A la brillante luz de aquel lejano sol, el bosque respiraba y existía. Era consciente de la nave que había descendido a través de las tenues neblinas del aire superior. Pero su hostilidad automática hacia el objeto extraño no vino inmediatamente acompañada por ninguna alarma.
A lo largo de millares de kilómetros cuadrados, sus raíces se entrecruzaban bajo el suelo, y millones de copas se agitaban suavemente bajo un millar de ligeras brisas. Y, más allá, extendiéndose sobre colinas y montañas y a lo largo de una costa marina casi sin límites, había otros bosques tan fuertes y poderosos como aquél.
Desde tiempos inmemoriales el bosque había protegido a la tierra de un peligro apenas comprendido. Ahora comenzaba a recordar lentamente qué era aquel peligro. Era causado por naves como aquella que bajaba del cielo. El bosque no podía recordar claramente cómo se había defendido en el pasado, pero recordaba tensamente que había sido necesaria tal defensa.
A medida que se iba dando más y más cuenta de cómo la nave flotaba en el cielo rojo gris, sus hojas susurraban un relato inmemorial de batallas libradas y vencidas. Los pensamientos fluían en su lento curso a lo largo de canales de vibración, y las majestuosas ramas de decenas de millares de árboles temblaron ligeramente.
La extensión de tal temblor, que afectaba a todos los árboles, creó gradualmente un sonido y una presión. Al principio casi resultaba inaudible, como una brisa cruzando con sus ráfagas una cañada verde. Pero se hizo más fuerte.
Se consolidó. El sonido lo envolvió todo. Y el bosque entero vibró en su hostilidad, esperando que la cosa del cielo se aproximase.
No tuvo que esperar mucho.
La nave descendió de su órbita. Su velocidad, ahora que estaba cercana al suelo, era mayor de lo que había parecido al principio. Y era mucho más grande. Se alzaba gigantesca sobre los cercanos árboles, y descendió aún más, sin importarle las copas de los mismos. Las ramas crujieron, los troncos se partieron, y los árboles enteros fueron echados a un lado como si fueran cosas sin importancia, sin peso ni fuerza.
La nave descendió, abriéndose su propio camino a través de un bosque que gruñía y gemía a su paso. Se detuvo, pesadamente, a tres kilómetros de distancia del lugar en que había tocado el primer árbol. Detrás, el sendero de árboles rotos temblaba y se agitaba bajo la luz del sol; un recto camino de destrucción, igual —recordó repentinamente el bosque— que había ocurrido en otras ocasiones del pasado.
Comenzó a retirarse de las partes doloridas. Extrajo su savia y cesó de vibrar en las áreas afectadas. Más tarde, enviaría nuevos brotes a reemplazar lo que había sido destruido, pero ahora aceptaba la muerte parcial que había sufrido. Sentía miedo.
Era un miedo mezclado de irritación. Notaba la nave posada sobre árboles desechos, en una parte de sí mismo que aún no estaba totalmente muerta. Sentía la frialdad y la dureza de las paredes de acero, y su miedo e irritación se incrementaron.
El susurro de un pensamiento pulsó a lo largo de los canales de vibración. Un momento, decía, tengo un recuerdo. Un recuerdo de hace mucho, cuando otras naves como ésta llegaron.
Su memoria rehusó aclarar más. Tenso pero incierto, el bosque se preparó a efectuar su primer ataque. Comenzó a crecer alrededor de la nave.
Desde hacía tiempo había descubierto el poder de crecimiento del que era capaz. Hubo un tiempo en que no había sido tan grande como era ahora. Y luego, un día, se dio cuenta de que se estaba aproximando a otro bosque similar a él mismo.
Las dos masas de bosque en crecimiento, los dos colosos de raíces entrecruzadas, se aproximaron uno al otro estudiadamente, con lentitud, asombrados, con curiosidad pero con cautela ante el hecho de que su forma de vida similar hubiera existido durante todo el tiempo. Se aproximaron, se tocaron… y lucharon durante años.
Durante aquella lucha prolongada, casi todo el crecimiento de las porciones centrales se detuvo. Los árboles dejaron de formar nuevas ramas. Las hojas, por pura necesidad, se hicieron más resistentes, y llevaron a cabo sus funciones durante períodos más largos. Las raíces se extendieron lentamente. Toda la fuerza posible del bosque se concentró en los procesos de defensa y ataque.
En una sola noche crecían barreras de árboles. Enormes raíces cavaban túneles en el suelo, descendiendo kilómetros, abriéndose paso a través de roca y metal, construyendo una barrera de madera viva contra el crecimiento del bosque extraño. En la superficie, las barreras agrandaban el grosor hasta un kilómetro o más de árboles que casi crecían tronco contra tronco. Y, así, la gran batalla finalmente murió. El bosque aceptó el obstáculo creado por su enemigo.
Luego, luchó hasta un resultado similar con un segundo bosque que lo atacó desde otra dirección.
Estos límites de demarcación se le hicieron naturales como el gran mar salado del sur, o las gélidas montañas que estaban nevadas durante todo el año.
Tal como había hecho en su batalla contra otros bosques, el bosque concentró toda su fuerza contra la nave intrusa. Los árboles crecieron a la velocidad de medio metro cada pocos minutos. Las enredaderas subieron por los árboles, y se lanzaron encima de la nave. Sus incontables zarcillos corrieron sobre el metal, y luego se anudaron a los árboles del otro lado. Las raíces de esos árboles se hundieron más profundamente en el suelo y se anclaron en estratos de roca mucho más pesados que cualquier nave jamás construida. Los troncos de los árboles se hicieron más gruesos, y las enredaderas se engrosaron hasta convertirse en enormes cables.
Cuando la luz del primer día desapareció en el ocaso, la nave estaba hundida bajo millares de toneladas de bosque y oculta en un follaje tan espeso que no podía verse nada de ella.
Había llegado el momento de la acción destructiva final.
Poco después de caer la noche, pequeñas raicillas comenzaron a tantear bajo el casco de la nave. Eran infinitésimamente pequeñas; tan pequeñas que en sus inicios no eran más que unas docenas de átomos de diámetro; tan pequeñas que el aparentemente sólido metal casi les parecía un vacío; tan increíblemente pequeñas que penetraban sin esfuerzo en el duro acero.
Fue en aquel momento, como si hubiera estado esperando hasta ese estadio, cuando la nave inició su contraataque. El metal se calentó, luego ardió, y finalmente estuvo al rojo. No se necesitaba más. Las pequeñas raicillas se abrasaron y murieron. Las mayores, cercanas al metal, ardieron lentamente cuando el tremendo calor las alcanzó.
Por encima de la superficie, se inició otra violencia. De un centenar de orificios en la superficie de la nave surgieron llamas. Y primero las enredaderas, y luego los árboles, comenzaron a arder. No era un estallido de fuego incontrolable, no era una tremenda conflagración saltando de árbol en árbol con furia irresistible. Desde hacía tiempo, el bosque había aprendido a controlar los fuegos iniciados por rayos o por combustión espontánea. Era cuestión de enviar savia al área afectada. Cuanto más verde fuera el árbol, cuanto más savia lo permease, más tórrido tendría que ser el fuego.
El bosque no podía recordar en aquel momento el haberse encontrado nunca con un fuego que pudiera abrirse camino entre su línea de árboles que supurasen una pegajosa humedad en cada grieta de sus cortezas.
Pero aquel fuego sí podía. Era diferente. No era únicamente llama; era energía. No se alimentaba de la madera; era alimentado por una energía interior.
Al fin, el hecho trajo un recuerdo al bosque. Era un recuerdo agudo e inequívoco de algo que había hecho hacía mucho para salvarse, y salvar al planeta, de una nave como aquélla.
Comenzó a apartarse de la vecindad de la nave. Abandonó el andamiaje de madera y maleza con el que había querido aprisionar a la estructura extraña. Mientras la preciosa savia era sorbida hacia los árboles que formarían ahora la segunda línea de defensa, las llamas se hicieron más brillantes, y el fuego se hizo tan luminoso que la escena entera fue bañada por un macabro resplandor.
Pasó algún tiempo antes de que el bosque se diera cuenta de que los haces de fuego ya no estaban surgiendo de la nave, y que la incandescencia y humo que seguía provenían únicamente de la normal combustión de la madera.
Aquello también se ajustaba a su recuerdo de lo que había sucedido antes.
Frenética, aunque reluctantemente, el bosque inició lo que, ahora se daba cuenta, era el único método de librarse del intruso. Frenéticamente porque se daba cuenta, aterrorizado, de que la llama de la nave podía destruir bosques enteros. Y reluctantemente porque el método de defensa implicaba sufrir las quemaduras de una energía sólo algo menos violenta que la que había surgido de la máquina.
Decenas de millares de raíces crecieron hacia rocas y formaciones del suelo que habían evitado cuidadosamente desde que había llegado la última nave. A pesar de la necesidad de apresurarse, el proceso en sí mismo era lento. Un sinfín de raicillas temblorosas se obligaron a introducirse en las remotas y hundidas vetas de mineral, y por un intrincado proceso de osmosis arrancaron granos de metal puro al impuro mineral natural. Los granos eran casi tan pequeños como las raicillas que antes habían penetrado las paredes metálicas de la nave, lo bastante pequeños como para ser llevados, suspendidos en la savia, a través de un laberinto de raíces mayores.
Pronto hubo millares de granos moviéndose a lo largo de los canales, luego millones. Y, aunque cada uno de ellos era pequeño, el suelo en el que fueron depositados pronto brilló a la luz del moribundo fuego. Mientras el sol de aquel mundo aparecía tras el horizonte, el brillo plateado se extendía a una treintena de metros de amplitud alrededor de la nave.
Fue poco después del mediodía cuando la máquina mostró darse cuenta de lo que estaba sucediendo. Se abrieron una docena de trampillas, y de ellas surgieron objetos flotantes. Bajaron hasta el suelo, y comenzaron a recoger el producto plateado con unas trompetillas que sorbían el fino polvo en forma continua. Trabajaban con gran cuidado; pero una hora antes de que cayese la oscuridad de nuevo, habían recogido más de dos toneladas de la delgada capa de uranio 235.
Al caer la noche, todas las cosas de dos patas desaparecieron en el interior de la nave. Se cerraron las compuertas. El largo torpedo flotó suavemente hacia arriba, y se alzó hacia los altos cielos en los que aún brillaba el sol.
El primer aviso de la situación le llegó al bosque cuando las raíces situadas por debajo de la nave informaron de una repentina disminución de la presión. Pasaron varias horas aún antes de que decidiese que el enemigo había sido rechazado. Y aún pasaron otras antes de que se diera cuenta de que el polvo de uranio que aún se encontraba en aquel lugar tendría que ser retirado. Los rayos se extendían a grandes distancias.
El accidente que ocurrió entonces tuvo lugar por una razón muy simple. El bosque había tomado la sustancia radioactiva de las rocas. Para librarse de ella, sólo necesitaba devolverla a las capas rocosas más cercanas, particularmente al tipo de roca que absorbía la radioactividad. Al bosque, la situación le parecía así de obvia.
Una hora después de que comenzase a llevar a cabo el plan, la explosión se alzó en hongo hacia el espacio exterior.
Estaba muy por encima de toda la capacidad de comprensión del bosque. Ni vio ni oyó la colosal forma de la muerte. Lo que experimentó fue suficiente. Un huracán barrió kilómetros cuadrados de árboles. La bola de fuego y radiación inició fogatas que tardó horas en poder apagar.
El miedo lo abandonó lentamente, como recordaba que también había sucedido antes. Pero mucha más clara que la memoria era la comprensión de las posibilidades de lo que había sucedido… la naturaleza de la oportunidad.
Poco después de la madrugada de la siguiente mañana, lanzó su ataque. Su víctima fue el bosque que, según sus equívocos recuerdos, había invadido en un principio sus territorios.
A lo largo de todo el frente que separaba a los dos colosos deflagaron pequeñas explosiones atómicas. La sólida barrera de árboles que era la de defensa exterior del otro bosque se derrumbó ante una erupción tras otra de irresistible energía.
El enemigo, reaccionando normalmente, concentró su reserva de savia. Cuando estaba totalmente dedicado a la gigantesca tarea de hacer crecer una nueva barrera, las bombas comenzaron a estallar de nuevo. Las explosiones resultantes destruyeron su principal suministro de savia. Y, como no comprendía lo que estaba sucediendo, estuvo perdido desde aquel momento.
En la tierra de nadie en la que habían estallado las bombas, el bosque atacante introdujo una cantidad incontable de raíces. Allá donde se iniciaba una resistencia, se producía una explosión atómica. Poco después del siguiente mediodía, una titánica explosión destruyó los árboles centrales sensitivos; y la batalla hubo finalizado.
Le llevó meses al bosque el extenderse al territorio de su enemigo derrotado, el estrangular las raíces moribundas del otro, el derribar los árboles que ahora no tenían defensa, y el hacerse con el dominio incontestado.
En el momento en que hubo terminado con la tarea, se volvió como una furia contra el bosque de su otro flanco. Una vez más atacó con el trueno atómico, e intentó arrollar a su enemigo con una lluvia de fuego.
Se encontró con una defensa de igual fuerza: ¡átomos en fisión!
Pues su secreto se había filtrado a través de la barrera de raíces entrecruzadas que separaban los bosques.
Los dos monstruos casi se destrozaron mutuamente. Cada uno de ellos quedó convertido en un resto, que inició el doloroso proceso de la reconstrucción. Mientras los años pasaban, el recuerdo de lo que había sucedido se iba perdiendo. Y no es que importase. En realidad, las naves llegaban cuando lo deseaban. Y, de alguna forma, aunque el bosque hubiera recordado, sus bombas atómicas no hubieran estallado en presencia de una nave.
La única cosa que era necesaria para alejar a las naves era rodearlas con una fina capa de productos radioactivos. Tras ello, recogían el material, y se retiraban apresuradamente.
La victoria era siempre así de fácil.