País Relato - Autores

adelfa martín

la niña pelirroja

Perdí la noción del tiempo y de las cosas. Sencillamente no sabía dónde me encontraba. Hubo momentos en que no era capaz de recordar desde cuando estaba metida en aquélla pequeña habitación de la torre, donde solo escuchaba rumor de pasos, cuando el que me traía el alimento se acercaba arrastrando los pies hasta la hendija por la cual metía el plato y el vaso con agua, pero por donde me era imposible ver su rostro.
Sabía que era un hombre, porque si podía observar sus bastas manos, y además debería ser mayor, por la forma lenta y pesada de su andar. Varias veces intenté hablarle; le suplicaba que me dijera una palabra, cualquier cosa, pero el silencio fue siempre mi respuesta, así que finalmente cansada de llantos y ruegos, opté por guardar también yo silencio.
Desde la ventana de vidrios opacos, herméticamente cerrada, me entretenía viendo a los paseantes, pero ya había comprobado que por algún motivo de orden tecnológico que no estaba capacitada para dilucidar, yo no era ni vista ni escuchada desde fuera, así que esa esperanza también estaba agotada.
Me parecía un poco anticuada la vestimenta que me habían dado, algo pasada de moda, pensaba yo, para el pleno Siglo XX, pero ni modo, las instrucciones que siempre se me hacían llegar por escrito estipulaban, so pena de no sé cuantos castigos, que así debería estar vestida. Francamente lo que menos comprendía era para que el uso del gorrito tipo holandés, cuando jamás salía a que me diera el aire.
Hice mi mundo allí adentro. Comencé a pensar que nada es para siempre y que llegaría el día en que mi vida cambiaría. Tengo alimento, ropa, puedo bañarme cuando lo deseo, así que desesperarme solo me va a traer problemas nerviosos, quizás hasta me enferme. A partir de hoy me dedicaré a soñar. Intentaré prefabricar mis sueños, iniciarlos cuando esté despierta y así obligarme a continuarlos cuando me duerma.
Todo comenzó a mejorar. Hubo un sueño que se volvió recurrente. Un enorme gato negro – al principio llegué a pensar si no sería un mal augurio- lograba deshacer el material de la ventana con su aliento, y con gestos totalmente comprensibles me decía desde fuera, manteniéndose en el aire mediante no se qué magia, que me subiera en su lomo; que él me sacaría de allí.
Una noche de lluvia, cuya claridad era más que sorprendente, pues la luna era apenas un hilo delgadito que sin embargo alumbraba prodigiosamente, me vi de improviso en la ventana, completamente abierta, y el gato de mis sueños allí estaba hablándome en un idioma que me era familiar, conminándome a que me subiera sobre el...La luna, tan bajita que casi podía tocarla, había enredado en una de sus puntas mi larga bufanda de lunares, la cual balanceaba ante mis ojos para que me asiera de ella.
Todo fue real, lo juro. Lo sé porque mi ropa se humedeció con las gotas de lluvia, y además veía claramente los paraguas de colores que llevaban las personas que aceleradamente iban hacia su destino...
Aún hoy, pasados muchos años, sigo preguntándome quienes eran los que me retuvieron y porqué, ya que jamás logré verlos. De que realidades estaría hecho aquél gato negro que me depositó a las puertas de mi casa en un santiamén y que solo me hizo un movimiento de saludo con su rabo cuando se alejó – estoy segura – hacia la luna que lo esperaba.
Para comprobar mis dichos, me queda solamente la ropa; esa rara vestimenta confeccionada en un material que hasta ahora –y a pesar de los esfuerzos de la ciencia moderna- nadie ha podido clasificar.
A veces me pregunto... ¿Será que en aquél país, o en aquélla estrella donde estuve, no existían las niñas pelirrojas?