La primera vez que burlé a la muerte yo tenía ocho años. Lo recuerdo bien. Era de noche. Estaba en casa, viendo la tele con mis padres mientras cenábamos algo. Quise ir al baño, pero de pronto sentí un pánico atroz ante la idea de aventurarme por el pasillo. No se trataba del temor infantil a encontrar un monstruo al volver la esquina, sino de algo mucho más definido, un zarpazo en la boca del estómago, la certeza de que una criatura insensible al dolor, muda y ciega, acechaba en silencio al otro lado.
Le pedí a mi madre que me acompañara. Ella estaba cansada después de todo el día bregando entre el trabajo y la casa, pero aún así accedió, refunfuñando algo sobre la imaginación de los críos. Dejé que caminase delante de mí. El corazón me palpitaba a toda velocidad. Yo aún no sabía lo que nos esperaba tras el recodo, claro. Como digo, fue la primera vez. Pero estaba seguro de que era algo terrible. Lo notaba aquí, entre el pecho y el estómago, como se nota una astilla clavada en la piel.
Cuando mi madre se acercó a la esquina, yo me rezagué aún más. Mi instinto me decía que debía hacerlo, que debía alejarme de ella si no quería que lo que fuera que acechaba me alcanzase también. La buena mujer pulsó el interruptor de la luz. No puedo decir mucho de lo que ocurrió a continuación. Hubo un ruido muy fuerte y caí de espaldas, y luego recuerdo humo, gritos, gente corriendo, y unos tipos que me encaramaban en una camilla y me miraban el interior de los ojos con unas linternas diminutas.
Salí del hospital dos días después, con algunos rasguños por todo el cuerpo y tres puntos de sutura en el lugar donde mi cabeza había golpeado la pared, pero por lo demás ileso. Media casa quedó destruida por la explosión de gas. Al parecer, debía de haber una fuga en la instalación y el chispazo producido al accionar el interruptor de la luz, o tal vez el filamento incandescente de la bombilla, produjeron la inevitable deflagración. Mi madre murió en el acto y todo el mundo, sobre todo mi padre, no dejaron de murmurar en los días y meses siguientes, con lágrimas en los ojos, que yo había tenido mucha suerte, mucha suerte, mucha suerte. Pero yo sabía que no había sido suerte.
Volvió a ocurrir cuando tenía doce o trece años. Estábamos visitando a mis tíos de Madrid. Caminábamos por la acera de la Gran Vía en dirección al Paseo del Prado, e íbamos a cruzar por un paso de cebra. Mi tío cogió a mi primo Alberto de la mano. Alberto tenía casi mi edad, pero mi tío seguía tomándolo de la mano para cruzar la calle. Yo metí las manos en los bolsillos para evitarle a mi padre la tentación de hacer lo mismo. Visitar Madrid, acostumbrado a la indolencia tranquila de la vida en el pueblo, lo ponía tenso y era muy capaz de hacer cosas como aquella. El semáforo se puso ámbar para los vehículos y en ese instante lo volví a sentir, claro e inequívoco, como si la explosión de gas hubiese sucedido unos minutos antes: la muerte me aguardaba de nuevo en aquel paso de cebra, paciente e implacable.
Tal vez esta vez también se conforme con otra víctima, pensé.
Tuve que tomar la decisión en solo un par de segundos, lo que el semáforo tardó en ponerse verde para los peatones. Mi tío y mi primo comenzaron a caminar y yo cogí a mi padre por el brazo y le dije: «espera». «¿Qué pasa?», preguntó él. No supe qué responder. Estaba cambiando las vidas de mi tío y mi primo por la mía y, quizá, la de mi padre. No me malinterpretéis: no lo hice con gusto. Yo apreciaba a aquellas dos personas, pero, ¿qué otra cosa podía hacer?
Mi padre tiró de mí. «Vamos, hijo, se nos va a poner rojo». Lo sujeté con más fuerza. «No, papá, espera, ¡espera!». Me miró sin comprender. Debió de ver algo en mi expresión, algo que lo asustó, porque dejó de tirar. Entonces se oyó el frenazo, y el golpe, y luego los gritos. Miramos hacia el cruce. La gente se arremolinaba en el asfalto. Mi padre se puso de puntillas, intentando ver algo, pero yo no necesitaba asomarme para saber exactamente lo que había sucedido.
Desde aquel día mi padre sospechó algo, pero nunca me lo dijo. Supongo que él mismo no estaba seguro. Cómo puedes estar seguro de algo así si no has experimentado la certeza absoluta de que la muerte te espera al otro lado de la calle, paciente, silenciosa. Fue una época difícil para los dos, pero salí de los terremotos de la adolescencia orgulloso de mi don. Un don un poco siniestro, de acuerdo, pero también muy útil.
A partir de entonces, la muerte comenzó a buscarme con más encono. Parecía molesta porque la había esquivado dos veces. Me buscó en el instituto, cuando Morales se cayó por el hueco de la escalera por culpa de aquella barandilla mal atornillada al muro. Me buscó en el equipo de fútbol, pero yo fingí sentirme indispuesto para no jugar de portero el día en que la portería se desplomó sobre la cabeza de Bermúdez, el suplente. Me buscó incluso dentro del aula, pero yo me había cambiado de sitio para hacer el examen de matemáticas, y gracias a eso la placa de falso techo que se desprendió no me alcanzó a mí sino a una compañera.
Empecé a tener fama de gafe. Algunos me tenían lástima, y otros me temían y me rehuían. No se lo reprocho, desde luego. Yo hubiera hecho lo mismo. No es que me sintiera bien enviándole a la muerte todas aquellas vidas a cambio de la mía, pero, poco a poco, nació en mi interior la idea de que aquella habilidad que se me había regalado me hacía especial, más importante, más poderoso, y que no usarla supondría un sacrilegio imperdonable.
Incluso me atribuyeron algunas muertes con las que no tuve nada que ver. Mi padre, en sus últimos días, me preguntó si tenía que decirle algo acerca de la tía Margarita, que cayó fulminada por un infarto en nuestra sala de estar mientras se atiborraba de polvorones, pero le aseguré que era inocente. Él mismo murió, para mi alivio, a causa de su enfermedad.
En mis tiempos de universitario aprendí a disimular. No me interesaba que se descubriera mi secreto y que alguien empezase a husmear. Me imaginaba que médicos sin escrúpulos o la inteligencia militar estarían muy interesados en penetrar en los secretos de mi cerebro si averiguaban lo que podía hacer.
La naturaleza de mi don me hacía evitar el contacto prolongado con las personas. Siempre resultaba menos turbador enviar a la muerte a un desconocido, o a alguien que conocías solo de pasada, que a un verdadero amigo. Pero, ¿qué falta me hacían los amigos? Tenía algo mejor: la llave de la inmortalidad.
Un día mi instinto me persuadió de que fuera caminando a la facultad en lugar de coger aquel autobús atestado. No hubo supervivientes. Cuarenta y tres personas murieron en mi lugar. Supuse que la muerte estaba enfurecida porque alguien se le resistiera con tanto ahínco. Sus golpes se estaban volviendo más despiadados, pero yo siempre me libraba sin demasiado esfuerzo, y eso, problemas de conciencia aparte, me hacía sentir poderoso, casi indestructible.
Ese aura singular empezó a revestir todos mis actos. Era una persona especial y empecé a actuar como tal. Encontré un buen trabajo en una importante multinacional que no nombraré y mis superiores se dieron cuenta enseguida de ello (bueno, no todos; hubo un subdirector que me trataba con fría corrección, al menos hasta que sufrió aquel desafortunado accidente). Escalar puestos en la jerarquía fue fácil, entre mi talento, mi capacidad de trabajo y mi visión de futuro. También ayudaba, no hay por qué negarlo, que más de un competidor sufriera infaustas desgracias.
Fue por esa época cuando mi vieja enemiga estuvo a punto de vencerme. Me preparó una emboscada a lo grande. Iba de camino al trabajo, enclaustrado en el atasco matutino, cuando la sentí abalanzarse sobre mí como una maldición bíblica. Supe que tenía que salir de la autopista enseguida, pero estaba tan atestada que no pude mover el coche del lugar donde me encontraba. Percibía como ella se aproximaba. Yo no era más que un insecto en una trampa.
Me apeé del Mercedes con un puño aferrándome las tripas y corrí como un loco entre los demás vehículos. La gente me miraba sorprendida, pero ni siquiera les presté atención. Subí un terraplén, como guiado por una brújula interna que me indicaba el camino de la salvación. Apenas había llegado arriba cuando la tierra tembló. Enormes grietas se abrieron en el asfalto y un puente que cruzaba la autopista se desplomó casi de inmediato. Cayó sobre un camión cisterna y se produjo una explosión que me derribó en el suelo. Cuando pude levantarme, estaba aturdido y tenía la ropa y el pelo chamuscado. Olía a gasolina y a carne asada. La autopista era un agujero negro de cascotes y metal fundido.
Terremoto de 5,3 grados en la escala de Ritcher, dijeron las noticias. Daños materiales de escasa consideración, excepto el puente en construcción sobre la M-50 que se había derrumbado, provocando la explosión que se había cobrado la vida de casi doscientas personas. Solo yo sabía la verdad. Sabía que ella había provocado la catástrofe para cazarme.
Después de eso, la muerte no dio señales de vida durante un tiempo. Quizá incluso ella se avergonzaba de lo que había hecho.
Decidí que, a partir de entonces, tenía que procurar estar siempre en lugares donde hubiera mucha gente: gente que pudiera usar como moneda de cambio si ella volvía a buscarme, gente con la que saciar su sed de vidas humanas. Así que empecé a quedarme todas las noches en la oficina, en uno de los rascacielos de la Castellana. Viajaba siempre en transporte colectivo, y si cogía el coche lo hacía por carreteras concurridas. Apenas dormía, temeroso de que ella viniera a buscarme durante el sueño y mi don no pudiera despertarme a tiempo. Fueron tiempos difíciles.
No tener amigos ni familia, vivir en la oficina y padecer insomnio son los elementos constitutivos perfectos para triunfar en el mundo empresarial. Pronto fui el miembro más joven del consejo de administración y empecé a codearme con el auténtico poder, y no me refiero al político. La muerte regresó, como una antigua conocida, en su forma más amable, liquidando a las personas de una en una, lo que instauró en mi vida una suerte de rutina balsámica y me ayudó a hacerme un puesto en los centros de toma de decisiones, quitando de enmedio a los inoportunos competidores. La gente me dispensaba un trato a medio camino entre el temor y el respeto.
Como digo, la muerte parecía haberse civilizado un poco después de la masacre en la autopista, pero yo no bajaba la guardia. Suponía que era cuestión de tiempo que la crueldad de sus arrebatos volviera a dispararse. Así, mientras incrementaba sin cesar mis posesiones inmobiliarias y los ceros de mi cuenta corriente, transcurrieron décadas relativamente tranquilas, en las que iba dejando un reguero de accidentes detrás de mí, salpicadas de algunos ataques feroces que se traducían en matanzas infames de inocentes. Sobreviví a inundaciones, accidentes aéreos, atentados, huracanes y erupciones volcánicas. Una vez incluso lanzó un satélite artificial contra mí. Falló, por supuesto.
Tuve que cambiar mi residencia varias veces para no centralizar todas las desgracias en un solo lugar. Por aquel entonces, yo acumulaba tal cantidad de poder y dinero que sentía que el mundo se me quedaba pequeño. Podía despertar en Pekín para un desayuno con el ministro de comercio y acostarme en Washington tras una cena con el director del FMI, y en algunos lugares me sentía como en casa, porque mi hogar no era ninguno. Me recibían por igual banqueros, príncipes del petróleo y presidentes de gobierno.
Durante un tiempo la muerte me abandonó, como si estuviera tramando algo, y supe qué era una mañana al notar la vieja sensación de desaliento y de peligro inequívoco. Pero ahora el peligro no lo percibía fuera sino dentro. Tardé algunos días en comprenderlo, días de angustia como no había sentido nunca. Por fin, visité al mejor médico que pude encontrar y le insté a que me hiciese un chequeo completo. Todo estaba bien, me dijo, pero yo lo obligué a buscar otra vez, a buscar con más ahínco en las profundidades ignotas de mi organismo. Me miró por arriba y por abajo, por dentro y por fuera. Me hizo todas las pruebas imaginables, hasta que me dijo que había encontrado algo, nada de que preocuparse, una fruslería, una cosita diminuta, un pólipo insignificante que había que mantener vigilado por si crecía y degeneraba en un tumor, y que entonces se extirparía y asunto concluido. Le insté para que lo hiciese de inmediato, a que me sacase de las entrañas aquella cosa, y él me dijo que era demasiado pequeño. Lo persuadí con una buena suma de dinero.
Cuando salí del hospital, la sensación de peligro había desaparecido. Sonreí mientras mi chófer me abría la puerta. No, tampoco iba a poder sorprenderme así mi vieja enemiga.
Enrabietada, la muerte se cebó ese invierno con las ciudades por las que yo pasaba. Terremotos, olas de frío o de calor, las epidemias de gripe más graves que se recordaban, revueltas violentas de las minorías oprimidas, concentraciones enfermizas de gases contaminantes, enfermedades tropicales que viajaban por todo el mundo. Nada me afectaba. Cuando la muerte llegaba yo ya estaba en otra parte. Las víctimas debieron ser miles, tal vez millones. Había dejado de llevar la cuenta. No tenía sentido.
El tiempo transcurrió y yo seguí huyendo sin llegar nunca a ningún lugar. Envejecía mientras se desmoronaba el mundo, sin que los años dejaran en mí más huella que algunas arrugas y achaques benignos. Acumulaba poder, dinero y sabiduría. En los foros, comisiones, consejos y centros de poder, públicos o privados, reclamaban mi presencia. Y yo, en mi afán por estar siempre solo pero rodeado de gente, acudía ávido de vidas inocentes.
La mañana de mi centésimo cumpleaños me levanté en un estado de serenidad absoluta. Era la primera vez que eso sucedía desde hacía décadas. Sonreí. Casi había olvidado como hacerlo. Solo después de un rato comencé a inquietarme no porque percibiese la cercanía de la muerte, sino precisamente porque no lo hacía. ¿Dónde se había metido? ¿Qué estaba ocurriendo?
Salí a la calle con mi mejor traje y me encontré la ciudad en ruinas. Una niebla gris que olía a humo recorría las calles llenas de cascotes y vehículos abandonados como conchas de viejos crustáceos. Miré a un lado y a otro y supe que estaba solo en un cementerio del tamaño del mundo. No sentí asombro, ni siquiera una pizca de curiosidad. Hacía tiempo que no sentía ninguna otra cosa que no fuera miedo, pero ahora incluso el miedo se había ido.
La busqué por las calles. Grité sus nombres. La llamé a voces entre las ruinas. Pero ella no vino. Se había cansado de mí. Me dejó aquí, en este desierto de metal y hormigón, condenado a vagar como un espectro por toda la eternidad.