Estaba allí, a pocos metros de la playa. En el fondo, las olas se aplastaban, como una capa de nata que un confitero esparciese sobre un mantel azul. Y las gaviotas trazaban sus círculos, persiguiéndose o persiguiendo algo que nunca se podía divisar.
Distendió sus pulmones y respiró una honda bocanada de aire marino, y entonces se dio cuenta de que estaba soñando, de que todo aquello era irreal y al mismo tiempo demasiado auténtico. Miró hacia abajo y vio la gente que se paseaba o que tomaba el sol tranquilamente tumbados sobre la arena de un color de mantequilla rancia.
Y quiso contemplar directamente el sol, pero no pudo, porque en aquel cielo no había sol. Únicamente una claridad dorada, como si todo se hallase sumergido en una pecera mística iluminada por una bombilla situada en otro universo-tiempo.
Hacía unos pocos minutos se hallaba durmiendo tranquilamente en su cama y ahora había despertado en ese paisaje y entre esa gente extraña. Pero esa gente era la que él se tropezaba todos los días en la fila del autobús o en las aceras de la gran ciudad. Era la misma carne “monótonamente repetida” que iba empujando hacia la orilla el mar de la existencia.
Se encogió de hombros y aceptó el absurdo, porque esta no era la primera vez que le ocurría. En otras ocasiones se había encontrado al borde de un río, sobre la cima de una montaña o cómodamente recostado en el asiento de un avión. La última vez el sueño había consistido en un viaje largo a través de un desfiladero lujuriante de vegetación. El tren se había detenido y él había aprovechado la parada para ordenar una conferencia a no sé qué pariente suyo.
Luego aquello pasaba, y a la mañana siguiente se había olvidado de todo. Sólo flotaban ante su mente rápidos brochazos inconcretos y perfumes de una flora extraña.
Y todos los sueños (porque él los recordaba todos y cada uno, pero sólo ahora mismo, como si hubiese un eslabón invisible que los uniera aquí y sólo aquí) tenían un mismo sentido: él debía ir hacia algún lugar, hacia una meta. Toda su existencia cambiaria si llegaba allí. Pero nunca llegaba, porque siempre ocurría algo.
Este algo era de los más anodino: una conversación banal con alguna persona, una simple detención en el camino y, por supuesto, la cesación brusca del sueño.
Comenzó ahora a andar a lo largo de la playa. Sus pies hacían crujir la blanda arena. Y a cada paso caía un sirimiri de oro, como si se repitiese el mito de Danae.
Pasó entre unas bañistas en bikini, y se detuvo un instante para contemplar sus vientres contorneados y sus muslos tostados por las radiaciones de un sol oculto. Les dirigió una sonrisa, y las muchachas se la devolvieron como una pelota. Pero una vez devuelta no quedó nada de ella en sus rostros. Y siguieron vegetando, como dos orquídeas bajo la caricia salada del mar.
Luego se entretuvo viendo las evoluciones de un grueso balón de plástico en el aire límpido de la mañana. Unos niños lo lanzaban de un lado a otro de unas porterías construidas con mojones de arena. Y era una gloria para los ojos ver cómo los siete colores del arco iris giraban con rapidez. ¡La mañana era tan hermosa y distraía tanto el ir y venir de la gente sobre la playa y la embolada incesante de las olas, “siempre recomenzadas”!
Y se acordó de repente del objetivo de su viaje. Allí, en el fondo de la playa, o mejor dicho, más allá de unas rocas que se divisaban envueltas en bruma, se ocultaba la meta. Un halo de irrealidad parecía cernirse sobre aquel lugar. Porque era como si una lámina de celofán se hubiese interpuesto, como si el pintor divino (o demoniaco) de aquel sueño se hubiera descuidado algo en la precisión de sus pinceladas, dejando más espacio a la imaginación que a la vista.
Si, allí estaba “la gruta”. Y el entonces tuvo la representación de “aquello” que le aguardaba desde hacía mucho tiempo. Que era siempre lo mismo bajo distintas apariencias, como si ensayase continuamente nuevas formas de seducirle y jamás se sintiese desanimado ante los repetidos fracasos.
Pero no era una gruta natural. ¿Qué había de natural en aquel sueño, sino simples apariencias de realidad? En otros sueños no era una gruta, sino un “lugar especial” que estaba al final de un viaje o simplemente de un paseo. Sólo sabía que, de llegar allí, se habría cumplido la realización de sus deseos más hondos.
Cerró los ojos y se representó la gruta. Era como todas las grutas: un seno excavado en lo profundo de la tierra. Sólo que esta gruta debía ser abordada “desde abajo”, es decir, desde el mar. Tendría que chapotear unos metros de aguas azules y poco profundas en las que se trazaban su damasquinado, los camarones y los pececillos. Luego, se abriría la boca, la Gran Boca.
Vio mentalmente las estalagmitas y estalactitas afiladas como incisivos, pero era una amenaza ficticia. A otros los habrían triturado, pero “no a él”, porque la boca de la caverna amagaba un beso y no un mordisco. Dentro ya de la sima se abría un jardín de maravillas. Y estas maravillas se exhibían ante él como un artificio pirotécnico. Porque lo más importante no era lo que ellas fuesen en sí, sino lo que representaban: dentro de la gruta todo podía trocarse en una realidad superior. La gruta era, en efecto, la escotilla del ensueño, de todos los ensueños de la Humanidad.
Aceleró, pues, el paso pensando en el objetivo de su empeño. Pero había allí un grupo bebiendo refrescos o degustando mariscos y pescado en un tenderete de la playa, y él se acercó a la muchedumbre para refrescar sus fauces y aplacar el apetito. Había tiempo para entrar en la gruta, para precipitarse bajo la cascada de siete colores que se vertía en un lago de aguas de esmeralda, para reclinarse sobre las actinias y medusas de color rubí que accionaban con sus tentáculos en una danza sensual. Para escuchar los ecos de las olas correteando por todos los recovecos de la espelunca, como queriendo pulsar la armonía de las esferas.
La concurrencia era muy animada. Se hablaba de todo: de política, de fútbol, de los últimos programas de televisión. Había allí jóvenes y viejos, mujeres y hombres, de todas las razas, de todas las texturas de piel. Y hablaban en español, en francés, en un inglés correcto o americanizado. Y bordoneaba el sonido de otros idiomas desconocidos para él, que le hacían pensar en inviernos helados y veranos efímeros.
Pidió una jarra de cerveza y una ración de percebes y trabó conversación con un hombre barrigudo que llevaba un meyba floreado y un casquete de fieltro blanco calado hasta las orejas. Un americano con tomavistas en bandolera se acercó también, Hablaron de política, de las últimas elecciones presidenciales. El norteamericano no estaba muy de acuerdo con el resultado del referéndum, y se enzarzaron en una larga discusión. ¡Era tan agradable demostrar los conocimientos que uno poseía y las dotes suasorias de las que disfrutaba!
Allá, en el extremo de la playa, permanecía virginal la gruta, aguardándole inútilmente.
Al despertarse, lo primero que pudo percibir fue el lienzo impoluto que permanecía sobre el caballete aguardando el primer toque de la inspiración. Pero había mucho trabajo que terminar aquella mañana, muchos clientes que atender y muchas llamadas telefónicas que contestar. Se lanzó, pues, de la cama rápidamente y se dispuso a afeitarse tarareando una tonadilla de moda. “¡Ya habría tiempo para crear! ¡Ya habría tiempo para vivir!”.