País Relato - Autores

alfred elton van vogt

un bote de pintura

Los cohetes de aterrizaje funcionaron a las mil maravillas, y la pequeña nave aterrizó suavemente en un pequeño prado de un largo y poco profundo valle, brillantemente verde. Pocos minutos después, el primer terrestre en poner pie en Venus descendió cautelosamente y se quedó parado sobre la lozana yerba, al lado de su aguzada espacionave.
Kilgour inspiró, profunda y lentamente. El aire era como vino, un tanto alto en contenido de oxígeno, pero cascabeleantemente dulce, puro y tibio. Tuvo la convicción repentina de que había llegado al paraíso. Sacó su libreta de notas y apuntó esta sensación. Los pensamientos como éste valdrían una fortuna cuando regresase a la Tierra. ¡Y vaya si iba a necesitar ese dinero!
Terminó la anotación, y estaba guardando en su bolsillo la libreta de notas cuando vio el cubo.
Yacía de costado sobre la yerba, en una pequeña depresión, como si hubiese caído no de muy alto. Era un bloque cristalino translúcido, con un asa. Sus lados, tenían unos veinte centímetros de superficie, y brillaba con un lustre apagado parecido al del marfil. No parecía servir para nada.
Kilgour trajo algunos medidores de energía de la nave, y tocó varias partes del cristal con los bornes. Eléctricamente negativo; electrónicamente negativo. No era radioactivo, ni respondía a ninguno de los ácidos que probó. Rehusaba conducir una corriente eléctrica, y en la misma forma rechazó los más febriles asaltos del cubridor electrónico. Se puso un guante de goma y tocó el asa. No pasó nada. Deslizó acariciadoramente los dedos enguantados sobre el cubo y, finalmente, agarró fuertemente el asa. Siguió sin pasar nada.
Dudó. Finalmente, tiró de la cosa. La alzó fácilmente; estimó su peso en un kilo y medio. La dejó de nuevo en el suelo y, dando un paso atrás, la observó cuidadosamente. En su cerebro comenzó a formarse una cierta excitación que, convirtiéndose en escalofrío, le llegó hasta la punta de los pies al darse verdadera cuenta de lo que tenía allí.
El cubo era un artículo manufacturado. Había vida inteligente en Venus. Había pasado un tedioso año en el espacio, interrogándose, formando esperanzas, soñando con esto. Y aquí estaba la evidencia. Venus estaba habitado.
Kilgour volvió hacia la nave. Tengo que buscar una ciudad, pensó tensamente. Ya no importaba si malgastaba combustible, ahora podría reponerlo. Estaba así cuando con el rabillo del ojo volvió a ver el cubo. Su entusiasmo sufrió una ducha fría.
¿Qué iba a hacer con él? Sería tonto dejarlo allí. Una vez saliese del valle, tal vez no lo volvería a hallar nunca. Sería preciso, no obstante, tener cuidado al entrarlo en la nave. Supongamos que hubiera sido dejado allí para que él lo hallase…
La idea parecía fantástica, y parte de sus dudas se disiparon. Un par de tests más, decidió, y luego… se sacó el guante y tocó cautamente el asa con su dedo desnudo.
—¡Contengo pintura! —dijo algo en su mente.
Kilgour saltó hacia atrás.
—¡Eh! —se atragantó.
Miró alocado a su alrededor. Pero se hallaba solo en un valle verde que se extendía hasta el horizonte. Devolvió su atención al bloque cristalino. Tocó de nuevo el asa.
—Contengo pintura. —Esta vez no cabía duda. El pensamiento sonaba claro y fuerte en su mente.
Kilgour se irguió lentamente. Se quedó mirando atontado a su hallazgo. Le llevó un momento el hacerse a la difícil tarea de imaginarse la estatura tecnológica de una raza que podía fabricar un recipiente así. Su mente se alzó a alturas increíbles, luego descendió reluctante. Su asombro crecía. Porque, a pesar de lo simple que parecía, nada en la ciencia del hombre había ni siquiera podido prever un tal adelanto. Un recipiente de pintura que decía… lo que éste había dicho. Un bote etiquetado con un pensamiento autoidentificativo.
Comenzó a sonreír. Su largo y hogareño rostro se arrugó con su buen humor. Sus ojos verdigrises se encendieron. Sus labios se abrieron, descubriendo dientes blancos e iguales. Se rió alegremente. ¡Un bote de pintura! Posiblemente, la pintura tendría otros componentes que no serían plomo, aceite de linaza y un óxido colorante. Pero esto era algo a explicar posteriormente.
Por el momento, bastaba con la posesión. No importaba ya lo demás que descubriese en Venus: su viaje era ya rentable. Lo que daba fortunas eran las cosas simples, de uso diario.
Tomó vivamente el asa, agachándose, con su mano desnuda, y comenzó a levantar el cubo.
Lo había alzado del suelo cuando un líquido cegadoramente brillante se vertió sobre su pecho. Se extendió rápidamente sobre su cuerpo, pegándose como la cola y no obstante corriendo veloz. Primero era blanco, pero cambió a rojo, amarillo, azul, violeta, y por fin se diluyó en una miríada de tonalidades. Al fin se quedó en pie, con sus ropas brillando con todos los colores del arco iris. Al principio estuvo más furioso que alarmado.
Comenzó a desnudarse. Llevaba puestos un suéter de cuello alto y un par de calzones de deporte, nada más. Las dos prendas brillaban como fuego multicolor mientras, en un movimiento sincronizado, se aflojaba el cinturón y se sacaba el suéter por la cabeza.
Podía notar el líquido bajando por su cuerpo desnudo; y hasta que no se hubo sacado el suéter, y los calzones se le hubieron deslizado por las piernas, no se dio cuenta de algo raro. La pintura, que había estado principalmente sobre su suéter, había pasado en su totalidad a su piel. Ni una gota había caído al suelo. Y sus calzones estaban también limpios.
Toda la pintura estaba en su cuerpo. Brillaba mientras se distribuía, en una capa más delgada, por una superficie más extensa. Chisporroteaba y centelleaba como una llama vista a través de un prisma mientras la frotaba con el suéter. Pero no salió. Arrugando la frente, trató de sacársela con las manos, pero se adhirió a sus dedos con una pelazón cálida. Se sacudía y bailaba multicolor mientras la empujaba hacia el suelo. Bajaba por una parte y subía por otra.
Era una unidad, en la que ninguna porción se separaría de las demás. Se desparramaba hasta un punto, y no iba más allá. Asumía cualquier forma imaginable, pero como un chillón y variopinto rebozo inmensamente flexible que, cubriéndole en distintas formas, alterase su forma, pero no su esencial unicidad. Después de diez minutos, no había adelantado nada en sus intentos por librarse de ella.
—La pintura —leyó Kilgour en voz alta de su libro de nociones médicas— puede ser eliminada aplicando aguarrás.
Había aguarrás en su almacén. Tomó la botella y volvió a salir de la nave. Se echó una buena cantidad en la palma de la mano, y se lo aplicó vigorosamente. Esto es, intentó aplicárselo. El aguarrás fluyó de su mano y descendió hasta el suelo. La pintura no dejaba que el líquido la tocase.
El asombrado Kilgour necesitó de varios intentos para convencerse de ello, pero al fin, todavía decidido, volvió a entrar en la nave. En rápida sucesión probó con gasolina, agua, vino, y aún con un poco de su precioso combustible de cohete. La pintura no entraba en contacto con ninguno de ellos. Entró bajo la ducha. El agua regó la parte de su cuerpo que no estaba cubierta por la pintura, en una fina y estimulante pulverización de humedad. Pero no notaba ninguna sensación allí donde la pintura estaba pegada.
Y, definitivamente, no podía lavársela.
Llenó la bañera y se sentó en ella. La pintura rieló cuello arriba y rodeó su barbilla, fluyendo sobre su boca y nariz. No entró por ellas, pero cubrió ambas aberturas. Kilgour dejó de respirar y se sentó terco; luego vio que la pintura estaba arrastrándose hacia sus ojos. Saltó fuera de la tina y chapuzó la cabeza en el agua.
La pintura se retiró de su nariz, dudó en su boca, y luego bajó hasta la mitad de camino, hacia la parte inferior de su mentón. Pareció hallar algún punto de anclaje allí pues, fuera cual fuese la profundidad a la que la zambullese o el número de veces que lo hiciera, rehusó bajar más abajo.
Aparentemente, habiendo alcanzado su cabeza, no estaba dispuesta a abandonar este punto clave. Kilgour extendió una esterilla de goma sobre su silla favorita y se sentó a pensar seriamente. Todo el incidente era ridículo. Sería el hazmerreír del sistema solar si alguna vez se enteraban de que se había metido en un lío tan fantástico.
Por algún accidente, un lata de pintura venusiana había sido perdida o se había caído en aquel prado deshabitado; y ahí estaba él, untado con aquello. La rapidez con que había fluido sobre su boca y nariz le demostraban que la imprudencia le podía ser fatal. Supongamos que se hubiese rehusado a retirarse un solo centímetro: Se habría sofocado en escasos minutos, y ahora yacería muerto en la bañera.
Notó como un escalofrío le subía por la columna vertebral. El escalofrío continuó aún después de que se le ocurriera el que podría haber introducido un tubo en su boca para respirar por él. El escalofrío continuó porque tan sólo por puro accidente aquella increíble materia no había subido hasta sus ojos.
Se imaginó a un hombre cegado, sofocándose, buscando un tubo en un atestado almacén.
Le llevó un largo minuto el restaurar una parte de su habitualmente optimista carácter. Estaba sentado rígido, esforzando su mente. Pintura… que saltaba de un bote, que no daba señales de secarse y que, no obstante, no era realmente un líquido, ya que no empapaba la ropa ni fluía según la ley de la gravedad. Y que no dejaba que ningún líquido la tocase.
Su mente hizo una pausa, en una repentina comprensión. Claro, naturalmente. Impermeable. Debía haberlo recordado. Ésta no era pintura ordinaria. Era impermeable, a prueba de lluvia, de líquidos… la pintura definitiva.
Se excitó. Se alzó con brusquedad y comenzó a pasear arriba y abajo. Durante veinticinco años, ya desde que los primeros supercohetes habían partido hacia la muerta superficie de la Luna y luego al semidesértico Marte, Venus había sido la meta de los exploradores. Sin embargo, los viajes a aquel planeta habían sido prohibidos hasta que se hubiera logrado superar al peligro de que las naves cayeran al Sol. Este destino incandescente había sido ya el de dos naves. Y había sido probado, matemáticamente, que tal catástrofe le ocurriría a toda nave que se dirigiera hacia allá hasta que los planetas Tierra y Venus alcanzasen una cierta posición general de relación, entre sí y con Júpiter.
Las condiciones ideales no iban a volver a darse en otros veintiocho años, pero, seis meses antes de que Kilgour partiese, un famoso astrónomo había señalado que algunas de las condiciones durarían durante un año. El artículo causó sensación entre los espacionautas; y aunque el Gobierno rehusó retirar su prohibición, Kilgour había oído que un alto Jefe de la Patrulla había dicho en privado que miraría en otra dirección si alguien quería despegar, y que se ocuparía de que hombres con las mismas ideas fueran los que llevasen a cabo las necesarias inspecciones. Varias expediciones, ostensiblemente encaminadas a Marte, habían estado equipándose enfebrecidamente cuando Kilgour había lanzado su pequeño navío al espacio, en dirección a Venus.
Se esperaban grandes cosas de Venus, pero no tan grandes como esto. Detuvo su paseo. Iba a valer la pena conocer a una raza que pudiera fabricar una pintura perfecta, que pudiera producir cualquier cosa perfecta.
Cortó su pensamiento. Había dado una ojeada a su cuerpo y, ahora, vio algo que lo asustó: La pintura, brillante en su millón de facetas de cambiante color, se estaba extendiendo. Al principio había cubierto una cuarta parte de su piel, ahora cubría un tercio. Si seguía así, pronto lo inundaría de pies a cabeza, ojos y orejas, nariz y boca y el resto.
Era ya tiempo de que comenzase a pensar en un método para sacársela. Rápidamente.
Kilgour escribió: «Una pintura perfecta debe ser impermeable e inalterable tanto como bonita. También debe ser fácil de limpiar».
Contempló preocupado la última frase. Y entonces, en un acceso de ira, tiró el lápiz y se dirigió al espejo del cuarto de baño. Se contempló en él con una fea mueca en el rostro.
—¡Qué bonito estás, muchacho! —regañó a la deslumbrante imagen—. Como un zíngaro ataviado para un baile.
Dando una segunda mirada, vio que la realidad era más espléndidamente cromática que eso. Brillaba en unos noventa colores. Las diversas combinaciones no se fundían apagadamente unas a otras, sino que se unían en una definida brillantez que parecía hacer que aun las tonalidades más sutiles se proyectasen con intensidad. Y sin embargo, en alguna manera no era chillona. Era brillante, pero no dañaba a la vista. Era radiante, pero no hería a su buen gusto. Había ido a gruñir, pero se quedó varios minutos contemplando su asombrosa belleza.
Al fin se apartó.
—Si pudiera separar una cucharadita —pensó—, la podría poner en un tubo de ensayo y analizarla.
Pero ya había tratado de hacer eso. Lo intentó de nuevo, con esperanzas renovadas. Como antes fluyó fácilmente a la cucharilla, pero cuando alzó ésta volvió de nuevo a su piel. Sacó un cuchillo y trató de mantener la pintura en la cucharilla, pero cuando alzó la mano, la pintura se deslizó entre la hoja y la cucharilla como si fuera aceite.
Kilgour decidió que su fuerza no era lo suficientemente grande como para apretar lo bastante el cuchillo contra el borde de la cucharilla. Se dirigió hacia el almacén. Había allí un cazo con una tapa a presión. Era demasiado redondo y demasiado pequeño; tan sólo podía introducir en su interior un poquito de pintura. Y le llevó más de un minuto el apretar los tornillos de la tapa con una llave inglesa. Pero cuando levantó el cazo y lo abrió, había una cierta cantidad de pintura llenando la parte inferior.
Se sentó apresuradamente en su silla, pues tenía el curioso y desmoralizador presentimiento de que iba a marearse. Su cerebro le daba vueltas por el alivio, y pasaron varios minutos antes de que ni siquiera pudiese pensar en cual iba a ser su siguiente movimiento. Claro está que, lógicamente, lo primero que debía hacer era quitarse toda la pintura por el método que acababa de desarrollar, y seguro que eso iba a ser tremendamente penoso. Pero primero… vertió la pintura en una probeta graduada. Había un poco más de lo que contenía una cucharilla de café.
Estimó que, al menos, en su cuerpo habría el equivalente a unas quinientas de dichas cucharillas, y que le llevaría… se sacó otro cazo, cronometrando el tiempo que le llevaba: un poquito más de dos minutos para cada operación.
¡Mil minutos! ¡Diecisiete horas! Kilgour sonrió tristemente y fue a la despensa. Necesitaría hacer cuatro o cinco comidas durante ese período de tiempo, y ahora mismo lo necesitaba ya. Mientras estaba comiendo, ponderó el problema con la calma de un hombre que ha hallado una solución y que, por lo tanto, puede permitirse el considerar otras posibilidades.
Diecisiete horas era demasiado tiempo. Seguro que, ahora que tenía algo de pintura separada, podría ir a su diminuto laboratorio químico y descubrir una docena de reacciones químicas que le sacasen toda aquella porquería de encima en unos minutos.
Tal vez un laboratorio más grande y más complejo hubiera producido resultados positivos. El suyo era demasiado pequeño. La pintura rehusó reaccionar con cualquiera de los elementos o compuestos que tenía. No se combinaba. No se mezclaba. No ardía. Era inmune a los ácidos y a los metales, y no parecía ser influenciada por nada que usase como catalizador o en cualquier otra forma.
La pintura era inerte. Punto.
—Naturalmente —dijo al fin explosivamente, hablando consigo mismo—. ¿Cómo pude haberlo olvidado? Esta cosa tiene que ser Inalterable con una I mayúscula. Es la Pintura Perfecta.
Empezó a trabajar con el cazo. Logró una maestría con la llave inglesa para atornillar y desatornillar la tapa que le permitió sacarse una cucharadita cada tres cuartos de minuto. Estaba tan ensimismado en mantener la velocidad de la operación, que ya había sacado medio cubo de pintura antes de que le golpease, con una tremenda impresión, el hecho de que seguía teniendo sobre su cuerpo tanta pintura como siempre.
Comenzó a temblar ante los pensamientos que esto le sugería. Enfebrecidamente, midió la pintura del cubo semilleno. No había dudas: había echado al cubo aproximadamente la misma cantidad de pintura que el recipiente cristalino le había vertido por encima… sin afectar la cantidad existente en su cuerpo.
Una vez aplicada, la pintura definitiva era autorestaurable.
Apuntó esto al final de la lista de cualidades de la pintura. Entonces se dio cuenta de que estaba sudando a chorros. El sudor formaba glóbulos espumosos sobre las partes no pintadas de su cuerpo. Su cerebro dio un nuevo salto hacia la comprensión. Agarró su libreta de notas y garabateó: «La pintura perfecta es también aislante del calor y del frío».
Al cabo de media hora le resultaba imposible el considerar objetivamente esto último. La pintura cubría casi la mitad de su cuerpo. Su arduo trabajo lo había calentado considerablemente, y se estaba asando con su propio calor animal. Y estaba asustado.
Tengo que salir de aquí, pensó temblorosamente, tengo que hallar una ciudad venusiana y obtener un antídoto para esto.
Ya no le importaba si iba a hacer el ridículo o no.
En un espasmo de pánico, se dirigió hacia el tablero de mandos. Su mano buscó la palanca de lanzamiento pero, en el último instante, se detuvo.
¡El bote! Había dicho: «Contengo pintura». Seguramente también tendría instrucciones para el uso del contenido, y para su eventual eliminación.
—Soy más tonto que un higo —se murmuró para sí mientras corría—. Tendría que haber pensado en eso hace siglos.
El «bote» de cristal yacía en el suelo, donde lo había dejado. Dio un tirón al mismo.
—Contengo un cuarto de pintura —le pensó el bote.
Así que se había echado encima tres cuartos del contenido. Era una cosa importante. Sería necesario no añadirse el resto del esparciente horror que lo estaba envolviendo en una hermética cobertura de líquida brillantez.
Cautelosamente, tomando buen cuidado en no alzar el recipiente del suelo, lo tocó con las manos desnudas. Casi inmediatamente tuvo su primera respuesta:
—Instrucciones: fije los controladores alrededor del área que debe ser pintada, luego aplíquese la pintura. La pintura se secará tan pronto como esté cubierta el área a pintar. Para eliminarla, oprímase el oscurecedor sobre la pintura durante un terard. —El término incomprensible parecía referirse a un corto período de tiempo—. Noten —continuó el pensamiento— que los oscurecedores pueden ser comprados en las tiendas de pinturas o en las droguerías del barrio.
Kilgour pensó furiosamente: ¿Qué les parece?; iré corriendo ahora mismo y obtendré uno.
A pesar de sus mordaces palabras, se sentía asombrosamente mejor. El mundo al que había llegado era un mundo práctico, y no un planeta de pesadilla en el que los seres con diez ojos y ocho patas gemían y aullaban con un instantáneo odio salvaje hacia los exploradores humanos. Una gente que usaba pinturas no lo matarían a simple vista. Esto había sido obvio desde el principio: la inteligencia implica una visión semiracional, un universo organizado y ordenado. Naturalmente, no todas las razas no humanas serían similares a los terrestres, pero esto tampoco significaba nada, ya que los mismos humanos tenían el hábito de no gustarse entre sí.
Si el recipiente y la pintura que contenía eran usados como norma, la civilización de Venus era superior a la del Hombre. Por ello, sus habitantes estarían por encima de los recelos triviales. El lío, fantástico y ridículo, en el que se había metido, quedaba básicamente resuelto por este hecho.
Pero esto no evitaba el que cada vez notase más y más calor bajo su capa de pintura. Era ya hora de que encontrase a un venusiano. Tomó el recipiente, levantándolo con los dedos por debajo. El bote pensó:
—Los ingredientes de la pintura, de acuerdo con las ordenanzas gubernamentales, son:
!?!?! … 7 %
?!?!? … 13 %
luz líquida … 80 %
—¿Luz qué? —preguntó en voz alta Kilgour.
—Advertencia —continuó el pensamiento—: Esta pintura no debe ser acercada a sustancias volátiles.
No había explicación para esto, a pesar de que se quedó a la espera de posteriores pensamientos. Aparentemente, los venusianos sabían lo suficiente sobre las ordenanzas de su gobierno como para obedecerlas sin rechistar. En lo que a él se refería, había tratado de poner a la pintura en contacto con sustancias volátiles, tales como el aguarrás, la gasolina, su combustible para cohetes y un par de otros explosivos. Y no había pasado nada. Si no tenía ninguna motivación, parecía una ordenanza tonta.
Kilgour volvió a dejar el bote, y se dirigió de nuevo al tablero de mandos. Notó suave la palanca de lanzamiento bajo su mano mientras la empujaba, hasta que hizo contacto con un clic. Estaba sentado y amarrado, esperando a que la maquinaria automática disparase la potente violencia de los tubos en ignición.
No ocurrió nada.
Tuvo un presentimiento. Empujó la palanca de lanzamiento a su posición inicial y luego volvió a conectar. Y de nuevo no hubo explosión.
Su cerebro daba vueltas. El presentimiento era algo vivo, que pesaba sobre todo su cuerpo. Había devuelto el combustible para cohetes al tanque después de tratar de limpiar con él la pintura de su piel. Tan sólo habían sido unos pocos litros, pero los espacionautas estaban acostumbrados a economizar al máximo. Lo había vuelto a verter, ya que la pintura no había parecido afectarle en lo más mínimo.
«Advertencia, había dicho el bote: esta pintura no debe de ser acercada a sustancias volátiles».
Esta cosa inerte debía de haber desenergizado los setenta mil litros que aún había en el tanque de combustible que le quedaba.
Probar de nuevo la radio. Había comenzado a enviar señales cuando estaba a un millón de kilómetros de Venus, y escuchado su receptor, pero el gran vacío había permanecido silencioso. No obstante, los venusianos debían de tener una cosa así. Seguro que responderían a una llamada de emergencia.
Pero no lo hicieron. Pasó media hora, y sus llamadas no obtuvieron respuesta. Su receptor permaneció mudo; ni siquiera llegó estática por ninguna de las longitudes de onda. Estaba solo en un universo de ahogadora, arrinconante, creciente, y locamente coloreada pintura.
Oscurecedor… Luz líquida… Tal vez brillase, y no sólo bajo las luces, así que fue a apagarlas. Con el dedo en el conmutador, se dio cuenta por primera vez de lo oscuro que estaba afuera. Su compuerta estaba abierta y, lentamente, Kilgour fue hasta ella y miró hacia afuera, a una noche que no estaba rota por el brillo de las estrellas. La oscuridad, ahora que había llegado, era intensa. Claro, era por las nubes… las eternas nubes de Venus. A la distancia a que se encontraba de Venus, el Sol era tan brillante durante el día que las nubes eran más bien una protección que, a pesar de todo, no lograba hacer más que atenuar el deslumbrador brillo.
Ahora, de noche, era distinto. Las nubes encerraban al planeta como las paredes y el techo de un cuarto oscuro. Naturalmente, había luz. Ningún planeta cerca de un sol o en medio del universo estrellado podía ser aislado totalmente de la luz y de la energía. Su seleniógrafo estaría probablemente marcando en los centenares de milésimas. Kilgour bajó la vista del cielo y vio que el suelo estaba iluminado por la luz de su pintura. Asombrado, atravesó la puerta, apartándose de la luz interior que surgía por la compuerta. En la oscuridad, hacia un lado, su cuerpo brillaba como un anuncio luminoso, multicolor pero sin significado. Su luz era tan intensa que iluminaba el césped con diseños de radiante color. Sería bello hasta muerto.
Se imaginó a sí mismo derrumbado por el suelo, cubierto de pies a cabeza por la pintura. Eventualmente, los venusianos lo hallarían en este prado solitario. Quizá se preguntasen quién era, de dónde habría venido. Parecía obvio que no tenían viajes espaciales.
¿O los tenían? La mente de Kilgour hizo una pausa en su febril girar. ¿Era posible el que los venusianos hubieran evitado, deliberadamente, el tener contacto con los seres humanos del planeta Tierra?
Su cerebro no podía concentrarse en nada tan poco importante. Volvió a la nave. Había algo, pensó, algo que había querido hacer… no podía recordarlo, a menos que fuera la radio. La encendió. Luego dio un salto hacia atrás cuando oyó una voz mecánica.
—Terrestre —dijo la voz—, ¿estás ahí? Terrestre, ¿estás ahí?
Kilgour agarró el micrófono.
—Sí —gritó finalmente—. Sí, estoy aquí. Y en un lío tremendo. Tienen que venir al momento.
—Sabemos tu desgracia —dijo la voz átona—, pero no tenemos intención de rescatarte.
—¡Eh! —dijo Kilgour, confuso.
—El recipiente de pintura —prosiguió la voz— fue dejado caer desde una nave invisible a la puerta de tu nave unos momentos después de que aterrizaras. Durante unos millares de años nosotros, los que llamáis venusianos, hemos observado con considerable inquietud el desarrollo de la civilización en el tercer planeta de este sistema solar. Nuestro pueblo no es amante de las aventuras, ni se conoce una sola guerra en nuestra historia escrita. Esto no quiere decir que la lucha por la supervivencia no haya sido amarga. Pero tenemos un metabolismo mucho más lento. Hace mucho tiempo que nuestros psicólogos decidieron que los viajes espaciales no eran adecuados para nosotros.
»Por tanto, nos hemos concentrado en el desarrollo de una forma de vida puramente venusiana, así que cuando tu nave se aproximó a la atmósfera venusiana nos vimos enfrentados a la necesidad de decidir bajo qué condiciones estableceríamos relaciones con los seres humanos. Nuestra decisión fue dejar el recipiente de pintura donde pudieras encontrarlo. Si no te hubieras visto envuelto por la pintura, habríamos hallado algún otro método de ponerte a prueba.
»Sí, has oído correctamente. Has estado y estás siendo sometido a una prueba. Parece que estás fallando, lo cual es penoso, ya que significa que a todos los humanos de tu nivel de inteligencia o inferior les será prohibido el acceso a Venus. Ha sido muy difícil el preparar un test para una raza extraña. Y por tanto, a menos que logres salir con bien de la prueba, deberás morir, para que así los que vengan después tuyo puedan ser sometidos a ese test o a otros similares sin saber que están siendo probados, lo cual constituye para nosotros un requisito primario. Nuestra intención consiste en encontrar a un ser humano que pueda pasar la prueba a la que le sometamos, tras lo cual lo examinaremos con nuestros instrumentos, y usaremos los datos obtenidos para establecer una medida para los futuros visitantes a Venus. Todos aquellos cuya inteligencia sea la misma o superior a la del que haya tenido éxito podrán venir, si lo desean, a nuestro planeta. Ésta es nuestra decisión inalterable.
»Asimismo, la persona probada debe ser capaz de salir de Venus sin nuestra ayuda. Podrás comprender el por qué de esto. Más tarde, ayudaremos a los humanos a que mejoren sus espacionaves. Estamos hablándote a través de una máquina sonora. Los pensamientos simples del bote fueron grabados con gran dificultad por una complicada máquina de pensamientos. Es muy difícil establecer comunicación con un cerebro no venusiano. Pero ahora adiós. Y, aunque pueda parecerte raro, aún te deseamos suerte.
Se oyó un chasquido. Todo el trasteo que intentó a continuación Kilgour con el aparato no logró producir más sonidos.
Se sentó, con las luces de la nave apagadas, esperando la muerte. No era una espera estoica, todo su cuerpo palpitaba con deseos de vivir. ¡Un oscurecedor! ¡En el nombre de todos los dioses, ¿qué podría ser eso?!
La pregunta no era nueva para Kilgour. Durante una hora había estado sentado en una habitación convertida en algo fantástico por el deslumbrante colorido que surgía de su cuerpo pintado. Revisaba su libro de notas, volviendo a estudiar frenéticamente los datos que poseía.
Una pintura perfecta hecha de… ochenta por ciento de luz líquida. La luz era la luz; por lo tanto el líquido debía seguir las mismas leyes que el rayo. ¿O no? Y en este caso, ¿qué? Una pintura perfecta capaz de… su mente rehusó volver a repasar la lista de las cualidades. Se notaba enfermo, y una y otra vez tuvo que luchar contra la náusea.
Tenía tanto calor… era como si tuviera fiebre. Había metido sus pies en un barreño de agua fría; lo había hecho con la teoría de que, si su sangre tenía un área fría por la que circular, no comenzaría a hervir.
En realidad, sabía que no había mucho peligro de que su temperatura se elevase por encima del punto actual, casi insoportable. Tenía que haber algo así como un límite al calor animal, particularmente desde que se había dado cuenta de que lo mejor era que se limitase a cápsulas de vitaminas y que se apartase de las calorías. El más grave peligro era que, con su cuerpo cubierto por la pintura, sus poros se viesen imposibilitados de respirar. La muerte seguiría a esto, aunque Kilgour no sabía cuán rápidamente.
Esta ignorancia no le daba ningún consuelo mental. Sin embargo, le parecía raro el que, ahora que estaba, aunque reluctantemente, esperando la muerte, ésta tardase tanto en llegar. Este pensamiento hizo que abandonase su creciente incoherencia. ¿Tardase tanto? Se puso en pie de un salto. Porque realmente tardaba. Fue corriendo hasta el espejo del cuarto de baño. Con una excitación asombrada miró a su imagen.
La pintura cubría todavía tan sólo la mitad de su cuerpo. No se había extendido durante la pasada hora. La pasada hora, durante la cual había estado sentado en la oscuridad, iluminado tan sólo por la luz de la pintura.
La pintura, observó con cuidado, no había perdido terreno. Todavía cubría la mitad de su cuerpo, aunque realmente esto era algo natural. Estaba hecha para sobrevivir a la oscura noche venusiana. Sin embargo, ¿suponiendo que se introdujese en la más profunda oscuridad de su depósito vacío de combustible, que estaba aislado contra toda clase de energía?
Durante media hora permaneció en el interior del tanque; luego salió de nuevo, tembloroso pero aún con una firme determinación. La oscuridad absoluta debía ser la solución, pero algo vital se le estaba escapando. Parecía obvio el que, si la oscuridad fuera por sí sola suficiente, entonces el combustible en su tanque lleno tendría que haberse limpiado ya de los efectos de la pintura. Probó la palanca de lanzamiento, y no hubo explosión. Tenía que haber algo más.
El problema, pensó Kilgour, es absorber el ochenta por ciento de luz líquida mediante la suficiente oscuridad, o por cualquier otro medio. Pero es casi imposible hallar una oscuridad más negra que la que hay dentro de aquel tanque. Está aislado contra energías externas. Así que, ¿qué es lo que está mal?
¡El aislamiento! Eso era. La luz de la pintura se reflejaba simplemente en las paredes, y era reabsorbida por la misma pintura. No había ningún lugar por el cual pudiera escapar la luz. Solución: quitar el aislamiento.
No, esto no era correcto. La excitación de Kilgour bajó de tono. Con el aislamiento fuera la luz escaparía, de acuerdo, pero las energías externas se introducirían para reemplazar la cantidad eliminada. No obstante, lo mejor era probar eso.
Lo hizo, y resultó cierto. Salió tan cubierto por la pintura como siempre.
Estaba allí, hundido en la desesperación, cuando de pronto la solución golpeó su mente.
Un mes después, de regreso a la Tierra, Kilgour tropezó con las señales radiales de otra nave que se acercaba a Venus. Explicó lo que le había ocurrido. Terminó:
—Así que no tendrán problemas para aterrizar. Los venusianos les darán las llaves de sus multicolores ciudades.
—¡Pero un momento! —fue la asombrada respuesta—. Creo que usted dijo que tan sólo permitirían aterrizar a las personas cuya inteligencia sea igual o mayor que la del individuo que tuviese éxito en su test. Debe usted haber sido un chico brillante para haberlo conseguido, pero nosotros somos tan sólo un puñado de tontos. Por tanto ¿qué hay con los demás?
—Tendrán toda la suerte del mundo —respondió alegremente Kilgour—. Y me refiero a Venus. Como la mayor parte de los espacionautas, nunca me destaqué por mi C. I. Mi punto fuerte —concluyó modestamente—, ha sido siempre la fuerza, la astucia y el espíritu de aventura. Ya que soy la norma con que se medirá la entrada, me atrevería a decir, haciendo una estimación conservativa, que al menos el noventa y nueve por ciento de la raza humana puede ahora visitar Venus.
—Pero…
Kilgour lo cortó de nuevo.
—No me pregunten por qué su test era tan simple; tal vez lo comprendan cuando los vean —arrugó el entrecejo—. Amigo, no le van a gustar los venusianos. Pero una mirada a sus cuerpos, con esa multitud de patas y de brazos, le dará una idea de lo que querían decir cuando me dieron a entender lo difícil que era imaginar pruebas para mentes extrañas. Y, para acabar. ¿Tienen alguna pregunta más?
—Sí. ¿Cómo se sacó esa pintura?
Kilgour sonrió.
—Con células fotoeléctricas y sal de bario. Metí una bancada de células fotoconvertidoras y una batería de bario dentro del tanque, conmigo. Absorbieron la luz de la pintura. El resto, un polvo fino de color marrón, cayó al suelo; y fui de nuevo un hombre libre. Volví a reenergizar el combustible para cohetes en la misma forma —rió alegremente—. ¡Adiós! Ya nos veremos. Tengo a bordo una carga que debe ser vendida.
—¡Una carga! ¿De qué?
—Pintura. Miles de botes de maravillosa pintura. La Tierra vivirá para siempre en la belleza. Yo tengo los derechos exclusivos.
Las dos naves se cruzaron en la noche del espacio, cada cual hacia su respectivo destino.