País Relato - Autores

adelfa martín

los incrédulos

Once hombres, que orgullosamente se llamaban a sí mismos los incrédulos, decidieron salir a navegar juntos, una oscura noche en un frágil y viejo velero. Todo debido a una apuesta hecha al calor de las copas en el sucio tugurio del antiguo muelle de pescadores, que al igual que el susodicho barco, había visto mejores épocas.
El asunto se inició con una acalorada discusión y terminó en lo que los demás consideraron una locura, especialmente dado el mal tiempo que a ojos vistas ya mantenía la mar picada, y que los más ancianos pronosticaban como una tormenta de las malas…muy malas…por lo que esa mencionada apuesta era ocurrencia que nadie compartía, considerándola un terrible error de juicio.
El doceavo hombre que llamaremos Tomás, quien tenía fama entre sus conocidos de ser poco dado a los riesgos – lo decían de esta forma para no llamarle directamente cobarde - les hablaba a los incrédulos de una terrible situación que había afrontado en el mar, solo, y con una tempestad peor que la que en estos momentos se avizoraba, contando con lujo de talles, como había sido salvado de que la mar furiosa se lo tragara, una oscura noche en la que su regreso a tierra se había visto demorado.
El juraba que cuando su lancha estaba próxima a desintegrarse, comenzó a pedir al cielo - pues no sabiendo rezar eso era lo único que se le ocurría - que si le salvaba la vida, dedicaría el resto de sus días a compartir su pesca con los más necesitados, y que jamás volvería a truquear la balanza en la que pesaba el pescado para su venta.
En ese momento, contaba Tomás, una luz que no tenía origen, pues sencillamente lo iluminaba todo, hizo que la terrible y oscura noche se volviera tan clara como un amanecer, y a pesar de que la mar seguía picada, podía ver claramente como se le iba señalando ante él el camino a seguir, y sin esfuerzo, enfiló la barca como si fuera guiada por una mano invisible hacia la costa donde llegó sano y salvo.
Los incrédulos se retorcían de risa. Uno de ellos en tono desafiante le dijo…Bien, si eso que dices es cierto, no tendrás miedo. Te apuesto el vino que tomarás por los próximos seis meses, a que salgamos esta noche, ahora mismo, antes que arrecie la tormenta, de manera que nos halle ya en alta mar, y no tengamos forma de arrepentirnos…¿aceptas? Al calor de las copas varios se animaron a incluirse en dicha locura, y otros, por no quedar mal, y pensando que el natural precavido de Tomás lo llevaría a desistir, dijeron también ¡yo voy!
Algunas voces se hicieron escuchar catalogando dicha decisión de absurda, pero ya sabemos lo que es capaz de hacer el vino a la mente de ciertas personas.
Todos los parroquianos los acompañaron hasta el muelle, y entre gritos, vítores y algún que otro… ¡están locos!, piensen lo que van a hacer, etc., los doce hombres abordaron la vieja lancha, e izaron sus velas. Como a las dos horas de ir navegando, y ya completamente mojados por la lluvia incesante, la borrachera había disminuido, dándose cuenta de la estupidez que habían cometido, pues tal como predicho, la tempestad no era tal, sino una verdadera tormenta con olas de varios metros y un viento que parecía querer elevar el barco por los aires.
El más reacio de los incrédulos, comenzó a gritar:--¡Tomás, por favor, haz algo! El los miraba a todos diciéndoles: --pero aquello fue especial, tal vez simplemente un fenómeno natural… yo lo único que hice fue pedir al cielo. Otro, viendo como se iba de un lado a otro el velero, y sabiendo que no resistirían muchos minutos más antes de zozobrar, les dijo:-- entonces hagámoslo todos juntos.
Como niños aterrorizados, asiéndose de donde podían, aquéllos hombres curtidos por la dura vida de la mar, comenzaron a decir al unísono mirando al oscuro firmamento donde no se divisaba ni una tímida estrella: --¡Por favor cielo, perdónanos!, ¡por favor, ayúdanos!, ¡hazlo por nuestros hijos!… no atreviéndose a confesar ni a ellos mismos, que no todo lo que corría por sus mejillas era agua. De pronto alguien gritó, ¡miren!
Desde la lejana costa que hacía horas habían dejado, el resplandor de un enorme faro con forma de vela encendida, rodeado por dos manos gigantescas que parecían proteger del viento inclemente la fantástica llama, les envió la claridad de una brillante luz hasta el velero que se bamboleaba de un lado para el otro sobre las encrespadas olas. Completamente mudos, solo alcanzaron a mirarse unos a otros, girando las velas hacia esa luz mágica que parecía llamarles, a la vez que inexplicablemente el miedo pareció desaparecer. Al llegar al muelle, uno a uno fue descendiendo en absoluto silencio.
Hasta el día de hoy, y a pesar de los intentos de todos los parroquianos por hacerles relatar que sucedió, quien había ganado la apuesta, o cualquier otro detalle, nadie ha hablado, sin haber mediado entre ellos ningún pacto de silencio.
De vez en cuando alguno responde… nada… No pasó nada…
Eso sí, desde entonces los más pobres saben que pueden contar con su ración de pescado fresco, y jamás las marchantas se han vuelto a quejar por fallas en el peso de su compra.