De la casa de Las Ledas al Brezal, se podía bajar por un caminito que Adelfa saltaba como cabra montés, sin el menor miedo ni a lo estrecho ni a lo peligroso, pues en algunas partes la vereda era, por un lado, una casi imperceptible línea tapada por yerbajos que le llegaban a media pierna, y del otro, una ladera que descendía a las huertas de más abajo. Había otra forma de ir, claro que sí; un camino perfectamente trazado y sin ningún riesgo, pero no era tan divertido; además que este acortaba la distancia.
Se detenía por algunos segundos en la ventana-que daba al ras de la vereda- de la única casa en ese trayecto-, en la cual vivían dos viejecitas, madre e hija - a saber cual se veía mayor- para saludarlas alegremente, y seguir saltando –caminar jamás -y la mayoría de las veces cantando o hablando sola... porque... ¡como le gustaba inventarse historias! El último escollo, era bajar por una pared de piedra – de esas que se hacen para delimitar las parcelas – y en la cual la gente, de tanto subir y bajar por ella, había ido formando como una especie de escalones, los que se sorteaban con alguna dificultad, especialmente en tiempos de lluvia, pero como la palabra imposible no existía en su diccionario, ella ni siquiera se planteaba buscarse otra opción. Debe ser cierto lo de que los niños tienen su ángel especial, porque aparte de algún que otro rasguño, jamás le sucedió nada.
En esa ocasión el ir al Brezal fue con un motivo específico, buscar unas cartas... unos papeles que su padre necesitaba. Claro que el no la mandó por esa trocha, todo lo contrario, ese camino le estaba particularmente prohibido, pero, como era usual, no hizo el menor caso. Alguien le dijo que la había visto bajar por allí, así que, pasadas unas dos horas, el hombre, que precisamente le había dicho que le urgía lo que le había mandado a traer, se lanzó en su búsqueda.
Justamente en esa pared, pero ya de regreso, la encontró su padre, con los papeles en la mano y muy quitada de la pena...es más, con una enorme sonrisa cuando lo vio aparecer en lo alto. Más que serio, la comenzó a regañar mientras ella subía: que porqué te tardaste tanto, que ya estaba muy preocupado...
Cuando deshecha en explicaciones le decía:
-- Bueno papá, me entretuve con mis primos un rato, además, creo que exageras, no ha pasado tanto tiempo, etc., el papá, con unas hierbecillas, unas pajillas, que había tomado de la orilla del camino, le azotó las piernas. ¡Para que les cuento!
Los llantos se escuchaban a kilómetros, como si de una paliza se hubiese tratado. La primera vez que su padre “le pegaba” en toda su vida. Sencillamente no se lo podía creer. Echó a correr delante de él, mientras le gritaba. ¡Me pegaste... me pegaste!
El enfado, como siempre, le duró poco, pero cada vez que su padre presumía diciendo: yo no le pego a mis hijos, ella le respondía, ¡a mí sí!, y aún se lo siguió diciendo muuuchos años después...