Un buen día, y sin decir agua va, dos delfincitos: Saltarín y Saltarina - ¡vaya nombrecitos! –decidieron que, a partir de ese momento, serían independientes.
--¡Ya estuvo bueno!, le decía Saltarina a su hermano, tratando de convencerlo –pues debo decir que ella era precisamente la que llevaba la voz cantante en este dúo-, de estar pegados a las aletas de nuestra madre y bajo los ojos vigilantes de toda la manada que no nos dejan ni respirar por nuestra cuenta. Saltarín no las tenía todas consigo, pues sabía de las cosas que su hermana era capaz de inventar, pero dado que había nacido un año antes y desde muy pequeños había ejercido una gran influencia sobre él, además de fungir con frecuencia de hermana mayor, aceptó escuchar su idea, eso sí, dejándole claro que esta vez, si no estaba completamente de acuerdo, no iba a dejarse convencer.
Bien hermano, todos estos viejos son unos aburridos de primera. Nos llevan siempre por territorios tranquilos, donde jamás sucede nada emocionante, porque según ellos, prefieren evitar una pelea a correr el riesgo de que nuestro peor enemigo belicoso y peleonero; el grandulón tiburón blanco, que nos ha hecho la vida de cuadritos desde que tengo memoria, pueda acabar con nosotros. Estoy consciente del peligro que ese monstruo significa para nuestra sobrevivencia, pero también es cierto que evitando un enfrentamiento, jamás lograremos que nos respete, y nuestro destino va a ser estar evitándolo y dejar de ir a los lugares que, cuando éramos apenas unos bebés, visitábamos con nuestros padres y en los cuales fuimos tan felices... pues este caradura, conociendo el miedo que nuestra manada le tiene, cada vez se muestra más desafiante y provocador.
--A ver pues, hermana. Dime que has pensado.
--Escucha, estuve conversando con el abuelo, que como bien sabes, más de una vez le ha aconsejado al grupo que definan una estrategia, no solo para defenderse, sino para enfrentar al tal por cual que no nos deja ni a sol ni a sombra, pues cuando lo perdemos de vista, siempre resulta ser por poco tiempo.
--Bien, ¿y qué te dijo?
--Bueno. El hace énfasis en nuestra natural velocidad e inteligencia, superiores por supuesto a las de nuestro enemigo, además del tamaño, lo que significa que si lográramos llevarlo a una trampa, podríamos deshacernos de él sin gran esfuerzo.
--¿Pero... el ve bien que “nosotros” hagamos esto?
--La verdad... no exactamente. Yo le pedí consejo, diciéndole: si tu, abuelo, pudieras decidir qué medidas tomar para librarnos de ese gran blanco, ¿cómo lo harías?, y lo que acabo de decirte, fue lo que me respondió.
--¡Por supuesto!, el abuelo te dijo tal cosa como una idea, como algo que seguramente ha pensado por mucho tiempo, y que habrá platicado más de una vez con los adultos, pero si se imaginara que tú tienes intenciones de tomar alguna iniciativa... ¡la que se armaría!
--¡Claro, claro! esto es algo que nadie debe saber, bajo ningún concepto.
-- ¡Ah sí!, respondió Saltarín, y ¿entonces?
--Bien, -le dijo su hermana-, tenemos que pedirles nuestra emancipación, decirles que ya tenemos edad para ser independientes, que queremos salir solos a conocer mundo para convertirnos en verdaderos adultos, como seguramente lo hicieron ellos en su momento, y una vez que logremos convencerlos, diseñamos nuestro plan para eliminar al enemigo. Cuando lo hayamos logrado, regresaremos a la manada como verdaderos héroes.
--¡Ok!, ¡ok! y... ¿quien le pone el cascabel al gato?, porque lo que soy yo, no pienso decir ni esta boca es mía. Solo asentiré cuando me pregunten.
--No te preocupes - respondió Saltarina muy decidida-, déjamelo a mi...
La delfincita, ni corta ni perezosa, enfrentó a sus mayores en un momento que consideró propicio, y sin anestesia ni nada, les soltó la bomba. Se hizo un incómodo silencio. La primera en reaccionar fue su madre:
-- ¿Están locos?, ¿saben los peligros que hay por ahí?, ¿han pensado en el gran blanco que nos acecha continuamente?
Saltarina que ya estaba preparada, respondió.
--Si, por supuesto que lo sabemos, pero peligros siempre van a existir. Además, de ese asesino hace semanas que no sabemos nada y por otro lado, no nos vamos para siempre, es solo que queremos experimentar lo que significa hacernos responsables de nosotros mismos.
Los adultos se miraron unos a otros, y para sorpresa de los jóvenes delfines, les dieron el permiso. Eso sí, agregando una sarta infinita de recomendaciones.
--¡Vaya!, le dijo Saltarina a su hermano, cuando comenzaron a alejarse... ¿no te pareció que fue demasiado fácil?
-- ¡Quién sabe!, tal vez se dieron cuenta que tarde o temprano esto sucedería... y ahora, ¿cuál es el siguiente paso?
--Vamos a buscar nosotros al delincuente ese, y una vez que lo encontremos, lo llevaremos hasta aquél pequeño volcán que vimos comenzar a erupcionar relativamente cerca de la orilla. En su afán por atraparnos nos va a perseguir con esa rabia ciega que lo caracteriza. Daremos un gran salto cayendo en la charca que se ha formado y que para nosotros tiene profundidad más que suficiente. El va a hacer lo mismo, la diferencia es que tú y yo regresaremos a este lado repitiendo la peripecia, pero esa hazaña le resultará imposible a nuestro viejo enemigo.
-- Hermana, pero… ¿se va a morir?
..No lo creo, le respondió, tendrá suficiente movilidad para seguir su camino, y si se queda por estos alrededores, darse cuenta que ya le perdimos el miedo, y nos deje en paz.
El gran blanco no lo podía creer cuando vio a aquéllos dos pequeños enanos que le bailaban a lo lejos retándolo. Tal como los jóvenes lo pensaron, comenzó a seguirlos cual locomotora desbocada. Llegados al volcán, dieron un ágil brinco, logrando su propósito a la perfección. El tiburón, impulsado por la velocidad que traía hizo lo propio, sorteando
el obstáculo y cayendo justamente cerca de los delfines, los cuales, con la rapidez del rayo, volvieron a repetir lo que para ellos era tan natural, apoyándose solamente en sus fuertes colas y regresando a la libertad, lejos de la rabia que hacía que el gigante se sacudiera ciego de odio, por la burla de que había sido objeto, pues tarde se dio cuenta de su error, ya que allí no había espacio suficiente que le permitiera tomar velocidad para seguirlos al otro lado.
En eso, Saltarín y Saltarina escucharon sonidos de gran entusiasmo que les resultaron familiares, e incrédulos, vieron que la manada completa estaba detrás de ellos.
¿Uds.?, preguntaron con sorpresa.
La madre se adelantó diciéndoles:
-- Y que pensaban, ¿que los íbamos a dejar solos?, ¿acaso no somos una familia?
El abuelo tomó la palabra, y dirigiéndose al enorme tiburón, que ahora no se veía ni tan fiero ni tan grande, le dijo:
-- Mire amigo, no tenemos nada en su contra y lo único que queremos es vivir en paz. Somos muchos y podemos perfectamente abrir una brecha en estas rocas que le permita a Ud. regresar a la mar profunda. Eso sí, debe prometernos que se alejará para siempre de nosotros.
--Les doy mi palabra, respondió el gran blanco, cayendo en cuenta por primera vez en su vida, que los enemigos no deben catalogarse nunca como pequeños, si no queremos llevarnos algunas sorpresas.
Los jóvenes también aprendieron su lección. Nada como la familia para sacarnos de problemas, ayudarnos a enderezar entuertos y apoyarnos en forma solidaria y desinteresada. El abuelo, encabezando a la manada y ya de regreso a sus territorios, dijo:
--Con esta experiencia nos hemos enriquecido todos en sabiduría, demostrando y demostrándonos, que en la unión, está la fuerza...