País Relato - Autores

alfredo moreno vozmediano

los desaparecidos

Lunes.
Me pongo el abrigo. Bajo a la calle. Llego tarde a la oficina. Camino deprisa, mirando la pantalla del teléfono móvil.
Esta mañana debe de estar helando. El frío se me empieza a colar por las costuras del abrigo. La gente va y viene como cualquier otro día y yo los esquivo sin mirarlos, atento a la pantalla del teléfono.
El olor del metro me golpea en la cara. Aquí abajo se está más caliente. Algunos mendigos se arrebujan contra una pared. Un violinista toca una pieza clásica que no consigo identificar en el cruce de dos túneles. Apenas lo veo por el rabillo del ojo pero no puedo evitar oír la música. Me parece que toca bien, aunque yo no soy ningún experto. Quizá no se merecería estar tocando en un túnel del metro, pero eso no es asunto mío.
Llego a mi andén. Espero sin dejar de mirar el teléfono. El suelo tiembla y el tren entra rugiendo en la estación. No hay ningún asiento libre y tengo que viajar de pie. Maldigo en silencio.
Ya en la oficina oigo retazos de una conversación. Alguien dice que Luis ya no trabaja aquí. Cometo el error de apartar la vista del ordenador para mirar hacia su puesto. La silla está vacía, no hay apenas papeles en el escritorio. Apenas lo conocía. Tampoco es asunto mío, pienso, y vuelvo a concentrarme en el trabajo.
A las seis en punto salgo de la oficina. Ya es de noche y está helando de nuevo. De mi boca salen vaharadas blancas. En la calle no se ve ni un alma. Camino hacia el metro mirando la pantalla del teléfono.
Martes.
Creo que el vecino de al lado no está. Hace días que no coincidimos en el ascensor. Siempre hago como que no lo he visto y pulso el botón antes de que él llegue, para bajar solo. A veces también echo un vistazo por la mirilla para asegurarme de que no salimos al pasillo al mismo tiempo. No me gusta compartir el ascensor, no creo que haya nada malo en ello. No recuerdo cuál era su nombre, ni si alguna vez lo supe. Una vez llamó a mi puerta para pedirme un poco de café.
En la calle no hay casi nadie. No me extraña: el frío arrecia y se filtra por todos los resquicios de la ropa congelándolo todo a su paso. El cielo es de color gris y parece a punto de desplomarse sobre los edificios. En el metro también hay menos gente de lo habitual. No veo a mendigos, no oigo al violinista. Me parece raro que no estén aquí, con el frío que hace. Algo habrá pasado, pero no es asunto mío.
El vagón va medio vacío. Hoy sí consigo un asiento. Viajo satisfecho por esta mínima victoria, mirando la pantalla del teléfono.
Miércoles.
Hace mucho frío, incluso más que ayer. Camino deprisa mirando el teléfono. Llego tarde a la oficina. El vaho escapa a jirones por mi boca y por las alcantarillas.
En la estación de metro, un tubo fluorescente cuelga del techo con los cables arrancados. Se balancea a un lado y a otro como si estuviera vivo. Por algún milagro de la física, aún consigue encenderse y apagarse cada pocos segundos. Me quedo observándolo un momento. Luego miro alrededor. En los túneles no parece haber nadie. Nadie. Por un instante me alarmo. Luego pienso que no es asunto mío y vuelvo a mirar la pantalla del teléfono.
Bajo hasta el anden. Solo se escucha el rumor de mis pasos. Un cartel publicitario está hecho jirones y hay una papelera desparramada en el suelo. El tren llega a la estación con su estrépito de metal. Lleva casi todas las luces apagadas. Solo funcionan las de emergencia. Entro en el vagón en penumbra. Está vacío. Puedo elegir el asiento que más me guste. Sonrío sin dejar de mirar la pantalla del teléfono. Debe de ser mi semana de suerte.
Hoy hay muchas sillas sin dueño en la oficina. Será una epidemia de gripe, u otro recorte de plantilla. No puedo hacer nada, no me exijáis que me sienta culpable. Mientras no me toque a mí, seguiré haciendo mi trabajo lo mejor que pueda. No me distraigáis más, tengo mucho que hacer.
Jueves.
El metro no circula. Una verja metálica cierra la entrada. He probado en tres estaciones diferentes y todas están igual. No veo pasar autobuses ni taxis por la calle. En realidad, apenas hay tráfico más allá de alguna ambulancia y grandes vehículos oscuros que cruzan la avenida a toda velocidad.
Decido ir a la oficina en coche. Como las calles están desiertas llegaré en pocos minutos. Conduzco deprisa. He perdido tanto tiempo recorriendo las estaciones de metro que se me ha vuelto a hacer tarde. Siempre se me hace tarde. Encuentro aparcamiento en la misma puerta de la oficina. El único coche que hace compañía al mío en toda la calle es un viejo Citroën abandonado y sucio.
En la oficina no hay nadie, pero sé que eso es imposible porque alguien ha tenido que abrir las puertas, encender las luces, conectar la calefacción. O tal vez todo eso esté automatizado. No tengo modo de saberlo. Tampoco es asunto mío.
Me siento ante mi mesa y enciendo el ordenador. Todos los demás puestos están desiertos. La penumbra se extiende más allá de la isla de luz que es mi escritorio. Tengo mucho trabajo. No me permito apartar los ojos de la pantalla ni un solo momento, salvo para mirar mis dedos teclear furiosos o los papeles esparcidos por la mesa.
Viernes.
Anoche vi un rato el telediario. Me encontré con las noticias habituales de crímenes y guerras. Dos diputados se insultaban cordialmente en el Congreso. El Presidente hablaba desde una pantalla de plasma y decía que todo iba bien.
Pero hoy me encuentro la oficina cerrada. La puerta está echada con llave y las luces apagadas. Miro desconcertado a mi alrededor. No hay nadie en la calle. El viejo Citroën arde en la esquina. El humo se confunde con las nubes grises que amenazan con engullirlo todo.
Decido regresar a casa. Me monto en el coche y enciendo la radio. Solo se recibe estática. Ninguna emisora parece operativa. Debería haber un atasco monumental en la autopista de circunvalación, pero no encuentro ningún otro vehículo en todo el trayecto. Columnas de humo se elevan en diferentes lugares de la ciudad, aunque no puedo localizarlas con exactitud. Decido no pensar en ello y seguir conduciendo.
Sábado.
El supermercado ya no existe. En su lugar hay una montaña de escombros y restos de comida. Regreso a casa con las manos vacías. Ruidos sofocados salen de los edificios cerrados como cuevas oscuras. Prefiero ignorarlos y apretar el paso. Intento convencerme de que no es asunto mío. Miro una vez más la pantalla del teléfono.
A mediodía llaman a la puerta. Me asomo a la mirilla. A lo mejor es el vecino de al lado, que está de regreso. Me encuentro con un desconocido. Lleva una gorra de béisbol que le oscurece el rostro. No puedo distinguir sus facciones.
Retrocedo intentando no hacer ruido, para que crea que no hay nadie en casa. El timbre vuelve a sonar. Cierro la puerta del pasillo para dejar de escucharlo. El desconocido todavía llama una vez más antes de marcharse.
Domingo.
No parece quedar nadie en el edificio. No hay luz ni agua. Por la ventana no se ve ni un alma. Una niebla gris lo envuelve todo. Huele a humo.
Desayuno un café soluble frío y una magdalena y me doy cuenta de que me estoy quedando sin comida. Tendré que conseguir más. Tal vez mañana todo se haya arreglado.
A mediodía vuelven a llamar a la puerta. Me asomo por la mirilla tratando de no hacer ruido. Veo una confusión de sombras moverse en el descansillo. Está oscuro y no distingo sus rostros, ni cuántos son, pero hay muchos.
Me asusto. Retrocedo hacia el salón y cierro la puerta. Tal vez crean que no hay nadie en casa y se marchen, igual que el tipo de ayer. El timbre suena de nuevo. Luego llaman a golpes. El ruido atraviesa la puerta del salón y llega apagado pero inequívoco hasta mi. Intento ignorarlo. Siguen golpeando la puerta. Golpean con urgencia cada vez mayor. Deben de estar destrozándose los nudillos. Saben que estoy aquí.
Hundo la cabeza bajo los cojines pero es inútil: no hay modo de escapar de los golpes. El ruido me martillea dentro de la cabeza. Siento ganas de salir y gritarles, gritarles qué queréis de mí, no tengo culpa de nada, solo hice mi trabajo sin meterme con nadie.
Asomo la cabeza entre los cojines y me doy cuenta de que estoy temblando. El ruido crece, ahora deben de estar golpeando la puerta con algo contundente, prefiero no pensar con qué. Parece que el edificio entero se derrumba cuando la puerta cede con un último crujido y se oye un impacto seco contra la pared y luego un silencio espeso. Sé que están dentro, en el pasillo, al otro lado de la puerta translúcida del salón. La casa está en penumbra. Por las ventanas entra una luz cenicienta y no hay suministro eléctrico, y ellos, quienes sean, están a unos metros de mi, separados por una puerta barata que no resultará más resistente que una hoja de papel.
El silencio continúa y descubro que llevo un rato sin respirar. Trago saliva y me levanto, muy despacio, tan despacio que a la vista de un observador pudiera parecer que no me estoy moviendo en absoluto. No oigo nada. No veo a nadie. Camino hacia la puerta del pasillo lo más lentamente que puedo. Tardo al menos una hora en llegar. Sigo sin oír ni ver nada, pero sé que están allí, al otro lado, esperándome.
Abro la puerta de golpe.
El pasillo está lleno de ellos. No puedo ver sus rostros en la penumbra. Retrocedo hacia la pared opuesta. Al principio están quietos como muñecos de cera, pero al verme se despiertan y arrastran los pies hacia mí. El primero de ellos entra en la luz grisácea del salón y por fin puedo ver su rostro, y no tiene rostro. Donde deberían estar los ojos no hay nada. Donde debería estar la nariz no hay nada. Donde debería estar la boca no hay nada, ni siquiera una sombra.
No tienen ojos pero de algún modo me pueden ver y se dirigen directos hacia mí. Pronto mi salón está inundado por esas criaturas y yo sigo con la espalda apoyada contra la pared. No hay escapatoria posible. No, grito, no, qué queréis, dejadme en paz.
Aunque no tienen boca oigo sus voces dentro de mi cabeza, oigo miles de voces apagadas pero inequívocas hablando al unísono y dicen somos nosotros, somos los desaparecidos, somos los sin rostro, somos los sin nombre, y venimos a que nos digas qué debemos hacer.
Durante un minuto o una hora no sé qué decir, y entonces pienso, o digo, dejadme, marchaos, marchaos ahora mismo, y ellos contestan, como desees. Dan media vuelta y desaparecen por donde han venido, y pronto el salón y el pasillo están despejados y el último de ellos cierra la puerta a su espalda.
Todavía necesito un tiempo para recuperarme. Me asomo entonces a la ventana y veo con menos sorpresa de la que cabría esperar que cientos, miles de esas criaturas sin rostro se amontonan en la calle, y más siguen llegando desde todos los rincones de la ciudad como insectos saliendo de sus madrigueras. Una certeza me golpea: me esperan a mí. Todos me esperan a mí.
Respiro hondo. Ahora sé qué debo hacer.
Lunes.
Me pongo el abrigo. Una veintena de criaturas, las mismas que entraron ayer en mi casa, aún esperan en el descansillo, en el silencio y la quietud de los muertos. Se apartan respetuosamente a mi paso.
Bajo a la calle. Todos vuelven la cabeza para mirarme con sus rostros sin ojos. Oigo mil voces preguntándome a la vez en medio del silencio atronador.
Camino deprisa, mirando la pantalla del teléfono móvil. Esta mañana está helando. Sé que ellos, los desaparecidos, los sin rostro, los sin nombre, me seguirán siempre, a donde quiera que vaya, hasta las mismas puertas del infierno.