—Veredicto —dijo la rad— del caso Douglas Aird, juzgado por traición el dos de agosto…
Con temblorosos movimientos de sus dedos, Aird alzó el volumen. Las siguientes palabras martillearon sus oídos:
—… que Douglas Aird tendrá que entregarse dentro de una semana a partir de esta fecha, esto es el diecisiete de setiembre del año 2460, en la estación de la patrulla más próxima, para ser llevado al convertidor más cercano, donde será ejecutado…
¡Click!
No tuvo memoria consciente de haber apagado la rad. En un momento el sonido resonaba a través de su apartamento, al siguiente había un silencio mortal. Aird se hundió en su butaca y contempló con ojos mareados, a través de las paredes transparentes, los brillantes techos de la Ciudad del Juez. Durante todas aquellas semanas había sabido que no había remedio. Aunque se había dicho, tratando de animarse a sí mismo, que sus descubrimientos científicos inclinarían la balanza a su favor; sin quitarles su valor para la raza, se había dado cuenta de que el Gran Juez no los consideraría desde el mismo punto de vista que él.
Había cometido el fatal error de sugerir, en presencia de «amigos», que un simple hombre como Douglas Aird podría gobernar tan bien como el inmortal Gran Juez, y que de hecho sería una buena idea si alguien menos apartado de las necesidades de la masa popular tuviera una posibilidad de promulgar decretos. Había pedido un poco menos de restricciones y algo más de individualidad. Esta afirmación hecha con tanto abandono había sido pronunciada el mismo día en que consiguiera por fin transferir los impulsos nerviosos de un pollo al sistema nervioso de un perro.
Había tratado de presentar el descubrimiento como prueba de que se hallaba en un anormal estado de excitación mental, pero el magistrado había considerado esa razón como irrelevante, inmaterial y de mal gusto. Había rehusado escuchar cuál era el invento, dictaminando fríamente:
—El investigador científico oficial del Gran Juez le visitará en el momento adecuado, para que le entregue su invento completo y con la documentación adecuada.
Aird se imaginó tristemente que el investigador pasaría dentro de un día o dos. Pensó en la posibilidad de destruir sus papeles e instrumentos. Estremecido, rechazó esa forma de desafío. El control de la vida por el Gran Juez era tan completo, que permitía que sus enemigos vivieran libres hasta el día de su ejecución. Era un punto bien explotado por el departamento de propaganda del Gran Juez. La Civilización, decían, nunca había alcanzado un nivel tan grande de libertad. Pero no era conveniente el irritar al Gran Juez destruyendo su invento; Aird tenía la definida convicción de que si no llevaba a cabo su papel en la farsa, emplearían con él métodos menos civilizados.
Sentado en su apartamento, rodeado por todas las comodidades modernas, Aird suspiró. Podría pasar la última semana que le quedaba de vida en la forma mejor que eligiese. Era la más refinada forma de tortura mental, el ser libre, el tener la sensación de que sólo sería necesario encontrar un sistema para poder escapar. Y, no obstante, sabía que la huida era imposible. Si subía en su coheteador, tendría que parar en la estación más cercana de la patrulla para que le pusiesen una señal en las placas de matrícula. Tras esto, su aparato emitiría automáticamente vibraciones que informarían a los patrulleros de las limitaciones en tiempo y espacio de su permiso de cohetear.
Su persona era controlada por un sistema similar. El instrumento electrónico impreso en su antebrazo derecho podía ser activado por cualquier central, lo que iniciaría una sensación de quemadura de una intensidad gradualmente creciente.
No había método alguno para escapar a la ley del Gran Juez.
Aird se puso cansadamente en pie. Tendría que preparar las cosas para el investigador científico. Era una pena el que no pudiera tener una oportunidad de experimentar con formas superiores de vida, pero…
Se quedó helado en la puerta de su laboratorio. Su cuerpo pulsaba con la magnitud de la idea que había golpeado su mente. Comenzó a estremecerse. Se apoyó sin fuerzas contra el marco de la puerta y luego se irguió.
—¡Eso es! —Dijo las palabras en voz alta, en tono grave e intenso, sintiéndose al mismo tiempo totalmente incrédulo y esperanzado hasta el borde de la locura. Fue la creciente esperanza la que le volvió a traer la terrible debilidad. Se derrumbó en la alfombra situada a la entrada del laboratorio, y se quedó allí, murmurando para sí mismo las chifladuras privadas de un experto en electrónica:
—… tener una rejilla mayor, y más líquido, y…
El Investigador Científico Especial George Mollins regresó a la Corte del Gran Juez, e inmediatamente solicitó una audiencia privada con el mismo.
—Dígale —le explicó al Primer Alguacil de la Corte—, que me he encontrado con un descubrimiento científico muy importante. Sabrá de qué hablo tan sólo con que le diga: Categoría AA.
Mientras esperaba ser recibido, el Investigador Científico aprestó sus instrumentos para un más fácil transporte y luego se quedó a la espera, dando una mirada por la antesala. A través de una pared transparente podía ver los jardines de allá abajo. Entre la espesura de las plantas verdes, entrevió el brillo de una falda blanca, lo que le hizo acordarse de que se decía que el Gran Juez tenía siempre al menos siete reinas de belleza en su harén.
—Por aquí, señor. El Gran Juez va a recibirlo.
El hombre sentado tras el escritorio parecía tener unos treinta y cinco años de edad. Tan sólo sus ojos y su boca parecían más viejos. Con sus ojos azules desvaídos y con su silenciosa boca cerrada, el inmortal y siempre joven Gran Juez estudió a su visitante.
Éste no perdió el tiempo. En el mismo momento en que se cerró la puerta tras de sí, apretó el botón que lanzó una nube de gas directamente contra el Gran Juez. El hombre tras el escritorio simplemente se desmayó en su asiento.
El visitante actuó con calma pero con rapidez. Arrastró el inerte cuerpo hasta sus instrumentos, y le sacó la ropa del torso. Rápidamente, frotó el cuerpo con el líquido que había traído y comenzó a colocarle electrodos. Media docena en un costado y otra media en el otro. El paso siguiente era conectarse los cables a su propio cuerpo, recostarse, y apretar el activador.
La pregunta que había intrigado a Douglas Aird el día que había logrado transferir los impulsos nerviosos de un pollo al sistema nervioso de un perro era: ¿Hasta qué punto era completa la transferencia?
La personalidad, se decía a sí mismo, era una estructura compleja. Surgía de muchos cuatrillones de diminutas experiencias y finalmente, tal como había descubierto, le daba a cada cuerpo una vibración neural especial.
¿Sería posible el establecer un flujo de energía nerviosa entre dos cuerpos enviándoles justamente sus vibraciones exactas, logrando un flujo tan natural y tan compensado que cada célula se impregnase con los pensamientos y memorias del otro cuerpo? ¿Sería posible un flujo tan completo que, cuando fuera canalizado correctamente, la personalidad de un cuerpo pasase a otro?
El hecho de que un perro actuase como si fuera un pollo no era prueba bastante. Normalmente, hubiera experimentado muy cuidadosamente antes de intentarlo con un ser humano. Pero un hombre condenado a morir no tiene por qué preocuparse por el riesgo. Cuando el Investigador Científico fue a visitarle dos días antes de la fecha de su ejecución, lo gaseó, y realizó el experimento allí y entonces.
La transferencia no fue absolutamente completa. Quedaban atrás memorias borrosas, lo bastante como para que la rutina de llegar hasta el Gran Juez le resultase fácil y familiar. Esto le había preocupado. Era importante seguir el protocolo adecuado para acercarse a un hombre que normalmente no dejaba llegar hasta él más que a la gente en quien creía poder confiar.
Resultó que lo hizo todo bien. En el momento en que notó la sensación de desdibujamiento que marcaba el inicio de la transferencia de su personalidad del cuerpo del Investigador Científico al del Gran Juez, Aird actuó. Lanzó en dirección al Gran Juez un gas que lo reviviría en unos cinco minutos. Simultáneamente, roció su cuerpo actual con gas anestésico instantáneo. Y ya mientras se hundía en la inconsciencia, podía notar como la aguda y dura personalidad del Gran Juez se deslizaba en el cuerpo del Investigador.
Cinco minutos más tarde, Douglas Aird, ahora en el cuerpo del Gran Juez, abrió sus ojos y miró cuidadosamente a su alrededor. Metódicamente, desconectó los cables, desmontó los instrumentos, y llamó a un alguacil. Como suponía, nadie interfería con las acciones del Gran Juez. Tan sólo le llevó una hora llegar hasta su antiguo apartamento, transferir la personalidad del Gran Juez al antiguo cuerpo de Douglas Aird, y al mismo tiempo devolver la del Investigador Científico a su verdadero cuerpo. Como medida de precaución, hizo llevar al Investigador a un hospital.
—Que lo tengan tres días bajo observación —ordenó.
De regreso en la Corte del Gran Juez, pasó los siguientes días entrenándose cuidadosamente en la placentera rutina de una vida de poder absoluto. Tenía un millar de planes para transformar un estado policial en un estado libre, pero como científico que era se daba perfecta cuenta de la necesidad de una transición suave.
Al final de la semana, preguntó como por acaso acerca de un traidor llamado Douglas Aird. La historia era interesante. Parecía ser que el hombre había tratado de escapar. Había volado unos mil kilómetros en un coheteador no matriculado antes de ser obligado a aterrizar por una patrulla local. Inmediatamente, había huido a las montañas. Al no entregarse en la mañana del día señalado para su ejecución, había sido activado el instrumento impreso en su antebrazo. Poco antes del atardecer, una cansada, tambaleante y enloquecida sombra de lo que había sido un hombre se había presentado en una estación montañera de la patrulla, gritando que era el Gran Juez. Se efectuó la ejecución sin más tardanza.
El informe concluía: «Nunca, en la experiencia de los patrulleros presentes, se había aproximado un condenado al convertidor con tanta reluctancia».
Al Gran Juez, sentado tras su escritorio en la lujosa corte, le resultaba fácil creerlo.