Eratóstenes dejó el petate junto a la puerta y extendió los brazos en un gesto teatral.
—¡Mamá, he vuelto! —dijo.
—Mira qué bien. Pues coge esto y barre el recibidor.
—Pero, mamá... Que he vuelto después de veinte años.
—¿Y a mí me lo dices? ¿Quién crees que ha sacado la basura todo este tiempo?
Eratóstenes apoyó en la pared la escoba que le tendía la anciana. Tomó a su madre por los hombros y le sonrió.
—Mamá, no te preocupes por nada. He vuelto a casa.
—Y supongo que querrás comer.
—Un poco de queso estaría bien.
—¿Vuelves después de veinte años y lo primero que haces es pedir comida?
—Pero tú has dicho que... Mamá, ¿es que no te alegras de verme?
El rostro de la anciana se dulcificó. Solo fue un momento.
—Claro que sí, mi pequeño. Ahora barre la puerta.
Eratóstenes empezó a barrer el recibidor. Que un sabio como él tuviera que andar trasegando con la escoba como un vulgar esclavo era humillante, pero estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para complacer a su anciana madre.
—Mamá —dijo entre una nube de polvo—. ¿Sabes que he inventado la trigonometría y calculado con ella las dimensiones exactas del globo terráqueo?
—Menuda estupidez, hijo mío.
—Pero es muy importante, mamá. Eso cambia nuestra propiocepción en el esquema de la naturaleza.
La mujer lo miró un momento con curiosidad de entomólogo. Preguntó con voz lúgubre:
—No te habrás vuelto idiota en la ciudad, ¿verdad?
—¡Mamá!
—Trigonometría —rezongó la mujer mientras volvía a sus tareas—. Menuda cosa. ¿Y qué será lo siguiente? ¿Cálculo infinitesimal?
—Mamá, pero...
—¡Nada de peros! Siempre fuiste el más tonto de tus dieciséis hermanos. No has podido calcular el tamaño del globo terráqueo porque no existe una cosa semejante. La Tierra es plana, tan plana como esa mesa de ahí que, dicho sea de paso, necesitaría una mano de pintura. Y más allá de sus confines se extiende el abismo y seguramente monstruos espantosos que lo devorarían a uno si tuvieran ocasión. Te lo dice tu madre. No hay más que hablar.
Se hizo el silencio. Eratóstenes tragó saliva y continuó barriendo. No quería soliviantar más a la venerable mujer. Recordaba demasiado bien cómo, cuando era niño, lo perseguía por toda la casa blandiendo la alpargata de esparto en la mano con el objetivo de intercambiar con él opiniones acerca de, digamos, la conveniencia de diseccionar una rana en la cocina y olvidar los restos sobre la pila de platos del desayuno.
—¿Y mi habitación? —preguntó al cabo de un rato—. ¿La has conservado como estaba?
—Por supuesto —dijo la anciana—. Nadie ha tocado tus cosas desde el día que te fuiste. No he permitido que nadie entrase ni una sola vez.
—Oh, mamá, qué detalle tan...
—¡Sigues siendo el mismo pardillo, hijo! ¿Que si he conservado tu habitación como estaba? ¿Te crees que tu madre es idiota, o qué? Una habitación tan amplia y soleada como esa. ¡Ni hablar! Metí todos tus trastos en una caja y se los vendí al trapero.
—Pero, mamá...
—Y luego la alquilé por horas. Me he sacado un buen dinero con eso. Ahora hay un señor con bigote durmiendo. Turco, me parece. Así que no alces la voz.
—Pero, mamá...
—¡Que no alces la voz, te digo!
Un señor con bigote apareció en el pasillo rascándose la rabadilla.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días —respondió la anciana, y miró con reprobación a su hijo.
—Mira, mamá —dijo Eratóstenes con toda la decisión que pudo reunir cuando el turco se hubo encerrado en el baño—, he vuelto de Alejandría rechazando un cargo vitalicio solo para estar contigo en tus últimos años. Si no quieres que me quede, me lo dices y ya está.
—¿Que has rechazado un cargo vitalicio? ¿Qué cargo?
—Director de la Biblioteca.
—¿De Alejandría?
—Claro, mamá, de Alejandría.
—¿De la Biblioteca de Alejandría? ¿La auténtica Biblioteca de Alejandría? ¿La que fue fundada por Ptolomeo I y que reúne todo el saber de la civilización en más de novecientos mil manuscritos? ¿La biblioteca a cuyas puertas hacen cola sabios, eruditos e incluso gente inteligente de las cuatro esquinas del mundo para suplicar que les permitan consultar sus fondos? ¿Esa Biblioteca?
—Que sí, mamá.
La anciana apareció junto a Eratóstenes saltándose varios fotogramas. Luego empezó a darle pescozones a un ritmo tan vertiginoso que sonaban como el repiqueteo de un pájaro carpintero.
—Pero haberlo dicho antes, cabezahueca, que eres un cabezahueca.
—¡Ay, mamá, deja de hacer eso!
La mujer se colgó del brazo de Eratóstenes y dijo:
—Hala, nos vamos.
—¿A dónde, mamá?
—A Alejandría, claro. Espero que aún puedas recuperar tu puesto.
—Pues... supongo. Pero, ¿ahora mismo?
—Ahora mismo.
—¿Y el turco?
—Que le den al turco.
Salieron de la casa. Con el tiempo, Eratóstenes se convirtió en uno de los grandes sabios de la antigüedad, y murió en el ejercicio de su cargo de director de la Biblioteca a la edad de 82 años, admirado y respetado por todos. Dice Luciano, y lo confirma Censorino en su tratado sobre gramática, que su madre le sobrevivió dos décadas.