Los cien delegados a la convención de fabricantes electrónicos que habían asistido a la muestra se dirigían a las puertas. Varias esposas habían estado presentes, y sus voces se mezclaban con los tonos más profundos de los hombres. Los sonidos se apagaban rápidamente a la distancia del hotel, pero el señor Pedro del Corteya levantó repentinamente la mirada de lo que estaba haciendo y vio que todavía no estaba solo.
Siguió rebobinando el carrete, luego lo colocó en su lata y comenzó a empacar el proyector. Por el rabillo del ojo miraba al otro con la curiosa y especulativa atención del latino. Finalmente, terminado su trabajo, se volvió.
—¿Es conmigo con quien quiere hablar, señor?
El hombre corpulento vaciló, y luego se adelantó. Era un individuo alto, fornido, de alrededor de cuarenta años, de ojos castaños y cabellos escasos.
—Esta noche nos ha mostrado una película extraña.
Corteya sonrió aceptando personalmente el cumplido.
—¿Le resultó entretenida, señor?
Otra vez la vacilación; luego:
—¿De dónde la sacó?
Corteya se encogió de hombros. Estos norteamericanos, tan directos. ¿El hombre esperaba que le revelara sus secretos del oficio? Lo dijo.
—¿Me toma por tonto, señor? Tal vez usted piensa iniciar la competencia contra mí. Tal vez usted tiene mucho dinero, y yo puedo ir a la quiebra cuando me obligue a bajar los precios.
El desconocido rió. Sacó una tarjeta y se la ofreció. Corteya leyó:
WALTER DORMAN
Presidente
COMPAÑÍA ELECTRÓNICA DE AMÉRICA
Corteya miró la tarjeta y luego la devolvió. Se dio cuenta de que Dorman lo observaba atentamente. Por fin el hombre dijo, con una leve nota de incredulidad en la voz:
—Todavía no cree que no quiero perjudicarlo.
Corteya se encogió de hombros.
—¿Qué es lo que desea saber, señor?
—¿Esa película?
Corteya levantó las manos en un gesto de desaprobación.
—Una novedad de diez minutos.
—Muy bien hecha, en mi opinión.
—Todo el mundo, señor, sabe que Hollywood es maravilloso.
—Hollywood nunca hizo una película tan buena como ésa.
Corteya sonrió con una sonrisa que querría decir «si usted lo dice así será». Luego, por primera vez, permitió que su mente volviera a la película que acababa de mostrar.
No la recordaba muy claramente. Tenía el hábito de mirar al público, y no la película. Sin embargo, recordaba que era sobre un horno eléctrico automático al que simplemente había que proporcionar los ingredientes apropiados, y el aparato los mezclaba y servía la comida terminada bien caliente en el momento que se deseara. Había mostrado la misma película dos semanas antes en un reecuentro de los dietistas locales, y el público había reído de buena gana ante ese artefacto inexistente.
Corteya dijo:
—Señor, yo saco mis películas de diversas bibliotecas fílmicas. De dónde las sacan ellos, no lo sé. Compiten por mis servicios. Todo lo que hago es mirar sus catálogos y pedir películas cuando las necesito. —Se encogió de hombros—. Eso es todo.
—¿Tiene usted otras novedades como la de esta noche?
—Algunas. No recuerdo.
—¿Todas vienen de la misma biblioteca fílmica?
La insistencia de Dorman comenzaba a disminuir.
—Realmente no lo recuerdo, señor. Para mí todo eso es un trabajo de rutina.
—¿Tiene otras películas similares a mano ahora?
—¿Si las tengo aquí? ¡No!
—En su oficina, quiero decir.
Corteya parecía sentirse mal. Era un hombre simple, honesto, que podía mentir como cualquiera, pero sólo si había comenzado con una mentira y tenía que seguir adelante. Al haber comenzado con la verdad, no podía detenerse.
—En la cena del Aero Club, mañana —dijo con tono sombrío—, mostraré una película sobre un viaje a uno de los planetas. El catálogo dice que es muy divertida.
Dorman dijo:
—Sé que es mucho pedir, pero ¿quiere llevarme a su oficina y mostrarme esa película ahora?
—Señor, mi esposa me espera en casa.
Dorman no dijo nada. Sacó su billetera y extrajo un billete de veinte dólares. Como esperaba, la mano delgada del otro se adelantó delicadamente, pero sin vacilaciones y aceptó el dinero.
Sólo llevó ocho minutos llegar al lugar de trabajo de Corteya, y pocos minutos después el proyector del joven estaba colocado y funcionando.
Una vista del mar quebró las sombras de un horizonte nublado pero muy brillante. El mar estaba calmo, era una gran extensión de agua sin olas. De pronto, en las oscuras profundidades, se agitó algo. Apareció un ser. Brotó de la superficie y saltó, a seis metros, a ciento cincuenta metros, a trescientos metros de altura. Su enorme cabeza bulbosa y su enorme boca abierta casi parecían tocar la cámara. Luego comenzó a caer, siempre luchando, siempre furiosamente decidido a apoderarse de la presa sobre la cual había saltado.
No lo logró. Cayó. Golpeó en el agua con un ruido tan gigantesco que Dorman se estremeció. Estaba admirando la ilusión de la realidad desnuda que se había producido con lo que debía de ser un monstruo artificial activado mecánicamente en alguna imitación del mar hecha en interiores. Pero las salpicaduras parecían reales. Un momento después, el narrador dijo:
—Lo que han visto fue un calamar venusino. Estos seres, que frecuentan las profundidades de los mares cálidos de Venus, sólo salen a la superficie a buscar alimento. Nuestro artista de la cámara actuó como carnada, atrayendo al calamar a atacarlo. Pero no estaba en peligro. En todo momento estuvo protegido por aparatos electrónicos.
Dorman sonrió burlonamente. Primero un horno eléctrico que preparaba comidas, en ese momento un viaje a Venus. Dos trabajos vulgares de fotografía, y, en ese caso, era especialmente inteligente sugerir que no había habido peligro. Muchas de esas historias sobre lugares que realmente existían fingían suspenso y excitación hasta llegar a las náuseas. Se puso de pie, sintiendo que había perdido casi totalmente el interés. Sentía que era demasiado tolerante consigo mismo. Por un momento, mientras miraba el horno en funcionamiento, había tenido la loca idea de que la película era un recurso publicitario paralizante para un competidor. La película sobre Venus ponía todo el asunto en su verdadera perspectiva. Vio que Corteya había detenido el proyector. Se encendió la luz de arriba.
—¿Ya sabe lo que quería saber?
—En efecto.
El hombre más joven siguió rebobinando el carrete. Mientras esperaba, Dorman echó una mirada a la pequeña habitación. Tenía un mostrador al frente. Sobre el mostrador estaba el proyector, cerca de la pared. Detrás del mostrador había una única silla y unos pocos estantes. Eso era todo el mobiliario. Las paredes blancas con pintura a la cal de la oficina estaban decoradas con fotografías de películas de uno o dos carretes. Sobre cada una de las fotos había un cartel que anunciaba el tema y el costo de la proyección. Obviamente era un asunto de ventas. Nadie entraba en un lugar como ése sin haber sido informado sobre ello de alguna manera.
—¿Algo más, señor?
Dorman se volvió. La película estaba en la lata, el proyector en su caja.
—Me gustaría que me dijera si estas dos películas vienen de la misma biblioteca fílmica.
—Así es, señor. —Corteya no se había movido. Sonreía con su expresión de desaprobación. —Miré en el envase— explicó—, cuando entré.
Dorman no hizo ademán de marcharse. En realidad no había nada más, pero no le gustaba dejar inconcluso algo que había comenzado. Tenía que controlarlo todo y luego volver a controlarlo. Ése era su método, y no tenía intención de cambiarlo en ese momento. Sacó su billetera y extrajo un bilete de diez dólares.
—El catálogo de esa biblioteca en particular. Me gustaría mirarlo.
Corteya aceptó el billete y buscó debajo del mostrador. Volvió con varias carpetas.
—Me envían una de éstas todos los meses. Éstas son para los últimos cuatro meses.
Sólo las carpetas finales contenían listas de las películas nuevas. Dorman recorrió la columna con la mirada, mientras ensanchaba su sonrisa. Había varias películas sobre viajes. Venus, un viaje por un desierto en Marte, un viaje en nave espacial a la Luna, un viaje aéreo sobre las montañas de Europa, uno sobre las lunas de Júpiter, un examen de la cámara de los anillos de Saturno, un viaje en barco por un río de oxígeno líquido en el planeta lejano, Plutón, y, finalmente, el tamaño del Sol tal como se veía desde cada uno de sus diez planetas.
Dorman echó una rápida mirada a las películas que aparecían bajo el título de «novedades», alrededor de veinte. Encontró instantáneamente la que quería. El comentario decía: «Divertido relato de un horno automático que hace todo». Cerró la carpeta, y se detuvo a mirar la dirección. Biblioteca Fílmica Arlay, Sunset Boulevard, Hollywood, California.
—Gracias —dijo Dorman.
Salió a la calle y subió a su auto. Estaba más fresco, de manera que levantó la ventanilla, y dedicó un minuto a encender el cigarrillo. Se dirigió sin prisa a su hotel. En la recepción, un hombre lo saludó:
—Hola, Wally, ven al bar a tomar una copa. Los muchachos han estado buscándote. ¿Dónde estuviste?
Mientras se sentaba en un compartimiento, un minuto después, Dorman dijo:
—He estado cazando gansos salvajes. —Explicó brevemente. Uno de los otros hombres lo miró.
—Wally —dijo—, eres un tipo despierto. —Bebió un sorbo de su bebida—. Lo digo más en serio de lo que piensas. Una de las razones por las que asistí a esta convención fue para encontrar un hombre que pudiera ser el nuevo director de nuestra empresa. Tendrías que comprar alrededor de mil acciones, pero ya verás qué buen negocio es cuando te muestre los registros mañana. Lo que más nos interesa es encontrar a alguien que sea bueno, que no pierda ninguna oportunidad. Tu acción de esta noche es sencillamente genial, por lo que a mí respecta, de manera que ya estás en esto.
—Camarero —dijo Dorman—, traiga más bebidas.
La música siempre feliz resonaba alrededor de ellos. Las voces subían y bajaban en oleadas de sonido. La noche avanzaba lentamente.
Diez semanas antes, el señor Lester Arlay, de la Biblioteca Fílmica Arlay, había leído la primera queja frunciendo el entrecejo ya naturalmente arrugado. La carta había aparecido en el interior de la lata de películas, y comenzaba:
Estimado señor Arley…
El señor Arlay comenzó a enojarse allí mismo. No le gustaba que escribieran mal su nombre. Siguió leyendo, con gesto agrio:
Estimado señor Arley:
La película sonora Magia de la comida que usted me envió es totalmente diferente de lo que esperaba. Ni el público ni yo entendimos nada. Por cierto que no tiene nada que ver con la comida. Mi programa para la convención de minoristas quedó arruinado.
La carta estaba firmada por uno de sus mejores clientes; y el señor Arlay, que recordaba perfectamente la Magia de la comida, una película de dos rollos, quedó profundamente afectado. Era una película educativa producida por una de las grandes distribuidoras de alimentos. Y realmente era un trabajo muy bueno. Una de esas películas que las pequeñas bibliotecas fílmicas podían tomar prestadas por nada, y luego alquilar a precio bajo pero conveniente. Era una película sin duda adecuada para una convención de almaceneros minoristas.
Frunciendo el entrecejo, el señor Arlay volvió a meter la carta en la lata de películas y puso la lata en el estante rotulado «para examinar». Comenzó a abrir las otras diez latas de películas que habían devuelto esa mañana. De las diez personas que habían alquilado las películas, cuatro se quejaban de que «ésta no es la película que pedimos», «no entiendo que usted envíe una película tan diferente de la que encargamos», «esto es un galimatías visual», «su chiste arruinó nuestro espectáculo».
El señor Arlay, muy pálido, se quedó unos momentos mirando las cartas y luego, en un repentino impulso de actividad, examinó una de las películas criticadas. Puso el rollo en el proyector, hizo los ajustes necesarios, apagó la luz, y miró la pantalla sin saber qué esperar.
Se oyó un murmullo lejano de música. La música se acercó, pero cuanto más se acercaba más incertidumbre había en ella. Se oían unos violines en primer plano que tocaban una dulce melodía, pero rápidamente apareció un tema menos suave, una nota de duda. La duda creció y creció hasta que finalmente los compases alegres quedaron completamente dominados. Oscuramente, casi en forma discordante, proseguía la música… y se retiraba a la distancia.
La pantalla cobró vida. La invadieron los colores, un movimiento entrelazado de colores que nunca llegaba a formar un dibujo reconocible. Y los ricos y vivaces colores se hicieron cada vez más oscuros hasta que finalmente la pantalla quedó casi negra.
De la oscuridad surgió una mujer joven. Pasó de las sombras a la luz con sencilla gracia, que la mostró inmediatamente como uno de esos tipos maravillosamente fotogénicos. El señor Arlay nunca la había visto antes, pero ella curvó los labios en una sonrisa, hizo un movimiento con los dedos: era una personalidad.
El problema fue que, apenas había aparecido, bruscamente, se desvaneció en una nube móvil de colores oscuros. Apareció nuevamente, y esa vez caminó por un pasillo de color azul intenso y entró en un living, donde había un joven leyendo junto a una gran ventana. El señor Arlay tuvo una visión fugaz de la ciudad del otro lado de la ventana, y luego el ángulo de la cámara se movió hacia la muchacha.
Estaba de pie detrás del hombre, vacilante. Los detalles humanos de su carne se confundían con los colores temáticos oscuros, y fueron esos colores con forma humana los que avanzaron hacia adelante y muy obviamente besaron al joven en los labios. Fue un beso largo, y al final el joven también se había convertido en un dibujo de colores.
Los colores mezclados comenzaron a retorcerse y girar. La pantalla era un esplendor cromático de luz que giraba. Comenzaba a moverse con la música que volvía cuando el señor Arlay salió de su desconcierto y puso la carta que había recibido sobre esa película en particular a la luz del proyector.
Leyó:
—«¡Esto es un galimatías visual!».
¡De manera que ésa era! Dejó la carta, y levantó la tapa de la lata que mostraba este título: «Cómo manejar una granja de pollos».
En la pantalla, la muchacha caminaba con paso incierto por una calle, volviéndose para mirar al hombre que la seguía a pocos pasos. El señor Arlay apagó el proyector, rebobinó el rollo, y tomó otra película de su lata. Sobre ella el que presentaba la queja decía: «Su chiste arruinó nuestro espectáculo».
Colocó el rollo, y enseguida apareció en pantalla la foto de una máquina. Era una foto muy brillante y clara, y no había nada incomprensible en ella, pero la máquina no era la que el señor Lester Arlay recordaba haber visto antes. El hecho no lo perturbó de inmediato. El mundo estaba lleno de máquinas que nunca había visto; y además nunca esperaba ver. Esperó: y una tranquila voz de barítono dijo:
—Ningún piloto espacial tendrá dificultades en arreglar este nuevo motor para su nave.
El señor Arlay suspiró, y llevó la tapa de la lata a la luz. El título decía: «Cómo funciona la Máquina Diesel Norteamericana Cogshill».
Lo que había sucedido estaba claro, pensó el señor Arlay. Alguien le había devuelto toda una serie de películas equivocadas; y él las había mandado en las latas originales. La increíble mala suerte en este asunto era que por lo menos habían salido cinco películas equivocadas al mismo tiempo.
En la pantalla, la voz de barítono decía:
—Ahora, eleve la caja del motor. Como el peso estándar de la caja es de ocho toneladas, habrá que cuidar cerca de un cuerpo planetario que las agujas antigravedad estén balanceadas en alrededor de noventa y nueve gravitones. Para retirarlas será cuestión de empujar fuertemente…
El señor Arlay detuvo la película, y estaba colocando el rollo en la lata, cuando se le ocurrió lo siguiente: «¿Qué dijo? ¿Qué dijo?».
Poco a poco se daba cuenta de que algo andaba muy mal.
Hubo una interrupción. Se abrió la puerta externa, y entró una muchacha. Llevaba un abrigo de armiño, y los dedos llenos de anillos.
—Hola, querido —dijo con voz ronca.
El señor Arlay, olvidando de inmediato todos sus pensamientos, dio la vuelta desde el otro lado del mostrador. Su esposa esquivó hábilmente el beso que él trataba de darle en los labios.
—¿Tienes dinero? —preguntó—. Voy a hacer compras.
El señor Arlay respondió:
—Ten cuidado, Tania. Estamos casi tocando fondo.
Lo dijo cariñosamente. Trató de besarla otra vez, y esa vez logró rozarle la mejilla. Sus palabras sacudieron de impaciencia el esbelto cuerpo.
—Nunca dices otra cosa —repuso sombríamente la muchacha—. ¿Por qué no ganas dinero como alguna gente de esta ciudad?
El señor Arlay estuvo a punto de señalar que ganaba dinero. Se contuvo. No se hacía ilusiones con respecto a sus posibilidades de retener a esa joven mujer. Su negocio le rendía entre trescientos y quinientos dólares por semana. No era una enorme cantidad de dinero, pero podía competir con los sueldos de los actores cinematográficos importantes. Tal vez ellos ganaban un poco más por semana, pero pocos hacían cincuenta y dos semanas por año.
Esos ingresos le habían permitido, tres años antes, casarse con una actriz de reparto que era una persona físicamente mucho más atractiva que la que habría podido encontrar sin dinero. Mentalmente… ése era otro asunto. La muchacha tenía hábitos de supervivencia que habrían desconcertado a Darwin. Independientemente de las variaciones en los ingresos de su marido, se las arreglaba para gastarlo todo, un mes tras otro. Su adaptabilidad asombraba a veces hasta al propio señor Arlay, tan derrotista.
Lo que él no percibía y ella por cierto ni sabia ni le habría importado si lo hubiera sabido, era la profunda influencia que tenia sobre él. Todas las cualidades imaginativas con que había construido su negocio habían sido reemplazadas por una completa dependencia en la experiencia. Se consideraba un hombre práctico, y no sospechaba que su hábito de considerarse a sí mismo como «señor» no era más que una compensación por el desastre psíquico sufrido al entrar esa muchacha en su vida.
No era que necesariamente hubiese sospechado que tenía en sus manos películas que habían sido hechas más de cincuenta años en el futuro.
Ahora que ella había entrado en la oficina, él se esforzó por conseguir que se quedara.
—Tengo algo aquí que podría interesarte —dijo ansiosamente—, alguien me ha enviado una película de otra biblioteca por error, y es un asunto bastante extraño, una especie de rareza visual.
—Bueno, querido, estoy apurada, y…
Sus ojos entrecerrados vieron que no era momento de negarse a escucharlo. Él necesitaba una migaja de vez en cuanto, y era tan absolutamente confiado. Al fin y al cabo, tendría que estar loca para dejar que alguien a quien era tan fácil sacarle dinero la abandonara.
—Bien, querido —respondió con suavidad—. Si tú lo deseas.
Él le mostró la película con el hombre y la muchacha y los colores vertiginosos… y desde el momento en que apareció la muchacha en la pantalla se dio cuenta de que había cometido un error. Su esposa se endureció al ver aparecer a esa extraordinaria actriz.
—Mmmmm… —dijo con tono hiriente—. ¿Qué clase de comida me sirves ahora?
El señor Arlay dejó correr el rollo, por supuesto, sin otro comentario. Habia olvidado por un momento que su esposa no admiraba a otras actrices, particularmente a las estrellas. Mientras miraba la película, advirtió distraídamente que la razón de los oscuros tonos de la música y el color parecía deberse a que la muchacha era desdichada en su matrimonio, y los colores que se retorcían estaban destinados a mostrar sus cambiantes emociones, las dudas que tenía y los pensamientos que surgían en su mente.
—Interesante —pensó—. Me pregunto quién la habrá hecho.
Al terminar el rollo, Tania se puso de pie de un salto.
—Bien, tengo que salir corriendo. Haré un cheque por quinientos dólares, ¿está bien?
—¡Tres! —dijo el señor Arlay.
—Cuatro —replicó su esposa en tono de regateo amistoso.
Y fue por cuatrocientos. Cuando se fue, el señor Arlay comenzó a averiguar quién le había enviado esas películas raras. El número de tarjeta de la película Cómo manejar una granja de pollos daba una lista de hombres y escuelas e instituciones que habían alquilado el artículo. El penúltimo que lo había alquilado obviamente sería el que había cambiado la película. Su mirada ubicó rápidamente el nombre.
—Tichenor Collegiate —leyó.
El señor Arlay frunció el entrecejo al ver el nombre, y mentalmente cambió el texto de la carta que pensaba escribir. Tichenor Collegiate era probablemente uno de sus mejores clientes. Y, además, el operador a cargo en ese caso, Peter Caxton, un profesor de ciencias, era un hombre sumamente experimentado. Parecía prácticamente imposible que Caxton fuera el culpable.
Rápidamente el señor Arlay examinó la tarjeta de otra de las películas excéntricas. El penúltimo cliente que la había alquilado era Tichenor Collegiate. El mismo nombre aparecía para cada una de las películas devueltas, que no pertenecían a su biblioteca. El señor Arlay se sentó ante su máquina de escribir y, teniendo en cuenta que los clientes rara vez se ofendían cuando se les explicaba el caso, escribió:
Estimado señor Caxton:
Una serie de películas que nos han devuelto no era la que enviamos originalmente. En total cinco películas…
Allí se interrumpió. ¿Cinco? ¿Cómo sabía que eran sólo cinco? El señor Arlay pasó directamente a la ficha personal de Tichenor Collegiate. Era gruesa, porque le habían pegado agregados varias veces.
Pasó al nombre número quince de la tarjeta. Lo habían anotado poco más de dos semanas antes. El título era: Poda de frutales. La película en sí era un engendro fantástico en que una nave de forma curiosa parecía despegar de la superficie de la Tierra para ir a la Luna. Las ilusiones eran muy realistas, y la fotografía tenía un brillo de Hollywood.
Fríamente el señor Arlay la interrumpió, pensando por primera vez que valdría la pena ser el representante de la persona que hacía esas películas.
Entretanto, tenía algo que hacer. Una por una pasó por la pantalla las últimas diecinueve películas alquiladas por Tichenos. Es decir, pasó las dieciséis que tenía. Tres habían vuelto a alquilarse, y sin duda en cierto momento le llegarían noticias de ellas. De las dieciséis, siete eran películas de viajes. Creaciones únicas, increíbles, filmadas por un loco. Pero loco o no, era un genio, y había diseñado las escenografías más realistas que pudiera concebir la fantasía. Entre las primeras que vio el señor Arlay estaba la película sobre Venus, que, diez semanas más tarde, Pedro del Corteya mostró al fabricante de artículos electrónicos Walter Dorman. El señor Arlay la miró y miró también los otros rollos sobre el sistema solar con ojo de conocedor. Le pareció que tenía mucho mérito hacer una presentación cinematográfica hábil de lo que la ciencia creía sobre los diversos cuerpos planetarios.
Siete películas sobre viajes y ocho para explicar el funcionamiento o la forma de reparar mecanismos… de las ocho, una era sobre el funcionamiento de una máquina sin sentido. Al menos al señor Arlay le parecía sin sentido. Tenía una sola extrusión en una carcaza fuerte. Había pequeños compartimientos en la carcaza, y cuando se llenaban de un fino polvo metálico, la extrusión podía realizarse a una velocidad que no disminuía cuando se lo conectaba a una máquina grande de construcción intrincada. Otra máquina se ocupaba de la reparación de algo que llamaban pistola atómica. También allí el fino polvo metálico pasaba a diminutos compartimientos, pero había un túnel de transformación, cuya finalidad no estaba clara. Cuando finalmente se disparaba, la pistola, un arma de mano, convertía en polvo una colina de ciento veinte metros de altura.
El señor Arlay se impacientaba cada vez más a medida que las películas aparecían en la pantalla. La cosa iba demasiado lejos. Las películas de viajes tenían un cierto valor científico, pero esas películas sobre el funcionamiento y reparación de mecanismos, con su pretensión de dar detalles, carecían de credibilidad. Una máquina atómica y una pistola atómica. Cómo reparar un motor espacial. Cuidado y funcionamiento del Fly-O, una máquina para volar individual… una combinación de correas y un tubo metálico que levantaban del suelo al hombre de la película y lo transportaban por el aire como a Buck Rogers. Una radio que era simplemente una pulsera hecha de lo que llamaban «metal sensible». Se mostraba la estructura cristalina de la sensibilidad, y también las ondas radiales, transformadas en sonidos por burbujas ultradelgadas del metal. Había tres películas bastante divertidas sobre electrodomésticos. Había una luz de fuente invisible que enfocaba el objeto que se deseaba: alfombras y muebles que no se ensuciaban, y finalmente el horno eléctrico automático que más tarde despertaría el instinto competitivo de Walter Dorman. Mucho antes de que terminara la proyección, el señor Arlay pensó que había un tipo de público que podría interesarse en esas novedades. De todas maneras sería importante destacar el ángulo novedoso, para que la gente estuviera preparada para reír.
Lo mejor que podía hacer, por supuesto, era ubicar la fuente de las películas, y procurarse alguna. Llamó por teléfono a Tichenor Collegiate, y preguntó por Caxton. Caxton dijo:
—Mi querido señor Arlay, es imposible que nosotros seamos los causantes del problema. Para evitar confusiones en la contabilidad, adopté hace mucho tiempo la política de alquilar a una sola biblioteca por vez. En los últimos dos meses le alquilamos el material a usted, y lo devolvimos de inmediato. Tal vez tendría que volver a examinar sus archivos.
Su voz denotaba cierta superioridad y cierto tono de cliente ofendido que hizo retroceder definitivamente al señor Arlay.
—Sí, sí, por supuesto. Me fijaré yo mismo. Mi ayudante debe… bueno…
El señor Arlay cortó la comunicación, vio que era casi la una y salió a almorzar. Fue con su coche hasta Vine Street a tomar una sopa de tomates. Su excitación disminuía lentamente, y se dio cuenta de que en realidad no se trataba de una situación difícil. Había perdido diecinueve películas, pero si escribía cartas a las empresas que se las habían mandado probablemente le enviarían inmediatamente nuevas copias. Y como una especie de compensación por todo ese desgaste nervioso, tenía dieciséis o tal vez diecinueve películas de novedades que podían andar bastante bien.
Y así fue. Por lo menos una vez por semana salían las novedades por correo, y volvían. Y cuando volvían ya había pedidos esperándolas para la semana siguiente. Al señor Arlay no le preocupaba lo que pensaría el verdadero propietario de las películas al descubrir lo que estaba pasando. Ninguna película de biblioteca valía tanto individualmente. Probablemente el dueño exigiría el porcentaje de mayorista, y el señor Arlay estaba dispuesto a pagarlo.
Y en caso de que hubiera alguna reacción del público, el señor Arlay enviaba formularios impresos para hacer comentarios. Se los devolvían debidamente completados. Cantidad de espectadores: 100, 200, 75, 150. Carácter de la reunión: Cena de comerciantes minoristas, un curso de astronomía de la universidad, la sociedad de físicos, estudiantes de la escuela secundaria. La reacción del público: «Divertida», «Interesante», «Vale por la buena fotografía». Una crítica habitual era: «Pienso que el diálogo podría ser más ágil, más apropiado para el tema».
La situación no permanecía estática. A fin de mes el señor Arlay tenía treinta y una películas más de novedades, y todas habían sido enviadas por Peter Caxton de Tichenor Collegiate.
Diez semanas después, precisamente en el momento en que Pedro del Corteya debía mostrar la película sobre el horno a una convención de fabricantes electrónicos, dos cosas sucedieron aproximadamente al mismo tiempo. El señor Arlay subió el alquiler de las novedades en un cincuenta por ciento, y Caxton le envió una carta, que entre otras cosas, decía:
He visto en sus folletos una referencia a algunas películas sobre novedades. Desearía que me enviara una sobre un planeta para el próximo miércoles.
«Bien», pensó el señor Arlay, «bien, ya veremos».
La lata volvió el jueves. La película que contenía era también del tipo novedades. Pero no era la misma que él había enviado.
En camino a Tichenor Collegiate para las clases de la tarde, Peter Caxton se detuvo en el negocio de la esquina y compró un atado de cigarrillos. Había un espejo de cuerpo entero frente a la puerta. Y, al pasar, se detuvo brevemente a mirarse.
La imagen que vio le agradó. Su figura alta estaba bien vestida, su rostro limpio aunque no demasiado juvenil, y sus ojos grises, sonrientes. El efecto de estar bien vestido estaba acentuado por un agradable sombrero negro. Siguió caminando, satisfecho. Caxton no se hacía ilusiones sobre la vida. La vida era lo que uno ansiaba de ella. Y por lo que él veía, si las cosas andaban bien, en dos años debía llegar a ser director de Tichenor Collegiate. El límite de tiempo era inevitable. El viejo Barnish sólo se retiraría entonces, y Caxton no veía ninguna forma de acelerar el proceso.
Tichenor no era una superescuela ni estaba respaldada por las grandes cantidades de dinero que algunas comunidades vecinas recolectaban todos los años para la educación. Había una sola sala de profesores para hombres y mujeres. Caxton se dejó caer en uno de los sillones y encendió un cigarrillo. Había fumado la mitad cuando entró la señorita Gregg.
Ella le sonrió cálidamente.
—Hola, Peter —dijo. Su mirada indicó significativamente las puertas cerradas de los vestuarios de hombres y de mujeres y luego volvió a él.
Caxton dijo:
—En el de hombres no hay nadie.
Ella abrió la puerta del vestuario de mujeres, echó una mirada, y luego volvió con andar cadencioso y lo besó en los labios.
—Cuidado —repuso Peter Caxton.
—Esta noche —murmuró ella—, donde termina el parque.
Caxton no pudo evitar un leve gesto de irritación.
—Lo intentaré —dijo—, pero mi esposa…
Ella susurró afectuosamente:
—Te esperaré.
La puerta se cerró suavemente tras ella. Caxton se quedó donde estaba, con el entrecejo fruncido, perturbado. Al principio había sido agradable conquistar el corazón de la señorita Gregg. Pero después de seis meses de encuentros más que frecuentes, el asunto comenzaba a ser un poco cansador. Ella ya comenzaba a pensar que él obtendría un divorcio, que de alguna manera eso no afectaría su carrera, y que todo saldría bien. Caxton no compartía su ansiedad por esa culminación ni su vaga convicción de que no habría repercusiones.
Se daba cuenta, demasiado tarde, de que la señorita Gregg era una tonta sentimental. Hacía un mes que sabía que tenía que cortar con ella, pero hasta entonces sólo se le había ocurrido un método. Había que sacarla de la escuela. ¿Cómo? La respuesta a esa pregunta se le ocurrió con la misma facilidad. Una campaña de rumores contra ella y Dorrit: De esa manera podía matar dos pájaros de un tiro. Ancil Dorrit era su único rival serio para el cargo de director, y lo más grave era que él y el viejo Barnish se llevaban muy bien.
No tenía por qué ser muy duro. Todos excepto la señorita Gregg sabían que Dorrit estaba loco por ella, y Dorrit no parecía sospechar que alguien conociera su secreto. La situación divertía a Caxton. Él, un hombre casado, le había birlado a Dorrit la muchacha de sus sueños. No había razón para que no le quitara también el cargo de director en su propia cara, por así decirlo. Tendría que pensar un poco más en los movimientos que haría, y proseguir con gran cuidado.
Caxton apagó el cigarrillo en un cenicero muy cuidadosamente, con expresión pensativa, y luego se dirigió al auditorio. Su primera clase tendría una proyección cinematográfica… una cosa fastidiosa. Al principio le había interesado mucho, pero había demasiadas películas malas. Además esos burros nunca aprendían nada. Alguna vez había interrogado a alguno de los mejores alumnos sobre lo que habían aprendido de una película, y era lamentable. Pero los que proponían el método decían que el efecto era acumulativo, que los chicos lo preferían a otros métodos de enseñanza, y la semana anterior la junta de la escuela había pedido que se mostrara una película al Grado Diez y al Once.
Eso significaba que una vez por la mañana y una vez por la tarde debía controlar a un enjambre de chicos de quince a diecisiete años en la oscuridad de un auditorio. Al menos, ésa era la última película del día. Ya se había proyectado alrededor de un minuto de película cuando Caxton miró realmente la pantalla por primera vez. Miró un momento sin cambiar de expresión, luego apagó el proyector, encendió las luces y fue al frente de la sala de proyecciones.
—¿Quién es el responsable de este estúpido truco? —preguntó furioso.
Nadie respondió. Las chicas parecían un poco asustadas, los muchachos se pusieron rígidos, excepto algunos más sumisos, que palidecieron.
Caxton gritó:
—Alguien ha cambiado las películas durante la hora del almuerzo.
Se interrumpió. Sus propias palabras lo perturbaron. Había salido corriendo de la cabina de proyección sin detenerse a evaluar las implicaciones de lo que había sucedido. En ese momento, de pronto, se daba cuenta. Por primera vez en sus cuatro años en Tichenor había sido víctima de las travesuras de un estudiante, y le caía muy mal. Después de pensarlo un momento, hizo un ajuste mental aun mayor, y salvó la situación.
Caxton tragó saliva. Una débil sonrisa iluminó su rostro tenso. Miró a su alrededor con indiferencia.
—Bien —dijo—, si esto es lo que quieren, lo tendrán.
Al segundo día su sonrisa era más tensa, y se convirtió en una cuestión de disciplina.
—Si esto vuelve a suceder —dijo—, tendré que informarle al viejo Barn… —se interrumpió. Había estado a punto de decir «viejo Barnish». En cambio se corrigió y dijo—:… informarle al señor Barnish.
Al día siguiente, cuando entró en el despacho del director, Caxton estaba perturbado y un poco perplejo.
—Pero ¿de dónde sacan las películas para reemplazar a las otras? —preguntó el viejo, anonadado—. Al fin y al cabo, cuestan dinero.
La pregunta no era su última palabra. El jueves, cuando nuevamente apareció otra película, fue sumisamente a cada una de las dos clases, y señaló la injusticia de la acción. También indicó, que, puesto que había que pagar por las películas perdidas, el asunto comenzaba a adquirir un aspecto decididamente criminal.
Al otro día, viernes, era evidente que los estudiantes habían hablado del asunto, porque el presidente de cada una de las dos clases presentó una breve negativa ante la sospecha de los profesores.
—Como ustedes probablemente saben —dijo uno de ellos—, generalmente los estudiantes están enterados de lo que sucede entre ellos. Pero esta clase, en su totalidad, desconoce la identidad del culpable. El que cambia las películas actúa solo, y nosotros lo denunciamos y le retiramos todo el apoyo o la simpatía que podríamos dar normalmente a un estudiante con problemas.
Las palabras debían haber tranquilizado los nervios de Caxton. Pero tuvieron el efecto inverso. Su primera convicción, que era objeto de una broma de los estudiantes, había dado paso ya a una idea más audaz, y los discursos sólo sirvieron para estimular ese nuevo sentimiento. Esa tarde en el recreo, sin haberlo pensado de antemano, cometió el error de comunicar la sospecha al director.
—Si esto no es obra de los estudiantes, el culpable debe de ser uno de los profesores. Y el único que sé que me tiene una intensa antipatía es Dorrit. —Agregó sombríamente—: Si yo estuviera en su lugar, también investigaría la relación que hay entre la señorita Gregg y Dorrit.
Barner mostró una sorprendente iniciativa. Lo que sucedía era que el viejo se cansaba rápido, y ya estaba muy fatigado por ese asunto. Llamó a la señorita Gregg y a Dorrit y, con gran consternación de Caxton, repitió las acusaciones. La señorita Gregg echó una mirada de asombro a Caxton, y luego permaneció muy rígida durante el resto de la reunión. Dorrit se enojó por un momento, y luego rió.
—Esta semana —dijo— ha servido para abrirles los ojos a la mayoría de los que están aquí. Hemos visto debilitarse a Caxton con la convicción de que los estudiantes no lo quieren. Siempre pensé que era un neurótico, y ahora, en cinco días, ha demostrado que está peor que lo que yo hubiera imaginado. Como todos los verdaderos neuróticos, no ha investigado ni los aspectos más elementales antes de lanzar sus acusaciones. Por ejemplo, con respecto a su primera acusación… puedo probar que por lo menos dos días de esta semana, es imposible que yo haya estado cerca de la sala de proyecciones.
Procedió a hacerlo. Había estado enfermo en la casa de pensión donde vivía el martes y el miércoles.
—En cuanto a la segunda acusación, más imperdonable, me gustaría que fuera cierta, aunque en un sentido diferente al indicado por Caxton. Soy uno de esos individuos tímidos con las mujeres, pero en estas circunstancias puedo decir que hace mucho tiempo que soy admirador de la señorita Gregg, a distancia.
En ese punto la muchacha demostró por primera vez cierto interés. Miró a Dorrit por el rabillo del ojo, como si lo viera en una nueva luz. La mirada sólo duró un momento, y luego volvió a su tensa contemplación de la pared que tenía frente a ella. Dorrit continuaba:
—Es difícil, por supuesto, probar que es falso algo tan vago como la acusación del señor Caxton, pero…
El viejo Barnish lo interrumpió.
—No hace falta que diga nada más. En ningún momento creí una sola palabra de esto, y no entiendo cuál puede haber sido la finalidad del señor Caxton, al introducir una acusación tan desconsiderada en este lamentable asunto de las películas perdidas. Si la situación a ese respecto no se rectifica, lo informaré a la junta de la escuela en la reunión de la semana que viene, y haremos una investigación. Eso es todo. Buen día, señorita Gregg.
Caxton pasó un fin de semana confuso. Estaba muy seguro de que el director había disfrutado de la situación, pero no había nada que hacer excepto maldecirse por haberle proporcionado la oportunidad de liberarse de un heredero no deseado de su propio cargo. Pero la peor confusión no tenía nada que ver con Barney. Caxton tenía la terrible sensación de que sucedían cosas a sus espaldas. Una sensación que resultó correcta.
El lunes por la mañana todas las profesoras le demostraron su desagrado, y la mayoría de los hombres tuvo una actitud poco amistosa, Uno de ellos se le acercó y le dijo en voz baja:
—¿Cómo hiciste semejante acusación contra Gregg y Dorrit?
—Estaba muy preocupado —repondió Caxton sintiéndose muy mal—. No estaba en mis cabales.
—Eso creo —dijo otro—. Gregg se lo contó a todas las mujeres.
Caxton pensó sombríamente: «Una mujer despechada».
El otro concluyó:
—Trataré de hacer lo que pueda pero…
Era demasiado tarde. A la hora del almuerzo las profesoras en conjunto fueron al despacho del director y anunciaron que se negarían a trabajar en la misma escuela con un profesor capaz de contar una historia tan falsa sobre una de ellas. Caxton, que ya se había permitido algunos pensamientos fugaces sobre la posibilidad de renunciar, se enfrentó en ese momento con la necesidad de tomar una decisión. Renunció en el recreo: la separación se realizaría a fin de mes, el siguiente fin de semana.
Su actitud mejoró el clima. Los profesores masculinos se mostraron más amables, y en forma lenta y difícil su propia mente comenzó a aclararse. El martes ya pensaba salvajemente pero con claridad: «¡Esas películas! Si no hubiera sido por la confusión con las películas, no habría perdido la cabeza, Si pudiera averiguar quién fue el responsable…».
Le parecía que la satisfacción que obtendría casi llegaría a compensar la pérdida del trabajo. No volvió a su casa a almorzar. Sólo fingió que salía. Rápidamente, volvió sobre sus pasos al llegar a la entrada del fondo, y volvió a la sala de proyecciones, donde se ocultó detrás de una pantalla sustituta que había junto a una pared.
Esperó durante todo el período del almuerzo. No sucedió nada. Nadie intentó abrir las puertas cerradas con llave del auditorio. Nadie se acercó a la puerta de la sala de proyecciones. Y luego, después del almuerzo, cuando puso a funcionar el proyector, la película erá diferente.
Por la mañana era una película común, sobre granjas lecheras. La película de la tarde era sobre el desarrollo y uso de las sustancias químicas para diluir o hacer más espesa la sangre humana, y así permitir a los seres humanos que se adaptaran en el término de una noche a cambios extremos de temperatura.
Era la primera vez que Caxton examinaba atentamente una de las extrañas películas de novedades, de las que había pedido varias alrededor de dos semanas antes. La examinó, no sólo con los ojos sino con la mente. Pensó, asombrado: «¿Quién hace esas películas? Son maravillosas; tan llenas de ideas que…».
Después de terminadas las clases fue a la sala de proyecciones a mirar una vez más. Y sufrió la gran conmoción de su vida. Era una película diferente. Diferente de la de la mañana. Diferente de la de la tarde. Era una tercera película, y el tema era el interior del Sol. Con dedos temblorosos, Caxton rebobinó el rollo… y la pasó otra vez. Su cara se cubrió de transpiración cuando apareció en la pantalla una película totalmente diferente, una cuarta película. Tuvo el fuerte impulso de correr a la oficina a hablarle por teléfono a Barney. Pero no lo hizo porque se dio cuenta de que el hombre se negaría. El director había sugerido por lo menos dos veces que la confusión por las películas probablemente se rectificaría en cuanto se fuera Caxton. El cansancio que demostraba lo haría aferrarse a esa convicción. «Mañana, diría. Mañana miraré el proyector».
No se podía esperar hasta mañana, o al menos eso pensaba Caxton. Por primera vez, recordó el llamado telefónico que había recibido dos meses antes del señor Arlay de la Biblioteca Fílmica Arlay. El recuerdo lo tranquilizó. Su segundo impulso, minutos después, esa vez de llamar a Arlay, cedió al recordar lo que le había dicho al dueño de la Biblioteca Fílmica. Había estado altivo. Más tarde llamaría a Arlay por teléfono.
Caxton comenzó a desarmar rápidamente el proyector. No sabía exactamente qué buscaba, y no lo encontró. La máquina estaba en perfectas condiciones, todo era normal. Volvió a armarlo lentamente, lo colocó en posición e hizo correr nuevamente el rollo. Esa vez no hubo cambios. Era la misma película. La pasó otra vez, y tampoco los hubo.
Caxton se dejó caer pesadamente en una silla. Se daba cuenta de que había cometido un error. Había sucedido algo fantástico —aunque su mente no estaba preparada para captarlo— pero fuera lo que fuese, su acción al desarmar el proyector había anulado el proceso. En ese momento ni siquiera podría mencionar lo que había descubierto.
Se enfureció. ¿Para qué preocuparse por las películas perdidas, si pronto se iría de la escuela? Todavía furioso, se puso de pie y salió a grandes pasos de la escuela para volver a su casa.
Corría el año 2011 d. C., y aunque el proyector automático de Tichenor Collegiate percibía, en sentido electrónico, que algo andaba mal, seguía funcionando. La máquina distribuidora de películas que operaba desde Los Ángeles sabía que algo andaba mal, pero la perturbación no era lo suficientemente grande como para hacer sonar alarmas. No al principio, ni en los tres meses siguientes. Y entonces… pero esto es lo que sucedió desde el primer momento.
Llegó un pedido desde Tichenor por los canales electrónicos habituales. El pedido era de origen humano. En primer lugar, se perforó el número de la película, luego el número asignado de la escuela. Habitualmente, cuando la película estaba en su lugar en la biblioteca, no se necesitaba ninguna intervención humana. Pero si la película y todos sus duplicados estaban prestados, se encendía una luz roja en la sala de proyecciones en Tichenor y le correspondía al futuro cliente pedir otra.
En esa ocasión había una copia de la película disponible. El número electrónico de la escuela estaba impreso en los sensibles del envase, y en una serie de placas de contabilidad. Las placas se movían a través de una máquina que recibía información de ellas, y como resultado se cobraba el dinero en Tichenor a su debido tiempo. La película pasaba del estante a un tubo. Al comienzo su velocidad no era mucha. Momento a momento otros envases con películas entraban en el tubo que había frente a ellas o detrás de ellas, y era necesario efectuar constantes reajustes automáticos para evitar choques. El número del destino de la película, Tichenor Collegiate, era 9-7-43-6-2: Zona 9, Tubo Principal 7, Tubo Suburbano 43, Distribución 6, Escuela 2.
El cierre de Zona 9 se abrió automáticamente cuando las puertas del envase de la película actuaron sobre el mecanismo. Un momento después, la película estaba en el tubo de correspondencia principal número 7. Era el canal para paquetes pequeños, que salían en una interminable fila, cada uno en su envase electrónicamente controlado. La hilera de envases no se detenía nunca, pero se hacía más lenta o más acelerada al precipitarse nuevos envases en el tubo, o bien los viejos pasaban rápidamente a los tubos de sus destinos individuales.
43-6-2. Con un clic, la película llegó al receptor. Los aparatos automáticos la colocaron en posición en el proyector, y en un determinado momento —en ese caso alrededor de una hora más tarde— se abrió el ojo del proyector y contempló al público. Todavía había algunos estudiantes en los pasillos. Hizo sonar una alarma, esperó medio minuto, luego cerró con llave las puertas del auditorio, y descubrió una vez más su «ojo». Esa vez quedaba un solo estudiante en un pasillo.
El proyector lanzó su alarma final a los estudiantes. La próxima advertencia sería una luz que se encendía en el despacho del director, junto con una imagen de televisión en el auditorio que demostrarían al alumno desobediente. Esa acción final resultó innecesaria. El joven abandonó su travesura, y se dejó caer en un asiento. Comenzó la proyección.
No estaba dentro de la capacidad de los recursos electrónicos del proyector percibir lo que sucedió entonces. En la pantalla apareció la película correcta, pero la película que posteriormente entró en el envase y volvió a la biblioteca fílmica era una creación obsoleta llamada Magia de la comida, prestada a Tichenor por la Biblioteca Fílmica Arlay en 1946.
Por otra parte el envase no estaba equipado para descubrir tales errores.
Por pura casualidad, ni ése ni ninguno de los otros envases que posteriormente recibieron una película de 1946, fueron prestados en los tres meses siguientes. Cuando finalmente llegó una a un proyector en Santa Mónica ya era demasiado tarde. Caxton había desarmado el proyector de 1946, y el proceso secuencial de la conexión de tiempo se había roto.
El tiempo es la gran invariable, pero la no variación no es una relación simple. El tiempo está donde están ustedes. Nunca es el mismo en otra parte. Un rayo de una estrella penetra en la atmósfera. Trae una imagen de hace setecientos mil años. Un electrón forma un camino de luz en una placa fotográfica. Trae una imagen de cincuenta a cíen años en el futuro… o cien mil años. Las estrellas, el mundo de lo infinitamente grande, están siempre en el pasado. El mundo de lo infinitamente pequeño está siempre en el futuro.
Éste es el rigor del universo. Éste es el secreto del tiempo. Y por un segundo de eternidad dos proyectores de películas en dos períodos de tiempo separados perdieron algunos de sus aspectos de separatibilidad, y hubo una liason limitada. Terminó y nunca más existió.
El señor Pedro del Corteya envolvió su proyector. Se sentía vagamente desdichado. La poca respuesta del público siempre lo afectaba así. Era tarde cuando salió, se quedó un momento junto a su coche contemplando pensativamente la noche estrellada. El cielo estaba azul, palpitaba con el misterio del inmenso universo. Corteya apena lo percibía. Pensaba:
«Esas películas de novedades los aburrieron. He mostrado demasiadas en esta ciudad. Ya basta».
Comenzó a sentirse mejor, como si se le hubiera levantado un peso del alma. Subió a su coche, para volver a casa.