ÉL, rey de la Fosa de las Filipinas, ese alucinante cañón en el que el mar se hunde diez kilómetros, se alzó de su período de letargo y miró suspicazmente a su alrededor.
Su Alter Ego dijo:
—Bien, ¿cómo está Él hoy?
El Alter Ego era un animador, un incitador, un estímulo para la acción. Y, en su forma limitada, un compañero.
Él no le contesto. Durante su período de sueño había derivado hasta un acantilado, cuyas paredes caían lisas por otros trescientos metros. Suspicaz, Él observó por encima del borde del cañón.
… No era una observación visual. Ninguna luz penetraba jamás desde arriba a la noche eterna que había allí, en la más honda profundidad del océano. El percibía el negro mundo que lo rodeaba con sonidos de alta frecuencia que emitía continuamente en todas direcciones. Como un murciélago en una caverna totalmente obscura, analizaba la estructura de todas las cosas de su Universo acuoso mediante la interpretación de los ecos que le llegaban. Y la sempiterna emoción de la sospecha era un artilugio que impulsaba a Él a estudiar los cambios de presión o de temperatura y los flujos de corriente. Sin que lo supiera, lo que observaba pasaba a formar parte del inmenso cúmulo de datos mediante el cual lejanos computadores controlaban la interrelación del océano y la atmósfera, y de esta manera predecían las condiciones en el agua y en el aire en todo lugar con una exactitud casi irreal.
Su percepción era casi perfecta. Clara e inequívocamente, Él divisó al intruso en la lejanía de aquel tortuoso desfiladero. ¡Una nave! Anclada a la roca en el mismo borde del cañón.
El Alter Ego le incito:
—No irás a dejar que alguien invada tu territorio, ¿verdad?
Instantáneamente, Él se sintió furioso. Activó el mecanismo de chorro en la rechoncha tripa de su cuerpo de metal casi macizo. Inmediatamente, un reactor nuclear calentó las planchas de la cámara de explosión. El agua de mar que fluía a través de dicha cámara se transformó en seseantes nubes de vapor, y Él salió disparado hacia adelante como un cohete.
Llegado hasta la nave, Él atacó la más cercana de las cuatro cadenas de anclaje con el haz calorífico nuclear de su cabeza. Cuando la hubo cortado, se volvió hacia el segundo cable, y lo quemó. Luego fue a por el tercero.
Pero los asombrados seres que estaban a bordo de la nave alienígena habían descubierto al monstruo de seis metros en las aguas bajo ellos.
—¡Analicen su trama de ecos! —llegó la orden, que fue cumplida con absoluta precisión—. Alimenten la trama al sistema de alteración infinita y devuélvanselo hasta que los grabadores registren una respuesta.
Y la respuesta significativa fue que Él olvidó lo que estaba haciendo. Se alejaba a la deriva con la mente en blanco cuando su Alter Ego lo estimuló:
—¡Despierta! No vas a dejar que se salgan con la suya, ¿verdad?
La derrota había galvanizado a Él, llevándolo a un nivel de ira más intenso. Se tornó mucho más sensitivo. Ahora, simplemente, hizo a un lado las copias de eco de los alienígenas.
Su mayor ira hizo que utilizara una segunda arma.
El sistema de percepción por eco de Él, que normalmente estaba regulado para que resultase inocuo a todas las formas vivas del mar, se reforzó repentinamente. Se transformó en un haz ultrasónico. Decidido, Él avanzó hacia la nave.
Al ver que se aproximaba, el enemigo decidió no correr albures.
—¡Suban las anclas que quedan!
Él se dirigió en línea recta hacia la parte más cercana del navío. Instantáneamente, las ondas ultrasónicas produjeron una vibración rítmica en la dura pared, debilitándola.
El metal gruñó bajo una presión que, a aquellas profundidades, era superior a una tonelada por centímetro cuadrado. La pared exterior se arrugó con un chirrido metálico.
La pared interior tembló, pero resistió.
Entonces, los anonadados defensores lograron iniciar una contravibración, anularon el ritmo de las proyecciones de Él, y estuvieron a salvo.
Pero la nave, que derivaba inerme en una lenta corriente, estaba gravemente herida. Hasta entonces, los alienígenas no habían usado energía alguna que pudiera ser detectada desde la superficie. Pero habían llegado a la Tierra para establecer una base de invasión. Sus instrucciones eran acumular los suficientes datos acerca de las corrientes submarinas que les permitiesen dejar las profundidades y eventualmente ser capaces de vagar hasta la orilla, lanzar bombas atómicas y derivar de nuevo, alejándose. Estaban poderosamente armados para este propósito, y rehusaban morir en aquellas negras aguas sin lucha.
—¿Qué podemos hacer contra ese demonio?
—¡Destruyámoslo! —urgió alguien.
—Eso es peligroso —dudo el comandante alienígena.
—No podemos estar en mayor peligro del que ya estamos.
—Cierto —dijo el comandante—. Pero, francamente, no entiendo ni siquiera por qué va armado, y no creo que tenga más recursos de ataque. Monten un sistema de respuesta. Si ataca con algo nuevo, devolverá automáticamente el fuego. Correremos este riesgo.
El segundo fracaso había enloquecido totalmente a Él. Apuntó su cañón nuclear, y disparó dos veces. Al instante siguiente, un haz de energía del invasor le atravesó el cerebro.
Su Alter Ego aulló:
—¿Vas a dejar que te derroten así?
Pero el rey de la Fosa de las Filipinas estaba muerto, y ya no podía ser incitado.
A su debido tiempo, llegó el informe a la central de previsión del tiempo:
«EI centro de computadoras no ha recibido datos recientes de Él. Por consiguiente, parece ser que otro de los robots antisubmarinos y meteorológicos de la época de la guerra se ha desgastado. Recordaran que estos monstruos electrónicos estaban programados para sentir sospechas, ira y la idea de que poseían parte del océano. Después de la guerra, jamás pudimos sacar a esos seres a la superficie, sospechaban demasiado de nosotros.»
El océano acuoso, como el océano de aire situado muy por encima, fluía y se agitaba con un movimiento incesante, dinámico y arrollador, que era muchas, muchas veces más poderoso que cualquier corriente de aire con la que se comparase. Sin embargo, en esencia, los cuatrillones de movimientos del agua se equilibraban unos con otros.
Y en un momento dado, a través de la Fosa de las Filipinas, comenzó a fluir un enorme río equilibrado. Llevó a la nave invasora alienígena hacia arriba, en una trayectoria larga y poco inclinada. Pasaron varias semanas antes de que el errante navío llegase a la superficie, y un día o dos más antes de que fuera visto.
Una patrulla naval lo abordó, encontró a los alienígenas muertos desde hacía más de un mes por la concusión y, tras examinar los daños, analizó correctamente lo que había sucedido.
Y así, un nuevo rey se «despertó» al primer «día» de su reino, y oyó que su Alter Ego le decía:
—Bien, Él, ¿qué programa tenemos?
Él miró a su alrededor con mayestática suspicacia.