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adelfa martín

la tierra del hombre

La tierra del hombre nació del infinito amor de cuatro pequeños soles antiguos y solitarios, que en su afán de hacer el bien, decidieron juntar sus sapiencias inmolando sus individualidades para luchar contra la oscuridad reinante que era impenetrable.
Cavilando estuvieron por muchos eones sobre la manera de luchar contra aquélla fuerza todopoderosa. La distancia que los separaba hacía casi imposible que pudieran comunicarse sus deducciones; las conclusiones a las que cada uno por su lado había llegado después de profundas, largas y sesudas observaciones.
En una ocasión notaron que por alguna razón, dos de ellos estaban lo suficientemente cerca para hacerse señales que fueran vistas e interpretadas por su vecino inmediato. Sin perder tiempo, entre ellos dos comenzaron a darse información valiosísima, que consistía en el convencimiento de que la tan temida oscuridad no era otra cosa que ausencia de luz, y que por lo tanto, si ellos pudieran acercarse entre sí, juntar su luminosidad, aunque el esfuerzo les costara desaparecer como individuos, estarían dando un enorme paso hacia la consecución de su sueño.
Comenzaron a moverse con mayor rapidez, poniendo en ello toda la generosidad de que eran capaces, teniendo como única meta el mayor bien que sabían podrían lograr, y mientras giraban sobre su propio eje, se empujaban con fuerza hacia ese compañero cercano, tan idéntico a sí mismo, como hermanos del mismo vientre. En una de esas vueltas y antes de que pudieran decirse nada mas, un último esfuerzo
los fundió en un abrazo de luz multicolor, que hizo que la terrible oscuridad temida desde que tenían memoria, pasara de un negro intenso, a un gris con algunas líneas que parecerían querer ser transparentes, mientras desde lo más profundo de esa noche perenne se escuchaba como un terrible alarido de dolor y rabia.
No se amilanaron. Convencidos estaban ahora de cuál era el camino a seguir. Los otros dos hermanos que observaban los acontecimientos desde esa lejanía que suele ser tan inconmensurable en el vasto universo, supieron de inmediato cual era su deber, sin importar los esfuerzos o sacrificios que ello demandara, empezando por la pérdida de esa rancia individualidad, que solo los había condenado a la más absoluta soledad, permitiendo que la todopoderosa oscuridad reinara sobre todo lo existente haciéndose cada vez mas fuerte al no tener quien se le opusiera.
Tal vez pasaron muchos siglos, imposible entenderlo desde nuestra limitada comprensión de la medida del tiempo infinito, pero lo cierto es que otro buen día, aquéllos dos hermanos que giraban a una velocidad para la cual no tenemos puntos de referencia, lograron también fundirse a los dos primeros soles, y entonces se produjo, no un estallido de luces multicolores, sino una verdadera fiesta de maravillosa luminosidad, como si cientos de miles de auroras boreales danzaran en el cielo, mientras la oscuridad desaparecía definitivamente entre estertores de muerte y agonía.
Cuando aquélla luz permitió ver a través de ella, apareció
una gigantesca masa amarillenta, un poco oculta por una incomprensible neblina, que lentamente daba vueltas alrededor del recién nacido sol.
Desde este sorpresivo gigante, a quien podemos llamar Tierra, se escuchaban terribles rugidos que despedían mares interminables y profundos que estaban adheridos a la enorme masa, y desde sus altas montañas y valles caían abundantes chorros de agua que corrían libremente por la reseca superficie, al mismo tiempo que terribles llamaradas salían por doquier, lo que hacía que la evaporación impidiera una clara visibilidad.
Volvieron a pasar años… y años…
Una clara mañana, sorpresivamente la espesa niebla se disipó, dejando a la vista un espléndido y hermoso lugar lleno
de verdor y vida por doquier. Variadas especies nadaban en las transparentes aguas, mientras otras caminaban despreocupadamente por la superficie La diversidad era enorme, y la belleza superaba cualquier cosa existente.
El sol se quedó mirando fijamente a una en particular. Era con seguridad la más inhábil de todas, pues a duras penas podía sostenerse sobre sus dos únicas patas. Sin embargo, a pesar de no ser ni la más alta, corpulenta o fuerte, se peleaba a gruñidos y sin mostrar ningún temor, con quien se atreviera a acercarse al árbol de donde estaba tomando su alimento.
Su mirada era fija y retadora e incomprensiblemente, las criaturas a su alrededor bajaban su cerviz y se alejaban prudentemente, aunque era visible que cuerpo a cuerpo ese insignificante sujeto hubiera sido fácilmente vencido.
-- A ti voy a observarte detenidamente, se dijo el gran sol, decidiendo en ese momento dar un nombre al curioso cascarrabias: te llamarás hombre… ¡y así fue hecho!
Por allí debería andar también la mujer seguramente, solo que más inteligente (¡!), esperaba sentada bajo la sombra de una frondosa encina, a que el gruñón le alcanzara las mejores frutas)…