País Relato - Autores

adelfa martín

una navidad inesperada

Tal vez es cierto que no existe la casualidad, sino que es causalidad. Que lo que llamamos coincidencia, no es más que lo que tenía que suceder. La verdad es que Illia solo sabía que algo raro había pasado ese día; un día especial, en vísperas de Navidad.
Regresaba de su última clase, de hecho la que servía para la despedida vacacional y para realizar la reunión anual con el consabido intercambio de regalos, y aunque aún era temprano, ya había oscurecido como era usual en esta época del año. Entró a la tienda de la esquina a comprar un litro de leche, pues sabía que su mamá apenas acabaría de llegar del trabajo y estaría preparando lo que ella llamaba merienda-cena.
Antes de dar vuelta a la esquina, en una banca que se encontraba bajo el farol, vio a una anciana señora sentada, con poco abrigo, prácticamente encogida sobre sí misma como protegiéndose del frío. Dudó solo un instante, pero llevada por su buen corazón y por las enseñanzas recibidas, se acercó tímidamente preguntándole:
-- ¿Se encuentra bien?
La anciana alzó su vista, y con los ojos aún entrecerrados le respondió:
--Si, gracias.
Illia pensó de inmediato en darle la leche que traía en sus manos, pero luego se dio cuenta que estaba fría, así que sin meditarlo siquiera, le dijo:
¿Quiere venir a mi casa?, vivo a la vuelta. A mi mamá y a mí nos gustaría invitarla a cenar. Dicho esto la tomaba suavemente por el brazo. La señora trató de resistirse, pero agobiada seguramente por el hambre, la soledad y el abandono, se dejó llevar.
Al llegar a la casa su madre, sin aparentar sorpresa alguna, recibió a la anciana con cariño, haciéndola pasar. Illia dice:
-- Mamá ¿No tendrás alguna ropa que le sirva a la señora…?
--María, respondió la anciana.
--Digo, si Ud. no se ofende.
--Claro que no, solo que si me lo permiten, me gustaría darme un baño; hace tiempo que no he tenido un lugar donde hacerlo, y se sonrió ampliamente, a lo cual ellas correspondieron.
Mientras la mamá buscaba la ropa, dijo María:
-- Y tú, ¿cómo te llamas?
--Illia…
--¿Illia, que? dijo la anciana.
-- Bueno contestó la niña, mi nombre no es muy usual, pero le gustaba mucho a mi abuelita paterna, que por cierto se llamaba como Ud., pero que falleció antes de yo nacer. Mi mamá se llama Isabel y mi papá Carlos, nuestro apellido es Garza.
La anciana se puso seria primero, luego pálida, y lágrimas incontrolables rodaban por sus mejillas.
--¡Dios mío!, ¡gracias!, sería demasiada casualidad… ¿será posible que he encontrado a mi familia?
Isabel, al escuchar el grito, llegó rápidamente donde ellas se encontraban preguntando.
-- Pero, ¿qué sucede?
--Mamá, que la señora dice que ha encontrado a su familia.
Y María comenzó a contar su historia...
Hacía más de 20 años al salir de su casa, un coche la atropelló. Las gente viendo que aún vivía, pero llenas de temor, la dejaron abandonada a las puertas de un hospital, a más de 200 Km. de distancia y sin documentación alguna, donde según le explicaron estuvo en coma por 10 años. Cuando despertó, no recordaba absolutamente nada de sí misma, pero con paciencia y tratamiento poco a poco fue recuperando su memoria. En el hospital, sensibilizados por su
historia, recolectaron algo de dinero para que ella pudiera llegar a la ciudad donde esperaba encontrar a su familia. Habían pasado 15 años.
Sin embargo, otras personas vivían en la que fue su casa y preguntando, averiguó que su esposo había muerto casi de inmediato, y que su hijo había sido recogido por las autoridades; o por alguien, según le dijeron. Eso bastó para que volviera a perderse de nuevo. Solo sabe que comenzó a deambular, y que al terminársele el poco dinero que traía consigo, no le quedó otro remedio que pedir limosna. Eso sí, jamás abandonó la ciudad. En sus momentos de lucidez pensaba que tarde o temprano Dios le daría la oportunidad de encontrar por lo menos a su hijo, aunque ya habían transcurrido 20 años y a veces sentía que esa esperanza la abandonaba.
En ese momento, se escuchó que unas llaves abrían la cerradura de la puerta de entrada, y a Illia, corriendo y gritando que decía… ¡papá… papá! …