País Relato - Autores

adelfa martín

los elegidos

No sé a qué se debe el que nos sucedan estas cosas, ni por qué hemos tenido estos arrebatos exagerados de pasión, viviendo una situación tan particular y siendo que apenas nos conocemos. Sin embargo, y a pesar que recuerdo perfectamente lo sucedido y lo que hablamos, he tenido un sueño tan vívido y real.
Conducía mi convertible rojo por una maravillosa carretera, rumbo a un lugar predeterminado para tomarme unas vacaciones. Mirando por el espejo retrovisor, alcancé a ver en el asiento trasero, una pequeña maleta y un bolso que hacían juego, lo que supuse era mi equipaje. Estaba alegre, contenta, pues incluso tarareaba una canción que escuchaba por la radio.
A mi derecha un mar azul, tranquilo y pacífico, y a mi izquierda, montañas muy verdes, con algunas flores que salpicaban el paisaje de vez en cuando. En mi alma, ni un asomo de angustia o recuerdo de lo que hemos vivido aquí. Estoy confundida Carlos, porque eso es algo que acaba de suceder, que lo he vivido. Todavía puedo sentir el aire rozando mi rostro, y muy especialmente, esa sensación de despreocupada alegría…
No pudo ser un sueño, aunque de momento no me sea posible dar otra explicación lógica y razonable.
Carlos se había mantenido en absoluto silencio mientras ella relataba su experiencia, pensando si sería prudente que él le contara la suya.
- No quería decírtelo Liliana, porque tal vez creerías que estoy loco, pero a mí me ha sucedido algo similar. Me vi en las escaleras que me conducían a una espléndida construcción, y por las cuales yo ascendía tan naturalmente como si estuviera llegando a mi casa, y también con esa sensación de alegría en el alma. Al finalizar la subida y ya en la amplísima entrada, creo recordar haber leído, en letras enormes: Antropología, algo que me ha confundido mucho, pues pienso que era un museo y me pregunto, si soy maestro, como me has llamado desde que comenzó esta odisea... ¿que podría estar haciendo yo en un museo de antropología, si no es a modo de visita?, el lugar no me resultaba conocido. Claro, también pudo tratarse de una universidad…
Mientras Liliana lo miraba fijamente, sorprendida por lo que le relataba, le dijo:
. Ya no hemos sentido los olores a éter (ni ningún ruido tampoco, por cierto), lo que significa que si en ocasiones estuvimos intoxicados, ya no lo estamos. Aquí nos encontramos tranquilos por ahora, y creo que debemos dar importancia a esta experiencia, a este instante que sentimos tan real, tomándonos un tiempo para pensar profundamente en todo lo sucedido, comenzando desde el momento mismo que despertamos y tuvimos consciencia de lo que nos estaba pasando.
- Tienes razón. Somos personas inteligentes, dejemos de lado angustias y miedos, y reflexionemos. Sea lo que sea, estoy seguro que daremos con el fundamento de nuestra presencia en este lugar.
Carlos tomó asiento en el suelo, al lado de Liliana, y haciendo un esfuerzo, comenzaron a hilvanar lo experimentado hora tras hora, desmenuzando no solo los hechos que podían recordar, sino aromas, sonidos, imágenes…
Debieron haber sido citados por separado, pues no recordaban haberse visto antes de bajar a cenar, a pesar que en cuanto Liliana vio a Carlos le dijo maestro, ella no sabía de que lo conocía - y lo más curioso- que tampoco el tenía idea de que asunto lo había llevado a ese sitio, o el porqué esa joven se refería a él con tal título.
Concluyeron que cada quien había llegado en su propio automóvil. El lugar era una especie de granja que se encontraba a las afueras de la ciudad, no muy lejos, pero al estar apartada de la carretera – se accedía a ella por un
camino pavimentado en cuya entrada se leía “Los Sauces”- y rodeada por algunas palmeras y otros árboles, quedaba prácticamente oculta a los ojos de los automovilistas que pasaban a gran velocidad.
Tu no lo recordarás Carlos, pero yo sí. Sé que fui llamada aquí a través de una invitación que recibí vía mail, donde se solicitaba mi presencia, para una especie de reunión (yo soy bióloga marina), relacionada con un proyecto a llevarse a cabo en la costa cercana, que va a ser no solo atracción turística, sino que además serán usadas sus instalaciones para las prácticas de los alumnos de ciencias relacionadas con el estudio y cuidado de animales marinos y terrestres, que van a estar exhibidos en esta especie de zoológico-escuela.
- ¿Pero, por qué me llamaste maestro en cuanto me viste entrar al comedor?
- No estoy segura. Sé que no me sorprendió tu presencia, como si alguien me hubiese dicho con anterioridad quien eras, pero esa parte la he olvidado.
- Pensemos bien, dijo él. Ambos recordamos perfectamente que fuimos llamados a cenar, y que al llegar al comedor – bueno, tu lo hiciste primero - solo se encontraba un señor alto, de oscura barba, muy bien vestido, sentado a la cabecera de la mesa, el cual se levantó para darnos la bienvenida, y sé que no estoy equivocado si te digo, que cuando me diste la mano dijiste, mucho gusto maestro, sin mencionar mi nombre.
- Bueno, bueno, no le des tanta importancia a eso. Tu mismo dices que yo llegué primero...es posible que ese señor ya me hubiese dicho quien eras antes de que aparecieras.
- Si, es posible.
Hemos perdido la noción del tiempo, reflexionó Liliana. No sabemos realmente si son días o semanas los que hemos estado aquí, y si como sospechamos nos drogaron durante esa comida, es muy probable que esos olores raros que hemos percibido no sean producidos por éter, como nos ha parecido, sino por alguna otra sustancia, que nos ha hecho pasar de la ira, que nos llevó incluso a querer despedazarnos cuando discutimos días atrás, a la euforia del arranque pasional que tuvimos hace unas horas, y al cual ninguno de los dos le encontramos explicación.
Tienes razón, respondió Carlos. Además, la comida con la que nos alimentamos y que pareciera que nos la han dejado a propósito en diferentes lugares de esta extraña construcción, así como el agua que tomamos, algo raro deben contener porque salimos a veces de letargos inexplicables, como los sueños que acabamos de contarnos y que se nos han hecho tan reales. Por otro lado, hemos cruzado pasillos interminables, entrado a cuartos sin ventanas ni muebles, escuchado voces que parecieran cercanas y al llegar al lugar, no hay nadie. ¿No te parece que la estructura que alcanzamos a percibir en esta semioscuridad, no se parece en nada al exterior de la granja? Y otra cosa, tu recuerdas que fuiste invitada, recuerdas tu profesión, pero yo... ¿quién soy y qué diablos hago aquí? Todo lo que hemos vivido no tiene ninguna congruencia, son como episodios sin conexión; como si se tratara de probar nuestra cordura.
En ese caminar sin sentido, se encontraron con un área perfectamente iluminada que no habían visto anteriormente, donde había duchas, una gran tina con aromáticas sales de baño, jabones y cremas para el cuerpo, además de pantalones, camisas y ropa interior para hombre y mujer - todo del mismo color – toallas limpísimas, y al lado de esta lujosa sala de aseo, otra habitación con dos camas impecablemente tendidas y sobre cada una de ellas, sendos pijamas. Adosado a la pared, un refrigerador con bebidas, y sobre una pequeña mesa, un blanco mantel con platos, cubiertos y vasos, además de bandejas, las cuales al ser destapadas, pudieron ver que contenían alimentos calientes, finamente servidos y de agradable aroma.
Estaban cansados, agotados mas bien, y tenían hambre, pues hasta ese momento se habían mal alimentado de lo que pudieron conseguir por acá y por allá en sus incursiones de pasillo en pasillo, y habían dormido - medio dormido más bien-, en cualquier lugar donde el cansancio los alcanzaba.
Se miraron, y sin pensarlo dos veces, procedieron a bañarse, y cambiarse de ropa, sentándose a comer. Liliana tomó la mano de su compañero de aventura diciéndole:
- Nada puede ser peor de lo que ya hemos vivido, por lo tanto, vamos a disfrutar de estas aparentemente riquísimas viandas... y que sea lo que Dios quiera.
- Tienes razón, respondió el. De todos modos, si la intención de quien nos tiene encerrados es acabar con nosotros, que sea con la barriga llena...
No pudieron contener una amplia carcajada.
Conversaron mientras comían.
- Mira a tu alrededor le dijo Carlos, me da la impresión que este lugar- baño, habitación-, no pertenecieran al mismo sitio por el que hemos deambulado tanto tiempo, y aunque es de puertas abiertas, no se alcanza a divisar en la oscuridad exterior nada que nos dé un indicio de hacia dónde caminar.
- Si, aceptó Liliana, es más, pareciera como si esto fuera otra cosa; una construcción completamente diferente, además que en vez de los ladridos, podemos escuchar una suave música que llega de alguna parte.
- Es curioso, jamás logramos saber con exactitud de donde provienen lo sonidos, sean cuales sean, al igual que la luz... La vemos al fondo, pero a pesar de que creemos avanzar hacia ella, nunca la alcanzamos.
Rendidos por el viejo cansancio y reconfortados tanto por el baño, como por la comida, se acostaron, durmiéndose de inmediato.
Unos terribles ruidos como los ladridos de perros que ya habían escuchado con anterioridad, ciertos murmullos que parecían de ira –aunque jamás lograban identificar palabras - y aquél nauseabundo olor que ya habían percibido, los despertó al unísono, encontrándose sentados en el suelo y otra vez sumidos en la semioscuridad. Se miraron uno al otro –apenas alcanzaban a distinguir sus facciones – viendo que lo único que conservaban de la noche anterior eran las ropas limpias que habían dejado acomodadas a un lado de la cama para ponérselas al día siguiente, puesto que durmieron en pijama; todo lo demás del entorno había desaparecido... ¿quién los había vestido? O era que no lo recordaban...
- ¡No otra vez!, gimió Liliana.
- ¡Cálmate por favor!, la confortaba Carlos, mientras le pasaba un brazo sobre los hombros.
Se pusieron de pie, decididos a seguir hacia los murmullos que creían oír a corta distancia –o eso les parecía- andando simplemente de frente, guiados por la débil luz que seguían percibiendo al fondo, con la esperanza de ver si esta vez llegaban a ella. Habían intentado caminar tocando las paredes, pero una humedad mohosa que daba asco los hizo desistir de esa idea, así que se movían hacia adelante por instinto, pues realmente lo que deseaban era encontrar alguna salida, por lo que quedarse sentados no era opción, aunque la verdad no sabían si estaban o no avanzando o hacia donde, ya que todo era interminablemente igual.
De pronto se encontraron con lo que les pareció el rellano de una escalera que subía, no podían ver si había otra opción, y aunque subir a Carlos se le antojaba retroceder, o por lo menos nada que le pareciera ir hacia el exterior, Liliana, muy animosa, le dijo... ¡vamos!... ¿como sabemos que no nos conducen a una azotea? Los escalones se les hicieron interminables, el cansancio los tenía agotados, no habían parado de andar desde que se despertaron y ni siquiera agua habían encontrado por ninguna parte. Contaron hasta ciento cincuenta y a partir de allí siguieron simplemente por inercia, completamente deshechos. Al acabarse los escalones, escucharon de inmediato el murmullo como de una llave abierta. Carlos se adelantó unos pasos y murmuró apenas... Ven, aquí hay agua. Tomaron ávidamente haciendo un cuenco con sus manos.
Aunque con asco, comenzaron a tocar las paredes, dándose cuenta que estaban en una especie de semicírculo, lo que les confirmó que era, como habían pensado, otro rellano de escalera...
- Ojalá no tengamos que seguir subiendo, se lamentó ella...
- No, mira hacia esa luz, creo que ahora debemos bajar, apuntó Carlos.
Liliana sentándose en el suelo, dijo...
- ¿Sabes qué? aquí me quedo. Ya estoy cansada, alguien se está burlando de nosotros, porque si quisieran matarnos ya lo hubieran hecho, y para tortura, es demasiado tiempo. Siento que llevamos aquí meses.
- Ese es el asunto, que realmente hemos tenido conciencia clara solo de lo que imaginamos fue una noche y un amanecer, o sea anoche, cuando comimos y dormimos plácidamente, lo demás son solo fragmentos, pues en realidad ahora mismo, no sabemos si es de día o de noche, ni exactamente cuántas horas hace que nos despertamos, y lo peor; cuanto tiempo estuvimos durmiendo. Además, ¿cuándo nos cambiamos de ropa?, o, ¿quién lo hizo? Anda por favor, sigamos, le dijo él con cierta ternura, ayudándola a levantarse.
Según comenzaron a bajar la escalera, volvieron a escuchar a los perros que por la fuerza de sus ladridos se los imaginaban grandes, como de la raza dobergman, auguraba
Carlos. Pareciera que están peleando... ¿no será este un lugar para peleas clandestinas? Es más, ese mal olor... siempre me ha parecido que es de carne podrida.
El descenso era más fácil, así que lo hicieron con entusiasmo, reanimados por el agua que acababan de tomar, y pareciéndoles que esta vez la luz que se divisaba al fondo se hacía más clara, más cercana, mientras los ladridos de los perros y los desagradables olores iban quedando a sus espaldas.
La mañana era radiante y tibia, Liliana conducía su convertible por la carretera costera que tanto le encantaba, no solo por el paisaje, sino por el fresco aroma a mar que le era tan grato. A lo lejos se divisaban las altas y clásicas torres de la universidad donde su esposo daba clases, y al que iba a recoger. Se estacionó
frente a las escalinatas en las cuales su marido conversaba con un joven alumno, quien mirando hacia el coche rojo le dijo, maestro, acaba de llegar su esposa.
Carlos comenzó a descender, mientras ella bajaba del auto alegremente corriendo hasta encontrarlo... Se abrazó a él con fuerza...
- Mi amor, te tengo una maravillosa noticia. Se confirmó que estoy embarazada... ¡y son gemelos!
El la besó con enorme ternura,
--¡Qué alegría querida! Creo que no tienes idea de lo feliz que me haces.
- Por supuesto que si la tengo, le respondió, mientras lo besaba tomándole el rostro entre sus manos; es exactamente lo mismo que yo siento.
Mientras se acercaban al coche, Carlos le preguntó:
- ¿Y ya estamos listos para nuestras vacaciones?
- Claro que sí, todo está en el portaequipajes.
Arriba, tras lo que parecía ser una inocente nube, unos grandes, rasgados y bondadosos ojos oscuros contemplaban emocionados la escena, mientras anotaba en su bitácora. Misión cumplida. Hemos encontrado por fin a los elegidos, a los padres perfectos: dignos, inteligentes, solidarios, nobles, fuertes y valientes - cualidades que juntas casi habíamos desistido poder hallar - para criar al hombre y la mujer que habrán de nacer, y que al mezclarse con los otros, esparcirán la semilla que germinará en abundancia, construyendo un
futuro generoso que llenará de luz, paz y amor fraterno a este hermoso y sufrido planeta, para que por fin las próximas generaciones vean cristalizadas las esperanzas que hasta ahora han sido solo una utopía ansiada durante miles de años por algunos soñadores, a los que siempre se les miró con ironía, tachándolos de ilusos e ingenuos.
Regresaremos en otros quinientos años terrestres...
O quizás en mil...