País Relato - Autores

alfredo moreno vozmediano

la tierra de los llanos

El Rey estaba sentado en el gran salón y jugaba al ajedrez contra sí mismo. No lograba concentrarse y, en ocasiones, ni siquiera lograba recordar si estaba jugando al ajedrez o al julepe. Su cabeza estaba en otra parte desde que había enviado a su hija a aquella peligrosa expedición a la tierra de Los Llanos, más allá de los confines del reino, para dar cumplida cuenta de la vieja profecía. En lo que a él respectaba, todos los sabios del reino se podían meter las profecías en donde les cupieran, pero ni siquiera el Rey, o sea, él, podía oponerse a los designios del destino sin provocar una revuelta o algo peor.
Así que su hija, la Princesa Alana, había partido hacía tres lunas, y el Rey, que no era por lo general un tipo nada sentimental, se había encontrado jugando al ajedrez, o tal vez al julepe, contra sí mismo.
La voz sonó de improviso:
—Padre —dijo.
El tablero voló por los aires a causa del respingo. El Rey se incorporó como si un hurón le hubiera mordisqueado las posaderas y miró a su alrededor. No había nadie.
—Padre, aquí —repitió la voz. Y era, sin duda, la voz de la Princesa.
—¿Hija? —se atrevió a decir el Rey.
—Aquí, padre. A vuestros pies.
El Rey miró hacia el suelo y vio lo que podríamos describir como una ensaimada recubierta de chocolate aplastada por un hipopótamo con sobrepeso. La ensaimada se desplazó por el suelo como si tuviera una diminutas ruedas bajo su superficie.
—Hola, padre —dijo la ensaimada.
—Hija... ¿eres tú? ¿Qué te ha pasado? ¿Por qué te presentas ante mí de esta guisa?
El Rey se sintió de pronto muy estúpido por hablar con una ensaimada. Luego se enfureció consigo mismo por haberse sentido tan estúpido. Después se sintió furioso por haberse enfurecido, y finalmente se desplomó sobre su silla, agotado por el torbellino de sentimientos.
La ensaimada se acercó a sus pies y dijo con voz dulce:
—Sí, soy yo, vuestra hija, la Princesa Alana. Vengo de la tierra de Los Llanos, de cumplir la profecía y todo eso. ¿Os acordáis?
El Rey miró desolado a sus pies.
—Claro que me acuerdo, hija. Maldigo a todos esos autodenominados sabios y sus libros de profecías. Pero cuéntame, hija mía, cuéntame qué te ha pasado.
Y la Princesa se lo contó:
—Veréis, padre. Partí al amanecer del primer día de la segunda luna de primavera, como decía la profecía que debía hacerse. Os lo digo por si no lo recordáis, pues vos dormíais aquella mañana como un oso en plena hibernación. Partí sola, vestida como un comerciante de pieles, con todos aquellos pellejos malolientes en el carro. Eso fue porque los sabios leían en la profecía «y la elegida partirá al encuentro de los señores de Los Llanos y no se distinguirá de aquellos que horadan con su perno la vida ajena», y deducían de estas palabras que la Princesa tenía que disfrazarse de curtidor; y, como son sabios, nadie les dice, por ejemplo, que se vayan a hacer puñetas.
»El caso es que allí estaba yo, en aquella carreta maloliente tirada por dos mulas viejas, vestida como un comerciante venido a menos, camino de los confines del reino, hacia la misteriosa tierra de Los Llanos, donde nunca se aventura nadie porque monstruosas criaturas habitan en sus valles, o eso dicen las leyendas, dispuesta a desvelar por fin el secreto de aquel país y a abrir sus fronteras para mayor gloria de nuestras finanzas.
»Los caminos eran cada vez peores, y, a varias jornadas de distancia de la frontera, ya no había caminos en absoluto, ni posadas, ni árboles, ni ríos, ni nada de nada. Solo un desierto pedregoso e inhóspito, y más tarde ni siquiera piedras, solo una planicie de tierra gris.
»Hasta allí llegué, padre, y estaba yo preguntándome por qué demonios me había dejado enredar de tal modo y dónde narices estaría la frontera, cuando escuché una voz a mi alrededor. La voz dijo: «Eh, vosotros, no os acerquéis más». Bajé del carro de un ágil salto y miré a todas partes sin ver más que remolinos de tierra que parecía ceniza. Supuse que el sol me estaba derritiendo el cerebro y provocándome alucinaciones. Pero, cuando me disponía a continuar, volví a oír la misma voz: «He dicho que no os acerquéis», y luego sentí un pinchazo en la planta del pie.
»Por instinto di un salto adelante, y lo que ocurrió entonces fue tan extraño que no sé muy bien como relatároslo, padre. Sentí un vacío en el estómago, como al caer de una gran altura, y de pronto el mundo cambió. Ya no estaba en el desierto de polvo, sino que ante mí solo había una línea. Sí, sí, habéis oído bien. Delante de mí había una línea, una delgada línea gris. Por encima y por debajo no había nada, y cuando digo nada quiero decir nada. Una línea marrón superpuesta a la línea gris se movía a un lado y a otro. La línea marrón dijo: «Por última vez, no os acerquéis o volveré a pincharos».
»Comprenderéis que, en aquel momento, me faltase presencia de ánimo para enfrentarme a la amenaza. Tampoco hubiera sabido cómo hacerlo, pues, como más tarde pude advertir, yo misma solo era una figura geométrica plana aplastada contra el suelo del desierto, con menos grosor que un pliego de pergamino. Seguro que ahora empezáis a comprender por qué llaman a ese país maldito la tierra de Los Llanos.
»El centinela, porque centinela era, tenía forma vagamente pentagonal, como pude deducir después de un análisis minucioso de su perímetro. Tras el estupor inicial, estaba fascinada. Imaginé a aquel pobre tipo vigilando la frontera toda la mañana cuando un tridimensional, es decir, yo, apareció delante de sus narices. Él solo pudo advertir la suela de mis botas, claro, y los cascos del caballo, y tal vez, a lo lejos, la sección de las ruedas del carro en contacto con el suelo. Por eso había pensado que éramos un pequeño ejército y se había puesto tan nervioso.
»Ahora, al vernos frente a frente, se tranquilizó. El centinela no debió comprender del todo lo que había sucedido, pero, a fin de cuentas, ahora solo tenía delante a una vulgar llana que ni siquiera era geométricamente regular, lo cual es considerado signo de bajeza entre Los Llanos. Así que me condujo sin muchos miramientos hasta la capitanía de la guardia, donde me interrogaron acerca de mis intenciones.
»Les conté toda la verdad. Qué otra cosa podía hacer. Por supuesto, pensaron que estaba loca, pero un oficial de alta graduación (lo supe por su forma casi octogonal) apareció de pronto y me ordenó que lo acompañase porque Su Majestad Apeirógono II quería verme.
»El Rey de Los Llanos, cuya forma no pude deducir (no es fácil contar el número de lados cuando lo único que ves es una línea con tenues sombras alrededor de los vértices), estaba acompañado de un séquito de sabios de formas diversas, y entre todos me contaron que una antigua profecía decía que algún día vendría a su país un tridimensional cruzando los vastos desiertos de polvo, y que entraría sin miedo en la tierra de Los Llanos y los liberaría para siempre de su esclavitud arrastrada.
»El tridimensional era yo, claro está, padre, y los sabios quisieron saber muchas cosas de nuestro mundo, aunque yo era incapaz de explicárselas. Cómo puedes hacer imaginar a una criatura bidimensional una flor o un edificio si ni siquiera puede comprender el concepto de altura.
»Me trataron bien. Me dieron de comer y beber unos pequeños puntos de colores de sabores chispeantes, aunque, como pronto comprobé, cuando eres una llana tu estómago carece de volumen y enseguida te sacias. Me procuraron una cama para el descanso, como yo les había dicho que hacíamos los tridimensionales, pero por supuesto fui incapaz de subirme a ella, aunque no debía de tener más que unos pocos átomos de altura.
»A la mañana siguiente, les dije que la única forma que se me ocurría de liberarlos, como decía su profecía, era acompañarlos al otro lado de la frontera para ver si adquirían tridimensionalidad espontánea, como me había ocurrido a mí, pero a la inversa. Los sabios deliberaron durante un rato. Circulaban terribles historias sobre lo que les ocurría a los llanos al pasar al otro lado de la frontera, historias que hablaban de implosiones repentinas, de cuerpos mutilados con las aristas y los vértices esparcidos por todas partes, y otras cosas más terribles aún. Por eso nadie cruzaba nunca.
»Los sabios decidieron que lo más prudente sería que un voluntario atravesase la frontera en primer lugar, para comprobar si era seguro. Si todo iba bien, los demás lo seguirían, y se librarían de las cadenas de la bidimensionalidad para siempre.
»Como os podéis imaginar, padre, no hubo lo que se dice un tumulto para ofrecerse como voluntario. De modo que designaron al guardia fronterizo con el que me había topado a mi llegada al país. Aunque la profecía no decía nada al respecto, a los sabios les pareció que había una especie de justicia poética en ello, y que, si la profecía no decía nada, debería decirlo, o ya se encargarían ellos de que lo dijera. Yo, a estas alturas, ya había perdido toda mi fe en las profecías.
»Y así fue como nos reencontramos el centinela y yo al pie de la frontera, con todo un séquito de sabios, soldados y curiosos detrás, acechando como solo unos polígonos pueden acechar a otros polígonos en un plano euclídeo. Respiré hondo, miré a los ojos al centinela (esto es solo una forma de hablar) y me arrastré unos centímetros hasta el lado tridimensional. ¿Y sabéis lo que pasó, padre?
»Nada. No pasó nada. Por eso me ves así, con estas pintas, convertida en una figura plana e irregular de lo más vulgar que se arrastra por el suelo y que tiene infinitas dificultades para subirse a una silla, y no digamos a una mesa. Ni te cuento lo que me costó encaramarme de nuevo en el carro, o incluso encontrarlo en aquel desierto gris. Pero puedo atravesar las puertas aunque estén cerradas, eso sí. No todo van a ser inconvenientes.
»Afuera espera el centinela, padre. Se llama Polítopo de Equiángulo, y nos hemos enamorado durante el viaje. Ya sabéis, el corazón es así de caprichoso. Su familia no es de rancio abolengo ni nada, pero él es una excelente persona y tiene la vida resuelta en el ejército de Los Llanos. Estoy segura de que aprobaréis nuestro noviazgo. Pasa, pasa, Polítopo. Mi padre quiere verte. Tened cuidado, padre, no vayáis a pisarlo.
Un pentágono irisado entró arrastrándose por debajo de la puerta y, subiendo con dificultad las escalinatas que conducían ante el Rey, se colocó al lado de la Princesa (o de la ensaimada de chocolate aplanada que era ahora la Princesa) y dijo:
—Es un gran honor conoceros, Majestad. Su hija me ha hablado mucho de vos.
El pentágono vibró a izquierda y derecha un instante.
—Os está haciendo una reverencia —explicó la Princesa.
El Rey estaba en estado catatónico. El silencio invadió la estancia. Lentamente, la sangre volvió a circular por las convoluciones cerebrales de Su Majestad, el color regresó a sus mejillas y un temblor que se convirtió en terremoto acabó levantándolo del trono. El Rey rugió:
—¡Guardias!
Lo que siguió ya es historia. El Rey ordenó un ataque suicida contra Los Llanos por lo que le habían hecho a su hija. Lo mejor del ejército desapareció en un amasijo de polígonos de formas irregulares y caprichosas. Algunos se volvieron locos o desaparecieron para siempre y otros, unos pocos, se integraron con cierto éxito en la sociedad bidimensional de Los Llanos, donde fueron muy apreciados por las extrañas pero fascinantes historias que contaban sobre universos paralelos de tres dimensiones.
Con el ejército diezmado, los múltiples enemigos del Rey no desaprovecharon la ocasión para saquear su reino y repartirse los despojos. En pocos años, solo quedaron ruinas de las grandezas del pasado.
Dicen que la Princesa y Polítopo huyeron del caos pasando entre las piernas de los tridimensionales sin que estos se dieran cuenta, y se refugiaron en un plano lejano y cálido, bañado por las aguas de un mar de profundidad cero, donde construyeron una humilde y acogedora casa trazada con sólidas líneas de tinta china. Tuvieron tres hijos de diferentes formas y colores. Vivieron felices, y llanos, hasta el final de sus achaparrados días.