De esto hace mucho, mucho tiempo, pero no he perdido la esperanza de volver a presenciar el espectáculo, por lo que espero con ansia cada año la misma fecha, con la ilusión infantil de que vuelva a repetirse.
Yo los vi. Los escuché pasar temprano en la mañana. Iban apuraditos, hablando entre ellos, susurrando. Dejaron el camino principal y fueron a acomodarse bajo el árbol de ciruelo; aquél que comentábamos en días pasados que había crecido enormemente.
No llovía, ni en el radiante cielo azul se avizoraba una sola nube, por eso no entendí el porqué de su apuro, de su prisa.
Brillaban a lo lejos. La humedad y su negrura, contrastaban con el sol resplandeciente, que los hacía reflejar la luz como un espejo.
Yo los observaba detenidamente. Me hacía toda clase de preguntas, de cavilaciones, ¿a qué se debe esa reunión?, ¿esa especie de confidencialidad que se adivinaba en sus cuchicheos?
Ni idea… nadie sabía, de hecho. Creo que para todos los vecinos de la colina su actitud era tan inesperada, sorpresiva y llena de misterio como lo era para mí. Me propuse no perderlos de vista, así que me dispuse a quedarme todo el tiempo que fuera necesario, sin apartar los ojos de ellos.
Cuando el sol era más brillante aún seguían allí. De pronto, observé que todos se volteaban como a mirar al cielo… Era la hora nona. Irguiéronse al mismo tiempo, y como baile de altos vuelos y con una gracia espléndida y maravillosa, fueron despegando del suelo y comenzaron a subir, a subir… Todos al unísono…
Lo veía por mis propios ojos y no podía creerlo. Según iban elevándose, sin perder la gracia ni la armonía de su danza, comenzaron a caer lo que me pareció era una nube de pétalos de flores: entonces comprendí…
Los paraguas negros recibían con honores la entrada de la primavera, en el hemisferio norte de nuestro amado planeta Tierra.
… Era el día 21 de Marzo.