País Relato - Autores

adelfa martín

la mariquita

¡Qué privilegio vivir en paisajes tan hermosos como los que disfruto cada día! Siempre rodeada de belleza; un precioso lago de aguas tan cristalinas que no ha habido una sola ocasión en que no pueda ver reflejada mi imagen, además de la compañía y presencia de otras criaturas completamente distintas a mí, pero que sin importar nuestras evidentes diferencias, convivimos en perfecta paz y armonía.
Damos largos paseos por el bosque, que es por demás agradable, pues a pesar de la abundante vegetación, podemos movernos en el con facilidad, llegando en nuestras andanzas a una montaña no demasiado alta, pero si algo retirada de nuestro lugar habitual, por el solo placer de recibir el radiante sol, que, cosa curiosa, pareciera mantener siempre la misma temperatura sin importar la época el año. Algunos creemos que lo hace a propósito, con el fin de proteger nuestra frágil existencia.
No me he encontrado con nadie que tenga mi aspecto, por lo que he llegado a pensar que quizás soy única en mi especie,
sin embargo, tanto un amigo que camina sobre un montón de patas, como otro que parece feliz solo saltando de hoja en hoja, además de una que desaparece a veces por varios días, pero que cuando regresa, amablemente nos da a degustar de un maravilloso y dulce elixir, me hacen sentir tan bien, y me echan tantos piropos felicitándome por la multiplicidad de colores que tienen mis alas, que ni por un segundo me entristece la convicción de ser única, pues si a ver vamos, todos los demás compañeros también están tan solos como yo. Claro que, siendo sincera, si me gustaría encontrarme con otra, o al menos, que alguien se tomara la molestia de explicarnos a todos, de dónde venimos.
Un buen día, apareció una nueva habitante. Era muy curiosa, casi redonda, de color rojizo, con varias patas, y con unas pintitas negras en su caparazón y nos dijo llamarse mariquita. Observándonos fijamente nos preguntó desde cuando estábamos aquí; de hecho se dirigió a mí. Francamente, de momento no supe que responderle, pues en verdad no lo recordaba. Volviéndose a los demás les hizo la misma pregunta, pero todos se quedaron sin saber que contestar.
Comenzó a contarnos como era la vida fuera de este reducido hábitat que a nosotros en nada nos parecía pequeño, hablándonos de animales grandes de cuatro patas, algunos de los cuales eran feroces, y de otros no tan grandes, más parecidos a nosotros, pero que también se alimentaban de seres vivos, agazapándose entre las ramas y hojas para saltar encima de su víctima, en cuanto tenían la menor oportunidad. Yo misma, no he sido muy santa que digamos, -pero no deben preocuparse por mí, porque esos tiempos ya pasaron, -comentario, por cierto, que ni a mí ni a los otros nos dejó completamente tranquilos-. Mencionó a algunos por su nombre, destacando como de los más terribles, a las arañas, pues estas, nos explicaba, envolvían vivas a sus víctimas en un capullo de fina tela, para devorarlos más tarde, cuando tuviesen hambre. Yo escuchaba callada y horrorizada, valorando como nunca el lugar que –eso sí, no sabía porqué- se nos había designado para vivir, pues para nosotros, hasta la palabra hambre era desconocida, ya que nunca la habíamos experimentado.
Sorprendida por lo que nos relataba, se me ocurrió preguntarle:
--Y tú, ¿cómo sabes que te llamas mariquita? –era algo que me había parecido curioso-. Me miró con asombro:
..¡Vaya pregunta, mariposa!
--¿Mariposa?, ¿es ese mi nombre?, ¿quién te lo dijo?
La recién llegada no podía creer lo que escuchaba. ¡Eso es del dominio público!, respondió. Es más –señalando– tú te llamas ciempiés, tu abeja... y tú.., bueno tu nombre ahora no lo recuerdo... ¡ah sí, te llamas: saltamontes! Y todos somos insectos.
--¡Insectos! ¡Vaya pues! A ver, ¿porqué sabes tanto?, inquirí con cierta desconfianza.
-- Muy sencillo, respondió muy seria, porque soy el último personaje que esta escritora de cuentos para niños acaba de incorporar a su presente creación. Yo estaba del otro lado, en el cual la vida tiene de todo menos fácil y placentera, y donde cada día sin falta, se tiene que luchar a brazo partido con la naturaleza para no perecer de hambre, ser devorado, o aplastado. Una noche tuve la suerte de pescarla hablando consigo misma y diciéndose:
-- Ahora necesito una mariquita… una mariquita... Sin dudarlo ni por un segundo me ofrecí voluntariamente a ser parte de la misma y dejar atrás mi vida de libertad, peligro y aventura, siempre y cuando ella me garantizara la inmortalidad al incorporarme a su historia, y... ¡aquí estoy!
Mariposa se apartó del grupo, cabizbaja y meditabunda. La palabra libertad, completamente desconocida para ella hasta ese momento –aunque tampoco se había sentido nunca presa - le había causado una gran impresión... Que será mejor - se preguntaba dudosa- ¿la lucha cotidiana por la subsistencia en aras de la libertad, o esta vida plácida y sin emociones fuertes en la que todos los días son iguales, y donde de agregado, y sin pedir nada a cambio, se nos ofrece vida eterna?
... Se los dejo de tarea...