I
En los primeros días del verano, Agostino y su madre salían todas las mañanas a navegar en un patín a remos. Las primeras veces, la madre había hecho que los acompañara un marinero, pero Agostino había dado señales tan claras de que la presencia de aquel hombre lo incomodaba que, desde entonces, los remos le fueron confiados a él. Remaba con profundo placer en aquel mar tranquilo y diáfano de primeras horas de la mañana: la madre, sentada frente a él, le hablaba de manera llana, alegre y serena como el mar y el cielo, como si él fuera un hombre en lugar de un chiquillo de trece años. La madre de Agostino era una mujer alta y hermosa, todavía en la flor de la vida, y él experimentaba un sentimiento de orgullo cada vez que se embarcaba con ella para hacer una de aquellas excursiones matutinas. Le daba la sensación de que todos los bañistas de la playa los observaban, a su madre con envidia y a él con admiración. Convencido de ser objeto de todas las miradas, le parecía que hablaba con una voz más potente de lo normal, que gesticulaba de un modo particular, que estaba envuelto en un aire teatral y ejemplar como si, en lugar de en la playa, se encontrara con la madre en un escenario, bajo la mirada atenta de cientos de espectadores. A veces, la madre se presentaba con un bañador nuevo, y él no podía evitar admirarlo en voz alta, esperando secretamente que los demás lo oyeran. Otras veces, lo mandaba a coger algo al vestuario y esperaba de pie en la orilla, al lado del patín. Él la obedecía con un secreto regocijo, contento de poder alargar, aunque fuera por unos instantes, el espectáculo de su marcha. Por fin subían al patín, Agostino se adueñaba de los remos y lo empujaba hacia alta mar, pero en su ánimo permanecían todavía durante un buen rato la turbación y la fascinación de esta vanidad filial.
En cuanto llegaban a una considerable distancia de la orilla, la madre decía al hijo que parara, se ponía en la cabeza el gorrito de goma, se quitaba las sandalias y se zambullía en el agua. Agostino la seguía. Los dos nadaban alrededor del patín abandonado con los remos colgando, y charlaban alegremente con voces que sonaban altas en el silencio del mar llano y lleno de luz. De vez en cuando, la madre indicaba un trozo de corcho que flotaba a una cierta distancia y desafiaba al hijo a alcanzarlo a nado. Le daba un metro de ventaja. Luego, con grandes brazadas, se lanzaban hacia el corcho. Otras veces competían a lanzarse desde el asiento del patín. Las zambullidas resquebrajaban el agua lisa y resplandeciente. Agostino veía el cuerpo de la madre que se hundía envuelto en un verde hervor e inmediatamente se lanzaba tras ella, impulsado por el deseo de seguirla a cualquier parte, incluso hasta el fondo del mar. Se lanzaba hacia la estela que dejaba su madre y le parecía que hasta el agua, fría y compacta, conservaba la huella del paso de aquel cuerpo amado. Terminado el baño, volvían a subirse al patín y la madre, mirando el mar calmo y luminoso que les rodeaba, decía:
—Qué bonito, ¿verdad?
Agostino no respondía porque sentía que el placer de aquella belleza del mar y del cielo él se lo debía sobre todo a la intimidad profunda en la que estaba sumida su relación con su madre. Si no hubiera existido esa intimidad, pensaba a veces, ¿qué habría quedado de aquella belleza? Permanecían allí largo rato para secarse al sol que, cercano el mediodía, se volvía cada vez más ardiente. Luego, la madre se tumbaba sobre el travesaño que unía los dos cascos del patín y bocarriba, con los cabellos en el agua, el rostro mirando al cielo, los ojos cerrados, parecía adormilarse. Mientras, Agostino, sentado en el asiento, miraba a su alrededor, observaba a la madre y no hacía el menor ruido por miedo a perturbar aquel sueño. De pronto, la madre abría los ojos y decía que era un placer hasta entonces desconocido estar tumbada con los ojos cerrados, y sentir el agua que discurría y ondeaba bajo su espalda. A veces pedía a Agostino que le diera la pitillera, o mejor aún, que él mismo encendiera un cigarrillo y se lo pasara, órdenes que Agostino ejecutaba con atención afligida y temblorosa. Entonces, la madre fumaba en silencio y Agostino permanecía inclinado, dándole la espalda, pero con la cabeza ligeramente ladeada, de modo que veía las nubecillas de humo azul que indicaban el lugar donde reposaba la cabeza de la madre, con los cabellos esparcidos en el agua. La madre, que no parecía cansarse nunca del sol, volvía a pedirle a Agostino que remara sin volverse a mirarla: ella se quitaba el sujetador y se bajaba el bañador sobre el vientre para exponer todo su cuerpo a la luz solar. Agostino remaba y se sentía orgulloso de esta tarea, como si fuera un rito en el que le estaba permitido participar. Y no solo no se le ocurría mirar, sino que además sentía aquel cuerpo, ahí tras él, desnudo al sol, como envuelto en un misterio al que debía la mayor veneración.
Una mañana, la madre se encontraba bajo la sombrilla y Agostino, sentado en la arena junto a ella, esperaba que llegara la acostumbrada hora de la excursión en el mar. De pronto, la sombra de una persona en pie le quitó el sol: alzó los ojos y vio a un joven moreno y delgado que tendía la mano a la madre. No le dio mucha importancia, pensando que era una de las habituales visitas casuales y, apartándose un poco, esperó a que la conversación terminara. Pero el joven no aceptó la invitación a sentarse e, indicando en la orilla el patín blanco con el que había venido, invitó a la madre a dar un paseo en el mar. Agostino estaba seguro de que su madre rechazaría esta del mismo modo que había rechazado antes otras muchas invitaciones parecidas. Grande fue la sorpresa cuando la oyó aceptar inmediatamente, empezar sin más a recoger sus cosas, las sandalias, el gorro de baño, el bolso y ponerse en pie. La madre había acogido la propuesta del joven con una simplicidad afable y espontánea, parecida a la que ponía en la relación con el hijo. Con la misma simplicidad y espontaneidad se volvió hacia Agostino, que permanecía sentado y se ocupaba, cabizbajo, de dejar escapar la arena a través del puño cerrado, y le dijo que se bañara solo, que ella se iba a dar una vueltecita y no tardaría en volver. El joven, mientras, ya se dirigía con paso seguro hacia el patín, y la mujer, dócilmente, se encaminó tras él con la acostumbrada parsimonia majestuosa y serena. El hijo, mirándolos, no pudo sino decirse a sí mismo que aquel orgullo, aquella vanidad, aquella emoción que sentía en sus salidas al mar, ahora debían de estar en el ánimo de aquel muchacho. Vio a la madre subirse al patín y al joven que, echando hacia atrás el cuerpo y apuntalando los pies contra el fondo, con unos pocos y vigorosos golpes de remo alejó la embarcación de las aguas de la orilla. El joven remaba, y la madre, frente a él, se agarraba con las dos manos al asiento y parecía que charlaba. Luego, el patín disminuyó poco a poco de tamaño, entró en la luz cegadora que el sol extendía sobre la superficie del mar y se disolvió lentamente en ella.
Solo, Agostino se tendió en la tumbona de su madre y, con un brazo bajo la nuca y los ojos fijos en el cielo, adoptó una actitud reflexiva e indiferente. Le parecía que, del mismo modo que todos los bañistas de la playa tenían que haberse percatado en los días anteriores de sus salidas al mar con su madre, seguro que también se habían dado cuenta de que aquel día la madre lo había dejado en tierra para irse con el joven del patín. Por eso él no tenía que dejar que se notaran de ningún modo los sentimientos de disgusto y de decepción que lo amargaban. Pero, por más que intentase adoptar un aire de compostura y serenidad, le daba la impresión de que todos le podían leer en la cara la inconsistencia y el esfuerzo por mantener esta actitud. Lo que más le ofendía no era el hecho de que la madre hubiera preferido a aquel joven, sino la felicidad jubilosa, rápida, como premeditada, con la que había aceptado la invitación. Era como si en su interior hubiera decidido no dejar escapar la oportunidad y, en cuanto se le presentara, aprovecharla sin dudar. Era como si ella, en todos aquellos días en los que había salido a navegar con él, se hubiera aburrido siempre, y que hubiera ido con él porque no tenía una compañía mejor. Un recuerdo confirmaba este mal humor. Algo que sucedió en un baile en casa de unos amigos al que había ido con la madre. Con ellos estaba una prima que, durante los primeros bailes, desesperada porque los bailarines la dejaban de lado, había aceptado un par de veces bailar con él, que aún llevaba pantalones cortos. Pero había bailado con desgana, con mala cara y a disgusto. Y Agostino, aunque estaba absorto vigilando sus propios pasos, en seguida se dio cuenta de este desdeñoso y para él poco halagador estado de ánimo. A pesar de ello, la invitó una tercera vez, y se sorprendió mucho viéndola sonreír y levantarse rápidamente, mientras se estiraba con las dos manos la falda arrugada. Solo que, en lugar de correr entre sus brazos, la prima lo esquivó y se dirigió hacia un joven que, por encima del hombro de Agostino, le había hecho una señal para invitarla a bailar. Toda esta escena no había durado más de cinco segundos y en ella no reparó nadie sino Agostino. Pero se había sentido terriblemente humillado y le había dado la sensación de que todos se habían percatado de su fracaso.
Ahora, tras la marcha de su madre con el joven del patín, comparaba los dos hechos y le parecían idénticos. Como la prima, su madre no había esperado nada más que la ocasión propicia para abandonarlo. Como la prima, con la misma facilidad presurosa, había aceptado la primera compañía que se le presentaba. Y él, en ambos casos, sentía haberse despeñado de lo alto de una ilusión como si hubiera caído por la ladera de una montaña, quedándose magullado y dolorido.
La madre, aquel día, permaneció en el mar un par de horas. Desde debajo de la sombrilla la vio bajar en la orilla, tenderle la mano al joven y, sin prisa, con la cabeza inclinada bajo el sol de mediodía, encaminarse hacia el vestuario. La playa entonces estaba ya desierta, lo cual era un consuelo para Agostino, que seguía convencido de que la gente no le quitaba ojo de encima.
—¿Qué has estado haciendo? —le preguntó la madre con tono indiferente.
—Me he divertido mucho —empezó a decir Agostino, y se inventó que también él había estado en el agua con los chicos del vestuario de al lado.
Pero la madre ya no lo escuchaba, y se apresuraba a ir hacia el vestuario para cambiarse. Agostino decidió que, al día siguiente, en cuanto viera aparecer el patín blanco del joven, se alejaría con cualquier excusa; así no sufriría por segunda vez la afrenta de que lo dejaran en tierra. Pero al día siguiente, en cuanto hizo ademán de alejarse, oyó que su madre lo llamaba:
—Ven —dijo ella mientras se levantaba y recogía sus cosas—, vamos a navegar.
Agostino pensó que su madre tenía intención de despedir al joven y quedarse a solas con él, y la siguió. Pero el muchacho los esperaba de pie sobre el patín. La madre lo saludó y simplemente dijo:
—Traigo a mi hijo.
Y así, muy a disgusto, Agostino se encontró sentado junto a su madre y frente al joven, que remaba.
Agostino siempre había visto a su madre del mismo modo, como una mujer digna, serena, discreta. Por eso le causó gran extrañeza observar, durante la excursión, un cambio no solo en sus maneras y en su conversación, sino incluso en su persona. Era casi como si no fuera la mujer de antes. En cuanto se hicieron a la mar, ella inició una curiosa e intensa conversación con una frase mordaz y una indirecta del todo incomprensible para Agostino. Se refería, por lo que pudo entender Agostino, a una amiga del joven que tenía un pretendiente más afortunado y agradecido que el propio joven. Pero se trataba solo de un pretexto. Luego, la conversación prosiguió insinuante, insistente, traviesa, maliciosa. De los dos, la madre era la que parecía la más agresiva y, al mismo tiempo, la más vulnerable. El joven, por su parte, se dedicaba a responder con una calma casi irónica, como seguro de sí mismo. La madre, a ratos, parecía descontenta e incluso airada con el joven, y esto alegraba a Agostino. Pero inmediatamente después, para su desilusión, una frase halagadora de ella destruía esa primera impresión, o bien la madre lanzaba al joven, con tono resentido, una retahíla de oscuras recriminaciones. Pero, en lugar de verlo ofendido, Agostino advertía en el rostro del muchacho una expresión de vanidad fatua, y concluía que esos reproches no lo eran en realidad, sino que escondían un mensaje afectuoso que él no era capaz de captar. Por lo demás, tanto la madre como el joven parecían ignorar su existencia: actuaban como si no estuviera. La madre llevó este ostentoso desdeño hasta el punto de recordarle al joven que, aunque el día anterior había salido sola con él, este había sido un error suyo que no se repetiría. En adelante, su hijo estaría siempre presente. Agostino consideró que estas palabras eran ofensivas, casi como si él no fuera una persona dotada de voluntad independiente, sino un objeto del que se podía disponer según las más caprichosas conveniencias.
Solo una vez la madre pareció percatarse de su presencia, y fue cuando el joven, dejando de pronto los remos, se echó hacia adelante con una expresión intensamente maliciosa en el rostro, y le dijo en voz baja una breve frase que Agostino no consiguió entender. Esta frase hizo que la madre se sobresaltara con gestos de exagerado escándalo y fingido horror.
—Tenga al menos consideración hacia este inocente —replicó indicando a Agostino, sentado junto a ella.
Al oír que le llamaba inocente, Agostino tembló de repugnancia, como si le hubieran echado encima un trapo sucio y no pudiera liberarse de él.
En cuanto se alejaron lo suficiente de la orilla, el joven propuso a la madre que se bañaran. Entonces, Agostino, que tantas veces había admirado la discreción y la simplicidad con las que ella se deslizaba hacia el agua, no pudo evitar un doloroso asombro al notar los gestos nuevos que ella añadía a aquella acción tan conocida. El joven se había lanzado al agua y había vuelto a salir a flote mientras la madre dudaba, comprobaba con el pie la temperatura del agua y simulaba algo que no se entendía si era temor o reticencia. Se protegía y protestaba mientras se reía y se agarraba con las manos al asiento. Por fin se deslizó de lado, primero un flanco y luego la pierna, con una actitud casi indecente, y se dejó caer de cualquier manera entre los brazos de su compañero. Ambos se sumergieron juntos y juntos regresaron a la superficie. Agostino, encogido en el asiento, vio el rostro sonriente de la madre junto al del joven, moreno y serio, y le pareció que sus mejillas se tocaban. En el agua cristalina podían verse los cuerpos que se agitaban el uno junto al otro, como deseosos de entrelazarse, rozándose con las piernas y las caderas. Agostino los miraba, miraba la playa lejana y sentía que estaba de más, avergonzado. A la vista de su expresión ceñuda, la madre, moviéndose en el agua, por segunda vez en aquella mañana pronunció una frase que humilló y abochornó a Agostino.
—¿Por qué estás tan serio…? ¿No ves lo bonito que es esto? ¡Dios mío, qué hijo tan serio tengo!
Agostino no respondió y se limitó a volver la vista hacia otro lado. El baño duró mucho tiempo, la madre y su compañero jugaban en el agua como dos delfines y parecía que se habían olvidado completamente de él. Finalmente, regresaron. El joven subió al patín con un solo impulso y luego se inclinó para ayudar a subir a la madre, que desde el agua le pedía ayuda. Agostino miraba, vio las manos del joven que, para tirar de la mujer, hundían los dedos en la carne morena, allá donde el brazo es más dulce y más ancho, entre el húmero y la axila. Luego ella se sentó junto a Agostino, suspirando y riendo, y con las uñas puntiagudas se despegó del pecho el bañador mojado para evitar que se le adhirieran los pezones y la redondez de los pechos. Pero Agostino recordaba que cuando estaban a solas, la madre, tan fuerte como era, no necesitaba ninguna ayuda para subir al patín, y atribuyó aquella petición de ayuda y aquellos movimientos del cuerpo, que parecía complacerse en femeninas torpezas, al nuevo espíritu que ya había obrado en ella tantos y tan desagradables cambios. De hecho, hasta llegó a pensar que a la madre, una gran mujer llena de dignidad, ahora le pesaba aquella grandeza como un estorbo del que se habría librado de buena gana, y se diría que aquella dignidad se le antojaba una costumbre aburrida que ahora le convenía sustituir con una incomprensible y torpe picardía.
Cuando los tres estuvieron a bordo del patín, emprendieron el regreso. Esta vez, de los remos se ocupó Agostino y los dos se sentaron en el travesaño que unía los dos cascos. Se puso a remar despacio, bajo el sol abrasador, preguntándose a menudo qué sentido tenían las voces, las risas y los movimientos que le llegaban desde atrás. De vez en cuando la madre, como si recordara su presencia, alargaba un brazo y le hacía una caricia en la nuca, o le hacía cosquillas bajo la axila y le preguntaba si estaba cansado.
—No, no estoy cansado —respondía Agostino.
Escuchaba al joven que decía, riendo:
—Le viene bien remar.
Y él, con rabia, hundía con más fuerza los remos.
La madre apoyaba la cabeza en el asiento en el que estaba Agostino y mantenía sus largas piernas estiradas. Esto él lo sabía, pero a veces le parecía que no mantenía esa postura. En un momento dado, incluso, hubo un traqueteo y como una breve lucha, parecía casi como si la madre se sofocara, se levantó balbuceando algo, el patín bandeó hacia un lado y, durante un instante, Agostino se encontró con la mejilla contra el vientre de su madre, que le pareció grande como el cielo y extrañamente palpitante, como por efecto de una vida que no le pertenecía o que, en cualquier caso, escapaba a su control.
—Me vuelvo a sentar —dijo ella permaneciendo en pie, con las piernas separadas y agarrada a los hombros de su hijo —si me promete que se comportará bien.
—Lo prometo. —Llegó con falsa y jocosa solemnidad la respuesta del joven.
Torpemente, ella se dejó caer de nuevo en el travesaño entre los cascos, y al hacerlo rozó su vientre contra la mejilla de Agostino. Le quedó sobre la piel la humedad del vientre encerrado en el bañador empapado, una humedad casi anulada y convertida en vapor por un calor más fuerte. Y aunque hubiera experimentado una viva sensación de turbia repugnancia, por dolorosa obstinación no quiso secarse.
En cuanto se acercaron un poco más a la orilla, el joven saltó ágilmente al asiento y, empuñando los remos, desplazó a Agostino, que se vio obligado a sentarse de nuevo junto a su madre. Ella, de pronto, le pasó un brazo por la cintura, un gestó insólito en aquel injustificado momento, y le preguntó, con un tono que no parecía que requiriera una respuesta:
—¿Qué tal? ¿Estás contento?
Parecía particularmente feliz y, de repente, se puso a cantar, otro gesto insólito, con una voz melodiosa y unos patéticos gorjeos que hacían estremecer a Agostino. Mientras cantaba, no dejaba de apretarlo contra su costado y de mojarlo con el agua que, a la vez que le iba empapando el bañador, se calentaba y se convertía en una especie de sudor por el efecto de aquel acre y violento calor animal. La mujer cantaba, el hijo se dejaba abrazar con el ánimo contrariado y el joven remaba; los tres componían una escena que a Agostino le parecía falsa y estructurada. Así, regresaron a la orilla.
Al día siguiente, el joven volvió a presentarse, la madre obligó a Agostino a acompañarla y se repitieron más o menos las escenas del día anterior. Luego, tras una interrupción de un par de días, hubo una nueva salida al mar. Al final, como parecía que crecía la intimidad entre la madre y el joven, este venía a buscarla todas las mañanas, y, cada mañana, a Agostino le tocaba acompañarlos y presenciar sus conversaciones y sus baños. Sentía una viva repugnancia hacia estos paseos y, al final, empezó a recurrir a mil pretextos para evitarlos. Unas veces desaparecía y no daba señales de vida hasta que la madre, después de haberlo llamado y buscado durante largo rato, lo obligaba a acudir no porque lo llamara, sino por la dolorosa piedad que su disgusto y su frustración despertaban en él. Otras veces, ya a bordo del patín, se ponía de morros con la esperanza de que aquellos dos comprendieran y se decidieran a dejarlo en paz. Pero al final resultaba que Agostino era más débil y más compasivo que su madre y el joven. A ellos, en cambio, les bastaba que él estuviera presente; de lo que sentía, como pronto pudo comprender, no se preocupaban en absoluto. Así que, a pesar de todos sus esfuerzos, los paseos continuaron.
II
Un día, Agostino estaba sentado en la arena, detrás de la tumbona de su madre, a la espera de ver el patín blanco aparecer en el mar y a su madre agitar el brazo en señal de saludo mientras llamaba al joven por su nombre. Pero ya había pasado la hora a la que normalmente el joven solía aparecer, y la madre dejaba entender claramente, con una expresión desilusionada y hastiada, que ya no esperaba que llegara. Agostino se había preguntado muchas veces qué habría sentido si llegaba el caso, y había creído siempre que su alegría habría sido al menos tan grande como la amargura de su madre. Le sorprendió, en cambio, no sentir nada más que una vacía decepción, y de pronto entendió que aquellas humillaciones y aquellas repugnancias de las excursiones cotidianas casi se habían convertido —en los últimos tiempos— en su razón de ser. Así que, movido por un turbio e inconsciente deseo de hacer sufrir a su madre, le preguntó más de una vez si ese día no iban a salir al mar para su acostumbrado paseo. Todas las veces, ella le respondió que no lo sabía, pero que probablemente ese día no irían. Estaba recostada en la tumbona, con un libro abierto sobre las rodillas, pero no leía. A menudo, con la mirada especial de quien busca algo en vano, los ojos se le iban al mar, que mientras tanto se había llenado de bañistas y de embarcaciones.
Agostino, después de haber permanecido durante largo tiempo detrás de la tumbona de la madre, se arrastró por la arena y dio la vuelta alrededor de su madre y le repitió, con un tono de voz que él mismo percibió fastidioso y burlón:
—Pero ¿en serio que hoy no salimos a navegar?
Quizá la madre captó la burla y el deseo de hacerla sufrir, o puede que aquellas imprudentes palabras fueran suficientes para hacer que explotase una irritación incubada durante largo rato. Ella levantó la mano y, con un golpe que Agostino percibió blando, casi involuntario y lleno de arrepentimiento ya en el preciso instante en el que lo descargaba, le arreó al muchacho un fuerte guantazo en la mejilla. Agostino no dijo nada pero, con una cabriola en la arena, se alejó por la playa con la cabeza gacha hacia los vestuarios.
«Agostino, Agostino…», oyó llamar varias veces. Luego la llamada cesó y, cuando se dio la vuelta, le pareció ver, entre todas las embarcaciones que abarrotaban el mar, el patín blanco del joven. Pero esto ya no le importaba nada: como quien encuentra un tesoro y corre a esconderse para contemplarlo a placer, con una idéntica sensación punzante de haber hecho un descubrimiento, él corría a cobijarse con su bofetada, algo tan nuevo para él que le parecía increíble.
La mejilla le ardía, tenía los ojos llenos de lágrimas que contenía con esfuerzo. Y, temiendo que se le desbordaran antes de alcanzar un cobijo, corría encorvado hacia adelante. La amargura acumulada durante todos esos días, en los que se había visto obligado a acompañar al joven y a la madre en sus excursiones, ahora le provocaba una náusea turbulenta y tenía la sensación de que, si se liberaba con un llanto copioso, por fin entendería algo de ese oscuro asunto. Cuando llegó al vestuario, dudó un instante y buscó un lugar donde refugiarse. Luego le pareció que la cosa más simple era encerrarse allí, en el vestuario. La madre debía de estar ya en el mar, nadie le molestaría. Agostino subió de prisa por la escalerilla, abrió la puerta y, sin cerrarla del todo, fue a sentarse sobre una banqueta en un rincón.
Se encogió con las rodillas contra el pecho y la cabeza apoyada contra la pared y, sujetándose el rostro entre las manos, empezó a llorar concienzudamente. La bofetada se le insinuaba entre las lágrimas y se preguntaba por qué, aunque se la había dado con fuerza, la mano de su madre había sido tan vacilante y floja. A la ardiente sensación de humillación que le despertaba el tortazo se unían, aún más fuertemente si cabe, mil sensaciones desagradables que en los últimos tiempos habían herido su sensibilidad. De entre todas, le volvía con insistencia a la memoria la del vientre de su madre bajo la tela empapada, apretado contra su mejilla, tembloroso y agitado por no se sabía qué anhelante vitalidad. Como ciertos manotazos que se dan sobre la ropa vieja y que desvelan grandes manchas de polvo, de ese modo aquel tortazo injusto, asestado por la impaciencia de la madre, le evocaba nítida la sensación del vientre de ella apretado contra su mejilla. Le parecía que en algunos instantes esta sensación sustituía a la del guantazo, mientras que en otros momentos se mezclaban y entonces sentía al mismo tiempo atracción y dolor. Pero si bien entendía que la bofetada persistiera, que se reavivara de vez en cuando sobre su mejilla como un fuego que se extingue, seguía sin comprender los motivos de la tenaz supervivencia de aquella lejana sensación. ¿Por qué, entre todas, se le había quedado tan grabada precisamente esa? No sabía por qué, pero le parecía que, mientras viviera, le bastaría rebobinar la memoria hasta aquel momento de su vida para volver a sentir, intacto sobre su mejilla, el latido del vientre y la empapada aspereza de la tela mojada.
Lloraba en silencio para no molestar ese doloroso trajín de la memoria y, mientras lloraba, aplastaba con las puntas de los dedos sobre la piel calada las lágrimas que, lentas y sin interrupción, le brotaban de los ojos. En el vestuario reinaba una oscuridad incompleta y sofocante. De pronto, tuvo la sensación de que se abría la puerta, y casi deseó que su madre, arrepentida y afectuosa, le apoyara una mano en el hombro y, tomándolo por la barbilla, volviera su cabeza hacia ella. Y ya se estaba preparando con los labios para murmurar «mamá», cuando oyó unos pasos que entraban en el vestuario y la puerta que se entrecerraba, sin que ninguna mano le rozara el hombro y le acariciara la cabeza.
Entonces levantó la cara y miró. En pie junto a la puerta entreabierta, en actitud de espiar, vio a un muchacho que le pareció de su misma edad. Llevaba un par de pantalones cortos, con el dobladillo remangado, y una camiseta sin mangas con un gran agujero en mitad de la espalda. Un brillante y fino rayo de sol, pasando entre las juntas de los tablones del vestuario, hacía brillar sobre su nuca unos espesos rizos cobrizos. Descalzo, con las manos en el quicio de la puerta, vigilaba la playa y no parecía haberse percatado de la presencia de Agostino.
Agostino se secó los ojos con el dorso de la mano y empezó a decir:
—¿Qué… qué quieres?
Pero el otro se giró y le hizo un gesto para que se callara. Cuando se dio la vuelta mostró un rostro feo y pecoso en el que giraban dos pupilas móviles de un siniestro azul. Agostino creyó reconocerlo, en todo caso era hijo de algún bañero o de algún marinero. Debía de haberle visto, pensó, mientras empujaba hasta el mar los patines o realizaba tareas parecidas en las inmediaciones del chiringuito.
—Jugamos a policías y ladrones —dijo el chico al cabo de un instante, volviéndose hacia Agostino—. No deben verme.
—¿Y tú qué eres? —preguntó Agostino mientras se secaba rápidamente las lágrimas.
—Ladrón, naturalmente —respondió el otro sin girarse.
Agostino escudriñaba al chico. No sabía si le caía bien, pero en su voz había un rudo acento dialectal que le sonaba nuevo y despertaba su curiosidad. Además, el instinto le decía que ese chico que se había refugiado en su vestuario le brindaba una oportunidad, no habría sabido decir cuál, y que no debía dejarla escapar.
—¿Puedo jugar yo también? —se aventuró a preguntar.
El otro se volvió y le echó un vistazo insolente.
—¿Y qué tienes que ver tú aquí? —respondió inmediatamente—. Nosotros jugamos entre amigos.
—Bueno —dijo Agostino con avergonzada insistencia—, dejadme jugar también a mí.
El chico se encogió de hombros diciendo:
—Ahora ya es tarde, hemos acabado…
—Pues la próxima vez…
—No vamos a jugar más —rechazó el chico, y lo miraba dubitativo y sorprendido ante tanta insistencia—. Luego vamos al pinar.
—Pues si me admitís, yo también voy.
El chico se echó a reír entre despreciativo y divertido:
—Eres una buena pieza, tú… pero no te admitimos.
Agostino nunca se había encontrado en una situación así, pero el instinto, igual que le había sugerido que le preguntara al chico si podía unirse al juego, le aconsejó ahora que usara cualquier medio para que lo aceptaran.
—Oye —dijo con poca seguridad—, si me dejáis entrar en el grupo… te doy algo…
El otro se dio la vuelta inmediatamente, con los ojos encendidos por la avidez.
—¿Qué me das?
—Lo que quieras.
—Di tú qué es lo que me quieres dar.
Agostino señaló un velero bastante grande, con todas las velas desplegadas, que yacía en el fondo del vestuario junto con otras baratijas.
—Te doy eso.
—¿Y qué hago yo con eso? —respondió el muchacho encogiéndose de hombros.
—Puedes venderlo —sugirió Agostino.
—No me lo compran —dijo el chico con aires de ser experto—, dirían que es robado.
Agostino, desesperado, miró a su alrededor. En el perchero colgaba la ropa de la madre; en el suelo, los zapatos; encima de una mesita, un pañuelo y algún otro trapo; no había nada en el vestuario que le pareciera adecuado para ofertarlo.
—Oye —dijo el chico que advirtió la desazón—, ¿tienes cigarrillos?
Agostino recordó que esa mañana su madre había metido en el bolsón que colgaba del perchero dos cajetillas de cigarrillos muy finos, y radiante se apresuró a responder:
—Sí, de eso sí que tengo. ¿Los quieres?
—¿Hace falta preguntarlo? —dijo el otro con irónico desprecio—. Mira que eres tonto… venga, dámelos.
Agostino descolgó la bolsa del perchero, revolvió y sacó de ella las dos cajetillas que mostró al chico, como inseguro de cuántas querría el otro.
—Me quedo las dos —dijo él con desenvoltura, agarrando los paquetes. Miró la marca, hizo chasquear la lengua en señal de aprecio y añadió—: Oye, tú debes de ser rico…
Agostino no supo qué contestar. El chico siguió:
—Yo me llamo Berto, ¿y tú?
Agostino dijo su nombre, pero Berto ya no le escuchaba. Había abierto con los dedos impacientes una de las cajetillas y, rotos los precintos del envoltorio de cartón, había cogido un cigarrillo y se lo había llevado a los labios. Luego extrajo del bolsillo una cerilla de cocina, la encendió raspándola contra la pared del vestuario, exhaló una primera bocanada de humo y volvió a asomarse con cautela por la puerta.
—Anda, vamos —dijo al cabo de un momento, haciendo un gesto a Agostino para que le siguiera. Uno detrás del otro, salieron del vestuario.
Ya en la playa, Berto salió inmediatamente hacia la carretera, por detrás de la fila de vestuarios.
Mientras caminaban sobre la arena ardiente, entre matas de retama y cardos, le dijo:
—Ahora vamos a la guarida… seguro que estos ya han pasado y me están buscando más abajo…
—¿Dónde está la guarida? —preguntó Agostino.
—En los baños Vespucci —respondió el muchacho. Sujetaba el cigarrillo con vanidad, entre dos dedos, como mostrándolo, y daba grandes caladas con tenaz voluptuosidad—. ¿Tú no fumas?
—No me gusta —contestó Agostino, que se avergonzaba de reconocer que ni se le había pasado por la cabeza fumar. Pero Berto se echó a reír.
—Di más bien que tu mamá no te deja… di la verdad.
Pronunció estas palabras con un tono en absoluto amistoso, con una especie de desprecio. Le pasó el cigarrillo a Agostino y le dijo:
—Anda, venga, fuma tú también…
Habían llegado al paseo marítimo y caminaban descalzos sobre el empedrado puntiagudo, entre los áridos parterres. Agostino se llevó el cigarrillo a los labios, aspiró un poco de humo y se apresuró a expulsarlo sin tragárselo. Berto se rio con desprecio y exclamó:
—¡¿A eso le llamas tú fumar?! No se hace así, mira, fíjate.
Volvió a coger el cigarrillo, aspiró largamente, hizo girar sus iris celestes, ociosos y hoscos, luego abrió mucho la boca y la acercó a los ojos de Agostino. La boca estaba vacía, como pudo ver, con la lengua vuelta hacia el fondo del paladar.
—Ahora mira —dijo Berto cerrando la boca. Y sopló sobre la cara de Agostino una nube de humo. Agostino tosió y se rio con inquietud. Berto añadió:
—Prueba ahora.
Junto a ellos pasó un tranvía silbando y con las cortinas al viento. Agostino aspiró una bocanada y, con un penoso esfuerzo, se tragó el humo. Pero se le atragantó y empezó a toser, bastante lamentablemente. Berto volvió a cogerle el cigarrillo y, dándole un fuerte manotazo en la espalda, dijo:
—Bravo, se ve que eres un gran fumador…
Después de este experimento caminaron en silencio. Los chiringuitos se sucedían, con sus filas de vestuarios barnizados de colores claros, sus sombrillas inclinadas y sus arcos estúpidamente triunfales. La playa, en el espacio entre un vestuario y otro, parecía abarrotada, desde ella provenía un griterío festivo, y también el mar reluciente estaba repleto de bañistas.
—¿Dónde están los baños Vespucci? —preguntó Agostino mientras aceleraba el paso detrás de su nuevo amigo.
—Es el último chiringuito.
Agostino se preguntó si no le convendría darse media vuelta: la madre, si no había salido en patín, seguro que lo estaba buscando. Pero el recuerdo del bofetón sofocó este escrúpulo. Hasta el punto de que casi le pareció, andando junto a Berto, que perseguía no sabía qué oscura y justificada venganza.
—Y el humo por la nariz, ¿sabes echarlo? —le preguntó Berto deteniéndose de repente.
Agostino negó con la cabeza y el otro, apretó entre los labios el cigarrillo del que apenas quedaba la colilla, aspiró el humó y lo sacó por la nariz.
—Ahora echaré el humo por los ojos —añadió —. Ponme la mano en el pecho y mírame a los ojos.
Ingenuo, Agostino se acercó a él, le puso la palma de la mano sobre el pecho y miró aquellas pupilas, pensando que de verdad vería salir el humo. Pero Berto, con súbita perfidia, le aplastó con fuerza el cigarrillo encendido en el dorso de la mano y, mientras tiraba la colilla, dio un salto de júbilo gritando:
—Oh, qué tonto… qué tonto… cómo se ve que no sabes nada…
El dolor casi había cegado a Agostino, cuyo primer movimiento fue lanzarse sobre Berto para pegarle. Pero el otro, en cuanto se lo vio venir encima, se detuvo, apretó los puños contra el pecho y con dos golpes en el estómago lo dejó sin aliento y casi inconsciente.
—Conmigo pocas bromas —advirtió con maldad—. Que si quieres guerra, te la doy…
Furioso, Agostino se lanzó de nuevo contra él, pero se sentía debilísimo y predestinado a ser derrotado. Esta vez Berto le agarró la cabeza y, sujetándola bajo su axila, casi estranguló a Agostino, que dejó de rebelarse y suplicó con voz ahogada que lo dejara. Berto lo liberó y, con un paso atrás, se apoyó en los dos pies y se puso de nuevo en posición de combate. Pero Agostino había oído crujir las vértebras del cuello y, más que asustado, estaba sorprendido por la extraordinaria brutalidad del muchacho. Le parecía increíble que a él, Agostino, a quien todos habían querido siempre, se le pudiera hacer ahora un mal así de deliberado y despiadado. Esa falta de piedad, sobre todo, lo sorprendía y lo turbaba como algo totalmente nuevo y casi fascinante a fuerza de resultar monstruoso.
—Yo no te he hecho ningún daño —dijo con voz jadeante—, te he dado los cigarrillos… y tú…
No terminó la frase, y se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Uh, ¡mira qué lagrimitas! —gritó Berto, sarcástico—. ¿Quieres que te devuelva los cigarrillos? No sé que hacer con ellos… cógelos y vuelve con tu mamá.
—No importa —dijo Agostino, desconsolado, sacudiendo la cabeza—. Lo he dicho por decir… Quédatelos.
—Pues entonces vamos —dijo Berto—, que ya hemos llegado.
Agostino se lamió la quemadura, que le escocía mucho, levantó los ojos y miró. En aquella parte de la playa había solo unos pocos vestuarios, cinco o seis en total, unos lejos de los otros. Eran vestuarios pobres, de madera sin pintar, y en el espacio entre las cabinas se veían la playa y el mar igualmente desiertos. Solo algunas mujeres del pueblo permanecían a la sombra de una barca varada, unas de pie y otras tumbadas en la arena, todas con anticuados bañadores negros con largas perneras ribeteadas en blanco, ocupadas en secarse y en exponer al sol sus miembros demasiado blancos. Un arco con un cartel pintado de azul lucía la inscripción «Baños Amerigo Vespucci». Una barraca verde, baja, hundida en la arena, señalaba la morada del bañero. Después de este baño Vespucci, el litoral, tan desprovisto de vestuarios en la playa como de casas en el paseo, continuaba hasta perderse de vista en una soledad de arena batida por el viento, entre el destellar azul del mar y el verde polvoriento del pinar.
Desde el paseo, las dunas, más altas allí que en cualquier otro punto, escondían todo un lateral de la barraca. Luego, en cuanto los chicos subieron a la cima de la duna, se dejó ver un toldo remendado, desteñido, de un rojo herrumbroso, quizá un jirón de la vela vieja de una barca de pesca. Este toldo estaba atado con dos cabos a unos palos hincados en la arena y, con otros dos, a la barraca.
—Esa es la guarida —dijo Berto.
Bajo el toldo se veía a un hombre sentado que se encendía un cigarro junto a una mesita torcida. Dos o tres muchachos, tumbados en la arena, rodeaban al hombre. Berto echó a correr y cayó también él a los pies del hombre gritando: «¡Guarida!». Un poco cohibido, Agostino se acercó al grupo.
—Y este es Pisa —dijo Berto señalando a Agostino.
Él se sorprendió de este sobrenombre que se le asignaba con tanta rapidez. No hacía ni cinco minutos que le había contado a Berto que había nacido en Pisa.
Agostino también se tumbó en el suelo. En aquel lugar, la arena no estaba tan limpia como en la playa. En ella había mezclados cáscaras de sandía, astillas de madera, trozos verdes de loza y toda clase de deshechos. Aquí y allá, la arena aparecía costrosa y dura por culpa de los cubos de agua sucia que arrojaban desde la barraca.
Agostino notó que los muchachos, cuatro en total, iban pobremente vestidos. Igual que Berto, debían de ser también hijos de marineros y de bañeros.
—Estaba en los baños Speranza —dijo Berto de un tirón, refiriéndose de nuevo a Agostino—. Dice que quiere jugar a policías y ladrones… pero el juego ha terminado, ¿no? Ya te lo he dicho, que el juego ha terminado…
En ese momento se oyó gritar:
—No vale, no vale…
Agostino miró y vio que se acercaba corriendo desde el mar otro grupo de chicos, probablemente los policías. El primero era un chicarrón que podía tener ya los diecisiete años cumplidos, en bañador, de complexión robusta y cuadrada. Le seguía, para gran sorpresa de Agostino, un negro. El tercero era un chaval rubio que, por el porte y las bellas hechuras, a Agostino le pareció de un origen más señorial que los otros, pero a medida que se aproximaba, el bañador descosido y agujereado y una cierta simplicidad de rasgos en ese bonito rostro de grandes ojos cerúleos dejaron también claro que era de pueblo. A estos tres primeros les seguían otros cuatro muchachos, todos de la misma edad, más o menos trece o catorce años. El muchachote robusto era, con mucho, el mayor de todos y, a primera vista, sorprendía que se mezclase con una pandilla de chiquillos. Pero su cara, del color del pan mal cocido, de rasgos inexpresivos y obtusos, daba con su brutal estupidez la razón de aquella camaradería insólita. Casi no tenía cuello, y su torso, liso y sin vello, era tan ancho en la cintura y las caderas como en los hombros.
—¡Tú te has escondido en un vestuario, no lo niegues! —le gritó con violencia a Berto—. Y las reglas dicen que en los vestuarios no vale.
—¡No es verdad! —respondió Berto con la misma violencia—. Díselo tú, Pisa —añadió, volviéndose hacia Agostino—. No me he escondido en ningún vestuario… estaba con este detrás de la barraca del Speranza… os hemos visto pasar… ¿a que sí, Pisa?
—La verdad —dijo Agostino, incapaz de mentir— es que tú te has escondido en mi vestuario…
—¡¿Lo ves?! —gritó el otro agitando el puño bajo la nariz de Berto—. Te rompería la cara… Embustero…
—¡Chivato! —gritó Berto plantando cara a Agostino—. Te había dicho que te quedaras donde estabas. Vuelve con tu mamá…
Estaba poseído por una violencia incontenible, bestial, que maravillaba oscuramente a Agostino. Pero en el gesto que hizo para amenazarlo, se le cayó del bolsillo una de las cajetillas de tabaco. Se inclinó para recogerla, pero el muchachote fue más rápido que él y, agachándose rápidamente, la agarró y la agitó en el aire, con aire triunfal.
—¡Eh, cigarrillos —gritó—, cigarrillos…!
—¡Dámelos! —gritó Berto mientras se lanzaba con furia contra él—, son míos… Me los ha regalado Pisa… Dámelos o te…
El otro dio un paso atrás y esperó a que Berto se pusiera a tiro. Cuando estuvo lo bastante cerca, sujetó la cajetilla entre los dientes y empezó a martillearle metódicamente el estómago con los dos puños. Luego, lo derribó de una zancadilla.
—¡Dámelos! —volvió a gritar Berto mientras rodaba por la arena.
Pero el otro, con una risa estúpida, exclamó:
—¡Tiene más…! ¡A por él, chicos…!
Y todos los muchachos a una, con una avenencia que sorprendió a Agostino, se lanzaron sobre Berto. Por un momento, a los pies del hombre, que seguía fumando apoyado en la mesita, se enmarañaron los cuerpos en medio de una gran polvareda de arena. Al final, el rubio, que parecía el más ágil, se liberó del revoltijo y se puso en pie, agitando triunfal la segunda cajetilla de tabaco. Uno a uno, se levantaron también los otros; y, por último, Berto. Todo su feo rostro pecoso estaba contraído en un rictus de furia intensa.
—¡Perros! ¡Ladrones! —gritó mientras agitaba el puño y sollozaba.
Lagrimeaba con rabia, y a Agostino le provocó una impresión nueva y extraña ver a su atormentador atormentado a su vez, y tratado no menos despiadadamente de como poco antes él le había tratado.
—¡Perros! ¡Perros! —volvió a gritar.
El muchachote se le acercó y le soltó un sopapo que sonó seco e hizo saltar de gozo a los demás compañeros.
—¿Te vas a callar, o no?
Berto, como enloquecido, corrió al rincón de la barraca, se agachó, cogió con las dos manos una piedra enorme y se la lanzó a su enemigo, que se apartó ligeramente con un silbido burlón.
—¡Perros! —gritó Berto otra vez, que sollozaba y se mantenía prudentemente tras la esquina de la barraca.
Hipaba fuertemente, con una furia en el llanto en la que parecía desahogar alguna amargura vulgar y repugnante. Pero sus compañeros ya no le prestaban atención. Se habían tumbado otra vez sobre la arena. El muchachote abría una cajetilla y, el rubio, la otra. De repente, el hombre sentado junto a la mesita, que había presenciado aquella pelea sin decir ni mu, dijo:
—Dadme esos cigarrillos.
Agostino miró al hombre. Era grande y corpulento, podía tener algo menos de cincuenta años. Su expresión era de sorna y de fría benevolencia. Calvo, con una frente que tenía una curiosa forma de silla de montar, los ojos pequeños y amistosos, la nariz enrojecida y aguileña, con las aletas abiertas y llenas de venitas rojas de aspecto repulsivo. Llevaba un bigote largo debajo del cual se abría una boca un poco torcida que apretaba un puro. Llevaba una camisilla desteñida y un par de pantalones de algodón azul turquesa, una pernera le llegaba al tobillo, la otra la llevaba remangada hasta la rodilla. Una faja negra le ceñía la barriga. El detalle que acabó por dar grima a Agostino fue que Saro, que así se llamaba el bañero, tenía seis dedos en las manos en lugar de cinco, cosa que daba a estas un aspecto enorme y abarrotado, de manera que más que dedos parecían tentáculos rechonchos. Agostino estudió largamente aquellas manos, pero no consiguió entender si Saro tenía dos índices, dos medios o dos anulares. Parecían todos igual de largos, menos el meñique, que despuntaba un poco fuera de la mano, como una ramita en la base de un tronco nudoso. Saro se quitó de la boca el medio puro y simplemente repitió:
—Venga, esos cigarrillos…
El rubio se levantó y llevó la cajetilla a la mesita.
—Muy bien, Sandro —dijo Saro.
—¿Y si yo no quiero dárselos? —gritó en tono desafiante el muchachote.
—¡Dáselos, Tortima, mejor que se los des! —exclamaron diversas voces desde distintos puntos. Tortima miró a su alrededor y luego a Saro que, con los seis dedos de la mano derecha sobre la cajetilla, lo miraba fijamente con sus pequeños ojos entornados.
—Está bien… pero no es justo —dijo.
Luego se levantó y fue a dejar también él su cajetilla sobre la mesa.
—Ahora reparto —dijo Saro con una voz dulce y afable.
Sin quitarse el puro de entre los labios, entornó los ojos con un guiño, abrió una de las cajetillas, cogió un cigarrillo con esa multitud de dedos rechonchos que parecían inservibles para agarrar y se lo lanzó al negro:
—Toma, Homs.
Cogió otro y se lo lanzó a otro chico. Un tercero lo hizo volar hasta las manos unidas de Sandro. El cuarto fue a golpear la cara de bobo de Tortima, y así sucesivamente.
—¿Tú quieres uno? —le preguntó a Berto, que después de tragarse las lágrimas había vuelto, calladito, a sentarse entre sus compañeros.
Humillado, asintió y el cigarrillo le llegó por el aire. Cuando todos los muchachos ya habían recibido su cigarrillo, se disponía a cerrar la cajetilla, todavía a medias, pero se detuvo y le preguntó a Agostino:
—¿Tú quieres uno, Pisa?
Agostino habría querido rechazarlo, pero Berto le dio un puñetazo en las costillas susurrándole:
—Di que sí, idiota… nos lo fumamos luego entre todos.
Agostino dijo que lo quería y también él recibió su cigarrillo. Entonces, Saro cerró la cajetilla.
—¡Y los que quedan… los que quedan! —gritaron a coro los muchachos.
—Los que quedan os los repartiré los próximos días —respondió con calma Saro—. Pisa… coge estos cigarros y llévalos a la barraca.
Nadie rechistó. Agostino, muy cohibido, cogió las dos cajetillas y pasando por encima de los cuerpos tendidos de los muchachos, fue hasta la barraca y entró. La barraca, como parecía, no tenía más que una única habitación, y le gustó porque era pequeña, como las casas de los cuentos. El techo era bajo, con las vigas pintadas de blanco, las paredes de tablones sin barnizar. Dos ventanucos pequeños pero completos, con alfeizar, pequeños cristales cuadrados, contraventanas, cortinas y hasta alguna pequeña maceta con flores, difundían una luz tenue y amortiguada. Un rincón lo ocupaba la cama, bien hecha, con un almohadón blanco recién lavado y una colcha roja; en otro había una mesa redonda con tres sillas. Sobre la encimera de mármol de una cómoda había dos botellas de esas que contienen pequeños veleros o barcos de vapor. Las paredes estaban completamente recubiertas de velas enganchadas a clavos, de pares de remos y de otros utensilios de marinero. Agostino pensó que era envidiable la persona que poseía una barraca como aquella, tan pequeña y cómoda. Se acercó a la mesa, sobre la que había un gran tazón de porcelana desconchada lleno de puros a medio fumar, dejó las dos cajetillas y volvió a salir a la luz del sol.
Todos los chicos, tumbados boca abajo sobre la arena alrededor de Saro, fumaban ahora con aspavientos que demostraban que encontraban aquello delicioso. Y, mientras tanto, hablaban de algo que no alcanzó a captar.
—Pues yo te digo que es él —afirmaba Sandro en aquel momento.
—La madre es guapa —dijo una voz admirada—, es la más guapa de la playa… Homs y yo un día estuvimos debajo de su vestuario para verla desnudarse… pero nos cayó el vestido encima de los ojos y no pudimos ver nada… vaya piernas tiene … y menudos pechos…
—Al marido no se le ve nunca —observó otra voz.
—No te preocupes… que ya se consuela… ¿Sabes con quién? Con aquel chaval de villa Sorriso… ese moreno… viene a buscarla todos los días con el patín.
—Si fuera solo él… cualquiera que le tire los tejos, se la lleva al huerto —dijo alguno con malignidad.
—Sí, pero no es él —insistió otro.
—A ver, Pisa –—preguntó de pronto Sandro a Agostino, con tono autoritario—. ¿Tú madre no es esa señora que está en el baño Speranza? ¿Una alta, morena, con las piernas largas…, que lleva un bikini de rayas? ¿La que tiene un lunar junto a la boca, a la izquierda?
—Sí, ¿por qué? —preguntó Agostino, cohibido.
—Es él…, es él —dijo Berto, triunfal. Y en un arrebato de maliciosa envidia, añadió—: Y tú eres el sujetavelas, ¿eh? Salís a navegar tú, ella y el fulano… y tú les aguantas la vela.
A estas palabras siguió el estallido de una carcajada general. Hasta Saro sonrió bajo sus bigotes.
—No sé de qué habláis —respondió Agostino, inseguro y lleno de rubor, sin llegar a entender.
Tenía la sensación de que debía protestar, pero todas esas bromas groseras despertaban en él un sentimiento inesperado, casi cruel, de complacencia; como si con aquellas palabras los muchachos, sin saberlo, hubieran vengado todas las humillaciones que la madre le había infringido en los últimos tiempos. Por otra parte, lo paralizaba la sorpresa de descubrir que estaban tan bien informados sobre sus asuntos.
—Anda, inocentón —dijo la misma voz maligna.
—Cualquiera sabe lo que harán, van siempre lejos… anda, di —interrogó Tortima con fingida seriedad—. Dinos qué hacen… Él la besa, ¿eh?
Se puso el dorso de la mano contra los labios y se dio un sonoro beso.
—En realidad, salimos al mar para bañarnos —dijo Agostino, con el rostro encendido por la vergüenza.
—Ya, ya, para bañaros —dijeron varias voces con sarcasmo.
—Mi madre se baña, y Renzo también…
—Eso, se llama Renzo —dijo uno con tono seguro, como si hubiera encontrado el hilo perdido en la memoria—. Renzo… uno moreno, alto.
—¿Y qué hacen mamá y Renzo? —preguntó de pronto Berto, envalentonado—. Hacen… —e hizo un gesto expresivo con la mano—, y tú los miras, ¿eh?
—Yo… —repitió Agostino espantado, mirando a su alrededor.
Todos se reían, ahogando las carcajadas en la arena. Solamente Saro lo miraba con atención, sin moverse y sin decir nada. Agostino lo miró desesperado, como implorándole ayuda.
Saro pareció captar aquella mirada. Se quitó el puro de la boca y dijo:
—¿Pero no veis que no sabe nada?
De repente, un silencio sustituyó al vocerío.
—¿Cómo que no sabe nada? —preguntó Tortima, que no había comprendido.
—Que no sabe nada —repitió Saro con simplicidad. Y entonces, se volvió hacia Agostino, endulzó la voz y dijo:
—Di, Pisa, un hombre y una mujer… ¿qué hacen? ¿Lo sabes?
Todos parecían contener la respiración. Agostino miró a Saro, que fumaba y lo escudriñaba con los parpados entrecerrados, miró a los muchachos, que parecían todos hinchados de carcajadas mal contenidas, y entonces repitió mecánicamente, con los ojos ensombrecidos como por una nube:
—¿Un hombre y una mujer?
—Sí, tu madre y Renzo —precisó con brutalidad Berto.
Agostino hubiera querido responder: «No habléis de mi madre». Pero la pregunta, a la vez que despertaba en él todo un hormigueo de sensaciones y recuerdos oscuros, lo desconcertaba demasiado como para permitirle hablar.
—No lo sabe —sentenció Saro mientras pasaba el puro de la comisura derecha a la comisura izquierda de la boca—. Vamos, ¿quién se lo quiere decir?
Agostino miró a su alrededor, perdido: le parecía que estaba en la escuela, pero ¡con qué maestro y con qué alumnos!
—Yo… yo… yo —gritaron a coro todos los muchachos.
La mirada insegura de Saro se paseó por un momento sobre todos aquellos rostros inflamados por la emulación, y luego dijo:
—En realidad, tampoco vosotros lo sabéis… solo de oídas… que lo diga el que lo sepa de verdad…
—Agostino vio a todos los muchachos enmudecer y mirarse.
—Tortima… —dijo alguien.
Una expresión de vanidad iluminó el rostro del muchachote, que hizo ademán de levantarse. Pero, con extremo rencor, Berto dijo:
—Si se lo inventó… nada de lo que contó es cierto.
—¡¿Cómo que nada es cierto?! —gritó Tortima, lanzándose contra Berto—, las mentiras las dices tú, bastardo…
Pero esta vez Berto se había apresurado a escapar y, asomándose desde la esquina de la barraca, su rostro rojo y pecoso deformado por el odio se puso a hacer muecas y a sacarle la lengua a Tortima. Este lo amenazó con el puño y gritó:
—¡Ni se te ocurra volver!
Pero con esta intervención de Berto, su elección se había malogrado.
—Que lo diga Sandro —dijeron los muchachos todos a una.
Guapo y elegante, con los brazos cruzados sobre el ancho pecho moreno sobre el que centelleaban como el oro unos cuantos pelillos rubios, Sandro tomó la iniciativa en el círculo de chicos tumbados en la arena. Agostino notó que tenía las piernas fuertes y bronceadas, como envueltas por un polvillo dorado. Otros pelillos rubios le escapaban de las ingles por los descosidos del bañador rojo.
—Es muy simple —dijo con la voz clara y fuerte.
Y hablando lentamente y con la ayuda de gestos eficaces, pero podría decirse que libres de vulgaridad, le explicó a Agostino algo que a él le pareció que sabía desde siempre pero que había olvidado, como por culpa de un sueño profundo. A su explicación siguieron otras demostraciones menos sobrias. Algunos de los muchachos hacían gestos triviales con las manos; otros repetían en voz alta palabras nuevas y horrendas al oído de Agostino; dos dijeron: «Enseñémosle cómo se hace», y rodaron abrazados estremeciéndose y agitándose, uno sobre el otro sobre la arena abrasadora. Sandro, contento del éxito, se había retirado y daba las últimas caladas al cigarrillo.
—¿Lo has entendido ahora? —preguntó Saro en cuanto la algarabía se atenuó un poco.
Agostino asintió con la cabeza. En realidad, más que entender, había absorbido la noción como se absorbe un fármaco o un veneno cuyo efecto de momento no se nota, aunque se sabe que el dolor o el bienestar llegarán sin falta más tarde. La idea no había entrado en su mente vacía, doliente y atónita, sino en alguna otra parte de su ser, en su corazón hinchado de amargura, en el fondo de su pecho que se sorprendía al acogerla. La noción era como un objeto rutilante y cegador que no puede mirarse por el brillo que desprende y del que a duras penas se adivinan los contornos. Le parecía que siempre la había poseído, pero nunca tan encendida en su sangre como en aquel momento.
—Renzo y la madre de Pisa —oyó que alguno decía a sus espaldas—. Yo soy Renzo y tú eres la madre de Pisa, probemos.
Se volvió de golpe y vio a Berto que, con un gesto desvergonzado y una ceremonia todavía más desvergonzada, preguntaba a otro inclinándose:
—Señora, ¿me hace usted el honor de acompañarme en patín?… Nos bañaremos… Pisa nos acompaña.
Entonces, una ira improvisa cegó a Agostino y se lanzó contra Berto gritando:
—¡Te prohíbo que hables de mi madre!
Pero antes de poder siquiera darse cuenta, se encontró boca arriba sobre la arena, aprisionado entre las rodillas de Berto y que una lluvia de puñetazos le llovía sobre la cara. Le entraron ganas de llorar, pero, consciente de que las lágrimas se lo habrían puesto en bandeja a los otros para nuevas burlas, con un supremo esfuerzo consiguió dominarse. Así que se cubrió el rostro con un brazo y permaneció inmóvil, como muerto. Poco después, Berto lo dejó, y él, maltrecho, volvió a sentarse a los pies de Saro. Ahora, volubles, los muchachos ya hablaban de otra cosa. Uno de ellos preguntó a Agostino a quemarropa:
—¿Vosotros sois ricos?
Agostino ya estaba tan atemorizado que no sabía qué decir. Sin embargo, contestó:
—Creo que sí.
—¿Cuánto? ¿Un millón… dos millones… tres millones?
—No lo sé —dijo Agostino, cohibido.
—¿Tenéis una casa grande?
—Sí —contestó Agostino. Y tranquilizado por el tono más cortés que había adquirido el diálogo, no pudo resistirse a la vanidad del propietario:
—Tenemos veinte habitaciones.
—¡Veinte habitaciones! —repitió una voz admirada.
—¡Bum! —dijo otra voz con incredulidad.
—Tenemos dos salones —dijo Agostino—, y luego está el despacho de mi padre…
—El cornudo —dijo una voz.
—Que era de mi padre —se apresuró a aclarar Agostino casi con la esperanza de que este detalle le granjeara la simpatía de los muchachos—. Mi padre está muerto.
Hubo un momento de silencio.
—Entonces, ¿tu madre es viuda? —preguntó Tortima.
—Hombre, pues ya se entiende que sí —dijeron algunas voces con sorna.
—¿Qué tiene que ver? Podría haberse vuelto a casar —se defendió Tortima.
—No… no se ha vuelto a casar —respondió Agostino.
—¿Y tenéis coche, también? —preguntó otra voz.
—Sí.
—¿Con chófer?
—Sí.
—¡Dile a tu madre que estoy dispuesto a hacerle de chófer! —gritó uno.
—Y, en esos salones, ¿qué hacéis? —preguntó Tortima, que parecía el más impresionado de todos por lo que contaba Agostino—. ¿Dais fiestas?
—Sí, mi madre recibe.
—A saber cuántas mujeres guapas —dijo Tortima como hablando para sí mismo—. ¿Cuántas personas van?
—Pues… no sé.
—¿Cuántas?
—Veinte o treinta —respondió Agostino, ya más tranquilo y no poco envanecido por el éxito obtenido.
—Veinte o treinta… ¿Y qué hacen?
—¡Pues qué quieres que hagan! —dijo Berto con ironía—. Bailarán, se divertirán… ellos son ricos, no pobres como nosotros… Harán el amor…
—No… el amor no —dijo Agostino con seriedad, como para demostrar que ya entendía perfectamente lo que esa frase quería decir.
Tortima parecía luchar con una idea oscura que no conseguía expresar. Al fin, dijo:
—Pero si yo, de repente, me presentara en una de esas recepciones… y dijera «Aquí estoy»…, ¿tú qué harías?
Y, dicho esto, se puso de pie e hizo el gesto de quien se presenta, con descaro, sacando pecho y con los brazos en jarras. Todos los muchachos se echaron a reír.
—Te rogaría que te fueras —dijo Agostino con simplicidad, animado por las risas de los muchachos.
—¿Y si yo me empeñara en no irme?
—Haría que te echaran los camareros.
—¿También tenéis camareros? —preguntó uno.
—No… pero cuando hay recepciones, mi madre los contrata.
—Mira, como a tu padre.
Uno de los muchachos debía de ser hijo de un camarero.
—¿Y si yo me enfrentara a los camareros, les partiera la cara y luego avanzara hasta el centro de la habitación gritando: «¡Sois una panda de canallas y de fulanas!», ¿tú qué dirías? —insistió Tortima amenazador, acercándose a Agostino y agitando el puño bajo la nariz, como para dárselo a oler.
Pero esta vez todos se pusieron en contra de Tortima, no porque estuvieran de parte de Agostino, sino por el deseo de escuchar otros detalles de esta fabulosa riqueza.
—Anda, déjalo en paz… Te echarían a patadas, y bien que harían —se oía protestar por todas partes.
—Qué se te habrá perdido a ti en un sitio así —dijo Berto con desprecio—. Tu padre es marinero, y marinero serás tú… Y si te presentaras en casa de Pisa seguro que no gritarías nada… Ya te estoy viendo.
Se puso en pie y escenificó la supuesta humildad de Tortima en una de esas recepciones en casa de Agostino:
—Ustedes perdonen, ¿está en casa el señor Pisa?… Perdonen… he venido… no importa, perdónenme… disculpen la molestia, ya volveré en otra ocasión… Me parece que te estoy viendo, harías reverencias hasta por las escaleras…
Todos los muchachos rieron. Tortima, tan estúpido como bruto, no se atrevió a meterse contra los que se reían. Pero, buscando de algún modo una revancha, le preguntó a Agostino:
—¿Sabes echar un pulso?
—¿Un pulso? —repitió Agostino.
—No sabe lo que es un pulso —corearon varias voces irónicas.
Sandro se acercó, cogió a Agostino por el brazo, se lo dobló obligándole a permanecer con la mano levantada y el codo hincado en la arena. Mientras, Tortima se había tumbado boca abajo y había colocado el brazo de la misma manera.
—Tienes que empujar hacia un lado —explicó Sandro—. Tortima empujará hacia el otro.
Agostino agarró la mano de Tortima. Este, de un solo golpe le tumbó el brazo y se levantó, triunfal.
—A ver yo —dijo Berto.
Y con la misma facilidad que necesitó Tortima, tumbó el brazo de Agostino y se levantó también él.
—¡Yo, yo! —gritaron los compañeros.
Probaron uno tras otro, y todos ganaron a Agostino. Por último, se presentó el negro. Una voz dijo:
—Si te gana Homs… bah, entonces es que tienes los brazos de trapo.
Agostino decidió que por lo menos el negro no iba a ganarle. El negro tenía los brazos finos, color café tostado, le pareció que los suyos eran más fuertes.
—Venga, Pisa —dijo el negro con un descaro cursi, tumbándose ante él.
Tenía una vocecilla fina, como de chica, y en cuanto su rostro estuvo a un palmo del de Agostino, este notó que no tenía la nariz aplastada, como podía esperarse, sino aguileña, pequeña y curvada sobre sí misma, como un rizo de carne aceitosa y negra, con una especie de lunar más claro, casi amarillo, sobre una de las aletas. Tampoco la boca era grande como la de los negros, sino fina y violácea. Tenía los ojos redondos y blancos, oprimidos por la frente abombada sobre la que se alzaba una gran mata de pelo renegrida.
—Vamos, Pisa… no te haré daño —añadió entrelazando en la mano de Agostino su delicada mano, de dedos finos negros terminados en uñas rosadas.
Agostino se había percatado de que, si empujaba un poco con el húmero, podía, sin que lo pareciera, dejar caer todo su peso sobre su mano. Y ese sencillo descubrimiento le permitió desde un primer momento resistir y contener el esfuerzo de Homs. Durante un buen rato estuvieron empatados, en medio de un círculo de atentos muchachos. Agostino permanecía con el rostro tenso pero inmóvil, con todo el cuerpo contraído a causa del esfuerzo. El negro, en cambio, hacía una gran mueca, rechinaba los blancos dientes y cerraba con fuerza los ojos.
—¡Gana Pisa! —dijo de pronto una voz con tono sorprendido.
Pero en ese mismo instante un terrible dolor recorrió el hombro y todo el brazo de Agostino que, agotado, se rindió y dijo:
—No, es más fuerte que yo.
—Me ganarás la próxima vez —dijo el negro mientras se levantaba, con una cortesía antipática y empalagosa.
—Te gana hasta Homs… no vales para nada —dijo Tortima con desprecio.
Pero, ahora, los muchachos parecían cansados de burlarse de Agostino.
—¿Vamos al agua? —propuso uno.
—¡Sí… sí… al agua! —gritaron todos.
Y entre saltos y cabriolas, echaron a correr por la playa sobre la arena abrasadora, hacia el mar. Agostino, los siguió de lejos y vio cómo se zambullían uno tras otro como peces, de cabeza donde aún no cubría, entre grandes salpicaduras y gritos de alegría. En cuanto llegó a la orilla, Tortima emergió del agua como una bestia, primero con la espalda y luego con la cabeza, y gritó:
—¡Métete, Pisa… ¿Qué haces ahí fuera?!
—Estoy vestido —dijo Agostino.
—Ahora te desnudo yo —contestó Tortima malignamente.
Agostino intentó escapar, pero no le dio tiempo. Tortima lo atrapó, lo arrastró pese a sus esfuerzos y, zambulléndose junto a él, con malvada crueldad le mantuvo la cabeza bajo el agua hasta que casi lo ahogó.
—Hasta la vista, Pisa —gritó luego, y echó a nadar.
Un poco más lejos se veía a Sandro en pie sobre un patín, maniobrando con elegancia entre los muchachos que alborotaban a su alrededor y trataban de encaramarse a los flotadores. Empapado y jadeante, Agostino regresó a la orilla y por un momento contempló el patín lleno de muchachos que se alejaba por el mar desierto, bajo el sol cegador. Luego, caminando deprisa sobre los reflejos de la arena, siempre por la orilla, se encaminó hacia el baño Speranza.
III
Por fin apareció el patín, no más grande que un punto claro en el mar desierto, se acercó rápidamente, él vio a la madre sentada en el banco y al joven remando. Los remos ascendían y descendían, y cada golpe iba acompañado por un centelleo refulgente de agua agitada. Entonces se levantó y se dirigió a la orilla. Quería ver desembarcar a la madre, observar bien en ella las huellas de aquella intimidad en la que durante tanto tiempo había participado sin entenderla y que ahora, iluminado por las revelaciones de Saro y de los chicos, le parecía que tenía que manifestársele de una manera completamente nueva, llena de una evidencia impúdica y elocuente. Desde el patín, antes de que atracase, la madre le hizo un vistoso gesto de saludo con la mano, luego saltó alegremente al agua y en unos pocos pasos alcanzó al hijo.
—¿Tienes hambre…? En seguida vamos a comer… Adiós… adiós… Hasta mañana —añadió con voz melodiosa mientras se giraba para saludar al joven.
A Agostino le pareció más contenta de lo habitual y, mientras la seguía por la playa, no pudo evitar pensar que la despedida del joven encerraba una alegría ebria y patética, como si aquel día hubiera sucedido realmente lo que la presencia del hijo había impedido hasta entonces. Pero hasta aquí llegaban sus observaciones y sus sospechas. Por lo demás, salvo aquella alegría torpe y tan distinta de la habitual dignidad, no le era posible comprender de ningún modo lo que había pasado durante aquella excursión, y si entre los dos se habían establecido ya relaciones amorosas. El rostro, el cuello, las manos, el cuerpo, por más que escrutaba con una nueva y cruel consciencia, no revelaban señales de los besos y las caricias que habían recibido. Cuanto más miraba a su madre, más decepcionado se sentía Agostino.
—Habéis estado solos, hoy… sin mí —probó a decirle mientras se dirigían hacia el vestuario. Casi como esperando que le respondiera: «Sí… y por fin hemos podido amarnos».
Pero la madre pareció interpretar esta frase como una alusión al bofetón y a la fuga que siguió a este.
—No volveremos a hablar de lo sucedido —dijo ella deteniéndose de golpe, mientras lo sujetaba por los hombros con las dos manos y lo miraba a la cara con aquellos ojos sonrientes y excitados—, ¿verdad? Yo sé que tú me quieres… Dame un beso y no se hable más.
Agostino se encontró de pronto con el rostro contra aquel cuello, en otro tiempo tan dulce por el perfume y el calor que lo envolvía castamente. Pero le pareció advertir bajo los labios un pálpito nuevo, aunque débil, como el último destello de la áspera secuela que debía de haber suscitado en aquella carne la boca del joven. Luego, la madre subió a toda prisa por la escalerilla del vestuario. Y, con el rostro encendido por no se sabía qué vergüenza, él se tumbó en la arena.
Más tarde, cuando se dirigía con ella hacia casa, removió largamente en el fondo de su ánimo conturbado los nuevos y todavía oscuros sentimientos. Por extraño que pareciera, mientras que antes, cuando aún ignoraba el bien y el mal, las relaciones de su madre con el joven le parecían, aunque de manera misteriosa, empapadas de culpabilidad, ahora que las revelaciones de Saro y de sus discípulos le habían abierto los ojos y confirmado aquellas primeras dolorosas sospechas de su sensibilidad, Agostino estaba lleno de dudas y de curiosidad insatisfecha. Lo que antes despertaba su ánimo era el afecto filial, celoso e ingenuo, mientras que ahora, en esta nueva y cruel claridad, este afecto, aun sin disminuir, se veía en parte sustituido por una curiosidad agria y despegada, a la que aquellos primeros y ligeros indicios le parecían insuficientes e insípidos. Si antes cada palabra y cada gesto que le parecían fuera de lugar no le aclaraban nada, y casi había deseado no darse cuenta de ellos, ahora que estaba atento a ellos, esas torpezas y esas salidas de tono que con anterioridad lo habían escandalizado tanto le parecían poca cosa, y casi deseaba sorprender a su madre en aquellas actitudes de naturaleza franca e impúdica acerca de las que Saro y los muchachos le habían instruido poco antes.
A decir verdad, si el azar no lo hubiera puesto violentamente en ese camino aquel mismo día, no se le habría despertado tan pronto el deseo de espiar y vigilar a su madre con el preciso propósito de destruir el aura de dignidad y de respeto que, a sus ojos, la habían envuelto hasta entonces,
Ya en casa, madre e hijo comieron casi sin dirigirse la palabra. La madre parecía distraída y Agostino, inmerso en sus nuevos y para él increíbles pensamientos, se mostró taciturno, contrariamente a lo habitual. Pero luego, después de comer, a Agostino le invadió de pronto un irresistible deseo de salir de casa y reunirse con su pandilla. Le habían dicho que se juntaban en los baños Vespucci a primera hora de la tarde para decidir la correrías y proezas de la jornada. Y, pasado el primer sentimiento de repugnancia y de temor, aquella compañía brutal y humillante volvía a ejercer en su estado de ánimo una oscura atracción. Él estaba en su habitación, tumbado en la cama, en la penumbra amortiguada y cálida que daban las persianas medio echadas; boca arriba y con los ojos fijos en el techo jugaba con la perilla de madera del interruptor de la luz, como solía hacer. De afuera llegaban pocos ruidos, el del girar de las ruedas de un carruaje solitario, el entrechocar de platos y vasos en las salas, que daban a la calle, de una pensión que había enfrente de casa. Por contraste con este silencio de la tarde estival, los ruidos de la casa quedaban como aislados y resultaban más identificables. Así, oyó a la madre entrar en la habitación de al lado, y luego caminar con sus sonoros tacones sobre las baldosas del suelo. Ella iba y venía, abría y cerraba cajones, movía sillas, tocaba objetos. «Ahora se acuesta —pensó de pronto él, sacudiéndose el sopor que poco a poco le había invadido—, y no podré avisarla de que quiero irme a la playa». Apurado, se levantó de la cama y salió de la habitación. Su cuarto daba a la galería, frente a la escalera, y la puerta de la madre era contigua a la suya. Se acercó, pero como la encontró entreabierta, en lugar de llamar como hacía siempre, quizá guiado inconscientemente por aquel nuevo deseo de sorprender la intimidad materna, empujó suavemente el batiente hasta abrirlo a medias. La habitación de la madre, mucho más grande que la suya, tenía la cama junto a la puerta. Y justo enfrente de la puerta, una cómoda coronada por un gran espejo. Lo primero que vio fue a su madre, en pie, delante de aquella cómoda.
No estaba desnuda, como había casi presentido y esperado mientras se asomaba, sino a medio vestir y en el acto de quitarse, ante el espejo, el collar y los pendientes. Llevaba una camisola de gasa que le llegaba a las caderas. Bajo las dos turgencias desiguales y desequilibradas de los glúteos, una más alta y como contraída, y la otra más baja y como distendida e indolente, las elegantes piernas se afinaban en actitud pasiva desde los muslos largos y fuertes hacia las pantorrillas y hasta la delgadez del tobillo. Los brazos, en alto para desenganchar el cierre del collar, imprimían a la espalda todo un movimiento visible a través de la transparencia de la gasa, por lo que el surco que dividía aquella ancha carne morena parecía confundirse y anularse en dos turgencias distintas, una debajo de los riñones y otra bajo la nuca. Las axilas se abrían al aire como dos fauces de serpiente y, como lenguas negras y finas, de ellas surgía, largo y suave, el vello que parecía ansioso por extenderse, libre de la pesada y sudorosa constricción del brazo. Ante los maravillados ojos de Agostino, todo el cuerpo, grande y espléndido, parecía vacilar y palpitar en la penumbra de la habitación y, como si fuera debido a una fermentación de la desnudez, por un momento se ensanchaba desmesuradamente, a la vez que absorbía en la rotundidad hendida y dilatada de las caderas tanto las piernas como el torso y la cabeza, y un instante después se agigantaba, ahusándose y estirándose hacia arriba, y tocaba con una extremidad el suelo y, con la otra, el techo. Pero en el espejo, en una sombra misteriosa de pintura ennegrecida, el rostro pálido y lejano, parecía mirarlo con ojos lisonjeros y la boca parecía sonreírle tentadoramente.
El primer impulso de Agostino ante semejante visión fue el de retirarse a toda prisa. Pero inmediatamente este nuevo pensamiento —«es una mujer»— lo detuvo, con los dedos aferrados a la manilla y los ojos abiertos de par en par. Sentía que todo su antiguo ánimo filial se rebelaba ante aquella inmovilidad y lo empujaba hacia atrás; pero aquel nuevo ánimo, todavía tímido pero ya fuerte, lo obligaba a fijar despiadadamente los ojos indecisos allá donde el día anterior no se habría atrevido a levantarlos. Así, en este combate entre la repugnancia y la atracción, entre la sorpresa y la complacencia, le parecieron más firmes y más nítidos los detalles del cuadro que contemplaba: el gesto de las piernas, la inercia de la espalda, el perfil de las axilas… y le pareció que se correspondían del todo con ese nuevo sentimiento suyo que no necesitaba nada más que esas confirmaciones para apropiarse completamente de su fantasía. Al precipitar de golpe desde el respeto y la reverencia hacia el sentimiento contrario, casi habría querido que aquellas torpezas se convirtieran ante sus ojos en desvergüenza, aquella desnudez en procacidad, aquella inconsciencia en un desabrigo culpable. Sus ojos pasaban de atónitos a curiosos, llenos de una atención que le parecía casi científica y que en realidad debía su falsa objetividad a la crueldad del sentimiento que la guiaba. Mientras, a medida que la sangre le retumbaba en la cabeza, se repetía: «Es una mujer… nada más que una mujer», y estas palabras le parecían como latigazos despectivos e injuriosos sobre aquella espalda y aquellas piernas.
La madre se despojó del collar y lo apoyó en el mármol de la cómoda, y reuniendo con un gracioso gesto las dos manos junto al lóbulo de la oreja, empezó a quitarse uno de los pendientes. Mientras ejecutaba este gesto, mantenía la cabeza inclinada sobre el hombro, un poco vuelta hacia la habitación. Agostino temió entonces que ella lo viera reflejado en la luna situada a poca distancia, en el vano de la ventana: en ella, en efecto, podía verse de cuerpo entero, erguido y furtivo, entre los batientes de la puerta. Alzando con esfuerzo la mano, golpeó ligeramente contra la jamba, preguntó:
—¿Se puede?
—Espera un momento, cariño —dijo la madre tranquilamente.
Agostino la vio moverse, desaparecer de su vista; luego, después de una ligera agitación, ella reapareció vestida con una larga túnica de seda azul.
—Mamá —dijo Agostino sin alzar la mirada—, yo me voy a la playa.
—¿A estas horas? —dijo la madre distraídamente—. Con este calor… ¿no sería mejor que durmieras un poco?
Una mano se asomó y le hizo una caricia en la mejilla. Con la otra mano la madre se recolocaba detrás de la nuca un mechón suelto de sus lisos cabellos negros.
Agostino, que volvía a ser niño para la ocasión, no dijo nada y, como solía hacer cuando alguna petición suya no era atendida, se quedó obstinadamente mudo, con los ojos fijos en el suelo y la barbilla clavada en el pecho. La madre conocía bien este gesto, y lo interpretó del modo acostumbrado.
—Bueno, si tantas ganas tienes —añadió ella—, ve… pero primero pasa por la cocina y que te den la merienda… y no te la comas ahora, déjala en el vestuario… y, sobre todo, no te bañes antes de las cinco… además, para esa hora llegaré yo y nos bañaremos juntos.
Eran las recomendaciones de siempre.
Agostino no contestó y corrió descalzo por los escalones de piedra de la escalera. Oyó la puerta de la habitación cerrarse suavemente a sus espaladas.
Bajó la escalera corriendo, en el vestíbulo se puso las sandalias, abrió la puerta y salió a la calle. Lo embistieron de golpe la blanca llamarada y el silencioso fervor de la solanera. Al fondo de la calle, en un aire tremolante y remoto, el mar centelleaba inmóvil. En el extremo opuesto, la pineda inclinaba sus rojos troncos bajo las masas verdes y sofocantes de las copas redondeadas.
Dudó, y se preguntó si le convenía acercarse a los baños Vespucci por el paseo marítimo o por la pineda, y eligió la primera opción porque, aunque el sol le daba mucho más fuerte, por allí no se exponía al peligro de pasarse e ir más allá del establecimiento sin darse cuenta. Recorrió toda la calle hasta donde se cruzaba con el paseo marítimo y apretó el paso: caminó pegado a la pared.
No se daba cuenta, pero aquello que lo atraía hacia los baños Vespucci, además de la nueva compañía de los muchachos, era precisamente ese escarnio brutal sobre su madre y sus supuestos amoríos. Él notaba que el afecto de antaño se estaba convirtiendo en un sentimiento completamente distinto, a la vez objetivo y cruel. Y le parecía que aquellas ironías pesadas, solo por el hecho de acelerar este cambio, debían ser buscadas y cultivadas. El porqué de ese fuerte deseo de no amar más a su madre, el porqué del odio hacia ese amor, no habría sabido explicarlo. Quizá por el resentimiento de haber sido engañado y de haberla creído tan distinta a como era en realidad; quizá porque, no pudiendo amarla sin dificultad y ofensa, prefería no amarla en absoluto y no ver en ella nada más que una mujer. Instintivamente, intentaba librarse de una vez por todas del estorbo y de la vergüenza que le provocaba el viejo afecto traicionado, que ya no le parecía nada más que ingenuidad y estupidez. Por eso, la misma cruel atracción que poco antes lo había hecho permanecer en pie con los ojos clavados en la espalda materna, ahora lo empujaba a buscar la compañía humillante y brutal de los muchachos. ¿No eran aquellos discursos irreverentes, quizá, como la desnudez vislumbrada, destructores de la vieja condición filial que ahora le repugnaba tanto? Amarga medicina, o lo habría matado o lo habría curado.
En cuanto tuvo a la vista los baños Vespucci, ralentizó el paso y, aunque el corazón le latía a trompicones y casi le faltaba la respiración, asumió un aire de indiferencia. Saro estaba sentado bajo el toldo, como siempre, frente a la mesita coja sobre la que se veían una botella de vino, un vaso y un tazón con los restos de una sopa de pescado. Pero alrededor de Saro no parecía haber nadie. O, mejor dicho, en cuanto llegó, bajo el toldo descubrió, en contraste con la blancura de la arena, al negrito Homs.
Saro parecía no hacerle mucho caso al negro y fumaba, absorto, con un viejo y raído gorrillo de paja calado sobre los ojos.
—¿No están? —preguntó Agostino con voz desilusionada.
Saro alzó la vista hacia él, lo miró de arriba abajo, y luego dijo:
—Han ido todos a Rio.
Rio era una localidad desierta, en el litoral, unos kilómetros más allá, donde, entre la arena y los cañaverales, desembocaba un riachuelo.
—Ah —dijo Agostino contrariado—. Se han ido a Rio… ¿y a hacer qué?
Fue el negro quien le respondió.
—Se han ido a merendar. —Y entonces hizo un gesto expresivo llevándose la mano a la boca.
Pero Saro balanceó la cabeza y dijo:
—Vosotros, muchachos, no estaréis contentos hasta que no os busquéis un escopetazo.
Estaba claro que la merienda no era más que el pretexto para ir a robar fruta a los campos, o eso le pareció entender a Agostino.
—Yo no he ido —rebatió el negro como para hacerse valer ante Saro, con tono adulador.
—Tú no has ido porque no te han querido llevar —dijo Saro con tranquilidad.
El negro protestó, agitándose en la arena.
—No, no he ido porque prefería quedarme contigo.
Tenía una voz melosa y cantarina. Con desprecio, Saro dijo:
—¿Quién te da ha dado permiso para tutearme, moro? No somos hermanos, que yo sepa…
—No… no somos hermanos —contestó el otro sin descomponerse, casi alegre, como si hubiera encontrado un placer profundo en esta observación.
—Pues entonces mantente en tu sitio —concluyó Saro. Luego se dirigió a Agostino:
—Han ido a robar fruta y maíz… esa es la merienda.
—¿Y volverán? —preguntó Agostino, ansioso.
Saro no dijo nada, miraba a Agostino y parecía seguir el hilo de un cálculo que estaba haciendo.
—No volverán pronto… pero si queremos, podemos ir hasta donde están ellos…
—¿Y cómo?
—Con la barca —dijo Saro.
—¡Oh, sí, vamos en barca! —gritó el negro. Entusiasta y excitado, se levantó y se acercó al hombre. Pero Saro ni lo miró.
—Tengo una barca de vela… en media hora o poco más estaremos en Rio, si hay buen viento.
—Sí, vamos —dijo Agostino, contento—. Pero si están por los campos, ¿cómo haremos para encontrarlos?
—No tengas miedo —dijo Saro mientras se levantaba y se arreglaba la faja negra que le ceñía la panza—, seguro que los encontramos.
Entonces se giró hacia el negro, que lo miraba, ansioso, y añadió:
—Tú, negro, ayúdame a traer la vela y el mástil.
—Inmediatamente, inmediatamente, Saro —repitió el negro entusiasmado, y siguió a Saro dentro de la barraca.
Cuando se quedó solo, Agostino se puso en pie y miró a su alrededor. Se había alzado un ligero mistral y el mar, todo encrespado, se había vuelto de un azul casi violeta. En una polvareda de sol y arena, el litoral, entre el mar y la pineda, parecía desierto hasta donde alcanzaba la vista. Agostino, que no sabía dónde estaba Rio, seguía con los ojos fascinados la línea caprichosa, toda llena de salientes y entrantes, de la playa solitaria a lo largo del mar. ¿Dónde estaría Rio? ¿A lo mejor allá abajo, donde la furia del sol confundía cielo, mar y arena en una única calima difusa? La excursión lo atraía infinitamente y por nada del mundo hubiera renunciado a ir.
Las voces de los dos que salían de la barraca interrumpieron sus reflexiones. Saro llevaba en un brazo un montón de sogas y de velas y con la otra mano sujetaba una botella; tras él iba el negro, llevando como una lanza un largo mástil pintado de verde hasta la mitad.
—Entonces vamos —dijo Saro sin mirar a Agostino y dirigiéndose hacia la playa.
A Agostino le pareció, no sabía por qué, extrañamente apresurado, en contra de lo que acostumbraba. Notó también que sus repugnantes aletas nasales abiertas parecían más rojas e inflamadas que de costumbre, como si todas aquellas venitas que se ramificaban en ellas se hubieran hinchado de repente, llenas de una sangre más abundante y más encendida.
—Vamos, vamos… —canturreaba el negro tras Saro. E improvisó, con aquel mástil bajo el brazo, una especie de danza sobre la arena.
Pero Saro estaba ya cerca de los vestuarios, y entonces el negro aminoró el pasó y esperó a Agostino. En cuanto este se le acercó, el negro hizo un gesto de inteligencia. Sorprendido, Agostino se detuvo.
—Escucha —dijo el negro con aire familiar— yo tengo que hablar con Saro de ciertas cosas… así que, hazme el favor… no vengas… vete.
—¿Por qué? —preguntó Agostino, atónito.
—Si te digo que tengo que hablar con Saro a solas… —dijo el otro con impaciencia, batiendo el pie contra el suelo.
—Yo tengo que ir a Rio —respondió Agostino.
—Ya irás otro día.
—No… no puedo.
El negro lo miró, en sus ojos blancos, en sus aletas nasales oleosas y trémulas, se leía una pasión ansiosa que repugnaba a Agostino.
—Oye, Pisa —dijo—, si no vienes… te doy una cosa que no has visto nunca. Dejó caer el mástil y se rebuscó en el bolsillo. Sacó una honda hecha con ramas de pino y dos gomas atadas juntas.
—¿A que es bonita? —dijo el negro, mostrándosela.
Pero Agostino quería ir a Rio y, además, la insistencia del negro le hacía sospechar.
—No… no puedo —respondió.
—Coge la honda —dijo el otro buscándole la mano e intentando encajarle el objeto en la palma—, coge la honda y lárgate.
—No —repitió Agostino—, es imposible.
—Te doy la honda y estas cartas —dijo el negro. Se volvió a rebuscar en los bolsillos y sacó una pequeña baraja de cartas con el revés rosa y el corte dorado. —Coge las dos cosas y vete… con la honda podrás matar pájaros… las cartas son nuevas…
—Te he dicho que no —dijo Agostino.
El negro lo miró, turbado y suplicante. Grandes gotas de sudor le adornaban la frente, el rostro se le contrajo de pronto en una expresión quejosa.
—Pero ¿por qué no quieres? —lloriqueó.
—No quiero —dijo Agostino, y de golpe corrió hacia el bañero, que ya había alcanzado la barca en la playa. Oyó al negro que gritaba: «¡Te arrepentirás!» y, sin resuello, llegó hasta Saro.
La barca estaba apoyada sobre dos toscos troncos de abeto, playa adentro. Saro, que había echado las velas dentro de la barca, parecía impaciente.
—Pero ¿qué hace? Preguntó a Agostino señalando al negro.
—Ahora viene —dijo Agostino.
El negro, efectivamente, se dirigía hacia allí, con el mástil bajo el brazo, dando grandes saltos sobre la arena. Saro cogió el mástil con los seis dedos de la mano derecha y luego, con los seis de la mano izquierda, lo alzó y lo plantó en un agujero en el asiento del medio. Entonces se subió a la barca, ató el cabo de la vela e hizo correr la soga: la vela subió hasta lo alto del mástil. Saro se giró hacia el negro y dijo:
—Ahora, a empujar.
Saro se puso junto a la barca aferrando los bordes de la proa, el negro se preparó para empujar desde popa. Agostino, que no sabía qué hacer, miraba. La barca era de tamaño mediano, la mitad blanca y la mitad verde. En la proa, en letras negras, se leía «Amelia».
—¡Yyyy… venga! —dijo Saro. La barca resbaló sobre los cilindros y avanzó sobre la arena. El negro, en cuanto el cilindro posterior estuvo fuera de la quilla, se inclinó, lo cogió entre los brazos, lo estrechó contra el pecho como un niño y, saltando sobre la arena como si fuera un baile de un nuevo estilo, corrió para apoyarlo bajo la proa.
—¡Yyyy… venga! —repitió Saro.
La barca volvió a resbalar un buen trecho, y de nuevo corrió el negro de popa a proa dando saltos y cabriolas con el cilindro entre los brazos. Hubo un nuevo empujón final, y entonces la barca llegó hasta el agua con la proa baja y flotó. Saro subió a la barca y colocó los remos en las chumaceras. Mientras metía los remos, Saro le hizo a Agostino un gesto para que subiera a bordo, con una especie de complicidad que parecía excluir al negro. Agostino entró en el agua hasta las rodillas e intentó embarcar. No lo habría conseguido si, de pronto, los seis dedos de la mano derecha de Saro no lo hubieran sujetado firmemente por un brazo, levantándolo como a un gato. Él miró hacia arriba. Saro, a pesar de haberle echado una mano para abordar, ni lo miraba, sino que se ocupaba de enderezar el remo con la mano izquierda. Lleno de repugnancia por aquellos dedos que lo habían aferrado, Agostino fue a sentarse a popa.
—Muy bien —dijo Saro—, tú siéntate ahí, ahora hay que dejar atrás la playa.
—Esperadme, yo también voy —gritó el negro desde la orilla. Jadeante, se lanzó al agua, se acercó a la barca y se agarró a la borda.
Pero Saro le dijo:
—No, tú no vienes.
—¿Y yo, cómo hago? —gritó aquel, dolido—. ¿Cómo hago?
—Coge el tranvía —contestó Saro remando con empeño, en pie—. Ya verás como llegas antes que nosotros.
—¿Por qué, Saro? —insistió el negro intentando dar lástima y corriendo en el agua junto a la barca—. ¿Por qué, Saro? Yo también voy.
Saro, sin decir ni media palabra, dejó los remos, se inclinó y puso una mano ancha, enorme, sobre el rostro del negro.
—Te he dicho que no vienes —repitió, tranquilo, y con un solo empujón devolvió al negro al agua.
—¿Por qué, Saro? —seguía gritando el negro, y su voz lamentosa, entre las salpicaduras del agua, sonaba de manera desagradable a oídos de Agostino, y le inspiraba una oscura piedad.
Agostino miró a Saro, que sonrió y dijo:
—Es tan pesado… ¿qué hacíamos con él?
La barca se había alejado ya de la orilla. Agostino se giró y vio al negro salir del agua agitando el puño, con un gesto de amenaza que le pareció dirigido a él.
Saro, sin mediar palabra, retiró los remos y los tumbó en el fondo de la barca. Entonces fue a proa y ató la vela al mástil, abriéndola. La vela ondeó al viento un momento, indecisa, como si el viento la golpeara por los dos lados, y luego, de repente, con un chasquido, se plegó hacia la izquierda, se tensó y se hinchó. Obediente, también la barca se plegó sobre babor y empezó a deslizarse sobre las olas ligeras y juguetonas que levantaba el mistral.
—Pues esto ya está —dijo Saro—. Ahora podemos tumbarnos y relajarnos un poco.
Se recostó sobre el fondo de la barca e invitó a Agostino a tumbarse a su lado.
—Si nos sentamos en el fondo —explicó como justificándose—, la barca corre más.
Agostino obedeció y se encontró sentado en el fondo de la barca, junto a Saro.
La barca corría ágilmente a pesar de su forma panzuda, escorada, subiendo y bajando sobre las pequeñas ondas y, de vez en cuando, empinándose como un potro que muerde el freno. Saro estaba tumbado con la cabeza apoyada en el asiento y un brazo girado bajo la nuca de Agostino para regular el timón, y durante un trecho no dijo nada.
—¿Vas a la escuela? —preguntó, por fin.
Agostino lo miró. Casi boca arriba, Saro parecía exponer al viento marino, con deleite, aquella nariz suya con las aletas descubiertas e inflamadas, como con un deseo de refrescarlo. Tenía la boca entreabierta bajo los bigotes, los ojos entrecerrados. Por la camisa desbotonada se veían lo pelillos enredarse en su pecho, grises y sucios.
—Sí —dijo Agostino con un temblor de miedo repentino.
—¿A qué clase vas?
—A segundo de Secundaria.
—Dame la mano —dijo Saro.
Y antes de que Agostino pudiera negarse, le agarró la mano con la suya. A Agostino le pareció como si se la hubiera pillado un cepo en lugar de una mano. Los seis dedos, cortos y rechonchos le cubrían toda la mano, e incluso se la abrazaban.
—¿Y qué te enseñan? —prosiguió Saro mientras se acomodaba y se sumergía en una especie de placidez.
—Latín… Lengua… Geografía… Historia… —balbuceó Agostino.
—¿Te enseñan poesías, poesías bonitas? —preguntó Saro con voz dulce.
—Sí —dijo Agostino—. Poesías también.
Recítame una.
La barca se empinó y Saro, sin moverse ni modificar su actitud de placidez, dio un golpe de timón.
—Pues… no sé —dijo Agostino, incómodo y asustado—. Me enseñan tantas poesías… Carducci…
—Ah, sí, Carducci… —repitió mecánicamente Saro—. Recítame una poesía de Carducci.
—A las fuentes del Clitumno —propuso Agostino, estupefacto por aquella mano que no lo soltaba, mientras trataba de desvincularse poco a poco.
—Sí, A las fuentes del Clitumno —dijo Saro con voz soñadora.
—«Aún del monte, que de frescos hoscos ondea al viento murmurante, y lejos»… —recitó Agostino con voz insegura.
La barca navegaba, Saro seguía tumbado, con la nariz al viento y los ojos cerrados, y se puso a hacer movimientos con la cabeza como escandiendo los versos. Agostino se aferró de pronto a la poesía como si fuera el único medio para librarse de una conversación que intuía comprometedora y peligrosa, y empezó a recitar despacio y con claridad. Mientras, trataba de liberar la mano de los seis dedos que la apretaban, pero los dedos estaban más firmes que nunca. Agostino veía con terror que llegaba al final de la poesía, y de golpe pegó a la última estrofa de A las fuentes del Clitumno el primer verso de Delante de San Guido. Era también una prueba, si es que era necesaria, para confirmarse a sí mismo que a Saro le daba igual la poesía y que sus intenciones eran otras, no conseguía entender cuáles. El experimento salió bien: «Los cipreses que en Bolgheri altos y puros»… dijo de repente sin que Saro diera muestras de darse cuenta del cambio. Entonces, Agostino dejó de recitar y dijo con voz exasperada, mientras trataba de liberarse:
—Déjeme, por favor.
Saro se sobresaltó y, sin soltarlo, abrió los ojos, se dio la vuelta y lo miró. En el rostro de Agostino debía de haber una profunda repugnancia tan clara, un terror tan mal disimulado, que Saro pareció entender de repente que su plan había fallado. Lentamente, un dedo tras otro, liberó la mano dolorida de Agostino y luego añadió en voz baja, como hablándose a sí mismo:
—¿De qué tienes miedo? Ahora te llevo a la orilla.
Se irguió con lentitud y dio un golpe a la barra del timón. La barca viró la proa hacia la orilla.
Sin decir nada, Agostino se frotó la mano dolorida, se levantó del suelo de la barca y fue a sentarse a proa. La barca ahora no estaba lejos de la orilla. Se veía toda la playa de blanca y desierta arena golpeada por el sol, anchísima en aquel punto; detrás de la playa, la pineda se espesaba, inclinada y sombría. Rio era una hendidura excavada en aquella arena alta; más allá, los cañaverales formaban una mancha azul verdosa. Pero antes de Rio, Agostino vio en la playa un grupo de personas reunidas. Desde donde estaba el grupo ascendía hacia el cielo un hilo de humo negro. Se volvió hacia Saro que, sentado a popa, regulaba con una mano el timón, y le preguntó:
—¿Desembarcamos aquí?
—Sí, aquello es Rio —respondió Saro con indiferencia.
En cuanto la barca se aproximó un poco más a la orilla, Agostino vio que el grupo que rodeaba el fuego de pronto se dispersaba y corría hacia la costa, y comprendió que eran los muchachos. Los vio agitar las manos, sin duda gritaban, pero el viento se llevaba las voces.
—¿Son ellos? —preguntó, trepidante.
—Sí, son ellos —contestó Saro.
La barca se acercaba cada vez más y Agostino pudo distinguir claramente a los chicos. No faltaba ninguno. Estaban Tortima, Berto, Sandro y todos los demás. Y también estaba, y ni él supo por qué le resultó desagradable este descubrimiento, el negro Homs que, como los demás, saltaba y gritaba en la orilla.
La barca se deslizó en línea recta hasta la orilla, entonces Saro dio un golpe de timón y la puso al través. Se lanzó sobre la vela, la abrazó, la redujo y la arrió. La barca se balanceó inmóvil en el agua poco profunda. Saro cogió una pequeña ancla del fondo de la barca y la lanzó al mar.
—Abajo —dijo.
Pasó a horcajadas sobre la borda y fue al encuentro de los muchachos, que lo esperaban en la orilla.
Agostino vio a los chicos que se arremolinaron a su alrededor con una especie de aplauso que Saro acogió sacudiendo la cabeza. A él le dedicaron otro aplauso todavía más clamoroso cuando llegó, y por un momento se hizo ilusiones de que era un aplauso de amigable cordialidad. Pero se dio cuenta inmediatamente de que se equivocaba. Todos se reían, entre sarcásticos y despectivos. Berto gritó:
—¡Bien por nuestro Pisa, le gustan los paseos en barca…!
Tortima le hizo una burla llevándose la mano a la boca, los otros le hicieron eco. Le pareció que incluso Sandro, que normalmente era tan reservado, lo miraba con desprecio. En cuanto al negro, estaba ocupado saltando alrededor de Saro, que caminaba delante de todos hacia la hoguera que los muchachos habían encendido en la playa. Sorprendido, vagamente alarmado, Agostino fue con los demás a sentarse alrededor del fuego.
Los chicos habían construido una especie de tosco agujero con arena mojada y comprimida. Dentro quemaban piñas secas, hojas de pino y maleza. Colocadas en perpendicular en la boca del agujero, una decena de panochas de maíz se asaban lentamente. Junto al fuego se veía, sobre un papel de periódico, mucha fruta y una gran sandía.
—Bien por nuestro Pisa… —retomó Berto en cuanto se sentaron—. Y ahora, tú y Homs sois compañeros… acercaos el uno al otro… sois, ¿cómo se podría decir?… hermanos… él es negro y tú blanco, pero la diferencia es poca… a los dos os gusta ir en barca…
El negro se reía tontamente, satisfecho. Saro, en cuclillas, daba la vuelta a las panochas sobre el fuego. Los demás se regodeaban. Berto reavivó la burla dándole un empujón a Agostino y lanzándolo contra el negro, de modo que durante un instante estuvieron pegados el uno al otro, el uno riendo risueño en su propia bajeza, como halagado, el otro sin entender y lleno de repugnancia.
—Pero yo no os entiendo —dijo Agostino en un momento dado—. He ido en barca, ¿qué tiene de malo?
—Ah, ¿qué tiene de malo? Ha ido en barca… ¿qué tiene de malo? —repitieron varias voces irónicas. Algunos se sujetaban la barriga, de la risa que les entró.
—Claro, ¿qué tiene de malo? —repitió Berto imitándolo—. No tiene nada de malo… es más, a Homs le parece hasta bien… ¿A que sí, Homs?
El negro asintió, jubiloso. Ahora Agostino empezaba a discernir la verdad, aunque de manera confusa, por lo que no pudo no establecer un nexo entre aquellas burlas y el extraño comportamiento de Saro durante el trayecto.
—No sé qué queréis decir —declaró—. Yo en este viaje en barca no he hecho nada malo… Saro me ha hecho recitarle poesías, eso es todo.
—Ya… ya… poesías —oyó que todos gritaban.
—¿No es verdad, Saro? —gritó Agostino rojo de rubor en el rostro.
Saro no dijo ni sí ni no, se conformó con sonreír y observarlo con curiosidad, podría decirse. Los muchachos se tomaron esta actitud aparentemente indiferente y en realidad traicionera y vanidosa como una negación a las palabras de Agostino.
—Hombre, claro, Saro qué quieres que diga … ¿verdad, Saro? Esta sí que es buena… ah, Pisa, Pisa…
Parecía que el negro, vengativo, estaba disfrutando. Agostino se le rebeló y le preguntó bruscamente, temblando por la cólera:
—¿Y tú de qué te ríes?
—Yo, de nada —contestó aquel, apartándose.
—No riñáis, ya se ocupará Saro de poneros de acuerdo —dijo Berto.
Pero los chicos, como si la cuestión de la que hablaban estuviera clara y no mereciera más discusión, ya habían cambiado de tema. Contaban cómo se habían acercado a un campo y habían robado el maíz y la fruta, cómo habían visto al campesino correr hacia ellos, furioso, armado con una escopeta, cómo se habían escapado y el campesino les había disparado sal sin darle a ninguno. Las panochas, mientras tanto, ya estaban listas, salteadas y tostadas sobre el fuego casi apagado. Saro las quitó de la parrilla y, con su acostumbrada complacencia paternal, las repartió entre todos. Agostino aprovechó un momento en el que todos estaban ocupados comiendo y, con una cabriola, se acercó a Sandro, que desgranaba su maíz un poco apartado.
—Yo no entiendo —empezó.
El otro le lanzó una mirada inteligente y Agostino comprendió que no necesitaba decir más.
—Ha venido el moro en tranvía —pronunció Sandro lentamente— y ha dicho que tú y Saro habíais ido en barca.
—Vale, ¿y qué tiene de malo?
—Yo no quiero saber nada —dijo Sandro mirando el suelo—, es cosa vuestra… tuya y del moro… pero Saro…
No acabó la frase y miró a Agostino.
—¿Qué?
—Bueno… yo con Saro no iría en barca.
—Pero ¿por qué?
Sandro miró a su alrededor y luego, bajando la voz, dio a Agostino la explicación que este presentía sin darse cuenta.
—Ah —dijo Agostino. Y sin poder decir más volvió con el resto del grupo.
Agachado en medio de los chicos, con su cabeza afable y fría, como reclinada sobre el hombro, Saro en realidad parecía un buen padre entre sus hijitos. Agostino, ahora, no podía mirarlo sin un odio profundo, aún más fuerte que el provocado por el negro. Lo que hacía más odioso a Saro era aquella reticencia frente a sus protestas, como si admitiera que las cosas de las que lo acusaban los muchachos hubieran sucedido realmente. Por otra parte, no podía evitar advertir casi una distancia de desprecio y mofa entre él y los compañeros, la misma distancia que, ahora se daba cuenta, los chicos ponían entre ellos y el negro. Solo que el negro, en lugar de sentirse humillado y ofendido como él, parecía disfrutar, de alguna manera. Más de una vez intentó reabrir el argumento que le escocía, pero siempre encontró burlas o una injuriosa indiferencia. Aunque la explicación de Sandro había sido clarísima, él aún no llegaba a comprender del todo lo que había ocurrido. Todo estaba oscuro, en su interior y a su alrededor. Como si en lugar de la playa, del cielo y del mar resplandecientes de sol, no hubiera nada más que sombras, niebla y formas imprecisas y amenazantes.
Los muchachos, mientras tanto, habían terminado de devorar los granos tostados de las panochas y tiraban los tronchos a la arena.
—¿Vamos a bañarnos a Rio? —propuso alguno, y la propuesta fue inmediatamente aceptada.
También Saro, que tenía que llevarlos a todos en barca de vuelta a los baños Vespucci después, se levantó y fue con ellos.
Mientras caminaban por la arena, Sandro se separó del grupo y se acercó a Agostino.
—Si estás enfadado con el negro —le dijo en voz baja—, métele miedo.
—¿Y cómo? —preguntó Agostino desanimado.
—Pégale.
—Es más fuerte que yo —dijo Agostino, que se acordaba del pulso—. Pero si tú me ayudas…
—¿Y cómo quieres que te ayude? Es cosa vuestra… entre tú y el negro.
Sandro pronunció estas palabras con un tono extraño, como si quisiera dar a entender que no pensaba de manera distinta a los demás sobre los motivos del odio de Agostino hacia el negro. Agostino sintió que una amargura profunda le atravesaba el corazón. Así pues, Sandro, el único que hasta ahora le había mostrado un poco de amistad, también participaba y creía en la calumnia. Después de darle este consejo, Sandro, como si temiera haber permanecido demasiado tiempo junto a él, dejó a Agostino y se acercó a los demás.
De la playa pasaron a la espesura baja de pinos jóvenes, luego atravesaron un sendero de arena y se adentraron en el cañaveral. Las cañas eran espesas, muchas estaban coronadas por penachos blancos, los muchachos aparecían y desaparecían entre aquellas largas y verdes lanzas, resbalando en el barro y moviendo las cañas, cuyas hojas fibrosas producían un crujido seco. Al final, llegaron a un punto en el que el cañaveral se abría alrededor de una orilla fangosa. En cuanto llegaron, un montón de grandes ranas saltaron por todas partes y se lanzaron al agua compacta y vítrea. Y ahí, bajo los ojos de Saro que, sentado en una piedra junto a las cañas, parecía absorto fumando pero que en realidad los espiaba con los párpados entreabiertos, unos contra otros empezaron a desnudarse. A Agostino le daba vergüenza, pero temiendo nuevas burlas, también él empezó a desabrocharse los pantalones, procurando hacerlo con mucha lentitud y mirado de reojo a los otros. Los muchachos, en cambio, parecían felices de desnudarse y se arrancaban la ropa chocando entre ellos e interpelándose entre bromas. Contra el fondo de cañas verdes, se les veía en parte oscuros y en parte blancos, de una blancura escuálida y velluda, desde las ingles hasta la tripa; y esta blancura revelaba en sus cuerpos aquel no se sabía qué de contrahecho, de desdichado y de excesivamente musculoso, propio de las gentes que se dedican al trabajo manual. Solo Sandro, rubio en las ingles y en la cabeza, gracioso y proporcionado, quizá también porque tenía la piel de todo el cuerpo uniformemente bronceada, no parecía siquiera estar desnudo. O, por lo menos, no desnudo de aquella manera repugnante, como de piscina barriobajera. Los muchachos, antes de zambullirse, hacían cien burlas obscenas, se despatarraban, se empujaban y se tocaban con una impudicia y una desenfrenada promiscuidad que sorprendía a Agostino, totalmente ajeno a tales cosas. También él estaba desnudo, descalzo y con los pies llenos de fango frío, pero de buena gana se habría escondido detrás de aquellas cañas, aunque solo fuera para escapar a las miradas de Saro, agachado e inmóvil, en todo semejante a uno de los batracios habitantes del cañaveral, que dirigía hacia él sus ojos entornados. Solo que, como de costumbre, su repugnancia no era más fuerte que la turbia atracción que lo unía a la banda y que, indisolublemente mezclada con ella, no le permitía entender cuánto placer se escondía en realidad en el fondo de aquella repulsión. Los muchachos se comparaban entre ellos, presumiendo de su virilidad y su prestancia. Tortima, que era el más vanidoso y, al mismo tiempo, el más nervudo y desproporcionado, el más plebeyo y escuálido de todos, se exaltó hasta el punto de gritarle a Agostino:
—Y si yo una mañana me presentara donde tu madre… así desnudo… ¿qué diría ella? ¿Se liaría conmigo?
—No —dijo Agostino.
—Pues yo digo que le faltaría tiempo —dijo Tortima—. Me echaría un vistazo… así, para valorarme… y luego diría: «Anda, vamos, Tortima».
Aquella bravuconería les hizo reír a todos. Y al grito de «Anda, vamos, Tortima» se lanzaron al río, uno tras otro, tirándose de cabeza, igual que aquellas ranas a las que poco antes habían molestado con su llegada.
La orilla estaba completamente rodeada de cañas altas, de modo que no se veía más que un trozo de río. Pero en cuanto estuvieron en medio de la corriente, se les apareció delante el riachuelo que, con un imperceptible movimiento de la compacta y oscura agua del canal, iba a desembocar poco más allá, entre los arenales. Río arriba, el curso se adentraba entre dos filas de bajos y abultados arbustos plateados que expandían sobre el agua reflectante algunas de sus vagas sombras, y llegaba hasta un pequeño puente de hierro tras el cual las cañas y los chopos, espesos y apretados unos contra otros, cerraban el paisaje. Una casa roja, medio escondida entre los árboles, parecía vigilar ese puente.
Por un momento, Agostino, en aquella agua fría y poderosa que parecía querer llevársele las piernas, se sintió feliz, y olvidó todas sus penas y las ofensas recibidas. Los muchachos nadaban en todas las direcciones, asomando la cabeza y los brazos sobre la verde y lisa superficie. Sus voces resonaban claras en el aire inmóvil, sin viento. A través de la transparencia cristalina del agua, sus cuerpos parecían blancas prolongaciones de plantas que, aflorando desde el oscuro fondo, se movieran de acá para allá al son de los tirones de la corriente. Se acercó a Berto, que nadaba cerca, y le preguntó:
—¿Hay muchos peces en este río?
Berto lo miró y le dijo:
—¿Qué haces aquí? ¿Por qué no le haces compañía a Saro?
—Me gusta nadar —respondió Agostino dolido; le dio la vuelta y se alejó.
Pero era menos fuerte y experto que los demás y, como se cansó en seguida, se dejó llevar por la corriente hacia la desembocadura. Pronto los muchachos, con sus gritos y su alboroto, quedaron a sus espaldas. El cañaveral se fue haciendo más ralo, el agua se volvió límpida e incolora hasta descubrir el fondo arenoso, recorrido por fluctuantes ondulaciones grises. Al fin, después de pasar una poza más profunda, una especie de ojo verde de la corriente diáfana, Agostino puso los pies en la arena y, luchando contra la fuerza del agua, salió a la orilla. El río desembocaba en el mar rizándose y formando como una ola más densa. Tras perder la consistencia, la corriente se ensanchaba como un abanico, se afinaba hasta no ser más que un velo líquido sobre los arenales. El mar remontaba el río con pequeñas olas coronadas de espuma. Pozas olvidadas por la corriente reflejaban aquí y allá el cielo brillante sobre la arena intacta y cubierta de agua. Desnudo, Agostino paseó durante un rato por aquella arena suave y reflectante, disfrutando mientras imprimía con fuerza el pie y veía aflorar inmediatamente el agua, que anchaba la huella. Ahora sentía un vago, desesperado deseo de atravesar el río, de alejarse por el litoral y dejar a sus espaldas a los muchachos, a Saro, a la madre y toda su vieja vida. ¿Quién sabía si, caminando siempre en línea recta, a lo largo de la orilla del mar, sobre la arena blanca y suave, podría llegar a algún país donde todas aquellas cosas horribles no existieran? En un país donde habría sido acogido como quería el corazón, y donde le habría sido posible olvidar todo lo que había descubierto, para después volver a descubrirlo sin vergüenza ni ofensa, de una manera dulce y natural que tenía que existir y que, oscuramente, presentía. Miraba la calima que en el horizonte envolvía los confines del mar —de la playa y de la arboleda—, y se sentía atraído por aquella inmensidad como si fuera la única cosa que pudiera liberarlo de la presente esclavitud.
Los gritos de los muchachos, que se dirigían a través de la playa hacia la barca, lo despertaron de estas delicadas fantasías. Uno de ellos blandía sus ropas, Berto gritaba:
—Pisa… ¡nos vamos!
Se puso en marcha y, caminando por la playa, alcanzó a la banda.
Todos los chicos se habían congregado en la orilla. Saro les advertía paternalmente de que la barca era demasiado pequeña para llevarlos a todos, pero se notaba que lo decía de broma. Como enfurecidos, los muchachos se lanzaron sobre la barca gritando, veinte manos aferraron la borda y en un abrir y cerrar de ojos la barca estuvo llena de cuerpos gesticulantes. Algunos se sentaron en el fondo; otros se amontonaron a popa, alrededor del timón; otros, a proa; algún otro, en los asientos, y otros se sentaron en la borda, dejando los pies colgando en el agua. La barca era realmente demasiado pequeña para toda esa gente y el agua casi la desbordaba.
—Pues ya estamos todos —dijo Saro, lleno de buen humor.
En pie, desplegó la vela y la barca se deslizó mar adentro. Los muchachos recibieron este zarpar con un aplauso.
Pero Agostino no compartía su buen humor. Acechaba una ocasión favorable para librarse de la culpa y obtener justicia por la calumnia que lo oprimía. Aprovechó un momento en que los muchachos discutían entre ellos para acercarse al negro, que estaba apartado, encaramado a proa, y que parecía, negro como era, un extraño mascarón de proa. Lo asió con fuerza y le preguntó:
—¿Tú, qué has ido diciendo de mí por ahí?
No era un buen momento, pero Agostino no había podido acercarse antes al negro porque este, consciente de su odio, durante todo el tiempo que había estado en tierra había hecho lo posible para mantenerse a distancia.
—He dicho la verdad —dijo Homs sin mirarlo.
—¿O sea?
El negro dijo una frase que asustó a Agostino:
—No me pellizques, yo solo he dicho la verdad… pero si tú sigues poniendo a Saro en mi contra, yo iré a contárselo todo a tu madre… ándate con ojo, Pisa…
—¿Qué? —exclamó Agostino, intuyendo el abismo que se abría bajo sus pies—. Pero ¿qué dices?… ¿Estás loco? Yo… yo… —balbuceaba, incapaz de seguir con las palabras lo que la imaginación, de golpe, le dejaba al descubierto.
Pero no tuvo tiempo de seguir. En la barca había explotado una cruel carcajada.
—Ahí los tenéis a los dos, uno al lado del otro —repetía Berto, riendo—, ahí están, habría que tener una máquina de fotos y fotografiarlos juntos, Homs y Pisa… quedaos ahí, queridos, quedaos ahí juntos.
Con el rostro ardiendo por el rubor, Agostino se giró y vio que todos se reían. El mismo Saro se reía entre dientes, con los ojos entrecerrados por el humo del puro. Echándose hacia atrás como quien evita el contacto con un reptil, Agostino se separó del negro, se abrazó las rodillas y miró el mar con los ojos llenos de lágrimas.
Llegaba ya el crepúsculo, rojo y nebuloso en el horizonte, sobre un mar violeta azotado por luces vítreas y penetrantes. La barca, a merced del viento que se había alzado impetuoso, avanzaba como podía, con todos aquellos muchachos a bordo que hacían que se inclinara peligrosamente. La barca dirigía la proa hacia altamar y parecía que no se dirigía a tierra, sino hacia el perfil brumoso de unas islas lejanas que entre los humos rojos del atardecer despuntaban al fondo del mar henchido, como montañas al fondo de una meseta. Saro tenía entre las rodillas la sandía que habían robado los muchachos; la había rajado con un cuchillo de marinero y la cortaba en grandes rodajas que distribuía paternalmente entre la pandilla. Los chicos se pasaban las rodajas y comían con avidez, calando el mordisco hasta las mejillas o arrancando con los dedos grandes trozos de pulpa. Luego, las cáscaras bien roídas volaron unas tras otras por la borda. Después de la sandía, le tocó el turno a la botella de vino que, con solemnidad, Saro sacó de debajo del asiento de popa. La botella pasó de mano en mano por toda la barca y también Agostino tuvo que aceptar un trago. Estaba caliente y era fuerte, y se le subió inmediatamente a la cabeza. Devuelta la botella vacía, Tortima entonó, y todos le acompañaron con el estribillo, una canción indecente. Entre estrofa y estrofa, los muchachos incitaban a Agostino a cantar también, todos se habían dado cuenta de su tristeza, pero nadie le hablaba, a menos que no fuera para ridiculizarlo e incordiarlo. Agostino, ahora sentía una opresión y un dolor oscuro que, con el mar fresco y ventilado y el magnífico incendio del atardecer sobre las aguas violetas, se le hacían todavía más amargos e insoportables. Le parecía sumamente injusto que, en aquel mar, bajo aquel cielo, navegara una barca como la suya, tan llena de maldad, de crueldad y de pérfida corrupción. Aquella barca repleta de chicos que recordaban a monos gesticulantes y obscenos, con aquel Saro dichoso e hinchado al timón, le parecía, entre el mar y el cielo, una vista triste e increíble. En algunos momentos esperaba que se hundiera, y pensaba que habría muerto de buen grado, hasta tal punto se sentía infectado por aquella impuridad, como podrido por dentro. Lejanas quedaban las horas de la mañana en las que había visto por primera vez el toldo rojo del baño Vespucci. Lejanas y como pertenecientes a una era difunta. Cada vez que la barca sobrepasaba una gran ola, toda la pandilla lanzaba un grito que hacía que se sobresaltara; cada vez que el negro hablaba con aquella repugnante e hipócrita humildad de esclavo, habría querido no oírlo, y se encogía aún más en la proa. Se daba cuenta oscuramente de que había entrado, con aquella funesta jornada, en una edad de dificultad y miserias, pero no conseguía imaginar cuándo saldría de ella. La barca vagó por el mar durante un rato, alcanzó casi el puerto y luego retrocedió. En cuanto atracaron, Agostino se fue corriendo, sin despedirse de nadie. Pero luego, poco más allá, ralentizó el paso. Se dio la vuelta y pudo ver a lo lejos, en la playa oscurecida, que los muchachos ayudaban a Saro a varar la barca.
IV
Después de aquel día, empezó para Agostino un periodo oscuro y lleno de tormentos. Le habían abierto los ojos a la fuerza, pero lo que había aprendido era mucho más de lo que podía soportar. Más que la novedad, lo oprimía y lo envenenaba la calidad de las cosas de las que se había enterado, su maciza e indigesta importancia. Le había parecido, por ejemplo, que después de las revelaciones de aquel día, la relación con su madre debería haberse aclarado; y que el malestar, el fastidio y la repugnancia que, sobre todo últimamente, le provocaban las caricias maternas, después de las revelaciones de Saro deberían haberse resuelto y pacificado como por arte de magia en una nueva y serena conciencia. Pero no había sido así: el fastidio, el malestar y la repugnancia subsistían. La diferencia era que, mientras al principio había sido el afecto filial el que había sido atravesado y ensuciado por la oscura consciencia de la femineidad materna, ahora, después de la mañana que había pasado bajo el toldo de Saro, el fastidio, el malestar y la repugnancia nacían de un sentimiento de agria e impura curiosidad que el persistente respeto familiar hacía intolerable. Si antes había intentado, oscuramente, desvincular aquel afecto de una repugnancia injustificada, ahora casi le parecía que tenía el deber de separar aquella nueva y racional consciencia suya del sentido promiscuo y sangrante de ser el hijo de aquella persona a la que no quería considerar más que como una mujer. Le parecía que el día en que no hubiera visto en su madre nada más que ese bellezón que percibían Saro y los muchachos, toda su infelicidad desaparecería. Y se obstinaba en la búsqueda de ocasiones que confirmaran esta convicción suya, pero con la sola intención de sustituir la antigua reverencia por la crueldad, y el afecto por la sensualidad.
La madre, como hacía en el pasado, en casa no se escondía de su mirada, en la que no había advertido el cambio. Y, maternalmente impúdica, a Agostino le parecía que casi lo provocaba y lo buscaba. A veces sucedía que oía que lo llamaba y cuando iba se la encontraba en combinación, descubierta, con el pecho semidesnudo; o se despertaba y la veía inclinarse sobre él para darle el beso de buenos días, dejando que la bata se le abriera y el cuerpo se dibujara en la transparencia del ligero camisón todavía arrugado. Ella iba y venía ante él como si no estuviera, se ponía las medias, se las quitaba, se ponía la ropa, se perfumaba, se ponía guapa, y todos estos actos que antes a Agostino le parecían tan naturales, ahora, como pensaba que eran significativos y casi pruebas visibles de una realidad mucho más amplia y peligrosa, le dividían el ánimo entre la curiosidad y el sufrimiento. Se repetía a sí mismo: «No es más que una mujer», con la indiferencia objetiva del entendido, pero un instante después, como no podía soportar más la despreocupación de su madre, ni el interés que su gestos despertaban en él, hubiera querido gritarle: «Tápate, déjame, no te muestres así, ya no soy el que era antes». Por otra parte, la esperanza de considerar a su madre como una mujer y nada más, naufragó casi inmediatamente. Muy pronto se dio cuenta de que, aunque se había convertido en una mujer, ella seguía siendo, a sus ojos, más que nunca su madre, y comprendió que aquel sentimiento de cruel vergüenza que por un momento había atribuido a la novedad de sus sentimientos, nunca lo iba a abandonar. Entendió de golpe que ella seguiría siendo siempre la persona a la que había amado con un afecto despejado y puro, que ella siempre mezclaría sus gestos femeninos con aquellos gestos afectuosos que durante tanto tiempo habían sido los únicos que él había conocido, que jamás iba a poder separar el nuevo concepto que tenía de ella del recuerdo herido de la antigua dignidad.
Agostino no ponía en duda que entre la madre y el joven del patín se había establecido la relación de la que los muchachos le habían hablado bajo el toldo de Saro. Y se maravillaba oscuramente del cambio que se había producido en él. En un principio, no había habido en su alma nada más que celos de su madre y antipatía hacia el joven, ambas cosas poco claras y como adormecidas. Pero ahora, en un esfuerzo por ser objetivo y sereno, le habría gustado tener un sentimiento de comprensión hacia el joven y de indiferencia hacia su madre. Solo que aquella comprensión no conseguía ser nada más que complicidad y, aquella indiferencia, indiscreción. Pocas veces le tocó acompañarlos al mar, porque siempre procuraba escabullirse cuando lo invitaban, pero esas pocas veces, Agostino, se daba cuenta de que estudiaba los gestos y las palabras del joven casi con el deseo de ver sobrepasar los límites de su acostumbrada y educada galantería. Y también los gestos de la madre, casi con la esperanza de recibir una confirmación para sus sospechas. Estos sentimientos se le antojaban insoportables porque eran exactamente lo contrario de lo que habría deseado. Y casi echaba de menos la compasión que en otros tiempos le había inspirado la timidez materna, que era mucho más humana y afectuosa que su despiadada atención actual.
De aquellos días pasados combatiendo contra sí mismo, le quedó una turbia sensación de impuridad. Le parecía que había intercambiado la antigua inocencia no por la condición viril y serena que habría esperado, sino por un estado confuso e híbrido en el que, sin beneficio de ningún tipo, a sus antiguas repugnancias se añadían otras nuevas. ¿Para qué servía verlo todo claro, si esta claridad solo traía consigo nuevas tinieblas, y más espesas? A veces se preguntaba cómo podían los chicos mayores que él querer a sus madres y al mismo tiempo saber lo que sabía también él, y llegaba a la conclusión de que en ellos esta consciencia había tenido que matar, llegado el momento, el afecto filial, mientras que en su caso la una no conseguía aplastar al otro y, coexistiendo, se mezclaban turbiamente.
Como suele suceder, el sitio donde tenían lugar estos descubrimientos y estos combates, la casa, pronto se volvió insoportable. Por lo menos, el mar, el sol, la muchedumbre de bañistas, la presencia de muchas otras mujeres lo distraían y lo aturdían. Pero allí, entre aquellas cuatro paredes, solo con su madre, le parecía que estaba expuesto a todas las tentaciones, insidiado por todas las contradicciones. La madre, que en el mar se confundía entre las otras mil desnudeces de la playa, en casa se le aparecía única y excesiva. Como en un teatro de tamaño reducido en el que los actores parecen más grandes de lo que son en realidad, cada gesto o cada palabra suyos tenían un relieve extraordinario.
Agostino tenía un sentido muy agudo y atrevido de la intimidad familiar. Durante la infancia, los pasillos, las despensas, las habitaciones habían sido para él lugares mutables y desconocidos donde se podían hacer los más curiosos descubrimientos y vivir las más fantásticas aventuras. Pero ahora, después de su encuentro con los muchachos del toldo rojo, aquellas aventuras y aquellos descubrimientos de otro tipo eran tales que no sabía si le provocaban más atracción o más miedo. Antes había simulado emboscadas, sombras, presencias, voces, en los muebles y en las paredes; pero ahora, más que hacia las ficciones de su exuberancia infantil, su fantasía apuntaba hacia esa nueva realidad que le parecía que impregnaba las paredes, los adornos, todo el aire de la casa. Y el antiguo fervor inocente, que por la noche se calmaba con el beso materno y el sueño confiado, se había visto sustituido por la ardiente y vergonzosa indiscreción que precisamente por las noches se agigantaba y parecía encontrar más alimento para su fuego impuro. En cualquier rincón de la casa le parecía espiar las señales, los rastros de la presencia de una mujer, la única a la que le era posible acercarse, y esta mujer era su madre. Le parecía que estar junto a ella era vigilarla, que acercarse a su puerta era espiarla, y tocar su ropa era como tocarla a ella, que había tenido sobre su cuerpo esas prendas. De noche, además, soñaba con los ojos abiertos las más angustiosas pesadillas. A veces tenía la impresión de ser el niño de antaño, temeroso de algún ruido, de alguna sombra, que de golpe se levantaba y corría a refugiarse en la cama de la madre, pero en el mismo instante en el que ponía los pies en el suelo —incluso en la confusión del sueño— se daba cuenta de que aquel miedo no era nada más que curiosidad maliciosamente enmascarada y que aquella visita nocturna pronto habría revelado, en cuanto se encontrara entre los brazos de la madre, sus verdaderos objetivos ocultos. O se despertaba de sopetón y se preguntaba si el joven del patín estaría al otro lado, en la habitación contigua, junto a su madre. Le parecía que ciertos ruidos confirmaban esta sospecha; otros, la disipaban. Se giraba sin descanso en la cama, inquietamente. Y, al final, sin saber siquiera cómo había llegado hasta allí, se encontraba a sí mismo en medio del pasillo, en pijama, delante de la puerta de la madre, en actitud de escuchar y de espiar. Una vez, incluso, no pudo resistirse a la tentación y había entrado sin llamar, y luego se había quedado inmóvil en medio de la habitación en la que, desde la ventana abierta, se difundía, indirecta y blanca, la claridad de la luna, con los ojos puestos sobre la cama en la que los cabellos, negros y largos, y unas formas abultadas envueltas revelaban la presencia de la mujer.
—¿Eres tú, Agostino? —le había preguntado la madre, que se había despertado.
Sin mediar palabra, él había vuelto corriendo a su habitación.
La repugnancia que le provocaba estar junto a su madre lo empujaba a frecuentar cada vez más a menudo los baños Vespucci. Pero aquí otros y muy distintos tormentos lo esperaban, y convertían aquel lugar en un sitio no menos odioso que la casa. La actitud que los demás muchachos mostraban hacia él, después de su viaje en barca con Saro, no había cambiado. Al contrario, había tomado un aspecto definitivo, como si estuviera fundado sobre una convicción y un juicio inquebrantables. Él era aquel que había aceptado el conocido y funesto favor de Saro, y ya nada se podía hacer para cambiar esta idea. Así, al primer motivo de desprecio, causado por la envidia que provocaba su riqueza, se había añadido otro: el de su supuesta corrupción. Y el uno parecía de algún modo, en aquellas mentes embrutecidas, justificar el otro. El uno parecía nacer del otro. Parecía que los muchachos quisieran decir, con su humillante y despiadada conducta, que si él era rico, ¿qué tenía de sorprendente que también fuera corrupto? Agostino no tardó en descubrir la sutil relación que existía entre ambas acusaciones, y comprendió que de aquella manera pagaba su diversidad y su superioridad. Diversidad y superioridad sociales que se manifestaban en las ropas mejores, en los relatos sobre las comodidades de su casa, en los gustos y en el lenguaje; diversidad y superioridad morales que hacían que se empeñara obstinadamente en rechazar la acusación de sus relaciones con Saro y que, en todo momento, delataban una clara repulsión por las maneras y las costumbres de los muchachos. Así, más por sugestión del estado humillante en el que se encontraba que por consciente voluntad, decidió ser como le parecía que ellos hubieran querido que fuera, es decir, similar a ellos en todo. Para sorpresa de su madre, que no reconocía ya en él su antigua vanidad, empezó a usar a propósito la ropa más desgastada que tenía. Dejó de hablar a posta de su casa y de su riqueza; hizo ostentación a posta de apreciar y disfrutar con aquellas maneras y aquellas costumbres que, sin embargo, le horrorizaban. Pero lo que era peor, y le costó un doloroso trabajo, fue que, un día que le estaban tomando el pelo por su viaje con Saro, declaró que estaba cansado de negar la verdad, que realmente había pasado lo que ellos decían y que no tenía ningún problema en contarlo. Estas afirmaciones estremecieron a Saro, pero, por temor a quedar expuesto, el bañero se cuidó muy mucho de desmentirlo. Esta abierta admisión de la verdad de los cotilleos que hasta aquel momento lo habían destrozado, provocó inicialmente un gran estupor porque los muchachos no se esperaban de él, tan tímido y esquivo, un semejante acto de coraje. Pero inmediatamente después le llovieron las preguntas indiscretas sobre cómo habían ido las cosas, y en ese momento el ánimo no le dio para más: ruborizado y con el rostro descompuesto, enmudeció de golpe. Naturalmente, los muchachos interpretaron este silencio como les dio la gana, como un silencio hijo de la vergüenza y no, como en realidad era, de la incapacidad de mentir y de la ignorancia. Y, aún más pesada que antes, le volvió a caer encima la acostumbrada carga de burlas y desprecio.
Sin embargo, pese a este fracaso, él había cambiado verdaderamente. Sin darse cuenta, y más por el efecto de la diuturna camaradería con los muchachos que por voluntad suya, se había vuelto muy similar a ellos o, mejor dicho, había perdido sus antiguos gustos sin haber conseguido por ello adquirir otros nuevos. Más de una vez, empujado por la impaciencia, decidió no ir al baño Vespucci y volver a buscar a los compañeros simples y los juegos inocentes con los que había iniciado el verano en el baño Speranza. Pero qué descoloridos le parecían los muchachitos bien educados que allí lo aguardaban, qué aburridos sus entretenimientos regulados por las advertencias de los padres y por la vigilancia de las chachas, qué sosas sus conversaciones sobre la escuela, las colecciones de sellos, los libros de aventuras y otras cosas por el estilo. En realidad, la compañía de la pandilla, aquel hablar deslenguado, aquellas conversaciones sobre mujeres, aquel ir robando por los campos, aquellas mismas vejaciones y violencias de las que era víctima, lo habían transformado y lo habían vuelto intolerante con las viejas amistades. Le sucedió, por aquella época, un hecho que confirmó esta convicción. Una mañana, como llegó un poco más tarde a los baños Vespucci, no encontró ni a Saro, que se había ido a hacer sus recados, ni a la pandilla de chicos. Melancólicamente, decidió ir a sentarse sobre un patín, en la orilla. Y ahí, mientras miraba la playa con el deseo de ver aparecer por allí al menos a Saro, se le acercaron un hombre y un chico unos dos años más joven que él. El hombre, pequeño, con las piernas gordas y cortas bajo la panza prominente, el rostro redondo en el que un par de gafas apretaban una nariz puntiaguda, parecía un oficinista o un profesor. Con el hijo de la mano, el hombre se acercó a Agostino y lo miró con indecisión durante largo rato. Al final le preguntó si era posible dar un paseo en el mar.
—Claro que sí —respondió Agostino sin dudar.
El hombre lo miró con desconfianza, por encima de las gafas, y luego le preguntó cuánto costaba alquilar el patín durante una hora. Agostino, que se sabía los precios, se lo dijo. Había entendido que el hombre lo había confundido con un mozo o con el hijo de algún bañero y esto, de algún modo, le hacía sentir halagado.
—Pues vamos —dijo el hombre.
Sin hacerse de rogar, Agostino cogió el tronco de abeto que servía como rodillo y fue a ponerlo bajo la proa de la embarcación. Entonces, cogiendo con las dos manos las puntas del patín, con un esfuerzo multiplicado por el amor propio, empeñado de una manera tan curiosa, empujó el patín hasta el mar. Ayudó a subir al chico y al padre, saltó a bordo también él y se apoderó de los remos.
Durante un rato, sobre aquel mar calmo y desierto de la primera hora de la mañana, Agostino remó sin decir una palabra. El chico apretaba contra el pecho un balón y miraba a Agostino con ojos sosos. El hombre, sentado desmañadamente, con la panza entre las piernas, giraba la cabeza sobre el cuello gordo y parecía disfrutar del paseo. Al fin preguntó a Agostino quién era, si el mozo o el hijo de un bañero. Agostino dijo que era un mozo.
—¿Y cuántos años tienes? —interrogó el hombre.
—Trece —respondió Agostino.
—¿Ves? —le dijo el hombre al hijo—, este chico tiene casi tu edad y ya trabaja. ¿Y a la escuela, vas? —le dijo a Agostino.
—Me gustaría, pero ¿qué le vamos a hacer? —respondió Agostino asumiendo el tono hipócrita que a menudo había visto adoptar a los muchachos de la pandilla ante una pregunta semejante—. Hay que ganarse la vida, señor.
—¿Ves? —volvió a decir el padre al hijo—. Fíjate, este chico no puede ir al colegio porque tiene que trabajar… y tú tienes el valor de quejarte porque tienes que estudiar.
—En casa somos muchos —prosiguió Agostino mientras remaba con tesón—, y todos trabajamos.
—¿Y cuánto puedes ganar en un día de trabajo? —preguntó el hombre.
—Depende —contestó Agostino—. Si viene mucha gente, veinte o treinta liras.
—Que, naturalmente, le llevas a tu padre —interrumpió el hombre.
—Usted dirá —contestó Agostino sin dudar—, menos lo que me dan como propina, claro.
Esta vez el hombre no se atrevió a señalarlo como ejemplo para el hijo, pero hizo un grave movimiento de aprobación con la cabeza. El hijo callaba, apretaba más fuerte que nunca el balón contra el pecho y miraba a Agostino con ojos inexpresivos y apagados.
—Chaval, ¿te gustaría tener un balón de cuero como este? —preguntó de pronto el hombre a Agostino.
Por aquel entonces Agostino tenía dos balones, y estaban olvidados desde hacía tiempo en su habitación, abandonados junto a otros juguetes. Sin embargo, respondió:
—Sí, claro… pero ¿qué le vamos a hacer? Primero tenemos que comprar lo necesario.
El hombre se giró hacia el hijo y, quizás más por bromear que porque tuviera realmente intención de hacerlo, le dijo:
—Vamos, Piero… regala tu balón a este chico, que no tiene ninguno.
El hijo miró al padre, miró a Agostino y con una especie de celosa vehemencia apretó el balón contra el pecho, pero sin decir nada.
—¿No quieres? —preguntó con dulzura el padre—, ¿no quieres?
—El balón es mío —dijo el chico.
—Es tuyo, sí… pero puedes regalarlo, si quieres —insistió el padre—. Este pobre chico no ha tenido uno en su vida. Dime… ¿no se lo quieres regalar?
—No —contestó decididamente el hijo.
—Déjelo —intervino en ese punto Agostino con una sonrisa servil—. Yo no haría nada con él… no tendría tiempo para jugar… él, en cambio…
El padre sonrió ante estas palabras, satisfecho por haber presentado al hijo una enseñanza moral viviente.
—¿Ves? Este chico es mejor que tú —añadió mientras le acariciaba la cabeza al hijito—, es pobre y sin embargo no quiere tu balón… te lo deja… pero todas las veces que coges una rabieta y te quejas, tienes que recordar que en el mundo hay muchos chicos como este que trabajan y que no han tenido nunca balones ni ningún otro entretenimiento.
—El balón es mío —respondió el hijo, testarudo.
—Sí, es tuyo —suspiró el padre distraídamente.
Miró el reloj y, con una voz cambiada y del todo autoritaria, dijo:
—Chaval, volvamos a la orilla.
Sin decir una palabra, Agostino viró hacia la playa.
En cuanto llegaron cerca de la orilla, vio a Saro que miraba con atención sus maniobras y temió que el bañero lo desenmascarara y revelara su teatrillo. Pero Saro no abrió la boca, quizá había comprendido, quizá le daba igual, y callado y serio ayudó a Agostino a varar la embarcación.
—Esto es para ti —dijo el hombre dando a Agostino el dinero acordado y algo más.
Agostino cogió el dinero y se lo llevó a Saro.
—Pero esto me lo quedo yo… es la propina —añadió con complacido y consciente descaro.
Saro no dijo nada, sonrió levemente y, metiendo el dinero en la faja negra que le ceñía la barriga, se alejó lentamente hacia la barraca, atravesando la playa.
Este pequeño incidente dio a Agostino la sensación definitiva de que ya no pertenecía al mundo en el que se encontraban los chicos como el del balón, y de que se había acanallado tanto que no podía ya vivir sin hipocresía ni fastidio. Y, sin embargo, sentía con dolor que tampoco era como los muchachos de la pandilla. Quedaba todavía en él demasiada delicadeza. Si hubiera sido parecido a ellos, pensaba a veces, no habría sufrido tanto con su rudeza, con sus groserías y con su estupidez. Así pues, resultaba que había perdido su condición primitiva sin haber sabido adquirir otra.
V
Un día a finales de aquel verano, los muchachos de la pandilla y Agostino fueron a la pineda a cazar pájaros y a buscar setas. De entre todas las proezas y hazañas de la pandilla, esta era la preferida de Agostino. Entraban en la pineda y durante un buen rato caminaban a lo largo de aquellos pasillos naturales, sobre el suelo blanco, entre las columnas rojas de los troncos, mirando a lo alto para ver si ahí arriba, entre las ramas altísimas, algo se movía y revoloteaba entre las hojas. Entonces Berto, o Tortima, o Sandro, que era el más hábil de todos, tensaban los elásticos de sus hondas y lanzaban piedras puntiagudas hacia el punto en el que les había parecido ver un movimiento. A veces un pájaro, con el ala rota, caía a tierra y luego, revoloteando y piando lastimosamente, saltaba y se arrastraba hasta que uno de los muchachos lo cogía y le aplastaba la cabeza con dos dedos. Más a menudo, sin embargo, resultaba una caza infructuosa y los muchachos se las arreglaban con largos vagabundeos en la profunda pineda, con el cuello inclinado y los ojos fijos en las alturas, alejándose y adentrándose cada vez más, hasta que entre los troncos de los pinos empezaba a surgir el monte bajo, y el arbusto espinoso y enmarañado sustituía al terreno baldío y suave de desnudos bancos de arena. Al llegar a los matorrales, empezaban a recoger setas. Había llovido durante un par de días y el monte bajo estaba todavía mojado, con las hojas goteantes y el suelo empapado y reverdecido. En el matorral más tupido, las setas amarillas, brillantes de mucus y de humedad, resplandecían solitarias y grandes, o en apelotonadas familias de ejemplares pequeños. Los muchachos las recogían con delicadeza asomándose sobre las zarzas: pasaban dos dedos bajo la sombrilla y ponían atención para arrancar también el pie de la seta, lleno de tierra y de mantillo. Luego las ensartaban, una tras otra, en unas largas y puntiagudas varas de retama. Así, de arbusto en arbusto, recolectaban unos cuantos kilos, la comida para Tortima que, como era el más fuerte, confiscaba toda la cosecha para él. Aquel día la cosecha había sido abundante. Tras mucho vagar, habían encontrado un área de matorral virgen, por así decir, donde las setas crecían apretadas, una junto a otra, sobre un lecho de musgo. Hacia la hora del atardecer, habían explorado el área solo hasta la mitad, pero era ya tarde y los muchachos, con varias brochetas de hongos y dos o tres pájaros, volvieron lentamente hacia casa.
Normalmente cogían un sendero que iba derecho hasta la playa, pero aquel día, persiguiendo un pájaro burlón que revoloteaba entre las ramas bajas de los pinos y les hacía continuamente ilusionarse con la idea de poder cazarlo fácilmente, acabaron por atravesar a lo largo toda la pineda que, en su prolongación oriental, se adentraba bastante entre las casas de la ciudad. Anochecía ya cuando aparecieron entre los últimos pinos y desembocaron en la plaza de un barrio de la periferia. La inmensa plaza no tenía empedrado: la recubría una capa de arena salpicada de montañas de basura y de matas de cardo y de retama entre las que serpenteaban inciertos y pedregosos senderos. Alguna que otra adelfa crecía a los lados de la plaza, no había aceras, las pocas casitas que había alternaban sus polvorosos jardines con espacios vacíos cercados con una red de alambre. Estas casas parecían pequeñas alrededor de la plaza, y el cielo, abierto de par en par sobre el inmenso cuadrilátero, parecía agrandar la sensación de desierto y sordidez.
Los muchachos atajaron en diagonal por la plaza, caminando de dos en dos, como los frailes. Los últimos de la fila eran Agostino y Tortima. Agostino llevaba dos largas brochetas de hongos, y Tortima, en sus grandes manazas, un par de pájaros con las cabezas sangrantes colgando.
Tortima, en cuanto estuvieron en el confín de la plaza, le dio un codazo en el costado a Agostino e, indicando una de las casas, con un tono alegre, le dijo:
—¿La has visto? ¿Sabes qué es?
Agostino miró. Era una casita muy parecida a todas las demás. Quizá más grande, con tres pisos y un tejado inclinado hecho de placas de pizarra. La fachada, de un gris humo y triste, tenía persianas blancas, todas cerradas, los árboles del espeso jardín la cubrían casi del todo. El jardín no parecía grande, la hiedra recubría el muro perimetral, a través de la verja se veía un pequeño sendero entre dos filas de arbustos y, bajo una vieja marquesina, una puerta cerrada.
—En esa casa no hay nadie —dijo Agostino, y se detuvo.
—Ja, nadie —dijo el otro con una sonrisa.
Y en pocas palabras le explicó a Agostino quién vivía ahí. Agostino había oído hablar otras veces a los muchachos de estas casas donde viven solamente mujeres que están encerradas día y noche, listas y dispuestas para acoger a cualquiera por dinero, pero era la primera vez que veía una. Las palabras de Tortima despertaron de nuevo en él la total sensación de extrañeza y estupor que había sentido la primera vez que había oído hablar de ello. Y del mismo modo que entonces, casi no había podido creer que existiera una comunidad semejante, dispensadora generosa e indiferente de aquel amor que le parecía tan difícil y lejano, ahora esa misma incredulidad le hizo volver la vista hacia la casa como para buscar en sus muros los indicios de la increíble vida que custodiaba. Como contraste con la imagen fabulosa de aquellas habitaciones en cada una de las cuales relucía una desnudez femenina, aquella casita le pareció especialmente vieja y tétrica.
—Ah, ya —dijo, fingiendo indiferencia. Pero el corazón había empezado a latirle más deprisa.
—Sí —añadió Tortima—. Es el más caro de la ciudad.
Y añadió detalles sobre el precio, el número de mujeres, la gente que lo frecuentaba, la cantidad de tiempo que se podía estar. Estas noticias casi molestaban a Agostino, porque sustituían con mezquinas precisiones la imagen confusa y barbárica que se había forjado de esos lugares prohibidos. Sin embargo, fingiendo un tono despreocupado de ociosa curiosidad, le hizo al compañero muchas preguntas. Porque ahora, pasado el primer momento de sorpresa y turbamiento, le había venido una idea a la cabeza y, obstinada, revelaba una singular vitalidad. Tortima, que parecía estar informadísimo, le dio todas las aclaraciones que deseaba. Así, entre charlas, y dado que era ya de noche, la pandilla se disolvió. Agostino le dio las setas a Tortima y se dirigió hacia casa.
La idea que se le había ocurrido era muy clara y simple, aunque en realidad su origen fuera complicado y oscuro. Él tenía, esa misma noche, que ir a esa casa y conocer a una de esas mujeres. Esto no era un deseo o una fantasía, sino una decisión muy firme y casi desesperada.
Le parecía que solo de aquella manera habría conseguido librarse, por fin, de las obsesiones que tanto le habían hecho sufrir aquel verano. Conocer a una de esas mujeres, pensaba oscuramente, quería decir desacreditar para siempre la calumnia de los muchachos; y, al mismo tiempo, cortar definitivamente el fino vínculo de sensualidad desviada y turbia que se había creado entre él y su madre. No se lo confesaba a sí mismo, pero sentirse por fin libre de este vínculo, le parecía el objetivo más urgente que tenía que alcanzar. Aquel mismo día se había convencido de esa urgencia por un hecho muy simple, pero significativo.
La madre y él, hasta entonces, habían dormido en habitaciones separadas, pero aquella noche tenía que llegar una amiga a la que había invitado la madre para pasar algunas semanas con ellos. Como la casa era pequeña, se había decidido que la invitada ocuparía la habitación de Agostino, mientras que para el chico habrían puesto una cama supletoria en la habitación de la madre. Aquella misma mañana, bajo su mirada descontenta y llena de repugnancia, la cama había sido colocada al lado del lecho materno en el que, aún deshechas y como impregnadas de sueño, estaban amontonadas las sábanas. Junto a la cama, le habían llevado también su ropa, las cosas para el aseo y sus libros.
Ahora, Agostino sentía una invencible repugnancia de ver acrecentada por el sueño compartido aquella ya tan penosa promiscuidad con su madre. Todo lo que hasta entonces apenas sospechaba, pensaba él, de pronto se lo iba a encontrar, por culpa de esta nueva y mayor intimidad, expuesto sin remedio ante sus ojos. A modo de antídoto, él debía, pronto, cuanto antes, interponer entre él y su madre la imagen de otra mujer a la que dirigir, si no la mirada, al menos los pensamientos. Esta imagen, que le habría hecho de escudo ante la desnudez de la madre y, en un cierto modo, la habría despojado de cualquier femineidad y la hubiera devuelto al antiguo significado materno, tenía que dársela una de las mujeres de la casita.
En cómo iba a hacer para entrar y dejar que lo admitieran en aquella casa, cómo iba a hacer para elegir a la mujer y apartarse con ella, Agostino no lo había pensado. O, mejor dicho, aunque hubiera querido hacerlo, no habría sabido imaginarlo. Porque, a pesar de las informaciones de Tortima, la casa, sus habitantes y las cosas que allí sucedían, para él permanecían envueltas en un aire denso e improbable, como si no se tratara de concretas realidades, sino de arriesgadísimas hipótesis que en el último momento podían revelarse equivocadas. El éxito de la tarea dependía, de este modo, de un cálculo lógico: si la casa existía, si las mujeres existían, también existía la posibilidad de acercarse a una de ellas. Pero no estaba seguro de que la casa y las mujeres existieran, y que, de todas formas, se parecieran a la imagen que de ellas se había forjado. Y no porque no le diera credibilidad a Tortima, sino porque le faltaban completamente los términos para comparar. Nunca había hecho nada, nunca había visto nada que, aunque fuera de manera lejana e imperfecta, tuviera algo que ver con lo que estaba a punto de hacer. Como un pobre salvaje al que se le habla de los palacios de Europa y él no sabe imaginarlos más que como cabañas más grandes que la suya, del mismo modo, él no sabía imaginarse a aquellas mujeres y sus caricias sin pensar en su madre. Y todo lo demás era fantasía, conjetura, veleidad.
Pero como suele pasar, la inexperiencia hacía que se preocupara sobre todo por los aspectos prácticos de la cuestión; como si resolviéndolos hubiera podido resolver también el problema de la irrealidad total del asunto. Lo angustiaba especialmente la cuestión del dinero. Tortima le había explicado con gran precisión cuál era la suma que había que pagar y a quién tenía que pagársela. Sin embargo, él no conseguía entenderlo. ¿Qué relación había entre el dinero, que normalmente sirve para comprar objetos bien definidos y cuya cantidad se puede contar, y las caricias, la desnudez, la carne femenina? ¿Era posible que se estipulara un precio y que este precio fuera exactamente delimitado y no pudiera variar según qué casos? La idea del dinero que iba a pagar a cambio de esa vergonzosa y prohibida dulzura, le parecía extraña y cruel; como una ofensa, quizá agradable para quien la infería, pero dolorosa para quien la recibía. ¿En serio tenía que entregar el dinero directamente a la mujer y, en todo caso, en su presencia? Le parecía que, de algún modo, sería mejor escondérselo y dejarle la ilusión de una relación desinteresada. ¿Y no era demasiado exigua la suma que le había indicado Tortima? No había suficiente dinero, pensaba, para pagar una experiencia como aquella, que a él le serviría para cerrar un periodo de su vida y abrir otro.
Ante estas dudas, decidió al final atenerse a las informaciones de Tortima, que quizá eran falsas, pero eran las únicas en las que en cualquier caso podía basar un plan de acción. Había hecho que el compañero le dijera el precio de la visita a la casa; y la cifra no le había parecido superior a la de los ahorros que desde hacía tiempo había acumulado y conservado en una hucha de terracota. A base de calderilla y de billetes de poco valor, seguro que había acumulado aquella suma y quizá hasta más. Pensaba sacar el dinero de la hucha, esperar a que su madre saliera para recoger a su amiga en la estación, salir también él, correr a buscar a Tortima e ir con él hasta la casa. El dinero, además, tenía que llegar no solo para él, sino también para Tortima, porque sabía que era pobre y que, en cualquier caso, habría estado poquísimo dispuesto a ayudarle sin la contrapartida de un provecho personal. Este era el plan. Y aunque seguía viéndolo como algo desesperadamente lejano e improbable, decidió llevarlo a cabo con la misma precisión y la misma seguridad que si se hubiera tratado de un paseo en barca o de alguna correría en la pineda.
Excitado, ansioso, libre por primera vez del veneno del remordimiento y de la impotencia, recorrió a la carrera, a través de la ciudad, todo el camino desde la plaza hasta su casa. La puerta estaba cerrada, pero las adyacentes persianas del bajo, las del salón, estaban abiertas. Desde el salón llegaba la música de un piano. Entró. La madre estaba sentada delante del teclado. Las dos tenues bombillas del piano le iluminaban la cara y dejaban en la penumbra gran parte de la habitación. La madre tocaba erguida sobre un taburete y junto a ella, en otro taburete, estaba sentado el joven del patín. Era la primera vez que Agostino lo veía en casa y un repentino presentimiento lo dejó sin respiración.
La madre pareció presentir de algún modo la presencia de Agostino, porque se dio la vuelta con un gesto lento lleno de inconsciente coquetería; una coquetería, o al menos eso le pareció, más dirigida al joven que a él, que parecía ser el destinatario. Al verlo, ella dejó de tocar y lo llamó para que se acercara.
—Agostino, ¿qué horas son estas? Ven aquí…
Él se acercó lentamente, lleno de repugnancia y turbación. La madre lo atrajo hacia sí, rodeándole todo el cuerpo con un abrazo. Agostino vio que los ojos de la madre brillaban extraordinariamente, con un fuego juvenil y fulgurante. También en su boca parecía vacilar una sonrisa trémula que mojaba de saliva sus dientes. Y en el gesto de abrazarlo y atraerlo hacia su costado, advirtió una violencia impetuosa y una alegría vibrante que casi lo asustaron. No pudo evitar pensar que eran efusiones que no le concernían en absoluto. Y le hacían pensar, extrañamente, en la excitación que había sentido poco antes cuando, corriendo por las calles de la ciudad, se había exaltado ante la idea de coger sus ahorros, acercarse con Tortima hasta la casa y allí poseer a una de las mujeres.
—¿Dónde has estado? —prosiguió la madre con una voz tierna, cruel y alegre—. ¿Dónde te has metido hasta ahora…? Malo, más que malo.
Agostino no dijo nada, entre otras cosas porque le parecía que la madre no esperaba ninguna respuesta. De esa manera, pensó Agostino, era como le hablaba a veces al gato que tenían en casa. Inclinado hacia adelante, con las manos unidas entre las rodillas y un cigarrillo entre dos dedos, con los ojos no menos brillantes que los de la madre, el joven le miraba y sonreía.
—¿Dónde has estado? —repitió de nuevo la madre—. Malo, que estás hecho un vagabundo.
Con la gran, larga mano caliente, con una caricia de tierna e irresistible violencia, ella le despeinó los cabellos, y luego se los volvió a reordenar sobre la frente.
—¿Verdad que es un chico guapo? —añadió con orgullo, dirigiéndose al joven.
—Guapo como la madre —respondió el joven.
La madre se rio patéticamente de este simple cumplido. Turbado, lleno de vergüenza, Agostino hizo un gesto como para soltarse.
—Ve a lavarte —dijo la madre—, y date prisa porque dentro de poco nos sentamos a la mesa.
Agostino se despidió del joven y salió del salón. Inmediatamente, a sus espaldas, se reanudaron las notas musicales en el preciso punto en el que su llegada las había interrumpido.
Pero, una vez en el pasillo, se detuvo y se entretuvo para escuchar aquellos sonidos que los dedos maternos liberaban del teclado. El pasillo estaba oscuro y sofocante; al fondo del corredor podía ver, a través de la puerta abierta, en la cocina iluminada, a la cocinera vestida de blanco que se movía lentamente realizando sus labores, entre la mesa y los fogones. Mientras la madre tocaba, a Agostino la música le parecía vivaz, tumultuosa, brillante, similar en todo a la expresión de los ojos de ella mientras lo sujetaba apretándolo contra su costado. A lo mejor era la música, que era de ese tipo, o a lo mejor era la madre la que le imprimía aquel tumulto, aquel brillo, aquella vivacidad. Toda la casa resonaba con esta música, y Agostino se sorprendió a sí mismo pensando que hasta en la calle tenía que haber grupitos de personas paradasa a escucharla y a maravillarse de la escandalosa falta de pudor que se adivinaba detrás de cada una de esas notas.
Luego, de golpe, en mitad de un acorde, el sonido se interrumpió, y Agostino tuvo la seguridad, de una manera oscura, de que el ímpetu que emanaba la música había encontrado de repente un modo más adecuado para liberarse. Dio dos pasos atrás y se asomó al umbral del salón.
Lo que vio no lo sorprendió mucho. El joven estaba en pie y besaba a la mujer en los labios. Echada hacia atrás en el bajo y exiguo taburete, que rebosaba por todas partes de su cuerpo reclinado, ella mantenía una mano sobre el teclado y con la otra rodeaba el cuello del joven. En la escasa luz, se veía cómo el cuerpo de ella se inclinaba hacia atrás, con el pecho palpitante hacia afuera, con una pierna doblada y la otra extendida, pisando el pedal. En contraste con esta insólita entrega, el joven parecía conservar su acostumbrada desenvoltura y contención. Estaba en pie, y sujetaba con un brazo el cuello de la mujer, pero se habría podido decir que más por el temor de verla caer hacia atrás que por la violencia de la pasión. El otro brazo le caía a lo largo del cuerpo y en la mano tenía aún el cigarrillo. Sus piernas, vestidas de blanco, bien plantadas y abiertas, una aquí y otra allí, expresaban al mismo tiempo seguridad en sí mismo y decisión.
El beso fue largo, y a Agostino le pareció que cada vez que el joven quería interrumpirlo, la madre lo renovaba con insaciable avidez. En realidad, él no pudo evitar pensar que ella parecía hambrienta de aquel beso, como quien ha permanecido en ayunas durante demasiado tiempo. Luego, con un movimiento que ella hizo con la mano, una, dos, tres notas graves y dulces sonaron en el salón. De pronto, los dos se separaron. Agostino dio un paso hacia el salón y dijo:
—Mamá.
El joven se dio media vuelta y fue a situarse junto al alféizar de la ventana con las manos en los bolsillos y las piernas abiertas, como absorto en mirar la calle.
—Agostino —dijo la madre.
Agostino se acercó. La madre jadeaba con tal violencia que se veía perfectamente su pecho alzarse y descender bajo la seda del vestido. Sus ojos brillaban más que nunca, tenía la boca entreabierta y los cabellos despeinados, un mechón suelto y grácil, vivo como una serpiente, le caía junto a la mejilla.
—¿Qué ocurre, Agostino? —repitió ella con la voz rota y baja, mientras se arreglaba un poco el cabello.
Agostino sintió de golpe una pena mezclada con repugnancia que le oprimía el corazón. «Contrólate», habría querido gritarle a su madre, «cálmate… no jadees de esa manera… y háblame… pero no me pongas esa voz». En cambio, atropelladamente y casi exagerando a posta la puerilidad de la voz y de la urgencia:
—Mamá, ¿puedo romper la hucha? Quiero comprarme un libro.
—Claro, cariño —dijo ella, y tendió una mano para hacerle una caricia en la frente.
Agostino, al contacto de aquella mano, no pudo evitar dar un salto atrás, ligero y casi imperceptible, que le pareció violento y vistosísimo.
—Pues entonces la rompo —repitió.
Y con paso ligero, sin esperar respuesta, salió del salón.
Corriendo escaleras arriba por los peldaños que crujían por la arena, fue a su habitación. La idea de la hucha no había sido más que una excusa, en realidad no sabía qué decir delante de su madre así de alterada. La hucha estaba encima de la mesa, al fondo de la habitación oscura. La luz de la farola, entrando por la ventana abierta, iluminaba la panza rosada de la hucha de terracota, con aquella ancha sonrisa negra. Agostino encendió la luz, agarró la hucha y, con una especie de histérica violencia, la estrelló contra el suelo. La hucha se rompió y vomitó fuera de la gran grieta un montón de monedas de todo tipo. Mezclados con las monedas había también bastantes billetes pequeños. De rodillas en el suelo, Agostino contó furiosamente el dinero. Los dedos le temblaban y, aunque contaba, no podía evitar ver superpuestos, como confundidos con las monedas desperdigadas en el suelo, a aquellos dos en el salón, la madre echada hacia atrás en la banqueta y el joven inclinado sobre ella. Contaba, pero a veces tenía que volver a contar por culpa de la confusión que aquella imagen provocaba en su estado de ánimo. Pero en cuanto terminó de contar, descubrió que el dinero no le alcanzaba.
Se preguntó qué debía hacer; por un instante pensó en robarle el dinero a su madre, sabía dónde lo guardaba y nada habría sido más fácil; pero esta idea le repugnaba y al final decidió pedírselo, sencillamente. ¿Con qué pretexto? De pronto le pareció haberlo encontrado; y al mismo tiempo oyó sonar el gong de la cena. Guardó a toda prisa su tesoro en el cajón y bajó al piso de abajo.
La madre ya estaba sentada a la mesa. La ventana estaba abierta de par en par y grandes mariposas pardas y peludas entraban desde el patio e iban a estrellar sus alas contra la tulipa de vidrio blanco de la lámpara. El joven se había ido y la madre había vuelto a su acostumbrada, serena dignidad. Agostino la miró y de nuevo, como el primer día que ella salió al mar con el joven del patín, se maravilló de que en su boca no se viera la huella de aquel beso que pocos minutos antes había comprimido y separado los labios. No habría sabido decir qué era lo que sentía ante este pensamiento. Una sensación de compasión hacia la madre, para la que aquel beso parecía haber sido valiosísimo y perturbador; y, al mismo tiempo, un fuerte asco, no tanto por lo que había visto como por el recuerdo que le había dejado. Habría querido rechazar este recuerdo, olvidarlo. ¿Era posible que por los ojos pudiera entrar semejante desconcierto y transformación? Él presentía que aquel recuerdo se le iba a quedar grabado para siempre en la memoria.
En cuanto acabaron de cenar, la madre se levantó y subió al piso de arriba. Agostino pensó que era entonces o nunca cuando tenía que pedirle el dinero. La siguió y entró tras ella en la habitación. La madre se sentó delante del espejo del tocador y en silencio estudió su propio rostro.
—Mamá —dijo Agostino.
—¿Qué? —respondió distraídamente la madre.
—Necesito veinte liras.
Esa era la cantidad que le faltaba.
—¿Para qué?
—Para comprar un libro.
—¿Pero no me habías dicho —preguntó la madre mientras se pasaba lentamente la brocha de polvos compactos sobre el rostro— que ibas a romper la hucha?
A Agostino le salió una frase infantil.
—Sí… pero si la rompo, ya no me quedará dinero ahorrado… me gustaría comprar el libro sin romper la hucha.
La madre se rio con afecto.
—No cambiarás nunca.
Ella se miró un momento en el espejo, y luego añadió:
—En mi bolso… encima de la cama, tiene que estar el monedero… coge las veinte liras y vuelve a meter el monedero en su sitio.
Agostino fue hasta la cama, abrió el bolso, sacó de él el monedero y de este las veinte liras. Entonces, con los dos billetes en un puño, se lanzó sobre la cama supletoria que habían preparado para él junto al lecho materno. La madre había acabado de arreglarse. Se levantó del tocador y se acercó a él.
—¿Y ahora qué vas a hacer?
—Ahora leeré este libro —dijo Agostino, cogiendo de la mesilla la primera novela de aventuras que pilló y abriéndola por una ilustración.
—Buen chico… pero acuérdate, antes de acostarte, de apagar la luz.
La madre hizo algún preparativo más, dando vueltas por la habitación. Boca arriba, con el brazo bajo la nuca, Agostino la miró. Ahora le parecía, confusamente, que nunca había estado más hermosa que aquella noche. El vestido blanco, de seda brillante, resaltaba extraordinariamente el tono moreno y cálido de la piel. Por una inconsciente reaparición de su antiguo carácter, le pareció que ella había recuperado en aquel momento toda la dulce y serena majestuosidad de su porte de antaño, pero con no se sabía qué profundo y sensual aliento de felicidad añadido. Ella era alta, pero a Agostino nunca le había parecido así de alta, como para llenar por sí sola toda la habitación. Blanca entre las sombras de la habitación, se movía con solemnidad, con la cabeza erguida sobre el hermoso cuello, los ojos negros concentrados bajo la frente serena. Luego apagó todas las luces menos la de la mesilla y se inclinó para besar al hijo. Agostino volvió a sentir a su alrededor el perfume que tan bien conocía y, al rozarle el cuello con los labios, no pudo evitar preguntarse si aquellas mujeres, allá abajo en la casa, serían igual de bonitas e irían tan bien perfumadas.
Cuando se quedó solo, Agostino esperó unos diez minutos para dar tiempo a que su madre se alejara. Luego se bajó de la cama, apagó la luz y de puntillas fue a la habitación de al lado. Buscó a tientas la mesa junto a la ventana, abrió el cajón y se llenó los bolsillos con las monedas y los billetes. Cuando acabó, pasó una mano por el fondo del cajón para asegurarse de que estuviera realmente vacío, y salió de la habitación.
En cuanto estuvo en la calle, echó a correr. Tortima vivía casi al otro lado de la ciudad, en un barrio de calafates y marineros, y aunque la ciudad era pequeña, era de todos modos un buen trecho. Atajó por las calles oscuras que bordeaban la pineda, y un poco a paso ligero y otro poco corriendo, siguió derecho hasta que vio aparecer entre las casas los mástiles de los veleros atracados en el puerto. La casa de Tortima se alzaba en la dársena, más allá del puente levadizo de hierro que cruzaba el canal del puerto. De día era un lugar anticuado y decadente, con casuchas y tiendecillas alineadas sobre grandes muelles desiertos y soleados, olor a pescado y alquitrán, aguas verdes y aceitosas, grúas inmóviles y barcazas cargadas de grava. Pero ahora, la noche lo hacía parecerse a todos los demás lugares de la ciudad, y solamente un gran velero, que sobresalía de las aceras con sus bordas y sus mástiles, revelaba la presencia del agua del puerto profundamente encajada entre las casas. Era un velero largo y marrón; muy arriba, entre las sogas, se veían brillar las estrellas; según el flujo y el reflujo del canal, parecía que todos los mástiles y la masa de la embarcación se movían imperceptiblemente, en silencio. Agostino atravesó el puente y se dirigió hacia la fila de casas alineadas sobre la parte opuesta del canal. Alguna farola iluminaba desigualmente las fachadas de estas casuchas. Agostino se detuvo bajo una ventana abierta de par en par e iluminada de la que procedía un rumor de voces y de platos, como de gente que estaba comiendo. Y, llevándose una mano a la boca, moduló un silbido fuerte y dos flojos, que era la señal acordada entre los chicos de la pandilla. Casi inmediatamente alguien se asomó a la ventana.
—Soy yo, Pisa —dijo Agostino en voz baja y cohibida.
—Voy —respondió Tortima, pues se trataba precisamente de él.
Tortima bajó y se presentó ante él con el rostro todo congestionado por el vino que había bebido, masticando todavía un bocado.
—He venido para que vayamos a aquella casa —dijo Agostino—, aquí tengo el dinero… para los dos.
Tortima tragó con esfuerzo y lo miró.
—A aquella casa… al fondo de la plaza —repitió Agostino—, donde están las mujeres.
—Ah —dijo Tortima, que por fin había entendido—.Te lo has pensado mejor… muy bien, Pisa… ahora vuelvo y voy contigo.
Tortima se fue corriendo y Agostino se quedó en la calle, caminando arriba y abajo, con los ojos dirigidos hacia la ventana de Tortima, que lo hizo esperar un rato y, cuando se presentó de nuevo ante él, Agostino casi no lo reconoció. Lo había visto siempre como un muchachote con los pantalones remangados, o semidesnudo en la playa o en el mar. Ahora tenía delante una especie de joven obrero con la ropa oscura de los días de fiesta, pantalones largos, chaqueta, camisa y corbata. Parecía mayor, también por la gomina con la que se había alisado y compactado el pelo, por lo general enmarañado. Y en esa ropa aseada y corriente revelaba por primera vez a los ojos de Agostino su simple condición urbana.
—Ahora, vamos —dijo Tortima empezando a caminar.
—¿Pero serán horas? —preguntó Agostino mientras corría para situarse a su lado, y embocaban el puente de hierro.
—Allí siempre son horas —respondió Tortima riendo.
Recorrieron calles distintas a las que Agostino había recorrido a la ida. La plaza no estaba muy lejos, justo dos calles más allá.
—Pero ¿tú ya has estado? —preguntó Agostino.
—En esa casa, no.
Tortima no parecía tener prisa y su paso era el de siempre.
—Ahora habrán terminado de cenar y no habrá nadie —explicó—. Es el mejor momento.
—¿Por qué? —preguntó Agostino.
—Toma, pues porque así podremos elegir tranquilamente la que más nos guste.
—Pero ¿cuántas hay?
—Pues, habrá cuatro o cinco.
Agostino habría querido preguntar si eran guapas, pero se contuvo.
—Pero ¿qué hay que hacer? —interrogó.
Tortima ya se lo había dicho, pero como en él permanecía aquella invencible sensación de irrealidad, necesitaba oírselo confirmar de nuevo.
—¿Que qué hay que hacer? —dijo Tortima—. Es muy simple… se entra… luego ellas se presentan… se dice: «Buenas noches, señoritas»… se hace como que se habla un poco, lo justo para tener tiempo de verlas bien… luego se elige una… ¿es la primera vez, ¿eh?
—En realidad… —empezó a decir Agostino un poco avergonzado.
—¡Anda ya! —dijo Tortima con brutalidad—. ¿No me irás a decir que no es la primera vez? Estas trolas cuéntaselas a los demás, no a mí… pero no tengas miedo… —añadió con un acento curioso.
—¿Qué quieres decir?
—Que no tengas miedo, digo… lo hace todo la mujer… tú déjala hacer…
—Agostino no dijo nada. Esta imagen de la mujer que iba a introducirlo en el amor evocada por Tortima le gustaba y le parecía dulce y casi materna. Sin embargo, y a pesar de todas estas informaciones, persistía en él la incredulidad.
—Pero… pero…. ¿A mí me admitirán…? —preguntó deteniéndose y echando un vistazo a sus piernas desnudas.
Por un momento la pregunta pareció apurar a Tortima.
—Nosotros vamos —dijo con falsa desenvoltura— luego, cuando estemos allí, ya encontraremos la manera de que te dejen entrar.
Por una callejuela desembocaron en la plaza. Toda la plaza estaba a oscuras, menos un rincón donde una farola iluminaba con una luz tranquila un gran trecho de terreno arenoso y desigual. En el cielo, se diría que justo encima de la plaza, pendía una luna con forma de hoz, roja y ahumada, cortada en dos por un sutil filamento de niebla, donde la oscuridad era más espesa. Agostino descubrió la casa, y la reconoció por las persianas blancas. Estaban cerradas y por ellas no escapaba ni un hilo de luz. Tortima se dirigió con seguridad hacia la casa. Pero en cuanto estuvieron en medio de la plaza, bajo la luna en forma de hoz, dijo a Agostino:
—Dame el dinero… es mejor que lo lleve yo.
—Pero yo… —empezó a decir Agostino, que no se fiaba de Tortima.
—¿Me lo vas a dar, sí o no? —insistió bruscamente.
Agostino, avergonzado de toda aquella calderilla, obedeció y vació los bolsillos en las manos del compañero.
—Ahora cierra la boca y sígueme —dijo Tortima.
Mientras se acercaban a la casa, las tinieblas se despejaron, aparecieron los dos pilares de la verja, el sendero y la puerta bajo la marquesina. La verja estaba entornada, Tortima la empujó y entró en el jardín. También la puerta estaba entreabierta, Tortima subió los escalones y después de haber hecho a Agostino un gesto para que guardara silencio, entró. Se reveló ante los ojos curiosos de Agostino un pequeño vestíbulo completamente desnudo al fondo del cual una puerta de dos batientes, con cristaleras rojas y azules, resplandecía a causa de una luz clara. Su entrada había desencadenado un tintineo de campanillas; casi inmediatamente una sombra maciza, como de una persona sentada que se levanta, se perfiló detrás de los cristales y una mujer apareció entre los dos batientes. Era una especie de gobernanta, corpulenta y madura, con un enorme pecho, cubierta por un vestido negro y con un delantal blanco atado a la cintura. Apareció y mostró un vientre prominente, con los brazos colgando, el rostro hinchado, ceñudo y desconfiado bajo el saliente de los cabellos.
—Aquí estamos —dijo Tortima.
Por la voz y por la actitud, Agostino comprendió que también Tortima, normalmente tan insolente, estaba cohibido.
La mujer los escudriñó durante un momento sin ninguna benevolencia, luego, en silencio, le hizo un gesto a Tortima como para invitarlo a pasar. Tortima sonrió aliviado y se dirigió hacia la puerta de la vidriera. Agostino se dispuso a seguirlo.
—Tú no —dijo la mujer, y lo sujetó por el hombro.
—¡Cómo? —dijo Agostino, perdiendo de pronto toda la timidez—. ¿Él sí y yo no?
—En realidad, no deberíais ninguno de los dos —dijo la mujer mirándolo fijamente—, pero él, pase. Tú, no.
—Eres demasiado pequeño, Pisa —dijo Tortima con tono burlón.
Y tras empujar la puerta a doble batiente, desapareció. Su sombra rechoncha se dibujó durante un instante detrás de la vidriera, luego desapareció en aquella luz resplandeciente.
—Pero yo —insistió Agostino, exasperado por la traición de Tortima.
—Vete, chico… vuelve a casa —dijo la mujer.
Ella fue hacia la puerta, la abrió y se encontró cara a cara con dos hombres que entraban.
—Buenas noches… buenas noches —dijo el primero de ellos, un hombre con la cara colorada y jovial.
—Está claro, ¿eh? —añadió dirigiéndose a su acompañante, un tipo rubio, esmirriado y pálido—. Si la Pina está libre, me la pido yo… no nos andemos con bromas.
—Entendido —respondió el otro.
—Y este ¿qué quiere? —preguntó el hombre jovial a la mujer, señalando a Agostino.
—Quería entrar —contestó la mujer, y una sonrisa halagada se le dibujó en la cara.
—¿Que querías entrar? —gritó el hombre dirigiéndose a Agostino—. ¿Querías entrar? A tu edad a esta hora hay que estar en casa… en casa… en casa —gritó, agitando los brazos.
—Eso es lo que le he dicho yo —respondió la mujer.
—¿Y si le dejamos entrar? —observó el rubio. Yo a su edad ya hacía el amor con la criada.
—¡Anda ya! ¡A casa… a casa! —gritó el hombre exaltado—. A casa.
Seguido por el rubio, se introdujo por la puerta, cuyas hojas batieron con violencia. Agostino, sin siquiera darse cuenta de cómo había sucedido, se encontró de nuevo fuera, en el jardín.
Así de mal había terminado todo, pensó. Tortima lo había traicionado quedándose con todo el dinero, y a él lo habían echado. Como no sabía qué hacer, retrocedió por el sendero y miró la puerta entreabierta, la marquesina, la fachada con todas sus persianas cerradas. Sentía una ardiente sensación de contrariedad, sobre todo por culpa de aquellos dos que lo habían tratado de semejante manera, como a un niño. Los gritos del hombre jovial, la benevolencia fría y experimental del rubio, no le parecían menos humillantes que la apagada e inexpresiva hostilidad de la encargada. Retrocediendo, mirando a su alrededor y espiando los árboles y los arbustos del jardín, se dirigió hacia la cancela. Pero ahí vio que toda una parte del jardín, en el lado izquierdo de la casa, estaba muy iluminada por una fuerte luz que parecía proceder de una ventana del bajo. Se le ocurrió que por aquella ventana por lo menos habría podido echar un vistazo al interior de la casa, y tratando de hacer el menor ruido posible, se acercó a la luz.
Como pensaba, era una ventana del bajo, abierta de par en par. El alféizar no era alto. Lentamente, apoyado en una esquina, donde había menos posibilidad de que le vieran, se apoyó y dirigió su mirada al interior.
La habitación era pequeña y estaba muy iluminada. Las paredes estaban tapizadas con un vistoso papel pintado con grandes flores verdes y negras. Frente a la ventana, una cortina roja, fijada con unas anillas de madera a una varilla de latón, parecía esconder una puerta. No había muebles, había alguien sentado en un lado, cerca de la ventana, se veían solo los pies estirados hasta casi el centro de la habitación, cruzados, calzados con unos zapatos amarillos; los pies, pensó Agostino, de un hombre recostado cómodamente en una butaca. Agostino, desilusionado, estaba a punto de irse, cuando la cortina se alzó y apareció una mujer.
Llevaba una túnica amplia de gasa azul claro que le recordó a Agostino los camisones de su madre. La túnica, transparente, le llegaba hasta los pies; en aquel velo, los miembros de la mujer, vistos como a través del agua marina, se dibujaban pálidos y estilizados, casi fluctuantes en suaves curvas alrededor de la mancha oscura del vientre. La túnica, por una extravagancia que impresionó a Agostino, se abría sobre el pecho con un escote oval que le llegaba hasta la cintura y los pechos, que tenía redondos y turgentes, sobresalían casi con dificultad, desnudos, oprimidos el uno contra el otro; luego la túnica, que los rodeaba con muchos frunces apretados, se volvía a unir en el cuello. Ella tenía el pelo suelto sobre los hombros, ondulado y castaño, y un rostro ancho y pálido, con una expresión de una puerilidad viciada, con una expresión caprichosa en los ojos cansados y en aquella boca de labios fruncidos y pintados. Con las manos detrás de la espalda y sacando pecho, ella salió de detrás de la cortina y, durante un largo momento, en actitud de espera, permaneció erguida e inmóvil, sin hablar. Parecía mirar el rincón en el que estaba el hombre cuyos pies sobresalían, cruzados, hasta la mitad de la estancia. Entonces, en silencio, como había llegado, se dio la vuelta, levantó la cortina y desapareció. Casi inmediatamente los pies del hombre se retiraron de la vista de Agostino y hubo un ruido como el de alguien que se levanta; Agostino, asustado, se retiró de la ventana.
Volvió al sendero, empujó la cancela y salió a la plaza. Ahora sentía una fuerte sensación de desilusión por el fracaso de aquella intentona; y, al mismo tiempo, casi un terror por lo que le esperaba en los días venideros. No había pasado nada, pensaba, él no había podido poseer a ninguna mujer, Tortima le había quitado el dinero y al día siguiente volverían a empezar las burlas de los muchachos y el tormento impuro de su relación con su madre. Era cierto que por un momento había visto a la mujer deseada, erguida en su túnica de gasa, con el pecho desnudo, pero intuía que esta imagen insuficiente y ambigua iba a ser lo único que le iba a acompañar en el recuerdo durante los largos años que estaban por llegar. En efecto, eran años y años, vacíos e infelices, que se interponían entre él y aquella experiencia liberadora. No antes de llegar a la edad de Tortima, pensaba, podría desligarse de una vez por todas del opaco estorbo de su desdichada edad de transición. Pero, mientras tanto, había que seguir viviendo como siempre, y ante esta idea sentía que todo su ánimo se rebelaba, como si se tratara del sentimiento amargo de una imposibilidad definitiva.
Llegado a casa, entró sin hacer ruido, vio en la entrada las maletas de la invitada, oyó voces en el salón. Entonces subió por la escalera y fue a tumbarse sobre la cama supletoria, en la habitación de la madre. Ahí, a oscuras, tras quitarse la ropa con rabia y lanzarla al suelo, se desnudó y se metió entre las sábanas. Luego esperó, con los ojos abiertos de par en par en la oscuridad.
Esperó durante un rato, en un momento determinado le pareció que se adormilaba y se durmió de verdad. De pronto se despertó, sobresaltado. La lámpara estaba encendida e iluminaba la espalda de la madre que, en camisón, con una rodilla sobre la cama, se disponía a acostarse.
—Mamá —dijo de repente, con voz fuerte y casi violenta.
La madre se dio la vuelta, se le acercó.
—¿Qué sucede? —preguntó—. ¿Qué te pasa, cariño?
Su camisón también era transparente, como la túnica de la mujer de la casa, y el cuerpo se le dibujaba igual que aquel otro cuerpo, en líneas y sombras imprecisas.
—Querría irme mañana —dijo Agostino con la misma voz fuerte y exasperada, intentando no mirar el cuerpo, sino el rostro de la madre.
La madre, sorprendida, se sentó en la cama y lo miró.
—¿Por qué? ¿Qué te pasa? ¿No estás bien aquí?
—Querría irme mañana —repitió él.
—Veamos —dijo la madre mientras le pasaba discretamente una mano por la frente, casi como si temiera que tuviera fiebre—. ¿Qué pasa?… ¿No te encuentras bien? ¿Por qué quieres irte?
Agostino no dijo anda. El camisón de la madre le recordaba realmente tanto a la mujer de la casa, la misma transparencia, la misma palidez de la carne indolente y ofrecida, solo que el camisón estaba arrugado y parecía hacer aquella visión aún más íntima y furtiva. Así que, pensó Agostino, no solo la imagen de la mujer de la casa no se interponía como un escudo entre él y la madre, como había esperado, sino que de algún modo confirmaba la femineidad de esta última.
—¿Por qué te quieres ir? —le volvió a preguntar ella—. ¿No estás bien conmigo?
—Tú me tratas siempre como a un niño —dijo de pronto Agostino, sin saber el motivo ni siquiera él.
La madre se echó a reír y le acarició una mejilla.
—Bueno, pues de ahora en adelante, te trataré como a un hombre… ¿mejor así?… Y ahora duerme… es muy tarde.
Ella se inclinó y lo besó. Apagó la luz, Agostino la oyó acostarse.
«Como a un hombre», no pudo dejar de pensar antes de dormirse. Pero no era un hombre, y habría de transcurrir mucho tiempo de infelicidad antes de que lo fuera.