El cansancio la rindió. Había sido un día muy atareado y ahora que tenía un poquito de tiempo, que parecía que aquél que la había molestado todo el día también se había ido a descansar, se recostó vestida como estaba, e instantáneamente, se quedó dormida.
Se vio claramente caminando por un paisaje amable y dulce; un camino claro y tranquilo rodeado de árboles frondosos, y sintiendo la brisa rozar su rostro apaciblemente. Hacía tiempo que no experimentaba tanta paz. Todo parecía estar a su favor, pues hasta el sol que había estado fuerte los últimos días, esa tarde se había solidarizado con el entorno para hacerle seguramente más agradable su paseo.
Sentía tanta tranquilidad espiritual en ese momento, que consciente como estaba que vivía un sueño, temía despertar para no encontrarse con su cruda realidad de todos los días. Ese hombre terrible, que orgullosamente se hacía llamar “Lobo”, la acosaba sin descanso. De hecho, ella sentía que era por ese mismo lugar donde ahora realizaba su maravilloso paseo en sueños, el que a diario se veía obligada a transitar, y donde el insistente y desagradable Lobo la seguía continuamente, algunas veces haciéndose el desentendido y otras, escondiéndose subrepticiamente tras los árboles.
Sin embargo, y a pesar de su persistencia que a ratos a ella se le antojaba amenazante, jamás se había atrevido a acercársele o a dirigirle la palabra. Apenas, de vez en cuando creía escuchar una voz ronca que susurraba: ¡Caperucita! Ella imaginaba que la llamaba así por su afición a vestirse de rojo. ¡Qué desagradable tipo!
Al siguiente día, mientras realizaba su diario recorrido, y percibiendo claramente con el rabillo del ojo, que una sombra parecía saltar de árbol en árbol, decidió contarle el asunto a su mejor y más sabía amiga: su abuela.
Después de una opípara merienda, pues la señora no aceptaba un no como respuesta cuando de sus viandas se trataba, y que nuestra querida Caperucita aceptaba, ya que sabía que todo se lo preparaba con amor --hoy le tenía listo un pastel de guanábana bañado con crema y un chocolatito caliente... por el “friyito”, que ya comienza a sentirse, decía–, se sentaron cómodamente en la terraza. A lo lejos, y tras unas matas de mango que crecían frondosas en el jardín, sabía ella, aunque no lo había visto, que el tal Lobo la estaba acechando.
--Oye abue, comenzó...contándole hasta el último detalle, todos los pormenores de lo que le sucedía con el "tipo ese" desde hacía algún tiempo.
La dama se lanzó unas sonoras carcajadas.
--No, si ya lo conozco. No te lo había querido decir, pero ya vino a hablar conmigo. Tiene mucha labia, por cierto, y es muy conversador, a pesar de ser un poco apocado.
---¿Cómo?, respondió ella, ¡no me digas!, pero que atrevido...
--Mira m´ijita, lo que sucede es que el pobrecillo está enamorado de ti; te adora, mejor dicho, y es tanta su timidez que vive con la esperanza que seas tú quien algún día le dirijas la palabra; ¡lo mires, aunque sea! Estoy segura que si le das oportunidad, no vas a tener compañero más fiel.
Sabrá Dios de que conversaron, o cuales fueron las condiciones que la otra Caperucita le habrá puesto al “salvaje” Lobo, pero lo cierto es que a partir de ese día, la jovencita tuvo acompañante para su diario paseo. Atadito de una cadena, eso sí, pero acompañante...
No cabe duda, que el lobo, "no es tan fiero como lo pintan"