País Relato - Autores

adelfa martín

la tierra del halcón dorado

El cansancio no era poco y sabía que el sueño le vencería en medio de la nada. Llevaba sabrá Dios cuantos días caminando, sin apenas haber probado otro bocado que aquél pedazo de pan que le obsequió otro ser solitario como él, que se encontró en el camino, y quien sin apenas mover los labios, le señaló con su mano levantada la ruta a seguir.
Perseguía seguramente quimeras, pues a pesar del ímpetu conque comenzó su travesía, después de meses de vagar sin rumbo de un lado al otro por aquéllos inhóspitos parajes, tenía casi perdidas las esperanzas de encontrarse con ese país de ensueño, de princesas y guerreros del que le había hablado su abuelo cuando niño, y que el aceptaba como cosa cierta.
Cuando se sentó a descansar, apenas oscureciendo, retomó cada una de las palabras con que ese ser tan querido para él, le contaba sus aventuras. Recordaba la fiebre que salía de sus ojos, que relumbraban como brasas en la semioscuridad de su habitación cuando le narraba sus vivencias. Había decidido llegar hasta las últimas consecuencias. No le cabía ninguna duda: su abuelo le decía la verdad, y el estaba comprometido a demostrarlo; muy especialmente a redimir su nombre, a quien algunos de los familiares miraban con cierto aire despectivo, tachándole de loco.
Le hablaba del gran halcón, el ave entrenada para remontar las altas montañas que rodeaban el reino, y que avisaba siempre, sin excepción alguna, cuando personas desconocidas se acercaban demasiado, pues olvidaba mencionarles que ellos eran sumamente celosos de dar a conocer sus secretos, que tal vez –pensaba el joven– no serían la gran cosa, pero que para los habitantes del mágico lugar, eran asunto de vida o muerte.
La Tierra del Halcón Dorado, así la denominaba su abuelo.
Se levantó muy temprano, y después de tomar el último sorbo que le quedaba, se decidió a iniciar la subida de la alta montaña que tenía ante sí, y que según el caminante que se había encontrado, era tras ella donde hallaría lo que buscaba. Esperaba que dentro del espeso verdor frente a sus ojos, hubiera también agua y algo para comer.
El entusiasmo le dio fuerzas para comenzar el ascenso. Algunas horas después, sintió el inconfundible rumor de lo que parecía ser un riachuelo o una pequeña cascada. Sacando fuerzas de flaqueza apresuró el paso…
¡Oh maravilla! Lo que tenía en frente lo dejó sin aliento. Una fuente deslizaba el agua más clara y cristalina que había visto, formando un gran charco. Con rapidez que lo asombró, se sacó su calzado polvoriento y así, vestido como estaba se metió en él, y mientras se echaba agua por encima y tomaba de la que escurría por las piedras haciendo un cuenco con sus manos, reía estrepitosamente. Al alzar la mirada, su asombro se convirtió en agradecimiento, pues varios árboles frutales circundaban el entorno de aquél maravilloso paraíso.
Una vez saciado, se recostó en un pequeño rellano, por donde alcanzaban a penetrar discretos rayos de sol…Casi a punto de quedarse dormido, podría jurar que sintió el inconfundible gañido de un halcón...
Al despertar había perdido la noción del tiempo, pero por la posición del astro rey, casi vertical sobre su cabeza, imaginó que era el medio día del día siguiente.
Recomenzó la subida con renombrados bríos, y como no tenía idea exacta de a qué altura estaba, se proveyó de suficiente agua y algunas piezas de fruta, pensando que seguramente le alcanzarían, si no encontraba otro lugar similar al que estaba dejando;-además, se dijo, peor de lo que lo he pasado…imposible.
Llegó a la cima, pero la noche era muy oscura y no le permitía ver hacia abajo, a pesar de que la luna iluminaba todo alrededor con una claridad inusual que parecía de día. Buscó un rincón abrigado donde recostarse, y antes de que el cansancio lo rindiera, estaba seguro de haber escuchado nuevamente el gañe del halcón… ¿sería posible?
Amaneció completamente descansado y se puso en pié de un salto, mirando afanosamente hacia las faldas de la montaña. Apenas comenzaba a clarear y las nubes no dejaban ver con nitidez, pero le pareció distinguir tonos dorados que se reflejaban con la luz de un sol aún tímido.
Comenzó a descender alegremente, pues por su experiencia en estas lides –algunas veces había hecho montañismo con sus amigos – sabía que era más fácil la bajada. Trató de buscar algún camino, alguna vereda que indicara que era un lugar transitado por hombres o animales, pero no le fue posible. No llevaba ningún machete, por lo que se encontraba a veces con dificultades para avanzar, tal como le había sucedido del otro lado, pero no tenía prisa. Aun le quedaba suficiente provisión de agua y algunas frutas. Inesperadamente, tal vez distraído por su afán de vislumbrar lo que hubiese más abajo, tropezó con una enorme raíz y sin encontrar donde sostenerse, comenzó a rodar, a deslizarse cada vez a mayor velocidad, mientras veía que se acercaba lo que le pareció era el final del endiablado camino que iba haciendo con su cuerpo.
Milagrosamente, logró aferrarse a una rama que caía casi hasta el suelo, justo a tiempo, y a pocos metros de la orilla de un despeñadero sin fondo. Completamente molido, con raspones, sangrando de las rodillas y las manos, amén de alguna cortada en sus brazos, logro ponerse en pié y caminar hasta el borde de lo que iba a ser sin duda su final, pues realmente no se alcanzaba a calcular su profundidad, pues se interponía una espesa neblina. Sin embargo, si podía escuchar un fuerte murmullo de agua; seguramente un río.
Decidió hacer un alto en el camino. Además del cansancio, le dolía todo el cuerpo. Descansaría un poco, y si acaso se le hacía tarde, pasaría allí la noche, retomando su viaje al amanecer. Buscó nuevamente un lugar apropiado entre la hierba que crecía mullida y frondosa, tomó algo de la poca agua que le quedaba, y justo cuando estaba colocando su cabeza sobre unos ramajes que se había agenciado como almohada, escuchó otra vez el gañe de un halcón…¡tenía que ser!, no podía confundirse tres veces.
ho fue un sol radiante el que lo despertó dándole de lleno en la cara. Se acercó nuevamente al borde del precipicio y ahora si pudo ver de la que se había escapado. Era una pared vertical de piedra, seguramente cientos de metros, y en el fondo se apreciaba una corriente de agua no muy caudalosa. Algo adolorido aún, pero con bastantes fuerzas, acabó con lo que le quedaba de fruta y agua, decidido a seguir bajando, para lo cual rodeó esa especie de mirador natural donde había pasado la noche, encaminándose nuevamente a través del espeso follaje.
A las pocas horas, los árboles comenzaron a ser menos espesos, lo que le hizo suponer que estaba llegando a la falda de la montaña. Trató de acelerar el paso, pues su interés principal era que se hiciera algún claro que le permitiera mirar hacia abajo, hacia lo que con tanto afán buscaba.
Y así fue. No podía creer lo que veía. Una espléndida ciudad, de techos y cúpulas doradas se extendía en medio de un valle de enormes montañas, todas tan altas como la que estaba terminando de descender. Un maravilloso palacio se distinguía entre otras también increíbles construcciones. Le parecía ver, a pesar de la distancia, que las calles estaban adoquinadas con algún tipo de piedra que resplandecía bajo el sol que en ese momento llegaba a su cenit. Era tanta su impresión, que aunque había continuado caminando no podía apartar su mirada de aquélla maravilla que se le ofrecía a sus ojos, ahora llenos de lágrimas, pues tenía frente a si la imagen de su abuelo, tachado de loco e incurable soñador por casi todo el mundo…menos por él, que creció defendiéndolo… y defendiéndose, cuando en son de burla le decían… ¡bájate de esa nube, que eres igual a tu abuelo!
Todo sucio, desarrapado y agotado, puso pie en aquella enorme plaza. La belleza no le era desconocida, pero lo que tenía ante sí superaba cualquier cosa antes vista. No veía caballeros andantes, ni de las altas torres salían voces de damiselas en cautiverio, sin embargo todo a su alrededor denotaba riqueza y el maravilloso arte que puede adquirirse con ella. Ni un alma transitaba por allí a pesar de que aun era de día. Sin saber exactamente qué hacer, aunque decidido a tocar las enormes puertas del palacio que tenía cercano, pensó sin embargo sentarse por unos momentos, reflexionar, pues no sabía que diría si es que iban a abrirle; especialmente con el aspecto que estaba seguro tenía.
No tuvo que hacer nada. Un carruaje tirado por dos hermosos corceles negros como el azabache, se detuvo frente a él y una amable voz le dijo desde dentro: súbete, por favor. Hizo lo que se le pedía, encontrándose con un viejo caballero que le tendía su mano, agregando:-- te estábamos esperando. El joven guardó silencio, mirando intrigado al anciano señor. ---Sabíamos de tu llegada por nuestro halcón dorado que desde hace tres días nos lo avisó, y por las señas, estamos seguros que eres el nieto de nuestro viejo y querido amigo, el Conde de Hermida, quien, cuando tenía más o menos tu edad, paso con nosotros una larga temporada. Jamás pude olvidarlo. Tu abuelo era un gran hombre, un amigo que supo guardar nuestro secreto, aunque entendemos que se sintiera obligado, si no a contártelo, si a guiarte hacia nosotros.
El joven solo asentía, mientras el caballero continuaba hablando. --Yo fui su mentor, le aconsejé que se quedara para siempre, pero él tenía novia, una joven de la que estaba profundamente enamorado y prefirió renunciar a lo que le ofrecíamos, que perder su gran amor.
Llegaron al palacio, y antes de que pudiera siquiera decir algo, unos sirvientes lo estaban llevando hacia las habitaciones interiores, donde le tenían preparado un baño y ropajes adecuados.
Perfectamente vestido, fue acompañado hasta la presencia de quien lo había recibido. Este le dijo al verl:-- ¡eres idéntico a tu abuelo! Me parece que el tiempo no ha pasado. El sonrió, pues era algo que siempre le decían. Ya estaban servidas unas ricas viandas, de las que el joven dio buena cuenta sin ningún comedimiento.
El caballero lo tomó del brazo llevándolo hacia un gran patio-jardín con flores y árboles por doquier. Al fondo, sobre una gruesa rama, pudo ver una espléndida y gigantesca ave… ¡Tenía que ser el halcón dorado! --Si, es él, respondió el anciano, como si le hubiese escuchado.
A una extraña palabra pronunciada por el caballero, la hermosa ave extendió sus enormes alas de un color ocre, donde brillaban como el oro todas las plumas que las circundaban, lanzando al aire el estruendoso gañe que el joven había escuchado en la montaña.
--Dígame señor, se atrevió, ¿cuál es ese gran secreto del que mi abuelo me hablaba y que Uds. mantienen a toda costa? ¿Es acaso la inmortalidad? Porque si Ud. fue el mentor de mi abuelo… --¡Nada de eso!, le respondió, es algo sencillo, pero que desgraciadamente la humanidad de afuera nos ha demostrado que es incapaz de valorar. Además de lo secreto de la ubicación geográfica del reino, se trata, simplemente, de nuestro mayor y verdadero logro: La Paz, basada en El Amor al Prójimo, y en el convencimiento de que nada de lo que acumulemos egoístamente oculto en arcas, mientras otros perecen de hambre, nos lo vamos a llevar, y mucho menos, nos dará la felicidad.
El joven lo miró con sorpresa, pues estaba esperando la gran revelación; la fuente de la eterna juventud, el tesoro de Moctezuma, el secreto del Santo Grial, a lo que dijo el caballero: --no se trata de algo espectacular, sino de la cosa más elemental, pero que a su vez es la base de toda riqueza, prosperidad, longevidad, salud, creatividad, y que hace brotar las mejores cualidades del ser humano, llevadas al máximo.
--Cuando el hombre realiza el trabajo que le gusta, para el que tiene aptitudes, y vive de el dignamente, proveyendo a su familia de todo lo necesario, y cuando todos somos iguales ante la ley y tenemos las mismas oportunidades, y garantizados los mismos derechos, el desarrollo no se hace esperar. Fructifican las artes, las ciencias, la economía, y esa tranquilidad hace que la persona se sienta realizada, despreocupada de lo material, y pueda vivir en paz y mirar a su interior, donde se encuentra el verdadero origen y fin de su existencia.
--Nuestros antepasados, hace siglos, continuó, decidieron compartir sus logros con el resto del mundo. Cien años después, nuestra forma de vida se vio de nuevo contaminada por la ambición, la envidia, el egoísmo, la sed de poder…toda la oscura búsqueda que ha llevado a la sociedad de afuera a la situación de terrible desigualdad, violencia e inconformidad en la que ha vivido y continúa viviendo, sin haber logrado salir de ese negro pozo… --¿Y no son Uds. egoístas al continuar manteniéndose alejados, ocultando sus logros que tanto podrían beneficiarnos? –-No. Como te dije, ya lo intentamos y estuvimos a punto de desaparecer. Por eso vinimos a establecernos en este lugar remoto, que no aparece en ningún mapa, y hemos construido una ciudad que no tiene nombre. Tal vez algún día, en algunos siglos, el género humano esté preparado para vivir como lo hacemos nosotros desde hace centurias. Pero, eso sí, estoy convencido que sin importar el tiempo que tenga que pasar, debe lograrlo por si mismo; cometiendo sus propias errores y aprendiendo de ellos. Ya
comprobamos que lo que se da sin que cueste esfuerzo, no solo no se valora, sino que se menosprecia.
--Tengo esperanzas, dijo, que la humanidad se dé cuenta que toda la felicidad que tan equivocadamente busca, por caminos que siempre terminan en lo mismo: supremacía, poder y ambición, está sencillamente en lo más simple: el amor al prójimo, y en esa antigua máxima kantiana que jamás dejará de tener vigencia: no hagas a otros, lo que no quieras que te hagan a ti.
Con los ojos anegados en llanto el joven miró hacia lo alto y dijo: Gracias abuelo, nunca un nieto recibió mejor herencia…