País Relato - Autores

adelfa martín

la diosa casquivana

Esta historia tuvo lugar hace muchos, muchos siglos... y más, cuando los niños no tenían Internet para chatear con sus amigos, ni había tele, o juegos de video. El mundo, como quien dice, estaba nuevecito, con poquísimas personas en el, así que las distancias eran enormes. El vecino más cercano quedaba a medio día a caballo, o uno a pié. No existían las escuelas, porque no se había inventado la escritura, pero algo que siempre le hizo falta a la gente, para saciar su natural curiosidad, era saber que sucedía con las otras personas; que pasaba con los que vivían tan lejos, así que lo que si habían inventado eran los cuenta-historias.
Estos eran unos hombres que viajaban toda su vida, apenas se detenían cuando llegaban a algún lugar para poner al día a los que se encontraban allí, sobre los últimos acontecimientos que iban recogiendo en su interminable periplo. Además de las noticias, traían alguna mercancía que intercambiaban, quedándose generalmente no más de tres o cuatro días, menos en época de lluvia, entonces sí que debían permanecer por más tiempo. La mayoría de ellos viajaba en una destartalada carreta tirada por caballos, la cual les servía, además de casa, para transportar sus trastes. Los vecinos más cercanos se reunían por lo menos una noche, tanto para escuchar las noticias, como para hacer sus intercambios.
Para los niños era como día de fiesta. Se preparaba una buena comida, no solo para agasajar al cuenta–historias, sino también para divertirse un poco todos, ya que no abundaban las ocasiones de alegría. De los cuentos que traían estos hombres, se iban nutriendo los más jóvenes, que luego eran los que en esas largas noches de invierno, cuando apenas a las a las 6 de la tarde estaba completamente oscuro, se sentaban alrededor del hogar, y una vez que cenaban, generalmente los más pequeños comenzaban a pedir... ¡Cuéntanos aquélla del caballo blanco, que llamaban estrella!, o la del sapo que aprendió a cantar y a tocar la flauta. O la mas pequeñita decía; ¡no, no!... cuéntame la de la niña que se convirtió en hada. De esta forma, las historias jamás eran olvidadas e iban pasando de generación en generación, no solo las infantiles de hadas y unicornios, sino también las hazañas de algunos hombres de guerra, que allá lejos, donde las personas habían comenzado a reunirse para formar lo que luego llamarían pueblos y ciudades, se peleaban unos con otros precisamente por adueñarse de los mejores espacios. En realidad - les contaba el viajero-, se enojaban por cualquier cosa.
Esa noche, el cuenta-historias comenzó su narración diciendo: lo que hoy les traigo sucedió hace miles de años, cuando el mundo no tenía personas como nosotros, sino que estaba habitado por dioses y diosas. Había muchos; del fuego, del agua, de las fuentes y ríos, de los mares y bosques, y otros un poco belicosos, como el de las tormentas, y el de los rayos y truenos. El dios Padre, el que aun hoy nos cuida a todos, los llamaba mis elohims, y les tenía mucha paciencia, ya que solían discutir entre ellos sobre cuáles serían sus preferidos, y a pesar que les decía que los amaba a todos por igual, ellos no conformes, se la pasaban compitiendo por lograr su atención.
Cuando algunos de los grandes dioses discutía por ejemplo con el elohim de los rayos y truenos, las peleas solían ser terribles, terminando a veces con la quema de árboles y flores, lo cual disgustaba enormemente a sus dioses correspondientes, que iban con el Padre a reclamar, pidiéndole que los controlara.
Una de las más fuertes peleas, fue la suscitada entre el gigantesco dios del mar, contra el temible dios de las tormentas, y todo por el amor de una bellísima diosa, la de las fuentes y riachuelos, preciosa ella, la verdad, pero un poco casquivana y coqueta, pues a los dos les hacía ojitos, sin decidirse por ninguno.
Un día, estando el cielo clarito, sin una nube que avizorara mal tiempo, el dios del mar logró convencer a la hermosa casquivana para que lo acompañara en una de sus largas travesías. Quiero que vengas conmigo a los mares del sur, no sabes lo precioso que es ese lugar. Allí podrás conocer a otras que como tú, cuidan de fuentes, riachuelos y maravillosos jardines. Viéndola dudosa, el prometió... y no te preocupes, antes de tres días estamos de regreso. Ella miró hacia arriba con el rabillo del ojo, y al no observar a su otro pretendiente - el dios de las tormentas - por ningún lado, le dijo; está bien, vamos.
Lo pasaron estupendamente, tanto en el viaje de ida y vuelta, como en la estadía en el paradisíaco lugar. Fueron recibidos con toda clase de halagos, y ella pudo darse cuenta de lo bien que vivían esos dioses, con una tranquilidad y una paz que ellos no habían logrado, y eso que era el mismo dios Padre para todos, pero por lo visto estos seres de clima cálido eran más dulces y comprensivos... o más inteligentes, pensó la preciosa diosa del norte.
Justo cuando estaban llegando, el caballeroso dios del mar, acompañó casi hasta la orilla a la diosa del agua dulce, y en un momento de alegría derivado de todas las maravillosas vivencias compartidas en esos tres últimos días, se alzaron sobre sí mismos, elevándose asidos uno al otro, mientras reían alegremente.
¡Craso error! pues en ese preciso momento, el dios de las tormentas que había estado muy ocupado en otros lugares del planeta, asomaba su rostro entre unas blanquísimas nubes, con el fin de ver si divisaba a su amada diosa a la que ya extrañaba. Al observar aquélla muestra de alegría, que culminaron ambos en un apretado abrazo de felicidad, que a él le pareció más bien pasional, la ira del belicoso dios no se hizo esperar, y sin ningún aviso, comenzó a enviar a la playa, justo sobre los alegres viajeros, un terrible diluvio que en cuestión de segundos arrasó con lo que había a su paso, asombrando a todos por lo intempestivo, ya que ni una sola nube oscura que presagiara lo que estaba sucediendo se divisaba en el cielo. Hasta el dios Padre, que apenas acababa de cerrar los ojos para su descanso vespertino, se puso en pié de un salto, incrédulo ante lo que estaba viendo.
El dios del mar no se quedó con los brazos cruzados, así que entre el que atacaba y el que se defendía, tanto en tierra como en el océano, animalitos, plantas, flores y árboles fueron destrozados por la ira incontenible especialmente del que desde arriba, y sin aviso previo, descargaba su odio, sin fijarse siquiera sobre quien caía. ¡Esto es lo último que les tolero! rugió el dios Padre desde sus alturas, con una potencia tal de voz como jamás lo habían escuchado, y en un tono tan firme que pudieron todos darse cuenta que las cosas, esta vez, no iban a quedar en una simple llamada de atención.
Los reunió a todos, sin excepción, incluso hasta a algunos elohims menores de los bosques y selvas, que generalmente pasaban desapercibidos de los otros, debido a su forma discreta de vivir. Fueron convocados también los que acababan de dejar en los mares del sur, y otros más lejanos, de las nieves y las estepas, de las montañas y cordilleras, desde el Himalaya hasta los Andes, de los grandes ríos de Sudamérica y África; en fin, todos los dioses que habían poblado la tierra por siglos y siglos.
--Hijos míos, les habló el dios Padre, ya calmado, pero en un tono de severidad que no dejaba lugar a dudas. Se ha terminado nuestro tiempo en la tierra. De ahora en adelante viviremos en las estrellas cercanas que circundan este maravilloso lugar, para que estemos pendientes, no solo de lo que a cada uno siempre ha correspondido, sino además, de la nueva semilla que nacerá y poblará el planeta, para que los ayudemos y protejamos, pero sin intervenir en sus vidas a menos que ellos nos lo pidan, pues estaremos obligados a respetar el libre albedrío del que serán dotados. Incluso yo, que he de crearlos, también respetaré esa ley, para que sean ellos solos los que usando sus propios dones e inteligencia, evolucionen y crezcan según su entendimiento. El dios de las tormentas, sintiéndose culpable y avergonzado, dijo:
-- Padre mío... yo prometo enmendarme y ser más responsable cuando desate mi ira. No hijo, esto no tiene que ver contigo, ni con ninguno de Uds. realmente. Es algo que he venido pensando desde hace tiempo, y que los últimos acontecimientos me han obligado a decidir no posponer ya más.
Justo en este lugar donde nos encontramos y que convendrán conmigo que es un verdadero paraíso, dos nuevos seres nacerán a la vida, un hombre y una mujer hechos a mi Imagen y Semejanza, tal cual lo fueron Uds., a los cuales dotaré de inteligencia y sentimientos de compasión, amor y solidaridad, pero que serán dejados en completa libertad para que desarrollen sus propias potencialidades, y a los cuales ayudaremos sin que se den cuenta, y solo cuando nos lo soliciten.
Todos quedaron en silencio. Algunos tristes, otros con la expectativa del nuevo y desconocido lugar al que serían llevados, y otros -los más- contentos, pues se les daba la oportunidad de seguir ayudando a quienes de ellos dependían y para lo cual habían sido creados. En lo que todos coincidían, era en la curiosidad que sentían por saber cómo serían esos nuevos seres que el dios Padre-Madre traería a la vida.
La diosa de las fuentes y riachuelos, aún avergonzada creyendo que su falta de seriedad había provocado la ira del dios Padre, se atrevió a preguntar tímidamente:
--Padre mío, ¿y qué nombre le darás a la nueva semilla?, a lo que Él respondió sin vacilar:
--Se llamarán Adán y Eva.