendo borrosos.
Una tarde estaba con Pecas curioseando cerca del río. Mis piernas habían crecido bastante, y Pecas estaba tan alto que casi parecía un hombre adulto, pero seguía siendo demasiado atrevido, como siempre le decía Yedra, una de las madres de la tribu. Aunque Yedra y Sombra le habían advertido de todas las formas posibles que no debía alejarse mucho, él continuaba haciéndolo, no sé si para llevarles la contraria o porque no se daba cuenta. Yo pienso que era esto último. Pecas era un aventurero encerrado en el cuerpo de un chico y no podía evitar hacer lo que hacía, y, como yo era su mejor amigo, lo acompañaba a donde fuera para no dejarlo solo.
De modo que los dos andábamos aquella tarde olisqueando el mantillo entre los alisos de la ribera del río, otra vez más lejos de la pradera de lo que la prudencia recomendaba, cuando un chasquido entre los árboles me puso alerta.
—Eh, Pecas —dije.
—¿Qué pasa? —me respondió él, con la boca llena de flores azules.
—He oído algo.
Pecas dejó de masticar y escuchamos en silencio los sonidos del bosque. No se oía nada sospechoso.
—Venga, Sobe —dijo Pecas—, ya estás otra vez con tus...
No pudo acabar la frase. Los lobos, porque lobos eran, se abalanzaron sobre nosotros de repente. Parecían venir de todas partes. Pecas gritó:
—¡Por aquí!
Y echó a correr montaña arriba. Yo lo seguí con el corazón latiéndome a toda velocidad. Lo que vino después fue una carrera enloquecida por el bosque. Sentía cómo mis pecho y mi cabeza se golpeaba con piedras y ramas, pero no me detuve. Podía oír a los lobos gruñir cada vez más cerca, podía olerlos, y los imaginaba corriendo detrás de mí, a solo unos metros, con los dientes refulgentes en las bocas abiertas, saltando con agilidad entre las piedras y las ramas que a mí me lastimaban.
Perdí de vista a Pecas. Iba demasiado rápido. Pero seguí corriendo. Corrí como solo puede correr el que sabe que de ello depende su vida. Ojalá nunca os tengáis que ver en una situación así. No podía pensar en nada más que en correr.
Y entonces ocurrió. Supongo que mis piernas aún eran demasiado débiles para una carrera como aquella. Sentí un dolor muy intenso en un pie, como si me hubieran clavado un cuchillo, y por un momento pensé que uno de los lobos había saltado sobre mí y me había mordido. Caí al suelo con un estrépito de ramas partidas. Intenté levantarme, pero cada vez que apoyaba la pierna sentía mil agujas taladrarme los huesos. Estaba indefenso y sin escapatoria, y los lobos lo sabían. Son listos, los lobos. Pueden oler el miedo y saben cuándo han vencido.
Se acercaron a mí despacio. Ahora ya no tenía que imaginarlos porque podía verlos. Tenían el pelo áspero y erizado, las orejas echadas hacia atrás, y los dientes grandes, amarillos, con hilillos de saliva colgando. Supe que iba a morir y, aunque resulte difícil de creer, en aquel momento me sentí muy tranquilo. Después de pasar tanto miedo, y de la huida enloquecida a través del bosque, saber que ya no podía hacer nada por evitar lo que iba a ocurrir hizo que lo afrontara con una serenidad que a mí mismo me sorprendió.
Uno de los lobos, el que debía ser el jefe de la manada, con el pelaje marrón y blanco, se adelantó a los otros y me miró con sus fieros ojos del color del oro viejo.
—¿Tienes algo que decir antes de que te comamos, humano? —dijo.
—Sí.
—Habla.
—¿Por qué no me dejáis en paz y coméis plantas como otros animales?
Los otros lobos se carcajearon con una risa desagradable que parecía salir de sus gargantas, pero el jefe se volvió hacia ellos y dijo:
—¡Callaos! Un respeto para el joven humano. Ha defendido su vida mientras ha podido y ahora nos va a proporcionar comida para varios días.
Luego me miró de nuevo y me explicó:
—Los lobos no podemos comer plantas. Nos sentarían mal y moriríamos de hambre en poco tiempo. Somos carnívoros y no podemos dejar de serlo. Así son las cosas.
—Entiendo —dije—. Entonces hacedlo rápido, por favor.
El jefe asintió y luego echó la cabeza para atrás con intención, supongo, de coger impulso para darme una dentellada en algún punto vital. Nunca llegó a hacerlo. Una sombra apareció entre la espesura y, rápido como un demonio con dolor de muelas, embistió al jefe de la manada con la fuerza de una locomotora. El lobo se incorporó con los ojos enfurecidos e intentó lanzarse contra la sombra, pero la sombra era tan rápida que ya estaba arremetiendo de nuevo contra el lobo.
El jefe de la manada acabó de este modo desparramado por el suelo varias veces, mientras yo contemplaba el espectáculo sin poder moverme y sin entender del todo lo que ocurría. Y, por las caras que ponían, creo que a los otros lobos les pasaba lo mismo que a mí. Por fin, después de rodar como un bolo muchas veces, el jefe dijo:
—Basta. ¡Basta! ¡Me rindo, pero deja de golpearme!
La sombra se detuvo por fin y pudimos ver quién era. Se trataba de una criatura achaparrada, de patas cortas pero musculosas que sostenían un cuerpo redondeado y peludo. Los ojillos refulgían encima del hocico alargado y dos grandes colmillos sobresalían de la boca y le daban un aspecto feroz.
—Este es mi territorio —dijo la criatura con voz ronca—, así que largo.
—¿Puedo preguntar cómo se llama el que ha vencido a Shantok, el rey de los lobos? —murmuro entre dientes el jefe de la manada.
—Puedes preguntarlo —dijo la criatura—. Soy Peñasco, el jabalí. Duro por fuera y duro por dentro. ¡Y tengo muy mal genio! Así que, venga, fuera de mi territorio antes de que me enfade de verdad.
El jefe de los lobos se levantó. Por un momento pensé que iba a intentar atacar al jabalí. Si los otros lobos le ayudaban en lugar de quedarse allí parados como pasmarotes, el jabalí no tendría ninguna posibilidad. Pero los lobos son animales honorables y Shantok era un buen rey. Inclinó la cabeza y dijo:
—Salud, Peñasco el jabalí. No olvidaré lo que ha ocurrido aquí este día. Los lobos respetarán tu territorio mientras yo sea su rey.
Shantok dio media vuelta y se perdió en la espesura. Los demás lobos lo siguieron obedientes. Cuando se hubieron marchado, y antes de que pudiera darle las gracias, Peñasco me dijo:
—Eso va también por ti, humano. ¡Largo!
—No puedo moverme —le dije—. Me he lastimado una pierna.
Me examinó con aire experto y luego refunfuñó:
—Lo que me faltaba: hacer de niñero de un humano.
Emitió un extraño sonido a través de los dos agujeros húmedos de su hocico, algo que parecía el silbido de un mudo, no sé si me explico. Al cabo de unos segundos, tres jabalíes idénticos a Peñasco pero mucho más pequeños aparecieron de entre los árboles.
—Roca, Piedra, Risco: este humano está herido. Avisad a su manada. Viven en la pradera, al otro lado del robledal. ¡Rápido y en silencio, como os he enseñado!
Los tres jabalíes salieron disparados y se perdieron en la espesura. Peñasco, el gran jabalí, se quedó mirándolos con algo parecido a una sonrisa en su rostro ceñudo, aunque yo no podía imaginarme a aquel animal tan gruñón sonriendo.
—¿Eres tú el rey de los jabalíes? —le pregunté.
Me miró como si fuera extraterrestre. Luego dijo:
—¿Qué rey ni que ocho cuartos? Esos tres son mis hijos. Rápidos como el viento del otoño. Los jabalíes no tenemos rey. No necesitamos rey.
Luego dio media vuelta y se alejó en el bosque.
—¡Espera! —dije—. ¿Vas a dejarme aquí solo?
—Eh —dijo Peñasco—, no soy tu enfermero, ¿vale? Esos lobos cumplirán su palabra y no volverán por aquí, y yo no pienso dejar que mis pequeños vayan solos hasta la pradera sin vigilarlos a distancia, ¿entendido?
—Claro. Disculpa.
—Y no se te ocurra decirles a mis hijos que les he seguido. Si lo haces te revolcaré los tocinos por el suelo hasta el fin de los tiempos.
Luego se alejó y me quedé allí, pensando en lo que había ocurrido. Me di cuenta de que no solo me dolía la pierna, sino todo el cuerpo. Tenía heridas y magulladuras por todas partes, pero ninguna parecía seria. Y estaba vivo. Y hambriento. Cuando vuelva a la pradera, pensé, voy a estar comiendo zarzamoras hasta que mi barriga se ponga gorda como una pelota.
4. Regreso
—Los lobos debían de estar realmente hambrientos. Nunca habían salido de caza de día. No desde que yo tengo memoria.
Así habló Sombra cuando por fin vinieron a buscarme. No pude levantarme ni caminar en los tres días siguientes por culpa de mi pierna herida, así que una parte de la tribu se quedó conmigo en las tierras de Peñasco, el jabalí. Me llevaban agua y comida y me hacían compañía. Peñasco a veces asomaba entre los árboles y gruñía un poco, como si todo aquello fuese un fastidio para él, pero no puso ningún impedimento.
Pecas fue a verme el segundo día. Parecía muy avergonzado, y yo sabía que lamentaba de veras lo que había ocurrido. Supongo que se sentía culpable. Pero también sabía que, en cuanto se le olvidase, volvería a hacer de las suyas.
Por fin, al día siguiente, pude ponerme en pie y caminar, aunque tenía que ir muy despacio. Me hubiera gustado despedirme de Peñasco, pero aquel día no apareció. Sospecho que estaba escondido entre los árboles, mirando como nos alejábamos. Pensé que a lo mejor no era tan duro por dentro como a él le gustaba hacer creer.
Tardamos un buen rato en llegar a la pradera. Yo iba empapado de sudor por el esfuerzo, y me dolía hasta el último huesecillo del cuerpo, pero al llegar a la hierba fresca y alta me empecé a revolcar por ella y se me pasó todo el cansancio y el miedo de pronto, como si los altos tallos y la tierra húmeda pudieran absorber el dolor. Estaba de nuevo en casa.
Me recuperé deprisa, pero ya no me sentí igual que antes. La vida en la pradera no estaba libre de peligros, como había podido comprobar. Ahora estaba siempre alerta, incapaz de relajarme ni un segundo. Me di cuenta de que todos los adultos vivían en ese estado de alerta permanente. Tal vez eso significaba que me estaba haciendo mayor.
Unos días más tarde, Sombra se acercó a mí y me dijo:
—¿Cómo estás, Sobe?
—Bien —le contesté, con la boca llena de achicoria.
—No deberías comer tanto. Tu barriga está gorda como una pelota.
Sonreí sin dejar de masticar.
—Dime, Sobe —continuó Sombra—, ¿eres feliz aquí?
Me faltó poco para atragantarme. Menuda pregunta.
—Claro —dije—. ¿Por qué no iba a serlo?
—¿No echas de menos tu vida anterior? Ya sabes: la granja, tus sirvientes...
—Mis padres.
—Sí, tus padres.
—Aquí me tratáis bien. Tengo todo lo que necesito. Todos somos padres y madres. Todos cuidamos de todos y no necesitamos granjas ni sirvientes.
—Sí, lo sé —dijo Sombra sonriendo—. Pero también sé que cuando uno viene de un sitio... Bueno, a veces el sitio de donde uno viene se le queda a uno dentro, como clavado en alguna parte.
—No te entiendo.
Sombra me miró sin dejar de sonreír.
—De acuerdo —dijo—. Solo quiero que sepas que lo comprenderemos si algún día quieres regresar.
Yo no sé si fue por lo que me dijo Sombra, o si era algo que tenía que ocurrirme tarde o temprano, pero el caso es que la idea de regresar al lugar en donde nací se me metió en la cabeza y ya no me abandonó. Sentía que necesitaba saber qué había sido de aquella granja, de mi padre y, sobre todo, de mi madre. Si ella seguía estando bien, si me echaba de menos, si se acordaba de mí. Empecé a imaginarme a mí mismo bajando de las montañas y desandando el camino que una mañana, hacía tanto tiempo, me había conducido a través de la niebla hasta donde ahora estaba.
Aún maduré la idea unos días más pero, una vez que tomé la decisión, no pude pensar en otra cosa. Era cuestión de tiempo. Una mañana me acerqué a Sombra dispuesto a contarle lo que quería hacer. Yo lo imaginaba como una expedición de aventuras de la que volvería unos días más tarde, porque ya no concebía mi vida en otro lugar que no fuera la pradera. En ese momento no tenía ni idea de hasta qué punto estaba equivocado.
Cuando me planté delante de Sombra, de pronto no encontré palabras para explicarle cuáles eran mis planes. Me parecía una especie de traición, y eso que él me había dicho que lo entendería si algún día me entraba el gusanillo del regreso. Pero Sombra era muy sabio y, no me preguntéis cómo, averiguó de un solo vistazo lo que yo quería decirle. Así que, al ver que no me decidía a abrir la boca, habló el primero:
—Así que quieres volver allá abajo, ¿eh?
Fue como si me quitara un peso de encima.
—Sí —dije—. Solo a echar un vistazo.
—Ajá —dijo él, sonriendo para quitarle importancia, como siempre hacía con las cosas graves—, a echar un vistazo.
—Pero volveré —me apresuré a aclarar—. En cuanto haya visto a mis padres y me asegure de que todo está bien, volveré a la pradera.
—Claro.
De pronto se me ocurrió una idea descabellada.
—A lo mejor mis padres quieren venir conmigo.
—Aquí serían bienvenidos.
Me quedé sin saber qué más decir.
—Bueno —dije al fin—, pues me marcho. Será mejor que aproveche ahora que quedan muchas horas de luz.
—Soberano —dijo Sombra, de pronto muy serio. Él nunca usaba mi nombre completo, me llamaba solo Sobe, por eso me pareció que iba a decir algo importante—. Más allá de la pradera la tribu no podrá protegerte, eso ya lo sabes. Pero más lejos aún, fuera del lindero del bosque, hay un territorio yermo, cubierto de nieblas, y al otro lado los humanos son extraños, han cambiado, han olvidado. Es un lugar donde el aire huele diferente y las plantas crecen enfermas. Ten mucho cuidado, por favor. Y recuérdanos siempre, porque nosotros no te olvidaremos.
Tragué saliva sin saber qué decir. Sombra volvió a hablar:
—Ahora, ¡vamos! Haz lo que tienes que hacer. ¡Adiós! ¡Adiós! ¡Suerte y zarzaparrilla, amigo! ¡Adiós!
Y así, azuzándome, se despidió Sombra de mí, y yo me alejé al galope sin mirar atrás y sin despedirme de nadie, ni siquiera de Pecas, cuya voz extrañada por mi ausencia me pareció oír en el susurro del viento, y con el tiempo me di cuenta de que aquella había sido una buena idea porque, si hubiera esperado para decir adiós a Pecas, a Yedra y a los demás, puede que ya nunca me hubiera ido.
5. El rey del orfanato
Me alejé al galope y no me detuve hasta cruzar el río en el que tantas veces habíamos jugado Pecas y yo a asustar truchas. Estaba sudando y me dije que, a ese ritmo, no llegaría muy lejos, así que proseguí a un paso más tranquilo.
Pronto me encontré en una zona del bosque desconocida para mí. A fuerza de vivir en la montaña había desarrollado un buen sentido de la orientación, y sabía con bastante exactitud la dirección que debía seguir para salir del bosque y acercarme a la ciudad, pero, incluso así, un bosque desconocido es un lugar muy intrincado donde resulta fácil perderse.
En un par de ocasiones dudé sobre el camino correcto, y las dos veces oí unos gruñidos desagradables provenientes de una de las direcciones por las que no sabía si seguir o no, así que decidí ir en sentido contrario. No sé si fue suerte o algo más, pero el caso es que al mediodía siguiente alcancé el lindero del bosque. Ante mí se extendía una amplia explanada pedregosa que descendía hacia un valle lejano, pero no era una explanada de tierra húmeda y generosa donde la hierba crecía sin descanso, como arriba, en la pradera, sino una llanura baldía, plagada de piedras, paja seca y matorrales espinosos.
Entonces, cuando dejaba atrás los últimos robles y encinas del bosque, volví a oír el gruñido, y me di cuenta de que, quien quiera que fuese el animal que se expresaba así, me había estado indicando el camino correcto escondido en la espesura. Esta vez el gruñido no era desagradable, sino quejumbroso, casi como un lamento. Me recordó a Peñasco, el jabalí que me salvó la vida sin pedir nada a cambio, y pensé, otra vez, que me hubiera gustado haberme despedido de él y agradecérselo.
Así me adentré en aquel territorio inhóspito, con el ánimo un poco encogido, la verdad, pero también con la determinación de reencontrarme con mis padres o, en todo caso, intentarlo por todos los medios. Ya no era el niño débil que se había perdido hacía tiempo en la niebla. Ahora era un chico alto, casi de la estatura de adulto, mis piernas eran fuertes y la sangre corría impetuosa por mis venas. Sentía que podía lograr cualquier cosa que me propusiera.
La niebla llegó cuando crucé al otro lado del valle. Lo hizo tan de improviso como la primera vez, cuando me perdí, y era tan densa como la recordaba. Allí dentro sí que era fácil desorientarse, y también imaginar que estabas fuera del mundo, en algún lugar fantástico flotando entre las nubes. Intenté mantener la dirección que calculaba que debía llevarme a la ciudad, pero, si os digo la verdad, no tengo ni idea de hacia donde caminé. Lo mismo pudo ser hacia la ciudad en la que estaba la granja donde nací, que justo en la dirección contraria. O quizá me puse a dar vueltas en círculo.
Al cabo de unas horas, la niebla se disipó con la misma rapidez con la que había aparecido. El paisaje había cambiado completamente. Estaba en una zona de huertas, salpicada de casitas blancas aquí y allá que escupían humo por las chimeneas. La tierra allí volvía a rezumar humedad y parecía fecunda, pero olía de un modo extraño, a algo que yo no recordaba haber olido nunca, o que tal vez había olvidado. Plantas fantásticas de aspecto delicioso crecían por todas partes, en hileras perfectas, con hojas brillantes y frutos coloridos. La boca se me hizo agua al instante. Llevaba sin comer desde que salí del bosque. Por eso pasó lo que pasó, y que ahora os voy a contar.
Me acerqué a unas hojas pequeñas que apenas sobresalían de la tierra pero que olían especialmente bien. Enseguida recuperé la memoria de ese olor. Zanahorias. Hummm. No había comido zanahorias desde que era un niño y vivía en la granja. Me encantaban las zanahorias, y aquellas debían de estar tan, tan tiernas.
Sombra me había advertido que era peligroso dejar las montañas y acercarme a la ciudad, que criaturas extrañas acechaban en todas partes, pero no me había dicho nada acerca de los venenos que usan a veces los hortelanos para luchar contra las plagas y las enfermedades de sus cultivos. No pudo advertirme de ese peligro porque no lo conocía. Nadie allá arriba lo conocía.
Al poco de comer la primera zanahoria empecé a encontrarme mal. Todo me daba vueltas y las rodillas se me doblaron. Caí al suelo sin poder levantarme. Aún pude atisbar, con los ojos nublados, como unos animales desconocidos corrían hacia mí ladrando. Me recordaron a los lobos que me habían atacado en el bosque, pero eran unos lobos diferentes, como deformes, más grandes y fuertes. Pensé que esas debían ser las criaturas extrañas de las que me había hablado Sombra. No tuve miedo. Ni siquiera me quedaban fuerzas para tener miedo. Después, lo vi todo negro y ya no pensé nada más.
Esos animales desconocidos que me recordaron a los lobos eran, como quizá hayáis supuesto, perros. Tuve mucha suerte porque los perros que vinieron hacia mí eran dos animales nobles que vivían en una de las huertas cercanas y se llamaban Rufo y Rita. Los imagino ladrando alrededor mío, mientras yo estaba allí tirado en el suelo, y ellos venga a ladrar y ladrar sin saber lo que me pasaba. Tanto ladraron que al final acudió el hortelano, y, al verme allí tirado, no se le ocurrió otra cosa que llamar al veterinario que atendía a sus vacas.
De todo esto no me enteré hasta mucho después, claro, porque yo estaba inconsciente, que es como estar dormido, pero más aún, porque no te despiertas ni aunque un ejército de bailarines se líen a dar zapatazos junto a tus orejas. Cuando recuperé la consciencia estaba en un sitio oscuro que olía de un modo familiar. Un olor mágico, pero con una magia distinta a la de la pradera, una magia que olía a electricidad y gasolina. Tardé un poco en enfocar la mirada porque me sentía aún un poco aturdido. Se trataba de un espacio cerrado, con el techo pintado de blanco, una ventana a un lado y una puerta de madera al otro. Reconocí por fin el olor: eran las sábanas limpias. Era el olor de un dormitorio humano.
Me incorporé de un salto. Miré a mi alrededor. Sí, estaba en una cama, en una habitación, en el interior de una casa. Oía a otras personas hablar al otro lado de la puerta. También podía olerlos con claridad. Después de algunas dudas (no recordaba bien cómo se usaba el pomo), asomé la cabeza al pasillo y me atrevía a decir:
—Hola.
Al instante una mujer apareció y se acercó a mí sonriendo. Al llegar a mi puerta se detuvo y dijo:
—Vaya, amiguito, parece que has recuperado las fuerzas.
—¿Dónde estoy?
—En casa.
Se llamaba Margarita, aunque todos la llamaban Marga, y era la dueña de aquel lugar. Se trataba de un orfanato, pero a Marga no le gustaba emplear esa palabra. Resultó, como me enteré algún tiempo después, que el granjero había llamado al veterinario, y el veterinario, después de ver que lo mío no parecía demasiado grave y que nadie parecía conocerme ni reclamarme, llamó a Marga para que me recogiera. Ella dijo que se haría cargo de mí hasta que apareciesen mis padres.
La casa de Marga no era como la mía, desde luego. Ni siquiera se parecía mucho, aunque el olor de las sábanas recién lavadas, a jabón y a flores, era el mismo y me recordaba a mi niñez y a mi madre. Marga me cuidó, me dio de comer y me presentó al resto de chicos que vivían en aquel lugar, y siempre decía, no te preocupes, Sobe, yo te cuidaré hasta que aparezcan tus padres.
Pero mis padres nunca aparecieron, claro. Cómo iban a aparecer. Me debían de haber dado por muerto mucho tiempo atrás. Yo era un niño sin familia, un niño salvaje, aunque nadie allí lo sabía. De modo que lo que iba a ser una estancia provisional se convirtió en definitiva casi sin que ni Marga ni yo nos diéramos cuenta. Supongo que Marga se encariñó de mí y yo de Marga y, cuando pasaron las semanas y los meses, ella ya no deseaba que nadie viniera a buscarme.
Una tarde, cuando todo el mundo se hubo marchado a sus habitaciones y el sol pintaba de naranja todas las cosas, Marga estaba barriendo la sala de estar y se me quedó mirando.
—Así que no hay modo de saber tu edad.
—Ya te lo he dicho, Marga. No sé cuándo nací.
—Por lo tanto, tampoco hay modo de saber cuándo cumples los dieciocho.
—No. ¿Por qué? ¿Es importante?
Se acercó mucho a mí y me miró a los ojos, como tratando de tomar una decisión. Por fin asintió, y me pareció que se le humedecían un poco los ojos.
—Según la ley, debes marcharte de aquí cuando tengas dieciocho años.
—Entonces es fácil —dije, medio en broma, medio en serio, tratando de animarla—. No me marcharé nunca. Me convertiré en el niño huérfano más viejo de la historia. Seré el rey del orfanato.
Ella sonrió.
—Soberano —dijo—. El rey del orfanato.
6. Los años mansos
El tiempo transcurría reposadamente en aquella casa, al lado de Marga. Yo no era en realidad un huérfano, y al mismo tiempo sí lo era. La historia de mi aparición en el huerto de un vecino había circulado de boca en boca y todos la conocían, de modo que los demás niños me trataban como si fuera una especie de aventurero y me pedían una y otra vez que les contase la historia.
De mi pasado solo hablaba con Marga. Tardé bastante en hacerlo, en realidad. Pensaba que la historia resultaba tan increíble, que ella iba a pensar que me la había inventado. Pero no fue así. Un día, dando un paseo por las huertas donde me encontraron medio intoxicado al bajar de las montañas, por fin le hablé de Pecas, de Sombra, de Peñasco y de la granja donde nací. Ella se limitó a asentir y a acariciarme el pelo como solo Marga sabía hacer. Creo que ya sospechaba que yo era un niño salvaje, o al menos una parte de mí lo era, y por eso no puso en duda nada de lo que le dije. Cuando le pregunté, con cierto temor, si sabía dónde estaba la granja de mis padres, ella negó con la cabeza.
—Esta ciudad es muy grande y no deja de crecer. Si la granja estaba en las afueras, es muy posible que no exista ya. Lo siento, Sobe.
En ese momento salieron a recibirnos Rufo y Rita, la pareja perruna, como siempre hacían al vernos pasar por allí, y comenzaron a saltar y a bailar alrededor nuestro, y a mí se me fue de la cabeza por un rato la granja de mis padres, la pradera de la montaña y todo lo demás.
Muchas otras veces tuvimos Marga y yo una conversación parecida, pero nunca llegábamos a ninguna conclusión, así que con el tiempo dejé de preguntar. Y los años pasaron, y me ocurrieron muchas cosas, de esas que normalmente no salen en los libros. Tuve amigos, me enamoré varias veces, incluso estuve a punto de encargar un bebé. Al final no pudo ser. Fueron cosas importantes para mí, pero me temo que un poco aburridas para contarlas, así que lo dejaremos así, como un breve apunte en la historia de mi vida.
Un día siguió a otro, y a otro, y a otro, y casi sin darme cuenta mi pelo se volvió gris y me vi convertido en el abuelo del orfanato. Con el tiempo fui adquiriendo nuevas responsabilidades. Marga nunca tuvo muchos recursos y los pocos con los que contaba los empleaba en comprar comida, en negociar unas mantas o unos abrigos de segunda mano, o en pagar la calefacción, cuando podía; de modo que yo la ayudaba a mantener el lugar limpio y en orden a cambio de su compañía, una cama donde dormir y un plato de comida.
Los chicos iban y venían. Apenas te encariñabas de unos, venía una familia de acogida o cumplían los dieciocho años y se tenían que marchar. Descubrí que Marga intentaba por todos los medios no apegarse demasiado a ninguno de ellos porque sabía que un día, no muy lejano para los más afortunados, habrían de marcharse para no volver. Lo conseguía casi siempre, y yo aprendí a imitarla.
Con el tiempo, dejó de darme reparo hablarle a los demás de mi niñez. A los chicos les gustaba que les contase aquellas historias de cuando me perdí en la niebla, de los hombres salvajes de la montaña, de los lobos y los jabalíes. Pensaban que me las inventaba, claro, pero a mí no me importaba.
—Eso no es posible —decía alguno—. No quedan hombres salvajes en las montañas ni en ningún otro sitio. Hace mucho que no hay hombres salvajes.
—La civilización nos ha domesticado a todos —decía otro—, y está bien que así sea. ¿Os imagináis viviendo a la intemperie, pasando frío en invierno y calor en verano, sin supermercados ni escuelas ni agua corriente en los grifos?
Yo sonreía al escucharlos y les contaba que allí arriba, en las montañas, en un lugar tan lejano que la tierra aún parecía joven y las montañas recién hechas, los hombres no necesitaban de nada de eso porque la pradera era su hogar, no necesitaban comida porque la tierra les daba más de la que podían comer, no necesitaban escuelas porque todo lo aprendían unos de otros y no necesitaban que nadie los cuidase porque se cuidaban entre sí. Pero ellos pensaban que me lo inventaba todo, o que no lo inventaba sino que lo había soñado y me creía que era real.
Y así, con el tiempo, conforme yo me hacía más viejo, las historias de los hombres salvajes de la montaña dejaron de ser historias para convertirse en leyendas.
A veces soñaba con Sombra, con Pecas, con Peñasco, y me despertaba con el deseo irrefrenable de regresar a la vida libre de la pradera. Pero luego venía Marga y me revolvía el peno, que ya empezaba a encanecerse, y salíamos a dar nuestro paseo matutino, y se me pasaban las ganas. Comprendía que si la abandonaba le partiría el corazón, así que me decía: más adelante volverás a las montañas. Y el tiempo pasaba. Hasta que un día Marga no vino.
Aparecieron unos tipos muy serios vestidos de gris, con traje, corbata y maletín, y anotaron muchas cosas en unos formularios que traían bajo el brazo. Oí a varios chicos murmurar que Marga tenía no sé qué extraña enfermedad cuyo nombre no entendí bien. Que Marga era muy mayor y que ya no iba a poder hacerse cargo del orfanato. Y así fue, porque nunca más volví a verla. Sé que debió ocurrirle algo muy grave, porque, si no, hubiera venido a despedirse de mí.
Supongo que Marga había envejecido como yo, casi sin darse cuenta.
Un hijo de Marga se hizo cargo de todo. Se llamaba Luis el Tocinos. Yo no lo había visto en mi vida. Ni siquiera sabía que Marga tuviera hijos. Enseguida me di cuenta de que a aquel tipo no le gustaban los niños ni ninguna otra criatura viva, salvo que estuviera bien asada y condimentada. A mí se me da muy bien saber esas cosas sin más que echar un vistazo a cómo alguien mira o se acerca a los demás. Este tipo, Luis, el hijo de Marga, desprendía además un olor muy desagradable que hacía que a mí tampoco me gustase él. Tal vez fuera el olor del miedo que saben oler los perros, y por eso no le gustaban los niños: porque les tenía miedo.
Si era así, no lo demostraba. Tan solo los ignoraba. En unos días, el orfanato cambió completamente. Estaba todo sucio y desangelado. Apenas nos ponían de comer, no se cambiaban las sábanas todos los viernes, y las risas y los juegos fueron sustituidos por órdenes arbitrarias y caras de entierro. No ocurrió ninguna desgracia aquellos días porque, aunque esté mal decirlo, yo me encargaba de rellenar los platos de comida de los chicos con algo de fiambre o alguna conserva que iba escamoteando de la despensa cada vez más vacía cuando Luis no se daba cuenta.
Empezaron a circular rumores de que el hijo de Marga iba a cerrar aquel lugar y que todos los chicos se tendrían que marchar. Yo no podía creerlo. Aquel podía ser el hijo de Marga, vale, pero no lo parecía. No parecía tener nada que ver con Marga.
Algunos niños empezaron a desaparecer. Unos funcionarios del gobierno vestidos de gris, como los que habían estado rellenando sus formularios cuando Marga ya no vino, venían a buscarlos muy temprano y los hacían subir a unos vehículos grises que echaban humo gris por el tubo de escape. Se los llevaban de allí y ya no volvíamos a verlos. A mí no me extrañó, la verdad, porque todo estaba tan sucio y asqueroso y que quien fuera que estaba a cargo del gobierno no querría tener a los huérfanos viviendo en un lugar así. Fui viendo como los chicos se iban marchando uno tras otro, hasta que una mañana, al despertarme, me di cuenta de que estaba solo. No quedaba nadie en el edificio abandonado, excepto yo.
Se habían llevado a los niños a otra parte, pero yo ya no era un niño. Nadie iba a venir a buscarme.
No me entristecí. Al contrario. Me sentí libre. Era un anciano, pero libre de nuevo.
7. Devolver el favor
Al principio, la verdad, no supe bien qué hacer. Abrí la puerta de la habitación y salí al pasillo. Todo estaba lleno de papeles, restos de comida y pisadas de barro. Me alegré de que Marga no pudiera ver el estado al que había quedado reducida su casa en solo unos pocos días.
No me quedé allí mucho tiempo, contemplando aquel sueño desolado. Nunca he sido muy partidario de las lamentaciones. Lamentarte por lo que sucede no sirve para nada. Recordadlo, por favor, cuando os pase algo malo. Mejor que lamentarse es actuar. Así que me puse manos a la obra.
Lo primero que hice fue darme un buen atracón de comida y agua. Me costó entrar en la alacena. Cuando quise recordar dónde se guardaban las llaves mi cabeza se quedó en blanco, como si la hubieran vaciado de repente. Desde hacía algún tiempo me pasaba esto a veces. Los otros chicos me decían que era cosa de la edad, y quizá tuvieran razón. Podía recordar muy bien cosas muy lejanas, como el olor de la piel de mi madre o el sabor de las truchas del río, pero olvidaba las nimiedades recientes, como dónde narices estaban las llaves de la alacena. La verdad, era un fastidio.
Tuve que dar varias vueltas hasta encontrarlas colgadas de un gancho tras el mostrador de la recepción. Quedaban varias cajas apiladas de conservas de pescado que aún estaban en buen estado, y una garrafa entera de agua.
Y así, con la tripa llena y muchos años más a la espalda, resolví aquella mañana de primavera que había llegado el momento de regresar a las montañas. Ya no había nada que me retuviera en la ciudad. Atravesé la puerta principal, que estaba abierta (otro síntoma de la dejadez de Luis el Tocinos), y me dirigí al campo. Miré una última vez hacia el lugar donde había pasado más de media vida, sin nostalgia, solo para conservar el recuerdo de esa imagen en mi cabeza, como otras personas conservan todas esas fotografías en papel o en los teléfonos móviles. Luego di media vuelta y comencé a caminar.
Por supuesto que me asaltaron dudas: dudaba de si sería capaz de seguir la dirección correcta, si mis piernas aguantarían el viaje hasta la pradera, si allá arriba seguiría viviendo la tribu, si Sombra seguiría con vida y Pecas se acordaría de mí como yo me acordaba de él. Pero las dudas no me impidieron hacer lo que tenía que hacer.
Pues bien, no había andado ni un kilómetro cuando me topé con una chica. Una niña, para ser exactos. Si alguna vez alguien tuvo el aspecto de estar en el lugar equivocado y en el momento inoportuno, esa era la niña que tenía delante, tan joven que aún se enredaba un poco entre sus propias piernas al caminar. Me miró con sus dos grandes ojos marrones, la cabellera oscura recogida en una cola de caballo. Me pareció que estaba decidiendo si debía dirigirme la palabra o no, y, como vi que no se aclaraba, resolví hablar yo primero.
—Buenos días —dije—. ¿Qué? ¿Dando un paseo?
—Sí —dijo con poca convicción.
—Nunca te había visto por aquí.
—No.
—Vaya, veo que no eres muy habladora. Dime, ¿dónde están tus padres?
La niña miró al suelo, entre avergonzada y asustada. Supe al instante que era una niña perdida. No os extrañará si os digo que sentí una oleada de simpatía instantánea hacía ella porque me recordó a mí mismo cuando tenía su edad. Pero estaba asustada, y probablemente le habían dicho que no era buena idea hablar con extraños, así que procedí con cautela.
—¿Cómo te llamas? —dije.
—Clara.
—Yo me llamo Soberano, aunque todos me llaman Sobe. ¿Sabes? Han cerrado mi orfanato y, como no tengo padres, me he encontrado de pronto en la calle.
—¿Pero es que vivías en un orfanato? —Clara me miraba de pronto muy interesada.
—Sí. Ya sé que parece raro, pero siempre he vivido allí. Bueno, menos cuando era muy joven, como tú, porque un día me perdí y... En fin, no quiero aburrirte con mis historias.
—No, si no me aburres.
—¿Ah, no? Entonces sigo. Te decía que un día me perdí. Ya puedes imaginarte lo mal que lo pasé. Pero me encontré con alguien que me ayudó.
—¿Y volviste con tus padres?
—No exactamente. Si quieres te lo puedo contar de camino.
—¿De camino a dónde?
—A dónde va a ser. A tu casa.
Clara volvió a mirar al suelo. Se notaba que intentaba contener las lágrimas. Era la imagen de la indefensión.
—Es que no sé volver —dijo con un hilo de voz.
—Ya veo. Oye, mira, no te preocupes. Yo te voy a ayudar.
Me miró con una mirada nueva. Me di cuenta de que ahora confiaba en mí, al menos un poquito.
—Dime, Clara —dije con mi mejor tono de anciano sabio—. ¿Cómo te has perdido?
—Salí a la puerta de la casa con mi madre. Nos acabamos de mudar a una casa en el campo y todo era tan nuevo para mí... Había flores, mariposas y plantas que yo no sabía que existían y... No sé cómo ocurrió. Me alejé y ya no supe volver. Así, contándolo, suena tan estúpido... ¿Piensas que soy una estúpida?
Sonreí y dije:
—No, Clara. No me pareces ninguna estúpida. Solo una niña perdida. A todos nos puede pasar. Dime, ¿hacia dónde ibas?
—Hacia allá —dijo Clara, señalando con el dedo.
—Hacia allá está el orfanato —le dije—, y créeme: no queda nada interesante allí. Será mejor ir hacia otro lugar.
—Pero así no encontraremos el camino nunca.
—Preguntaremos.
—¿Preguntaremos? ¿A quién?
—Ya encontraremos a alguien. Anda, vamos.
Y así empezamos a caminar sin rumbo Clara y yo, con la idea de encontrar su casa. Ya sé, ya sé que mi intención era subir a las montañas, pero llevaba años esperando para hacerlo, así que retrasarlo unos días más tampoco era tan grave. Recordaba muy bien, aunque hubiera pasado tanto tiempo, cómo me había sentido yo cuando era un niño y me perdí en la niebla. Entonces Pecas me encontró y me llevó con la tribu, y estoy seguro de que así me salvó la vida. ¿Por qué me tropecé con Pecas aquella mañana lejana en mitad de la montaña? ¿Cómo era posible que, entre miles y miles de kilómetros cuadrados, los dos coincidiéramos justo en aquel momento y en aquel lugar? ¿Y cómo es que ahora esta niña perdida y asustada se había topado conmigo, precisamente cuando yo había quedado libre para hacer lo que quisiera? ¿Todo esto era casualidad? Hay quien piensa que estas cosas se deben a los dioses, o al destino, o a la suerte, pero es que la gente a menudo lo complica todo sin necesidad. Yo creo que no son los dioses, ni el destino, ni la suerte, sino que se trata, simplemente, de que la vida es así, y uno tiene que hacer lo que cree que es correcto. Y ahora había llegado el momento en el que yo tenía que devolver el favor.
8. Ardillas con muy mal genio
Puede que yo tuviese problemas para recordar la ubicación de la alacena, vale, pero mi sentido de la orientación seguía intacto. Si hubiera sabido dónde estaba la casa de Clara, os aseguro que habría podido llevarla directamente hasta allí, pero, como no lo sabía, pensé que lo más sensato sería tratar de averiguarlo.
Fuimos a ver a Luna y a Fuego, las hijas de Rufo y Rita, los dos perros que me encontraron medio intoxicado cuando bajé de las montañas, ¿los recordáis? Hacía mucho que no pasaba por allí, entre que yo andaba un poco achacoso y que Marga había desaparecido, pero ellos me recibieron igual que sus padres, correteando alrededor mientras interpretaban su concierto de ladridos. Los perros tienen una memoria excelente.
Clara se asustó un poco, pero no demasiado. Se ve que en su casa debían de tener perros y estaba acostumbrada a ellos y a sus muestras de alegría. Le expliqué que eran dos viejos amigos que tal vez pudieran ayudarnos.
—Vaya, vaya —dijo Luna jadeando después de dar por lo menos veinticinco vueltas alrededor nuestro—, qué alegría verte, Sobe.
—Sí —dijo Fuego—, cuánto tiempo sin dejarte caer por aquí. ¿Cómo es que vienes sin Marga?
—Me temo que Marga ya no está.
—Oh, cuanto lo sentimos, Sobe.
—No os preocupéis. Todo esta bien. Ahora tenemos un problema que resolver. ¿Veis esta chica que me acompaña? Se llama Clara.
Saludaron a Clara con otras veinticinco carreras, cabriolas y sacudidas de cola. Clara sonrió divertida. Cuando por fin se detuvieron con sus larguísimas lenguas colgando, continué hablándoles:
—Clara se ha perdido, ¿sabéis? Estamos buscando su casa, una casa de campo que no debe de andar demasiado lejos. ¿Tiene algo de particular tu casa que permita reconocerla, Clara?
La niña lo pensó un momento.
—Es una casa blanca, con ventanas, una puerta y una chimenea que echa humo durante el invierno. Tiene una valla de madera alrededor, algunos árboles con naranjas y manzanas y unas gallinas correteando por el jardín.
—Hum. Por esta parte de las afueras de la ciudad hay muchas casas así —dijo Luna—, entre las granjas, las casas de campo y ese invento que los humanos llamáis chalés, así que no sabría decirte.
—A veces vemos pasar gente que viene por aquel camino —dijo Fuego—. Quizá es que hay varias casas por allí.
—Ojalá os pudiéramos ser de más ayuda —añadió Luna.
—Oh, nos habéis ayudado mucho —les dije—. Lo del camino es una buena pista. Lo seguiremos y a algún sitio nos llevará. ¡Muchas gracias y hasta la vista!
Clara y yo nos dirigimos hacia el camino que nos habían señalado los perros mientras ellos se despedían de nosotros con otras veinticinco volteretas y saltos, y yo pensé que los perros eran unas criaturas alocadas y bajitas, pero que resultaban adorables.
El camino resultó ser una pista de tierra muy ancha que se adentraba en un bosquecillo de pinos y matorrales que hubiera resultado muy acogedor si no hubiera estado lleno de piltrafas. No tengo ni idea de cuál es la razón, pero todo el campo alrededor de la ciudad suele estar lleno de desperdicios de esos que nadie quiere, ya sabéis: latas de refresco, bolsas de plástico, neumáticos viejos. Vale que los animales no usan el cuarto de baño para hacer sus necesidades, pero al menos ese es el único desecho que dejan a su paso. Los humanos somos tan limpios para algunas cosas y tan marranos para otras...
El camino atravesaba aquel bosquecillo de parte a parte. Llevábamos un rato andando cuando Clara dijo:
—Oye, ¿cómo sabes que esta es la dirección correcta?
—¿Qué quieres decir?
—Que los caminos siempre tienen dos direcciones: para un lado y para el otro. ¿Por qué vamos para este lado?
—No lo sé.
—O sea, que no tienes ni idea de a dónde vamos.
—No.
—Pero así no vamos a encontrar nunca mi casa.
La miré y le sonreí. Era joven e impaciente, como había sido yo a su edad.
—Lo que es seguro es que llegaremos a algún sitio. No importa qué camino cojas, siempre llegas a algún sitio, y luego a otro, y luego a otro. La forma más segura para no encontrar nunca tu casa es quedarnos sin hacer nada. ¡Eh, mira allí!
Le señalé algo que se movía entre los árboles, apenas una mancha marrón y diminuta.
—¿Qué ha sido eso? —dijo Clara—. No he visto nada.
—¡Eh, amiga ardilla! —grité—. No tengas miedo. Solo somos dos aventureros en son de paz. Necesitamos tu ayuda.
Muy lentamente, entre los matorrales asomó una cabecita redonda de ojos traviesos, un cuerpo que apenas era un suspiro de viento y una cola peluda y nerviosa.
—¿Aventureros en son de paz? —dijo la ardilla con voz aguda—. Nunca había oído tal cosa. No parecéis dos aventureros.
—Es posible —dije—. Las cosas no siempre son lo que parecen.
—Y tú eres más viejo que Matusalén.
—Eso es verdad. Tienes buen ojo. Tal vez puedas ayudarnos. Buscamos una casa blanca, con varias ventanas, una puerta y una chimenea que echa humo en invierno.
—Qué raro —dijo la ardilla—. Dos aventureros buscando una casa. Si sois tan aventureros, ¿no deberíais vivir libres en el bosque deshaciendo entuertos y todo eso?
—Estamos buscando a mi madre —intervino entonces Clara.
La ardilla la miró de arriba a abajo un momento. Y luego, sin previo aviso, se puso a llorar. Pero a llorar a lo bestia, ¿eh? Gruesos lagrimones saltaban de sus ojos y le mojaban el pelaje. Sollozos agudos como maullidos de un gato recorrieron el bosque.
—Ayayay —decía la ardilla entre hipos y gritos—. La pobre niña se ha perdido y busca a su madre. Ay, qué pena, qué pena.
Dos ardillas un poco (solo un poco) más grandes aparecieron de repente. Se movían tan rápido que no me daba cuenta de por dónde venían, tan solo aparecían en un lugar y luego desaparecían como si nunca hubieran estado allí.
—¿Qué le habéis hecho a nuestra pequeña? —dijo una de ellas, al parecer muy enfadada.
—Sí, eso, qué le habéis hecho —repitió la otra.
Las voces procedían de la espesura, pero resultaba imposible localizar el lugar exacto.
—Nada —dije hablando hacia los árboles—. Solo le hemos preguntado si...
—Debería daros vergüenza —me interrumpió una.
—Sí, eso, debería daros vergüenza —repitió la otra.
—Asustar así a una pobre ardillita —dijo una.
—Si, eso, asustar así a una pobre ardillita —repitió la otra.
Dos sombras marrones aparecieron a los lados de la pequeña ardilla, la cogieron por los hombros y se la llevaron bosque adentro. Pero antes de perderse de vista, tuvo tiempo de girarse y decirnos:
—Preguntadle al Señor Colmillazos. Él lo sabe todo. ¡Todo!
—¿El Señor Colmillazos? ¿Y dónde podemos encontarlo?
—Él os encontrará a vosotros. ¡Cuidado con el Señor Colmillazos! ¡Mucho cuidado! ¡Mucho cuidadooo!
9. El Señor Colmillazos
—Oye —dijo Clara cuando estuvimos solos de nuevo—, ese Señor Colmillazos parece peligroso. ¿No deberíamos marcharnos de aquí?
—Esto solo es un bosque, y no muy grande. No creo que haya criaturas realmente peligrosas.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque viví en un bosque hace mucho tiempo.
—¿En un bosque? Anda ya.
Clara me miraba con incredulidad, pensando que le tomaba el pelo. Pero seguía preocupada:
—Mi madre dice que en el campo hay víboras.
—Alguna hay.
—Y que las víboras son venenosas.
—Sí, sin duda lo son.
—Pues eso. ¿Y si el Señor Colmillazos es una víbora? La ardilla ha dicho que él nos encontraría a nosotros y que tuviéramos mucho…
—Escucha, Clara. Tu madre hace bien en advertirte. Es parte de su papel de madre. Seguro que cree en serio que las víboras son peligrosísimas, pero te apuesto lo que quieras a que no ha visto una de cerca en su vida. En realidad las víboras son muy asustadizas, casi tanto como las ardillas. Nos dejarán en paz si nosotros las dejamos en paz.
—Pero si tiene hambre...
—Si tiene hambre se buscará un ratón para merendar, o tal vez una lagartija. Las víboras no cazan personas. No cabemos por su gaznate.
Clara estuvo un momento en silencio sopesando lo que había oído. Luego dijo:
—Entonces, ¿por qué la ardilla nos ha dicho que tengamos cuidado con el Señor Colmillazos? Será peligroso, digo yo.
—No sé por qué lo ha dicho, pero los únicos animales que hay en esta parte del mundo que pueden hacernos daño son los lobos.
—¡Lobos! —dijo Clara alarmada—. ¡Claro! ¡El Señor Colmillazos! ¡Seguro que es un lobo!
—Ya lo había pensado —repuse con calma—, pero no lo creo. Es muy raro que los lobos se acerquen tanto a la ciudad. Tienen mucho miedo de los hombres y sus escopetas, así que raramente se aventuran fuera de lo más intrincado de las montañas. Creo que el Señor Colmillazos no es un lobo.
—¿Entonces qué puede ser, a ver?
—No estoy seguro, pero sospecho que...
No pude acabar la frase. Una criatura oscura apareció delante de nosotros y, rápida como un demonio con dolor de muelas, me embistió con la fuerza de una locomotora. Antes de darme cuenta me vi panza arriba en el suelo, y la criatura arremetía contra mí una y otra vez por un lado y por el otro, sin dejarme tiempo para respirar. Pero cuando me dio una pequeña tregua dije lo más alto que pude:
—¡Quieto, Peñasco! ¡Tú me conoces, somos amigos!
Aquello la detuvo y por fin pude verla con claridad. Era, como me había imaginado, un animal achaparrado, de patas cortas pero musculosas que sostenían un cuerpo redondeado y peludo. Los ojillos refulgían encima del hocico alargado y dos grandes colmillos sobresalían de la boca y le daban un aspecto feroz.
—¿Cómo me has llamado? —preguntó la criatura.
—¡Peñasco! ¡Peñasco el jabalí! —respondí.
—¿De qué conoces ese nombre?
—De las montañas.
Ahora que lo veía bien, aquel jabalí se parecía a Peñasco, pero no era exactamente igual. Además, ¿qué probabilidad había de que Peñasco siguiera con vida? Ya no era ningún crío cuando nos conocimos, y, ¿cuántos años puede vivir un jabalí? No, era imposible que aquel fuera Peñasco, y sin embargo debía tener algo que ver con él, porque la mención de su nombre lo había detenido.
—Fui amigo de Peñasco —dije—. Una vez me salvó la vida. De eso hace muchos años.
El jabalí me miró con una intensidad capaz de derretir el hielo. Sus ojillos se iluminaron y dijo:
—Eh, yo te recuerdo. Tú eras aquel chico al que mi padre salvó de los lobos.
—¿Tu padre?
—Mi padre. Peñasco.
—Entonces tú eres...
—Risco. Yo era muy pequeño, pero tengo buena memoria. Y nunca olvido una cara, aunque esté vieja y arrugada como la tuya.
—Pues me alegro de volver a verte, Risco. O debería decir Señor Colmillazos —dije sonriendo. Y, como aún seguía tirado en el suelo, añadí: —Ahora, si no te importa, ¿puedes ayudar a este pobre viejo y arrugado a levantarse?
No fue fácil. Levantar del suelo a un hombre al que no le funcionan muy bien las rodillas es una aventura poco recomendable, pero, al final, entre Risco y Clara lo consiguieron. Jadeando por el esfuerzo, hice las presentaciones y le dije a Risco:
—Clara se ha perdido y estamos buscando su casa. Una ardilla nos ha dicho que el Señor Colmillazos lo sabe todo.
—Ah, lo sabe todo, lo sabe todo. Esas ardillas son un poco bocazas. Pues no, no lo sé todo, aunque sí casi todo. ¿Una casa, dices? No, gracias, no quiero acercarme a menos de dos kilómetros de un humano.
Clara puso cara de desilusión, pero yo le hice un gesto para que se lo tomara con calma. Ella no conocía la particular forma de ser de los jabalíes. Al cabo de unos segundos, Risco añadió:
—Aunque tal vez sí conozca a quien os puede ayudar.
Sonreí sin que se me notara mucho.
—Si nos lo presentas, te estaríamos muy agradecidos.
—Ah, no. Yo no hago de guía turístico, ni siquiera para los viejos amigos de mi padre. Pero os diré cómo encontrarlo. Seguid este camino y luego torced hacia el valle. Acercaos a las montañas y después subid hasta la peña más alta. Allí vive ella.
—¿Ella?
—La Señora de las Águilas.
—¿La Señora de las Águilas?
—Sí, eso he dicho, no me hagas repetirlo todo dos veces.
Sonreí de nuevo. Risco era sin duda tan gruñón como su padre. Decidí no insistir más para no soliviantarlo, y cambié de conversación:
—Oye, Risco, ¿por qué ahora vives aquí? ¿Por qué dejaste las montañas?
—Aquello fue idea de mi padre, a mí no me mires. Dijo que se habían vuelto peligrosas. Cazadores y todo eso. Cada vez venían más. Así que bajamos a este bosquecillo. Es tan pequeño y está tan cerca de la ciudad que los cazadores nunca vienen. ¿No te parece raro?
—Los humanos somos raros.
—Supongo que sí.
No me atrevía a hacerle la pregunta que en realidad quería hacerle, pero al final lo hice:
—¿Y... sabes si la tribu sigue allí, en la montaña?
—¿La tribu? ¿Qué tribu?
—La tribu de hombres salvajes.
Risco emitió una especie de bufido entrecortado. Es la forma de reír de los jabalíes.
—¿Hombres salvajes? —dijo cuando pudo hablar—. ¿Quién te ha contado esa milonga? Los hombres salvajes no existen.
—¿Cómo que no existen? Yo viví con la tribu en las montañas cuando era joven.
—Mira, anciano, lo que yo creo es que ya tienes muchos años en el lomo y que tu cabezota no funciona bien.
—Pero... pero tú fuiste a avisarles. Cuando tu padre me salvó, tú y tus hermanos fuisteis a...
—No recuerdo nada de eso. Mi padre te salvó de Shantok el lobo y su pandilla, y luego pasaste unos días recuperándote en nuestro territorio. Después te marchaste y no volvimos a verte. Hasta hoy. Eso fue todo.
Tragué saliva. Por un momento se apoderó de mí un pánico negro. ¿Y si Risco tenía razón? ¿Y si mi memoria me traicionaba? ¿Y si lo que yo creía real solo era producto de mi imaginación? Pero enseguida me di cuenta de que eso no era posible: mis recuerdos eran demasiado precisos como para ser invenciones, y para Risco habían pasado tantos años como para mí, así que también a él podía funcionarle mal la cabezota.
—¿Estás bien? —me preguntó Clara.
—Sí —dije—, solo estaba pensando una cosa.
—Pues si ya has terminado de pensar esa cosa, ¡largo! —dijo Risco, con la amabilidad habitual de los jabalíes—. Estamos muy ocupados en este bosque. Buen viaje.
Y nos despedimos de él. Bueno, es una forma de hablar, porque Risco desapareció entre los árboles antes de que pudiéramos decir estornudo.
Clara me miró divertida y me dijo:
—Qué curioso personajillo.
—Chst —susurré yo—. O conozco mal a los jabalíes, o aún nos está observando sin que lo veamos. Anda, marchémonos.
Caminamos por el sendero y en poco tiempo llegamos a la linde del bosque. El camino se bifurcaba allí, y nosotros tomamos el que bajaba hacia el valle y, más allá, ascendía a las montañas donde yo había pasado mi juventud. Teníamos que llegar hasta arriba del todo, había dicho Risco, hasta las últimas peñas, para encontrar a la Señora de las Águilas. Yo nunca había llegado tan lejos, ni siquiera cuando era joven y fuerte. Sabía que las águilas vivían en sitios a los que era imposible llegar andando, pero no quise decirle nada a Clara para no preocuparla. Ya encontraríamos el modo de hablar con la Señora de las Águilas.
Al alejarnos del bosquecillo oí un chasquido de ramas a nuestra espalda, entre los últimos árboles. Me giré y dije bien fuerte:
—¡Salud, Risco el jabalí, hijo de Peñasco! ¡Muchas gracias por tu ayuda!
Un gruñido hosco fue toda la respuesta que obtuve.
10. Una pequeña gran ayuda
Cerca del punto más umbrío del valle encontramos un arroyo de agua limpia flanqueado de muchas plantas comestibles. Estábamos cansados, sobre todo yo, así que comimos y bebimos, y luego nos echamos a dormir al abrigo de unas rocas. Encendí un buen fuego con el que calentarnos y preparé un par de camas con helechos. Nada más tumbarme fui consciente de que me dolía hasta la articulación más recóndita de mi avejentado cuerpo. Habíamos caminado durante muchos kilómetros, y yo no estaba para esos trotes.
Clara se removía intranquila porque nunca había pasado la noche a la intemperie.
—¿Estaremos seguros aquí? —preguntó.
—Segurísimos —le dije.
—¿Cómo lo sabes?
—He dormido otras veces al aire libre.
—Ya, en las montañas. Pero de eso hace mucho, ¿no? ¿Y si ya no es como tú recuerdas?
—Entonces tendremos a nuestro peludo y gruñón amigo para protegernos.
—No te entiendo.
Le hice un gesto para que guardara silencio. Al principio no escuchó nada salvo la quietud del campo al atardecer: el viento acariciando con suavidad los tallos de hierba, algunos pájaros laboriosos buscando la última comida del día, la corriente de agua saltando en el arroyo. Pero luego se oyó un bufido procedente de un matorral cercano. Clara abrió mucho los ojos.
—¿Ese es...? —empezó a decir.
—Chssst —le dije yo en un susurro—. Sí, es él, Risco. Pero no quiere que sepa que nos está siguiendo.
—Pero, ¿por qué lo hace?
—Para protegernos si lo necesitamos.
—¿Y por qué no se muestra y viene con nosotros?
Me encogí de hombros.
—Los jabalíes son así.
Clara miraba hacia los matorrales con la sorpresa dibujada en la cara. Estaba descubriendo a toda velocidad las maravillas del mundo. Yo, si os soy sincero, no sabía si conseguiría regresar a su casa algún día, pero había algo que estaba claro: si lo lograba, ya no iba a ser la misma chiquilla asustadiza.
—Sobe —dijo un rato más tarde, cuando el cielo se cubrió de estrellas.
—¿Sí?
—¿Es cierto que en las montañas aún quedan hombres salvajes, y que fuiste uno de ellos cuando eras joven?
—Tan cierto como que tú y yo estamos aquí hablando.
—Pero ya oíste lo que dijo Risco. Que no quedan hombres salvajes y que tampoco los había cuando su padre y tú os conocisteis.
—Hace mucho tiempo de eso. Él era muy pequeño. Puede que lo haya olvidado.
—O puede que tú lo hayas imaginado.
Dudé de nuevo. ¿Podía alguien fabricarse unos recuerdos falsos tan nítidos como los que yo tenía? Supuse que era posible.
—Tal vez —dije al fin—. Sea como sea, ahora no tiene importancia. Lo importante es devolverte a tu casa.
Clara guardó silencio. Al cabo de un rato, cuando yo pensé que ya estaba dormida, volvió a hablar muy bajito:
—Sobe.
—¿Sí?
—¿Cómo era la vida en la montaña? ¿Quién os cuidaba y os daba de comer? ¿Y de dónde sacabais la ropa?
Sonreí en la oscuridad. Clara era tan joven que probablemente su madre aún le contaba cuentos antes de dormir. Así que empecé a relatarle todo lo que recordaba sobre la tibu de la pradera. Le hablé de los frutos del bosque, de los animales cazados con lanza y sacrificados con honores, del agua que cae de las nubes y forma arroyos cristalinos, de cómo los hombres y las mujeres libres se cuidan unos a otros y no pertenecen a nadie; le hablé de Pecas y de Sombra y de Peñasco y de Shantok, el rey de los lobos. Hablé y hablé hasta mucho después de que Clara se durmiera, y, en algún momento, sin darme cuenta, también yo me quedé dormido entre las ramas de helecho, acunado en mis recuerdos, aunque ya no sabía si eran reales o imaginarios.
Por la mañana apenas podía caminar. Mis músculos se habían quedado agarrotados durante la noche, y me dolían hasta las orejas. Pero tras dar algunos pasos me sentí mejor, dispuesto a reemprender el camino. Clara, en cambio, era joven y el descanso le había sentado de maravilla. Se levantó de un brinco y dio varias carreras por la orilla del arroyo. Después me miró con el rostro radiante y dijo:
—Hoy va a hacer un día precioso, ¿no te parece? ¿Nos ponemos ya en camino?
—Ya va, ya va —respondí—. Dame un minuto para que caliente el motor, ¿vale?
Comimos algunas bayas y bebimos agua del arroyo. Luego reemprendimos la marcha hacia la montaña. Íbamos a buscar a la Señora de las Águilas, aunque yo sabía que no podríamos llegar caminando hasta las peñas en las que vivía. En algún momento habría que pensar en un plan alternativo pero, mientras tanto, seguíamos caminando.
El terreno empezó a inclinarse y los primeros árboles orgullosos anunciaron el inicio del bosque. Oímos entonces unos grititos apagados entre las jaras. Bueno, he de confesar que yo apenas los oí, porque bastante hacía con intentar mantener el ritmo de Clara.
—¿Has oído eso? —dijo ella.
—¿El qué? —respondí yo, jadeando.
Intenté mantenerme en silencio, pero mi respiración era tan rápida que casi no podía escuchar otra cosa.
—Son ratones —dijo Clara—. Lo sé porque una familia vive en el jardín de mi casa. A lo mejor ellos saben algo.
—A... lo mejor —dije sin aliento.
—¡Señores ratones! —gritó Clara—. Por favor, ¿pueden salir un momento? No les haremos ningún daño y necesitamos su ayuda.
Una bola de pelo del tamaño de una pelota de tenis salió de detrás de los matorrales y se acercó veloz entre la hierba. Cuando llegó a la altura de Clara se detuvo y dijo:
—Hola. ¿Venís solos?
—Sí —dijo Clara, y luego añadió en voz baja: —Bueno, nos acompaña un jabalí que nos está protegiendo, pero se supone que nosotros no lo sabemos.
—Ah, sí —asintió el ratón—. Los jabalíes son así. ¿En qué pueden ayudar unos pequeños ratones a dos gigantes como vosotros?
—Estamos buscando a la Señora de las Águilas.
Es difícil explicar lo que ocurrió cuando los ratones oyeron ese nombre. De pronto todos empezaron a chillar y a correr desesperados a nuestro alrededor, como si les estuviese persiguiendo un gato hambriento. Yo solo veía un puñado de bolas diminutas moverse entre la hierba tan deprisa que no lograba enfocarlas. Al cabo de un rato, el guirigay terminó, los ratoncitos volvieron a esconderse, y el que estaba hablando con Clara (u otro, porque a mí me parecieron todos iguales) se plantó delante de ella y le dijo:
—Has de saber que La Innombrable es nuestra archienemiga.
—¿La Innombrable? —preguntó Clara.
—Sí. La Innombrable. La Que Cabalga Sobre Las Nubes. La Cercenadora de Vidas. Nuestro pueblo está en guerra con ella desde tiempos inmemoriales.
—¿En guerra? —Clara tenía los ojos muy abiertos—. ¿Con La Señ... con La Innombrable? Pero si vosotros no... —de pronto Clara se quedó callada, con gesto de profunda concentración, y yo me pregunté qué estaría tramando. Al cabo de un rato volvió a hablar: —Escucha, ratón, ya sé lo que vamos a hacer.
Clara se acercó al oído del ratón y le habló en voz muy baja, tanto que no pude entender lo que decían. El ratón pareció alarmado, asustado, intrigado y entusiasmado, todo eso a la vez. Al final, se empeñó en chocar su patita con la mano de Clara, porque es como los ratones sellan los tratos, y Clara lo hizo con toda la suavidad que pudo para no romperle ningún hueso.
Después ocurrió algo muy raro, incluso más raro que todo lo anterior. A ver si soy capaz de explicarlo. Primero, el ratón volvió a los matorrales, y tras un momento reapareció seguido de toda su familia. Todos en tropel corrieron hacia un claro cercano, y allí se pusieron a saltar y a dar gritos sin orden ni concierto, como si se hubieran vuelto locos de repente. Yo sospeché que, en realidad, nunca habían estado muy bien de la cabeza. Así estuvieron un rato, brincando incansablemente, y ya iba a preguntarle a Clara qué narices estaba pasando cuando escuché un chirrido espeluznante sobre nuestras cabezas.
Miré hacia arriba y allí la vi, majestuosa, volando en círculos todavía a gran altura. Era ella, la Señora de las Águilas, la Innombrable, la Cercenadora de Vidas. Solo entonces me di cuenta de que Clara y yo estábamos a la sombra de unos pinos y que desde el cielo unos ojos escrutadores podrían ver con claridad a los ratones correteando pero difícilmente harían lo mismo con nosotros.
Lo entendí todo de golpe: los ratones estaban haciendo de cebo para atraer a la Señora de las Águilas.
Era muy grande. Bajaba con las alas extendidas trazando una espiral perfecta, a cada vuelta más abajo, más abajo. Ya podíamos distinguir el plumaje pardo de su vientre con las manchas blancas en los hombros. Puso las garras en posición de ataque y supe que se disponía a lanzarse sobre los ratones. Clara se dio cuenta también, porque los dos salimos a galope hacia el claro agitando los brazos y gritando:
—¡Quieta! ¡Quieta!
El águila bajaba en picado a toda velocidad. Nosotros corríamos hacia ella. Parecía inevitable que se produjera un choque, y os aseguro que iba a ser como el choque de un tren contra un transatlántico. Cerré los ojos para recibir la embestida, pero, en el último momento, el águila viró y nos esquivó. Lo que no tuvo tiempo de hacer fue remontar el vuelo, así que se estrelló contra el suelo y se quedó allí, vuelta de costado, respirando con dificultad. Los ratones habían desparecido, escondidos entre la maleza.
Me acerqué corriendo al águila y le dije:
—¿Estás bien?
La Señora de las Águilas se incorporó, sacudió las alas para recomponer sus plumas, y dijo muy enfadada:
—¿Que si estoy bien? ¡Pues claro que no estoy bien! ¿Quiénes sois vosotros que os interponéis entre la Reina de las Águilas y su desayuno?
—Mi nombre es Sobe, y ella es Clara.
—Perdónenos —intervino Clara—, nuestra intención no era que se diera usted un porrazo, doña Reina de las Águilas, pero no podíamos dejar que atrapara a los ratones.
El águila miró a Clara y suavizó su gesto, como si esa niña deslenguada le hubiera despertado cierta simpatía. Dijo:
—¿Ah, no? ¿Y por qué no podíais dejar que atrapara a los ratones, si puede saberse?
—Porque los ratones son nuestros amigos —dijo Clara—. No debería usted comerlos. ¿Por qué no prueba a comer hierba y flores, como hacen ellos?
El águila se echó a reír ante la ocurrencia, y yo de pronto recordé haber hecho una pregunta parecida a Shantok, el rey de los lobos, hacía mucho tiempo.
—No podemos —contestó el águila—. La hierba nos sienta mal, y las flores ni te cuento. Las águilas comemos carne. Así son las cosas.
—Y ya que está usted aquí, doña Reina... —dijo Clara.
—¿Sí? —dijo el águila arqueando las cejas.
—Verá —dijo Clara—, en realidad los ratones la han atraído hasta aquí para que pudiéramos hablar con usted.
—¿Cómo? —el águila se enfureció de nuevo—. ¿Habéis atraído a la Reina de las Águilas a una trampa como si fuera un vulgar conejo?
—Los conejos no son vulgares —dijo un ratoncito desde su escondite.
—¡Tú calla! —rugió el águila.
Los ratoncitos se rieron. Imaginé entonces que habían aceptado el riesgo de hacer de cebo por el puro placer de poder ver a la Señora de las Águilas estrellarse contra el suelo. Al fin y al cabo, era su archienemiga.
—Es muy importante —suplicó Clara—. Necesitamos su ayuda.
—¿Ah, sí? —dijo el águila— ¿Necesitáis mi ayuda? Me tendéis una trampa, me quitáis mi desayuno y hacéis que me estrelle con riesgo de romperme un ala, y ahora me pedís ayuda. ¿Por qué tendría que ayudaros, a ver?
—Porque somos hermanos —dije yo con toda la serenidad que pude—. Porque todos los animales deberíamos ayudarnos cuando lo necesitamos. Porque algún día podrías ser tú quien necesitara ayuda.
El águila me miró con sus ojos ambarinos, como sopesando si darme la razón o darme un picotazo. Por fin dijo:
—Has hablado sabiamente, humano. ¿Cuál era tu nombre?
—Soberano.
—Tienes nombre noble. ¿Eres, acaso, un rey?
—No, majestad —respondí—. Nunca he sido rey ni he pretendido serlo. Solo soy un humano normal y corriente que está tratando de ayudar a esta joven. Se ha perdido y solo tú, que conoces toda la región desde las alturas, puedes indicarnos el camino de regreso a su hogar.
—No eres rey, pero tampoco eres un humano normal y corriente, eso está claro. Los humanos normales y corrientes cazan y esquilman como si no existiera el mañana. Matan por el placer de matar y no paran de inventar nuevas máquinas de destrucción. Consideran que todo les pertenece y que nada puede negárseles. Vosotros, en cambio, pedís las cosas por favor y me habláis con respeto. Está bien. Os ayudaré, pero a cambio debéis prometer que nunca volveréis a tender una trampa semejante a mí ni a ninguna de mis súbditas.
—Lo prometemos.
—Eso también va por vosotros, pequeñajos —añadió el águila mirando hacia los matorrales.
—¡Lo prometemos! —dijeron los ratoncitos entre risas y gritos.
—Ya hablaremos vosotros y yo —dijo el águila, y luego, dirigiéndose a Clara y a mí, añadió: —Y bien, decidme, ¿qué es lo que andáis buscando?
11. Regreso a casa
Le explicamos a la Señora de las Águilas el problema y ella escuchó con atención. Después dijo:
—Las águilas no nos acercamos nunca al territorio de los humanos. Allí huele mal y no hay buena caza. Una vez probé una de las ratas que viven en las alcantarillas y os aseguro que no fue una experiencia agradable. Sin embargo, desde lo alto sí he visto que, en este lado de la ciudad, hay muchas casas de campo. ¿Cuál de ellas es la tuya, Clara?
—Es una blanca con ventanas, una puerta y una chimenea que echa humo en invierno.
—Todas son así, jovencita. ¿Algo más?
—Bueno, también hay varios naranjos y manzanos en el jardín, y gallinas.
—Hum. No es suficiente. ¿No tiene tu casa algo distintivo, algo que la haga única y diferente de las demás?
Clara meditó un instante la respuesta.
—Mi madre y yo hacemos dibujos en la pared.
—¿Dibujos?
—Sí. Nos embadurnamos las manos con pinturas que ella fabrica y dibujamos con los dedos. Tenemos un muro entero dedicado a eso.
—¿Un muro lleno de colores y paisajes y cosas que no existen?
—Justo ese.
El águila sonrió con ese gesto sabio y algo bronco que solo saben componer las rapaces.
—Creo que ya sé qué casa es.
—¿Está muy lejos? —pregunté.
—Qué va. Cabalgando sobre la corriente, diez aleteos a vuelo tranquilo. Pero, en vuestro caso, tal vez necesitéis media jornada. Cuanto antes nos marchemos antes llegaremos.
Nos despedimos de la familia de ratones, que bajo ninguna circunstancia quisieron abandonar su escondite entre los matorrales mientras estuviera allí el águila, y emprendimos la marcha. Hacía tiempo que no oíamos tampoco a Risco el jabalí, y supuse que se había marchado a escondidas, al estilo de los jabalíes, cuando creyó que ya no nos podía ser de más ayuda.
La Señora de las Águilas volaba bajo para indicarnos el camino. Iba lo más despacio que sus poderosas alas le permitían, y nosotros lo más rápido que mis avejentadas piernas me dejaban, pero aún así nos quedábamos rezagados continuamente. A media mañana tuve que decir:
—Detente un momento, por lo que más quieras. Necesito descansar cinco minutos.
Mirando a un lado y a otro para asegurarse de que no había peligro, el águila tomó tierra junto a unas encinas retorcidas, y a la sombra de los viejos árboles nos guarecimos un rato. Poco a poco recuperé el resuello. Clara me miraba preocupada y me trajo un poco de agua fresca y unas bellotas. La Señora de las Águilas, tras arreglar su plumaje con el pico, dijo:
—No entiendo mucho de humanos, pero creo que no me equivoco si digo que eres uno muy viejo.
—Soy aún más viejo de lo que aparento, majestad —respondí—, y eso no es ni la mitad de viejo de lo que me siento en este momento.
—Ya veo —dijo ella—. ¿Y puedo preguntar qué hace un anciano como tú dando tumbos por ahí?
—Es una larga historia —dije.
—Me gustan las historias, si son buenas.
—No sé si la mía es buena o no, pero, si quieres oírla, estaré encantado de contártela. Así descansaré un poco más.
Y, de este modo, relaté a la Señora de las Águilas todo lo que ya había contado a Clara el día anterior, y a los chicos del orfanato miles de veces. Al terminar, el águila me miraba con sus profundos ojos dorados de un modo que no fui capaz de interpretar. De pronto, se me ocurrió que podía preguntarle algo:
—Tú lo ves todo desde ahí arriba con tu vista de águila, ¿no es así, majestad?
—Así es —respondió—. Puedo ver a un ratón a dos kilómetros de altura.
—Y conoces todos los lugares, por inaccesibles que sean, de los alrededores, ¿verdad?
—Verdad. Desde los límites de la ciudad hasta más allá de las colinas.
Durante un instante dudé si debía formular la siguiente pregunta, la pregunta definitiva, la que resolvería la duda de si yo había vivido realmente en la pradera con una tribu de hombres salvajes o si todo era producto de mi imaginación. Al fin dije:
—Entonces tienes que conocer ese lugar, la pradera, y tienes que haber visto allí a la tribu, ¿no es cierto?
El águila me miró de nuevo, y otra vez no supe interpretar su mirada. Me pareció que había lástima en ella, o tal vez desprecio.
—Se hace tarde —dijo por toda respuesta—. Será mejor que sigamos si no queremos que se nos eche la noche encima.
Desplegó las alas y proseguimos el viaje. No me había contestado, y eso solo podía significar que la tribu no existía, y a lo mejor tampoco la pradera. Pero yo seguía pensando que eso no era posible. Clara me miraba cada vez más preocupada.
El sol estaba ya muy bajo cuando divisamos unos muros de ladrillo blanqueado a lo lejos. La Señora de las Águilas tomó tierra y dijo:
—Allí está. La casa de las pinturas. Mi ayuda termina aquí. Clara, espero que seas feliz y estoy segura de que tendrás más cuidado a partir de ahora cuando salgas a pasear —luego me miró y añadió: —Y tú, Soberano, no desafíes al destino. Quédate en la ciudad, con los humanos. Tal vez Clara y su familia quieran acogerte con gusto.
Sin añadir nada más, y sin dejarnos tiempo para replicar, la Señora de las Águilas levantó de nuevo el vuelo y, revolviendo nuestros cabellos con el viento provocado por sus poderosas alas, se elevó en espiral hasta perderse en el cielo de la tarde.
—Ni siquiera le hemos dado las gracias —murmuró Clara.
—Hay gente que no las necesita —dije yo, mirando todavía a las nubes.
Clara se volvió entonces hacia la casa y dijo:
—No la distingo bien desde aquí, pero creo que esas paredes blancas son las del jardín de mi casa, Sobe. ¡Vamos!
Tiró de mi mano pero yo no me moví del sitio en el que estaba. Me miró, de pronto muy seria.
—Quédate con nosotros —dijo—. Mis padres te cuidarán bien, ya lo verás. Tenemos una cocinera que hace unos guisos de rechupete.
—Te lo agradezco, Clara, pero no puedo. No tendré otra ocasión para regresar a la montaña.
—Lo que buscas no existe. Ya oíste a Risco, y a la Señora de las Águilas. A lo mejor existió en otra época, pero ya no. Por favor, quédate.
—No —dije con decisión.
—Aunque solo sea esta noche.
—No, Clara. Si entro ahí ya no querré salir. No me queda mucho tiempo. Tengo que averiguar la verdad.
Cuando Clara comprendió que no iba a cambiar de opinión, se acercó a mí y me abrazó.
—Cuídate, ¿vale?
—Vale. Tú también.
Pareció que iba a llorar, pero se contuvo. Luego rompió a correr hacia la casa. Envidié su juventud. Aunque estaba lejos, pude oír que alguien gritaba al otro lado del muro cuando escuchó a Clara acercarse. Un hombre abrió una puerta metálica y salió a la carrera hacia la chiquilla. El hombre gritó «¡Clara, Clara!» mientras la abrazaba y la levantaba en volandas. Una mujer de largos cabellos oscuros se abalanzó sobre el padre y la hija hasta hacerlos casi caer al suelo y los tres se fundieron en un abrazo tan estrecho que parecía que el resto del mundo no existía y que querían respirar muy cerca los unos de los otros para compartir el aire.
Me alejé renqueante todo lo rápido que me permitieron mis piernas. Cuando el hombre y la mujer miraron en la dirección que Clara les señalaba, solo pudieron ver las sombras de la tarde alargándose sobre la colina.
12. Más allá de la niebla
Anduve hasta mucho después de que el sol se hubo puesto, y solo me detuve cuando no pude ver por dónde iba. Estaba agotado: mis piernas apenas me sostenían. Sabía que si me tumbaba quizá no lograría levantarme sin ayuda por la mañana, pero no me importó. Me desplomé en el suelo y caí dormido en el acto.
Desperté cuando el sol estaba ya muy alto en el cielo. Me sentía entumecido y supe al instante que no iba a poder incorporarme solo. Vaya, qué estupidez había cometido al rechazar la invitación de Clara, pensé.
Una voz profunda me sorprendió:
—Ya está bien de tanto dormir, abuelo. Así no vas a llegar a las montañas en un siglo.
Giré la cabeza y la vi. Era ella, la Señora de las Águilas. Estaba posada a la sombra de un árbol cercano, con su plumaje marrón confundiéndose con la hojarasca. Tenía un conejo muerto a sus pies.
—Pensé que querrías desayunar algo —dijo.
Me rasqué la cabeza.
—¿Puedo preguntar qué haces aquí, Majestad?
—Ah, deja de llamarme Majestad de una vez. Eso estaba bien para mis bisabuelos, tal vez, cuando las águilas eran muchas y orgullosas y vivían por cientos entre las peñas más altas. Pero los tiempos cambian. Dime, humano, ¿sigues empeñado en buscar ese lugar, esa pradera?
—Así es.
—¿Entonces a qué esperas? Come algo y levántate de una vez.
—Es que, verás, majestad... señora...
—Puedes llamarme Alagrande. Es mi nombre.
—Alagrande. Vale. No sé si podré levantarme solo.
Alagrande levantó una ceja.
—¿Que no puedes levantarte solo?
—No, no puedo.
—Vaya. Y yo que creía que me había topado con un gran héroe que iba en busca de una hazaña épica, pero resulta que es un abuelete que no puede ni levantarse solo.
—Las águilas tenéis un sentido del humor un poco cruel, Alagrande. En lugar de quedarte ahí burlándote de mí, ¿podrías mover tu esbelto y joven cuerpo hasta aquí y ayudarme?
No fue fácil, pero conseguí ponerme en pie con ayuda de Alagrande. Estiré y doblé varias veces mis piernas, y mis rodillas crujieron con unos chasquidos espantosos que me hicieron ver las estrellas y algunos planetas. Sin embargo, al cabo de un rato podía moverme casi con normalidad y estaba de nuevo dispuesto para enfrentar el camino.
Encendí un fuego apresurado y me dispuse a asar el conejo que el águila había cazado para mí. Mientras lo hacía, ella me miraba con gesto de censura. Debía de parecerle un sacrilegio eso de despellejar y cocinar la carne.
No le presté mucha atención, la verdad, porque, después de un par de días alimentándome de bayas y frutos silvestres, estaba hambriento. Fui a hincarle el diente al conejo sin más preámbulos cuando me percaté de que Alagrande me miraba con el ceño fruncido. Carraspeé un par de veces y dije muy solemne:
—Gracias, pequeño mamífero, por servirme de alimento esta mañana. Lamento tener que comerte, pero así son las cosas.
—Así son las cosas —convino el águila.
Solo entonces pude desayunar. Le ofrecí un poco a Alagrande, pero ella lo rechazó con educación. Al parecer, ya había comido algo esa mañana.
Estaba yo engullendo aquel manjar delicioso cuando el águila dijo:
—No lo soy, ¿sabes?
—¿Que no eres el qué? —dije yo.
—Joven. A lo mejor a las águilas no se nos nota tanto la edad, pero ya he vivido mucho.
De pronto me di cuenta de algo que, preocupado por prepararme el desayuno, me había pasado hasta entonces desapercibido.
—Alagrande —pregunté—, ¿qué haces tú aquí?
—Ya te lo he dicho. He venido a contemplar tu gran hazaña heroica.
—No, en serio, ¿por qué has vuelto?
Se quedó callada un momento antes de responder.
—Ese lugar, esa pradera de la que me hablaste...
—¿Sí?
—Hay una colina que...
No terminaba las frases, como si tuviera algún reparo en hacerlo.
—¿Una colina? —la animé a continuar.
—Sí, hay una colina al otro lado de las montañas. Está fuera del territorio de las águilas, y ni siquiera yo, con mi vista tan aguda, puedo ver bien lo que hay allí, porque un banco de niebla permanente la envuelve.
—¿Un banco de niebla? ¡Esa tiene que ser la montaña!
—Algunos días, muy pocos, la niebla se despeja. Nunca del todo. Y entonces, entre los jirones de nubes... No podría asegurarlo, sabes, pero es posible, solo posible, que allí exista una gran extensión de hierba en un claro entre los árboles, justo por encima de un río que baja caudaloso alimentado por el deshielo. Y es posible, solo posible, que se distinga a una manada de animales, que podrían ser humanos pero podrían ser alguna otra cosa, que viven allí.
—¡Lo sabía! —dije exultante—. ¡Sabía que era verdad! ¡Tenía que ser verdad!
—Podría ser verdad —me corrigió Alagrande.
—Venga, vámonos, ¿a qué estamos esperando? —dije, apagando con el pie los restos de la fogata y dando por hecho que Alagrande me acompañaría.
—Es un camino largo.
—Descasaremos a menudo.
—Nos esperan peligros desconocidos.
—Los afrontaremos juntos.
—Los dos estamos viejos y cansados.
—Oye, Alagrande, ¿por qué no dejas de lamentarte? Vamos a hacer lo que tenemos que hacer. El dolor y la adversidad acechan a los aventureros, pero también la gloria. Eso es todo. Despega, amiga, que te sigo.
Y así partimos hacia la tierra prometida, al otro lado de las montañas, donde los campos siempre son verdes y los hombres y las mujeres viven libres en las praderas, tan lejos que ni la vista de las águilas ni las escopetas de los cazadores alcanzan. Más allá de la niebla.
Final
Esto es lo que Soberano os hubiera podido contar si pudierais encontrarlo. Lamentablemente, no he podido localizar las montañas de las que se habla en esta historia, ni el río que baja caudaloso alimentado por el deshielo, ni la colina que hay más allá, por más mapas que he consultado. La familia de Clara se mudó a otra ciudad junto al mar, y en el lugar donde estaba la casa de las pinturas han levantado un rascacielos de cristal de no sé cuántas plantas. Nadie de la zona parece conocer o recordar a un hombre muy viejo que vivió en el orfanato abandonado que había junto a la carretera de la sierra. Así que no puedo deciros si Soberano llegó a su pradera, si la tribu seguía viviendo allí, o si la pradera si quiera existía.
La pista de Soberano y Alagrande se pierde en este punto de la historia, y su recuerdo se borra como dos figuras legendarias alejándose en la bruma.
Pero estoy casi seguro de una cosa: todos deseamos que lo consiguieran.