País Relato - Autores

alfredo moreno vozmediano

la carretera del fin del mundo

La gasolinera parecía abandonada. La herrumbre invadía los resquicios de los surtidores. Una mezquina bombilla iluminaba la oficina destartalada.
El vehículo se detuvo atraído por la luz como un insecto. Hacía muchos kilómetros que el conductor no encontraba ninguna señal de vida a los lados de la carretera, solo la cinta de asfalto negra e impasible reverberando en el bochorno de un mediodía gris que parecía no acabar nunca. Su mapa no debía de ser tan exacto como él creía porque aquella gasolinera no figuraba en él. El GPS y el móvil no tenían cobertura. Nada funcionaba como era debido desde que por la mañana había dejado atrás la última ciudad y se había adentrado en aquel pedregal inacabable.
Se detuvo junto a un surtidor que alguna vez tuvo escrita la palabra Súper. Se apeó del coche. Nadie salió de la oficina. Las chicharras cantaban enloquecidas por el calor. El sudor le pegaba la camisa a la espalda.
El hombre estuvo tentado de abrir el maletero y echar un vistazo a su interior para asegurarse que aquello seguía allí, pero no le pareció prudente. El encargado podía aparecer en cualquier momento. Mejor no tener que dar explicaciones ni inventar ninguna excusa. Y prefería no pensar en lo que sucedería si alguien descubría cuál era su mercancía.
Acarició con un gesto mecánico la cerradura del maletero y, cuando hubo esperado lo que le pareció un tiempo prudencial, se dirigió a la oficina. Los cristales estaban sucios y no se podía atisbar nada del interior, nada salvo esa bombilla, una vieja bombilla incandescente de no más de veinticinco vatios que tendría que haberse fundido hacía siglos.
Algo lo retuvo cuando su mano se aproximaba al pomo de la puerta, algo que le decía que no debía entrar en aquella oficina, que debía marcharse de allí a toda prisa y sin mirar atrás.
—Eh, ¿qué busca?
La voz lo sorprendió como un puñetazo en los riñones. Se giró y vio a un hombre alto, la cara sucia de grasa, el pelo largo y mugriento tapándole media cara, vestido con un mono azul que no había pasado por la lavadora en los cuatro últimos mandatos presidenciales. Quiso reír por su ocurrencia, pero el rostro ceñudo del tipo del mono azul le persuadió de que no era lo más prudente.
—Necesito gasolina.
El tipo del mono lo miró como si no comprendiera. Detrás de las manchas se adivinaba un rostro sin afeitar de ojos pequeños y brillantes.
—Claro —dijo al fin—. ¿Normal o súper?
—Súper.
—Solo tengo normal.
—Normal está bien —se apresuró a decir el hombre.
El tipo del mono azul descolgó la manguera y la introdujo en la boca del depósito. Al apretar el gatillo el surtidor gimió con un ruido que parecía venir del centro de la tierra. La gasolina fluyó entre chirridos. Entonces miró fugazmente al maletero. Fue solo un instante, pero el conductor estaba seguro de haberlo visto. Sabe algo, pensó con una punzada de terror en la boca del estómago. Sabe lo que llevo ahí detrás.
Intentó calmarse. Masajeó sus manos. Vamos, es imposible, ¿cómo iba a saberlo?, dijo la voz de la cordura dentro de su cabeza. Pero intuye que hay algo valioso, respondió la otra voz, la que le susurraba cosas en la oscuridad, la que lo había convencido de embarcarse en aquella aventura insensata. Lo intuye, y aquí no hay nadie que pueda impedirle tratar de averiguar por la fuerza de qué se trata.
Decidió fingir que no se había percatado de nada y por eso inició una conversación en apariencia trivial:
—Eh... No viene mucha gente por aquí, ¿no?
—No —respondió el tipo del mono azul.
—Dígame, ¿a qué distancia está el pueblo más cercano?
El tipo del mono lo volvió a mirar con expresión de no haber entendido la pregunta. Después hizo un gesto con la cabeza en la dirección por la que el hombre había venido, y dijo:
—Por allá se va a la ciudad. Unos trescientos kilómetros.
—¿Y en la otra dirección?
—¿Qué quiere decir?
—¿Cuál es el pueblo más cercano en la otra dirección?
El tipo retiró el boquerel con brusquedad y un chorro de gasolina le salpicó los pantalones del mono y las botas. No pareció importarle. Volvió a dejarlo colgado en el surtidor y miró hacia la carretera. El conductor retrocedió alarmado.
—En esa dirección no hay nada.
—¿Cómo que no hay nada? Esa carretera debe conducir a algún lugar.
—No.
—Entonces, ¿para qué la construyeron?
El tipo del mono azul se encogió de hombros. De pronto parecía confundido, como si no acostumbrara a pensar en esas cosas. Y luego lo hizo. Miró al maletero. Sin disimulo. Levantó su mano renegrida y señaló.
—Lleva algo muy pesado ahí.
El conductor sintió que sus piernas se volvían de gelatina. Tenía que largarse. Ya. Sacó la billetera y con un gesto automático extrajo la tarjeta de crédito, pero enseguida volvió a guardarla y buscó dinero en efectivo. El tipo del mono cogió los billetes sin mirarlos siquiera y se los metió arrugados en el bolsillo.
El conductor se subió al coche y arrancó. No iba a quedarse a esperar el cambio. Desembragó y metió la primera. Soltó el embrague con demasiada brusquedad y el coche se le caló dando un salto hacia delante. Maldijo entre dientes. Estaba empezando a ponerse nervioso de verdad. ¿Y dónde se había metido el tipo del mono azul? Ya no podía verlo junto al surtidor. Paletos dementes. Durante unos segundos de pánico no fue capaz de encontrar el embrague. Tuvo que mirar bajo el volante para colocar el pie en el lugar correcto. Las manos le temblaban cuando giró de nuevo la llave en el contacto. Al volver a mirar por el parabrisas lo que vio le hizo soltar un grito y frenar en seco.
El tipo del mono azul estaba allí, parado delante del coche, con las manos grasientas apoyadas en el capó. Llevaba un bate de beisbol en la mano derecha. El conductor pudo ver los ojillos brillantes y los dientes ennegrecidos.
—¡Le he dicho que por allí no hay nada! ¡Nada! —dijo agitando el bate en dirección al parabrisas.
El hombre metió la marcha atrás y aceleró. Golpeó una papelera oxidada pero consiguió alejarse lo suficiente. El tipo del mono azul corrió hacia él con los brazos en alto. Parecía que iba gritando, pero de su boca no salía ningún sonido. Solo Dios sabía lo que se proponía hacer. El hombre volvió a meter primera y pisó el acelerador a fondo. El motor rugió y soltó una humareda negra. El coche esquivó por poco al loco del mono y luego se precipitó a la carretera como un caballo desbocado. Aún dio algunos bandazos antes de que el hombre pudiera hacerse con él y meter segunda sin dejar de acelerar. Enseguida adquirió velocidad y se alejó de allí. Tuvo tiempo de echar un último vistazo por el retrovisor y ver como el tipo del mono azul corría tras él por la carretera hasta convertirse en un punto oscuro en la lejanía.
Respiró hondo. Ahora todo estaba bien. El depósito lleno, el coche en buen estado, la carretera, una alfombra negra bajo las ruedas.
Y en el maletero llevaba aquello.
Le quedaba por delante lo desconocido. Miró de reojo al mapa, abierto sobre el asiento del acompañante. Esa carretera no figuraba en él. No debería existir. Recordó las palabras del tipo del mono azul. No hay nada en esa dirección. La carretera no conduce a ninguna parte.
Sin embargo, allí estaba.
Cayó sobre el mundo una noche sin estrellas, y el hombre seguía conduciendo.