País Relato - Autores

adelfa martín

un amor incondicional

Todo empezó hace algunos años - para ser exactos, quince -, cuando un maravilloso ángel de ojos vivaces e inquietos llegó a este mundo. Ya la abuela sabía que era una niña, por los modernos exámenes médicos, que hoy por hoy, dejan poco lugar a los errores. ¡Cuánta alegría!, pues tal era, precisamente, su deseo.
Si alguna criatura ha sido recibida con amor, fue ese pedacito de tesoro, ante cuya presencia esta mujer jamás tuvo la menor duda en abrirle sus brazos, enormes, gigantescos y entregados; rendidos completamente ante la maravilla con que la vida la premiaba.
El flechazo fue a primera vista...y mutuo. Comenzó a crecer, y casi desde bebé, parecía que ya estaba pendiente de la llegada de su abuela al atardecer, pues apenas escuchaba la llave y a ella que le decía -así como solemos hablarles - ¿dónde está mi niña?, la pequeñita sacudía sus manitas y pies con alegría mirando fijamente a la puerta de su cuarto. A partir de esa hora, el mundo dejaba de existir para ellas.
¿Habrá habido un momento...un instante de cansancio, de arrepentimiento... de un ¡ya basta! de parte de la abuela hacia su nieta durante estos años?... ¡ni uno!; ni aun ahora en esta difícil edad de la adolescencia, y a pesar de que a veces, -solo veces -, sienta que la responsabilidad la sobrepasa.
Llevarla a los tres años de kínder, con mucha frecuencia. A la primaria, toda ella, 6 años. A la secundaria, completita, tres años. Ahora comienza la preparatoria -y a pesar de ser ya una jovencita- la susodicha abuela la llevará y traerá, mientras Dios se lo permita.
Dos años después de la llegada de ese bebé llegó otro, también una nena recibida con el mismo inmenso amor, alegría, ternura y emoción. Sin embargo, por circunstancias ajenas por completo a sus deseos y decisiones, la abuela se ha visto privada de la presencia de esta niña a la que aunque ve poco, ama inmensamente y la lleva siempre pegadita a su corazón y atesorada en sus recuerdos como algo precioso.
No cabe duda que si existe un amor especial, desinteresado, lleno de entrega generosa; un amor de esos que se da porque si, sin esperar absolutamente nada a cambio, ni siquiera la tentación del agradecimiento - que tal vez esperamos de nuestros hijos - es el que una abuela siente por sus nietos.
Además, también cuenta el orgullo de saber que se ha trascendido, que se ha venido a este mundo para algo más que hacer acto de presencia, y a pesar de que generalmente no llegamos a comprender con exactitud eso de la “misión” que se nos encomienda, si estamos conscientes que ya no vamos a pasar sin pena ni gloria, pues, inevitablemente, mucho... muchísimo después de haber partido, alguien nos recordará.
¿Cómo?, bueno, eso sí que dependerá de nuestras acciones. De todas formas, si somos recordados con cariño... ¡más que bien pagados!, ¿verdad?
La susodicha abuela.